De Rían y Huor

por Mónica Sanz Rodríguez "Elanor Findûriel"

Segundo Puesto, Premios Gandalf 2007

 

Bajo la atenta mirada de su maestro de armas guardó el poco equipaje que le permitían llevar en la campaña. El hombre se sonrió ante la agitación de su protegido, que no podía evitar jadear de emoción mientras las propias manos le estorbaban para tomar las armas y los pequeños paquetes. Se le cayeron dos veces las dagas, pero con la misma rapidez con que resollaba las recogió, metiéndolas en su cinturón casi de cualquier manera.

—Es la hora, mi joven señor.

—Un minuto, Brandor, un minuto...

Anudó las botas de campaña, y pudo oír cómo su maestro de armas se reía con franqueza, apoyado en el dintel. Aun con trece años el joven era fuerte y bravo, delgado y alto como un verdadero guerrero, pero no podía desprenderse de la torpeza y atropello propios de su edad.

Su hermano apareció en la puerta.

—Si no sales ya, te dejaremos aquí. Ya están esperando en las puertas, pequeñajo.

—Mira quién fue a hablar...

Húrin cayó sobre el menor, empujándole la cabeza hacia el suelo con firmeza. Huor rió, divertido ante la indignación del mayor, tanto que las fuerzas lo abandonaban y no podía enderezarse.

—Puede que seas más alto…  —Mientras Húrin lo reñía, Huor comenzó una maniobra de evasión: buscar las cosquillas de su hermano—. ¡Pero nunca podrás ser el mayor!

Húrin apretó la nuca de su hermano tan fuerte que Huor gruñó levemente. El menor sabía que estaba de broma, siempre ambos lo estaban. Pero nunca controlaba su fuerza descomunal. Húrin lo soltó de inmediato, y le recompuso las vestiduras de cuero con mirada de reproche.

—¿Qué va a pensar el viejo Brandor de nosotros?... Creerá que aún somos unos niños comportándonos así...

Huor salió por la puerta con la sonrisa todavía colgada en el rostro. Era tres años menor que Húrin, pero más alto que él. Era ágil y rápido como una ardilla, y su habilidad con el arco superaba incluso a su maestro de armas. Húrin lo vio salir y desaparecer, frunciendo levemente el ceño.

—Aún sois demasiado jóvenes, mi señor... —La voz de Brandor resonó a su espalda—. Y el joven señor Huor aún es un niño, como decís. No creo que debiera ir con vosotros.

—Respeto las decisiones de mi hermano. —El tono de su voz era rudo y áspero. Húrin siempre se ensombrecía en asuntos de guerra.

—Dirá más bien que cede a sus caprichos —replicó, testarudo, el maestro de armas.

El muchacho se volvió para encarar a Brandor. Húrin era más bien bajo, aunque aún estaba por crecer un tanto, pues sólo contaba dieciséis años. El asomo de una barba espesa y cobriza se le agolpaba en la mandíbula rotunda, que apretó con enfado. Sus hombros robustos y sus piernas fuertes parecieron cuadrarse de enojo.

—No soy nadie para interponerme en sus deseos —gruñó, con los ojos enterrados bajo las espesas cejas—; No creo que nuestro padre hiciera otra cosa.

—Sois su hermano mayor. Vuestro deber es protegerlo. Si marcháis contra el enemigo dudo que podáis salir indemnes...

—¡¿Acaso dudáis de mi valor?! —El bramido del muchacho resonó en las paredes desnudas de piedra como el rugido de una bestia. Brandor cerró los puños a su espalda, súbitamente impresionado.

—Si tenéis que proteger a vuestro hermano mientras cuidáis de vos a la vez…  —la voz del maestro de armas sonaba apagada, conciliadora, pero también intimidada—, no podréis centraros en el combate, mi señor...

—No permitiré que se dude tampoco del valor de Huor —prosiguió Húrin, con los ojos llameantes—, la misma semilla crece en ambos. Estáis insultando a toda nuestra familia al desconfiar de cualquiera de los dos.

Entonces Húrin, volviéndose airado, retomó su camino corredor abajo. Brandor se quedó allí, mirando al suelo. Demasiado jóvenes, demasiado pronto para embarcarse en una guerra tan cruenta... ¿En qué estaría pensando su tío al llevarlos consigo?

La voz de Húrin le llegó lejana, más allá del recodo que acababa de doblar.

—Procuraré mantenerlo lo más alejado posible de la primera línea, pero no te prometo nada...

Brandor se sentó pesadamente en la cama de su aprendiz más joven y enterró el rostro entre las manos.

 

Huor bajaba las escaleras lentamente cuando Húrin le dio alcance. Sonrió con tibieza al ver llegar a su hermano mayor, pero retornó la vista al patio oscurecido por la noche. Había toda una multitud reunida en la plaza del fuerte de Brethil. Extraña escena para un lugar donde los habitantes vivían dispersos por los bosques… Algunos de ellos portaban antorchas, otros dejaban que el destello plateado de las espadas se revelase al cielo oscurecido. Casi todos eran mujeres de muchas edades diversas, y niños pequeños, que habían ajado sus vestiduras con el largo y fatigoso camino desde el frente. De sus rostros cansados y asustados relumbraban en la noche sus ojos, las órbitas blancas abiertas de par en par, mirando a los soldados Haladin que se preparaban para hacer el camino inverso.

—Niños y mujeres portando espadas... —murmuró Huor. Su hermano lo miró, observó el arco a su espalda y las dagas en su cintura, pero no dijo nada—. Espero que encuentren reposo en esta ciudad.

—Nuestro tío los refugiará.  —Lo calmó Húrin—.  Al fin y al cabo somos el mismo pueblo...

Señaló con un gesto de la cabeza hacia una de las esquinas, en la que su tío Haldir parlamentaba con una mujer. Ella sostenía una espada desenvainada, sucia en sangre negra. Todas las mujeres llevaban espadas, cuchillos, garrotes... algunos de los niños se aferraban temblando a hojas melladas, completamente empapados. Aquella mujer llamó consigo a grandes voces a muchas personas, y se volvió para proseguir camino.

—¡Se van! —murmuró Huor, conmocionado. Lo que todos aquellos embarrados peregrinos del pueblo de Beör parecían necesitar no era seguir camino a través de montañas ingratas y escarpadas. Muchos de ellos estaban más cerca de la tumba que de cruzar otro bosque más—. La señora Emeldir parece aún más severa en persona que en los relatos que escuchamos, hermano... No logrará alcanzar Dor-Lómin con esa famélica tropa...

Húrin no lo escuchaba.

Detrás de aquella mujer fuerte y decidida caminaba una muchacha hermosa y de cabellos oscuros, que aun cansada, sucia y empapada, soportaba en sus ojos el mismo brillo duro y valiente que mostraba Emeldir. Húrin la contempló con atención mientras se alejaba, con el corazón encogido de repente. Huor también se había quedado callado. Un instante antes, la fortaleza en los ojos de aquella muchacha le había subyugado el espíritu. La vieron desaparecer arrastrando consigo a otra joven, prácticamente una niña, que sollozaba y temblaba con los pies destrozados.

—Pierde cuidado, Huor. No será la última vez que los veamos.

—Húrin...

—Huor, hermano... —la color de su rostro estaba demudada—. Observa cuán orgullosa camina la mujer que habrá de ser mi esposa.

 

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Las calles estaban engalanadas, y Galdor no cabía en sí de gozo. Las claras trompetas de las murallas alzaron su canto de cristal hacia las llanuras inundadas de sol. El clamor de las gentes se extendía al paso de la comitiva como una rugiente ola, que se alzaba arrasando el silencio a su paso.

Dor-Lómin recibía a sus hijos perdidos. Nadie sabía de dónde habían surgido ni quién les había conducido camino a casa, pero todos se regocijaron. Los hijos del Señor habían vuelto. Montaban ambos en el mismo caballo pardo, y los ojos les brillaban como si ningún mal les hubiese alcanzado en ese año de incertidumbres. Galdor se asomó brevemente a las almenas antes de descender con solemnidad la escalinata de piedra blanca hacia el patio del castillo.

Ambos hermanos desmontaron a un tiempo del caballo, sin mostrar signos de fatiga, y vistiendo diferentes ropas a las que llevasen al abandonar Brethil algo más de un año antes, traídas del mismísimo Gondolin. Los Gondolindrim no les habían permitido llevarse nada más de su ciudad excepto el recuerdo, e incluso mencionarlo ante alguien ajeno o cercano les estaba vetado.

Subieron ágilmente las escaleras, con la rebosante vitalidad de los dos chiquillos que eran aún, para alcanzar el patio del castillo. Sus cuerpos ágiles, aún infantiles, se deslizaron por los escalones blancos como pajarillos de las nieves. Allí los esperaba su padre, que sonreía emocionado. Huor hizo amago de salir corriendo hacia él, pero Húrin lo detuvo con un ademán de la mano.

—¿Quién traspasa los muros de la fortaleza? —clamó Galdor, cruzando las manos en su cinturón. La grave voz de su padre les hizo temblar nerviosos.

La fórmula cortés les consideraba así advertidos de que el Señor del castillo les había visto. Sólo entonces pudieron ir hacia él. Avanzaron con paso calmo, abandonando las armas melladas en manos de los armeros. La voz de Húrin se elevó poderosa sobre el ruido de sus pisadas rotundas.

—Soy Húrin, hijo de Galdor, hijo de Hador. Mi padre habita en estos muros, soy el primogénito del señor de Dor-Lómin.

Galdor abrió los brazos y lo recibió con orgullo, conteniendo a duras penas la emoción. El cortejo prorrumpió en aplausos, recibiéndolo en sus salones para dejarlo descansar y aliviarlo de sus fatigas.

El señor de Dor-Lómin entonces se volvió hacia el menor, con la mirada brillante. Tan sólo catorce años, y regresaba a él desde la batalla y quién sabía qué más penurias. Huor permanecía allí de pie, alto y delgado, pálido y valiente.

—Y, ¿tú quién eres? ¿Quién acompaña a mi hijo primero?

Durante el último año había afrontado tantos peligros, había pasado tantas penurias... solo, junto a su hermano, huyendo y combatiendo en tierras ingratas y llenas de enemigos... y después llegó Gondolin, más hermosa que cualquier otro lugar de la tierra. Otro viaje, más frío y duda...

—Soy... —La voz le vacilaba. Observó cómo el cortejo de su padre comenzaba a entrar en los salones tras su hermano, y que tan sólo unos pocos se volvían a mirarlo con ternura—. Soy Huor, hijo de Galdor, hijo de Hador... mi padre...

Se derrumbó en brazos de Galdor sin poder continuar ¿Por qué no podía seguir, por qué precisamente ahora le llegaba la debilidad, el miedo, la angustia? Su padre lo abrazó con fuerza, besándolo en la frente y secándole las lágrimas. Estaba en casa. Estaba en casa.

Casi no probó bocado en el banquete que se celebró en honor de los recién llegados. Bebió el jugo de las frambuesas, que tanto había añorado aun en reinos de elfos donde hasta el agua era aromática, y disfrutó con el olor del pan recién horneado de grano de los campos de Nevrast. Pero en cuanto pudo (allá por el quinto brindis de los caballeros de Dor-Lómin) se deslizó por los corredores blancos hasta su jardín preferido.

Allí reposaban aún, desatados y limpios, los arcos que usara como juguete en tiempos pasados. Las flechas que el viejo maese de armas Hirgon le hiciera años atrás, antes de que el invierno se lo llevara, y la higuera bajo la que su madre Hareth lo acunara en las tardes de verano. Ahora estaba seca, pero su corteza plateada se elevaba, valiente, rasgando el cielo nocturno. En los patios inferiores, que descendían hacia el de armas, se oscurecía la hierba hasta confundirse con la piedra. Las sombras que reptaban por los muros del castillo no le daban miedo. Eran las sombras de su hogar.

Húrin bebía en una copa de plata, recostado en la parra del balcón inferior. Huor lo observó quieto un momento, y buscó en lo oscuro del cabello espeso de su hermano aquella herida que le hiciesen en la última batalla. Recordó cómo cada vez que la sangre se le escurría por la barbilla, Húrin se la limpiaba con brusquedad, como si la presencia de aquella herida le recordase que aun en batalla era un chiquillo, y no un guerrero invencible.

La sangre de su hermano no le había dado miedo. Pero la expresión de su rostro sí. Húrin era duro y firme, aunque su fiereza en la batalla le subyugaba. No quería recordar la guerra ahora, asomado a la paz de su ciudad, así que se sacudió aquellas memorias tiritando. Pensó en bajar al balcón encaramado a la trepadora, y darle a su hermano un buen susto.

No se había percatado de que Húrin no estaba solo hasta que Morwen se acercó a rellenarle la copa.

—Ves muchas cosas, hija de Baragund —susurró Húrin, ensombrecido—. Demasiadas, más de las que debieras.

—Según quién limite mis deberes, Húrin, hijo de Galdor —contestó inmediatamente ella, sin apartar la mirada de los pequeños ojos castaños del muchacho. Él refunfuñó, molesto, y sorbió de nuevo de su copa.

 

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—¿Y en serio crees que podrás vencerme?

—¡Por supuesto que sí! —gritó Huor, dando un salto hacia delante. Húrin repelió el ataque con presteza, trazando un tajo horizontal a su vez. Pero Huor siempre había sido más ágil, y estaba acostumbrado a las cargas pesadas de la espada de su hermano mayor.

—Creo que aún tienes que mamar un poco más de leche, pequeñajo —rió Húrin, esquivando con facilidad un arco diagonal de la espada derecha de Huor—, ¡y dejar de jugar... con... cuchillos!

Subrayó esta última afirmación con tres golpes contundentes de su mandoble, que hicieron resonar el metal de las espadas cortas de su hermano pequeño. Huor siempre había preferido las espadas cortas a los enormes mandobles que gustaba de usar el mayor, y Húrin no dejaba de burlarse de las pequeñas armas frente a su potente tajo a dos manos. Pero reconocía que Huor había hecho la mejor elección. El muchacho era extraordinariamente rápido, y se escurría como una alimaña bajo las armas grandes para colocar sus golpes certeros y mortales.

—¡Ay!

Huor soltó la espada derecha, que resonó rebotando en el suelo de piedra. Se frotó con dolor la mano libre.

—¡No seas bruto, maldición!

—Y tú no maldigas —contestó Húrin, envainando a la espalda el espadón y acercándose a su hermano—. Sigues dejando abierto el flanco derecho. Si el maestro armero hiciera caso a tus quejas tendrías una mano menos, hermano.

—Luchar con espadas romas es como darse golpes con un muro —refunfuñó el muchacho, frunciendo el ceño mientras su hermano le examinaba la mano―. Creo que ya somos mayores como para combatir en serio.

—Yo sí, pero tú... —rió Húrin, divertido ante el aire ofendido de su hermano. Huor, como respuesta, le dio una patada en la rodilla y salió corriendo.

Húrin se frotó la pierna, alborozado aunque dolorido. Le concedió unos minutos de ventaja mientras recogía las armas del suelo y las colocaba de nuevo en la panoplia.

Huor corrió a través del patio oriental, saltó sin esfuerzo para encaramarse en el muro que dividía los dos niveles y escaló al segundo piso, agachándose en la terraza para recobrar el aliento. Su hermano tendría que subir muchas escaleras si quería cogerle. Y siempre perdía el aliento cuando trataba de mover aquel cuerpo tan robusto por los peldaños. Rió ante la imagen que se aclaraba en su imaginación, tapándose la boca para no hacer ruido.

Unas pisadas ligeras cruzaron corriendo el patio. Huor se asomó con curiosidad. Había una muchacha que, asiéndose las faldas, se apresuraba hacia las pesadas puertas de la platea. Agarró la aldaba con firmeza, intentando abrirlas. Pero aquellas puertas siempre estaban cerradas.

Se dio la vuelta, con un delicioso puchero en los labios. Huor se decidió a asomarse un poco más, lanzando cautelosas miradas a la puerta de donde saldría su hermano. Ella tan sólo se agitó sobre las puntas de los pies, girándose nerviosa mientras trataba de encontrar una salida.

—Pssst… ¡pssst!

La muchacha se volvió. Lo vio encaramado en la terraza, pero desconfió en un primer momento, temiendo que se tratase de una burla. La sonrisa de Huor brillaba divertida.

—Sube aquí —susurró él, tendiendo una mano larga y blanca—, no te encontrarán.

Ella miró un par de veces más las puertas que daban acceso al edificio. Una era de la que había salido, la otra sabía que conducía a la sala de armas. Volvió fastidiada su mirada hacia Huor, y caminó con pasos silenciosos hacia el muro. Tomó la mano que él le tendía, y el muchacho la alzó de un solo impulso hasta donde se encontraba.

—Qué poco pesa —pensó él, depositándola sin esfuerzo en la terraza—, y qué pequeña es.

Al agacharse junto a Huor, la muchacha se frotó las manos. —Tiene las palmas llenas de callos —gruñó para sus adentros— no son las manos de un príncipe.

—¿De quién huyes?

Ella bajó la mirada. ¿Cómo podía sonreír así alguien que tenía las manos tan ásperas… y las ropas tan sucias?

—De mi prima Morwen.

Huor asimiló la información, aunque estaba más divertido que ofuscado. Su mirada, brillante e inquisitiva, la puso nerviosa.

—Quiere hacerme luchar de nuevo. No me gustan las espadas.

—¿Por qué? —preguntó él, sorprendido.

—¿Por qué debían de gustarme?

Ella lo miró con una firme resolución que le borró la sonrisa del rostro. ¿Por qué debían de gustarle? ¿Por qué le gustaban a él? No podía encontrar una respuesta tan de repente, la verdad de la muchacha lo había congelado. Ella se abrazó las rodillas, escuchando atentamente cualquier rumor que pudiera venir del patio oriental. Pero él se sintió en la obligación de contestar, aunque no tuviese ninguna respuesta clara.

—Pues… —comenzó a hablar. Ella volvió la vista, curiosa. Esperaba que su última pregunta hubiera sido retórica también para él—. Luchar es útil. En tiempos de guerra. Defiendes tu honor y… tu hogar…

Él también pensaba que aquello sonaba estúpido, mientras no podía parar de hablar.

—Y es divertido también. Te haces fuerte… para… poder manejar la espada… y, manejando la espada… defiendes tu honor en tiempos de guerra.

—Eso ya lo has dicho.

Los ojos de la muchacha eran frío hielo en la mañana primaveral.

—La muerte no es divertida —replicó ella, molesta, reptando hacia la puerta—. Me parece que los hombres que se entretienen jugando con sus espadas son unos idiotas.

Se irguió al llegar al dintel en su pequeño cuerpo esbelto, mirándolo desde arriba.

—Adiós, Huor, hijo de Galdor —susurró, dándose la vuelta—. Espero que la próxima vez sepas darme una respuesta que no te deje como un bobo tartamudo.

Bajó las escaleras con dignidad. Huor se tentó los dedos de los pies a través de las botas, allí encogido contra el muro. ¿Por qué luchaba?

 

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—Padre…

Sus pasos no hacen ruido mientras avanza por el suelo de roca pulida del salón del consejo. Galdor enrosca el pergamino, se lo entrega a su guardia y, con un gesto de la mano, les indica que los dejen a solas.

—Húrin, hijo mío, cuéntame qué te perturba.

Nadie como Galdor sabe leer en los ojos tormentosos de su primogénito. Húrin hinca una rodilla al llegar ante su padre, descendiendo la mirada hacia la alfombra carmesí.

—Padre… sabéis tan bien como yo que no soy ningún cobarde… pero… pero…

Galdor se mantiene en silencio. Ha aguardado este momento desde que el primer mensajero, apresurado y lleno de terror, cruzó las puertas del palacio.

—Sigue, hijo mío…

—Padre…

Los años del hijo, cortos aún para el corazón del padre, le acongojan más que cualquier noticia de guerra o batalla por luchar.

—Yo… padre… yo sé luchar, padre, yo… sé luchar…

Quiere decirle que es capaz, que puede cabalgar hacia el frente como ya ha hecho en el pasado, cuando saliera de Brethil para combatir. Quiere decirle que se quede, bajo el techo del palacio de Dor-Lómin, que lo espere hasta su regreso. Que no hace falta que comande las fuerzas de su ciudad, que él, hijo de Galdor, hijo de Hador, puede hacerlo por sí mismo. Que su pueblo lo necesita, que no ha sido suficiente tiempo como para perderlo ahora, tan sólo siete años después de que el noble padre del padre cayera en la Dagor Bragollach. Galdor ya sabe esto, lo ha visto en los ademanes de su hijo el primero, en los movimientos firmes de su espada, en la voz ronca y fuerte que arenga a las tropas aun a su corta, corta edad.

 

El Señor alza la mano, y con ella cubre la cabeza de su primogénito. No quiere ver sus lágrimas, no quiere ni pensar en aquello que ha venido a decirle. —Sé que puedes luchar, hijo mío. Te he visto más fiero de lo que yo era a tu edad  —sus dedos se contraen, orgullosos, en el cabello tupido del muchacho―. Por eso necesito que te quedes, Húrin, hijo de Galdor. El pueblo te necesita. Necesita tu fuerza, hijo mío…

El padre sabe que todas las palabras sobran. El acero que recubre la voluntad del hijo es inquebrantable. Galdor siente que la noble cabeza de su primogénito se inclina aún más, como si el peso de la mano del padre hiciera insoportable la postura. Ve sus hombros que ceden, sus manos que se abren, apoyándose en el suelo. Ve la espalda que se arquea, y se contiene. Se contiene para no cubrirlo en su abrazo.

—Padre, yo… puedo luchar…

Lo siente temblar. Aún es un muchacho, piensa, ¿quién soy yo para pedirle que se enfrente a un gobierno sin nadie que lo dirija, sin nadie que lo apoye o lo aconseje?… Pero la sombra de la muerte viene para congelar el corazón del padre, y sabe que no podría soportar mandarlo a la batalla en su lugar. Mas teme que una larga soledad aguarde a Húrin, hijo de Galdor, subido en el trono de piedra y con un bastón que quema en las manos, que contiene en sí el peso de todo el pueblo de Dor-Lómin…

 

La puerta se abre con un crujido, y Húrin se apresura a recomponer la postura. Un muchacho entra corriendo con ligereza, sofocado como si viniese de lejos, con los ojos inundados al borde de la lágrima. E hinca la rodilla al lado de Húrin. Huor, hijo de Galdor, trata de recuperar el aliento mientras humilla la frente ante su padre.

—Padre… yo…

El padre retira la mano de la cabeza de su hijo el mayor y sonríe. Con ambas palmas abarca los cuellos de sus vástagos, forzando las nobles cabezas a reposar en sus rodillas. Los hijos ceden, sentándose en silencio y apoyando las mejillas en las piernas de Galdor. Huor, escondiendo los sollozos en la respiración agitada, rodea la pierna del padre con los brazos.

—Parece que siempre os ponéis de acuerdo para estas cosas, hijos míos… Soy un padre afortunado…

Mientras sonríe, acaricia la mejilla húmeda del más pequeño, que aun sentado  es tan alto que le sobrepasa la cintura, y enjuga distraído las lágrimas. Recorre con el pulgar la mandíbula rotunda del mayor, sintiendo bajo la yema las puntas de una tímida barba. Al fin y al cabo, piensa el señor, Húrin, hijo de Galdor, no estará solo en los altos muros de Dor-Lómin una vez el padre haya partido a la batalla.

 

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Huor salió de la sala del consejo con la cabeza dolorida. Parecía tener una forja dentro del cráneo, necesitaba tomar un poco de aire. Compadecía a su hermano, allí encerrado durante horas con los airados, enfurecidos y asustados miembros de la cámara. Se asomó a una de las ventanas, y el aire de la tarde le llegó lleno de gritos alegres. Había dos grupos de niños que jugaban en el patio.

—¿Te encuentras bien?

La voz suave y severa de Morwen se le clavó en la nuca. Sonrió, volviéndose hacia ella con una mano en la frente.

—Hace calor ahí dentro —susurró, suspirando. La dama se le acercó, asomándose también hacia el patio. Estaba siempre allí, en las sesiones del consejo. Huor sabía que su hermano se lo había pedido. La brisa fría que aliviaba a Huor golpeó el rostro blanco de la dama, haciendo que los mechones oscuros que rodeaban su rostro revolotearan por un segundo.

—Tu hermano ha parado la sesión un momento. Sabes que te necesita ahí dentro, Huor, aunque se empeñe en demostrar que no le importa si te ausentas.

—No lo aguanto.

—Sabes que debes aguantarlo.

Tomó aire con nerviosismo. Claro que lo sabía. Pero en la noche nunca perdía la esperanza de que su padre volviese, en cualquier momento, cabalgando desde la batalla. Los sueños tampoco lo ayudaban demasiado. Sabía desde pequeño que algunos de ellos le hablaban de cosas que estaban por suceder, de muertes, de vidas, de esperanzas… sabía que su hermano también veía, pero algo menos, pues el carácter del mayor lo apegaba más a la tierra. Y la mirada de Morwen lo acongojaba algunas veces, como si ella mirase en su esencia y viese más allá aún, aquello que él no se atrevía  a mirar de frente.

 

Los gritos infantiles se volvieron risas bajo el alféizar. Algunos de los niños se escondían en los macizos de flores, y una muchacha se tapaba la boca ahogando la risa, agazapada con ellos. Huor sabía que se trataba de la dama Rían.

—No me soporta —susurró sonriendo, más para sí que hacia fuera. Morwen se apoyó en el alféizar con los codos, mirándolo de soslayo.

—Nació con la tristeza, Huor, hijo de Galdor, y la alegría que trajo nada más nacer fue acallada con el luto. Nadie desea más que ella la paz.

Huor frunció el ceño. Una vez Morwen le contó que Rían había nacido en el momento de la muerte de Beör el Viejo, y en vez de las risas, había recibido las lágrimas desde la cuna[1]. Ella nació para ser alegre, le dijo Morwen, para crecer en la flor y amar en la lluvia, pero la guerra y la destrucción se habían ocupado de impedírselo.

—Vamos, hijo de Galdor —susurró Morwen— te están esperando.

Huor observó un segundo más al grupo de niños, hasta que la lluvia otoñal salpicó las losas y hubo de refugiarse en el corredor. Aún los vio correr, acompañados por las damas de la corte, hacia los salones del otro lado del patio. Rían se quedó un instante, permitiendo que las chispas de agua se le prendieran en el cabello, e intentando mantener los ojos hacia el cielo aunque la lluvia le molestase en las pestañas. La mano fría de Morwen lo apremió del hombro, y Huor caminó en silencio de vuelta a la sala del consejo.

—¿Por qué luchas?

Aún se hacía esa pregunta al salir agotado de la sala, horas después. Su hermano caminaba delante de él, veía su ancha espalda precederlo, veía la sombra de Húrin protegerlo de todo mal. —¿Por qué luchas?

 

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Aprieta el pergamino con la mano izquierda, mientras con la derecha sostiene el bastón. Los miembros del consejo lo miran, aterrados, acongojados, llenos de duda. Morwen permanece a su lado en silencio, tan hermosa en su orgullo que es doloroso mirarla.

—Sea —declama Húrin, haciendo resonar su voz severa en las paredes de piedra—. Disponed todo lo necesario.

Los consejeros murmuran entre sí, formando un revuelo de papeles y rasgueos de pluma. El olor del lacre caliente le da náuseas a Huor, pero se mantiene erguido en su silla.

—Sellad los pergaminos —solloza con su voz jadeante el miembro más antiguo del consejo. Todos los demás miembros aprietan sus sellos al unísono, haciendo crujir los papeles enroscados.

—Mi señor… —titubea el secretario, recogiendo todos los rollos mientras el consejo se arremolina apesadumbrado— ¿Deseáis algo más?

—Que nos dejéis a solas un instante con nuestro dolor —gruñe Húrin. No piensa mostrarles, precisamente en ese instante, cuan al borde de las lágrimas se siente. Se levanta para recibir la pleitesía de los ancianos.

—Salve Húrin, hijo de Galdor, hijo de Hador…

No se atreven a aventurar el final del saludo, el dolor les es demasiado reciente. Todos pasan ante él y se inclinan, a modo de despedida. Húrin no los mira. Permanece impasible, rígido, sordo a todas las condolencias. Algunos miembros del consejo se acercan titubeantes al escaño de Huor, pero el hijo pequeño de Galdor tiene la mirada vidriosa y parece en delirio, así que se deslizan fuera del salón entre susurros y lamentos.

Las puertas retumban cuando Morwen las cierra. Húrin se inclina un segundo, asido al brazo del trono, antes de volver a sentarse. La espalda le pesa aún más que el día en que se despidió de Galdor, hijo de Hador, cuando las fuerzas le fallaron vergonzosamente ante su padre, que marchaba al frente. Los hombros le golpean en el respaldo, y el pergamino le cruje en la mano ancha.

Escucha los quedos sollozos de Huor, que restallan sobre la mesa del consejo. Su hermano se inclina hacia delante, y no consigue retener las lágrimas ni aun cubriéndose los ojos con las palmas de las manos.

—No llores, maldición —masculla, mientras Morwen ciega los postigos de las ventanas y prende los candiles de las paredes.

—No… no maldigas —le contesta su hermano con insolencia. Húrin cierra el puño, sintiendo cómo se mezclan dentro de él el terror, la ira y la tristeza.

Ese mismo puño se abre para asir la mano de su hermano por encima de la mesa.

—Estoy contigo, Huor, hijo de Galdor —susurra, mientras le duele profundamente el modo en que su hermano contrae los sollozos en ahogo al alzar el rostro para mirarlo—, como lo estuve siempre desde el día en que conocí tu nombre.

—Estoy contigo, Húrin, hijo de Galdor —gime Huor, entrelazando los dedos largos con la mano fuerte de su hermano el mayor—, como lo estuve siempre desde el día en que aprendí tu nombre.

Morwen se acerca a ambos, con una jarra de vino en las manos. Los hermanos beben largamente, ahogando para siempre las lágrimas por su padre muerto. Huor se traga la amargura.

—Salve hermano, Húrin, hijo de Galdor, hijo de Hador… Señor de Dor-Lómin…

 

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Cada vez que una nueva primavera llegaba a Dor-Lómin, algo dolía en el corazón de Húrin. Temía, al observar cada brote, el día en que habría de llegar el que los segara sin dejarlos despuntar. Huor leía con tranquilidad en la enorme terraza, sentado en el banco bajo la higuera de la madre. Sus ramas secas trazaban arabescos de sombra en el rostro pálido del hermano, mecidas suavemente por la brisa primaveral.

Húrin se acercó con paso calmo, balanceando la espada que colgaba a su costado con cada avance. La espada del señor de Dor-Lómin, la espada que tanto admiró en el costado del padre, y que ahora estorbaba a su cuerpo recio y chato. Prefería con mucho el largo espadón colgando de la espalda, o las hachas pesadas de la armería. Pero ahora debía llevar aquella, como símbolo de su señorío.

El menor alzó la vista y sonrió con suavidad. Había estado enfermo toda la semana anterior, y la calma de la fiebre aún le ondeaba en los ojos.

—Hermano…

Húrin se sentó junto a Huor, alzándole con manos protectoras el manto que se le había resbalado hacia el cuello. Huor cerró los ojos y aspiró trabajosamente por la nariz.

—Siempre has sido un debilucho —susurró Húrin, mesándose la barba, apretada y rojiza. Huor tan sólo sonrió en respuesta. El silencio de los hermanos tuvo su réplica en el susurro de las ramas de la higuera de la madre, mientras Húrin esperaba a que su hermano terminase de espantarse el sueño frotándose los ojos como un niño.

—Sabes que en menos de un mes tras la próxima luna voy a tomar esposa —comenzó, con la voz grave de quien pronuncia un discurso. Huor se puso serio de repente.

—Sí, la dama Morwen. Se anunció en el último consejo. Todos somos felices por ti, y por ella, hermano.

—Tú llevarás mi estandarte, Huor —murmuró, descendiendo la mirada con preocupación y duda—. Espero que te sientas orgulloso de tu hermano mayor.

—Siempre.

Huor ahora sonreía, tratando de dotar de vida las cansadas facciones. Sabía que el mayor se atormentaba, que sufría sin descanso por cada persona, cada pueblo, cada niño. Le pesaban los días como losas de mármol, allí arriba sentado sobre el frío escaño de su señorío. Pero Morwen era sabia, firme y orgullosa. Comprendía a Húrin como sólo podía comprenderlo Huor, y eso el menor lo sabía. Aunque la conciencia del amor aún preocupaba más al hombre recio, quien dentro del cariño trenzaba el miedo.

Era hombre valiente, Húrin hijo de Galdor. Pero Huor conocía cuan solo se sentía a veces, rumiando en silencio sus temores, dudando tras la máscara de sus decisiones firmes, consumiéndose en la duda de cada sentencia.

—Traerá hijos fuertes —prosiguió con alegría el menor, provocando una leve sonrisa en el rostro serio—, hijos que te treparán por las barbas antes de que te des cuenta. Y yo les enseñaré a luchar, como tú me enseñaste a mí, antes de que nuestro tío nos llevase al frente. ¿Recuerdas las noches en que escapábamos de la cama para pelearnos en los sótanos?

—Lo recuerdo…

—Nunca nos descubrieron, hermano. Jamás pudieron ni escucharnos. Porque éramos fuertes, rápidos y sigilosos. Y aún lo somos, Húrin, señor de Dor-Lómin. Nadie se enterará si nosotros no lo deseamos. Podemos escaparnos, siempre… siempre volveremos a este banco, a sentarnos y charlar, bajo la higuera de la madre. Sólo que tú traerás a la madre siguiente, tu esposa…

—¿Acaso te ha subido la fiebre, Huor? —gruñó el mayor. Pero sonreía, ahora abiertamente. Huor tosió con suavidad, cerrando el libro. El señor de Dor-Lómin volvió la cabeza para mirar sobre el hombro, hacia aquella sucesión de terrazas que desembocaban en el patio de entrada. Aquel era su navío, su cordillera, y él se sentaba en la cima, firme pero diminuto.

—Creo que dentro estaré mejor, hermano…

Húrin dejó que el menor tomase su brazo y lo condujo con cuidado hasta el corredor, donde sus hombres de armas aguardaban el regreso del señor.

—Tus niñeras te están esperando— susurró Huor, y a Húrin se le escapó una de sus carcajadas salvajes, que resonó pasillo abajo, haciendo temblar los muros de piedra.

 

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Cortó algunas ramas más, las que aún estaban frescas después de haber abierto las hojas, y las unió al brazado que ya llevaba el soldado de la guardia. Cuando se dio por satisfecho, mandó al hombre de vuelta a los patios interiores.

—Yo buscaré el tomillo, ya pesa suficiente ese hato.

—Sí, mi señor. Gracias, mi señor.

Lo vio alejarse, con las ramas verdes aún balanceándose frescas en su hombro. Guardó la espada corta, y se adentró en las praderas más allá de los primeros bosques.

Las flores del último otoño ya se marchitaban, pero las apretadas y espinosas flores del invierno asomaban las diminutas corolas al aire frío. Huor se levantó el cuello de la capa, agachándose para buscar entre los matojos el aroma inconfundible de las flores de tomillo.

Mientras cortaba los primeros tallos, el aire le trajo un canto, extraño y melodioso, labrado en voz dulce y susurrante. Se quedó muy quieto, escuchando.

Las manos se le cerraron tan fuerte en el manojo de tomillo que la savia, densa y aromática, se le escurría por los dedos. El olor de aquellas ramas le inundó la respiración, envolviéndolo en su hechizo de tierra y verdor. El canto cesaba, las notas se apagaban en un murmullo casi inaudible. Había hablado de las flores del desierto, de los árboles, de las rocas, de los manantiales. Huor se preguntó si se trataba de alguna hechicera de los bosques que había salido a pasear, buscando víctimas incautas entre los campesinos.

Pero una voz fresca e insolente le dio la respuesta.

—Si estrujas así los tallos, no te valdrán para nada.

Huor se levantó, alzando la vista. Rían se acurrucaba en las primeras ramas del árbol, sobre él, y escondía su sonrisa tras la sombra de las hojas.

—¿Qué haces ahí?

—Bueno, estaba cogiendo flores, y… vi las últimas flores del castaño y… subí a cogerlas para mi prima…

Le mostró un ramillete de magnolias y caléndulas, y algunos puñados de flores menudas del castaño.

—Me quedé dormida hace rato aquí arriba —se sonrojó hasta la raíz del cabello—. Huelen tan bien los árboles en otoño…

—Se está haciendo de noche —rezongó el hombre—, tendrás que bajar, ¿quieres que te ayude?

—No —respondió ella, con altivez—. He subido sola, podré bajar sola.

—…De acuerdo.

Huor siguió recogiendo las ramas de tomillo mientras silbaba con soltura. Sus botas de caza se hundían en el fango de la pradera. Escuchó el crujido de la corteza del castaño, y los leves bufidos de la dama. Cuando ya tenía un ramo lo suficientemente grueso, lo ató con un tallo de avena loca.

—De… de acuerdo…

Se volvió, divertido. Ella cedía, irritada, figurando un puchero fastidiado con los labios.

—No puedo bajar.

—Aguarda…

Le pesó igual de poco que aquella vez, cuando la alzó al muro mientras huía de su prima.

—Gracias —murmuró, molesta por haber tenido que pedirle ayuda—, gracias… Ya puedes dejarme en el suelo…

—Se te mancharán los zapatos, dama Rían.

Para cuando llegaron a las puertas del palacio, la dama Rían había empezado a tararear de nuevo. Allí arriba, en los brazos de Huor, observó avergonzada cómo la miraban los guardias. Pero a él no parecía importarle, aquellos brazos soportaban el peso de su menudo cuerpo como si no llevasen nada.

Rían unía las flores de su delantal mientras Huor subía las escaleras. Con las flores, el tomillo y las ramas jóvenes, ambos trenzarían la enramada de cosecha. Y la colgarían en lo alto de la alcoba de los señores de Dor-Lómin, para que la criatura que crecía en el vientre de la dama Morwen llegase sana al mundo.

En el patio principal ya estaban preparadas las ramas, y los guardias del cuerpo de Huor las unían con cuerdas mientras las doncellas de la señora colocaban menudas siemprevivas en los bordes. Rían se agitó, y Huor la dejó marchar, mientras los pétalos perdidos en el delantal caían con blanco revoloteo. Se agachó junto a la enramada con su manojo de flores, calculando dónde iba a colocarlas. La guardia se retiró en silencio, algunos de los hombres reían tras los cascos. Pero Huor no parecía darse cuenta.

—Mi señor Huor…

Desde la puerta de entrada al palacio un ujier lo llamaba.

—Le esperan hace rato, mi señor.

—Ya voy, ya… ya voy —gritó hacia la puerta abierta. Titubeó un instante, con el tomillo aún rezumando en las manos. Después se giró y caminó hacia la sala del consejo.

—Mi señor Huor —escuchó que lo llamaba Rían. La vio correr, jubilosa, como una niña en primavera.

Se acercó a él con timidez, pidiéndole con una seña que se agachase. Lo tomó de los cabellos para acercar los labios a su oído.

—Ya sé por qué lucháis, mi señor —susurró ella, con una sonrisa pícara en el rostro. Huor aspiró el perfume de la mujer, a madera y flores, y sintió que perdía la noción del tiempo.

—¿Ah, sí? —trató de que la voz no le temblara, y correspondió con otra sonrisa.

—Para poder acarrear a las damas de un lado a otro en vuestros brazos, mi señor, y presumir de fortaleza —respondió ella, entornando los ojos con un gesto de malicia.

—No es del todo mentira —respondió Huor—, sólo que vos habéis sido y seréis la primera y única.

Dejando los tallos aromáticos en manos de la dama volvió el rostro. No quería que ella lo viera flaquear. Caminó con pasos decididos hacia la blanca galería sin volver la vista atrás, y no le sorprendió encontrar a su hermano apoyado en la pared, frente a la sala de consejo. Siempre se negaba a comenzar sin él.

El corazón le golpeaba en la garganta. Esperaba que Húrin no notase el temblor de sus manos, el calor de su rostro, ni la sonrisa que se le escapaba sin control por la comisura de los labios. Se quedó rígido frente a la mirada del mayor, que lo escrutaba con gesto serio desde debajo de las cejas. Algo le bailó a Húrin en el fondo de las pupilas, aunque el menor no se dio cuenta, presa del azoro.

—Huor… ¿eso que llevas en el cabello son flores?

 

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A Húrin nunca le había gustado que se presentase al desayuno mal vestido. Sabía que muchas veces alguno de los consejeros, de los capitanes o de los nobles de la ciudad interrumpían aquella sobremesa con cualquier negocio. Así que Huor se arregló con pereza, el sueño todavía pegado en los párpados.

La camisa que le cosquilleó en la nariz, al ponérsela por la cabeza, era de lino blanco. Se restregó los ojos mientras bostezaba, con los puños grandes y morenos.

—Te arrancarás las pestañas…

Ella apartó las manos recias del rostro adorado, metiéndolas en el agua fría del lavamanos. Huor gruñó, fastidiado ante el escalofrío, pero obedeció. Sabía que Húrin lo esperaba, porque nunca desayunaba sin su hermano.

Recogió las prendas sencillas de la mañana, y se vistió aún con pereza. El rostro de Rían apareció más allá de la puerta. Se había recogido el cabello, y los ojos le resplandecían.

—No hagas esperar más a tu hermano, Huor…

—Ya… ya voy…

Bostezando como un gigantesco monstruo aburrido, recorrió de tres zancadas el pasillo, echando a correr al doblar la esquina.

—Pero… ¿Qué…?

En volandas colgando por la cintura, Rían se vio transportada a través de salones y salas, hasta que al fin Huor la dejó en el suelo al llegar al comedor. No había parado de reír.

—Llegas tarde —gruñó Húrin, frunciendo el ceño.

—Hermano… —Se dejó caer en la silla al lado del mayor, entre avergonzado y divertido. Rían besó al pequeño Túrin, que la saludaba mientras mordisqueaba un pedazo de pan. Huor se inclinó hacia el oído de su hermano—. Debes dejarme al menos esta mañana. No te pido más.

Húrin gruñó bajo la barba, contemplando a las mujeres que arreglaban sus desayunos al otro lado de la mesa. Rían reía como un manojo de campanillas, mientras su prima respondía con la gravedad de una madre que reprende a su hija. Aunque las palabras de Morwen eran serias, Húrin sabía cuánto cariño había en ellas.

—Es fuerte —recordó que le había dicho su esposa—, pues nació con el dolor y aun así vive en la alegría. Pero no debes verla como a mí, mi señor. Ella no enfrenta el destino con calma y orgullo. No está hecha para ser la mujer de un soldado.

Y aun así, Huor se unió con ella y con ninguna otra. No quiso escuchar los consejos del mayor, porque su decisión era tan fuerte como su brazo. Húrin volvió a gruñir, contemplando cómo Rían mesaba los cabellos del pequeño Túrin con alegría.

—Sólo un par de horas, Huor. Has esperado al último momento. No sé si tu decisión ha sido sabia.

—Sé que lo sabe —susurró el menor, observando furtivamente a su esposa—, sólo necesito que lo escuche de mi propia boca, con mis propias palabras…

Morwen les dirigió una mirada cautelosa, mientras su prima hablaba en susurros con el hijo primero del Señor de Dor-Lómin. Confiaba en la prudencia de Huor, pero aun así, le angustiaba la frágil firmeza de su prima.

 

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De manos de su hermano el mayor recibió las espadas, sus dóciles y efectivas armas, que siempre lo servían bien. Se ajustó la cota de malla bajo el cinturón después de haber montado, y le cedió la divisa a su portaestandarte, que cabalgó con calma al frente de la fila.

—Dos días —le dijo Húrin—, en dos días partiré hacia la avanzada. Dos millas al sur del paso del Sirion será nuestro punto de encuentro. Buscad el ejército de Maedhros, y reivindicad el flanco derecho. Nuestras tropas de defensa están más preparadas que las suyas.

—Sí, mi señor.

—Si halláis otros frentes aliados, informaos bien de sus situaciones en la batalla. Quizá podamos figurar otra estrategia una vez recontadas las tropas, pero hasta entonces, seguid las órdenes acordadas.

― Sí, mi señor.

—Procura cabalgar el máximo posible este día, hermano. No temas las sombras de Hithlum. Hasta que no llegues a la zona asediada, no desenvainéis las armas ni gastéis una sola flecha si no es estrictamente necesario.

—Sí, mi señor.

Húrin acercó su montura  a la de Huor. La autoridad le ensombrecía el rostro, pero cuando su mano ancha asió con fuerza la nuca de Huor, en los ojos le brillaba el dolor.

—Ten cuidado, hermano —susurró, juntando la frente con la de Huor—. Espérame sin precipitarte…

Quería decir muchas más cosas, pero la voz se le atragantaba. Huor sonrió, pues lo sabía. Húrin se preguntó, como siempre hacía, cómo su hermano el menor podía iluminarse de ese modo en momentos de angustia con aquella sonrisa.

—Pierde cuidado, Húrin hijo de Galdor. Al alba del segundo día cabalgaremos juntos a la victoria.

Húrin cerró los ojos, suplicándose que así fuera. Despegó con brusquedad la cabeza de la noble frente de su hermano y, desenvainando la espada, gritó roncamente hacia los hombres que llenaban el patio de armas.

—¡Hijos de Dor-Lómin hacia la batalla!¡Saludad, soldados, a vuestros hermanos que parten!

Un clamor de voces, cuernos y trompetas se alzó como un trueno rodante por los patios de la ciudad. Huor contempló aquella marea de hombres armados que los despedían. Muchos de ellos se les unirían en dos días, pero ahora les rendían tributo. Alzó el puño. El portaestandarte agitó la enseña. Y entre el retumbante clamor de los soldados de la ciudad, la primera tropa de Dor-Lómin se alejó galopando.

 

Huor no quiso mirar los ventanales. Tampoco habría encontrado allí a su esposa. Aún se escondía, llorando, en la alcoba. Comprendía los motivos que lo arrancaban de sus brazos tan sólo dos meses después del matrimonio. Sabía que debía irse, lejos de su hogar, fuera de su ciudad, más allá de su esposa y su vástago en camino. Había sido consciente de que aquel era el Año del Dolor. Pero no podía dejar de sentirse desgraciada por ello.

—Dijo que si no podía sonreír, que no me asomase a los cristales del patio —susurró, con un hilo de voz, aún aferrada a la blanca camisa de lino que Huor desechase al vestirse con las ropas de guerra—, no quería recordarme llorando en su despedida…

Morwen acarició los cabellos oscuros de su prima, que yacía amparada en su regazo.

—Puedes llorar cuanto quieras ahora, Rían hija de Belegund ― la voz de la señora de Dor-Lómin, grave y susurrante, la acunaba en su consuelo ―, pero cuando salgas por la puerta de tu alcoba, serás la esposa de Huor de nuevo. No podrás mostrarte débil ante los ojos del pueblo. Ellos traerán su pena y su desamparo, y no puedes ofrecerles tu vacío a cambio. Eres digna hija de la estirpe de Beör, y como tal debes conducirte. Cuidarás el presente que Huor te ha dejado en custodia…

Morwen vaciló un instante, pensando en el obsequio que también albergaba su vientre, y que ella debía proteger tras la marcha de su marido, en dos días desde aquel mismo momento. Rían apretó los puños. En uno de ellos llevaba un pedazo de pergamino, en el que se apretaban las letras alargadas y hermosas de su esposo.

—Tuor es el nombre que le ha dado su padre —suspiró, con la voz tomada. Pero las lágrimas ya se le habían agotado, y el sueño la venció, acurrucada contra las manos acogedoras y firmes de Morwen.

 

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¡Lacho calad!¡Drego morn![2]

Oscura es la hora en que los gritos comienzan. Al menos la esperanza, al ver marchar aún desconfiado a Turgon, alienta el ánimo cansado de Huor. Rechaza un par de oleadas más, luego escucha con ansia el estruendo del otro flanco.

Su hermano se seca la mejilla, aprovechando el breve receso. Las tropas en derredor parecen aguantar bastante bien. La sangre le molesta, siempre lo hace. El menor lo observa en silencio mientras el mayor se mancha aún más al restregarse con la manga. Le escala por la garganta una sonrisa, pero los nervios y el furor de la batalla que los rodean se la ahogan en la lengua. Los ojos le bailan hacia la espesura.

Húrin mira a Huor, que exhala violentas columnas de vaho desde el rostro ennegrecido de sangre y barro, y siente que las fuerzas le flaquean por un instante. Las palabras que dirigiera a Turgon[3] le dan miedo aun ahora, porque no las comprende. A veces la sabiduría de su hermano le asusta. Respira hondo y mira al frente de nuevo, no quiere sembrar la duda en el menor por su súbita tristeza.

Los sonidos de batalla se acercan cada vez más. Son fuego y roca los que avanzan. Los Edain repelen una oleada, después la siguiente. Huor ha visto, al replegarse los puentes sobre el Sirion, los cadáveres apilados sobre los que los malditos cruzan la corriente hacia ellos. Piensa en el cuerpo menudo de su mujer, y la espada le pesa como si fueran ciento. Alza el filo y golpea, una, dos, cien veces. Febril, desesperado, junta la espalda con la de su hermano, que lucha como siempre a su lado.

Caen aquel que ensillara su caballo, aquel que llevara el estandarte a la salida de Dor-Lómin, también aquel que le ofreciera agua a su cansada garganta, y aquel que se asombrara con la llegada de Turgon… Huor los ve gemir, retorcerse, perder aliento, quedarse quietos. Hunde los pies en el barro, repele otro filo sucio. No sabe si la tierra está empapada de lluvia o de sangre.

Húrin gruñe, la espada hundida hasta la empuñadura. Da un fuerte tirón para liberarla. No le gusta la espada, ni aun ahora. Mira en derredor, se abalanza, despedaza, grita. Su presencia es terrible. Sus hombres se abaten como espigas maduras, con los pies cercenados, con las gargantas abiertas. Sabe que no saldrá de allí, pero la luz le brilla en la frente. Aún está en pie, aún está en pie. Se asienta con firmeza sobre los tobillos, balancea el cuerpo robusto. Aún no le han vencido.

 

Escucha el grito ahogado y siente la presa de una mano en su tobillo. Antes de descender la vista, el corazón le ha dicho lo que hay junto a sus pies. El Señor de Dor-Lómin vacila, solloza, y la sangre le ciega la frente altiva.

Se arrodilla, súbitamente privado de aire. Empuña la flecha negra con las dos manos maldiciendo, inundándose del dolor que le azota las entrañas. La voz de su hermano le reprende dentro de su mente. No maldigas. Sólo que su hermano ya no tiene voz.

Quiere arrancar la saeta, pero los dedos no le responden.

Deja la flecha donde está, y enjuga la sangre que baña el rostro amado. La mejilla está fría, húmeda, exangüe, cuando sumerge el rostro en ella. Su barba hiere la piel pausada y pálida. Sabe que la mano que lo asió de la pernera se ha cerrado y no se soltará.

Grita al aire, y todo parece detenerse a su alrededor. Su aullido inunda los bosques, es un animal herido, un padre desgarrado. Hunde la boca abierta en los cabellos desparramados sobre el lodo, clava las manos en la nuca blanca, humilla la frente arqueando la espalda mientras su alarido no cesa. Tienta el rostro tendido de Huor, los pómulos orgullosos sucios por la ponzoña, los labios finos que ya no se abren, el ojo atravesado que se ennegrece con la sangre seca.

Y el vacío se convierte en cólera.

Cuando se alza sobre los pies se encuentra solo. Empuña un hacha pesada, que le hace sentir de nuevo como un guerrero. La espada… no sabe dónde está la espada. Pero no le importa. No ve más que sombras, animales que se arrastran hacia él con sus cuchillos, que reptan por encima de los masacrados hijos de Dor Lómin. Hace crujir el mango del arma con las manos fuertes y callosas antes de comenzar el balanceo de la ira.

Sus pies se remontan sobre cada cuerpo que cercena. Pronto se encuentra lejos del suelo. El hacha susurra en cada arco, húmeda en lluvia, brillante en sangre. Con cada paso que lo eleva sobre el monte de cadáveres arrastra a su hermano consigo, asido a su pierna con la mano rígida de la muerte. Me acompaña, se dice Húrin, me acompaña hasta el final… No me sueltes, hermano, pronto estaré contigo, pero no me sueltes. Si lo haces, no podré alcanzarte después. Siempre fuiste… el más veloz de los dos…

 

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Un paso lleva al otro. Ya no siente las espinas que le hieren las plantas, ni el frío que estremece sus miembros. El dolor segundo la detiene, encogiéndola. El tercero da con la rodilla destruida contra el suelo duro. El viento de las praderas le azota los cabellos sueltos, y le enrosca al cuerpo la fina veste de cama.

Se derrama en completa soledad, entre escalofríos, desgarrando la ropa tras el alarido. Busca las fuerzas después, sin aliento, para recoger su carga. Para proteger al inocente que acaba de arrancarse de dentro.

Pero le faltan las manos de su esposo que la mantengan en pie. No le quedan lágrimas para lavar a su hijo, a quien enjuga el rostro claro y lloroso con los restos de su vesta. Desfallece apretándolo contra el pecho, se desmaya cubriendo el vaho que desprende la piel del recién nacido con sus brazos consumidos.

 

Recuerda, después, acunada entre las gentiles manos de la hermosa gente de Mithrim, el rostro de su prima Morwen. Ella se ha quedado allí, en la ciudad, convirtiéndose en voz y autoridad de su pueblo. La llamó estúpida, negoció, incluso suplicó, tratando de que no cometiera locuras. Le dijo que esperase, que aguardase… más tarde le pidió cordura, y después que aceptase el destino. Pero Rían era más pequeña, más rápida, y aun cargando con su henchido vientre fue capaz de huir.

Locuras…

Empuña las sábanas y trata de incorporarse. Escucha que algunos de los elfos susurran hacia el nido de linos y gasas. —Tuor —dicen… —Tuor… El nombre otorgado por el padre, el símbolo de la esperanza que compartieran ambos antes de que Huor partiera a la batalla.

Ella no es Morwen.

Como una sombra atraviesa las estancias, y sólo uno de ellos la ve, pero no quiere detenerla. Se siente abatido por haber sido el portador de las nuevas de muerte. Ha dicho que se llama Annael. Hace falta valor para quedarse donde se debe, se susurra para sí mismo mientras la observa partir sola y con las manos vacías. Pero también es valor caminar hacia donde te lleva el corazón, le ha respondido ella. De eso Annael nada sabe.

 

Hay una colina solitaria en el centro de la tierra desolada, arañada, batida por cientos de botas. Haudh-en-Ndengin. Los pies de Rían están descalzos. Siente las quijadas de los derrotados clavarse entre sus dedos. Los eslabones de las cotas de malla están fríos. Escala con cuidado, lentamente, como un tímido rayo de sol. Tienta en los miembros, se ase de las vainas. Asciende penosamente, acallando los relámpagos de su vientre con parpadeos y gemidos.

Corona la cima con trabajo, pero una vez arriba respira hondo. El hedor de la muerte la adormece; el zumbido de los insectos, a millares, le inunda los oídos como una fúnebre nana. Comienza a temblar, pero no es de miedo. Necesita culminar aquello para lo que ha venido.

El recuerdo con que se inclina le lleva a Brethil, una mañana en que su madre la mandó callar en el patio, porque su abuelo estaba enfermo. Las palmas se apoyan en la tierra y los restos, mientras en su memoria huele el humo de las antorchas y el fuerte metal de la sangre en la batalla de su infancia. La cadera dolorida encuentra apoyo, acompañada de los ecos de las risas en los jardines de Dor-Lómin.

Cuando la mejilla se posa en el cuero y el metal, es la voz de Huor en la Fiesta Grande la que canta en el oído de la doncella. El brazo se retrae, plegándose bajo la nuca, mientras el muchacho alto y sonriente la ayuda a bajar de aquel árbol y se niega a soltarla. Los párpados se abaten, negándose la luz, dejándole escuchar con más claridad la promesa que Huor hiciera antes de marcharse. Regresaré para tomarte en brazos, le dijo, a casa, dondequiera que estéis después de la batalla. Ese será mi hogar. Por eso es por lo que lucho ahora.

Había lágrimas en sus ojos entonces, aunque él se las enjugaba sonriendo. Como siempre, sonriendo, le pedía que no llorase más…

Encoge las rodillas hacia el pecho, terriblemente consciente de los despojos que arrastra en el movimiento, y su último recuerdo es para Tuor. Aquel tan pequeño, que llegó a ella en las llanuras. Aquel que sabe traerá un gran bien para Elfos y Hombres[4]. Y  por un instante le duele haberlo dejado solo.

Se acurruca un poco más, y el olor de los cadáveres la envuelve. Ahoga una náusea, pero su voluntad es tan fuerte y su cuerpo tan liviano que se sobrepone de inmediato. Extiende las manos para abarcar los cuerpos a su alrededor, esperando que el de Huor se encuentre cerca. Entona en un susurro su propia promesa, aquella que le hiciera a su esposo en su partida. Pero esta vez no llora, como en las estancias de Dor-Lómin.

—…Y yo estoy preparada para elevarme en tus brazos, Huor. Bienvenido a casa, esposo mío…

 

Los cuervos planean, perezosos, trazando lentos círculos. Sus graznidos espantan a los pajarillos que han acudido a comer insectos. Los ojos negros de las aves relumbran tanto como sus picos de azabache.

El primero de ellos se posa, y arranca distraído un jirón de carne apergaminada. Los demás lo siguen con pereza. El festín parece no agotarse, y sus estómagos están demasiado satisfechos para comer por hambre.

Uno de los más jóvenes asciende a saltos por el túmulo de piel, huesos y despojos. Sus patas pequeñas no se hieren en los filos mellados.

Los ojos le brillan un instante con las formas frescas y blancas que coronan la macabra colina. Ella está encajada, lánguidamente, en los vanos irregulares de los cadáveres superiores. Su rostro se hunde bajo un torso y un pie, sus piernas reciben el amparo de algunos miembros más. Junto a su brazo izquierdo el astil de una flecha negra se eleva, aún desafiante, hacia el cielo marchito. Los cabellos se le han desordenado con el aire caliente de los vapores de la descomposición.

El pequeño cuervo se acerca, desconfiado por la lozanía de la carne pálida. Muerde un pie con timidez, después hunde más el pico. Hoy es su día de suerte.

 

Mónica Sanz Rodríguez "Elanor Findûriel"



[1] El Camino Perdido.

[2] ¡Resplandezca el día! ¡Huya la noche!: recuerdan el grito de batalla lanzado por los Edain del Norte en el Narn I Chîn Húrin (Cuentos Inconclusos, p. 89 / UT 1 II La infancia de Túrin:65)

[3] Húrin y Huor hacen retirarse y salvarse a las tropas de Turgon mientras les aseguran la retaguardia. Antes de despedirse, y para convencerlo de que abandone la batalla, Huor le dice a Turgon “Esto os digo, señor, con la mirada de la muerte: aunque nos separemos aquí para siempre y yo no vuelva a ver vuestros muros blancos, de vos y de mí se levantará una nueva estrella. ¡Adiós!”. La nueva estrella sería Eärendil, hijo de Tuor e Idril (hija de Turgon) (S,QS,XX:22)

 

[4] Rían le dice a los elfos de Mithrim cuando la auxilian: “Os ruego que lo criéis y lo mantengáis oculto y a vuestro cuidado; porque preveo que será ocasión de un gran bien para los Elfos y para los Hombres. Pero yo he de ir en busca de Huor, mi señor” La frase de este cuento parafrasea esta cita. Entonces es cuando Annael, único superviviente de la Nirnaeth que regresó a Mithrim, le cuenta que Huor cayó en la batalla. (Cuentos Inconclusos, UT I De Tuor y su llegada a Gondolin).