Crónica de un desengaño

por Luis González "Derrien Brandigamo"

Tercer Puesto, Premios Gandalf 1995

Una figura, enredada entre las mantas, se retuerce sobre la cama. Parece nerviosa. Después de varias horas al fin decide levantarse. Trabajosamente se desembaraza de las mantas y, con mucho cuidado, se pone en pie. En la cama de al lado otra figura duerme plácidamente y no quiere despertarla. A pesar de la completa oscuridad avanza sin ningún problema, sorteando mecánicamente varios tapetes y un taburete, hasta llegar a un pequeño escritorio. Allí enciende una vela. No le hace falta, pero siempre le gustó observar el movimiento de la llama.

Es una enana.

Sin su armadura ni su máscara resulta evidente: tenues contornos femeninos y un rostro duro pero bello se pueden distinguir en la semipenumbra que ahora reina en la habitación. Un pequeño cuarto de madera, con las dos camas y el escritorio como único mobiliario. Después de unos instantes la enana vuelve a por el taburete y lo acerca hasta la mesa, pero a pesar de su cautela un leve chirrido acompaña el movimiento. En la otra cama, otra figura se incorpora sobre los hombros y observa con mirada grave a su compañera.

Es una elfa.

- ¿No duermes, Nar? -pregunta.

La enana se da la vuelta sobresaltada y le sonríe levemente.

- No, no puedo. Queda tan poco ya... Lo siento, Anfalas, no quería despertarte.

- No te preocupes. Hasta mañana.

- Hasta mañana.

La elfa vuelve a acostarse, pero Nar se siente incapaz de dormir. Después de tantos años por fin se acerca el momento del reencuentro. Han pasado ya más de diez años desde que saliera tan precipitadamente de las moradas de su gente, en las Montañas Azules, y por primera vez en todo ese tiempo se encuentra a menos de una semana de viaje. Y cada día que pasa esta más cerca. Con la mirada absorta en la llama se pregunta por su familia, qué habrá sido de su tío, de su hermano, de sus amigos... de él. ¿Qué habrá sido de él? ¿Habrá cambiado algo?

Nar sacude violentamente la cabeza, como si así pudiera expulsar estos pensamientos, y vuelve a la cama. Pero a pesar de la luz tropieza con una mochila provocando un pequeño estruendo. Con los ojos empañados maldice en su antigua lengua mientras apila nuevamente los bultos. Anfalas está despierta pero no hace ningún movimiento. Se limita a contemplar en silencio la menuda figura de su amiga. Cuando termina de recoger, la enana se tira en la cama y hunde la cabeza en la almohada. En el otro extremo de la habitación la vela se va consumiendo lentamente.

Avanzan ahora por tierras familiares. Nar no había viajado mucho antes de comenzar este viaje, pero Anfalas reconoce algún detalle a cada recodo. Desde que partieron de la posada al amanecer, ha pronunciado gritos de sorpresa y alegría ante un pequeño riachuelo, un claro, un tronco caído a la vera del camino... Nar asiste a la alegría de su amiga impasible tras la máscara, pero se siente cada vez mejor y consigue olvidarse de tanto en tanto de las incertidumbres de su viaje. En esos momentos incluso llega a disfrutar del paisaje. Sin duda tantos años conviviendo con Anfalas la han afectado más de lo que piensa.

- ¿Es que no piensas quitarte esa estúpida máscara nunca? No sé como puedes aguantar su peso, y el de la cota -pregunta la elfa mientras hacen un pequeño alto en el camino-. Ahora no nos ve nadie -añade.

- No puedo, ya lo sabes -contesta Nar con aire resignado-. Nosotras no podemos viajar al descubierto. Además... no me molesta, y así puedo ver la cara de la gente sin que me vean a mí.

- Oh, vamos, pero yo quiero verte a ti, no a esa estúpida masa de hierro, y te repito que aquí no hay nadie excepto nosotras. Es una costumbre estúpida y tú lo sabes.

- Sé que tú lo piensas... -contesta la enana, consciente de la inutilidad de discutir con la elfa- y yo a veces -añade en voz baja.

Según se van acercando a las montañas es más consciente de lo difícil que va a resultar para ella readaptarse a la férrea sociedad enana. Ha cambiado mucho, más de lo que piensa, y antiguas verdades inamovibles se tambalean peligrosamente.

- Cabezota como si fuera una enana -sentencia Anfalas entre risas.

- Lo mismo digo -contesta Nar también riéndose-. Diez años y siempre dando vueltas a lo mismo. ¿No puedes cambiar de tema ahora que nos vamos a separar?

Pero este comentario termina bruscamente con la alegría de las dos y provoca un largo y tenso silencio. Desde que iniciaron la vuelta ambas sabían que tarde o temprano llegaría el momento en el que se tendrían que separar. Anfalas no sería admitida en las montañas... ni tampoco entraría en ellas por su propio pie. Sin embargo, hasta ese momento, ni elfa ni enana habían mencionado el tema en voz alta.

- Te echaré de menos. Nar.

- Y yo a ti, pero te visitaré siempre que pueda. Y tú también estás invitada, ya lo sabes -intenta bromear, pero su comentario se pierde en un nuevo silencio.

- Te quiero tanto.

- Pero no vamos a ponernos tristes ahora, ¿no? Todavía queda por lo menos una semana hasta que nos separemos. En marcha.

El resto del día caminan por terrenos cada vez más abruptos, las primeras estribaciones de las montañas, con tan solo unas breves paradas para comer. Poco queda de la alegría de las primeras horas del día. Nar, dividida entre la esperanza del regreso y la tristeza de la próxima separación, agradece la protección que la máscara le proporciona ante las inquisitivas miradas de la elfa. Por su parte, hace tiempo que renunció a todo intento de adivinar lo que pasa por la mente de Anfalas. Ahora parece estar alegre y continuamente intenta entablar conversación, pero ante la negativa actitud de la enana entona risueñas canciones.

Al anochecer acampan en un recóndito refugio élfico. En la orilla de un pequeño arroyo unos abedules se abren formando un pequeño semicírculo a salvo del viento y de todo tipo de miradas indiscretas. Allí encienden una hoguera y se desploman junto a ella, agotadas por la dura caminata de la jornada. En un principio no se dicen nada. Nar contempla al fuego con la constancia que le dio su nombre. Anfalas canta en voz baja una suave melodía mientras se balancea con los brazos en torno a las rodillas. Tras un largo rato levanta la cabeza y pregunta:

- ¿Tampoco aquí te vas a quitar la máscara?

Nar niega con un gesto.

- Han sido diez buenos años, ¿verdad?

Nar asiente levemente, y tras unos instantes de vacilación se arranca la máscara de la cara.

- Si -añade.

- No quieres hablar.

- No.

La mente de la enana es un auténtico torbellino. Por un lado el momento que tanto ha estado esperando desde el día en que decidió volver a casa se acerca cada vez más, pero por otro lado en este día ha sido consciente por primera vez de cuanto se ha acostumbrado a la presencia de Anfalas y de lo que va a echarla de menos. La alegría y desenvoltura de la elfa son un amargo contraste con la ordenada y monótona, piensa ahora, vida que la espera en la montaña. Suspira indecisa y se acurruca bajo la manta, apartando la mirada tanto del fuego como de la elfa.

Pero no duerme. A pesar de que nada desea más que sumergirse en el refugio de la inconsciencia, es incapaz de conciliar el sueño por segunda noche consecutiva. Durante el día Anfalas le sugirió recurrir a unas hierbas que encontraron junto a un riachuelo, pero ella se negó rotundamente: esas no son formas enanas, uno no huye de los problemas, los enfrenta. O al menos así debería hacerse, aunque Nar sólo siente deseos de salir corriendo en cualquier dirección. No lo quiere reconocer pero está asustada. No está segura de lo que ha de hacer y eso es algo tremendamente desconcertante para un enano.

Se da la vuelta para poder observar mejor a la elfa y descubre que esta también se ha acostado. Parece dormir aunque Nar sabe que nunca debe fiarse de sus impresiones en este sentido. Sonríe al recordar su sobresalto cuando se despertó una noche durante la guardia de la elfa, en medio de las Tierras Brunas, y la descubrió así. Se levantó asustada, pensando que habían estado a merced de todo tipo de asaltantes, y una voz a su espalda le preguntó si le pasaba algo. Fue un susto todavía mayor. Pero era Anfalas y después se rieron mucho.

Sí, desde luego habían sido diez buenos años.

Desde que sus caminos se unieron en esas mismas tierras diez años atrás han recorrido juntas casi todos los parajes situados al oeste de las Montañas Nubladas y gran parte de los ubicados a levante. Siempre apartándose de las rutas más transitadas y siempre sin ningún rumbo fijo. Después de salir de las montañas no sabía cuál iba a ser su destino, pero eso nunca le importó. Ni tampoco a Anfalas. Había tardado diez años en comprender que su camino sólo podía tener un final y estaba, precisamente, en el punto de partida. Pero habían sido diez años realmente buenos.

Cuando se despiertan lo hacen con nuevas formas, Nar parece más sosegada que en días anteriores, casi alegre, y conversa con la elfa durante todo el camino. Hablan de lo que han visto juntas, y de lo que han dejado de ver: de lo que han hecho, y de lo que nunca harán. Durante todo el día avanzan por tierras cada vez más agrestes y familiares, rodeadas por bosquecillos de abetos que se apretujan a la orilla del camino, intentando traspasar sus límites. De vez en cuando pueden distinguir entre los árboles, en algún recodo protegido, unos últimos vestigios de nieve. Incluso Nar es capaz de reconocer algún paraje.

- Nos vamos acercando -señala.

- Tienes razón. Pronto estaremos cerca de la cueva.

La mención de la cueva todavía consigue estremecer a la enana. Fueron unos días muy duros, en los que a veces llegó a pensar que no sería capaz de sobrevivir. En la distancia que proporcionan estos diez años, piensa que lo habría tenido merecido, y reconoce que si no llega a ser por la elfa no lo habría contado. Con una sonrisa forzada piensa en lo ridículo de su salida, en lo peor del invierno y sin ningún tipo de protección. Pero, claro, hasta aquel día nunca se había preocupado mucho por el exterior, y haber sabido lo que la esperaba tampoco habría impedido su salida. Es una enana.

Cerca del mediodía Anfalas abandona el sendero que estaban siguiendo y se interna en la espesura. No dice nada, pero Nar sabe perfectamente a dónde la está conduciendo. También ha aprendido a leer sus silencios. Después de sortear algunas matas de arbustos y varios troncos caídos llegan a otro sendero, casi invisible, por el que Anfalas avanza con

mayor decisión. Es sin duda un camino de elfos, que parece abrirse a los pies de la elfa y cerrarse tras ella. Tanto es así que Nar tiene que pedirle que serene su ritmo para poder seguir a su paso. Al poco tiempo llegan a la cueva.

Nada ha cambiado en todo este tiempo.

Nar se para a pocos metros de la entrada, asaltada por los recuerdos de otra llegada, diez años atrás y en unas circunstancias totalmente diferentes. Hoy no nieva, aquel día sí. Es la primera imagen que la aborda, después llegan las demás. Se ve tambaleándose tras casi una semana viajando a la intemperie, sin más protección que la ropa de forja y la máscara, y casi muerta de hambre. Se ve caer en medio del claro y al poco tiempo vislumbrar la entrada de la cueva. Se ve reunir sus últimas fuerzas y arrastrarse hacia aquel posible refugio. Se ve, por último, traspasando su entrada y, ante la visión de una sombra furtiva, intentar sacar su cuchillo. Pero en aquel momento se desmayó exhausta.

Cuando volvió a despertar descubrió que alguien le había despojado de todos su pertrechos y que se encontraba bajo una manta en el interior de la cueva. Un examen más detallado reveló un cuenco con comida y sus cosas amontonadas en el otro extremo de la habitación. Sentada a su lado estaba una elfa. "Come algo" le ordenó. "Eres una elfa" dijo Nar. "Sí, y tú eras una enana al borde de la muerte. Me costó mucho retenerte en este mundo, ¿sabes?" contestó la elfa. "Gracias, mañana me levantaré temprano e iré a buscar algo con que pagarte antes de irme". Pero Nar no fue capaz de levantarse en varias semanas. Fue un buen comienzo para una entrañable amistad.

- Bueno -dice la elfa mientras se da la vuelta para encarar a su amiga.- Ya hemos llegado.

- Sí -dice Nar en medio de un suspiro.

No se demoran mucho en la cueva, lo justo para recordar algunos buenos momentos. Aunque la separación se acerca cada minuto que pasa, ninguna de las dos desea retrasar lo inevitable. Durante tres días más continúan el viaje, acercándose cada vez más a unas montañas que se levantan ahora majestuosas frente a ellas. A medida que avanzan la vegetación se va haciendo cada vez más escasa para consternación de Anfalas, que todavía recuerda los tiempos antiguos en que todos estos territorios estaban cubiertos de árboles. Pero las fraguas han de ser alimentadas.

Sin embargo Nar se siente cada vez mejor, y por primera vez en los diez años siente nostalgia de su casa. Recuerda las correrías infantiles por pozos y pasillos, los años de aprendizaje junto a su tío... Siente de nuevo la llamada de la montaña. Durante mucho tiempo pensó que ya era inmune a ella, pero no. Es una enana y eso nunca podrá cambiarlo. Ni siquiera viviendo junto a una elfa. Todas las dudas de los últimos días desaparecen por fin. La nostalgia y el inminente encuentro lo han logrado.

- Ha llegado el momento de que nos separemos -dice a la elfa en una vuelta del camino. Al otro lado se pueden ver ya las primeras puertas de las casas de su gente.

- Sí.

- Lo siento, pero he de ir. Han sido muchos años.

- Lo sé.

- Soy enana y mi lugar está junto a las montañas, con mi gente. He tardado demasiado tiempo en darme cuenta de algo tan evidente. No tengo otro remedio.

- Sí...

- Además está él. Siempre ha estado. Es algo que tengo que solucionar de una vez.

- ...

- Eh, se supone que la silenciosa debería ser yo -intenta bromear.

- Sí, debes ir, pero te voy a echar mucho de menos. Lo siento, pensé que esto iba a resultar mucho más fácil -dice la elfa con lágrimas en los ojos-, en el fondo no eres más que una maldita enana... pero te voy a echar mucho de menos -mientras Anfalas terminaba de decir estas palabras la enana ha dejado sus bártulos en el camino y quitándose la máscara, se ha acercado a ella. Ahora están a sólo unos pasos, pero los recorre para abrazarse a la elfa.

Durante un largo período permanecen así, sin hacer o decirse nada.

- Debes irte -dice al fin Anfalas.

- Sí -responde Nar mientras se suelta de los brazos de la elfa. Comienza a recoger sus cosas.

- Te estaré esperando en la cueva. Ven.

- En cuanto pueda -responde mientras se ajusta la máscara-. Adiós.

- Namárië.

La enana se aleja sin mirar atrás, con el sonido de la última palabra dando vueltas por su cabeza y lágrimas recorriendo sus mejillas. Sabe que Anfalas continua en el mismo sitio, observando su marcha, pero no quiere darse la vuelta, una enana no debería hacerlo. Sin embargo no puede evitar volver ligeramente la cabeza, aprovechando una vuelta del camino, y conseguir así una última imagen de su amiga. Se arrepiente al ver la figura imperturbable de Anfalas. Inmóvil como una estatua en medio del sendero, y con los ojos fijos en su figura.

Sin embargo, ante la expectativa del reencuentro con su gente, la amargura de la despedida no puede hacer nada salvo quedar atrás. Estos últimos metros los recorre cada vez con mayor rapidez, animada por la presencia de dos altivas figuras uniformadas a cada lado de los grandes portales exteriores. Son los primeros miembros de su raza que ve desde su marcha. Y cuando pasa entre ellos lo hace orgullosa, consciente de su interés. No todos los días llega una enana, sola, en medio de la tarde. La máscara engañó a los pocos hombres con los que se encontraron, pero jamás podría hacerlo con un enano.

El tránsito de la luminosidad del día al brillo constante que reina en la montaña la sobrecoge como nunca antes lo había hecho. A la luz de las lámparas sus ojos recorren las primeras filas de relieves, aquellos que recogen la historia de su gente. La historia de sus viajes. A pesar de todo son gente viajera. Pero no se detiene allí, el destino de sus viajes se encuentra sólo a unos pocos corredores de distancia. Según se va internando en las profundidades de la montaña, más gente aparece a la entrada de los pasillos para observar su regreso. Las noticias siempre han viajado rápidas, y su máscara no habrá tardado en ser reconocida.

Al llegar a las estancias de su familia su tío la está esperando. Está viejo, como siempre, pero algunas nuevas arrugas surcan su rostro. Nar no quiere pensar en la posibilidad de ser la causa de alguna de ellas. Siempre le ha querido mucho. Sudoroso, como si acabara de salir del trabajo, permanece impasible a la boca del túnel, con los brazos cruzados sobre el pecho desnudo y las piernas abiertas. Es una figura imponente. Su mirada es interrogante aunque, a pesar de la firmeza, deja traslucir una dosis de alivio. Nar no puede dejar de observar cómo el pesado medallón, símbolo de su autoridad, cuelga de su cuello. Hasta ese día en muy pocas ocasiones lo había visto antes.

Se detiene frente a él y con una leve inclinación ritual le saluda. Su tío continúa inmutable, en su papel de cabeza de familia. Ya habrá tiempo para las historias y celebraciones más adelante, en la intimidad de la sala familiar, sin ningún desconocido delante. Durante un largo rato se escrutan con una larga y profunda mirada, como sólo dos enanos son capaces de hacer. No hacen falta palabras. De ella Nar obtiene toda la información que podría necesitar. Las cosas siguen bien para la familia, con algún pequeño contratiempo, pero nada importante.

- ¿Está...? -pregunta en su ancestral idioma, con la voz entrecortada.

- En la forja -responde su tío, sin necesidad de más explicaciones. Nar pasa a su lado y se interna velozmente por un pequeño pasillo lateral, espoleada por el ruido de los yunques.

- Nar no... -dice su tío, pero ella ya no le oye.

Avanza, rápidamente, por unos pasillos que le son completamente familiares. Podría recorrerlos con los ojos cerrados, y se podría decir que así lo está haciendo: su mirada está fija diez años atrás, en un recorrido idéntico, prácticamente con las mismas intenciones. Entonces era diez años más joven e inexperta, y no podía pensar en nada que pudiera ir en contra de sus esperanzas. Hasta ese día su vida había resultado sencilla. Ahora ha reunido algo más de experiencia, pero camina con la misma fe ciega de entonces. El viaje de vuelta, que emprendió para librarse de un recuerdo que la torturaba, ha desembocado en el mismo error que lo causó.

En aquella otra ocasión también caminaba decidida por el pasillo, impulsada por la certeza a la que había llegado poco antes. Después de muchos meses de discusiones solitarias, de frustraciones y de deseos había resuelto por fin hablar con Tekk y contárselo todo. Siempre había estado muy cerca de sus dos primos, sobretodo desde que sus padres murieran y ella se fue a vivir a la casa de su tío. Habían crecido juntos, habían jugado juntos, y los tres habían sido introducidos a la vez en el Arte de la montaña. Nar sonrió al recordar esos años de camaradería y de juegos.

Habían intimado mucho.

Pero ella siempre se había sentido mejor con Tekk que con Vírfir. Los dos habían dado muchos solitarios paseos nocturnos, en los que se contaron sus más secretos anhelos y esperanzas. O casi. Allí, le había confesado Tekk sus sueños de artesano, sus deseos de

emular a Telchar en el recuerdo de sus gentes, de forjar nuevamente espadas y cotas como las que los antiguos orfebres consiguieran. Y ella siempre le prometía su ayuda, y él la aceptaba... casi siempre. A veces él se perdía en sus pensamientos y no contestaba a su ofrecimiento. Otras veces la animaba en su deseo de diseñar las más bellas joyas de la montaña.

Por desgracia, según progresaban en su aprendizaje, aquellas salidas se hicieron más infrecuentes. Ella pasaba su tiempo en las forjas menores, donde aprendía a fabricar las joyas y adornos que tanto le entusiasmaban, y él apenas salía de las forjas mayores, donde junto a Vírfir intentaba redescubrir infructuosamente los secretos de sus antepasados. Pero en sus tiempos libres seguían viéndose, los tres, y ella disfrutaba, casi, como antes. Y fue entonces cuando comprendió que sólo sería Tekk el enano al que ella se entregaría. Le costó mucho decidirse e ir hablar con él, pero también lo consiguió.

Y fue rechazada.

Es algo que sucede con cierta frecuencia, pero que ninguna enana piensa que a ella le pasará. Muchas son las que, como ella, tras una decepción abandonan a su gente y viajan a otra comunidad, donde siempre son bien recibidas. Otras viajan por la Tierra Media, impulsadas por algún loco propósito o el simple deseo de olvidar. Algunas no vuelven, otras tras largos años de ausencia, pero la mayoría lo hace a los pocos meses o días. Ella partió con la intención de encontrar alguien que le revelara los secretos que Tekk tanto había buscado, pero pronto lo olvidó y se contentó con no pensar.

Pero una noche, hace varias semanas, se dio cuenta de la inutilidad de su viaje. No había cumplido sus locos propósitos, volver a Khazad-Dûm y encontrar algún grupo de supervivientes que la revelaran sus secretos o morir en el empeño, ni ya lo iba a hacer. Tampoco podía seguir viajando sin hacer nada de nada en la vida: tenía sus proyectos inacabados, sus dibujos, sus joyas. Debería volver y enfrentarse a Tekk. Si seguía rechazándola intentaría olvidarlo, y si no lo conseguía viajaría a otra comunidad, lo más lejana posible, y tendría que continuar viviendo. Pero según volvía había vuelto a perder la perspectiva y, de nuevo, no contaba con una posible negativa.

Al traspasar los portones contempla de nuevo el esplendor de las forjas: cientos de enanos trabajando bajo una inmensa bóveda sujeta por impresionantes pilares tallados con

forma de árboles de extraordinaria altura. El ruido de los martillos y el calor de las hogueras consiguen estremecer su cuerpo y hacerla olvidar su objetivo durante varios minutos. Pero sacude la cabeza y atraviesa veloz todo el complejo, hacia una pequeña puerta que conduce a las habitaciones reservadas de su gente. Allí espera encontrarse con Tekk, inclinado sobre la fragua, como en aquella otra ocasión.

Ante la puerta se detiene unos instantes, pero enseguida recupera el ánimo y traspasa la puerta. Ante ella se encuentra Tekk, sentado sobre el yunque, aguardando su llegada. Las noticias viajan rápidas a través de la montaña. Vírfir está en el otro extremo de la habitación, pero, después de saludar a Nar con un breve movimiento de cabeza, sale por otra puerta dejándolos solos. Mientras tanto Tekk apenas se ha movido y no ha pronunciado ninguna palabra. Nar tampoco.

- He vuelto -dice al fin.

- Ya.

- He vuelto -repite-, para volverte a hacer la misma pregunta. ¿Te unirás a mí hasta el fin de nuestros días o tendré que marcharme nuevamente?

Tekk se levanta y se acerca a ella.

- Ya me preguntaste lo mismo hace diez años. ¿Por qué me haces esto, Nar?

- Porque tu respuesta no me sirve. No creo que sólo tengas tiempo en tu vida para la forja. Comprendo que quieras dedicarla a recuperar los secretos de nuestros antepasados, pero yo puedo ayudarte. Quiero ayudarte

- Ya tengo ayuda -dice Tekk en voz baja, pero Nar está demasiado exaltada y no le oye.

- Tu padre me enseñó lo mismo que a vosotros y he pensado mucho en este tiempo. Tengo ideas que podrían funcionar. Sería nuestro triunfo, el de los tres como cuando éramos pequeños. Por favor, déjame compartir tu vida. Por favor, te lo suplico...

- No puedo, Nar.

- ¡Pero por qué! -grita.

- Porque ya tengo toda la ayuda que necesito -responde él levantando también la voz.

Esta afirmación deja la habitación sumida en un profundo silencio. Sólo se oye el ruido de los martillos, amortiguado por la piedra, y la respiración de los dos enanos. La de Tekk tranquila y reposada y la de Nar profunda y furiosa.

- Comprendo -dice al fin-. ¿Quién es ella?

- No es eso.

- ¿Él? -pregunta incrédula.

Tekk no responde a la pregunta. Nar dirige la mirada a sus ojos por primera vez en el encuentro, pero él la rehuye rápidamente. Durante bastante tiempo el silencio vuelve a reinar en la sala.

- ¿Desde cuándo?

- Desde siempre.

Nar no puede resistir esta respuesta y se precipita hacia la salida. Tekk intenta interponerse pero resulta inútil: ella le empuja violentamente y al no poder apartarlo sale por la otra puerta, por la que saliera Vírfir. Da paso a otra pequeña habitación en la que, junto a una mesa, está sentado su otro primo. Él la mira inquisitivamente pero Nar le ignora y prosigue su camino.

- ¿Nar? -consigue preguntar antes de que ésta deje la habitación. Pero como única respuesta recibe un portazo.

- ¿Nar? -vuelve a preguntar desesperanzado. Pero tampoco obtiene contestación.

Nar vuelve a abandonar la montaña. Atraviesa los grandes portales consciente de que ya nunca lo volverá a hacer. Por fin ha roto el último eslabón que le mantenía atada a su gente y no siente el menor reparo por ello. Al oír a Tekk en un principio la furia le dominó, pero poco a poco esa furia ha dejado lugar a un inmenso sentimiento de alivio. No le importa haber vuelto a ser rechazada: por fin es libre, y lo sabe. Libre de hacer lo que quiera, libre de estar con quien quiera, libre de pensar lo que quiera. Se detiene y se quita la máscara, y pensando en Anfalas la arroja hacia la espesura. Seguidamente reemprende la marcha, cada vez más rápido, hasta que se descubre corriendo camino abajo. Sabe que en una pequeña cueva hay alguien que la está esperando.

***

El número de los enanos varones que se casan es en realidad menor a un tercio del total. Porque no todas las mujeres toman marido: algunas no lo desean; otras desean al que no pueden tener, y por tanto, no aceptan a ningún otro. En cuanto a los varones, hay muchos también que no desean el matrimonio, concentrados en sus artesanías.

Apéndice A III