Cabalga

 

por Juan José Pérez-Pons Agudo "Amandil"

Primer Puesto, Premios Gandalf 2006

 

Cabalga, cabalga, cabalga. Mi bestia de negras sombras y muertos ojos. Ya queda poco y el Amo sonríe. Cabalga sin pausa y sirve a la voluntad del Señor Oscuro. Soporta el peso del terror de mi alma y llévame hasta el sitio donde desenvainaré mi espada una vez más. Donde desgarraré la carne y romperé el hueso. Llévame hasta el mediano y el Anillo.

El camino es largo. La sombra se extiende a mi paso. La luz no existe en este mundo. Soy ciego pero veo. Soy sordo pero escucho. Soy mudo pero hablo. He burlado a la muerte ¿o he sido yo el engañado? Qué más da. Soy fuerte y eterno. Soy la tormenta y el huracán. Soy la muerte y la fría noche. Porto conmigo las tinieblas del mundo y el dolor de los cementerios. Soy el grito del asesinado y el terror del inocente. Soy la locura del viejo y la desesperación del niño.

Soy el nazgûl. Soy el maldito.

Cabalgo con mis hermanos. Los Nueves nos llaman. Somos los siervos. Somos los esclavos. Pero nuestras cabezas de brumas y miedo aún sostienen las coronas de antaño, coronas de oro y nácar, de marfil y diamante. Hoy sólo oxidados restos de nuestros recuerdos perdidos. Nuestra grandeza es ahora el paño negro y la noche eterna. ¿Dónde ha quedado la gloria? ¿Qué fue de la eterna dicha? ¿Y del amanecer? ¿Y de la vida?

Todo pasado. Todo perdido. Todo muerto.

Pero soy fuerte como la plaga, soy grande como la noche, soy eterno como la muerte. Y todo lo puedo si mi Amo lo quiere. No temo a la muerte porque yo soy la guadaña.

Sirvo al Anillo. Por siempre. Hasta el final. Sin elección posible.

Pero ¿desde cuándo? Mi mano desnuda, hoy gris y muerta, fría, aún nota el calor embriagador de mi regalo más preciado. Su regalo. Mi pequeño don de poder y fuerza. No recuerdo mi vida sin notar su peso en el dedo. Fui un hombre y no fui nada. Ahora soy un nazgûl… y no soy nada.

Para mí ya no hay sol, ni alegría. Pero no me faltan, no siento su llamada. No los recuerdo. ¿Existieron? No lo sé.

En mi mano porté un anillo y alcancé cimas prohibidas. Fui poderoso y fuerte. Creo que sabio y hasta puede que justo. Las imágenes del pasado se pierden en la niebla que es mi presente. A veces oigo sus gritos, quizá de llamada, quizá de terror, pero los recuerdos yacen y se pierden. No sé encontrarlos ni tampoco buscarlos.

Cabalga, cabalga, cabalga.

Otro río, otro puente. Estamos más cerca. Lo huelo, lo oigo, lo noto. Me quema la mano, me quema mi anillo. Aunque ya no lo llevo conmigo, el Señor Oscuro lo tiene, lo guarda, lo esconde. Es mi Amo. Obedezco. Me doblego ante su presencia. Pero mi mano quema.

Sin luz veo mis dedos. Los muevo ante mis ojos. Son tan blancos y tan oscuros. Una vez estuvieron vivos. Y con ellos acaricié suaves rostros, empuñé frías espadas, tomé ricos tesoros y maté a crueles enemigos.

Ahora agarran las duras riendas de un caballo que me trae de los infiernos sin sacarme de sus pozos. Creo cabalgar sobre la noche pero no soy una estrella. Soy un aullido y un grito. Soy el terror. Soy la miseria, ¡pero soy un Rey! Un rey de pura estirpe y de inmaculada gloria. Un señor de los hombres.

Necio. ¿Qué momento de estúpida debilidad es este? Un rey… Sólo hay un Rey y es oscuro y fuerte. El mundo es su corona. Y nosotros sólo somos lo que él quiere que seamos. Ahora dolor, ahora espanto. ¿Qué más nos dan las coronas que ya no portamos? ¿Qué encontraremos en los reinos que tiempo atrás perdimos? No lo pienses. No lo sueñes. No lo invoques. Lejos quedan nuestros pasados de aliento y vida.

Ahora, ¡cabalga! No te detengas, su voluntad es tu fuerza, su anhelo tu impulso.

La noche avanza y tras sus pasos seguimos la senda del viento. Los jirones de su negrura nos cobijan de los vigías y en silencio alcanzamos las tierras del norte. Los susurros de los bosques son los gemidos del mundo y yo me sonrío. Ingenua vida la suya de puro verdor que estalla al amanecer que yo no veo. Sólo recuerdo un momento, en mi pasada existencia de hombre mortal, en que un bosque alcanzó mi alma. O quizá sea un sueño… o un deseo prohibido.

Me detengo. No cabalgo. Mi mano, por un instante, no quema. Me pierdo en la niebla de mi alma. Pero se abre un momento y veo. Veo la luz. ¡Y veo el bosque! Extiendo mi mano ante mí tratando de alcanzar ese momento. Quisiera tanto poder tocarlo. Y quedarme en él para siempre. Es una imagen de puro gozo que por un momento se desliza por el dolor que es mi existencia. Es un recuerdo, ¡un recuerdo! Me veo como una vez fui. Mortal, pero completo. Débil, pero sublime. Quiero gritarme a mí mismo ¡no tomes el anillo, márchate, vive!

Noto el frío agitarse en mi interior. Reconozco ese momento de mi vida. Es aquel bosque y es ese día. Camino por ese paraje tranquilo y él se me acerca. Tantas veces hemos hablado y tanto he aprendido. Y ahora me ofrece un presente, un pequeño regalo. Dice que me hará más sabio y más fuerte. Adula mi orgullo con palabras que son miel y dulzura. Y yo, alegre y confiado, extiendo mi mano. Y tomo de la suya aquel sencillo anillo…

¡No! ¡No te condenes de nuevo! Vete de allí y salva tu alma. No aceptes el regalo del maldito, resiste sus palabras y huye… pero no me oye. No me oigo. Estoy condenado. Soy un nazgûl. Para siempre.

Mi montura relincha y se agita. El furor de sus ojos ilumina la noche. Pero sigo inmóvil. Entonces oigo su caballo a mi lado. Le miro y le veo. Es el Rey Brujo. El más grande de mis hermanos. El preferido del Señor. Me está mirando fijamente. Y al verle me horrorizo de lo que veo, porque en su fantasmal aspecto se refleja en lo que yo mismo me he convertido. Es un fantasma, es un espectro. Un viejo rey muerto que nunca ha entrado en su tumba pero que no puede volver a su lecho. Porta su espada y la tétrica daga.

“Cabalga” me dice y su voz es un chillido nacido en el fondo de una cripta “Cabalga y no sueñes”. Le miro las manos, tan espantosas como las mías, y veo que no porta su anillo. Pese a su lealtad y su entrega tampoco lo tiene. Es tan esclavo como yo, ¡o incluso más! Pues él es mayor que nosotros y más se tiene que agachar ante el Amo. Le observo de monstruo a monstruo, pues eso somos ahora, terribles monstruos. Le observo y sé que él también se agita en sus recuerdos a veces. Que incluso en su eterna noche hay destellos de un amanecer lejano que ya no volverá.

“Cabalga” repite. Y se aleja, en silencio, en pos de mis hermanos. Hacia el norte y el Anillo. Y con él se va la imagen de mi ensueño. El bosque se sumerge en la noche y las brumas ciegan de nuevo mi alma. Soy el nazgûl, y el nazgûl no sueña. No siente. No recuerda. Sólo obedece.

La mano me quema. Otra vez. Para siempre. En la senda que recorro no hay retorno posible. Cada paso borra las huellas y sólo me queda seguir y seguir. Es la inmortalidad prometida que yo abracé con ansia y furia. Es mi regalo. Es mi condena.

Agito las riendas una vez más. Siento el dolor y la angustia. Siento mi frío y mi noche. Cabalgo hacia el norte buscando el Anillo. Donde desgarraré la carne y romperé el hueso.