Anochecía

por Ricard Valdivielso "Adanost"

Segundo Puesto, Premios Gandalf 1998
 
El sol caía lentamente a ocultarse tras el horizonte, con la extraña parsimonia de aquellos acontecimientos que pese a repetirse día tras día no dejan de perder nada de su magia. Una extraña magia que hace que los corazones emprendan largas búsquedas para encontrar aquella belleza que saben que existe en algún lugar, aunque no logran recordarlo en su morada carnal.
En la popa de uno de los barcos varados en la playa un niño, que no habría llegado a los seis años, contemplaba el espectáculo extasiado, su cara radiante de esa inocente felicidad que sólo poseen los niños y que se pierde con los años y las responsabilidades. Estaba totalmente inmerso en sus pensamientos, y no oyó la voz de su madre que lo estaba buscando.
–¡Elros! Sabes que no me gusta que juegues en los barcos sin que te acompañe nadie. Podrías caerte, o enredarte con algún cabo y lastimarte. Ya son bastante duros los tiempos como para que además tenga que estar siempre velando por ti. Deberías hacer como tu hermano Elrond y estar estudiando, o tal vez prefirieras ir a ver como se entrenan los guerreros y practicar con ellos.
Elros desvió los ojos de la lejana línea donde se confundían el gran mar y la bóveda celeste. Había estado pensando en su abuelo, quien había zarpado hacia el crepúsculo un tiempo antes de su nacimiento. Él también podía sentir la atracción por el mar… navegar, navegar siempre hacia el Oeste… pero le habían dicho que los Poderes lo habían prohibido y que aquel que desafiaba su palabra nunca llegaba a puerto alguno, ni se sabía nada más de él. ¿Qué llevó a su abuelo a emprender un viaje tan desesperado? No lo sabía, y seguramente nadie le hablaría de ello. Sólo las gaviotas sabían donde había ido, pero ellas no le contestaban más que con sus risas burlonas. Elros sabía de qué se reían. Ellas podían volar libres, hacia el Sur, al Norte, rumbo al Este, e incluso volar al Oeste Prohibido, pero él estaba allí varado en la arena sin poder navegar más que en sueños, con sus alas cortadas antes de haber aprendido a volar.
Sintió una mano delicada y firme que se apoyaba en su hombro, seguida de otra que se apoyó en su cabeza, revolviendo sus cabellos, y se giró para ver el rostro de su madre. Quedó sorprendido al ver que su tez, tan hermosa como ninguna que hubiera conocido, estaba surcada de lágrimas, que caían por sus rosados pómulos como si fueran pequeñas y efímeras joyas, condenadas a durar un suspiro, joyas de intensa hermosura pero en cuyo interior se esconde una no menos intensa tristeza.
–¿Por qué lloras, nana?
–Por nada, ionnen, sólo ha sido una gota de agua que me ha entrado en los ojos, pero ya ha pasado. Vámonos, empieza a soplar el viento y puede que esta noche tengamos una tormenta. Daré ordenes a los hombres para que aseguren los barcos.
Madre e hijo se dieron la mano y bajaron del barco, dirigiéndose hacia las casas que se podían ver hacia el este. Edificadas sobre una pequeña loma, entre un bosquecillo de sauces que las ocultaban parcialmente de las miradas indiscretas, eran el último refugio de los sobrevivientes de
Doriath y Gondolin, y de muchos otros pequeños reinos que tiempo atrás se extendían entre el Gran Mar y las Montañas Azules. Apenas quedaban unos pocos centenares, y ya no sabían dónde podrían huir cuando la sombra alcanzase el sur.
Andaban en silencio, cada uno de ellos ensimismado en sus pensamientos, pero Elros rompió el silencio.
–¿Nana, qué soy?
–¿Qué quieres decir, pequeño? –preguntó sorprendida su madre.
–Aquí en los puertos del Sirion viven muchos refugiados de Beleriand, pero unos pertenecen al pueblo de los Edain y otros al de los Eldalië. Tú, nana, eres hija de Dior, el Señor de Doriath, y sus padres fueron Lúthien la bella y el valiente Beren, del pueblo de Bëor, cuya canción escuchamos anoche junto al fuego, y los padres de atto fueron Idril de Gondolin, la de blancos pies, y Tuor, del pueblo de Hador…
–Entiendo, ionnen. –interrumpió Elwing, parando su caminar. Se agachó, y mirando a su hijo a los ojos le acarició la rebelde cabellera. En su mirada había un destello de tristeza. A Elros el silencio posterior le pareció como una pesada lápida gris, un silencio sepulcral. La mirada de su madre parecía perderse más allá del horizonte, en el mar, su pensamiento vagando más allá de los confines del mundo.
–¿Nana? ¿Qué pasa, en qué piensas?
–En como responderte, pequeño. Pero la verdad es que no puedo hacerlo con certeza alguna, pues ni aún los más sabios sabrían hacerlo. El alma de los Elfos está ligada a la materia de Arda, y no la abandonan tras la muerte, pues marchan a un descanso más allá de la Tierra Media, y las tradiciones cuentan que tras un tiempo vuelven a encarnarse, sin abandonar los círculos del mundo hasta que llegue a su fin. Pero del alma de los hombres sólo Ilúvatar sabe su destino, y, por lo que dicen los sabios entre los Elfos, éste no está ligado a Arda. De entre los hombres únicamente Beren ha regresado de ese largo viaje, y ya no habló después con mortal alguno. Pero entre los Edain se sostiene que la muerte es el don de Ilúvatar a la raza de los hombres, que son en su pensamiento las más caras de sus obras… Pero seguramente todo esto ya lo sabes, pues de lo contrario no habrías preguntado.
–¿Y nosotros, los Peredhil, entre quienes nos contamos?
–No lo sabemos. Nuestro destino está en manos de Ilúvatar y seguro que tardarás muchos años en tener que afrontarlo. Pero ahora no pienses más en ello y vamos a cenar. Tu padre te está esperando.
Al oír hablar de la cena, Elros olvidó sus preocupaciones y echó a correr hacia la colina, ansioso por sentarse a la mesa y deseoso de escuchar alguna canción después. Quizás alguna canción de la lejana Valinor, que llenase su corazón de alegría.
Elwing se quedó allí, contemplando unos instantes su carrera, de nuevo con lágrimas en los ojos.
–Muy pronto empieza a preocuparse por el futuro, y no sería malo si algún día llegara a reinar como correspondería a su linaje: sería seguramente un gran rey; pero es muy posible que las tinieblas nos alcancen incluso aquí, en las costas, y entonces ya no quedará refugio alguno al que podamos acudir... a menos que… –su mirada se perdió en el mar– a menos que exista una esperanza última que aquellos que sobrevivimos en Endor desconozcamos. Pero no… el camino está cerrado, cerrado para siempre… No queda ninguna esperanza para nosotros.
Un grupo de marineros se aprestó a asegurar los barcos en la arena ante la tormenta que se avecinaba. Elwing los miró con tristeza, preguntándose de que servirían ahora los barcos excepto para alargar la agonía de los refugiados, tal vez unos años, un siglo quizás… para perecer en otras tierras, aplastados por la sombra lejos de sus hogares, lejos de las tierras que habían amado y por las que tanto habían sufrido.
Enjuagándose las lágrimas con la manga de su vestido plateado reemprendió el camino con paso cansino hacia su hogar.
***
Tras la cena todos los refugiados se reunieron alrededor de una hoguera encendida en el claro que coronaba la loma, y Eärendil, sentado en un alto sitial los presidía. Esa noche, tal y como fue el deseo del joven Elros, se cantaron historias de Valinor: de como los Ainur con su canto dieron forma al mundo y como Eru Ilúvatar transformó la música en existencia; de como luego los Valar entraron en el mundo y lo habitaron, completando con sus obras la Canción, para que fuera morada de los hijos de Ilúvatar, Elfos, Hombres y todas las criaturas que habitan la faz de
Arda. Elros escuchaba el canto extasiado, dejándose llevar por la belleza de los designios que Ilúvatar había marcado, pero sin entender muchas cosas. Su hermano Elrond escuchaba en cambio recitando interiormente cada uno de los versos, intentando memorizarlos al tiempo que buscaba su significado. Todos sus maestros decían que tenía una gran habilidad para aprender historias de los Días Antiguos, y que llegaría a ser un gran Sabio, digno de contarse entre los grandes eruditos del pueblo élfico.
Mientras los bardos entonaban sus dulces cantos la mirada de Elros estaba perdida en las profundidades del fuego que crepitaba en medio de ellos. Empezaba la primavera y la temperatura era agradable, incluso demasiado calurosa. Una leve brisa soplaba del mar, trayendo a sus oídos el rumor de las olas y los olores del mar. Respiró profundamente, aspirando aquellos olores que le eran tan queridos: los efluvios marinos, mezclados con la fragancia de los árboles que el viento mecía y el aroma de los leños que crepitaban en el fuego, y además la penetrante esencia de la hierba húmeda bajo sus pies. La música bailaba dentro de
su cabeza, pero ya no la escuchaba. Su mente había vuelto a perderse por extraños caminos y vagaba más allá de las costas mortales. La llama ocupaba su mente. El fuego era el don de Ilúvatar a sus Hijos: el alma que les hacía actuar, que les mantenía con vida… la Llama Imperecedera que daba la vida. Poco a poco la llama se iba consumiendo, hasta que sólo quedaron unos rescoldos, unas brasas que se enfriaban por momentos. ‘¡¡NO!!’, gritó algo en su interior. ‘La llama no puede desaparecer. Incluso cuando las brasas están apagadas una mano hábil puede volver a avivarlas, y el fuego renace de nuevo esplendoroso si se le alimenta de forma adecuada.’
De pronto una mano se apoyó en su hombro, sacándolo de su ensimismamiento. Se giró sobresaltado, para encontrarse la cara de su padre, que sonreía ampliamente.
–Ionnen, ya han acabado los cantos y todo el mundo ha marchado a dormir. El fuego ya se ha apagado. Es hora de que tú también marches a dormir.
–Sí atto. Te mélanyë.
Ambos se dirigieron a su casa, y Eärendil se quedó junto a su hijo hasta que se quedó profundamente dormido.
–Enyë te méla, yondonya. –se despidió Eärendil, dándole un beso en la frente. Salió de la casa y se quedó aún un rato mirando las estrellas. Por fin Elwing vino a buscarle para que entrase de nuevo.
–Vamos querido, no tardará mucho en estallar la tormenta.
–Mira Elwing, –Eärendil indicó hacia el Oeste, bastante por encima del horizonte.– Telumehtar ha desaparecido del cielo. ¿Qué significará eso?
–Que esta noche tendremos una fuerte tormenta. El viento sopla del mar, las nubes están cubriendo el cielo y el aire viene cargado de humedad. Los barcos han sido bien amarrados y todos los hombres se han puesto a cubierto en sus hogares. Sólo quedamos nosotros levantados.
–Ojalá tengas razón, pero creo que hay algo más en el aire. Nada maligno, por suerte, pero algo extraño, una especie de olor que nunca había notado. De no ser por nuestros hijos tal vez me haría a la mar esta noche.
–¡Qué no vuelvan por tu mente tales pensamientos! ¡Ya han perecido bastantes en ese viaje como para que yo permita que ahora seas tú el próximo, menos aún esta noche que el viento soplará del mar con fuerza! ¡Sería navegar a la perdición! –exclamó Elwing pasando su mano ante los ojos de Eärendil; y cogiéndole de la mano le hizo entrar y aseguró el portón, pero la mirada de su esposo seguía fija en el Oeste.
***
Tal como había asegurado Elwing, esa noche hubo tormenta. El viento soplaba con furia desde el mar, y la lluvia caía con abundancia. Los truenos despertaron durante la noche a muchos de los refugiados, y muchos de los niños no pudieron dormir tranquilos. Entre ellos estaba el joven Elros. En una hermosa cama labrada por uno de los mejores carpinteros de los puertos dormía plácidamente su hermano Elrond, pero él estaba sobre una cama idéntica, mirando a través de su ventana hacia el mar. Un frágil cristal le protegía del viento y la lluvia. Su mirada estaba perdida una vez más en el horizonte, pero ahora sus pensamientos estaban perdidos en algún lugar desconocido. Solo los ocasionales relámpagos lograban sacarle de su ensimismamiento por unos breves instantes.
Se levantó de la cama sin hacer ruido y, de puntillas, salió de la habitación y subió a la buhardilla. Allí no le molestaría nadie. Aseguró la portilla de la escalera para que nadie se despertase y abrió de par en par el ventanal emplomado que daba a la techumbre de la casa. Acercó un arcón hasta la ventana y usándolo de escalón salió por la ventana. Una vez allí se tendió, dejando que el agua empapase sus ropas por completo. Era una noche mucho más calurosa de lo que cabría esperar y la sensación resultaba agradable. Se quedó allí contemplando la tormenta y sintiendo el soplo del viento sobre su cuerpo. Una sensación de ligereza invadió sus miembros y cerró los ojos para disfrutar más intensamente de ella.
Poco a poco Elros perdió la noción del tiempo, quedando sumido en un profundo sopor. Notaba como las gotas de agua golpeaban incesantemente su cuerpo, pero no se sentía con fuerzas para moverse, ni siquiera para abrir los ojos, y quedó allí profundamente dormido.
Cuando por fin abrió los ojos y se levantó, su sorpresa no pudo ser mayor. No estaba tendido en el tejado de su casa, en lo alto de la colina cubierta de sauces que miraba al mar. Se encontró en un prado de hierba verde y fresca. Una suave luz bañaba el mundo, pero no vió en el cielo más que las estrellas. Sus ropas estaban húmedas aún y se enganchaban insistentemente a su cuerpo. Miró alrededor y vió unos metros más allá un camino que descendía por los prados, bordeado de altos olmos. El camino descendía hacia el mar, y hasta allí llegaba el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Echó a andar camino abajo y según andaba podía distinguir más sonidos que poblaban el aire, bañándolo todo con su suave melodía: el susurro de los altos árboles, el rumor de la hierba movida por el viento, el trinar de los pájaros entre las ramas, el aleteo de sus alas, el zumbar de una multitud de insectos revoloteando entre las flores, y el propio repiqueteo de sus pasos sobre las piedras del camino. Todos sonidos muy tenues, como una cortina de hilo que no esconde nada a su través, sino que realza la belleza de la visión que se encuentra detrás suyo. Pero de pronto notó otra música que llegaba a sus oídos: alguien estaba afinando un arpa.
Elros se lanzó a correr camino abajo para alcanzar al arpista. Estaba en la playa, sentado sobre una roca. Ante él se abría una amplia bahía cerrada por altas montañas. Podía ver una multitud de aves volando sobre la bahía: sobretodo grandes águilas que anidaban en las altas cimas y gaviotas que se lanzaban ávidamente contra las aguas en busca de comida. Por un instante se quedó sin saber que hacer, extasiado por la belleza de todo lo que veía. Los colores le parecían más vivos que otros que hubiese visto antes, las fragancias más profundas que otras que hubiese olido antes, los sonidos más dulces que otros que hubiese oído antes, el sabor de la brisa más delicioso que ningún otro sabor que hubiese paladeado antes y la caricia del agua del mar más suave que ninguna otra mano que le hubiese acariciado antes. Un dulce cantó llegó a sus oídos:
Isilo Númessë, Anaro Rómessë
Tanomë ná erressëa ambo
Talisyar nar néca laiqua Earessë
Mindonisyar nar ninqui ar lustómë:
Taniquetil pella, Valinoressë.
Eleni lá túlar tanna hequa er minë
I roitanë yo Isil
An tanomë Aldu alir heldë
Colië lómëo silma lótë;
Colië aurendëo corna yávë, Valinoressë.
Tanomë ná Eldamaro Falassë
Yo isilmëa sarniesya
Yon wingë ná silma lindë
I talan tintilassë
Alte earfuini pella
Litsëo hyapatessë
I rarahta tennoio
Laurië córo talillon–
Taniquetil pella, Valinoressë
Al Oeste de la Luna, al Este del Sol
Se alza una colina solitaria
Sus pies hundidos en el pálido y verde mar
Sus torres blancas y silenciosas:
Más allá del Taniquetil, en Valinor.
Allá no va estrella alguna salvo una
Que cazaba junto a la Luna
Pues allí se alzaban desnudos los Dos Árboles
Portando la flor plateada de la Noche;
Portando el redondo fruto del Día, en Valinor.
Allí están las costas de Eldamar
Con sus arenas iluminadas por la Luna
Cuya espuma es una música de plata
En el suelo opalescente
Más allá de las grandes sombras del mar
En el margen de la arena
Que se extiende hasta la eternidad
Desde las doradas raíces de la colina
Más allá del Taniquetil, en Valinor.
Era una canción que recordaba la penumbra de Valinor en los primeros días del Sol y la Luna. No la había oído antes, y no sabía como podía haber llegado a los oídos de alguien a este lado del mar. Antes de que pudiera reaccionar la voz sonó de nuevo a sus espaldas:
–Parece que te has extraviado, pequeño. Dime, ¿cómo te llamas?
Elros se giró y vió al arpista, que había dejado su canto y estaba de rodillas frente a él. Era un elfo de gran altura, de largo cabello negro, que realzaba su espigada cabeza. Elros estaba seguro de que jamás le había visto, pero había algo en su mirada que inspiraba una profunda confianza
–Soy Elros, hijo de Eärendil, hijo de Tuor de la casa de Hador de Dor-Lómin, y mi madre es…
No pudo acabar de recitar su linaje, tal y como le habían enseñado sus tutores, pues el elfo le interrumpió.
–Y tu madre es Elwing, descendiente de Lúthien la Bella, ¿no? Yo soy Ellion, de la casa de Finarfin, y por tanto somos familiares lejanos.
–No entiendo… no os había visto nunca… pensaba que conocía a todos los arpistas de los puertos… ¿y decís que somos de la misma familia?
–Ya te he dicho que muy lejana, y no todos los arpistas de Arda están en los puertos del Sirion, algunos nunca hemos cruzado el mar. Permanecemos aquí junto a nuestros recuerdos, cantando en las playas, sin alejarnos nunca demasiado a este lado de las montañas… al menos nunca más allá de Alqualondë. Pero tampoco allí permanecemos mucho tiempo, pues la pena nos invade.
–¿Entonces… ?
–Sí. Lo que ves es la bahía de Eldamar. Escasas veces hace ya ninguno de los vuestros el tránsito a través del Olóre Mallë, y menos todavía llegan hasta las costas. La mayoría se quedan en los bosques, sin descubrir jamás donde les llevan sus sueños.
–Entonces, ¿estoy soñando?
–Sí, pero es un sueño más real que aquello que llamáis la realidad, pues aquí ves el mundo como debía haber sido. Todo aquí es más joven y más hermoso, aunque también esta tocado por una sombra, aunque lejana. Pocos llegan aquí, solo aquellos que tienen un gran destino por delante pisan estas playas, aunque sea únicamente en sueños. Tú serás un gran capitán de hombres, pues así lo escogerás. Verás una nueva época del mundo, y tu linaje durará y será celebrado mientras exista Arda. No me preguntes como será pues lo desconozco. Vuestro pueblo, los Edain, seréis los que forjéis su futuro, los que alcancéis la gloria o caigáis en el olvido de la ruina. Pero dejemos de hablar y encendamos una hoguera. Esta noche mirarás el mar desde aquí, y cantaremos juntos.
Y así fue. Esa noche cantaron juntos. Durante un rato Elros estuvo preguntándose como era posible que alguien en el reino bendecido supiese las canciones de las tierras mortales, pero le venció la belleza del canto y no se acordó de preguntarlo. Pasaron toda la noche juntos y antes del amanecer Elros cayó dormido, exhausto. Ellion lo llevó de nuevo al prado, y besándole la frente se despidió de él.
–Namárië, Elros, tenn’ enomentielva. Adiós, Elros, hasta que nos volvamos a encontrar… quizás más allá de los círculos del mundo.
***
Al día siguiente encontraron a Elros en la playa, con el pelo y las ropas mojadas y una amplia sonrisa en su rostro. Recibió la esperada regañina de su madre por haber salido durante la tormenta. Su padre en cambio le dedicó una mirada de envidia. Querría haber salido él también,
tomar un barco y navegar, y había recordado una noche, muchos años atrás, cuando la tormenta y Tuor se reunieron junto al Monte Taras, donde había vivido antaño Turgon. Tuor le había cantado la canción del mar muchas veces, al igual que él a sus hijos, y
Elros era siempre él más interesado. Además, vió algo en su mirada que le sorprendió, un brillo extraño que no había visto antes.
El mayor alivio para Elwing fue que jamás Elros volvió a preguntar sobre el destino de los Peredhil. Lo cual le ahorró muchos sudores.
Elros no recordó nunca que había soñado esa noche, pero quedó marcada en su memoria toda su vida con añoranza. Sabía que ninguna noche sería igual, pero durante muchos años se fue a dormir esperando tener otra vez aquel sueño.
Ricard Valdivielso Adanost Dúnadan
30 de Septiembre de 1998