Cumpleaños

por Mónica Sanz Rodríguez "Elanor Findûriel"

Tercer Puesto, Premios Gandalf 2009

 

            Quedan dos días para mi cumpleaños. Es la fecha que más me gusta del calendario. Toda la familia se reune en el salón de la gran casa y comemos y cantamos hasta el anochecer. El año pasado no hubo celebraciones, ya que mi primo el menor se murió de calentura, y la casa estaba triste. Pero mis catorce primos y yo salimos a pasear a la orilla del lago, y tío Godfred y tío Murcho me señalaron donde vivían los señores de la gente grande de la antigüedad en el mapa que la abuela tiene enrollado en el paragüero. Creo al tío Godfred, que viaja un montón, y al tío Murcho, que lee libros. Yo leo muy despacio, por eso mi primo se ríe de mí.

Mi primo y yo siempre vamos juntos. Le llamo mi primo, en especial, en singular, porque nació muy poco tiempo antes que yo, cosa de un mes. Siempre hemos estado juntos, aunque me hace rabiar demasiado a menudo, y se mete conmigo cuando pierdo en los juegos. Es malvado, a veces, mi primo. Pero otras veces me lo paso muy bien con él.

 

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            Mi primo dice que más allá hay un bosque. Luego un desierto, una llanura, pastos y el mar. Y mucho más allá, una montaña que seguramente guarda dragones, ogros, gigantes de piedra, malignos árboles andantes y espectros de muertos, todos guardando el tesoro más grande del mundo. Yo me río de él. ¿De dónde saca esas ideas?

            Sin embargo, me gusta pensar que más allá el mundo se despliega como una flor al viento, como las ondas del río cuando echo el corcho al agua, como el pan de la tía Sumunda cuando se infla por arte de magia en el horno. Aunque no tengo la más mínima curiosidad en salir y comprobarlo. Se está muy bien aquí, con las cañas y los juncos, el agua para nadar y las praderas para tumbarme.

           

            Cuando mi primo me habla de reyes y leyendas que ha escuchado, me interesan mucho. Siempre me han encantado los cuentos. Aunque yo no desee ser parte de ellos, como el bobo de mi primo. Se cree que es un caballero cuando agarra un palo lo bastante largo como para que parezca una pica de cazar jabalíes. Pero yo sé que le dan miedo los cuchillos de los tíos Murcho y Cavallo, aquellos grandes y pesados, que usan para abrir el cerdo los días de destace. Incluso recuerdo el día en que vio la sangre del cochino caer en el cubo, tras la cochiquera aquella tarde de junio, y bien que vomitó como una niña pequeña, pero luego se comía las tortas morenas como el más hambriento. A lo mejor no sabe que Missy las hace con sangre.

 

            Siempre trata de enseñarme cosas porque se cree que siendo más mayor que yo sabe más. Yo le grito que es sólo un mes. Pero siempre me hace burla. Aunque luego sigamos a lo nuestro sin acordarnos de las riñas.

 

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            Hoy mi abuela ha hecho pan de centeno, el que más me gusta. Es raro que se levante a cocinar, habiendo más mujeres alrededor, pero lo ha hecho. Creo que quiere anticipar mi cumpleaños. Sé que me quiere mucho, tanto como al resto de mis nietos, pero que me haga este pan de centeno en la víspera de mi cumpleaños es todo un gesto de su parte. Tío Tobold dice que debo portarme bien con ella todo el año como agradecimiento.

 

            Ya tengo preparado todo. No he dejado que nadie los vea, para que mañana sean una sorpresa. Me costó un poco conseguir las monedas, pero bueno, como tío Godfred viaja tanto, y mantiene esos tratos con gente extraña, al final las pude encontrar. Son muy bonitas, con un águila en un lado y una runa en el otro. Son perfectas. Sólo tuve que cambiar algunos de mis objetos por cordel de cuero a los curtidores del pueblo, y tuve todo listo. Los guardo dentro de una caña, debajo de la cama. Espero que ninguno de mis primos los haya encontrado estos días y se haya chivado.

 

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            Me he acercado al lugar donde murieron mis padres. Me gusta hacerlo en cada cumpleaños. Parece que los tengo más cerca, aunque no recuerde exactamente cómo eran. Yo era muy pequeño cuando murieron. Todo el mundo me dice que papá era muy callado y laborioso, y que mamá era bonita y alegre.

Tan sólo hay un retrato en casa, que la abuela saca el día del nacimiento de mi madre para mirarlo largamente. Una vez le pedí que me lo enseñara, a lo que ella accedió sentándome en sus rodillas. Me contó cómo mi padre estaba empeñado en terminar el granero antes de la venida de las lluvias, y cómo mi madre intentaba convencerlo de que con aquellos aires tan fuertes aquello además de complicado era peligroso. Se les cayó el granero encima. Simplemente. Un breve instante de troncos desplomándose y ya no tenía padres.

            Tío Tobold convirtió los maderos en leña ese mismo invierno. La cosecha había sido especialmente mala. Así que lo único que queda aquí es pasto y tierra removida. Sé que mamá quería salir de la casa de mi abuela, fundar su familia lejos del gran hogar y hacerse independiente. Lo sé porque mi abuela me reprocha lo mismo cuando no la obedezco. Eres como tu madre, me dice, intentando hacer las cosas a tu manera, intentando escaparte cada vez que puedes, intentando sacarme de quicio.

 

            Cuando la abuela me enseñó el retrato, mamá no me pareció tan bonita ni papá tenía pinta de ser el más listo del lugar. Todos los años, en esta fecha, me enfado con ellos un poco ¿por qué me dejaron solo con la persona de la que intentaban huir?

 

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            El año pasado le regalé a mi primo un juego de anzuelos y cebos brillantes y equilibrados. Algunos de los cebos incluso los hice yo. Trabajé casi un mes en la granja del viejo Runcho para conseguir el dinero. También un nido de crías de vencejo, que se murieron en menos de una semana. Mi primo se enfadó mucho, y me puso el nido con los pájaros muertos sobre la cama. Yo no sabía que cuando no tienen madre se mueren. Yo no me morí.

            Esa misma tarde nos fuimos de pesca, y me prestó uno de los cebos a modo de disculpa. Pesqué la trucha más grande que nadie en casa hubiera visto ¡qué trucha! Tía Pansy la cocinó con almendras y patatas en el horno de leña, y a mí me supo a gloria. Luego le escupimos las espinas a prima Caléndula hasta que nos pillaron y nos mandaron a dormir.

            Mi primo me decía aquella noche, en la oscuridad de nuestras camas, que pensaba dedicarse a la pesca para ganarse la vida. Si aquel día habíamos conseguido un pez de semejante tamaño... ¿qué no podríamos conseguir subiendo por el río hasta las pozas vírgenes? Fantaseó bastante rato hasta quedarse dormido.

            Yo me había guardado una de las espinas del cogote de la trucha, y la metí en la funda de la almohada. Algunas noches, antes de dormir, palpo la funda y tiento la espina. Siento como si ella fuera una promesa de futuro, un futuro sencillo pero próspero para alguien como yo, que no tiene a nadie en el mundo.

 

            Bueno, a nadie no. Tengo a mi primo.

 

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            Fuimos a por huevos, esta tarde antes de caer el sol. Si quieres cogerlos sin riesgo, tiene que ser a esta hora. Las madres de los polluelos se van a comer un rato antes de que llegue la noche, y así no tienes que sufrir sus gritos ni sus picotazos.

            Cogimos una buena cesta, mi primo y yo. Mañana seguro que tía Belba los escalfa para comer. Los huevos escalfados con hierbas y embutidos de tía Belba le gustan mucho a la abuela, aunque sus dientes ya no sean los mismos para mascar los salazones. A veces se queda largo rato con una rodaja en la boca, como si fuera un delicioso caramelo. El año pasado casi se ahoga, se quedó dormida con un pedazo de cecina sobre la lengua. Nos dimos un susto grande, pero luego nos reímos con ella del mal rato.

            Trepo mejor que mi primo, aunque él tiene mejor vista que yo. Así que hemos encontrado además unas cuantas setas de la madera. Los huevos con setas son lo mejor, sobre todo si se toman calientes. La primita Bell quería venir. Pero es muy pequeña y no la hemos dejado. Me pregunto qué me regalarán mis tíos mañana.

 

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            Antes de rendirme al sueño me he imaginado que mañana me regalarán una caja de tintas de colores.

 

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            No es justo lo que me ha pasado. No es justo que la abuela me haya castigado a pasar la mañana encerrado en la habitación.

            En el desayuno todos tenían mi pequeño regalo bajo las tazas y tazones. La primera en darse cuenta ha sido la pequeña Bell, que llevaba una semana preguntándome a escondidas. La tía Pansy se ha prendido el cordel con la moneda en el delantal y me ha hecho tostadas tan contenta con la dádiva. Tía Rosa se la ha puesto en el cuello. Tío Murcho la ha sacado brillo con la servilleta, pero cuando lo ha visto la abuela, le ha regañado.

            La abuela me ha agradecido el regalo con un beso. No es persona de muchos besos, la abuela. Pero me ha dicho que lo usará para marcar sus libros de cuentas.

            Tío Fredegar, tía Gomunda y mi primo no le han hecho demasiado caso al mathom. Cuando me he lavado las manos tras el desayuno, Bell me ha chivado que mis regalos estaban en la salita blanca, la que se abre solamente para las fiestas, celebraciones y funerales. Así que nos hemos ido los dos corriendo a abrirlos antes de que pudiera llegar cualquier vecino. Los regalos deben aceptarse antes de que cualquiera toque el timbre para venir a llevarse su mathom.

           

He encontrado un montoncito de regalos arreglados graciosamente en el aparador junto a la gran chimenea. Antes de abrirlos he contemplado el conjunto, como cuando vas a comer un asado y tienes mucho hambre, pero esperas un momento, un momentito, para mirar la salsa sobre la piel, la carne tierna que se abre, y el apetitoso olor que promete mil placeres culinarios.

 

Algunas cosas me han sorprendido, y otras me vendrán muy bien. No había pinturas, pero el último era una cucharilla de pescar de metal, un fino trabajo de artesanía pintado en lacas y colocado en una cajita. Pensé que era de mi primo, respondiendo a los cebos que le regalé el año pasado. Así que he salido corriendo para buscarlo y agradecerle su regalo. De veras que era para eso. Pero él se ha quedado callado. Preguntándole el motivo, me he enterado de que ese regalo era de parte de tata Baksu. Y una furia caliente me ha subido por el pecho.

 

No sé por qué lo he hecho. Quizá por la decepción. O porque aquel mes que trabajé en la granja de Runcho para comprar sus cebos aún me pesaba en los huesos, estuve a punto de perder un dedo segando para aquel tirano. O quizá porque me dolía que mi primo, mi querido primo, no se hubiese acordado de mi cumpleaños. He alzado el puño y le he golpeado con todas mis fuerzas.

 

Y entonces han llegado los gritos de las pequeñas, sus lloros, las voces severas de mis tías, los brazos de mis tíos sujetándome, la sangre que manchaba la boca de mi primo. Y la voz autoritaria de mi abuela llamándome salvaje, mentando a mi madre, su rebeldía, su beligerancia. Y el sonido del cerrojo de la puerta de la habitación condenándome sin mi desayuno de cumpleaños.

 

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Hoy quiero probar a pescar un poco más arriba del río. Pasadas las seis de la tarde mi abuela nos ha dado permiso para irnos a pescar un rato, ya que los familiares se habían retirado a sus casas después de visitarme por el cumpleaños. Como le he pedido disculpas a mi primo, mi abuela se ha quedado más tranquila. Y él no ha mencionado nada más de nuestra pequeña pelea.

Subimos con las cañas a cuestas por el Risco de la Viuda hasta pozas que no habíamos visto nunca.       Tío Seawine dice que hay un pequeño embarcadero subiendo la pendiente, con un bote que aún podemos usar. La temporada de primavera, hay un hobbit de Campo del Cordelero que viene a pasar unos meses para recoger y tratar juncos, y hacer cestería el resto del año en su hogar. Algunas veces hemos visto el humo de su hoguerilla desde casa, donde quema los restos de las hojas y cauteriza las yemas nuevas.

            El bote está en perfectas condiciones. Algo de agua que achicar de las lluvias de hace una semana, pero por lo demás, se mantiene a flote de maravilla. Nos subimos ambos a la barca y remamos un poco hasta alejarnos de la orilla. Mi primo ha traído un poco de carne en salazón, media hogaza de pan y una porción de ese queso picante que hace su padre con la leche de las cabritas. Como aún no es temporada de curanza, está tierno y casi se puede untar en el pan.

            Decido que quiero dejarle la cucharilla nueva a mi primo, como gesto de buena fe. De veras siento haberme peleado con él, con lo bien que nos llevamos siempre y lo mucho que nos apreciamos. Él la toma con sumo cuidado, como si fuera una extraña joya, y ambos suspiramos al verla volar atada al sedal antes de hundirse en el agua. Mientras recoge con suavidad el hilo, mi primo me dice que sí tiene un regalo para mí, pero que su padre y su madre no consideraban bueno celebrar mi cumpleaños, por la muerte del año anterior y demás. Así que le habían prohibido hacerme cualquier regalo o dar muestras de euforia aquel día que para ellos era de luto. Le pregunto qué es. Me dice que es una sorpresa. Tiento la espina del cogote del pescado, que llevo en el bolsillo para que me traiga suerte en la pesca. Seguro que sus padres le quitan mi mathom también, así que decido que cuando bajemos la colina se la regalaré.

            Parece que ha picado uno en la cucharilla nueva. Y uno grande. Intento ayudar a mi primo con la caña pero pesa demasiado. Espero que no me pierda el hermoso cebo nada más estrenarlo.

 

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No... puede ser... pero...

 

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            Las sábanas están frías cuando me meto en la cama. Palpo la funda de almohada hasta encontrar el descosido, por donde deslizo mi regalo de cumpleaños para guardarlo a salvo. A salvo de mis tíos, a salvo de cualquiera que quisiera quitármelo para celebrar su duelo.

            Es muy bonito. Relumbra cuando lo mueves, como si dentro de él hubiese una ardiente hoguera o un centelleante cristal de hielo. Mis tíos no deben verlo. Me lo quitarían. Si Bell se enterase de que tengo algo tan bonito, también lo querría. No se lo quiero enseñar a mi abuela. Ni a la tata.

            Primo Halfred ronca en la cama de al lado.

 

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            Me he despertado enmedio de la noche. Había alguien aquí hace un momento... lo juro. Sus manos me han rozado. Siento mucho frío, y descubro que estoy completamente destapado. Sudo como si estuviese en un horno. Me tumbo bocabajo y tiento en la almohada. Allí están ambos, la espina de pescado y mi regalo. No ha pasado nada. Cuando acaricio la superficie curvada y plana de la espina, y la suavidad de los bordes del presente, me siento un poco más seguro. Saco ambos del bolsillo secreto y los aprieto en el puño. La espina me hace sangrar. Pero no me importa. El frío de mi regalo alivia el dolor al presionarse contra la herida.

 

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            Ha sido primo Gundabald quien me ha despertado. Dice que estaba gritando. El sol ya entra por las ventanas, y me hiere los ojos. Siento el puño pegajoso, pero no quiero abrirlo. Dice que llevo toda la noche agitándome entre las sábanas. Que no le he dejado apenas dormir. Que si me siento enfermo o algo. Yo le respondo que no es asunto suyo.

 

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            Estaba en el baño cuando han entrado mis tíos, lavándome las manos. Tío Fredegar parecía muy disgustado. Yo no sé dónde está mi primo, no sé por qué me han preguntado con tanta insistencia. Es verdad que nos fuimos juntos a pescar, que se cayó al río, y volvió a emerger. Pero no recuerdo nada más.

            Eso es lo que les digo, a esos hipócritas, esos sucios traidores, esos malnacidos, esos envidiosos. Quisieron despojarme de mi cumpleaños, y su hijo tuvo que ocultarles que tenía un regalo para mí. Oh, sí, un precioso regalo. Un regalo tan hermoso que hasta mi primo ha titubeado antes de dármelo. Pero era mi regalo, mi regalo de cumpleaños, mío, para mí... debía dejar de sobarlo con sus ojos ansiosos, con sus manos sucias, con esa boca de estúpido toda abierta.

            Por eso peleé con él, por eso nos golpeamos y forcejeamos hasta que ya no se movió. Así aprenderá.

            Su padre no se cree que yo no sepa nada. Aprieto el regalo en mi mano herida y mojada. Seguro que sabe, sí, seguro que sabe que lo tengo. El bocazas de su hijito no supo mantenerse callado, y ahora su padre también lo quiere. Pero no me lo arrebatará. Antes le haré lo que le hice a su sucio hijo, llenarle la boca de tierra y hierba, y ahogar su patético cogote.

            Tío Fredegar me toma del hombro, apretando muy fuerte, y pone su cara muy cerca de la mía. Me grita, pero yo no lo escucho. No tengo ni idea de dónde está mi primo. No lo sé. No lo recuerdo. No lo sé. No lo sé.

            Salgo corriendo del baño en cuanto tengo ocasión. Atravieso la sala, el vestíbulo, la puerta de entrada, y me encuentro en el jardín frontal. Camino casi corriendo por la senda de piedras que pusieron los mayores hace tres años, y entro en el cobertizo, acurrucándome en una esquina para que no vean mi sombra. Salen en mi busca, husmean por los matorrales, susurran fuera de las paredes de mi nuevo refugio. Pero cuando abren la puerta les arrojo una azada, así que cierran y me dejan solo.

 

            Me da igual. Solo estoy mejor. Solo estoy más seguro.

 

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            Cuando lo llevo puesto todo está bien. Hay voces que susurran, casi cantan, en lenguas que no conozco, y veo las cosas más vívidamente, con más claridad pero también envueltas en una maravillosa niebla. Me siento parte de un mundo que me acuna y me recibe con cariño. Ellos no lo saben, no lo quieren saber. Tampoco quiero que lo sepan. No se lo merecen.

 

            Sé que han salido a buscar al bobo de mi primo. Pero no lo encontrarán, no, no sabrán qué ha sido de él. Soy muy listo, sí, sé dónde esconder las cosas para que no las encuentren. Nadie conoce los bosques como lo hago yo. Piensan que los bosques son para salvajes como mi primo y yo, no se molestan en caminar, ni en pescar, ni en recolectar frutos. No saben nada. Estúpidos ignorantes. A veces vuelven a abrir la puerta para preguntarme cosas. Pero yo no les contesto. Quieren pillarme con la guardia baja, seguro, pero esta también es mi casa y no pienso marcharme. A veces incluso me traen cosas, como una manta o un caldero de agua. No los necesito, no los quiero.

            Revuelvo entre mis cosas. Hay algunas cáscaras de huevo aún por el suelo. Ayer cogí unos pocos, parece que las aves se han dado prisa en nacer y casi no quedan apetitosos huevos crudos en los nidos. Dos había, de alondra, en el último que encontré. Dos huevos y un polluelo, escuálido, feo, pelón, patético y chillón. Le retorcí el pescuezo con dos dedos, tan penosa era su existencia que no hizo falta más. Me recordaba a alguien.

            Al cabo de un rato me acordé de a quién. Y me reí hasta que dolió al escuchar los chilliditos de Bell al encontrar el monstruito muerto en la almohada de mi primo.

 

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            Quiero que me dejen en paz. Que se callen. Que dejen de llamarme, que dejen de abrir la puerta de mi cobertizo. Que dejen de decirme palabras feas, cosas malas, de intentar que vuelva a la casa. Sé que conspiran, que susurran, que planean. Los oigo por la noche cuando creen que no puedo escucharlos, encaramado a la ventana de la cocina. Incluso me han puesto un mote, un apodo asqueroso y malsonante. Ya ni siquiera me llaman por mi nombre. Soy más listo que ellos, tengo un don. Un regalo. Mi regalo de cumpleaños. Con él, no me ven cuando me escurro en sus patéticas vidas, en sus patéticas habitaciones, en su patética despensa, y lleno de insectos los cereales o agrio la leche haciendo un agujero en la tina.

            Me da asco la comida que cocinan. El otro día prima Fuin me trajo una rebanada de pan con pasas. Sólo el olor me hizo tener náuseas. Ella también vomitó, cerca de la puerta. Dijo que olía a ratones podridos. Vio los huesos de conejo y perdiz y se echó a llorar. No la he vuelto a ver desde entonces.

            Yo no sé cómo ese pan de la abuela pudo gustarme en el pasado. Es horrible, me ahoga, sabe mal, está seco y pastoso. Lo escupí en un rincón, y el resto lo arrojé por el ventanuco. El olor de la comida que se esparcía por el jardín también era repugnante.

Mejor cierro la ventanita. No me hace falta nada ni nadie.

 

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            Como a un perro. Ingratos, malnacidos, despojos humanos. Así me han echado. Y ahora trepo por las piedras frías, buscando un lugar para refugiarme, para esconderme, para huir de aquellos que deberían ser mi familia y no mis rastreadores.

            Mi abuela decidió que yo ya no tenía que vivir en casa. No creo que le doliera. Vieja estúpida. Aquellas lágrimas que soltaba eran de mentira, todas de mentira. Sucia, engañosa, malvada. Dice que me he convertido en un animal. Dice que soy taimado, malvado y sádico. Bruja pelona.

            Y con el bastón hurgó hasta llegarme a las costillas, a tientas, mientras estaba durmiendo plácidamente en mi rincón. Y me sacaron en volandas, a empujones, a tirones, y me tiraron piedras, y me llamaron salvaje, indeseable... asesino...

 

            Me llamaron asesino.

 

            Y ahora sé que me buscan. Con hachones encendidos, me buscan porque piensan que maté a mi primo ociosamente, sin motivos. Y tenía motivos. Oh, sí, claro que los tenía. Él quería robarme. Quería quedarse mi regalo, mi precioso regalo de cumpleaños. Quería reírse de mí, del pobre yo, que no tiene padres, que no tiene hermanos, que no tiene regalos de cumpleaños.

            Y ellos lo quieren. Sé que lo quieren. Envidian las cosas que puedo ver, que puedo oler, que puedo hacer, hasta dónde puedo llegar. Por eso me echan, para cazarme como una alimaña.

            Pero yo soy más listo. Me esconderé donde nadie pueda encontrarme, donde no se atrevan a entrar. Y yo estaré dentro, riendo y jugando, guardando mi espina de pescado y mi codiciado regalo. Mi precioso, precioso tesoro. Sméagol es más listo que todos ellos. Sméagol sabe.

 

            Nunca me encontrarán.