Tercer premio 2010: Lágrimas negras

por Ana Peris de Elena "Estelwen Ancalimë"

 

Corrían tiempos duros en Arossië. En el pasado había sido un lugar hermoso y alegre, rodeado de bosques y praderas donde la caza era abundante, la tierra era fértil, y los estanques relucían a la luz del sol. Nadie que hubiese visitado la región en tiempos mejores podría haberla reconocido al contemplar la ruina cenicienta en la que se había convertido.

Arossië se encontraba al sur de la llanura de Himlad, cerca del bosque de Doriath, y sus habitantes pertenecían a la raza Sindarin. Todos sus varones eran gallardos, y todas sus mujeres hermosas, pero entre las doncellas de Arossië la más bella, el pueblo entero lo decía, era la joven Vanimeldë. Aunque apenas contaba setenta años de edad, era ya una muchacha alta y lozana, con la alegría y la inocencia de la juventud reflejadas en su dulce rostro de ojos verdes enmarcado por una cabellera blanca como la nieve. La gente no sólo la admiraba por su belleza, también la quería por su bondad, su risa fácil y su constante disposición a ayudar siempre que alguien lo necesitaba.

La vida de Vanimeldë y de sus convecinos fue feliz hasta que estalló la Dagor Bragollach. Cuando los fuegos de la Llama Súbita se apagaron, su vida se convirtió en una pesadilla. El hermoso paisaje que rodeaba Arossië desapareció tragado por el fuego y las cenizas ardientes, y la mitad de los elfos murieron en la guerra o durante las incursiones orcas posteriores, defendiendo el pueblo. Lasserion, el padre de Vanimeldë, perdió una pierna en uno de los primeros ataques, el mismo en el que murió su esposa.

Vanimeldë aún estaba intentando asimilar la pérdida de su madre cuando, de un día para otro, comenzaron a llegar los refugiados Noldor. La mayoría de ellos eran mujeres y niños que sólo estaban de paso, rumbo a otras regiones en las que aún reinase la paz, pero algunos también llegaron para quedarse. Se trataba de un grupo de guerreros de la Casa de Fëanor, altivos y orgullosos, que fueron acogidos de buena gana en el pueblo porque mientras permanecieran allí ayudarían a defenderlo de las cruentas incursiones que amenazaban con destruirlo. El jefe de todos ellos era el capitán Lauredil, de quien se decía que era uno de los pocos seguidores supervivientes de Celegorm que no habían huido con él a Nargothrond. Algunos murmuraban que se había separado de los hijos de Fëanor porque durante la batalla había desobedecido sus órdenes y actuado por cuenta propia, tras lo cual Celegorm y Curufin le habían culpado de la caída del Paso de Anglon. Sin embargo, nadie se atrevía a preguntar a Lauredil cuanto había de cierto en ese rumor, pues pronto se reveló como un elfo soberbio e irascible cuya cólera podía ser peligrosa.

Vanimeldë ya no volvió a jugar y danzar con las otras doncellas. Ocupaba casi todo su tiempo en cuidar de su padre y tratar de conseguir comida, puesto que Lasserion, incapaz de andar, no podía ir de caza, y no había más varones en la familia que lo hicieran en su lugar. A pesar de ello, la joven colaboró cuanto pudo junto al resto de las mujeres de su pueblo para alimentar a los refugiados Noldor, curarles las heridas, y aclimatar lugares donde pudiesen descansar y recuperarse de sus fatigas antes de seguir adelante.

Fue en una de esas ocasiones cuando Lauredil la vio, y desde entonces no pudo quitarle los ojos de encima. Cautivado por su belleza, el capitán Noldo intentó cortejarla, ofreciéndose a acompañarla a su casa y a compartir con ella toda la caza y alimentos que sus hombres consiguieran. Sin embargo, Vanimeldë rechazaba todas sus atenciones, porque no le gustaba Lauredil. Muchas doncellas del pueblo estaban impresionadas con su apostura, sus regios modales y su magistral dominio de la espada y la lanza, pero ella sentía una punzada de inquietud cada vez que el Noldo se acercaba a hablar con ella. Percibía que, a pesar de sus gentiles maneras y su sonrisa radiante, el corazón del capitán feänoriano estaba contaminado por el orgullo y la codicia. No era sólo una sensación irracional. Lauredil trataba con cortesía a las damas, pero se dirigía a los varones del pueblo con una condescendencia teñida de superioridad, en el mejor de los casos, o con un marcado desprecio, cuando el elfo en cuestión se pronunciaba en contra de sus designios o no hacía caso de sus recomendaciones.

Cuando Lasserion supo del interés que Lauredil sentía por Vanimeldë, interrogó a su hija al respecto.

-¿Por qué desprecias las atenciones del capitán?- quiso saber.- Lauredil es noble y poderoso, capaz de protegerte y de sustentarnos. Yo ya no puedo cazar, y tú eres tan joven y delicada que sufro al ver cómo te esfuerzas en tomar mi arco y tratar de conseguir presas. Sé lo mucho que te cuesta, pues aún no has sido instruida en las habilidades de nuestro pueblo para el rastreo y la caza. Si te casaras con él, nunca más tendrías que aventurarte en el campo-.

-Lo sé- contestó Vanimeldë.- Pero no deseo desposarme con Lauredil. No siento afecto por él, ni por la Casa de Fëanor. Ya conoces los rumores que corren sobre ellos; se dice que para llegar a Beleriand robaron los barcos de nuestros hermanos de Valinor después de asesinarlos. Lauredil siempre nos mira con desprecio, como si se sintiera superior a nosotros. Algo me dice que, si esa matanza realmente tuvo lugar, Lauredil participó en ella-.

-La verdad es que me costaba dar crédito a ese rumor- dijo su padre.- Pero, desde que supe que el rey Thingol se niega a recibir en su reino a los miembros de la Casa de Fëanor, temo que sea cierto. Sin embargo, sean cuales sean las querellas que los fëanorianos tuviesen con los Teleri de Valinor, no estamos hablando de ellos. A mí me inquieta más mi porvenir y el de mi hija…

-No necesitamos a ese Noldo- le interrumpió Vanimeldë con firmeza.- Pertenezco a la raza de los Sindar, padre, igual que tú. Pronto ganaré destreza con el arco y entonces no hará falta que nadie cuide de nosotros-.

Lasserion la miró con gravedad.

-Haz como desees, hija, pero ten cuidado. Me parece que el capitán Lauredil no es de los que dejan escapar un objetivo, una vez han fijado sus ojos en él-.

Vanimeldë sabía que su padre tenía razón. Ella opinaba lo mismo. Aún así, trataba de coincidir lo menos posible con el guerrero Noldo con la esperanza de que si no conversaba con él acabaría por olvidarse de ella. Por desgracia, la mirada del apuesto Lauredil al posarse sobre ella era cada día más codiciosa. No hay fruto más delicioso que aquel que está prohibido, y el aura de melancolía e inaccesibilidad que rodeaba a Vanimeldë la hacía aún más apetecible.

 

 

 

 

 

Una nublada mañana de primavera, Vanimeldë se levantó temprano. Se vistió con un sencillo traje de caza, tomó su arco y partió en dirección a lo que antes había sido una hermosa pradera, y ahora era un erial yermo donde sólo crecían arbustos raquíticos y hierbajos amarillentos. Suspiró tristemente al ver la marchita naturaleza que a duras penas crecía a su alrededor.

“Si pudiéramos cazar en Doriath…”, pensó entristecida.

Doriath no estaba lejos, y aún era verde y fértil. Sin embargo, estaba protegido por la Cintura de Melian, por lo cual nadie que no perteneciera a él podía cruzar sus lindes. En Arossië, muchas voces se alzaban opinando que debían abandonar el pueblo y pedir asilo al rey Thingol. Vanimeldë también pensaba así; estaba convencida de que sus hermanos Sindar los acogerían de buen grado, y ya nunca tendrían que pasar hambre ni temer los ataques de los orcos.

Sin embargo, Lauredil se oponía enérgicamente a ello. Thingol no estaba dispuesto a admitir a los fëanorianos en su reino, y estos intentaban impedir que los Sindar de Arossië se marcharan, acusándolos de cobardes y de falsos amigos.

-¡Con nosotros en el pueblo, ningún orco será capaz de penetrar aquí!- había exclamado Lauredil en la última reunión.- Sólo los cobardes abandonan su hogar en lugar de guardarlo. ¿Seréis tan pusilánimes como para dejaros vencer sin lucha? ¡Debemos quedarnos y proteger este pueblo! ¡No podrán invadirlo mientras queden aquí guerreros valientes que lo impidan!-.

Muchos habían vitoreado aquellas palabras, pero Vanimeldë aún se enfurecía al recordarlas. Lauredil no era el señor de Arossië ni un miembro del Consejo; no se le debería permitir opinar en aquellas cuestiones. Pero su fuerza y su arrolladora personalidad habían deslumbrado a muchos y amedrentado a otros tantos, y la gente hacía poco caso a Argildor, el verdadero señor. Poco a poco, Lauredil y su cohorte se estaban haciendo dueños del destino y de la voluntad de los habitantes del lugar.

“Lo que pasa es que saben que Thingol no les dará refugio y no quieren quedarse solos defendiendo el pueblo” pensó Vanimeldë. “Ellos son los cobardes”.

En ese momento, apartó a los Noldor de su mente y sus ojos se agudizaron. Quieta como una estatua, fijó todos sus sentidos en la zona situada bajo un pequeño árbol, a un centenar de metros de distancia. Algo se movía allí: una cervatillo raquítico que rumiaba hierbajos, ignorante aún de la presencia de la elfa.

Vanimeldë extrajo una flecha del carcaj y tensó el arco, apuntando al animal. Se concentró en su objetivo, vaciando su mente de todo lo demás. Tenía que cazar aquel cervatillo. Tenía que cazarlo.

Fijó sus ojos en el blanco, apuntó, se aseguró de que el ángulo de tiro era el adecuado y la dirección del viento la acompañaba… y entonces un relámpago deslumbrante rasgó el cielo, seguido de un trueno ensordecedor. Vanimeldë disparó la flecha, pero un segundo demasiado tarde. El animal, sobresaltado por el estruendo, echó a correr despavorido.

-¡No!- gritó la elfa al ver cómo el proyectil se clavaba en el punto exacto donde un instante antes rumiaba el cérvido. Incapaz de aceptar la derrota después de tres horas de rastreo, echó a correr en pos del animal. Cada vez encontraba menos presas; no podía permitirse el lujo de perder aquella.

Otro relámpago restalló, iluminando el pelaje del animal que trotaba aterrado por la campiña. Las piernas de Vanimeldë volaban sobre el erial. Se descorazonó al ver cuán difícil era para ella apuntar al cervatillo mientras la perseguía, por grande que fuera el objetivo. Hasta entonces, sólo había conseguido acertar a sus presas sorprendiéndolas quietas y despistadas. Nunca había disparado mientras corría a un blanco en movimiento.

Al final, después de lo que parecieron horas, la joven empezó a cansarse. El cervatillo también parecía estar fatigándose, porque redujo un tanto la velocidad de su carrera.

“Esta es la ocasión”.

Extrajo una flecha del carcaj, distrayendo con ello durante un instante su atención de la carrera. No vio la pequeña roca que tenía delante hasta que sus pies tropezaron con ella y cayó cuan larga era.

Vanimeldë lanzó un grito de furia y dolor al dar con sus huesos en el suelo y contemplar, impotente, cómo las flechas se desparramaban en todas direcciones y el cervatillo seguía corriendo hasta perderse de vista. Se sentó en el suelo, sollozando, mientras se llevaba la mano al antebrazo izquierdo. Se preguntó si se lo habría roto. Entonces se dio cuenta de que estaba mojada, porque en algún momento, sin que ella lo advirtiera, habían empezado a caer gotas del cielo.

La lluvia arreció, mezclándose en el pálido rostro de Vanimeldë con las lágrimas que seguía derramando sin cesar. Se puso en pie tras recoger sus flechas del suelo, y, al mirar a su alrededor, fue consciente de que se había perdido. No recordaba cuánto tiempo había estado corriendo ni la dirección exacta que había tomado; estaba demasiado concentrada en perseguir a la cierva.

Con paso vacilante, echó a andar en la dirección que creía que se encontraba su casa. No era capaz de orientarse. La espesa cortina de lluvia apenas le permitía ver el paisaje que tenía delante. Había corrido campo a través y el agua había transformado todo el suelo en un barrizal, haciendo desaparecer sus huellas. Anduvo durante mucho tiempo, hasta que se dio cuenta, aterrada, de que la luz del día comenzaba a disminuir y no había llegado a su casa.

Vanimeldë tuvo que pasar la noche a la intemperie, helada, hambrienta y aterrada. No había ningún árbol bajo el cual buscar refugio de la lluvia, que no cesaba, de modo que tuvo que acomodarse entre unos arbustos, calada hasta los huesos. El hambre le retorcía el estómago y el brazo le dolía muchísimo; no había podido moverlo en todo el día. Sin embargo, lo que realmente le preocupaba era la posibilidad de encontrarse con una patrulla de orcos. ¿Qué haría ella, incapaz incluso de usar el arco para defenderse? Se estremeció de frío y miedo y se acurrucó contra los arbustos, deseando poder hacerse invisible.

Apenas pudo descansar en toda la noche. Al amanecer, se levantó y trató de seguir caminando en dirección a Arossië, aunque ya estaba totalmente desorientada.

Atardecía ya en el tercer día de su marcha cuando, por fin, el paisaje cambió ante ella. La lluvia había remitido un poco, lo suficiente para permitirle ver cómo frente a ella, en el horizonte, destacaba la silueta de un enorme bosque.

Al principio se sintió desconcertada. Sin embargo, a medida que se iba acercando, se percató de lo oscuro y compacto que parecía aquel bosque, cuyos árboles se alzaban frondosos y sombríos entrelazando las ramas de tal modo que incluso desde la distancia la joven elfa percibió que apenas dejaban pasar la luz del día. Entonces, comprendió a dónde la habían llevado sus pasos.

“Nan Elmoth. He llegado a Nan Elmoth”.

Maldijo para sí. Había caminado justo en dirección contraria a la debida y se encontraba muy lejos de su casa. Pero de pronto se animó; se decía que en aquel lugar vivían elfos. Si los encontraba, podría pedirles ayuda. Ellos le darían refugio, le curarían las heridas y la ayudarían a regresar a su hogar. Sintió cómo la energía retornaba en parte a su cuerpo debilitado, y echó a correr hacia el bosque para intentar alcanzarlo lo antes posible.

 

 

 

 

 

Era ya noche cerrada cuando Vanimeldë alcanzó los límites de Nan Elmoth. Tuvo que dar un largo rodeo para encontrar un paso por el que cruzar el río Celion, que bordeaba el bosque. Extenuada por la larga carrera, trepó a un árbol apenas se hubo internado unos metros en la floresta, se acurrucó en la rama más gruesa y frondosa que vio y cayó dormida casi al instante.

Cuando despertó, estaba ya avanzada la mañana. Poca luz llegaba al interior de aquel bosque, pero la claridad inundaba el lugar y los pájaros cantaban en las ramas. Vanimeldë, hambrienta y débil, descendió al suelo y se internó entre los árboles dispuesta a buscar cualquier señal de presencia élfica en aquel sitio.

A medida que avanzaba el día, sus ilusiones se desvanecieron y comenzó a desesperar. No encontró nada ni a nadie. Sólo árboles, hierba y algunos animales correteando por ella.

“¿Por qué nadie me sale al paso?” se preguntaba, cada vez más angustiada. “¿Acaso no tienen vigías?”.

Al advertir que estaba tan perdida en el bosque como lo había estado en la campiña, rompió a llorar de nuevo. No podría cazar con una sola mano, y aún estaba demasiado temprana la primavera para encontrar las frutas silvestres que conocía. Un Sinda con los brazos sanos y más experiencia podría haber sobrevivido allí, igual que podría haber encontrado el camino de vuelta a Arossië, pero ella era joven e ignorante.

Entonces, cuando pensaba que moriría de hambre sin remedio, la vio. Al fondo, semioculta entre los árboles. Se detuvo un instante, atónita, sin acabar de creerse lo que estaba viendo.

Un muro. Y, en el muro, una verja entreabierta.

Con un grito desesperado, Vanimeldë se lanzó hacia allí como una exhalación. No había duda: se trataba de una mansión élfica. Una de sus ventanas estaba iluminada. Vanimeldë atravesó la verja, avanzó hasta la puerta de entrada y la golpeó con fuerza.

-¡Por favor, ábranme!- suplicó.- ¡Me he perdido y estoy herida! ¿Pueden ayudarme, por favor? ¡He visto la luz! ¡Abran la puerta!-.

Esperó unos minutos, pero no sucedió nada. Al cabo del rato, Vanimeldë, pensando que no la habían oído, volvió a llamar con más ahínco, pidiendo a voces que la dejaran entrar. Finalmente, tras un largo rato de espera, se oyeron pasos al otro lado. La puerta se abrió, pero lo que surgió de ella no parecía un elfo. Un brazo oscuro, grande y musculoso emergió a través de la puerta y agarró a Vanimeldë por el brazo sano. Luego, antes de que la confusa doncella pudiese articular palabra, la arrastró hasta la casa y cerró la puerta a sus espaldas.

 

 

 

 

 

-¿Qué haces aquí?- siseó una voz áspera. No hablaba en Sindarin, sino en Lengua Común, y con un acento que Vanimeldë no había escuchado jamás.

La joven se asustó. La oscuridad reinante apenas le permitía distinguir la habitación donde se encontraba, pero estaba segura de que su interlocutor no era un elfo. Sus ojos distinguieron una silueta alta y corpulenta coronada por una cabellera larga y desordenada. ¿Un hombre, quizás? Pero, ¿qué hacía allí uno de los Atani? ¿Por qué las luces estaban apagadas? Y, lo más extraño, ¿cómo era posible que un hombre fuera capaz de caminar y moverse en medio de aquella penumbra, si la penetrante vista élfica de Vanimeldë apenas alcanzaba a atravesar las tinieblas que poblaban la sala?

-¡Contesta!- gruñó el hombre- ¿qué haces aquí?-.

-Me… me he perdido en el bosque- balbuceó Vanimeldë. Conocía la Lengua Común al igual que la mayor parte de su pueblo, ya que la necesitaban para tratar y comerciar con las demás razas.- Vengo de Arossië, una aldea cercana a Doriath. Salí a cazar, pero me perdí. Hubo una tormenta… he errado muchos días sin rumbo hasta llegar a Nan Elmoth. Por favor, señor, ¿podría avisar a los elfos de esta casa y pedirles que me den cobijo? Estoy muy cansada…

Una risa cascada emergió de la garganta de su captor.

-¿Un elfo perdido en el bosque? Vaya, eso debe ser nuevo- se detuvo unos instantes y movió levemente la cabeza hacia a ella, como si estuviese observándola.- Eres joven. Supongo que debe ser por eso-.

Vanimeldë tragó saliva.

-¿Avisará a los señores elfos de esta mansión, por favor?-.

El hombre no contestó. Dio media vuelta y le indicó que la siguiera. Vanimeldë tomó su actitud como un asentimiento y le siguió.

Entonces, mientras se dirigían al pie de las escaleras, la luna emergió de entre las nubes lo suficiente para que sus pálidos rayos blancos penetrasen por las cristaleras e iluminasen la estancia con una luz plateada. Lo suficiente para que Vanimeldë viera con claridad por primera vez a aquel que caminaba delante de ella. Y, al hacerlo, su corazón se llenó de terror.

Aquel ser no era un hombre. Sus miembros poderosos y sus marcados músculos abultaban bajo una piel color negro rojizo. Los cabellos oscuros le caían en una maraña enredada por la espalda. Y, cuando se dio la vuelta al oírla contener la respiración, vio un rostro de mandíbulas fuertes y rasgos grotescos en el que destacaban dos ojos rasgados y amarillos como los de un felino salvaje y una boca cruel de labios negros por la que asomaban dos hileras de colmillos afilados. No, aquel ser no era Elda ni Atani. Era un orco.

Vanimeldë lanzó un alarido y trató de huir, pero el orco fue más rápido que ella y la sujetó por el brazo sano. Ella forcejeó intentado soltarse, pero en el fondo supo que estaba atrapada: él tenía mucha más fuerza que ella, y con un brazo herido y el otro inmovilizado, el arco y las flechas no le servían de nada. Iba a morir como había muerto su madre.

-No grites- dijo entonces el orco.- No voy a hacerte daño-.

Ella le miró con incredulidad. Él la observó con una mirada llena de furia contenida, pero extrañamente serena en un ser de su raza.

-No deberías estar aquí. No quería abrirte, pero habías visto la luz y sabía que no dejarías de llamar. Has entrado en mis dominios y has descubierto mi escondite. No te haré daño, pero tampoco puedo dejarte marchar-.

-Por favor, deja que me vaya- suplicó Vanimeldë con voz temblorosa.- No revelaré a nadie que estás aquí, lo juro. Mi familia se inquietará por mí. ¡Deja que me vaya!-.

-No te creo- gruñó el orco- te preguntarán dónde estuviste y tú les contarás la verdad. ¡Todos los elfos deseáis exterminarnos! ¡Ninguno de los tuyos me dejaría con vida, y yo solo no puedo hacer frente a muchos de ellos! No, ahora tendrás que quedarte aquí, y mientras esta mansión sea mi refugio, tú no saldrás de ella. Ahora deberás jurarme poniendo por testigo a tus dioses del Oeste que jamás saldrás de esta propiedad sin mi permiso-.

Vanimeldë intentaba ser valiente y mantener la compostura, pero cuando oyó aquellas palabras se sintió desfallecer.

-No puedo- gimió.- No...

-Si lo juras, podrás vivir y moverte en libertad por la casa y sus jardines. Niégate a jurarlo y te encerraré en una celda, donde no volverás a ver la luz del día. Elige-.

Vanimeldë, derrotada, supo que no tenía elección. Y supo también que su madre había sido más afortunada al morir, pues al hacerlo su fëa había volado a las Estancias de Mandos y algún día renacería libre, mientras que ella estaría presa de aquel monstruo, a merced de él, hasta que la muerte la liberase con su mano bienhechora. Dos lágrimas rodaron como perlas por sus mejillas.

-Juro que no abandonaré esta casa sin tu permiso- susurró.- Los Valar son testigo-.

Se cubrió la cara con la mano. El orco la miró en silencio.

-¿Cuál es tu nombre?-.

-V… Vanimeldë-.

-Sígueme, Vanimeldë. Te llevaré a tus aposentos-.

Echó a andar escaleras arriba. Vanimeldë andaba tras él con la cabeza gacha. Sin embargo, al notar el resplandor amarillento de las velas alzó la mirada, y vio lo que había a su alrededor.

Aquella mansión debía haber sido en el pasado un lugar esplendoroso y elegante, pero hacía tiempo que ya no era así. Todo estaba polvoriento y desvencijado. Las cortinas y los manteles estaban raídos y los candelabros medio ocultos por chorretones de cera derretida. Había sido construida sin duda por manos élficas, pero en aquella casa no había elfos desde hacía mucho tiempo. Si aquel orco había asesinado a sus habitantes, debía haber sido años atrás. Pero, ¿por qué iba un orco a matar a los habitantes de aquella casa para quedarse a vivir en ella? Cuando asaltaban los hogares de los Eldar, los orcos siempre los saqueaban, los destruían y los incendiaban. Jamás los tomaban como hogares. Y siempre iban en grupos, nunca solos. ¿Qué estaba pasando allí?

A diferencia de la planta baja, el primer piso estaba iluminado por un par de pebeteros que representaban damas élficas portando vasijas en llamas. El orco torció a la derecha por un pasillo y la llevó hasta una puerta de madera blanca con adornos de filigranas en el marco. Prendió una vela en el pebetero más cercano, entró en la habitación, y, tras encender las luces, la hizo pasar.

En la habitación ardían cuatro candelabros. El orco tampoco se había molestado en limpiar aquéllos, de modo que la cera de viejas velas consumidas ocultaba bajo varias capas el oro de las palmatorias. La cera nueva que las llamas iban derritiendo manaba lentamente sobre las capas antiguas, cubriéndolo todo con un manto blanco cerúleo. Vanimeldë advirtió en seguida que la habitación había pertenecido a una mujer. El armario, el tocador con espejo, la cama con dosel de seda y almohadas de plumas... todo en aquella estancia estaba decorado al gusto femenino. Y, a juzgar por la calidad de los muebles y el ajuar, que destacaba a pesar del abandono, debía haber sido el dormitorio de una dama de alta alcurnia. ¿Qué habría sido de ella?

Vanimeldë se dio cuenta de pronto de que el orco la miraba fijamente. Demasiado fijamente. Una nueva oleada de miedo casi le detuvo el corazón en el pecho, pero él se limitó a señalarle el brazo herido.

-¿Qué te ha pasado ahí?-.

-Me caí- respondió ella.

-¿Puedes moverlo?-.

-No, no puedo-.

“Si pudiera, ya habría tensado el arco para dispararte”, pensó.

Como si le hubiera leído el pensamiento, el orco se acercó a ella.

-Espérame aquí y no te muevas. Pero antes, entrégame tus armas-.

Vanimeldë, de mala gana, le entregó el arco y se descolgó el carcaj lleno de flechas. Cuando se rozó el antebrazo al quitárselo, su rostro se contrajo en una mueca de dolor.

El orco cogió el arco y el carcaj y salió de la habitación sin una palabra. Al cabo de pocos minutos, regresó con varios rollos de tela y unas tablillas. Alargó la mano hacia el miembro herido de Vanimeldë y lo examinó, rozando con los dedos los moratones negruzcos que le cruzaban la piel.

-Lo tienes roto- dictaminó secamente. Tendió uno de los rollos de tela a la joven elfa- Toma, muerde esto-.

Agarró el brazo de la joven y con un rápido movimiento recolocó el hueso en su sitio. Vanimeldë mordió con fuerza las telas, pero no pudo evitar que un gemido de agonía le escapara de los labios.

El orco le entablilló el brazo y se lo vendó con destreza. Luego, anudó el último trozo de tela y le indicó a la joven que se lo pasara por el cuello.

-Apoya el brazo ahí y no lo muevas. Tendrás que llevarlo varias semanas-.

Luego se levantó con brusquedad y desapareció, dando un portazo a sus espaldas.

Vanimeldë, vencida por el agotamiento, el dolor y la desesperación, cayó sobre la cama. Su mente no funcionaba con claridad. Sólo podía pensar en que estaba atrapada y condenada. Nunca podría salir de aquel sitio. Nunca volvería a ver a su padre ni a sus amigos. El rostro deforme de un engendro de Morgoth sería lo único que vería hasta el día de su muerte. Prorrumpió en sollozos angustiados, pero las lágrimas no calmaron su desesperación ni aliviaron el dolor de su alma.

 

 

 

 

 

Cuando abrió los ojos, el resplandor diurno entraba por los ventanales de cristal. Vanimeldë se incorporó.

“Me he dormido”, comprendió. No sabía qué hora era, pero se sentía descansada. El antebrazo ya no le dolía. Pero, al recordar lo que había sucedido la noche anterior, el pesar volvió a caer a plomo sobre ella.

Tenía mucha hambre. Con paso vacilante, se levantó de la cama y salió de la habitación. Recorrió el pasillo y bajó las escaleras hasta llegar al salón. No encontró rastro alguno del orco, pero la mesa estaba puesta y frente al plato había una jarra con agua, una fuente con algo que parecía liebre asada y otra con frutas. Vanimeldë sintió a su pesar cómo la boca se le hacía agua y se sentó a comer con una voracidad impropia de ella. Una vez hubo terminado, sus ojos se dirigieron a la puerta. La idea de escapar se le cruzó por la cabeza, pero la desechó de inmediato con un estremecimiento. No se podía romper un juramento hecho por los Valar. Se rumoreaba que los Noldor habían quedado malditos por algo semejante, aunque nadie lo sabía con certeza.

“¿Acaso no es bastante maldición haber caído prisionera de un orco?”.

Ante aquella reflexión, Vanimeldë frunció el ceño. La noche anterior estaba demasiado alterada como para planteárselo, pero ahora que lo hacía el asunto se le antojó misterioso e incomprensible. Los orcos eran criaturas brutales y sanguinarias, incapaces de actuar con amabilidad o compasión. Eran monstruos, siervos del Enemigo que sólo servían para matar y destruir, que se complacían en el dolor y la tortura, y se apuñalaban y devoraban entre ellos cuando no tenían a mano un enemigo común con quien hacerlo. El orco que vivía en aquella mansión la había tomado prisionera, pero no le había hecho daño ni la había tratado con brutalidad. Incluso le había curado el brazo. ¿Qué clase de orco se comportaba de modo semejante? ¿Por qué no estaba con sus compañeros, matando, saqueando y violando en algún poblado de elfos o de hombres?

Vanimeldë se levantó de la mesa. Sin saber muy bien qué hacer, comenzó a explorar la mansión. En la planta baja encontró una sala de música, una sala de estar, una biblioteca y unas enormes cocinas. En uno de los hornos aún humeaban las brasas sobre las que se había asado la carne. También había, tras el hueco de la escalera, una puerta de madera envejecida que no se abrió cuando Vanimeldë movió el picaporte. Debía estar cerrada con llave o atrancada.

Otra puerta daba a un enorme jardín interior rodeado por un muro blanco. La naturaleza había tomado al asalto los otrora cuidados parterres, y ahora los matorrales, las plantas y los árboles crecían libres, tan salvajes y frondosos que la luz del sol no llegaba a tocar el suelo. Al otro extremo del jardín había un cobertizo cerrado y un estanque sobre el que se inclinaba la figura de mármol de una delicada doncella que portaba un jarrón de alabastro en las manos. A juzgar por su posición, el jarrón debía haber sido en otros tiempos una fuente que vertía agua en el estanque. Pero las telarañas que cubrían la boca del recipiente delataban que hacía muchos años que la fuente había dejado de funcionar. Una planta trepadora de pequeñas florecillas moradas estaba cubriendo poco a poco la estatua y había alcanzado ya las albas mejillas de la doncella, abrazándola como un amante.

En los pisos superiores Vanimeldë descubrió muchas dependencias. Su zona poseía dos estancias más parecidas a la suya, cada una con su propio baño y su propio vestidor. Sin embargo, a diferencia de la suya, estas estaban decoradas con un estilo masculino. Había dormitorios algo más humildes en la otra ala del primer piso, con baños más pequeños y sin vestidores. El segundo piso estaba lleno de más habitaciones semejantes, como si hubiesen estado destinadas a ser las dependencias de los sirvientes. Todas ordenadas y silenciosas, todas abandonadas, todas vacías. No era como si hubiera habido una batalla dentro de aquellos muros y los habitantes hubiesen sido asesinados por orcos. Parecía, más bien, como si algo les hubiera hecho abandonar repentinamente la casa dejándola intacta.

“¿Quién vivió aquí?”, se preguntó Vanimeldë, intrigada. “Y, ¿por qué se fue?”.

Regresó a la biblioteca, confiando en que alguno de los libros daría respuesta a sus interrogantes. Pero no fue así. Encontró y hojeó tratados de historia, de leyendas, de herbolaria, y sobre todo, de metalurgia. Pero, al margen de que el dueño de la casa había sido muy aficionado a la forja y la herrería, no pudo hallar ningún dato más que le permitiera saber quiénes habían vivido allí y qué había sido de ellos.

“Un herrero elfo, quizás. Y su esposa y un hijo, a juzgar por las habitaciones grandes que hay arriba”. Ahora, era ella quien ocupaba las habitaciones de la señora de la casa.

Miró por la ventana y vio que había oscurecido. Sentía frío. Salió de la biblioteca preguntándose dónde encontraría leños para encender un fuego en la chimenea de su habitación, cuando se encontró cara a cara con el orco, que estaba al pie de las escaleras.

Dio un respingo. Él la miró ceñudo, sin decir nada. Por primera vez, Vanimeldë se dio cuenta de que no iba semidesnudo y mal cubierto con jirones de tela raída y pieles curtidas como los demás orcos, sino que llevaba ropas élficas. Una camisa y una túnica negra con cinturón y botas, también negros. Los ropajes estaban viejos y los llevaba de forma poco elegante, desgarbada. Pero allí estaba, cubriéndose con ellos. Vanimeldë se sintió intimidada y, sin saber por qué, sintió que tenía que justificar su presencia allí de alguna manera.

-Me preguntaba dónde habría leña- dijo con una voz más queda de lo que pretendía- tengo frío y quiero encender un fuego en mi habitación-.

Sin responder nada, el orco echó a andar con largas zancadas hacia la puerta del jardín. Vanimeldë le siguió y vio que descorría el cerrojo del cobertizo, entraba en él y salía al cabo de poco tiempo con un montón de troncos sujetos entre los brazos. Regresó a la casa, subió las escaleras y los dejó caer en un cesto junto a la chimenea de la habitación de Vanimeldë.

El silencio mientras encendía el fuego era espeso y avasallador. Vanimeldë sentía que flotaba sobre ellos como un manto agobiante que amenazaba con aplastarlos. Por eso decidió romperlo.

-¿Por qué me curaste?- preguntó. No sabía ni siquiera lo que iba a decir antes de hablar; las palabras habían salido solas de sus labios.

El orco detuvo durante un instante su trabajo para mirarla.

-¿Hubieras preferido que te dejara como estabas?-.

Las mejillas de Vanimeldë se enrojecieron.

-No-.

El silencio volvió a extenderse entre ellos mientras él terminaba de colocar los troncos y verter aceite sobre ellos. Un instante más tarde, la chispa prendió y el fuego comenzó a arder alegremente en la chimenea. Entonces, fue él quien habló.

-No es extraño que te sorprendas. Ningún otro lo hubiera hecho. Creo-.

Su voz estaba teñida de ira y amargura. La curiosidad venció al resentimiento en el corazón de la joven elfa, que no pudo evitar hacer la siguiente pregunta.

-¿Por qué tú eres diferente?-.

Él se levantó con brusquedad. Vanimeldë retrocedió, temiendo haberle ofendido. Pero el orco se limitó a fruncir el ceño de nuevo, como si tratase de aclarar sus pensamientos antes de hablar.

-¿A qué te refieres? ¿A por qué no te he matado? ¿A por qué vivo solo aquí en lugar de arrastrarme por los cubiles de Angband entre mis congéneres? ¿A la razón por la cual no estoy en estos momento afilando mis armas antes de atravesar a uno de los tuyos con ellas?-.

Vanimeldë volvió a enrojecer, esta vez de rabia.

-Así fue como matasteis a mi madre-.

-¿Matamos?- siseó él, con la voz llena de ira.- No me incluyas en eso. Yo jamás he matado a nadie, ni soy responsable de los crímenes que hayan cometido otros orcos-.

-¿Acaso no mataste a los habitantes de esta casa?-. Vanimeldë hizo la pregunta más para espolearle a que siguiera hablando que porque realmente lo creyera así.

Aquella pregunta enfureció al orco.

-¿Por qué crees eso?- rugió.- ¿Porque soy un orco? ¿Porque lo único que puedo ser es un asesino? ¡No maté a nadie para tomar posesión de esta casa, mujer elfa, porque nadie había cuando llegué! Estaba vacía, abandonada por completo. Las puertas estaban abiertas. No sé quién vivía aquí ni por qué decidió dejar este lugar. Me lo encontré tal y como lo ves ahora-.

Miró a Vanimeldë y vio el temor reflejado en sus ojos. La fulminó con la mirada.

-Me tienes miedo, ¿verdad? No te inquietes, ahí tienes tu fuego. No seguiré ofendiendo tus ojos con mi presencia-.

Se dirigió a la puerta, apartándola de un empujón, y volvió a mirarla con rabia.

-Ojalá no hubieras venido. Tenerte aquí me complace tan poco como a ti, créeme. Preferiría estar solo-.

El portazo que dio al salir hizo temblar las paredes. Vanimeldë se quedó allí de pie, inmóvil, atónita y confusa, contemplando con incredulidad la puerta cerrada ante ella.

 

 

 

 

 

Vanimeldë no volvió a ver a su captor durante los días siguientes. Habría llegado a pensar que se había esfumado de no ser porque a las horas de las comidas siempre encontraba la mesa llena, aunque a él nunca lo veía. De vez en cuando, leía en la biblioteca o salía a pasear al jardín. Mantenía el fuego de su habitación siempre encendido yendo a buscar troncos cuando ya no quedaban más en el cesto. No dejaba de pensar en las palabras que había pronunciado el orco antes de salir furibundo de su cuarto, y aquel recuerdo la perturbaba. Por muy resentida que estuviera con él por haberla hecho prisionera, de algún modo lamentaba haberlo ofendido. Intuía que algo en sus palabras y en su modo de actuar le habían herido profundamente aquella noche.

Al final, una semana más tarde, Vanimeldë bajó más temprano que de costumbre a cenar y escuchó ruidos en la biblioteca. Cautelosamente, abrió la puerta y lo encontró allí, junto al atril de lectura, examinando con una mueca de frustración un grueso volumen. Al verla entrar, su expresión de disgusto se acentuó.

-¿Qué haces aquí?-.

-Yo... he oído ruidos, y... -Vanimeldë tragó saliva.- Sólo deseaba decirte que no era mi intención ofenderte. Lamento haberlo hecho. Te lo hubiera dicho antes si no hubieses desaparecido tantos días-.

Él la miró sin decir nada, pero su expresión se relajó un tanto. Volvió a fijar la vista en el volumen.

-¿Quién te enseñó a leer las tengwar?- le preguntó Vanimeldë.

El fastidio volvió a las facciones del orco.

-Nadie. No sé leerlas-.

-¿Y por qué tienes ese libro delante, entonces?-.

-Intento comprender lo que dice mirando sus imágenes-.

-¿Y lo consigues?-.

El orco gruñó.

-Lárgate de aquí-.

Vanimeldë levantó las manos pidiendo paz.

-Por favor, no te enfades. Puedo leerte lo que pone, si quieres-.

Él vaciló unos instantes.

-Hazlo- dijo finalmente.

Vanimeldë se acercó al atril. Era uno de los libros de leyendas y mitología. Junto al texto había dibujada una dama vestida de plata que sostenía entre sus manos una corona de estrellas. Comenzó a leer, sin darse cuenta, en Sindarin. No había vuelto a usar su lengua materna desde la noche en que cayó prisionera y la echaba de menos. Sin embargo, pronto recordó que aquellas palabras no tenían sentido alguno para el orco, y se detuvo.

-Sigue- dijo él.

Vanimeldë se giró sorprendida.

-Creía que no hablas mi lengua-.

-Y no la hablo. Pero quiero saber cómo suena-.

-Creía que nuestra lengua os resultaba desagradable-.

El orco frunció el ceño en lo que ya parecía ser su gesto habitual cada vez que Vanimeldë hacía referencia a su raza.

-Sigue- repitió.

Vanimeldë terminó de leer el párrafo en Sindarin.

-Ahora, traduce- le ordenó el orco al ver que había terminado.

-Varda Elbereth, llamada Elentari o Tintallë en Alto Quenya, es la compañera de Manwë y la más poderosa de las Valier. Iluminadora del Cielo, se la tiene por la creadora de las estrellas y se sienta junto al Señor de Occidente en el trono de Taniquetil- leyó la joven elfa en Lengua Común.

-¿Qué significa eso?- preguntó el orco- ¿Quién es esa... Varda?- al pronunciar el nombre, torció el gesto como si la boca se le hubiese llenado de algo agrio.

-Una Valier. Uno de los... dioses del Oeste, como tú los llamaste. Ella fue quien creó las estrellas del cielo-.

El orco no dijo nada. Parecía pensativo.

-Léeme el resto cuando termines de cenar- dijo.

Vanimeldë obedeció. Después de cenar, se sentó cerca de él y leyó en voz alta el libro mientras las velas que la iluminaban se iban derritiendo a su alrededor. El orco no la interrumpió ni dijo nada mientras leía; se limitó a escucharla atentamente. Sin embargo, Vanimeldë le miró de reojo varias veces y descubrió que la escuchaba con una mueca de desagrado y repulsión. En una de las ocasiones en que lo sorprendió torciendo el gesto, detuvo la lectura.

-¿Te desagrada lo que leo?- preguntó- parece... parece que te duela oírme-.

-No me duele. Me molesta, pero no me duele-.

-¿Qué es lo que te molesta?-.

-Los nombres... -un estremecimiento involuntario lo recorrió.- Varda... Manwë... Aüle...

Rechinó los dientes y sacudió la cabeza, incapaz de continuar.

-¿Y quieres que siga? ¿A pesar de que te molesta?-.

-Precisamente por eso quiero que sigas-.

-No lo entiendo-.

-No me importa que no lo entiendas. Sigue-.

Vanimeldë comprendió que no iba a decirle nada más, y que se enfadaría si continuaba preguntando. Siguió leyendo hasta el final, tratando de no fijarse en la expresión del orco mientras la oía leer.

Cuando las velas apenas eran ya una llama titilante, Vanimeldë dejó de leer y guardó el libro en la estantería. El orco se veía cansado, como si en lugar de escucharla leer hubiera estado realizando un gran esfuerzo físico.

-Seguiremos mañana, si quieres- dijo Vanimeldë.

Él asintió en silencio y se dirigió hacia la puerta.

-Espera- dijo ella, vacilante.

El orco se detuvo.

-¿Qué?-.

-¿Cómo te llamas?- se sintió repentinamente avergonzada de haber hecho aquella pregunta, pero tenía que hacerla.- Yo... ni siquiera sé cómo te llamas-.

Él se giró durante un instante.

-Turguk. Me llamo Turguk-.

 

 

 

 

 

A partir de entonces, las sesiones de lectura se convirtieron en una rutina. Durante el día, Vanimeldë nunca veía a Turguk. No era de extrañar, puesto que sabía que la luz de sol incomodaba mucho a los orcos. A partir del atardecer, a veces le oía trasteando por la casa, aunque la mayor parte del tiempo era silencioso. Por la noche, después de cenar, se reunían en la biblioteca y Vanimeldë leía mientras Turguk escuchaba. Primero, fueron leyendas. Luego, textos de historia, que supusieron un alivio para el orco porque los nombres de los Valar dejaron de escucharse con tanta frecuencia. Cuando las velas se agotaban, avanzada ya la noche, Vanimeldë cerraba el libro y se despedían hasta la siguiente sesión. Turguk desaparecía, presumiblemente en dirección a sus aposentos, aunque Vanimeldë no sabía dónde dormía. En cuanto a ella, se retiraba a los suyos y tardaba un buen rato en dormirse. Echaba de menos a su padre. Se preguntaba si los suyos estarían buscándola, o si ya la darían por muerta. ¿Serían capaces de encontrarla? No podían saber qué dirección había tomado, ni que estaba en Nan Elmoth. ¿Creerían, tal vez, que los orcos la habían hecho prisionera? En ese caso no estaban tan lejos de la realidad, se decía con una sonrisa amarga. Aunque el orco que la había capturado no era exactamente como ellos se imaginarían.

Lo cierto es que su captor era un enigma. No podía entender su actitud. ¿Por qué Turguk se comportaba de aquella manera antinatural? ¿Por qué era tan solitario? ¿Por qué deseaba conocer las leyendas y la historia de los Eldar, a pesar del malestar que le causaban en ocasiones aquellos relatos? Vanimeldë no entendía nada. Era casi como... como si no quisiera ser un orco. Pero, ¿cómo podría alguien negar su propia naturaleza? ¿Cómo era posible que no deseara dar rienda suelta a sus instintos y comportarse como se comportaba el resto de su raza?

Al reflexionar sobre ello, Vanimeldë recordaba antiguas leyendas. Leyendas que corrían de boca en boca entre su pueblo y a las que nadie sabía si dar crédito. Leyendas que hablaban de una sombra sobre Cuivienén, el hogar primigenio de los elfos. A veces, algunos se alejaban y desaparecían. No se volvía a saber más de ellos. Y años, muchos años después de aquellas desapariciones, empezaron a aparecer los orcos. Los sabios no lo entendían, todos decían que Morgoth no tenía la capacidad de crear una raza viva, que ese poder estaba sólo en manos de Eru Ilúvatar. Pero, aunque no pudiera crear una raza nueva, sí que podía pervertir o mancillar una ya existente.

Los elfos. Los elfos desaparecidos en Cuivienén.

Vanimeldë no daba crédito a esas atrocidades. Era más fácil creer, como creían otros, que los orcos no eran realmente criaturas pensantes. Sólo eran animales sin alma, dotados por Morgoth de una inteligencia rudimentaria y capacidad de habla. Era lo que ella quería creer, lo que había creído siempre... hasta conocer a Turguk. Se preguntaba entonces si debía hablarle de esas leyendas, pero luego negaba con la cabeza tratando con desesperación de alejar esos pensamientos blasfemos de su mente e intentaba dormirse.

Por la mañana, a la luz del sol, Vanimeldë daba un paseo temprano por el jardín y desayunaba de los arbustos de bayas y los árboles frutales que crecían en él. Luego, iba a la cocina para sacar agua del pozo y bañarse después de calentarla en la chimenea. Aquellos baños siempre la reconfortaban. Sumergida en el agua tibia y perfumada, podía llegar a olvidar por unos instantes que era una prisionera.

 

 

 

 

 

Un día, Vanimeldë se dio cuenta de que no podía seguir poniéndose la ropa de caza que llevaba cuando llegó a la mansión. Estaba sucia por el uso, y tenía que lavarla. El problema era que no tenía ninguna muda de ropa más. Decidió buscar por la habitación algo que ponerse mientras su ropa estaba mojada.

Se sentía más animada que de costumbre, porque la noche anterior Turguk le había quitado el vendaje y ella había comprobado con alegría que su brazo volvía a estar sano y podía moverlo sin dolor. Vanimeldë ya había curioseado en los armarios y sabía que estaban vacíos. Lo único que quedaba en aquella habitación sin explorar era un arcón con cerradura. La joven dedicó varias horas a registrar la habitación en busca de la llave, hasta que al final la encontró pegada a la parte inferior de uno de los cajones de la cómoda. Al parecer, la señora se había tomado muchas molestias en ocultarla. La introdujo en el arcón, y este se abrió con un chirrido.

Al ver lo que había dentro, se le cortó la respiración. Era la tela más hermosa que había visto en su vida. La sacó con impaciencia y la extendió sobre la cama. Ante ella quedó expuesto un deslumbrante vestido blanco con delicados y complejos adornos en hilo y pasamanería de plata, digno de una princesa. Vanimeldë lo observó con la boca abierta. Luego, volvió al arcón ansiosa por descubrir qué más secretos escondía. Encontró otro vestido del delicado color plateado de la luna, dos pares de zapatos a juego con cada uno de los vestidos, y una espléndida corona de mithril cuyas líneas se fundían en filigranas feéricas que hacían pensar en bosques profundos, reinos escondidos y árboles iluminados. La corona reposaba sobre un pequeño libro de tapas grises.

Vanimeldë, sin atreverse a tocar aquellos tesoros, cogió el libro con cuidado. Se sentó en la cama y lo abrió por la primera página.

 

“Este es el diario de Aredhel Ar-Feiniel de la Casa de Fingolfin, Señora de los Noldor y princesa de Gondolin”.

 

Vanimeldë, impresionada, se sumergió en la lectura del diario de Aredhel. A lo largo de aquellas páginas conoció de primera mano su historia: cómo había conocido en aquella misma mansión a su esposo Eöl, el nacimiento de su hijo Maeglin. Décadas más tarde, cuando el niño se hubo convertido en un muchacho, Aredhel había empezado a sospechar que las razones por las cuales su esposo había querido casarse con ella no incluían el amor. La Noldo pensaba que a Eöl le habían movido sobre todo la lujuria y el orgullo, ya que arrebatar una hija a la realeza Noldorin era, cuanto menos, la mínima reparación que merecía la afrenta sufrida por su pueblo en Alqualondë. En ella se despertó el deseo de regresar a su hogar, a Gondolin, y había decidido huir con Maeglin. El día anterior a la fuga era también el de la última anotación en su diario.

¿Qué habría sido de Aredhel? Al no haber más anotaciones, Vanimeldë sólo podía especular. Eöl debía haber salido en su busca, y sin duda tenía que haberla encontrado, porque no había vuelto. ¿Vivirían los tres juntos en el Reino Escondido? ¿O Turgon habría mandado matar a Eöl por haber desposado sin autorización a su hermana? Fuera cual fuese la respuesta, había una cosa clara: no volverían. Los sirvientes habían dejado la casa cuando lo hicieron sus señores, y nadie que descubriera la entrada a Gondolin podía regresar, vivo o muerto.

Mientras lavaba sus ropas, Vanimeldë se vio invadida por una sensación de alivio, pero no supo discernir por qué se sentía así hasta más tarde. Estaba tendiendo las telas empapadas en el alféizar de su ventana, cuando de pronto lo comprendió: la reconfortaba haber confirmado que Turguk no había asesinado a los habitantes de aquella casa.

 

 

 

 

 

Por la tarde, cuando el sol ya había descendido y la luz escarlata del crepúsculo bañaba la casa, Vanimeldë se dirigió a la cocina en busca de agua para lavarse, vestida con el traje blanco de Aredhel. Llevaba los cabellos flotando sueltos por la espalda, porque aquel peinado le parecía más adecuado al vestido que su trenza habitual. Al llegar al salón, algo llamó su atención. Se trataba de la puerta cerrada tras el hueco de la escalera. Estaba entreabierta.

Se acercó con curiosidad y agudizó el oído: silencio. Turguk debía estar cazando la cena de esa noche. Tras vacilar un instante, tomó una vela del candelabro más cercano y se deslizó por la puerta.

Unas escaleras descendían hacia las entrañas de la tierra, perdiéndose en la oscuridad. Mientras bajaba, Vanimeldë se estremeció; allí abajo hacía mucho más frío que arriba.

Cuando la escalera acababa, un gran pasillo se abría ante ella, y a los pocos metros se reveló lo que aquel sótano guardaba: una fragua. Una inmensa fragua, rodeada por varias armerías, lo llenaba todo. Allí debía haber sido donde Eöl, el elfo Oscuro, había realizado sus renombrados trabajos de herrería. Aguzó la vista y distinguió algo más al fondo de la pared opuesta: algo que parecía un jergón, o un colchón, apoyado en el suelo.

Se acercó, iluminando con la vela. Efectivamente, era un colchón, tal vez sacado de una de las habitaciones de la servidumbre. Ahí debía ser donde dormía Turguk. No había muebles ni ningún objeto personal. Entonces, la mortecina llama que la iluminaba reveló algo más, en la pared. La alzó para ver mejor, y se quedó boquiabierta.

Toda la pared estaba llena de estrellas toscamente garabateadas, a daga o a cuchillo. Millares de cortes herían la desnudez del estucado formando todas las constelaciones celestes, constelaciones que Vanimeldë conocía bien: Menelmacar, Valacirca, Anárrima, Soronúme, Telumendil...

-¡¿Qué estás haciendo?!- aulló una voz colérica.

Vanimeldë sufrió tal sobresalto que estuvo a punto de dejar caer la vela. Turguk, en el umbral de la puerta, la miraba furioso.

-¿Por qué demonios has bajado aquí? ¿Es que no tienes bastante con atormentarme con tu presencia todos los días?-.

-No... no sabía que estaba prohibido. Perdóname, yo sólo...

-¡Tú sólo buscabas tu arco y tus flechas para matarme!-.

-¡No!- exclamó ella, angustiada.- ¡No quiero matarte, te lo juro! ¡Sólo quería saber cómo era tu refugio!-.

Turguk fue hasta una de las armerías y regresó con el arco y el carcaj. Lo arrojó a los pies de Vanimeldë, furibundo.

-¡Mátame, si es lo que quieres! Al fin y al cabo, es lo que haría cualquiera de los tuyos conmigo, ¿no, elfa? ¡Vamos, mátame y huye! Tienes el brazo sano. ¿Qué te lo impide?-.

“Debería matarlo” comprendió Vanimeldë. “Debería acabar con él y marcharme antes de que se le pase ese ataque de locura”.

Era como si le hubiera dado permiso. Ni siquiera rompería el juramento. Podía acabar con él y huir, estaba desarmado, y sin embargo...

Sin embargo, no podía matarlo. Lo comprendió en ese momento. Era incapaz. No podía matar a alguien que podría haberla matado a ella y eligió dejarla vivir. No podía matar a quien en lugar de infligirle sufrimiento le había curado el brazo. Y, sobre todo, no podía matar al que tal vez era el único orco sobre Arda que no se comportaba como un asesino, a aquel ser amargado y extraño, curioso y solitario, incomprendido y único. Por primera vez, se sintió prisionera en aquella casa de algo que no era el juramento.

-¿Por qué?- preguntó en un susurro, ignorando el arma tendida a sus pies. Le miró fijamente, y se dio cuenta de que sus ojos no eran los de un orco. Los iris eran de un tono amarillo salvaje, parecidos a los del resto de miembros de su raza, pero ahí terminaba toda semejanza. La mirada que se cruzó con la suya no era la de un sádico, un monstruo o un asesino, sino la de una persona. Sus ojos delataban demasiado miedo, demasiado dolor, demasiadas preguntas. Demasiados sentimientos.- ¿Por qué, Turguk? ¿Por qué has dibujado todas esas estrellas?-.

La ira pareció abandonar de repente al orco al escuchar la pregunta de Vanimeldë y darse cuenta de que no iba a usar su arma contra él. Se dejó caer contra la pared, como si las fuerzas le fallaran y se sintiera vencido.

-Porque es lo único que recuerdo- contestó, con la voz destilando amargura.- Tú no lo sabes... no tienes ni idea... de lo que es vivir en Angband. ¿Crees que somos felices? ¿Crees que nos gusta vivir como animales? El odio y el miedo son los únicos sentimientos que Melkor, mil veces sea maldito, quería sembrar en nosotros. Algunos nacen, otros despiertan, pero todos sentimos lo mismo desde que adquirimos consciencia: odio y miedo. Le odiamos y le tememos a él, que a su vez nos enseña a odiar a todas las cosas que viven. Somos sus esclavos. ¡Pero yo no quería ser un esclavo! ¿Lo entiendes? ¡Yo no soy su esclavo!-.

Cerró el puño y lo levantó, desafiante.

-Tú... -Vanimeldë estaba atónita- ¿tú escapaste de Angband?-.

-Sí, escapé. Y preferiría morir antes que volver allí. El día que abrí los ojos, lo primero que hicieron fue darme un empujón y llevarme a la sala de armas. Para aprender a combatir. Eso era lo único que querían de mí, de nosotros. Y yo... yo sólo quería recordar, pero no recuerdo nada. Sólo un gran terror y un gran dolor, que se mezclan en uno sólo como una neblina roja... y esto- señaló con un gesto casi desesperado las estrellas grabadas en el muro.- Sé que vi esto, alguna vez. Antes... ¿Antes de qué? ¡No lo sé! Pero las vi, las vi y no he parado de dibujarlas desde que llegué aquí, porque no quiero olvidarlas. ¡Todos los días me duermo con miedo a olvidarlas cuando abra los ojos!-.

Jadeaba, con la respiración entrecortada. Su rostro deforme estaba marcado por la desesperación. Miraba a Vanimeldë, pero ella no estaba segura de si la estaba viendo realmente.

-¿Y cómo escapaste?- preguntó con un hilo de voz.

-Un día, dijeron que ya estaba listo y salimos a patrullar. Nos armaron y nos enviaron fuera. Teníamos que asaltar un poblado de hombres en Himlad. Pero yo... vi las luces, la gente en sus casas, y me di cuenta de que no quería hacerlo. Una parte de mí sí que quería; matar, destruir y derramar sangre. Esa parte de mí sí, pero yo no. Y entonces... entonces me di cuenta de que el odio, el ansia de muerte, eran algo que no formaba realmente parte de mí, que me habían metido desde fuera, por la fuerza. Y en ese instante me di cuenta de que era un esclavo, y me rebelé. Mientras los demás se lanzaban en masa contra la aldea, yo me retrasé y huí. Nunca he podido olvidar los gritos que sonaban a mis espaldas mientras me alejaba...

Se estremeció y se cubrió los ojos con las manos, como si tratase de alejar una pesadilla. Vanimeldë sintió una oleada de compasión hacia él. Percibía la magnitud de su dolor, casi podía tocar el aura de sufrimiento que lo rodeaba. En un acto visceral, dejó la vela en el suelo, se acercó a él y le apoyó la mano en el hombro. Nunca antes lo había tocado. Su piel era gruesa, pero cálida y sorprendentemente suave.

Turguk se descubrió y la miró, como si su contacto le hubiera dado fuerzas para continuar.

-Anduve durante mucho tiempo- musitó.- No sabía qué hacer, ni a dónde ir. No podía ni quería volver con mi gente, pero tampoco podía irme a vivir a ningún otro lugar. Todos los que me veían trataban de matarme o huían aterrados. Me di cuenta de que mi destino fuera de Angband era la soledad. Pero no me importó, es un precio que estoy dispuesto a pagar con tal de no perder mis recuerdos y mi cordura, con tal de no tener que matar nunca por Melkor. Un día, mucho tiempo después de mi huida, no recuerdo cuánto, llegué a este bosque. Entré porque pensé que aquí podría encontrar buena caza... y hallé esta mansión. Al darme cuenta de que estaba deshabitada y que no había más elfos por estos lugares, supe que había encontrado un hogar. O lo más parecido que puede encontrar alguien como yo. Sentí que este sitio no dejaría morir mis recuerdos-.

Vanimeldë no pudo aguantarlo más.

-Escúchame, Turguk- dijo con voz temblorosa.- Creo que sé qué puede haber detrás de tus recuerdos. Entre los elfos se dice que algunos de los nuestros desaparecieron en el pasado, en los tiempos en que despertamos junto al gran lago, bajo las estrellas. Y... y también se dice que los que desaparecieron fueron secuestrados por Morgoth, que los corrompió y los convirtió en orcos-.

Turguk la miró atónito. Su expresión había cambiado; ahora estaba llena de sorpresa, expectación... y algo parecido a la esperanza.

-Nunca había dado demasiado crédito a esas historias- continuó Vanimeldë.- Pero después de conocerte a ti, después de oír lo que me has contado... creo que es cierto. Tal vez por eso lo único que recuerdas son las estrellas. Quizás las viste a la orilla de las aguas de Cuivienén. Creo que eres uno de esos elfos, Turguk, y que te perdiste en la oscuridad. Pero hubo algo en tu interior que Melkor no consiguió arrebatarte, y ese algo fue lo que hizo que escaparas, lo que te salvó de convertirte en un esclavo, y lo que te permite recordar las estrellas. Y creo que, en cierto modo, una parte de ti lo sabe. Por eso me pides que te lea esos libros-.

Él parecía confuso, como si le costara pensar. Sintió la mano de Vanimeldë sobre la suya y la agarró con fuerza.

-Quería saber la verdad. Al menos, eso es lo que pensaba cada vez que trataba de entenderlos. No confiaba en nada de lo que nos había contado Melkor. Él decía que los elfos y los hombres eran los esbirros de unos dioses del Oeste que querían destruirnos... que teníamos que matarles a ellos para que ellos no nos matasen a nosotros, que sólo el derramamiento de su sangre nos traería la paz. Todos le creímos al principio, pero cuando me liberé de sus garras empecé a hacerme preguntas... y a buscar respuestas. Si lo que has dicho es cierto, él hizo algo peor que esclavizarme. Me robó. Mi alma, mi vida y mis recuerdos. Todo-.

-¡No!- exclamó ella- ¡No tu alma! Si fuese así, no estarías aquí conmigo contándome esto-.

Turguk negó con la cabeza, atormentado.

-Tú sólo ves en mí a una bestia. A un engendro. No importa lo que haga, lo único que puedo hacer es ocultarme, porque nadie verá nada más en mí excepto un monstruo. Para ti sólo soy el orco malvado que te mantiene encerrada, no sientes nada por mí salvo miedo. Ni siquiera entiendes por qué lo hice-.

-Sí que lo entiendo. Tenías razón entonces, Turguk. Si hubiera podido escapar aquella noche, te habría delatado-.

-¿Entonces?- él la miró con escepticismo.- ¿Y por qué ahora no? ¿Qué ha cambiado ahora?-.

-Ahora te conozco. Y... y te comprendo. Tienes el aspecto de un orco, pero no eres un orco. Al menos, no del todo. Porque si orco no es como llamamos a una raza, sino como llamamos a una corrupción, a ti no han llegado a corromperte por completo-.

Él rió con una risa áspera, amarga.

-Si no soy un elfo, y no soy un orco, ¿entonces, qué soy?-.

Ella le acarició el rostro.

-Eres Turguk. Con eso basta. Y yo nunca podría matarte, ni delatarte, porque...

¿Por qué? ¿Por qué estaba tan segura de que nunca podría hacerle daño? ¿Por qué se le había encogido el corazón al verle lanzar las flechas al suelo? ¿Por qué volvía a encogérsele el corazón cada vez que lo miraba? Ya no veía a un captor. Tampoco veía ya un enigma. ¿Qué veía entonces?

-Porque...

¿Por qué deseaba consolarlo? ¿Por qué no podía dejar de mirarle? ¿Por qué no se apartaba de su lado? ¿Por qué sentía que su corazón, que latía cada vez más furioso, se estaba rompiendo?

-¿Por qué?- preguntó él en un ronco susurro, quemándola con la mirada.

Vanimeldë le mira, y entonces lo sabe. Lo sabe todo. Y siente las palabras en su garganta, luchando por salir, aunque sabe que cuando broten lo arrasarán todo a su paso: su pasado, su presente y su futuro. Tiene miedo de dejarlas salir. Pero no hace falta, porque en ese momento él las lee en sus ojos, y ella en los de él. Y, en ese instante, la boca de Turguk cubre la suya y la furia apasionada de un beso repentino aleja todo lo demás. La mente de Vanimeldë se embota demasiado como para poder articular un pensamiento coherente, pero no importa, porque es su cuerpo el que toma el control. Sus brazos se cierran en torno a la espalda de Turguk, sus caderas se estrechan contra las de él, y su boca se entreabre para recibir el beso con más profundidad.

Por un instante, le parece que se marea y que el mundo se está inclinando, pero en seguida se da cuenta de que son ellos dos, cayendo sobre la cama. Su razón trata débilmente de imponerse (¿pero qué es lo que estás haciendo?) pero su corazón la aparta de un manotazo. Las manos de Turguk le recorren el cuerpo por todas partes, arrebatándole el vestido blanco y desvelándole sensaciones hasta entonces desconocidas. Sus colmillos mordisquean suavemente la delicada piel de su cuello. Es un dolor placentero, y la hace desear mucho más. Ella no sabe lo que tiene que hacer, pero su instinto sí lo sabe. Su cuerpo se arquea para recibir caricias que son cada vez más íntimas y desesperadas, sus manos agarran a Turguk de la nuca para estrechar su boca aún más contra la suya, y sus piernas se abren ansiosas por recibirle. Él la cubre con su cuerpo, embiste con fuerza entre sus caderas y los gemidos de ambos resuenan al unísono en la fragua solitaria, sin más testigos que una vela palpitante cuya luz ilumina desde el suelo la silueta de sus cuerpos retorciéndose en la penumbra. Y, entonces, el mundo deja de existir por completo para Vanimeldë. Lo único que existe para ella es el ser que la está poseyendo en cuerpo y alma. Ahora es suya. Para siempre.

 

 

 

 

 

Permanecieron abrazados mucho tiempo, tal vez minutos, tal vez horas. Vanimeldë apenas podía creer lo que acababa de suceder, pero de algún modo, sabía que era lo correcto, que estaba bien. O quizás que sencillamente era inevitable. Los sentimientos que bullían en su pecho eran tan nuevos y candentes que casi le dolían. Se estremeció al sentir las toscas manos de Turguk acariciándole el cabello con suavidad.

-Te amo- susurró el orco.

-Yo también te amo- musitó la elfa.

-¿Cómo es posible?- preguntó él con voz queda, estrechándola contra sí como si temiese que huyera. Tal vez lo temía de verdad.- ¿Cómo es posible que me ames?-.

-No lo sé. Supongo que cuando te veo... ya no veo a un orco. Es lo que trataba de decirte antes. Sólo puedo verte a ti. A Turguk. Y me da igual lo que seas, o lo que parezcas.- De repente fue consciente de la desnudez de ambos y sintió un acceso de timidez.- ¿Cómo es posible que me ames tú a mí?-.

-¿Cómo podría no amarte? Desde el primer momento en que te vi, pensé que eras lo más hermoso que había contemplado desde que mis ojos se abrieron al horror. Y además eres amable, y tienes un corazón bondadoso. Nunca nadie había sido capaz de verme como tú me ves-.

-Eso es porque nunca nadie te había mirado de verdad-.

Turguk clavó en ella sus ojos de nuevo. Se veían dorados a la luz de la vela, que era cada vez más débil.

-Si quieres, puedes irte-.

Vanimeldë se sobresaltó.

-¿Qué?-.

-Que puedes irte cuando quieras. Te libero. Ya no eres mi prisionera-.

Vanimeldë sintió la punzada fría y aguda del pánico. ¿Acaso la estaba echando? Después de lo que acababa de suceder, ¿quería que se fuera?

-¿Por qué?- preguntó con voz aterrada.- ¿Por qué quieres que me vaya?-.

Él negó con la cabeza.

-No quiero que te vayas, Vanimeldë. Quiero que, si te quedas, lo hagas porque quieres, no porque estés obligada a ello. Quiero que si eliges quedarte conmigo sea por tu propia voluntad-.

-¿Tú deseas que me quede?-.

-Claro que sí. Quisiera que te quedaras para siempre-.

-Entonces me quedaré- respondió ella, juntando sus labios con los de él.- Contigo. Para siempre-.

Él sonrió. Vanimeldë le miró sorprendida; era la primera vez que le veía sonreír. Su sonrisa era algo torcida, y también algo amenazante a causa de los colmillos, pero a pesar de eso, o tal vez precisamente por eso, le resultó más tierna y auténtica que todas las que había visto antes. Más que las falsas sonrisas de Lauredil, que siendo un elfo Noldo de sangre pura y porte regio tenía más sed de sangre y batalla, más ambición y más orgullo que el orco que la abrazaba en ese instante, estrechando su cuerpo contra el de ella.

 

 

 

 

 

Mientras, a muchos kilómetros de allí, Lasserion sangraba. No por fuera, sino por dentro. Echaba mucho de menos a Vanimeldë, y la actitud de Lauredil no hacía sino agravar aún más sus heridas. ¿Por qué no podía dejarla descansar en paz? ¿Por qué insistía en organizar partidas de búsqueda que no hacían más que dejar el pueblo desprotegido? Además, su actitud no era la de un galán preocupado por su amada, sino la de un hombre codicioso que desespera por encontrar el tesoro que ha perdido.

-¡No cejaremos en nuestro empeño hasta encontrar a mi dama! - había gritado en la plaza antes de partir.- ¡Nadie arrebata a los Noldor una mujer en contra de su voluntad! ¡Organizaremos una expedición exhaustiva y no nos detendremos hasta encontrarla! ¡Si hay algún hombre valiente en este pueblo que no se resigne a perder a Vanimeldë, que nos acompañe!-.

Algunos, los más jóvenes, se le habían unido entre gritos de entusiasmo. Al parecer, todos en aquel pueblo maldito parecían haber olvidado que Vanimeldë no era la prometida de Lauredil, del mismo modo que estaban olvidando que Argildor era el auténtico señor, pensaba Lasserion con amargura. Además, Vanimeldë era muy querida en el pueblo y todos los que la conocían la apreciaban. Él mismo habría salido en busca de su hija si la pierna que le faltaba no se lo hubiera impedido.

Observando con tristeza el fuego que ardía en el hogar, suspiró. En el fondo, aún tenía esperanzas. Aún rogaba a Eru que el fanfarrón de Lauredil fuese capaz de encontrarla con vida.

 

 

 

 

 

Mientras Lasserion dejaba vagar sus amargos pensamientos a la luz del fuego, Lauredil y sus hombres se encontraban acampados en medio de la llanura. Los caballos mordisqueaban la escasa hierba amarillenta que crecía a su alrededor mientras las hogueras crepitaban y varios guerreros armados montaban guardia.

En ese instante, se oyó un sonido de pasos presurosos. Lauredil se levantó de un salto con el arma presta, pero sólo era Súlion, uno de los exploradores, que regresaba.

-¿Qué nuevas traes?- inquirió el capitán Noldo.

-Sin novedad, señor- respondió el guerrero.- No hay un alma en los alrededores. Según he comprobado, estamos a menos de media jornada a caballo de los bosques de Nan Elmoth.

-¿Tan al este nos hemos desviado?- gruñó Lauredil. Arrojó una ramita al fuego.- Da igual, nos dirigiremos allí. Nos estamos quedando sin provisiones, y allí debe haber caza abundante. Dedicaremos una jornada a proveernos de alimentos y continuaremos con el itinerario previsto. Tal vez hacia el sur encontremos algún rastro-.

Súlion se cuadró.

-Sí, señor-.

 

 

 

 

 

Turguk y Vanimeldë cenaron juntos en el gran comedor. Ella llevaba puesto de nuevo el vestido blanco y plateado de Aredhel, calzaba las zapatillas a juego y se había ceñido a la frente la diadema de mithril. No solía usar joyas en Arossië, pero aquella noche deseaba estar hermosa. Turguk la observó con admiración al verla descender las escaleras.

-¿Dónde has encontrado esas ropas?-.

-En un baúl, en mi habitación- respondió ella mientras tomaba asiento.- Pertenecieron a la mujer que vivió aquí antes que yo. He descubierto su diario y he averiguado por qué dejaron esta casa. Si quieres, puedo leértelo después de cenar-.

Cuando los platos quedaron vacíos, Vanimeldë condujo a Turguk a sus aposentos y le leyó el diario de principio a fin. Él se quedó pensativo.

-Esa mujer fue muy desgraciada aquí- observó.

Ella sonrió.

-Será la última a la que le suceda eso-.

Turguk se sentó en el lecho, junto a ella.

-Dime, Vanimeldë, ¿de verdad no deseas regresar a tu hogar?-.

-Sí, claro que deseo regresar. Pero sólo para decirle a mi padre que estoy bien y explicarle lo que ha pasado. No deseo que sufra por mí. Pero no quiero hacerlo ahora. Todavía no-.

No le contó a Turguk la verdadera razón por la cual no se atrevía a volver: no sólo el temor, o más bien la certeza, de que su padre se horrorizaría al escuchar su historia y jamás lo aceptaría. Lo que realmente le daba miedo era Lauredil. Sería difícil entrar en Arossië y visitar a su padre sin que él la descubriese. Y, si se enteraba de que había vuelto, no la dejaría marchar.

-Háblame de tu hogar- le pidió Turguk.

Vanimeldë lo hizo. Le habló de su padre, de su madre, y de cómo era Arossië antes de la Dagor Bragollach. También le contó lo que había sucedido después de la guerra: el dolor, la ruina, el hambre y las privaciones que todos habían sufrido. Le contó incluso lo que se había propuesto callar, como el atroz relato de la incursión en la que su madre había muerto y su padre había quedado lisiado, e incluso lo referente a Lauredil.

Turguk cerró los ojos con pesar al conocer el trágico destino de su familia, y cuando las lágrimas humedecieron los ojos de la joven al recordarlo, la consoló acariciándole el cabello con recia ternura. Al oír hablar del capitán feänoriano, el rostro del orco se ensombreció.

-Si intenta ponerte la mano encima, lo destrozaré. Que no quiera matar a nadie no significa que no pueda hacerlo si intentan arrebatarme lo que amo. Y aún recuerdo bien las lecciones que me enseñaron en Angband-.

Vanimeldë se estremeció.

-No digas eso. Nunca tendrás que enfrentarte a él-.

Se arrebujó contra él, súbitamente turbada.

-¿Qué te sucede?-.

Vanimeldë tardó unos segundos en contestar.

-Estaba pensando... Los elfos Sindar despreciamos a los Noldor porque se dice que asesinaron a los nuestros en las Tierras de Oeste para robarles los barcos con los que llegaron a la Tierra Media. Lo llamamos la Matanza de Hermanos. Pero si los orcos no son otra cosa que elfos... corrompidos, pero elfos al fin y al cabo... ¿cuántas matanzas de hermanos han sucedido ya, Turguk?-.

Él la abrazó sin responder. Tal vez no había respuesta.

-Quédate conmigo esta noche- suplicó Vanimeldë con voz queda.

-No sé si podré- respondió Turguk con pesar.- Esas cortinas son muy finas. Demasiada claridad me ciega. La luz de sol me duele, incluso en esta casa sombría-.

Vanimeldë cogió una manta del armario y la pasó por la barra de los visillos.

-Así ya no traspasará la claridad. Quédate conmigo-.

Se giró hacia él. Sólo se escuchaba el incesante crepitar del fuego en la chimenea. Por lo demás, el silencio era absoluto. Turguk se levantó, caminó despacio hasta ella y la envolvió en un cálido abrazo. El vestido blanco se deslizó con un susurro casi imperceptible al caer al suelo. El dulce resplandor lunar dibujó un nuevo traje de sombras blancas y plateadas en el cuerpo desnudo de la elfa. Turguk tomó a Vanimeldë entre sus brazos y la depositó con suavidad sobre el lecho. Ella se rindió a él con un leve suspiro. El suelo sólido que siempre había pisado se había desvanecido bajo sus pies, y necesitaba aferrarse a Turguk para no caer al vacío. Necesitaba sentirse amada, necesitaba sentirse suya, y él la tomó muchas veces a lo largo de esa noche.

 

 

 

 

 

Súlion tensó el arco, disparó, y la ardilla que un instante antes correteaba por las ramas de un haya cayó al suelo con la pesadez de un fardo. El Noldo corrió hacia ella para cobrar la presa y extraer la saeta.

“Un par más y habrá suficiente”, pensó.

Echó un vistazo al cielo. Llevaban todo el día desperdigados por Nan Elmoth, unos cazando, otros recolectando y otros buscando fuentes de agua. El capitán Lauredil había ordenado hacer un alto en el linde del bosque y pasar allí la noche. Al alba, levantarían el campamento y proseguirían la marcha. Faltaba poco para el crepúsculo, y tenía que darse prisa para poder regresar con los demás antes de que cayera la noche. Continuó rastreando.

Sin embargo, pronto comprobó con frustración que las presas parecían haberse esfumado. Era muy tarde, y la mayoría de los animales estarían refugiándose en esos momentos en sus madrigueras. Caminó unos metros más, volvió a mirar el cielo, y ya había decidido regresar con lo que tenía, cuando lo vio.

Un muro blanco. A lo lejos. Una verja de entrada.

Súlion, asombrado, se dio cuenta de que a pocas decenas de metros había una casa. Por su mente cruzó el pensamiento de que sería más agradable pedir hospitalidad a sus habitantes que dormir al raso en el campamento. Allí podrían disfrutar de lechos confortables y buena comida. Nadie le negaría el asilo a un destacamento de guerreros Noldor.

Al acercarse a la verja, advirtió el estado de dejadez en que estaba sumida la casa, pero pensó que, de todos modos, nada se perdía con probar. Ya iba a llamar pidiendo que le abrieran, cuando algo llamó su atención. Un movimiento en una de las ventanas. Aguzó la mirada. Una mano blanca descorrió la cortina. Y detrás de la mano, apareció Vanimeldë.

Súlion se sorprendió durante un instante, pero de repente comprendió.

“Sin duda, los moradores de esta mansión la acogieron al verla perdida. Pero, ¿por qué no la enviarían de vuelta? ¿Estaría herida cuando llegó?”.

La joven Sinda no parecía haberle visto. Iba a agitar la mano para llamar su atención, cuando contempló algo que le congeló la sangre en las venas. ¡Un orco! ¡Detrás de ella había aparecido un orco! Vanimeldë se giró, y en ese momento la cortina volvió a cerrarse y ambos desaparecieron de su vista.

Súlion, horrorizado, echó a correr a toda velocidad de vuelta al campamento. Tenía que informar a Lauredil.

 

 

 

 

 

-Cierra las cortinas - dijo Turguk, acercándose a Vanimeldë- todavía clarea demasiado-.

Ella se giró y dejó caer de nuevo la manta y los visillos frente al cristal. Ninguno de los dos había visto la silueta que los observaba desde la floresta.

-¿Vas a cazar esta noche?-.

-Como todas-.

Ella le besó con dulzura.

-No tardes, por favor-.

Mientras el orco marchaba en busca de la cena, Vanimeldë se preparó un baño. Inmersa en la extraña mezcla de vértigo y felicidad que la embargaba desde el día anterior, se enjabonó lentamente el cuerpo mientras se preguntaba si llegaría a concebir un hijo de Turguk. Ignoraba si los orcos y los elfos podían tener descendencia. Y, en el caso de que aquello sucediese, ¿qué clase de criatura nacería? ¿Tendría aspecto de elfo? ¿De orco? ¿Una mezcla de ambos? Por un momento, sintió inquietud, pero luego sonrió. Si se quedaba embarazada, fuera lo que fuese lo que creciera en su vientre, ella lo amaría.

Mientras estaba en el baño, decidió ponerse el otro traje que había descubierto en el arcón, el de color plata. Se había vestido ya y bajaba por las escaleras, cuando oyó que Turguk entraba en la casa dando un portazo. En seguida se dio cuenta de que algo iba mal. Parecía alterado.

-¿Qué sucede?- preguntó, preocupada.

-¡Intrusos!- exclamó Turguk, furioso. Dejó el saco que llevaba en un rincón y fue hacia la puerta que conducía a la fragua y la armería- ¡Elfos! ¡Son al menos una docena, y van bien armados! ¡Se dirigen directos hacia aquí! ¡Los he visto mientras cazaba!-.

Vanimeldë, horrorizada, se llevó las manos a la boca. Siguió a toda prisa a Turguk escaleras abajo.

-¿Dónde?-.

-¡Muy cerca! ¡He corrido cuanto he podido para llevarles la delantera, pero no tardarán mucho en llegar!-.

El orco se ajustó con rapidez una tosca armadura de cuero tachonado. Acto seguido, rebuscó en la armería y extrajo dos brazales de factura élfica, sin duda obra de Eöl o de alguno de sus ayudantes.

-¿Qué vas a hacer?- preguntó Vanimeldë.

-¿Tú qué crees? ¡Pelear contra ellos! ¡Defendernos!-.

-¡Turguk, no!- exclamó Vanimeldë. Se acercó a él y le cogió el brazo, intentado contenerlo.- ¡No luches contra ellos! ¡Huyamos de aquí!-.

Él negó con la cabeza.

-Este es nuestro hogar, Vanimeldë. No van a echarnos de él. No encontraremos otro sitio como este, y no te mereces llevar una vida errante como la que yo he sufrido-.

-¡Prefiero llevar una vida errante a ver cómo te matan!- exclamó ella. Su rostro se volvió suplicante.- Tú dijiste que no podrías solo contra muchos de los míos. Por favor, Turguk, no te arriesgues. Vayámonos de aquí-.

Él apretó los labios y su mirada se endureció. Durante unos instantes, pareció librar una lucha interna. Finalmente, asintió.

-De acuerdo. Toma tu arco y esa daga. Nos largamos de aquí-.

Cogió dos espadas cortas de hojas color negro brillante.

-Aunque no luche hoy, podríamos necesitarlas ahí fuera- explicó.

Vanimeldë, aliviada, tomó sus armas y se ciñó al cinto una daga con empuñadura de plata. Los dos abandonaron el lugar a toda prisa, sin dedicarle si quiera una mirada de despedida. Turguk llegó primero al salón, corrió hacia el vestíbulo... y se detuvo en seco. Vanimeldë llegó detrás, y pocos segundos después su rostro se llenó de espanto al darse cuenta de por qué se había detenido el orco.

A través de los ventanales del salón, se distinguía la verja. Estaba abierta. Varios guerreros elfos penetraban por ella en ese instante, y a la cabeza de ellos estaba Lauredil.

Ya no podían escapar. Estaban atrapados.

 

 

 

 

 

-Maldita sea- gruñó Turguk. Se giró hacia Vanimeldë.- Ya no hay elección. Tendré que luchar-.

Ella se arrojó contra la puerta y la abrió.

-¡Intentaré convencerlos! Si se dan cuenta de que estoy aquí por voluntad propia, a lo mejor se marchan-.

Oyó la voz alarmada de Turguk a sus espaldas.

-¡Vanimeldë, no! ¡No te creerán! ¡No dejarán que te quedes conmigo!-.

Pero la joven estaba decidida a gastar hasta el último recurso para impedir la lucha. Antes de que Turguk pudiera impedirlo, salió al exterior.

Lauredil se llevó una sorpresa mayúscula al ver cómo la puerta de la casa se abría. Agarró con fuerza su lanza y se llevó la mano a la empuñadura de la espada, pero se detuvo, aún más atónito, al darse cuenta de que quien emergía al exterior era la propia Vanimeldë.

-¡Detente, Lauredil!- gritó la elfa. Parecía muy pequeña y frágil en la penumbra, toda vestida de plata.- No tenéis que rescatarme, no soy una prisionera. Estoy aquí por voluntad propia-.

-¡Sucia treta la de los orcos si creen que te vamos a dejar sólo porque te hayan obligado a decir esas mentiras!- exclamó el Noldo.- Pero no temas. Hemos venido a salvarte, no nos iremos sin ti-.

Vanimeldë dio un paso hacia ellos, desesperada.

-¡No estoy mintiendo, ni me están obligando! Aquí sólo vive un orco, y no me ha hecho ningún daño. Quiero quedarme. Por favor, marchaos. Dejadnos en paz-.

Lauredil frunció el ceño.

-¿Has perdido el juicio? ¿Por qué querrías quedarte a vivir con un monstruo?-.

Vanimeldë tragó saliva.

-No es un monstruo. Él... él es... yo le... -se atragantó con las palabras, sin saber cómo continuar.

A Lauredil no le hizo falta más. Leyó en los ojos y en la expresión de la elfa, y una amarga incredulidad hizo presa de él. ¿Aquella insignificante mujer Sinda le despreciaba por un orco? ¿A él? Nunca había recibido insulto mayor, ni afrenta más grande. Una ira como jamás había conocido le anegó el corazón. ¡No soportaría tal humillación! ¡Vanimeldë sería suya, tanto si quería como si no! Alzó la lanza con energía.

-¡Todos lo habéis oído!- gritó.- ¡Está loca! ¡Esa malvada criatura de Morgoth la ha hechizado con las oscuras artes del Enemigo! ¡La devolveremos a su hogar y mataremos a ese engendro por haberse atrevido a posar sus manos sobre ella! ¡Súlion, tráela y ponla a salvo! ¡Los demás, conmigo! ¡Acabaremos con esa bestia!-.

Todos avanzaron con las armas desenfundadas. Uno de los guerreros se adelantó y fue a por ella. Vanimeldë intentó regresar a la mansión y cerrar la puerta, pero el soldado la agarró del brazo.

-¡No!- gritó ella.- ¡Suéltame!-.

Forcejeó, pero sólo un instante. De repente, el que gritaba era Súlion. Vanimeldë lanzó un chillido al darse cuenta de que lo que se aferraba a su muñeca era sólo un brazo cercenado.

Turguk, con un alarido salvaje, volteó su espada, y la cabeza de Súlion corrió la misma suerte que su brazo. Presentaba un aspecto tan extraño como amenazador. Su armadura basta y su horrendo rostro desfigurado por la ira contrastaban con los brazales de mithril y las espadas élficas de esbeltas hojas curvadas que blandía en sus manos.

Los Noldor se lanzaron contra él. Vanimeldë rompió a llorar desesperada.

-¡Turguk, cuidado!- chilló. En ese momento, vio que entre los atacantes había gente de su propio pueblo.- ¡Los de armadura ligera son Sindar, Turguk! ¡Son mis amigos! ¡No les mates a ellos! ¡A ellos no!-.

No estaba segura de si la había oído. Ni siquiera estaba segura de si Turguk podría contenerse. Parecía fuera de sí.

La pelea se volvió endiabladamente rápida y violenta. Las espadas y las lanzas centelleaban como fuego blanco a la luz de la luna. Turguk peleaba con ferocidad y destreza, pero Vanimeldë temió que no aguantara mucho tiempo. Había matado a otro adversario y herido gravemente a un tercero, pero se le echaron encima más. De pronto, uno de los Sindar se abalanzó sobre él. Turguk alzó como un rayo la empuñadura de su espada y golpeó al elfo en plena cara, lanzándole contra un árbol por la fuerza del impacto. Vanimeldë se angustió por la suerte de su vecino, pero al mismo tiempo sintió alivio.

“Me ha oído. Puede contenerse. No va a matar a los Sindar”.

Un Noldo más murió. Dos Sindar cayeron al suelo con heridas similares a la del primero. Luego, otro Noldo se desplomó con una pierna rebanada. La pelea se ralentizó un instante y Turguk vaciló; Vanimeldë se dio cuenta de que estaba herido. Sangraba profusamente por una docena de cortes y parecía debilitado.

Uno de los Noldor que quedaba se arrojó contra él por la espalda, enarbolando su arma.

-¡No!- aulló Vanimeldë.

Nunca supo cómo corrió tan rápido; tal vez la desesperación le dio fuerzas. Saltó sobre el guerrero un segundo antes de que alcanzara al desprevenido Turguk. Sin pensarlo siquiera, empuñó la daga y la clavó en el costado del feänoriano.

-¡Déjale en paz!- chilló histérica, apuñalándole.- ¡Déjale en paz!-.

El Noldo cayó al suelo exhalando un leve gemido. Estaba muerto. Vanimeldë se miró las manos llenas de sangre y comprendió lo que había hecho, espantada.

“Asesina” pensó, aturdida. “Soy una asesina”.

En ese momento, Lauredil, ciego de furia al ver lo que había sucedido con sus hombres, se arrojó contra Turguk.

-¡Te mataré!- gritó.- ¡Ella es mía!-.

Turguk y Lauredil pelearon durante unos minutos que parecieron eternos. La lucha era violenta y desigual. Turguk era más fuerte, pero estaba herido y cansado. Lauredil lo acosaba y hostigaba mientras el orco se defendía a duras penas. Los Sindar que quedaban en pie, espantados, observaban sin atreverse a intervenir.

En una de las fintas, Lauredil lanzó una estocada a Turguk y le hirió en el costado. El orco retrocedió, pero cuando Lauredil volvió a atacar se adelantó de súbito, detuvo la lanza con el filo de su espada y consiguió desviarla, rompiendo su defensa. Antes de que el elfo pudiese retroceder, Turguk volteó la otra espada y le golpeó en la cabeza, arrancándole el casco y haciéndole caer al suelo a consecuencia del impacto.

Vanimeldë contuvo la respiración. Parecía que Lauredil estaba conmocionado, porque no se movía. Un delgado hilo de sangre corría por su sien. Turguk se acercó y levantó la espada para rematarlo.

Entonces, Lauredil, moviéndose con la agilidad de un felino, se incorporó de repente. Había estado fingiendo. Lanzó una nube de tierra a los ojos de Turguk. El orco retrocedió, momentáneamente enceguecido, y ese fue el momento en que Lauredil volvió a empuñar su lanza y, con todas sus fuerzas, arremetió.

Vanimeldë vio la sucia maniobra y adivinó el golpe que la seguiría. Actuó con toda la rapidez que fue capaz. Se abalanzó sobre Turguk y trató de empujarlo para tirarlo al suelo, fuera del alcance de la lanzada, pero no fue lo bastante rápida.

En el mismo instante en que sus manos se posaban en los hombros de Turguk, la lanza de Lauredil los atravesó a ambos.

 

 

 

 

 

De repente, Lauredil vio desaparecer al orco de su visión. Cuando se dio cuenta de que la larga y afilada punta se incrustaba en un frágil cuerpo envuelto en seda plateada, ya era tarde para frenar el impulso. Abrió mucho los ojos, espantado.

La lanza, clavada en la espalda de Vanimeldë casi hasta la empuñadura, atravesaba a los dos amantes uniéndolos en un grotesco abrazo. Sangre roja y sangre negra se mezclaban como una sola bañando la hierba con un caudal incesante. Por un instante sólo pudo mirar a Vanimeldë, furioso e impotente, como un niño que desespera al descubrir que ha roto el juguete a fuerza de tirar de él para arrebatárselo a su hermano. Luego, sintió los ojos acusadores de los Sindar clavados en los suyos y se giró, despavorido.

“Asesino”, decían aquellos ojos. “Asesino de hermanos. Asesino de nuestra hermana”.

Y Lauredil, impotente, supo que estaba todo perdido. Supo que al volver a Arossië ya no habría nadie que le apoyase cuando los Sindar contasen la historia de lo que había pasado allí esa noche. Supo que Argildor conduciría por fin a su pueblo dentro de las fronteras de Doriath, bajo la protección de Melian, aunque él no pudiera seguirlos.

Lo abandonarían. Sólo le quedarían sus hombres. Pero miró a su alrededor y comprendió. Ya no tenía hombres.

 

 

 

 

 

Vanimeldë gimió. El dolor la laceró en un cruel latigazo que le arrebató las fuerzas y la lanzó contra el suelo. Abrió los ojos con esfuerzo, y rompió a llorar al darse cuenta de que Turguk se mantenía unido a ella atravesado de lado a lado por la misma lanza. Su sangre formaba un charco cada vez más grande sobre el suelo.

Turguk, agonizante, le retiró el cabello de la cara.

-Lo siento- susurró.- Todo ha sido culpa mía. No debí retenerte aquí. Debí dejar que me delataras. Así al menos tú vivirías-.

Dos hilos de un líquido color negro aceitoso comenzaron a desbordar de sus ojos y le resbalaron por las mejillas.

Vanimeldë sentía un dolor atroz en el vientre, allí donde la lanza la había atravesado, pero era aún más insoportable el dolor que sentía en el corazón. Aferró la mano de Turguk con tanta firmeza como sus maltrechas fuerzas le permitieron.

-Cásate conmigo- musitó.

Él la miró con una mueca que aunaba la incredulidad y la agonía.

-¿Cómo?-.

-Posa tu mano sobre la mía... y pon a Manwë por testigo de que me tomas por esposa-.

La mano temblorosa de él aferró la suya con fuerza.

-Te tomo por esposa y juro amarte eternamente. M... M... Manwë es testigo.- Jadeó levemente por el esfuerzo que le había supuesto pronunciar el nombre del Vala.

-Te tomo por esposo y juro amarte eternamente- susurró Vanimeldë.- Varda es testigo. Que Eru Ilúvatar bendiga este matrimonio y lo consagre para siempre-.

Cuando terminó de pronunciar aquellas palabras, las fuerzas la abandonaron de repente, como si su cuerpo hubiese ahorrado todas sus energías para permitir que se uniera a Turguk antes de morir. Dejó caer la cabeza sobre el hombro de su esposo, cuya respiración era cada vez más débil e irregular.

-Te quiero- sollozó.

Sintió las lágrimas cálidas de Turguk contra su mejilla.

-Yo también te quiero- dijo él.- Por eso siento tanto... separarme de ti. Odio que haya sido... tan breve.- Volvió a gemir de dolor. Cada vez le costaba más hablar.

-No, amor mío- susurró ella.- Naciste elfo ¿recuerdas? Morgoth no puede arrebatar a nadie su destino. Nos reuniremos... en las Estancias de Mandos. Y cuando renazcamos... lo haremos juntos. T... te lo prometo-.

Él cerró los ojos, exhausto.

-Ojalá- fueron sus últimas palabras.- Ojalá-.

Vanimeldë lo abrazó, demasiado débil ya para llorar, y siguió abrazándolo hasta que la vida los abandonó a ambos.

Y así fue como los encontraron los dolientes Sindar cuando se acercaron a ellos. Unidos en cuerpo y sangre como habían estado unidos en corazón y alma. Eran muy distintos, pero a la vez parecían formar uno parte del otro, un todo indivisible. Parecían incluso haber intercambiado sus llantos. Porque las lágrimas transparentes de Vanimeldë, húmedas aún, cubrían la cara de Turguk como hilos de plata. Pero el rostro de Vanimeldë, en paz de nuevo tras el cruel sufrimiento que había precedido a su muerte, estaba cubierto por el llanto que había derramado él, surcado de lágrimas negras.

 

 

 

 

 

 

EPÍLOGO

 

 

 

Las playas de Araman resplandecían con la luz dorada del crepúsculo. Como si fuera un distante recuerdo de los días en que la Luz de los Dos Árboles iluminaba las tierras bendecidas, las gemas y las perlas que embellecían el Puerto de los Cisnes y la costa de Eldamar lanzaban suaves detellos cambiantes al ritmo de las olas que morían en la playa.

Contra las lejanas paredes blancas se recortaba la figura de Vanimeldë, empequeñecida por la grandeza de los muros del puerto. Sus vestiduras blancas como las alas de los cisnes se confundían con la silueta de la ciudad de Alqualondë, que se alzaba orgullosa tras ella en la distancia. Caminaba por la arena en dirección al paso que conducía a la colina de Túna, retorciéndose las manos con gesto nervioso. Uno de los Maiar que servían a Mandos le había hecho llegar el mensaje.

“Mañana, a la hora del crepúsculo, acude a la entrada del paso del Calacirya”.

Largos habían pasado los años en las Estancias de Mandos, pero Vanimeldë apenas recordaba nada acerca de ellos cuando despertó a la vida en Valinor. Cuando los recuerdos de su vida en Beleriand volvieron a ella, sólo hizo una pregunta, a las cual recibió la respuesta: “tendrás que esperar”.

Gilthanel, su madre, que había muerto asesinada por las huestes de Morgoth, y Lasserion, su padre, que había abandonado su cuerpo por propia voluntad tras languidecer de pena por la pérdida de su esposa y su única hija, hacía algún tiempo que habían vuelto a la vida en la tierra de los Valar, y años después lo había hecho la propia Vanimeldë. Pero de aquel a quien llevaba largo tiempo aguardando no había tenido noticia… hasta que le llegó el mensaje.

El sol caía, tiñendo de naranja el cielo y alargando la sombra de la elfa mientras recorría los últimos pasos que la separaban de las puerta del Calacirya. Por un momento, se desazonó al no ver a nadie allí. Pero cuando llegó a la entrada del paso y la montaña de Taniquetil se reveló ante ella, divisó una figura que caminaba hacia ella desde la distancia.

Conteniendo la respiración, Vanimeldë se quedó inmóvil, de pie, sin escuchar el rumor de las olas a sus espaldas, sin ser consciente ya de la belleza de la montaña sagrada, con todos sus sentidos fijos en aquel que se acercaba.

Le pareció que transcurría una eternidad hasta que llegó hasta ella. Le vio levantar la mirada, y en ese momento pudo ver su rostro.

Se trataba de un elfo alto, de largos cabellos negros, vestido con ropas blancas y con una gema ceñida a la frente. Sus hermosas facciones al principio le resultaron desconocidas, pero cuando miró sus ojos azules se dio cuenta de que no era la primera vez que la contemplaban. Durante un segundo eterno, ninguno de los dos se movió. Luego, el elfo habló con voz temblorosa.

-Vanimeldë, soy yo-.

Los ojos de la elfa se llenaron de lágrimas.

-¿Turguk?-.

Los ojos del elfo se ensombrecieron durante un instante, como si un recuerdo doloroso los hubiese atravesado, pero luego sonrió.

-Una vez me llamaste así, pero ese ya no es mi nombre. Ahora recuerdo cuál es. Ahora lo recuerdo todo-.

Vanimeldë aún continuaba sin poderse mover. Casi temía que aquello fuera un sueño y él se desvaneciera cuando intentase tocarlo.

-¿Y cómo te llamas?- musitó.

-Alwë- contestó él- me llamo Alwë-.

Escuchar su verdadero nombre la sacó de su trance. Con un sollozo, Vanimeldë le echó los brazos al cuello y lo abrazó. Él le devolvió el abrazo, estrechándola con fuerza. Tomó el rostro de Vanimeldë entre sus manos y la besó.

-Mi esposa- susurró- por fin estoy de nuevo contigo. Y jamás volveré a separarme de ti-.

Vanimeldë se sintió feliz. Había tenido razón cuando predijo que volverían a encontrarse al oeste del mar. Ahora tenían por delante una vida dichosa en las tierras bendecidas, una vida inmortal que no volvería a ser perturbada.

En el futuro que tenían ante ellos, ella conocería el pasado de Alwë, su vida como hijo de un un gran señor de los Nandor que se había quedado en la Tierra Media para guiar a su pueblo cuando este se negó a seguir avanzando en el Gran Viaje, y cómo durante mucho tiempo había luchado heroicamente contra los sirvientes de Morgoth que acechaban a su pueblo. Conocería la historia de su vida y su lucha hasta la noche sin luna en la que él y sus guerreros habían caído en una emboscada y había sido capturado por quedarse luchando para permitir que los demás escaparan, cuando un golpe traicionero le derribó y él cayó al suelo, y las estrellas fueron lo último que sus ojos contemplaron antes de perder el conocimiento y sumergirse en la oscuridad.

En el futuro ella sabría todo eso de boca de su esposo, pero en aquel momento, el presente era suficiente. Le bastaba con contemplar el verdadero rostro de Alwë, su sonrisa y su expresión de ternura mientras la miraba con los ojos empañados en lágrimas de emoción, lágrimas que una vez fueron negras.