Cinco

por Santiago Álvarez Muñoz "Narnaron Lassedhel"

Primer Puesto, Premios Gandalf 2009

 

Esta mañana, de manera insólita, Bombur despierta antes que sus compañeros. No es tan extraño si se tiene en cuenta lo que sucedió ayer. Dos noches atrás había dormido a pierna suelta; había vuelto a soñar que paseaba por un hermoso bosque, alumbrado tan solo por lámparas que se balanceaban en las ramas, y hogueras en el suelo. Se celebraba en él una gran fiesta, una fiesta que no terminaría nunca. Un rey del bosque estaba coronado de hojas; y se oían alegres canciones, y no podría contar o describir todo lo que había para comer y beber. Este sueño ha regresado una y otra vez desde que despertara en Bosque Negro, pero sus compañeros no quieren oír nada de él. Cada vez que intenta relatárselo a uno de ellos éste tuerce el gesto, sus cejas muestran un ángulo de desdén, o sonríen bajo la barba mientras se dan codazos de complicidad, como hacen Fili y Kili.

            Pero esta noche no recuerda ningún sueño y apenas ha dormido unas pocas horas, azorado por los acontecimientos del día anterior. La Piedra del Arca está en otras manos, y todo por su culpa. Tonto seboso y dormilón, se dice, sólo piensas en comer y dormir; siempre soñando con pasteles de crema y una chimenea donde calentarte los pies. Bombur se encoge en la manta que lleva sobre los hombros y mira hacia el resplandor que precede al amanecer. Este frío atora la cabeza, te saca las fuerzas del cuerpo; es muy natural que cediera al amable gesto de Bolsón de permitirle echar una cabezadita en su guardia. Cualquiera lo haría. Lo más probable es que hasta el vigía de esta noche se encuentre dormitando, es normal, nadie debería sentirse mal por ello. Con energías renovadas, Bombur recorre a tientas el parapeto de la puerta, dispuesto a despertar afablemente al perezoso compañero de turno. Al girar una esquina vislumbra una figura achaparrada, envuelta en la oscuridad. Tras dar un par de pasos más, Bombur se detiene. La brasa incandescente se gira en la penumbra y un anillo de humo vuela en el aire a modo de saludo. Balin le dedica una sonrisa cómplice bajo el bigote; sobre ella brillan unos ojos viejos y cansados, pero vigilantes.

 

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El viento huye velozmente bajo las pezuñas de Jhorbrak. A su alrededor, un tumulto de pasos, gritos y golpes atruena en sus oídos, pero no le importa. Hace muchos días olvidó el silencio, desde que partieran de los alrededores del Monte Gundabad, arriba, muy al norte. Hacía frío y viento, en los últimos días de octubre el invierno había avanzado rápido, y pronto caerían las primeras nieves. Jhorbrak está hambriento; siempre lo está, y más tras esta loca carrera. Ignora cuántos días ha durado, sólo sabe que ha pisado hierba y piedras sin cesar, que ha recorrido desfiladeros sin descanso portando a uno de esos gordos trasgos. Y lo hace porque le han prometido que al final del camino hallará una recompensa. Un premio de carne fresca y de tripas, de cuellos que morder y barrigas por rajar. No quiere más. Jhorbrak no conoce otros detalles de la expedición ni le importa, es un huargo de las Montañas del Norte. Es duro, recio, grande, fuerte. Es una bestia que devora las millas recorridas, que escupe sangre ajena, que tritura el hierro enemigo. Y tiene hambre. Ya queda poco, dicen, ya llegamos a la Gran Montaña, dicen. Mucho mejor.

 

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Galion mastica con desgana su ración de lembas en el campamento, mientras observa a otros elfos que hacen lo mismo, o que preparan sus armas y avíos. Una mueca amarga ondea en sus labios y menea la cabeza tristemente. Le habían contado que se trataba de una misión diplomática, de ejercer cierta presión sobre las gentes de Ciudad del Lago a fin de recuperar a los enanos que, ay, habían escapado de su custodia, pero el asunto se les está yendo de las manos. Galion suspira, no debería estar aquí; él es un mayordomo del Rey Thranduil, un cortesano, no un soldado.

Cuando quedó claro que Thorin y su reducida Compañía se encontraban en Esgaroth, libres, todo fue demasiado rápido. Los propios subordinados de Galion se apresuraron a desvelar el estado de embriaguez en el que le habían encontrado junto al capitán de la guardia, la noche en que desaparecieron los prisioneros. El testimonio acusador y un par de botellas de vino vacías habían bastado para que Thranduil comprendiera a quien pedir responsabilidades. Galion poseía cierto temple, pero aquella inexcusable falta le hizo temblar ante el monarca y pronto lo contó todo, exculpando al capitán y asumiendo el error como suyo. Cuando Thranduil comenzó a dictar sentencia, el miedo a perder su hogar y su vida le hervía en las mejillas; mas cuando el Rey le ordenó formar parte de la compañía de mil lanceros que partirían al día siguiente, le pareció una pena benigna y fácil de sobrellevar.

            Una vez en Erebor, y tras las primeras conversaciones con Thorin, todo indicaba que el asunto se solucionaría con un sencillo aunque molesto asedio, que alargaría la acampada en aquel terreno baldío y falto de comodidades. Pero la pasada noche se ha extendido el rumor de que una nutrida compañía de enanos de las Montañas de Hierro acude en auxilio de los actuales inquilinos de la Montaña Solitaria. Al parecer, eso significa prepararse para lo peor, y lo peor es usar la fuerza apropiada, en caso de ser necesario.

            Como cortesano, Galion es un experto en eufemismos, pero no quiere entender lo que esto implica. Mastica el desayuno e intenta no pensar en nada. Conoce a fondo el protocolo, cómo tratar a invitados distinguidos, qué licor es más adecuado en cada momento y, por supuesto, también ha sido instruido en el uso de las armas para completar su formación. Pero, al menos él, no se encuentra preparado para ese apropiado uso de la fuerza del que tan elegantemente hablan sus compañeros. Y además, estas lembas están duras.

 

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Stinga corre entre las últimas filas de trasgos, mascullando insultos y lamentos. Cada pocos pasos alguien le golpea, le grita o le empuja, y lo mismo hace él con el trasgo que tiene a su lado en cada ocasión. Los miles de pies desnudos levantan una polvareda que dificulta la respiración, y tras él dos filas de tambores van marcando el paso con monótona precisión: bom-bom-bom-bom. Maldito ruido, odiosos engendros de Nigromante, ojalá os muráis todos, piensa Stinga. Hace sólo un par de semanas él vivía en un conjunto de cuevas cercano a Gundabad. Nunca le había gustado esa montaña repleta de escoria. Son trasgos sucios y malvados, que encuentran placer en la batalla sin apreciar su propia vida. Stinga sí lo hace. Valora su propia existencia más que otra cosa, pero ellos no. Ellos toman lo que quieren, sin preguntar, por la fuerza, y si un día vienen a tu aldea, matan a un par de compañeros tuyos sólo para meterte miedo y obligarte a ir con ellos a la guerra, a ellos no les importa nada, que va, se ríen en tu cara como gusanos sarnosos, y si les plantas cara se burlan de ti, se mean en ti, te pegan patadas donde más te duela y te llevan con ellos, al ejército, a la guerra, a morir por alguna estúpida razón.

Stinga no tiene piedad de los enanos, ni de los elfos, ni mucho menos de los hombres. Él es un trasgo, conoce el miedo, la ira, la venganza; piedad es sólo una palabra que usa el enemigo derrotado. Los mineros barbados son terribles en la batalla, y a pesar de no ser tan altos como los otros son más crueles, y más parecidos a los trasgos que ningún otro; los caraslargas son precisos, elegantes y difíciles de batir, se mueven como animales de las montañas y no son flojos; los hombres son otra cosa: pueden ser astutos, pueden ser fuertes, pueden ser pertinaces; también cobardes, blandos, volubles. Uno nunca sabe cómo van a ser los hombres con los que se enfrente, y eso los hace peligrosos.

Stinga no quiere vérselas con nadie; no tiene ninguna posibilidad. Es pequeño, torpe de manos y pies, con escasa fuerza o destreza física, de miembros cortos, y su única habilidad es el ardiente deseo de seguir viviendo. Así que cuando lo llevaron hasta las escarpadas raíces de Gundabad y contempló la hueste que allí aguardaba, un pánico silencioso y frío empezó a pincharle muy dentro.

Han quedado atrás largas jornadas recorriendo hacia el este las Montañas Grises y el Brezal Marchito, hasta que al fin giraron al sur, rumbo a la Gran Montaña. Hace tiempo perdió la cuenta de los pisotones, golpes y codazos que ha tenido que soportar, y no quiere pensar en los que restan todavía. Sólo espera que termine pronto y que la victoria sea rápida y clara, a ser posible sin su concurso. Será una victoria, claro. Ni los caraslargas, ni los mineros barbados, ni los hombres imaginan el enorme número de bestias y trasgos que se les va a echar encima. Ni de lejos.

 

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Dregnar afila sus armas, sentado frente a los rescoldos de una hoguera; a su alrededor, los demás apuran el resto del desayuno. Estúpidos alfeñiques sin disciplina, pendientes sólo de llenarse la barriga, sin imaginar lo que significará batirse por sus vidas dentro de unas horas. Casi espera no entrar en combate, no al menos con estos insulsos engreídos de Ciudad del Lago por compañeros. Con razón un tipejo sin carisma como el gobernador ha podido con ellos. Hasta ahora. Bardo es otra cosa, un tipo duro que se pasea con afectada dignidad ante los escasos dos centenares de efectivos que ha podido reunir entre los restos que dejó Smaug. Infunde ánimos a todos con grandes voces y chanzas, pero cuando se vuelve Dregnar ve en su rostro la expresión de un hombre desesperado, que se sabe al mando de un grupo de mercaderes metidos a soldados. Panda de inútiles, se dice, pensaron que venían a recoger su parte del tesoro de los enanos y mira tú por dónde, esos enanos esperan refuerzos. Y seguro que no vienen a hablar.

Pero esta nueva situación quizás convenga a Dregnar; él siempre ha sabido improvisar y adaptarse a los cambios, y esta vez no va a ser diferente. Dregnar tiene una misión. Siempre tiene una: no es más que un trabajo, una ocupación que le ha enseñado a no tener amigos, a no confiar en nada salvo en su paga, a no echar raíces entre los hombres. Y así será hasta que le falle el brazo o la suerte, o ambos. Porque Dregnar, por la delicada profesión que ejerce y que le hace valioso entre ciertas personas, no pretende retirarse con el dinero ganado, ni sueña en casarse y formar una familia como hacen muchos ilusos. Y, por supuesto, jamás ha pensado que morirá como otros, de viejo, en su propia cama, rodeado por sus seres queridos. Por supuesto que no.

 

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Los gritos de Oin hacen que Bombur se aproxime al parapeto que guarda la entrada principal, donde ya se encuentra el resto de sus compañeros. Cuando se asoma hacia abajo tan solo ve las espaldas de los hombres y elfos que regresan sin éxito a su campamento, por tercer día consecutivo, tras parlamentar con los enanos. Hoy no ha venido Bardo ni Thranduil, ni tampoco Gandalf, seguros como están de la respuesta a sus peticiones.

            Aun Bombur, dentro de su limitado entendimiento, comprende el porqué de aquella ausencia. Los refuerzos que Thorin pidiera a Dain acaban de llegar al sur de la Montaña, y los capitanes que acampan en Valle tienen sus propios problemas que resolver. Bombur tiene mucha hambre, y ni siquiera la ración doble de cram que engulló anoche a escondidas evita que su estómago proteste con fervor. La perspectiva de permanecer sitiado en aquel lugar le hace sentirse desgraciado; más aún tras lo que ocurrió hace dos noches.

Todo esto es por su culpa. Observa a Thorin, que se encuentra en medio del resto de enanos que lo vitorean y que se ríen a carcajadas de los emisarios, animados por la inminente llegada de sus familiares de las Colinas de Hierro. Thorin mira muy fijo, a lo lejos, y es el único que guarda silencio; Bombur repara en que sus nudillos están blancos sobre el parapeto, como si quisiera deshacer la piedra con sus manos y siente otra vez pesar, y miedo. Cuando Bolsón confesó ayer el robo de la Piedra del Arca, Bombur lo comprendió todo con una fría certeza; dos noches atrás, Bilbo le había sugerido que descansara durante su turno de guardia. Él lo despertaría antes del siguiente, pues no conseguía dormirse. El hobbit había aprovechado aquel descuido para escabullirse hasta el campamento enemigo y entregarles un tesoro adecuado con el que parlamentar. Sin la Piedra del Arca, hombres y elfos no tenían ninguna posibilidad y lo más seguro es que se hubieran marchado tras ver las fortificaciones construidas por los enanos. Pero al perder la joya familiar, Thorin se había visto obligado a ceder, al menos momentáneamente. Una cólera palpable lo dominaba; les había dicho a los otros enanos, con los dientes apretados, que esperarían la llegada de Dain, y entonces, por las buenas o por la fuerza recuperarían lo que era suyo por derecho. Y ese momento está cerca, hasta Bombur puede notarlo.

Bombur desea explicarle a Thorin lo sucedido, que fue él quien dejó marchar al hobbit, sin adivinar las consecuencias de aquella cabezadita en su guardia. De vez en cuando ensaya en silencio unas frases de disculpa con las que congraciarse con Thorin. En estas visiones imaginarias, Thorin asiente en silencio a las palabras de Bombur y al terminar le dirige una mirada llena de comprensión, y le habla con voz sabia y tranquilizadora. Pero cuando Bombur tropieza con él, durante alguna de sus infructuosas expediciones a la cocina en busca de más cram, estas visiones se esfuman. Una cólera gélida y dura fluye alrededor del noble enano, y si uno se cruza con él siente un golpe invisible y se echa displicentemente a un lado, sin atreverse a mirar a los ojos de Thorin Escudo de Roble.

Más le valdría a toda esa gente de abajo que recogieran sus enseres y regresaran a sus casas, pues no saben hasta dónde es capaz de llegar este enano, reflexiona Bombur. Más les valdría a Dain apresurarse a entrar en Erebor y así todos fundarían de nuevo el Reino Bajo la Montaña, que es lo que han venido a hacer. Más le valdría al pobre, gordo y tonto Bombur no haber nacido para cometer las torpezas que siempre comete. O simplemente, ojalá Bombur no estuviera allí, en el ojo del huracán, antes de la tormenta, en el preciso lugar de la Tierra Media donde está a punto de desatarse un conflicto cuyas proporciones el pobre, gordo y tonto Bombur alcanza siquiera a sospechar. Y tiene tanta hambre.

 

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La Gran Montaña está más cerca. Jhorbrak puede verla, recortada contra las nubes, por encima de las figuras grises y apretadas que le preceden. Olfatea el aire, buscando el olor a carne fresca. Aún no. Y el trasgo que porta sobre su lomo pesa demasiado, es el jefe, y por eso es el más grande. Pesa tanto. Pero Jhorbrak lo lleva porque él es el más fuerte entre los suyos. Ojalá llevara un jinete más liviano. Uno que no le pegara en el costado cada vez que grita adelante, adelante, malditos, el festín está cerca. Jhorbrak no necesita los golpes, aunque los tolera con indiferencia. Jhorbrak tiene hambre, no necesita saber más, sólo dónde. Y empieza a estar impaciente.

De pronto su jinete grita algo a los otros capitanes, y comienza a separar un grupo de huargos de la enorme columna de soldados. Forman una tropa compuesta por los animales y jinetes más grandes, y en ella está Jhorbrak. Se ponen en marcha de inmediato hacia la Montaña, ascendiendo la estribación más cercana, mientras el resto de la hueste continúa rodeándola hacia el sur. Ahora la marcha es dificultosa, el jinete pesa más, y los golpes son frecuentes y crueles. Jhorbrak recuerda cada azote, y si fuera capaz de contar lo haría ahora mismo. Lo que sabe es recordar; Jhorbrak no olvida, pronto se verá. Jhorbrak tiene hambre, pronto se saciará, también. Jhorbrak es fuerte, por eso ignora el dolor y continúa ascendiendo por las rocas ásperas y afiladas de la Gran Montaña, sin descanso, los latidos de su corazón al ritmo de sus patas que martillean el duro suelo. Hasta llegar arriba, pues aunque nadie se lo ha dicho, él sabe, él intuye, que una vez corone la estribación podrá saciar su hambre y su odio.

 

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Galion forma con el resto de lanceros, como le han enseñado, para bloquear la entrada del valle a los enanos recién llegados. Este valle se encuentra cercado por las estribaciones sur y sureste, que son como grandes brazos extendidos de la Montaña, y entre cuyos hombros se aloja, por así decirlo, la Puerta Principal del Reino de Erebor. El lugar que nunca deberán alcanzar Dain y los suyos, pues entonces lo que en principio era un breve asedio se convertirá en una tarea imposible.

Desde su posición, Galion no puede apreciar el número de enanos; desde luego es inferior a las tropas elfas, y son muchos más que los hombres de Esgaroth. En cualquier caso, suficientes para representar un problema. Pero eso no le preocupa; se trata de una demostración de fuerza, es política, lo ha visto muchas veces. Una posición fuerte asegura una tajada mayor. Así que, seguro, los enanos se llevarán otra buena porción del tesoro de Smaug, pues es lo que han venido a buscar.

Se gira un poco a su izquierda y contempla el reducido grupo de elfos que camina hacia la columna enana. Thranduil va con ellos, rodeado de caballeros, estandartes y pendones, y toda la parafernalia habitual para las negociaciones que se desarrollarán a continuación. Ése es mi lugar, piensa Galion, a la derecha del rey, departiendo con los emisarios, traduciendo, aconsejando, supervisándolo todo, cuidando de que el escenario de la comedia o del drama esté en orden; susurrándoles a los actores parte de su texto si es necesario. Pero Galion se encuentra en medio de esta hilera de soldados, en posición de firmes, sujetando una lanza y un escudo, bajo el peso de la armadura, dispuesto a emplear un apropiado uso de la fuerza, si es necesario. Mientras su mirada pasa de la comitiva elfa hasta el ejército enano, repara en la manera en que el sol de la mañana arranca destellos de acero a Dain y los suyos, y un escalofrío le recorre la espalda, pero lo atribuye a la temperatura, no al miedo. Espera, eso sí, que la fuerza no sea necesaria.

 

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El tropel se detiene bruscamente, y Stinga tropieza con el soldado que tiene delante. Durante los primeros instantes reina el caos entre las filas de trasgos, que han perdido cualquier parentesco con un ejército armado que marcha a la guerra. A su alrededor estallan tres o cuatro riñas entre los integrantes del grupo, probablemente motivadas por la parada, o para ajustar ciertas diferencias que se han producido durante la marcha; estos enfrentamientos se cobran su reducido precio, con la aquiescencia de los vigilantes. Stinga observa cómo se desenfundan varios aceros y, tras una breve lucha jaleada por el resto, en cada uno de estos pequeños conflictos caen al suelo uno, o dos, o más guerreros, que instantáneamente son pisoteados por los otros. No hay lugar para los débiles en este ejército y cualquier oportunidad de adelantar a un compañero es aprovechada por los trasgos. Los últimos son los que caen, los que ya no están, y un buen trasgo sabe siempre poner a otro detrás de él, un buen trasgo sabe cómo evitar ser el último.

Stinga está adaptado a este tipo de comportamiento. Entre los suyos parece uno más: pequeño y torpe, pero al fin y al cabo una alimaña negra y repulsiva como ellos que se arrastra por el mundo tomando lo que le dejan y quitándoselo a quien no lo sabe guardar. Aunque Stinga, a diferencia de la mayoría, sabe mantener el peligro lejos, y esa extraña habilidad permanece habitualmente oculta y disimulada. Cuando Stinga oye desenfundar una espada corre a otro lado fingiendo una tos o un eructo, y sus manos se proyectan en la dirección de huida, apartando a todo aquel que se lo impide. Así, si el arma se dirige hacia alguna dirección imprevisible, el estómago, el brazo, la cabeza de Stinga ya no están ahí, pero sí la de cualquier otro trasgo que, como suelen decir con una sonrisa de dientes partidos, pasa a ser el último. Pasar a ser el último es lo mismo que ser pisoteado, herido en combate, o acuchillado en una de estas innecesarias riñas previas a la formación de batalla.

Stinga mira a su alrededor, comprueba su nueva posición en el grupo y se asegura de que los que han pasado a ser los últimos han tenido lo suyo. En la siguiente fila alguien se agacha para recoger un cinturón o el arma mellada de un caído, así que desde su corta estatura Stinga puede ver la Gran Montaña. No le parece gran cosa. Stinga viene de Gundabad, y la montaña allí es más o menos igual. Igual de grande, igual de oscura, pero sin una batalla que librarse a sus pies, así que esta montaña le parece fea y deforme, y desde ese mismo momento la odia con todas sus fuerzas.

Stinga recuerda que al pasar cerca de la Montaña un numeroso grupo de trasgos montados sobre lobos se ha encaminado hacia arriba, para atacar al enemigo por la espalda mientras ellos lo combaten cara a cara. Stinga se regocija pensando en la tarde que le espera, una vez empiece la fiesta y los caraslargas comiencen a morir mientras los huargos los machacan desde las elevaciones de la Montaña. Si se mantiene en la cola del grupo, todo acabará antes de que entre en combate. Lo más probable es que disponga de tiempo para despojar a los cadáveres de algún acero bonito o de un trozo de armadura que añadir a los dos fragmentos de cota de malla que sujeta precariamente con una cuerda roída. Eso sí, sin que nadie le haga pasar a ser el último. Así que se ajusta los restos de su cinturón y aguarda la orden de ataque.

 

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Dregnar sonríe bajo su casco; los enanos de Dain son tozudos. Hasta les tiene cierta simpatía. Como imaginaba, han rechazado cualquier acuerdo que no incluya el paso franco hasta la puerta principal de Erebor. Desde luego no son sutiles, pero tienen muy claro lo que quieren. La cara de Bardo lo decía todo, se trata de un contratiempo con el que no contaba y que no sabe o no puede resolver. A no ser que haya batalla. El blando Rey de Bosque Negro no lo desea, por supuesto, así que entre una cosa y otra los de Dain se han puesto en marcha río arriba, y a ver quién es el imbécil que detiene ahora a esos quinientos tipos bajitos, rocosos, forrados de metal y provistos de azadones a dos manos con los que no piensan, precisamente, arar la tierra.

En éstas, acaba de llegar la desesperada comitiva que enviaron a la Puerta para parlamentar con Thorin. Varios traen flechas clavadas en los escudos y uno se sujeta un brazo que ya ha probado el acero de los enanos. No será el último que lo haga hoy, piensa Dregnar, mientras posa la mano con descuido sobre el pomo de su espada, como otros acariciarían la cabeza de un gatito. Quizás sea así mejor; el encargo de Dregnar no levantará más polvareda que la normal en estos casos, y luego todo volverá a su sitio.

Dregnar mira de nuevo a su alrededor. Los hombres están nerviosos, piensa. Bueno, los hombres: los mercaderes, alfareros, agricultores, artesanos, las patéticas imitaciones de lo que debería ser un hombre de verdad. Los hombres deberían luchar por defender su hogar, sus familias, sus creencias, su modo de vida. Pero estos comerciantes han venido aquí engañados por su codicia; no han venido a luchar, sino a pedir oro a los enanos. Y lo que van a recibir es acero. A espuertas. Os vais a hinchar, piensa Dregnar. Vais a tener acero hasta que se os caigan los dientes, patanes engreídos, desechos de grasa y perfume barato. O lo tendrán vuestras viudas, si no os apañáis sosteniendo el arma, o corriendo. Que la mitad de vosotros seguro que no os apañaréis.

Dregnar aprieta la mandíbula con fuerza y deja que la ira salga de él. Esto no ayuda, y tiene trabajo que hacer. Cuando acabe la jornada todo se habrá cumplido, luchen con los enanos o no. Después volverán a Ciudad del Lago y las cosas seguirán como si nada hubiera sucedido, lo de hoy no será más que una anécdota, una de esas historias con las que los incautos tratan de llenar sus vidas. Al fin relaja un poco más la tensión de los hombros, su mirada se vuelve de nuevo imperturbable y camina para incorporarse dócilmente a su lugar entre las filas de mercaderes, alfareros, agricultores, artesanos. Sólo debe preocuparse de luchar como uno más, y de matar al hombre que le han dicho.

 

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La lanza tiembla entre las manos de Galion. Ha observado los rostros que regresaban de parlamentar y ha escuchado las voces de sus compañeros. Habrá pelea, le han dicho. Con dos palabras lo despachan todo, y luego se le quedan mirando como si entendiera. Pero debajo del casco está oculto el mayordomo, así que los otros lanceros sólo ven al Galion soldado, aquel que no debería estar allí, con ellos. Y los mil lanceros elfos guardan formación cerrada, mientras contemplan lo que sucede en el lado oriental del valle, donde la columna enana progresa hacia la Puerta, pegada a la orilla del río Rápido. Llegados a cierto punto, los enanos se despliegan en formación de ataque; los arqueros de Esgaroth ocultos en la estribación sureste comienzan a chasquear sus arcos, los enanos se protegen, y parece que nada podrá frenar lo que se avecina.

Pero lo que se avecina es mucho más de lo que nadie en el valle espera. Con una rapidez que aterra a todos, una sombra crece sobre el valle y una nube negra tapa el cielo. El trueno invernal rueda en un viento huracanado, ruge y retumba en la Montaña y relampaguea en la cima. Y por debajo del trueno puede verse otra oscuridad, que se adelanta entre las estribaciones de la Montaña como un torbellino, pero esta oscuridad no llega con el viento; llega como una inmensa nube de pájaros, tan densa que no hay luz entre las alas.

Una figura gris con los brazos levantados se destaca entonces entre las tropas de enanos y hombres, y no puede ser otro que Mithrandir, el mago Gandalf. Deteneos, grita Gandalf con voz de trueno que resuena por todo el valle, y la vara se le enciende con la luz súbita del rayo. Deteneos, continúa, el terror ha caído sobre nosotros, ay, los trasgos están aquí, comandados por Bolgo del Norte, cuyo padre, oh Dain, mataste en Moria. Mirad, insiste sobre el clamor del valle, las criaturas del Nigromante se ciernen sobre nosotros como una nube de langostas.

El asombro y la confusión caen sobre todos ellos. Mientras Gandalf habla, la oscuridad no deja de crecer. Los enanos se detienen y contemplan el cielo. Los elfos gritan con muchas voces. Venid, llama Gandalf, organicemos nuestras fuerzas mientras haya tiempo.

Pero el tiempo se agota. Los capitanes elfos empujan las filas hacia atrás, hasta la posición elevada que ofrece la estribación sur sobre el flanco de lo que está por llegar. Galion tropieza, es empujado, está a punto de perder la lanza en un par de ocasiones, pero al fin consigue retomar su lugar entre los lanceros, ladera arriba. Desde allí se permite mirar hacia abajo, y lo que ve deja helado. Todo el valle se encuentra cubierto por una marea oscura e informe de seres que corren sin orden, enloquecidos y salvajes, al cobijo de las nubes negras que tapan el mediodía. Al otro lado, enanos y hombres forman juntos sobre la estribación sureste, pero su número es muy inferior al que aguarda abajo, lamiendo ya las raíces de la Montaña. Los capitanes se miran entre ellos, devuelven a los soldados la mirada en silencio y con gravedad, y todos entienden la muda arenga. Incluso Galion la entiende, y cuando corre hacia abajo, con el escudo sobre el brazo y la lanza en posición de ataque, gritando herio, herio mientras en sus oídos resuena el hado i philinn, y las flechas vuelan por encima de su cabeza, incluso entonces Galion lo entiende, y ya no se siente solo, pues es parte de un único propósito que no es el de sobrevivir, sino el de extirpar de esta tierra la inmundicia que algún Maia burlón y maligno ha arrojado sobre ella. Y, por primera vez en este día, sonríe con rabia.

 

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Uno de los trasgos más grandes aúlla una orden y todos comienzan a correr. Es una carrera vil, descoordinada, feroz, en la que miles de trasgos y huargos cantan y gritan a la noche que les acompaña mientras trotan sobre el valle enarbolando sus armas, como dementes liberados de su confinamiento. Hay empujones y derribos entre ellos, juramentos e insultos, y Stinga galopa en este caótico enjambre con decisión. Ahora desarrolla sus mejores habilidades; las que, en cierto sentido, le hacen encontrarse más cómodo entre los suyos. Pues Stinga lucha por sobrevivir, y lo hace como alguien que evita ahogarse en el océano, manteniendo la cabeza alta, alzando los brazos sobre el agua y no perdiendo de vista ni un momento la costa. No podría ser de otra forma. Si Stinga no fuese tan hábil hace tiempo que habría pasado a ser el último, hace trescientos pasos su compañero de la derecha, o el de atrás, habrían golpeado por error una de sus piernas, hubiera tropezado y caído, y entonces cientos de pies hubieran pisoteado al pobre trasgo. Pero en lugar de eso, Stinga anticipa los movimientos de los demás, evita golpes y traspiés y, entre gritos, empujones y tambores de guerra, el pequeño trasgo se mantiene todavía a flote en el mar gris que son las demoníacas criaturas del Nigromante.

Cuando ha cubierto la mitad de la distancia que le separa del enemigo, Stinga vislumbra por un hueco de la formación la lucha en la estribación sur. Mientras, el flanco derecho está a punto de colisionar con los que aguardan en la estribación sureste. Stinga ve las primeras flechas, aunque el ruido le impide oír los chasquidos de los arcos y los gritos de los que caen. Pero Stinga no necesita eso para saber que ya ha avanzado lo suficiente. Si continúa corriendo hacia el enemigo pronto estará al alcance de los proyectiles y, lo que es peor, más cerca de la primera línea de batalla, el único lugar que un trasgo que quiera sobrevivir hoy evitará a toda costa.

Así que ahora Stinga refrena su marcha, deja pasar a unos cuantos trasgos rezagados y comienza a registrar los bolsillos y mochilas de compañeros que yacen sobre el suelo, aplastados por el resto de la tropa. Stinga necesita un cuchillo nuevo, una armadura y algo de agua. Tras cuatro o cinco inspecciones infructuosas, encuentra un pellejo que contiene un líquido pútrido y maloliente. Mejor esto que nada, se dice mientras le gruñe a otro trasgo que se acerca, y eso basta para ahuyentarlo. La cosa va bien, se dice, si me mantengo lejos de la lucha todo irá bien. Que trabajen ellos ahora, piensa mientras entrecierra los ojos para consultar el desarrollo de la batalla. Stinga asiente en silencio; unas pocas horas más y los que han motivado tanta prisa por llegar aquí no serán más que carroña. El trasgo mira a las sombras negras que cubren el cielo y agradece para sus adentros, una vez más, la oscuridad que le protege de la cara amarilla.

 

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Con la soltura de un experto en su oficio, Dregnar golpea y tira del arma para aumentar el daño de la herida. Matar es una tarea sencilla, si uno sabe cómo hacerlo. Se trata de técnica y de fuerza, pero sobre todo de ejecutar la secuencia de actos que son necesarios para tal fin. En el fragor de una batalla, todo es más simple: Dregnar fija un objetivo, a tres o cuatro metros de él, y estudia el peso, altura y destreza del oponente mientras recorre con pasos enérgicos la distancia que les separa. Su primer golpe es defensivo, pues habitualmente el adversario lanza su arma primero. Tras parar el ataque, que le permite calibrar la fuerza con la que se enfrenta, Dregnar ensaya un ataque que no es más que una finta, a un lado u otro, depende de la ocasión. El oponente, creyendo parar un golpe fácil, deja descubierta su defensa, así que el siguiente movimiento de Dregnar es penetrar precisamente por ese punto, con fuerza y precisión. El otro, herido ya de muerte, afloja los brazos y entonces Dregnar tira de su espada hacia fuera y hacia abajo, agrandando la herida y dejando al pobre infeliz tendido sobre el suelo. Luego vuelta a empezar: selecciona un objetivo, lo estudia, para, finta, golpea y tira; y luego otro, y luego otro, y después de un rato Dregnar descansa aparte si tiene suerte, o se dedica a parar los débiles golpes de un enemigo que se cree superior, pero que ignora que antes de veinte parpadeos va a morir.

Dregnar nunca cuenta los enemigos caídos por su mano, así que a partir de cierto punto tanto le da que sean diez, veinte o treinta. A él no le pagan por eso. A él le pagan por realizar un trabajo, uno sencillo: mata a tal hombre, le dicen, y entonces él va y lo hace, le pagan por ello y asunto concluido. Pero ahora le toca descansar, y como distracción se permite consultar el desarrollo de la batalla. Dregnar se encuentra en la vanguardia de los hombres, bajo la estribación sureste de la Montaña. Entre la Puerta y su grupo se extienden las tropas de Dain, enemigas hasta hace apenas unas horas. Los enanos hacen su trabajo admirablemente bien, piensa Dregnar, hubiera sido una lástima tener que matarlos. La suerte es caprichosa; lo que iba camino de un desastre quizás se convierta en victoria, pese a la notable inferioridad de enanos, hombres y elfos. Los trasgos son solo paja que segar, más débiles incluso que algunos de estos comerciantes. Aunque son muchos, demasiados.

No obstante Bardo es, y eso hay que reconocérselo, un tipo valiente. Se ha llevado hacia delante a lo mejor que ha encontrado entre sus hombres, Dregnar entre ellos, porque ha entendido que la suerte de la batalla se decidirá en el centro. Allí se encuentran las tropas más fieles a Bolgo, su comandante, y toda la fuerza enemiga puede venirse abajo si cae aquél que la sostiene. Y de darle tiempo a ello quizás lo conseguiría, pues Bardo es un hombre hábil y conduce a los hombres con gallardía, inflama sus corazones y les hace pensar que son mejores de lo que en realidad son. A simple vista, el frente oriental enemigo sufre enormes bajas y en el frente occidental las lanzas élficas les están dando lo suyo a estos pobres diablos. Podríamos decir que es cuestión de tiempo.

Dregnar da por concluido el descanso y vuelve a su rutina de combate: selecciona un objetivo, lo estudia, para, finta, golpea y tira; y luego otro. El entrechocar de metales, los heridos que piden ayuda desde el suelo, los charcos de sangre y barro, todo eso le rodea de nuevo y forma parte de él, pero no le distraen, pues él tiene una misión que cumplir. Debe matar a Bardo, y de una manera u otra lo hará.

 

*****

 

El tumulto que resuena en el valle es considerable. Llevan mucho tiempo esperando, agazapados entre los matorrales y las rocas pardas de la estribación sur, a pesar de que la carnicería ha empezado abajo hace ya mucho rato. Otro grupo gemelo permanece sobre la estribación sureste, y todos aguardan el momento de atacar. Jhorbrak está impaciente y no es el único; los capitanes han sacrificado a tres huargos inquietos que amenazaban con delatarles. El resto ha calmado su hambre con ellos. Jhorbrak no, él se saciará con carne fresca. No va a pelear a dentelladas el pellejo duro y seco de esos despojos.

Al fin observan que el otro grupo carga ladera abajo; el capitán monta sobre Jhorbrak, golpea innecesariamente su costado para que se levante y grazna con autoridad al resto de jinetes y lobos. Ahora atacaremos su retaguardia mientras luchan con nuestro ejército, dice, caeremos sobre ellos y les barreremos por completo. No habrá prisioneros, continúa, matad o morid.

Demasiadas palabras. Jhorbrak sólo necesita una orden, y la orden llega. Jhorbrak comienza a descender y toma la cabeza del grupo, azuzado por la visión de las tropas desprevenidas. La matanza espera abajo. El capitán trata de controlar su ímpetu, pues se ha adelantado demasiado, pero ya es tarde; por mucho que le golpee, lo que quema en las entrañas de Jhorbrak se ha desatado y ahora el jinete se encuentra a su merced.

Al fin alcanza los primeros elfos, que se encontraban de espaldas y dispuestos a relevar a su vanguardia, y sólo cinco zancadas antes del impacto se giran espantados para comprobar el horror que se les echa encima. Montura y jinete atraviesan las primeras filas como hierba fresca que se dobla bajo su peso. El capitán trasgo cercena brazos y cabezas, que salpican dulcemente la piel del huargo. La tibieza de este licor enardece a Jhorbrak, y ahora es una rodilla lo que tritura su mandíbula, luego una mano y el mango de la lanza que empuña, y después es el vientre suave y caliente lo que se deshace entre sus colmillos.

El grupo al completo se encuentra ya luchando con los elfos. Ahora puede detenerse por un instante. No pretende descansar, sino saciar su hambre, pues las entrañas que mastica en este momento aún palpitan levemente y desea saborearlas un poco más. Pero el capitán trasgo no tiene paciencia y vuelve a golpearle. Jhorbrak recuerda, no olvida, así que se mueve rápido. Demasiado rápido. Inicia una loca carrera hacia una decena de elfos que los reciben trazando diagonales afiladas con sus lanzas. El capitán protesta, golpea, pero Jhorbrak no afloja, no olvida. Y a menos de tres metros de la disciplinada fila de lanceros quiebra el galope hacia un lado y sacude su figura en el aire de modo implacable. El jefe trasgo resbala de su asidero y es arrojado a los pies de los elfos, que hacen trabajar su acero sobre la carne de trasgo, más veces de las que son necesarias. Jhorbrak gira y ataca de nuevo a un grupo de tres elfos que se encontraban aislados. Todos sucumben ante el huargo: unos huyen, otros caen. Ya no porta ningún peso, ahora tan sólo mata, come, salta, escupe, una y otra vez.

 

*****

 

Bombur respira con dificultad bajo el peso de la cota de malla. No encontraron una armadura adecuada que contuviera la desmesurada barriga, así que le proporcionaron una que debía haber pertenecido a un hombre gigantesco. Las mangas sobresalían con holgura de los brazos rechonchos y el borde inferior arrastraba por el suelo. En otras circunstancias tal vez los enanos se hubieran reído, pero únicamente lo miraron con tristeza y el ceño arrugado. Cortaron las mangas y el talle con la habilidad de artesanos y ahora la armadura desempeña su primitiva función, si bien a otra escala. Pesa horriblemente, piensa Bombur, me ancla al suelo y no puedo dar dos pasos sin detenerme a respirar. O es el miedo.

Los ecos de la contienda llegan amortiguados a este lado de la puerta. Bombur castañetea los dientes y tiembla; el tintineo de su cota de malla es el único sonido que puede oirse en la Primera Estancia de Erebor, tras la Puerta Principal. Contra la puerta se aprietan tres filas de enanos, bien armados y dispuestos. En la primera de ellas forma Thorin flanqueado por Fili y Kili, y también Balin, y Dwalin; tras ellos se encuentran Gloin, Dori, Nori y Ori; y por último, cierra el compacto pelotón Oin, Bifur y Bofur. Mientras, Bombur se mantiene de pie a duras penas contra la pared trasera, renuente a formar junto a sus primos en la última fila del grupo. Qué más da, piensa, hacen como si no estuviera aquí. O les da igual; saben que no son trece guerreros, sino doce.

El pobre Bombur. El pobre, gordo y tonto Bombur. Ponte detrás, le han dicho, no sea que tropieces y nos hagas caer a los demás. Tan sólo corre detrás de nosotros. No esperamos que decidas la batalla, así que simplemente no te caigas y mantente vivo todo lo que puedas. Cuando te hieran, tírate al suelo y aprieta la herida muy fuerte. Con un poco de suerte te darán por muerto y luego alguien de los buenos te encontrará. Cuando te hieran, le han dicho. Cómo le duele la barriga y no es de hambre, seguro. Si me hieren en la barriga me dolerá aun más y ya no podré comer. Muy bien, Bombur, se dice. Tus primos, parientes y compañeros se preparan para morir con dignidad allá afuera, y tú preocupado por tu estómago.

En la penumbra, ignorando los sonidos del exterior, el grupo mantiene silencio en perfecta formación. Una antorcha a sus espaldas arrebata brillos cromados de los yelmos, de las hachas de doble hoja que sostienen con una o ambas manos, de los escudos que portan en la siniestra o contra la espalda. El Antiguo Reino Bajo la Montaña regresa al campo de batalla. Bombur observa todo esto y lentamente una perezosa marea le inunda y le cubre, los temblores remiten, y el tintineo de la cota de malla decrece, ya muy lejos de él. Ahora no siente hambre, y esta ausencia impulsa dentro de él una determinación desconocida que le hace erguirse de nuevo y situarse en su fila junto a Bofur. Casi se siente valiente.

            Aspira profundamente el aire y se atraganta. Tose con estruendo en la caverna, para darse cuenta de que lleva largo rato sin respirar. Se recupera justo a tiempo, pues Thorin se gira al resto del grupo y con gesto hosco declara ahora, ahora es el momento que estábamos esperando. Hijos de Erebor, luchad con fuerza, morid con gloria.

            Hay que salir, se dice Bombur, hay que salir. No tropezar, hacerme el muerto cuando me hieran, taparme la herida, no lo olvidaré. Fili y Kili empujan las puertas y los sonidos de la batalla los rodean y aturden. Casi sin transición, la brava voz de Thorin hace temblar la Montaña y tambalea el precario valor de Bombur. Khazad, grita Thorin, a mí, oh pueblo mío. Entonces alguien toca una trompeta que se alza sobre el imposible clamor circundante y todos corren camino abajo, entre piedras, charcos y tierra, gritando con voz ronca: a la batalla, a la batalla, a la batalla.

 

*****

 

Jhorbrak aúlla, en un estado parecido al de la felicidad. Lleva la mandíbula pintada de rojo, de su hocico cuelgan hilos de piel y carne mezclados con saliva, y surcan su lomo tres o cuatro heridas que no duelen, pues la fiebre de la carnicería borra todo lo demás. Es libre para matar y comer hasta que reviente. El ala oriental rezuma sangre, los cadáveres se esparcen por el suelo entorpeciendo los movimientos pero los elfos, que han sufrido grandes bajas, aún resisten. Jhorbrak mira hacia el centro del grupo de lanceros, y distingue una figura que destaca sobre el resto. Es el más alto y el más fuerte, y por tanto debe ser el jefe de todos. El enemigo más odiado, sin duda, el bocado más grande y cruel. Así que decide que esa carne va a ser suya, y de nadie más.

Pero el trofeo de Jhorbrak está bien custodiado, varias filas de guerreros lo rodean y convierten en suicida la misión de llegar hasta él. Jhorbrak trota de un lado a otro, rabioso, buscando un hueco en el erizado puercoespín que es el grupo de elfos. Una furia que todavía aguarda se acumula en su pecho, su corazón se acelera y respira más fuerte. Desde cachorro lo han criado en el terror, y en el terror ha vivido y morirá. Mata o muere, le han dicho siempre los trasgos que lo cuidaban. Sé rápido o muere, sé fuerte o muere, sé despiadado o muere, y él siempre ha sido lo que le han ordenado. Ahora no puede, no quiere detener este paroxismo que le envuelve y que le ha llevado hasta aquí. Esa carne será suya, y de nadie más. Mata o muere. Mata o muere.

Al fin uno de los elfos es arrancado de la fila todavía aferrado a su lanza, de la que tira uno de los huargos. El infeliz es arrastrado por el suelo, mientras los trasgos lo cosen a machetazos en medio del tumulto. Algunos elfos, los buenos y blandos elfos, no resisten los gritos de agonía de su compañero y abandonan la formación con la inútil tarea de auxiliarlo. Dejan un generoso hueco entre las filas, que otros intentan cubrir entre gritos de alarma.

Pero es demasiado tarde. Jhorbrak ha permanecido atento, sólo necesita un pequeño espacio por donde introducir la cuña de su furia. Así que aprieta la zancada, contrae sus músculos con frenesí en la carrera, su garganta expulsa un aullido que paraliza a las tropas contrarias; el resto sucede como algo que no puede evitarse y ante lo cual solo cabe el abandono y la desesperación. Jhorbrak se levanta sobre sus patas traseras en el último salto y atraviesa el aire que lo separa del Rey Elfo, que sólo tiene tiempo de volverse a medias y alzar un poco los brazos, mientras sus ojos resignados se encuentran con las dos brasas de Jhorbrak que le están diciendo mata o muere, tu carne es mía, tu sangre me pertenece, ése es el precio y éste el momento. Entonces el mundo se detiene, y Jhorbrak dirige toda su cólera, su fuerza y su mandíbula sangrante hacia el premio que ha estado buscando y que ahora es suyo.

 

*****

 

Galion se seca parte de la sangre que le cae desde la frente y que cree suya. Observa con sorpresa que no lo es, y se incorpora de nuevo a los elfos que se baten contra la segunda oleada de trasgos y huargos. Galion es un mayordomo, pero también es un elfo rápido y dispuesto; tras los primeros lances corre mejor suerte que otros compañeros. Le habían destinado a la retaguardia tanto a su menor experiencia como para disponer de unidades de refresco que releven a los soldados más hábiles y veteranos. Pero este ataque en la espalda del grupo ha trastocado los planes iniciales, y Galion se encuentra ahora peleando hombro con hombro en primera línea. Son tan pocos. Se mantienen unidos por oficio y por lealtad hacia su Rey, que ha visto amenazada la relativa seguridad de la retaguardia. Su Rey, el que le ha traído hasta aquí, para morir con los demás por un par de absurdas botellas de vino.

Galion no puede pensar mucho más. Morirá junto a su Rey y sus compañeros, Mandos espera; sólo tiene que elegir cómo terminar. Pero los trasgos y huargos no dan respiro, así que cada vez que cruza su lanza contra un enemigo se pregunta será éste mi último golpe, me arrancarán el arma ahora y me dejarán indefenso, seré rápido para cubrirme, moriré de un solo golpe, me desangraré entre la tierra pisado por otros, comerán esos lobos de mi vientre mientras aún esté despierto. Pero lo piensa todo a fogonazos, ninguno cala en él, y así mantiene el suficiente coraje para continuar luchando.

De pronto, el soldado que tiene a su derecha es arrancado de la formación. Podría haber sido yo, piensa Galion, mientras mira espantado cómo lo despedazan sobre el suelo. Los cuatro o cinco elfos que se encuentran a su lado intentan rescatarlo, pero es en vano. Galion y otros compañeros chillan desesperados dartho, dartho, hay un hueco en la línea, cerrad filas, ahora. Las órdenes tardan en cumplirse, todos luchan en combate cerrado, todos salvo Galion. Éste retrocede instintivamente, sabiendo que él solo no puede taponar la brecha en la formación. Así que grita tangado haid, tangado haid, atrás, cerraos, atrás, mientras camina de espaldas sin dejar de mirar al enemigo. Entonces tropieza con alguien, se gira y se encuentra cara a cara con Thranduil, quien le saluda con gesto rápido, mezcla de fastidio y compañerismo. Galion se vuelve de nuevo y lo que ahora ve le hace palidecer; por el hueco de todavía tres o cuatro cuerpos de ancho, la silueta de un enorme huargo corre hacia el Rey, y Galion se halla en su camino. Es el lobo más grande que jamás haya visto. Ya es tarde para cerrar la fila, piensa Galion con angustia, ya es tarde para armar la lanza y repelerlo, así que saca la espada, que se le antoja demasiado corta, levanta el escudo justo cuando el huargo salta, y durante un instante en el que parece condensarse todo el día, el aire se congela a su alrededor: Thranduil, que se gira aterrado y alza un poco los brazos; sus compañeros, mudos espectadores de lo sucede, y el fiero huargo, suspendido por encima de ellos, presto a caer y a matar. Galion abre las piernas, retrasa una de ellas mientras se coloca de perfil y con el brazo derecho ensaya una figura en el aire, que sabe demasiado lenta y demasiado inútil. Entonces, el huargo cae por fin, el mundo sale de su quietud y se precipita sobre él como una lluvia de astillas que cortan y hieren.

Lo peor del golpe lo absorbe el brazo del escudo, y Galion escucha un crac doloroso que inutiliza esa extremidad. La boca del huargo lanza una dentellada que le arranca la oreja, es sólo un empujón para apartarlo. Lo más fácil para Galion sería abandonar la espada, huir de esta bestia que desprecia su vida. Lo más sencillo para Galion es retirarse; está herido, el huargo pesa más de doscientos kilos, su aliento hiede a muerte, nadie le va recriminar que salga de allí ahora mismo y se refugie entre los suyos. Con un poco de suerte lo pondrán a salvo y podrá huir cuando termine la batalla. Así podrá contar lo que ha pasado.

Pero por primera vez en su vida Galion no es razonable, así que con su brazo sano dirige la espada hacia el pecho del huargo, sabiendo que acaba de elegir la peor de las opciones. El huargo no es presa fácil; la punta del arma lo alcanza por encima de la pata izquierda, y el pelaje duro y ralo absorbe gran parte del golpe. Aun así el huargo gruñe y ladra de dolor, y su mirada se vuelve desde la presa a este mequetrefe brazilargo que se interpone entre ambos. Los ojos del huargo parecen decir apártate escoria pusilánime, no es a ti a quien quiero, pero a ti te tendré si no me franqueas el paso. La boca del huargo se abre como para añadir algo más y cierra las dos hileras de dientes crueles sobre el blando hombro de Galion. El mordisco atraviesa armadura, camisa y carne y el huargo abre la boca para que el elfo pusilánime se aparte. Pero no es así. Aferrándose a los restos de su consciencia, Galion empuja hacia delante su arma, ignorando el dolor y el torrente rojo que se le derrama por el costado. No consigue un gran tajo, pero la espada se abre paso por el pelaje y sin tocar la musculatura del huargo asoma su extremo por el otro lado, como la puntada de una costurera descuidada, sujetando un poco de piel que casi ni sangra. La herida no es mortal, ni siquiera es verdaderamente una herida, solo un arañazo para la bestia, pero el acero la sujeta. Y el elfo pusilánime no suelta el acero. Así que el huargo aúlla de nuevo y vuelve a masticar el hombro de Galion, ahora sin piedad, y el bocado alcanza el hueso, corta un par de músculos más y aprieta y aprieta, hasta que el aullido que oyen los presentes deja de pertenecer al animal, sino al elfo, al elfo pusilánime que se aferra como un estúpido a la muerte en el día de hoy, pero que no suelta. Y el mayordomo, que está más habituado a escanciar copas para su Rey que a defenderlo por la espada aguanta, aguanta las sacudidas en su hombro hasta que todo él es una herida que le asoma al abismo. Sujeto a la realidad por finos hilos, como todavía su brazo al resto del cuerpo, Galion apenas oye los gritos de los elfos que le rodean, las espadas desenfundadas, los golpes sobre algo duro y algo blando, los bramidos de agonía, ignora algo caliente que le cae sobre la cara y le ahoga, porque para Galion sólo existe ese abrazo fatal y trágico que le hace caer a un vacío de oscuridad del que no existe salida.

 

*****

 

El mundo se ha vuelto loco. Bombur corre, tropieza, manotea en una y otra dirección, preocupándose únicamente de que arma no resbale entre sus manos sudorosas. El polvo les rodea y asfixia; las nubes negras tapan el sol como si fuera noche cerrada, aunque solo han pasado un par de horas desde el mediodía.

Respira trabajosamente y redobla su trote tras Oin, Bifur y Bofur en la cola del grupo. El peso de la armadura hace que se vaya quedando atrás, y sólo consigue aproximarse a sus compañeros cuando se detienen con algún adversario. Pero estos momentos de respiro son breves, pues la marcha de Thorin es terrible y el enemigo huye a su paso. Lo que Bombur atisba de cuando en cuando es su gran hacha sobre las filas de enanos, que se levanta y cae otra vez, un martillo inexorable sobre el yunque enemigo. También oye la voz, un rugido de rabia y desesperación que une al pequeño grupo y lo empuja hacia delante, como un torno de hierro que tritura sin esfuerzo el material demasiado blando. A mí, grita Thorin, a mí, a mí Enanos, Elfos y Hombres, el Rey bajo la Montaña ha regresado y lucha a vuestro lado, a mí.

Sin dejar de correr, Bombur mira a su alrededor en busca de esos refuerzos que reclama Thorin. Los elfos pelean por sus vidas en la estribación sur, demasiado ocupados en mantener sus lineas para ser de ayuda. Los enanos y hombres de la estribación sureste no tienen mejor fortuna, aunque se encuentran más cerca y ya algunos de ellos los jalean y corren a su encuentro. Aun así no son suficientes.

Bombur será gordo y tonto, pero ha tenido cierta educación militar y comprende el peligro. Sin embargo, se encuentra al final del grupo y sólo puede seguir la carga hacia el enemigo, esperando que el enano que les conduce repare en lo que parece obvio. Thorin continúa ajeno a todo, hace subir y bajar su hacha otra vez, grita y aúlla otra vez, y el pelotón enano se adentra como un puñal en el ejército trasgo, un puñal hundido hasta la empuñadura, un arma que hace daño en lo más profundo, pero que no puede extraerse.

De pronto, en mitad de la carrera, Bombur siente un golpe en la cabeza y cae desplomado al suelo, rodando unos cuantos pasos sobre su abultada cintura. Durante un tiempo espantosamente largo no sabe donde está. Luego levanta el yelmo que le cubre los ojos y se palpa la sien dolorida. Sangre. Un relámpago de terror lo paraliza. Taparme la herida, recuerda, hacerme el muerto. Arroja el casco lejos, saca un pañuelo y se lo pone donde late el dolor. Mira el pañuelo otra vez, temiendo verlo rojo en vez de blanco, pero sólo una pequeña mancha carmesí se intuye en el centro. No está herido; el yelmo paró el proyectil, fuera cual fuese.

Al fin se levanta preso de una urgencia atroz y durante unos latidos de corazón no logra orientarse. Contempla en el horizonte borroso una nube de tierra y trota en aquella dirección, suplicando que sean sus compañeros. Ha olvidado el yelmo y el arma, y lo recuerda doscientos pasos más tarde, así que recoge un arma que algún trasgo ha abandonado en su huída: una maza guarnecida con puntas de hierro. Es demasiado pesada para él, pero al menos es un arma, la única que encuentra en su apresurada carrera. No puede llegar tarde, no puede fallar de nuevo a Thorin y a los demás. Bombur corre como nunca lo ha hecho, jamás en su vida, hasta que las rodillas le tiemblan a cada paso y cree que los pulmones van a fallarle, y consigue reducir la distancia que le separa de sus compañeros. Finalmente los alcanza con facilidad pues el grupo se haya bloqueado, luchando cuerpo a cuerpo con la guardia personal de Bolgo del Norte. Son guerreros despiadados, altos como trolls, con brazos como ramas de roble, que portan armas de nombres olvidados y terribles. Unos veinte hombres han acudido en auxilio de los enanos, pero la lucha es desigual, y la situación desesperada.

Entonces sucede. Bombur lo ve perfectamente, mientras trata de encontrar su lugar en la contienda. Uno de los trasgos más grandes avanza hacia Thorin, que acaba de vencer a un oponente y se gira para encarar al siguiente. Demasiado tarde. El monstruoso trasgo levanta su maza negra y golpea sin piedad, y el golpe es tan fuerte que parte el brazo, el escudo y alcanza el pecho del enano con un crujido como de ramas secas. Demudada su faz, Thorin cae con la mirada acuosa y el trasgo se apresta a terminar su trabajo. Entonces el grupo de enanos parece estremecerse, se deshacen de sus adversarios y se abalanzan contra el trasgo gigante, con los ojos encendidos y rechinando los dientes. Fili y Kili van delante. Once enanos enfurecidos golpean una y otra vez al trasgo que, sorprendido, se ve arrastrado por las heridas y tras su caída recibe uno, dos, veinte, cuarenta golpes de hacha, hasta que ya no es más que carne y huesos sobre el suelo. Ante los estupefactos ojos de Bombur, los once enanos se vuelven al resto del enemigo y, enfebrecidos, presas de un ánimo homicida que no es de este mundo, gritan Khazad, Khazad, Ishkhaqwi ai durugnul, por Thorin, por Thorin, por Thorin, y sus brazos se mueven trazando curvas de metal y sangre, y arrojan al suelo los escudos y sujetan las hachas con las dos manos sin dejar de golpear, sin dejar de golpear.

Esta llamada a rebato rompe el hechizo que paraliza a Bombur y al resto de los hombres, y todos se unen a la línea de batalla alzando sus armas y gritando cosas incoherentes. Bombur es pequeño y no alcanza la primera fila, así que queda de nuevo atrás, esperando que el hombre que tiene delante le deje hueco para usar su arma de trasgo y morir por Thorin, que es lo que debería estar haciendo ahora. Entre los cuerpos en movimiento observa aliados que golpean y que matan. Y que caen. Fili ha caído. O puede que fuera Kili. O ambos. Bombur ya no lo soporta más y empuja a los hombres, su peso y la maza le ayudan, así que al fin se encuentra frente a un enemigo; un trasgo relativamente pequeño que le mira relamiéndose, confiado ante una presa fácil. Pero Bombur quiere luchar y morir hoy, así que enarbola por encima de su cabeza el arma, con demasiada energía. La maza es excesivamente pesada para él, le desequilibra, le hace tambalearse hacia atrás, y Bombur cae con estrépito de espaldas. El arma ha golpeado algo blando, ha oído una maldición y un gemido, así que Bombur se gira para ver al trasgo que ha herido. Pero no es un trasgo, es uno de los hombres aliados; y ese hombre contempla con incredulidad la maza que acaba de destrozarle la pierna, que queda colgando de la rodilla en un ángulo extraño. Y luego mira con profundo odio a Bombur, al pobre, gordo y tonto Bombur, que aunque no está muerto, se quiere morir.

 

*****

 

Es el momento; Bardo se encuentra de espaldas, en combate trabado con dos enemigos. Lo acompañan unas pocas tropas combinadas de enanos y hombres que luchan en inferioridad contra la guardia personal del Jefe Trasgo, a punto de ser borradas de la faz de la tierra como polvo en el viento. Pero antes Dregnar debe realizar su misión. Para ello recoge una cimitarra enemiga; es menos comprometedora para todos, incluido el gobernador. No le tiene demasiada estima a ese gordo avaricioso, no, pero es quien maneja Esgaroth, y parece que va para largo.

Cuando Bardo muera, nadie pensará en reconstruir Valle de nuevo. Cuando Bardo muera, los mequetrefes que sobrevivan regresarán a Ciudad del Lago y suplicarán sumisamente que se les vuelva aceptar, pagando gustosos lo que sea necesario. Cuando Bardo muera, el ejército caerá, los enanos perderán de nuevo Erebor; y tras un periodo de transición, un torrente de riquezas manará por el Río Rápido a donde siempre debería haber estado. Cuando Bardo muera, él habrá cumplido su misión una vez más. Y aunque Dregnar ya no entiende lo que es justo o no, se permite exhalar un suspiro, como si por un momento recuperara algo de la humanidad que ha perdido a lo largo de su vida.

Acabemos con esto, se dice, y sostiene la negra cimitarra con firmeza. Tan pendiente se encuentra de buscar un flanco desde el cual atacar que no se pregunta qué gritan los enanos en su tosco idioma. Para él solo existe la espalda de Bardo y la acción de apuñalar sin ser visto. Un rápido movimiento horizontal y la cimitarra entrará por los riñones hasta tocar la columna, una herida mortal. Dregnar desenfundará entonces su propia espada, despachará a los contrincantes de Bardo con rapidez y se quedará con el moribundo, observando cómo se apagan sus ojos. Gritará ayuda, ayuda, Bardo ha caído, señalará la empuñadura de la cimitarra y a los enemigos muertos. Quizás lo conviertan en un héroe.

Pero sale mal. Inexplicablemente, algo estalla en su pierna izquierda y le hace arrodillarse con la extremidad opuesta. Dregnar mira confuso a los restos de su tibia fracturada, a la enorme maza de los trasgos que ha destrozado su apoyo, y en el extremo de la desproporcionada arma se aferra un enano gordo con cara de espanto. El desastre no altera en principio a Dregnar, el cual cree durante uno o dos parpadeos que saldrá de ésta. Pero la firmeza de su propósito le delata, su brazo se abre dispuesto a golpear su objetivo, cualquiera puede verlo ahora. Una voz cercana grita traición, traición, Bardo está en peligro, traición. Dregnar se vuelve, todavía veloz, todavía mortal, dispuesto a acallar esa voz con una excusa o con la espada, pero su pierna herida le impide girar como desea, y solo puede ahogar un grito cuando el acero revienta su cota de mallas y le perfora el pulmón, haciéndole caer al suelo boca arriba.

Durante unos instantes, Dregnar sólo ve las nubes negras y, a duras penas, como en un sueño, oye los gritos de Bardo que recrimina al hombre su acción, maldita sea, soldado, lo quiero vivo, dice. Una cara feroz se recorta contra el cielo y le habla con urgencia. Di, condenado, dice la cara, quién te ha enviado, quién te ha pagado por esto. Bardo es un tipo listo, piensa Dregnar en medio del dolor, lo ha entendido rápido. Habla y ahorraré tu sufrimiento, continúa la cara, dime ahora mismo quién te mandó hacerlo.

Así es como todo termina, piensa Dregnar; de manera absurda, igual que empezó. Qué me importa a mí el gobernador, qué me importa Bardo o la suerte de la batalla, qué me importan los estúpidos enanos, su oro, los hombres, los elfos, lo perdí todo hace mucho tiempo. Así que grita lo que quieras, piensa Dregnar mirando furioso a la cara, prolonga mi agonía, córtame en rodajas si tienes lo que hay que tener, pero de mis labios no saldrá ninguna respuesta, maldito seas. No soy de los que suplican perdón en su lecho de muerte, no soy de los que se vienen abajo y se ponen a llorar como chiquillos. Así que grítame, estúpido, moriré como he vivido. La intensidad de este pensamiento le agota y la mente de Dregnar empieza a perderse en la niebla. Pero ahora el viento esparce las nubes y unos rayos rojizos rasgan el oeste. Oye muy lejos los gritos de los hombres y unas sombras majestuosas cruzan el cielo que ahora se intuye, arriba, muy arriba. Las sombras aladas pasan sobre él, y con ellas el último pensamiento de Dregnar se deshace y se marcha para siempre.

 

*****

 

Stinga continúa registrando los cuerpos de compañeros caídos. Su botín se reduce a un par de machetes demasiado grandes y un escudo abollado. Quizás ha llegado el momento de arriesgar un poco más, de manera que en medio de este torbellino de sangre Stinga otea el horizonte de la batalla y busca el lugar más propicio para su propósito.

El combate se ha reducido a tres frentes bien diferenciados y parece pronto a su fin. En el centro, Bolgo y su guardia personal se enfrentan a un puñado de hombres y mineros barbados que, aunque estúpidamente valientes, no tardarán en caer. Nada resiste a la guardia de Bolgo, eso lo sabe cualquiera. En la estribación sureste, envueltos por la segunda oleada y el grueso del ejército trasgo, el resto de mineros barbados se bate aún con energía junto a los hombres, que desfallecen por momentos. Finalmente, en la estribación sur ocurre otro tanto, sólo que aquí son los caraslargas los que aún resisten las acometidas de lobos y cimitarras. La balanza se vuelca lentamente del lado norteño, por lo que Stinga debe darse prisa; cuando todo termine comenzará el verdadero pillaje, donde no tiene esperanzas de salir airoso. Ha llegado el momento de arriesgar, se dice de nuevo, y arriesgar significa acudir a la zona de los caraslargas y aligerar a sus muertos de los preciosos objetos que pueden portar. Cualquiera sabe que un caralarga lleva encima más plata y mejor acero que media Gundabad, así que la recompensa es alta. Mientras, en el valle resuena el entrechocar de metales y el clamor de los trasgos: Za Dashur snaku Zigur, durbgu nazgshu, Durbgu dashshu! Apenas a setenta u ochenta pasos de la lucha, entre los primeros cadáveres de elfos, observa que los caraslargas están siendo empujados contra la Montaña, rodeados de enemigos.

Qué pena me dan, sonríe Stinga mientras arranca dos preciosos anillos de la mano de un muerto. Se me parte el corazón, me dan ganas de llorar a moco tendido, se dice, y al tiempo extrae una daga exquisitamente adornada con bellos símbolos élficos. Qué lástima, piensa otra vez. Es terrible no encontrar ningún caralarga de mi tamaño con una brillante armadura de éstas. Quizás sea mejor así; otros me la quitarían y con ella me arrancarían algo más. Mejor los anillos, sí, mejor las dagas.

De pronto comienza el verdadero horror. No terminará para Stinga hasta que regrese a su hogar, cinco días después, trotando sin resuello por caminos olvidados, solo, mirando siempre hacia atrás y hacia arriba, y durante meses en sueños lo perseguirán sombras que se ciernen sobre él y que le apartan o le devoran, desoyendo sus gritos. Es como en un sueño, se dice, cuando desde el oeste comienzan a disiparse las nubes, un resplandor anuncia los rayos de la cara amarilla y, si uno se atreve a mirar, se observan unas sombras aladas allá en lo alto, acompañadas de chillidos que aturden y confunden.

Stinga casi siente ganas de alertar a sus compañeros antes de ponerse él mismo a salvo, aunque no es necesario. Por todo el valle se extiende un clamor que pasa de garganta a garganta, y las voces de los caraslargas, de los hombres y de los mineros barbados, esas mismas voces rotas que hasta hace poco eran gemidos de agonía y desesperación, de esas mismas gargantas brota ahora un rugido que hace retroceder al ejército trasgo. Las Águilas, las Águilas, vienen las Águilas, dice ese coro infrahumano y tenebroso, y a pesar de que Stinga ignora el significado de esas palabras, mira en la dirección en la que miran todos, y las sombras aladas se hacen más y más grandes contra el resplandor distante, y con una velocidad desmesurada se ciernen ya sobre todos. El terror paraliza a Stinga, que observa aturdido cómo las grandes aves vuelan sobre el valle, se dividen en grupos y atacan a los trasgos alojados en las ventajosas laderas, y muchos huyen o mueren. Stinga oye cómo aquellos hombres que antes suplicaban miran con ojos enfebrecidos al enemigo y golpean y hieren de nuevo. Contempla cómo los heridos se levantan del suelo para empuñar otra vez su espada; caraslargas con un arma atravesada en su cuerpo que regresan a la formación de batalla; mineros barbados empapados de sangre propia y ajena, que con la boca abierta en mudos alaridos enarbolan otra vez el hacha, presas de un furor nuevo y desconocido. Y todos repiten: las Águilas, las Águilas, vienen las Águilas, y ese clamor hipnótico y desencajado al fin hace volver a Stinga a la realidad y, todavía sin soltar sus recientes tesoros, se vuelve hacia el sur con aquellos que corren y huyen del valle.

Pero este día todavía reserva a Stinga algo que jamás olvidará: en su precipitada huida, una nueva oscuridad informe se acerca desde lejos, implacable, hacia el centro del valle. A su paso los trasgos se apartan o son apartados como insectos molestos. La sombra toma la forma de un terrible oso negro y de su boca cuelga la ira y la determinación, y en sus ojos brilla una inteligencia aterradora. Varios pasos delante de Stinga tres trasgos son despedazados de un solo zarpazo y sus cuerpos caen al suelo como piedras. Stinga se encoge, se hace aún más pequeño, rueda por el suelo a un lado y por primera y última vez en su vida suplica piedad, aunque no sabe lo que es.

El oso negro pasa a su lado, lo ignora como a un arbusto y continúa hacia el centro, hacia la guardia personal del invencible Bolgo, y su sombra pronto tapa a Stinga todo el valle. El pequeño trasgo se pone de pie, mira fugazmente hacia atrás y huye tan rápido como puede. Corre por su vida, por no caer aquí como tantos, por las sombras aladas, por el oso negro, corre porque nada de esto merece la pena, porque quiere vivir. Y en su carrera deja atrás los preciosos tesoros por los que tanto arriesgara, pero ya nada importa salvo correr, correr tan lejos y tan rápido como se lo permitan sus pequeñas piernas. Y los gritos y el clamor de los restos de la batalla lo siguen de cerca, como fantasmas, hasta que quedan lejos, hasta ya no son sonidos. Sólo miedo.

 

*****

 

Todo ha terminado. Bombur se da media vuelta y sale de la tienda de Thorin. En la puerta se cruza con una pareja desigual: Gandalf, con un brazo en cabestrillo, escolta a Bilbo Bolsón, el hobbit saqueador que les ha acompañado hasta aquí desde el principio. Bombur no tiene fuerzas para saludarlos, y tan sólo intercambian una mirada y una fugaz sonrisa de reconocimiento. En el exterior le espera un atardecer frío pero despejado, que le hace apretarse en la manta que cubre sus hombros. Dentro de la tienda, el calor del fuego y el de la vida se extinguen para dejar paso a la fría noche.

Thorin lo ha recibido moribundo sobre su último lecho, herido de muchas heridas. Su armadura abollada y el hacha mellada descansaban en el suelo a su lado, como una ofrenda. En esta hora postrera Bombur quería confesarle lo que le roía las entrañas; ha relatado su guardia de hace dos noches, tan lejana ya, cómo el sueño le pudo y dejó partir al hobbit creyendo que permanecería en su puesto mientras descansaba. Sus palabras eran serenas y humildes, pero dos surcos salados le cruzaban la cara mofletuda mientras hablaba y no podía ver la expresión de Thorin. Cuando al fin ha limpiado sus lágrimas, Thorin sonreía. Mi muy querido Bombur, le ha dicho, hay en ti un gran corazón, por eso abultas tanto; no te atormentes por mí, pues pronto me reuniré con mis padres y podré descansar. Fui yo quien te arrastró a este rapto de orgullo que ha terminado conmigo, pero al final estuviste a la altura. Me han dicho que fuiste digno en la batalla, contra todo pronóstico; que heriste y fuiste herido, que salvaste a Bardo de una muerte segura. Eres afortunado y, por encima de todo y en lo que a mí respecta, has crecido y eres todo un enano, digno súbdito de este Reino. Así que no digas más, ve en paz; me alegro de haber compartido contigo estos peligros y te deseo una vida larga entre los tuyos. Adiós.

Bombur camina alejándose de la tienda de Thorin, las palabras retumbando en su cabeza. Unos pasos más allá tropieza con un grupo de elfos expectantes. Uno de ellos abandona el círculo que forman y Bombur puede ver lo que sucede. Thranduil, Rey de los Elfos de Bosque Negro se encuentra de pie entre sus súbditos; con el mimo propio de un sanador experto retira las gasas del hombro de otro elfo sentado que, a pesar del evidente dolor, lo observa con ojos llenos de reconocimiento. El silencio en torno a ellos es respetuoso. El elfo herido musita algo que no puede oír. El Rey sonríe. Bombur, aunque no conoce la pequeña historia que dibuja este encuentro, es consciente de presenciar algo extraordinario, una inverosímil maravilla después del horror.

Lo que termina ahora es el día más largo de su vida, y mientras Bombur recorre a pie el campo de batalla no puede dejar de recordar. Los cuerpos de hombres, elfos y enanos han sido retirados, pero el suelo se haya cubierto de cadáveres enemigos y la muerte flota en el aire del anochecer. Las espadas y la sangre han callado, el silencio habla con palabras pesadas al oído. Cuando llegaron las Águilas creyeron que al menos tendrían un bonito final, pues nadie resistía las macizas filas de la guardia de Bolgo y pronto aquello también terminaría. Pero entonces, con un rugir que era como de truenos y tambores, una enorme figura negra irrumpió en el frente y recogió a Thorin, como se recoge a un niño de su cuna, y se lo llevó fuera del combate. Al poco, la sombra, el oso negro que era Beorn, volvió con cólera redoblada y nada podía contenerlo ni ningún arma le hacía mella. Dispersó a la guardia de Bolgo y a éste le arrojó al suelo y lo aplastó. Así llegó el final, pues sin su mayor capitán los trasgos huyeron y en esa huida encontraron la muerte.

Bombur se toca el vendaje de la cabeza y suspira mirando hacia el sur. La persecución continúa, los restos del ejercito enemigo son aniquilados en la linde del Río Rápido. Todo ha terminado y yo aún sigo aquí, se dice. Este día lo recordaré más que ningún otro; nunca seré quien he sido hoy. Y la certeza de este pensamiento lo abate durante un momento, pues a pesar de su negligente guardia nocturna, a pesar de su indecisión y de ocultar cómo se perdió la Piedra del Arca, a pesar del miedo en la batalla, de su torpeza, de la increíble fortuna que le hace ser un héroe en lugar de un inútil o un muerto, a pesar de todo eso Bombur sabe que hoy ha vivido muchos días en uno sólo, y que de alguna manera eso deja una huella en él. Se palpa el vendaje por última vez y se vuelve hacia el oeste, donde tras la Montaña agoniza la tarde. El resplandor se detiene durante un instante en su rostro, y después ya no está allí. Bombur mira hacia la Montaña un poco más, se aprieta de nuevo en la manta y camina hacia el campamento bajo las estrellas que asoman desde el este, mientras recuerda sorprendido que no ha comido en todo el día.

 

 

“Nunca he sabido qué les ocurrió al jefe de la guardia y al mayordomo.” (J.R.R. Tolkien, El Hobbit, capítulo 10)

 

“Pero el gobernador frunció el entrecejo cuando Bardo se retiró, y se quedó allí sentado. Mucho pensó y poco dijo, aunque llamó a voces para que le trajesen lumbre y comida.” (J.R.R. Tolkien, El Hobbit, capítulo 14)