De la Elendilmir

por Mónica Sanz Rodríguez "Elanor Findûriel"

Tercer Puesto, Premios Gandalf 2006

 

--------Pero el Rey Elessar, cuando fue coronado en Gondor, inició la reorganización del reino, y una de sus primeras tareas fue la restauración de Orthanc (...) Saruman, en su degradación, no se había convertido en un dragón, sino en una corneja. Por último, tras una puerta escondida que no podrían haber encontrado ni abierto si no hubiera contado Elessar con la ayuda de Gimli el enano, se reveló un gabinete de acero. Quizá lo habían preparado para recibir el Anillo; pero estaba casi vacío. En el cofrecillo sobre un alto estante había dos cosas guardadas. Una era una cajita de oro sujeta a una fina cadena; estaba vacía y no tenía letra ni signo alguno, pero sin duda había guardado el Anillo en torno al cuello de Isildur. Junto a ella había un tesoro sin precio, largo tiempo lamentado como si se hubiera perdido para siempre: la misma Elendilmir, la blanca estrella de cristal élfico sobre una redecilla de Mithril, que había pasado de Silmarien a Elendil, y que éste había escogido como la señal de la realeza del Reino del Norte[1].--------------------------------

 

Hoy mi madre está muy extraña. Por la mañana, cuando nos hemos sentado a bordar cerca de la ventana (la luz, ahora en otoño, es más escasa pero menos dañina para estos menesteres) casi no me ha hablado. Siempre canturrea mientras trabaja en la casa, mientras se cepilla el cabello, mientras camina por las calles... pero hoy se mantiene en silencio. Y ahora me ha deslizado en las manos este rollo de pergamino, ancho y envejecido, y me pide que lo lea.

            Sé que esta tarde viene a vernos la prima de mi madre. Siempre que viene a casa ella se pone contenta, y saca la lavanda de los cajones de la cocina para que su olor inunde la casa. Aunque vivimos cerca, la pobre prima de mi madre tiene demasiados hijos que atender como para visitar a los parientes, así que viene poco. Me encanta cuando entra en casa porque es muy alegre, y siempre me dice que soy demasiado lista para sólo tener veintiséis.

            Así que hago caso a mi madre mientras sale de la estancia, susurrando una de sus canciones favoritas y trasteando en la cocina. Quizá no deba preocuparme.

 

COPIA OFICIAL DEL REGISTRO DE LA TORRE BLANCA

 

Del destino postrero de Isildur

 

Siendo 15 de Yavannië, año Quinto de la Cuarta Edad.

Extraído del relato preciso de Su Majestad Elessar de Arnor y Gondor, tomado a su vez del relato de los hechos que le fue relatado por la dama Belladona.

Redactado el mismo 15 de Yavannië del año Quinto de la Cuarta Edad, por el escriba Ilberic de la Torre Blanca.

 

            Prosigue a estos datos la historia completa que fue confiada a los anales por el relato de Elessar Piedra de Elfo, a su vez tomada del testimonio que a él confió la dama Belladona. Su narración viene a completar uno de los misterios más grandes y dolorosos de la historia de los Hombres en esta tierra llamada Eriador: el destino del Rey Isildur, aquel que consiguió derrotar al Señor Oscuro Sauron, y cortar el dedo que vestía el Anillo de Poder.

Esta copia salió de los archivos en el día vigesimosexto de Narquelië del año trigésimo de la Cuarta Edad, requerida por el propio Rey para ser entregada al Escudero del Reino Peregrin Tûk, Thain en la tierra occidental llamada La Comarca, con motivo de su segunda visita a esta ciudad (desde los días de la Guerra del Anillo).

 

<< La pequeña dama Belladona yace en una cama de los subterráneos del castillo, y sé que está herida de muerte. Antes de caer se ha acercado a mí y me ha mirado a los ojos en busca de ayuda y comprensión. Sé que sólo puedo ofrecerle consuelo y escucha, pero parece ser lo que ella busca. Mi esposa ya ha conversado con ella, y regresa con los ojos llenos de dolor y nostalgia. Pero también de alegría y ternura. Le ha hablado del mar, pero mi Dama no ha sentido añoranza ni tristeza, porque le ha traído recuerdos de lo antiguo, de cuando su pueblo era grande y la tierra era fuerte; incluso historias de cuando aún no se habían cometido las matanzas de elfos por elfos. Yo siento sus palabras inalcanzables, pero mi Dama insiste en que debo hablar con ella. Y he entrado, temeroso pero firme, con la Elendilmir que ella me ha entregado apretada en el puño. “Le gustará verla de nuevo” me ha susurrado, mientras me abría la puerta.

 

Hace frío en la habitación cuando entro, y la escasa luz brota de dos candelas al lado de la cama. Afuera amanece, pero la ventana del sótano es demasiado pequeña para iluminar aún el interior. Ella está tendida en la cama, demasiado grande para su pequeño cuerpo, cubierto por una sábana blanca. Sus pies destrozados ya han empapado en sangre el borde inferior de la tela inmaculada. Aprieto más el puño mientras me arrodillo en su cabecera. Sé que está tan débil que no puede hablar con claridad, y me acerco a su rostro para poder entenderla.

 

Ella abre los ojos, e inmediatamente percibe un resplandor diferente en la habitación. Durante todo el tiempo, la Elendilmir ha estado brillando con fuerza desde que tocó mi piel. Tomo su pequeña mano entre las mías, y le pongo la joya en la palma sucia. Ella sonríe muy suavemente, y alza la estrella como para verla mejor. Sabe que hay algo que ha retornado a su corazón, algo que creía perdido hace mucho tiempo, y se le ilumina la oscura mirada.

— Así que has vuelto a mis manos... — dice ella, ausente, en un hilo de voz —. Hace mucho que se nos trenzaron los destinos, pequeña.

De repente, sus ojos se revuelven y se dilatan, bajo una expresión ida. Contengo el aliento. Ella se queda en silencio, con esos ojos inexplicables mirando hacia ningún lugar en concreto, en medio del más profundo ensueño. Pero un hondo dolor vuelve a contraer su cuerpo exhausto.

— Dicen que tienes algo que contarme, mujer — le digo a la pequeña, que ahora cierra los ojos y se estremece, dolorida, en la cama.

— Debes sumergirte en las visiones del pasado y llevarte contigo las cicatrices. Yo te diré cómo se hundió en tu piel este cruel acero — contesta ella, jadeante, intentando recuperar el aliento. Abre los ojos y me mira intensamente, con la luz de la Elendilmir titilando en sus pupilas. Su mirada me hace mucho daño, me supera. Me siento perdido y confuso si me mira así...

— Tus ojos me hieren — le respondo, firmemente, rehuyendo su mirada. Ella se queda en silencio un momento.

— Te miraré con mis ojos de antaño, Rey de los hombres — anuncia entonces, alargando su mano libre y devolviendo mis ojos a los suyos, que ahora confortan con una luz extraña —. Así no te heriré. Aún fui capaz de actuar con el corazón, aunque estuviera hundida sin remedio en la oscuridad, bajo aquella sombra sin nombre que derribó altas torres y alzó terribles colmillos de acero hacia el cielo nuboso. Entonces sí espantaba de veras, con ojos de animal...

           

“Hace demasiado tiempo que aquel corruptor me tomó en sus hilos, como una mezquina y venenosa araña. Demasiado tiempo como para recordarlo con claridad, pero también demasiado como para olvidarlo. Y sucumbí, profunda y dolorosamente sucumbí a sus palabras, que me desgarraron la mente como dagas envenenadas. Nada quedaba de mí tras la interminable tortura, cuando me ordenó deslizarme por las corrientes frías y muertas... Olvidé lo que era y no recordé nunca más mi nombre, ni mi naturaleza... Era un arma ciega, sorda, sin voluntad... O eso creí cuando hundía mis dedos en el barro ensangrentado, mientras arrastraba a lo profundo a aquellos que aún seguían flotando con vida en las aguas enfermas...

“Mordía sus heridas y lamía su sangre, me había convertido en una bestia, en un animal despiadado... Disfrutaba viéndoles ahogarse... Sus bocas se agitaban como presa del delirio, sus brazos y piernas trataban de avanzar hacia la superficie; pero yo no los soltaba, y les ataba las brillantes cotas en las algas de lo profundo... y se quedaban blancos, blancos e hinchados, con los ojos vacíos, como un grotesco capricho de una mente loca...

“Y después volvía a los pies de mi señor, complaciente, temblorosa. Así fue durante mucho tiempo, y no puedo contar cuántos fueron arrastrados hacia la muerte congelada entre mis dedos...

 

La pequeña se estremece de nuevo, alzando al aire un doloroso aullido, comprimiendo sus piernas contra el vientre.

— Ya no queda casi tiempo... pero debes saber... debes conocer...

 

“Fue una profunda noche, fría y cerrada, cuando me encontré luchando de nuevo entre los cadáveres, hundiéndolos en el río. Tironeaba de sus ropas, les clavaba sus propias espadas, les atrancaba bajo los troncos muertos de la orilla... enfebrecida, enloquecida, muerta por dentro... en la oscuridad... era ella quien me sumergía cada vez más en la locura... no podía ver nada, sólo tentaba con mis dedos y ahogaba, ahogaba...

“Y en un silencioso momento, en un hermoso destello, mi antiguo espíritu se asomó a mis ojos. Entre toda aquella vorágine, en el lamento constante de la perdición, vi una estrella... Una estrella tan brillante y estremecedora como la felicidad...

Vuelve sus ojos hacia la Elendilmir, y la aprieta aún más en la palma.

“Y allí estaba él, hermoso y fuerte, alzando su voz potente entre los aullidos de la batalla... con la noble frente estrellada, brillando más allá de las miradas mortales. El corazón se me encogió en el pecho, pues nunca había visto nada semejante... tan noble y poderoso que ningún dolor parecía alcanzarle, ningún arma herirle, estaba más allá, mucho más allá... Entregó algunos objetos a su escudero, y éste lloraba... y después, de repente, ya no estuvo allí más... desapareció para los ojos de los enemigos. Aturdida lo busqué con la mirada y pude encontrarlo, pues la estrella seguía brillando más allá de su escondite de sombras... como un destello de firme esperanza...

 

---------Isildur se volvió hacia el oeste, y cogiendo el Anillo que prendido de una fina cadena le colgaba del cuello metido en una pequeña bolsa, se lo puso en el dedo con un grito de dolor, y nunca los ojos de nadie volvieron a verlo en la Tierra Media. Pero la Elendilmir del Oeste no podía apagarse y de pronto refulgió roja e iracunda como una estrella ardiente. Los Hombres y los Orcos se hicieron a un lado temerosos; e Isildur, cubriéndose la cabeza con una capucha, se desvaneció en la noche (...)

Así fue que llegó por fin a orillas del Anduin en lo más profundo de la noche, y estaba cansado (...) Pero para los ojos nocturnales de los Orcos que allí atisbaban vigilantes, se destacaba como una monstruosa sombra (...) Dispararon sobre ella sus flechas envenenadas y huyeron. Innecesariamente, porque Isildur, inerme, cayó sin un grito con la garganta y el corazón atravesados, de espaldas al agua. (...)[2]---------------------

 

Su rostro se contrae de nuevo, y aquellos que la oyen gritar se agitan en los pasillos, perdidos y confusos. El latido de su cuerpo se acelera, ahogándola y contrayéndole el corazón. “Ya está, ya está” musita... Sé que siente que al fin ha llegado el momento de dejarse ir, de abandonarse a aquella oscuridad que se la quiere tragar... de sumergirse en el pozo más profundo de la muerte. Cierra los ojos y veo el destello de sus lágrimas fluyéndole por las sienes. Vacía su pecho del aliento de la vida.

Pero yo la tomo de la nuca con fuerza, susurrándole a los oídos, y un torrente de aire la inunda de nuevo. Abre los ojos y me agradece con la mirada triste y desesperada mi consuelo de sus dolores. Y se le rompe la desesperanza y sonríe.

 

— Esta misma mirada estaba en los ojos que vi aquella noche... los ojos del Rey Estrella... — balbucea, emocionada. Y mientras la acuno en mis brazos toma aliento de nuevo, y reúne sus fuerzas para proseguir la historia. Su voz se está apagando, al igual que la llama que la alimenta. No sé a qué se aferra aún para respirar, así que estrecho mi abrazo y pienso “Agárrate a mis brazos, yo te sostendré”. La pequeña se refugia en mí, y comienza de nuevo.

            — Era la visión más hermosa que mi mente corrupta había visto... las negras nieblas me habían eclipsado el recuerdo de aquellas gentes hermosas de antaño, cuando el mundo acababa de nacer, y los primeros hijos se acercaron al lago para llorar por vez primera; pero la fría luz de la frente estrellada me lo había traído de vuelta, estaba convencida entonces. Aquel destello se sumergió en el río y de repente su cuerpo reapareció tras la estrella... pude verlo, pero mi mente ya no pensaba en ahogarlo. Lo tomaría en mis brazos, alejándolo de batalla y muerte, y le mostraría las hermosas cuevas donde el río se tranquiliza. Le daría de comer lentejas de agua y lo llevaría hasta los confines, donde al fin podría escapar. Me sumergí y nadé hasta él rápidamente, con júbilo...

            “Sé que al ascender a la pequeña isla me vio en un momento glorioso, sé que alargué mis brazos hacia él y que él me había visto. Pero no llegué a tiempo, no fui lo suficientemente rápida...

            Ella vuelve a estremecerse, pero mis manos la mantienen atada al mundo con una inquebrantable seguridad. El nudo de mis brazos se estrecha mientras ella chilla.

 

 

            Tres mujeres asisten ya a Belladona, lavando su cuerpo bajo las sábanas blanquísimas. En sus rostros se refleja un pavor inmenso, pero a la vez una fuerza gloriosa que les impulsa a seguir adelante.

            Permanezco arrodillado en el suelo al lado de la cama, asiendo con fuerza la mano de la dama. Las fuerzas ya la han abandonado, y sólo es capaz de hablar en susurros. De repente no me siento seguro de querer escuchar la historia, ahora que esta herida se ha abierto de nuevo. Pero los murmullos continúan fluyendo, y su sonido es el de la corriente de un manantial en deshielo.

            — Dos fueron las flechas que le traspasaron el cuerpo con violencia, dos flechas negras y terriblemente dentadas. Pude ver las puntas penetrar en su carne y surgir ante su pecho y a través de la garganta, noté el sabor de su sangre en mi boca cuando cayó a las aguas, y su poderosa presencia cediendo al congelado aliento de la muerte... Ahora ellos lo cogerían y lo deshonrarían, quemarían su cuerpo magnífico y cortarían sus manos y cabeza. Les vi hacerlo miles de veces, les vi devorar las entrañas de guerreros nobles y valientes mientras aún salía vaho de sus cuerpos masacrados...

            “Pero no esta vez. No esta vez. Lo tomé en mis manos y lo hice hundirse en la corriente para que ellos no lo pudieran encontrar... lo llevé muy profundo, allí donde nunca se atreven a ir, criaturas cobardes, temerosas de las aguas negras. Aunque pesaba demasiado para arrastrarlo corriente abajo.

            “Así que lentamente lo despojé de su calzado, sus ropas, sus adornos... liberé su cuello del peso fantasmal de una gruesa cadena, y desprendí la brillante estrella de su frente para que no delatara nuestro paradero... arrojé sus ropas donde ya descansaban sus armas en la orilla, para fiesta de las bestias oscuras, y oculté en silencio las joyas de su cuerpo... y lo llevé lejos, allá donde nunca jamás lo encontrarían. Su blanca piel surcada de cicatrices brillando como una concha de nácar, su hermosa melena ondeando en la corriente, enganchándose en las algas del río, rozando el limo...

           

---------Cuando las gentes reflexionaron más detenidamente sobre este tesoro secreto [el que se encontró en Orthanc], se afligieron. Porque les pareció que estas cosas, y con seguridad la Elendilmir, no podían haberse encontrado a no ser que estuvieran en el cuerpo de Isildur cuando se hundió en el agua; pero si ello hubiera sucedido en aguas profundas de fuertes corrientes, éstas las habrían arrastrado con el tiempo hasta lugares muy lejanos. Por tanto, Isildur debió de haber caído no en la corriente profunda sino en aguas de la orilla, no más altas que un hombre. ¿Por qué, entonces, aunque había transcurrido una Edad, no se encontraron huellas de sus huesos? ¿Los habría encontrado Saruman y los habría deshonrado quemándolos en uno de sus hornos? Si así había sido, era un hecho vergonzoso; pero no el peor que hubiera cometido.[3]----------------------

 

En contra de mi voluntad, me estremezco con violencia. Mis manos tiemblan, aferradas aún a sus pequeños dedos. Siento el corazón palpitando en mi garganta. Trato de hablar, y la boca no me responde. Tengo que cerrar los ojos, mientras noto el sudor frío bañando todo mi cuerpo. Las imágenes son demasiadas, y pasan demasiado rápido.

Muchos quisieron formular esta pregunta... Todo mi linaje ha sufrido, durante años y años, con la duda sobre la deshonra innombrable... Reúno mis fuerzas para empujar el aire desde el pecho y articular las palabras.

            — ¿Dónde lo llevaste, mujer? ¿Dónde reposa ahora mi ancestro, aquel a quien llamábamos Isildur?

            Una cálida y diminuta sonrisa se asoma a los ojos vencidos de la pequeña. Su voz ya no es más que un quedo aliento, rendido al dolor.

            — En la tierra de sus sueños, querido Estel. Allí donde moró tu estirpe hasta que huisteis de la cólera de los Valar...

            Y entonces, de súbito, siento la luz y la bondad de la pequeña criatura penetrando como un torrente de bien en mí, y sé que las tinieblas han abandonado su diminuto corazón. La voz de la mujer es ahora tan sólo el roce de la brisa en los oídos...

 

— Remonté desde las más oscuras profundidades el cauce sepultado del Siril, donde las algas de la luz moran... vi a través de las ventanas de Nindamos los útiles petrificados, las cornisas labradas cubiertas de moluscos... los fuegos de antaño resplandecían dentro de chimeneas de mármol en destellos de rojo coral...

            “Alcancé con gran trabajo las faldas escarpadas del Meneltarma, y penetré en los muros blancos de Armenelos... recorrí sus empedrados invadidos de musgos vivos, y las estrellas de mar me hicieron mil guiños. Las puertas podridas del palacio cedieron a mis fuerzas, arrojando destellos de oro bruñido en las paredes aún en pie, y recorrí en silencio los salones en penumbra donde los peces de lo abismal se deslizan levemente, con sus rostros monstruosos y su verde inflorescencia...

            “Y ya en el salón del trono me detuve, y recompuse los hermosos miembros del Rey Estrella en el asiento de metal. Cubrí su pálida piel con las flores de la mar, que nunca se marchitan... y en sus cabellos trencé una corona de fuego, en coral y conchas, cual alas de lo eterno... allí moré durante tres días y tres noches, reverenciando sus blancos pies y su majestad callada de las profundidades, mientras su carne se consumía en la Tierra del Don, mientras se disolvía su cuerpo magnífico en las corrientes que acarician Númenor en estos días.

“Y hube de regresar para no ser buscada, guardé en mí celosamente durante el resto de la eternidad este secreto, más allá de torturas y tormentos, porque el brillo de la Elendilmir vivía en mí aun cuando el Mago Blanco me la arrebató... el brillo de la hermosa Elendilmir...

 

La pequeña calla para siempre, con el brillo de su mirada ya apagado; y yo le cierro los ojos entre las lágrimas, musitando bendiciones y palabras de agradecimiento... >>

 

-------------------------------------------------------------------------

 

Al sentarme a la mesa aún no comprendo por qué mi madre me ha dado el pergamino. Cuando me ha llamado lo he dejado en mi cuarto, junto a la cama, encima de mis toneladas de papeles y cuadernos. Allí se ha quedado, paciente y oscurecido, abierto como las alas de las cigarras. Oigo a mi padre trastear en el salón, y que ha traído tres nuevos sietes en el pantalón; mi madre le hace reproches, pero él se ríe.

Mientras compartimos nuestra comida no puedo parar de pensar en lo que he leído. Aquella tierra es tan remota y desconocida para mí como la historia que cuenta el escrito. Yo no he salido nunca de nuestra tierra. A decir verdad, casi ni he salido del pueblo, solamente para visitar a mi abuelo y a los parientes en días de fiesta. Y alguna que otra incursión a las Torres, desde las que en los días claros se ve el mar. Y sólo porque mi madre se empeña, a mí me da miedo la altura. Y el mar me deja un nudo en el corazón del que luego no puedo encontrar explicación ni alivio.

Después de comer mi padre vuelve a irse. Están poniendo suelos en uno de los almacenes de grano, y él siempre se emplea a fondo. El trabajo lo define y enriquece. Yo vuelvo a mi lectura, pero me encierro en la habitación. Necesito silencio. Prímula entra, busca sus botas para la huerta y se va. La tarde nace muerta ya en su comienzo, el otoño se va comiendo las horas de luz.

 

-------------------------------------------------------------------------

 

<< Todos los preparativos están terminados. Es de noche cuando salimos de la ciudad, y todas las luces de las calles están apagadas. La guardia, embozada, nos precede en silencio cerrando puertas y apagando luces. Tras de mí marcha la carreta cubierta, y en la ventana de la torre blanca nos observa mi señora, con los puños apretados y los ojos húmedos. Ni siquiera las ruedas, chocando con el empedrado, emiten más que un suave susurro.

Cuando llegamos a la ribera todas las estrellas están relumbrando. Hay quien susurra, amortajado entre los telones de la carreta, que el cielo llora. Su hondo alarido llenó de oscuros gritos los sótanos de palacio, a los pies de la cama ensangrentada, hace tan sólo unas horas. Habla con ella aun a sabiendas de que no le escucha, no ha parado de susurrar y despedirse entre llantos desde que colocamos su cuerpo en el carro. Ni siquiera ha querido mirar en la pequeña cuna, entre el lino blanco. Todos callamos, porque su dolor nos invade en terribles oleadas.

Al divisar el cauce del Anduin, extendido en la llanura como una gigantesca serpiente de plata en la noche, algunos de los hombres se detienen y se niegan a proseguir. Las voces que susurran entre la corriente no parecen darnos la bienvenida, y elevan un escalofriante lamento corriente arriba. Tan sólo seis alcanzamos la ribera, conduciendo el carro y apagando nuestras antorchas. Ahora la luna es quien nos permite verlas, danzando en las aguas poco profundas, arañando el limo y mesándose los cabellos.

Tres de ellas se acercan a la orilla, aferrándose a las pocas hierbas que crecen de las rocas. Nosotros desmontamos en silencio mientras sus quejidos se nos clavan en la nuca, y abrimos la puerta trasera del carro. Mis hombres intentan que yo permanezca en el caballo, pero no deseo dejar incompleta la entrega. Es mi forma de decir “gracias”, al fin y al cabo. Aunque al final no es necesario deslizar los tablones hasta la orilla.

 

Él sale por la portezuela, llevando el pequeño cuerpo amortajado en brazos. Mis hombres dirigen la mirada hacia otro lado. No les culpo: mirarlo a los ojos es muy difícil ahora.

Arrodillándose en la orilla introduce el cuerpo de la pequeña en el agua, donde muchas manos deslizantes lo sostienen y hunden, tiran de la tela, arañan sin uñas sus morenos miembros, abarcan con las manos inertes de la pequeña sus rostros, palpan su boca y destrenzan la larga, larga cabellera... hondas señales de duelo que nos encogen el corazón y nos hacen estremecer profundamente. Su cadáver es recibido en las corrientes que lo palidecen y convierten en misteriosa transparencia. Ellas se vuelven hacia nosotros, con sus ojos inexplicables, y lanzan miradas temerosas a aquel que se encoge en el agua y hunde el rostro en las grandes manos, desprendido al fin de la piel de aquella a quien veneraba.

Y ellas la arrastran, hunden su presencia en el agua helada y conducen sus revuelos corriente abajo, sin darse la vuelta. Aún susurrando sus lamentos afilados, aún llorando sin lágrimas y desprendiendo los largos cabellos de la dama para trenzarlos con los suyos propios.

Uno de mis hombres se acerca con cautela para intentar que él salga del agua. Pero no es preciso, con sus fúnebres ademanes sale sin ayuda, temblando con violencia. Ponemos una pesada manta en sus hombros que se agitan, y lo conducimos con dulzura de nuevo a la carreta.

En el camino de vuelta, la luna se ha vestido de luto en negras nubes. No es preciso que permanezca por más tiempo en la ciudad, así que le decimos que puede volver a sus tierras. Pero él parece no escucharnos. Ni siquiera ha querido mirar en el blanco nudo de sábanas que reposa junto a mi Dama en el salón blanco de Minas Tirith.

 

A la mañana siguiente se marcha, en silencio y cuando aún no se ha despertado la ciudad. Carga su carreta, y parece hacer caso a las instrucciones que le dan los asistentes de palacio. Nosotros guardaremos las memorias que él parece querer olvidar mientras se aleja, entonando bajito un lamento que nos suena a melancolía, conduciendo su pequeño carro hacia el horizonte. >>

 

----------------------------------------------------------------------

 

            El pergamino termina aquí, pero aunque lo releo de nuevo hasta que parece que mi cabeza va a estallar, aun así no consigo encontrarle sentido dentro de mi vida. Se hace de noche muy pronto, y los grillos me dicen que debo cerrar la ventana: seguro que la escarcha quiere asomarse esta noche.

            Oigo voces, ruidos y risas en el salón. Seguro que la prima de mi madre ha llegado. Así que me aliso los pliegues de la falda, repaso las horquillas de mi moño y salgo al recibidor.

            De inmediato ella me saluda y me echa los brazos al cuello. Por lo visto venía directamente de visitar a sus tres hermanos menores, y traía algunos regalos de su parte. Ya sabía yo que la tía Rubí me mandaría compota de manzanas.

            Se sienta y toma el té, como todas las tardes. Mi madre y ella conversan mientras yo rizo lazos para hacerle una rosa a tía Rubí como respuesta a su regalo. Sólo cuando ambas se levantan y salen al banco de la entrada las sigo. La rosa puede esperar.

            Desde el jardín frontal se ve el atardecer. Es un pueblo hermoso. Mi madre se descalza, yo la imito. Siempre me han acomplejado mis pies, y el llevarlos calzados siempre hace que la gente me mire raro. Pero pienso en mi madre, y entonces me da igual. Ella tampoco tuvo vello en los pies al nacer, y me dice que es una hermosa herencia. Me costó cuando era más pequeña, pero ahora ya casi me da igual. El frescor de la hierba en las plantas me hace reír levemente, como una niña pequeña.

            Es una hermosa tarde, y el día se sume en oscuridad con una suave lentitud.

            Mi madre le cuenta a su prima nuestro último viaje a las Torres. Cómo brillaba el mar en la lejanía, cómo gritaban las aves extrañas que osan adentrarse hasta las colinas, con sus picos de acero y sus pies de rayos de sol. Entonces recuerdo cómo canta mi madre al subir a las Torres, y me da angustia y miedo, aunque no pueda dejar de escucharla. Algunas veces intenta que yo cante con ella, pero no puedo entrelazar con mi voz tímida las armonías extrañas y remotas que le salen del corazón. Mi hermana tiene ese talento, pero viene pocas veces con nosotras. Dice que luego tiene pesadillas. Y además me acuerdo de mi abuelo Halfred, viejo, muy viejo y pequeñito, despidiéndose de nosotras y caminando con torpeza más allá de las Torres para no volver jamás. Mamá me dijo en aquel entonces que iba a reunirse con la abuela, pero yo era demasiado pequeña para comprender que le había llegado la muerte.

            Entonces el entendimiento se abre paso en mí de golpe, como un súbito despertar.

 

Comprendo de repente que aquellos papeles que mi madre me ha dado no hablan de una historia tan extraña. Que aquella mujer pequeña era mi abuela, y que aquel hombrecito hundido en el dolor era mi abuelo. Que mamá nació en Minas Tirith aquella noche oscura, y que el abuelo recorrió los vastos círculos de piedra en busca de la abuela “el segundo Gamyi en recorrer la Ciudad Blanca”. Que ella dejó el testimonio de su vida callada, diminuta y oscura, antes de morir, en los anales del reino lejano de Gondor. Y que las manos de un rey fueron las que asió en el momento de expirar. Entonces vuelvo mi vista hacia mamá. Nunca me había preguntado de dónde salían aquellas melodías suyas, aquellos pies suaves y delicados, y su extraña atracción por todas las aguas que fluyen... y mi madre sabe que el entendimiento se ha abierto paso en mí, y me toma de la mano.

— Me parece que ha llegado el momento de que regrese a nuestras manos la luz de la esperanza...

 

----------(...) la segunda Elendilmir había sido hecha para Valandil. En “La cuenta de los años” en el Apéndice B de “El señor de los Anillos”, en el epígrafe del año 16 de la Cuarta Edad (en el Cómputo de la Comarca el año 1436) se afirma que cuando el Rey Elessar llegó al Puente del Brandivino para saludar a sus amigos, dio la Estrella de los Dúnedain al Señor Samsagaz, y convirtió a su hija Elanor en doncella de honor de la Reina Arwen. Sobre la base de este documento el señor Robert Foster dice en “The Complete Guide to Middle-Earth”: ‘La Estrella [de Elendil] fue llevada en la frente de los Reyes del Reino del Norte hasta que Elessar la dio a Sam Gamyi el año 16 de la Cuarta Edad’. De este pasaje se desprende claramente que el Rey Elessar retuvo indefinidamente la Elendilmir hecha para Valandil; y en cualquier caso de ningún modo me parece posible que se la hubiera regalado al Alcalde de la Comarca, por grande que fuera la estima en que lo tuviera[4]. ---------------------------------------------------------------------------------------

 

La prima Elanor nos cuenta entonces cómo se llegó un veinticinco de Marzo al puente del Brandivino, casi en sus veinte, donde se encontró con la comitiva del rey Elessar. Cómo fueron los reencuentros, las historias, los hermosos rostros que vio. Las numerosas canciones que allí se cantaron, y los nostálgicos lamentos que recordaban a aquellos caídos, perdidos o ya marchados a tierras bendecidas.

También nos habló de los regalos que se intercambiaron, de su nombramiento como doncella de honor de la Reina, y de la hermosa caja que Sam recibió de manos del Rey. Aquella cajita había permanecido a buen recaudo en Bolsón Cerrado durante los últimos años, encerrando también en sí la verdad de una historia, perdida en el tiempo y el espacio.

— Yació en lugar escondido durante eras, hasta que unos dedos de oscuridad más finos que las telas de las arañas negras escarbaron en las sombras y despertaron a las criaturas pequeñas que viven en silencio en las corrientes. El corazón que un día albergó la sombra es más fácil de corromper de nuevo, y más débil para torturar. Con sus hierros y sus gritos consiguieron sonsacarle el paradero de las joyas, y se lanzaron en su busca con más avaricia de la que se puede imaginar. Buscaban realmente el Anillo, pero no lo encontraron. Sólo encontraron su caja, su cadena y la Joya de Frente. Y aquel la ocultó, receloso de su poder y temeroso de la represalia de Gondor por atesorar sus joyas.

Respiré con fuerza, y recibí en mis manos temblorosas la cajita oscura mientras la noche cubría en su terciopelo las casas pequeñas y los smiales encendidos.

— Pero quiso el destino que el destronado volviera a su trono, y que la oscuridad fuese vencida en cielos y tierras. Quiso también que hallara estas reliquias en el cubil del Mago Blanco, y que años después conociera el porqué de sus hallazgos. Tu abuela vio la estrella aquella mañana que aún no había despuntado, engarzada en la frente de la Reina, y al fin pudo contar su historia antes de morir. Pues nunca dejó de intentarlo, jamás cejó en su empeño de reunir rey y corona estrellada desde que el Mago la soltó, moribunda, después de conseguir el botín. No contaba con que, aun habiendo contenido la sombra, un corazón que ha visto la luz de la Elendilmir siempre conservaría en sí valor y pureza.

“Ella tuvo la mala fortuna de ser descubierta por los espías del mal cuando se hallaba muy cerca del Rey en su identidad anterior, cuando vivía como montaraz y se lo conocía como Trancos. El Mago no podía consentirlo, pues por aquel entonces nadie sabía que ansiaba en secreto el Único. Escapó entonces hacia el sur, pero no llegó demasiado lejos. Asaetearon su cuerpo en los límites de la Cuaderna del Norte, pero fueron demasiado cobardes como para rematarla, tenían miedo de los montaraces que montaban guardia en todo aquel límite. Y así la encontró tu abuelo, herida de muerte a la orilla del río, cuando paseaba después de la siega.

 

Elanor se queda en silencio un instante, y mi madre saca de los pliegues de su falda una libreta, pequeña y oscura. La reconozco al instante. Es uno de los diarios de mi abuelo. Anotaba meticulosamente todos sus pensamientos, y mi madre me ha dejado leer algunas de sus entradas. Separa una de las cintas y me tiende aquellas páginas.

Reconozco la letra de mi abuelo, pequeña y apretada.

 

----------------------------------------------------------------------

<< Y de ese modo, adentrándome en el bosque cada vez más, fue como escuché por vez primera el canto de las aguas, así como nadie antes lo hubiere escuchado. Él fue quien me guió hasta el Claro de la Luna. Y allí la vi, como si fuera la primera vez, danzando bajo la tenue estela del sol crepuscular. Elevaba los brazos hacia el cielo mientras llamaba con dulzura al invierno, despertando las tímidas criaturas de las corrientes y haciendo dormir los brotes hasta la primavera. La voz retumbaba en las escarchadas copas de los árboles y retornaba a la tierra a través de las nervaduras de su corteza, y ya allí se fundía en finísimas hebras, penetrando en la estrellada superficie. La misma nieve crepitaba bajo cada leve toque de los pies descubiertos y el frío estremecía la desnuda piel, como en llamas bajo la flagrante luz del ocaso. El hielo perlaba su frente y sus cabellos, cual si estuviese coronada de luceros estivales. Y el canto surgía impetuoso, desbordándose de los labios, como el torrente que escapa rugiendo de las congeladas rocas y rebosa las montañas, desde el nacimiento de todas las aguas. Pues a nacimiento sonaban sus palabras, a nacimiento y muerte, aunque yo no las comprendía. No conocía el lenguaje de su canto, pero presentía sus significados como si la tierra misma me estuviese hablando.

De súbito, una palabra se atoró en la garganta de Belladona y el canto cesó con un alarido ahogado, y  también cesó la danza. Se echó al suelo de rodillas entre la nieve, intentando recobrar el aliento a enormes bocanadas, exhalando violentas columnas de vapor y agarrándose el convulso costado. Sólo entonces pareció darse cuenta por primera vez en toda la tarde de que su piel estaba fría, su cabello congelado, que sus pies amoratados le dolían muchísimo... Temblaba sin remedio, sin poder evitarlo... Las lágrimas se le escarchaban en las mejillas...

Posé un manto en sus hombros, mis brazos la abrazaron desde atrás, y mis manos le enjugaron suavemente las lágrimas. Las ropas fueron repuestas en su sitio con ternura, los botones abrochados, los cordones atados, las zapatillas volvieron a abrigar sus pies. Y así, muy quedo, caminamos juntos de vuelta a casa tomados de la mano, recobrando el calor.

 

 Desde entonces la acompaño cada tarde al Claro de la Luna, y ella baila y canta para mí mientras compartimos ese pacto secreto y silencioso. Me canta la muerte de los frutos al llegar el hielo, la terrible caricia de la escarcha en las tiernas cortezas, y la rígida agonía de las aves migratorias; canta los puñales de hielo en el techo de las cavernas ocultas, y el pausado hibernar de los corazones casi detenidos; la lenta asfixia de los peces bajo las placas congeladas, y el decaer de los ancianos al agostarse entre las frías manos de la muerte. Baila los túneles escondidos de los ratones de campo bajo la nieve, y el salto hermoso y terrible de los zorros al atraparlos; baila la red de la escarcha que escala los tallos y la piel, extendiendo su tela de araña de una blancura inaudita; la trama imposible del hielo que cubre ríos y tiende frágiles puentes entre las hierbas más menudas; la belleza congelada de las flores tardías, que permanecen hermosamente muertas en su prisión cristalina... Y canta y baila muchas cosas más, hasta que se le cansan los miembros y se le contrae el pecho.

Entonces la veo remontar las dolorosas corrientes del río hasta que sólo es una mancha bruna entre la espuma lejana, y siempre vuelve gozosa y alegre al abrigo de las ropas. Muchas veces intenta que la acompañe, pero el miedo a la corriente me mantiene en la orilla. El agua me parece una terrible amenaza, una garganta que podría engullirme y enredarme en su fondo. Y muchas veces de veras deseo meterme en el agua, pues me intriga qué podría ser lo que Belladona encuentra, qué otros misterios tendrá para mostrarme. >>

----------------------------------------------------------------------

           

            Elanor retoma su relato, aunque yo siento cómo se me escapan las lágrimas al recordar a mi abuelo.

— Y la ayudó, sanó y protegió, manteniéndola en secreto, y también la dio un nombre. Ella bailó para él, entrelazando sus pies con la cicuta. Y no huyó de la Comarca hasta que supo que esperaba un hijo. Sabía que su cuerpo estaba más débil, que la muerte le estaba acariciando, y deseaba dar vida a la criatura antes de ceder a la muerte. Y el único que podía ayudarla, el único que podía purificar su delito, era aquel al que debía una explicación. Viajó por los ríos mancillando sus pies, fue expulsada de reinos élficos, escupida por corrientes disgustadas, azotada por matorrales y árboles furiosos... los guardias de Gondor la vieron, alzando lamentos mientras acariciaba el pie de piedra del Argonath de Isildur, e intentaron darle muerte antes de que entrase en su reino porque su sola presencia turbaba y espeluznaba.

“Refugiada en la oscuridad penetró en los círculos de Minas Tirith, y llegó en silencio al salón real. Reflejándose en sus ojos el Rey le dio la oportunidad de contar su historia, y así vio la luz tu madre. Belladona no sabía que tu abuelo la había seguido, ayudado por el consejo de su hermano, y amparado en el viaje del señor Peregrin al reino de Gondor, acudiendo a la llamada de Elessar.

 

Me dicen que abra la caja, pero yo no me atrevo. Con manos trémulas mi madre presiona el cierre, y una luz increíblemente blanca nos baña en un instante. Pero no deslumbra, ni quema, sino que conforta y revive. En un instante se atenúa hasta casi apagarse, pero aun así el brillo se queda danzando en su interior, entretejiéndose en las puntas de la joya en una danza hechizada.

— Ahora ha llegado a vuestras manos por deseo del Rey, pero en los anales de la historia nada se contará de dónde está. Él ha considerado que sois las verdaderas propietarias de esta corona, pues gracias a Belladona ha logrado recuperar su esplendor. Guardadla en secreto y atesoradla con cariño, pues es el legado de un corazón que luchó en todas las edades de la tierra sin dejar huellas de sus pasos, ni relatos de su existencia hasta el último instante de su muerte.

Cierro la cajita con respeto, y observo las joyas cristalinas que penden de las mejillas de mi madre.

— Mamá...

— Dime, pequeña.

— Mañana iremos a las Torres, ¿verdad? Me apetece cantar...



[1] J.R.R. Tolkien “Cuentos Inconclusos de Númenor y la Tierra Media” ed. Christopher Tolkien, capítulo I Tercera parte: El desastre de los Campos Gladios.

[2] J.R.R. Tolkien “Cuentos Inconclusos de Númenor y la Tierra Media” ed. Christopher Tolkien, capítulo I Tercera parte: El desastre de los Campos Gladios.

[3] J.R.R. Tolkien “Cuentos Inconclusos de Númenor y la Tierra Media” ed. Christopher Tolkien, capítulo I Tercera parte: El desastre de los Campos Gladios.

[4] J.R.R. Tolkien “Cuentos Inconclusos de Númenor y la Tierra Media” ed. Christopher Tolkien, capítulo I Tercera parte: El desastre de los Campos Gladios. – se trata de una nota de Christopher a la narración de su padre.