El club secreto del escarabajo de piedra

por Pilar Caldú Royo

Primer Puesto, Premios Gandalf 2007

 

 

Esta es una historia de hobbits. Para ellos la escribí,

con toda mi gratitud, amor y respeto.

 

            En verdad, aquel era un orco horrible. El muchacho hobbit se planteó inconscientemente una cuestión: ¿Debía mirar otra vez o era mejor salir corriendo? Notó una humedad fría en la nuca y constató que la segunda opción era imposible. Los gruesos pies peludos no le obedecían y la mandíbula inferior se había encajado firmemente en la superior. “Miedo paralizante”, pensó. A sus espaldas, el silencio de aquel mediodía de verano era total, las chicharras parecían haber enmudecido y el calor asfixiaba, incluso en La Cuaderna del Este, donde la estación era tan fresca y dulce.

 

            Pino se acercó lentamente al borde de la hondonada y se atrevió a mirar. Si esta vez el monstruo advertía su presencia, sí que iba a correr, ya lo creo. Pero era importante que aquellos ojos no se cruzaran con los suyos, él sabía que no se puede soportar la mirada de un orco. ¿Un orco? Sin duda lo era, por el tamaño, el horror, el hedor y por el halo de perversidad que parecía flotar en el ambiente. El monstruo seguía allí. Y, en verdad, era un orco horrible. No es que Pino pudiera imaginar un orco hermoso, no, bien le habían explicado sus padres las malas artes de estas criaturas. Los Señores Peregrin de Alforzade y Meriadoc de Los Gamos los conocieron, y el Señor Alcalde, dicen, se disfrazó de orco una vez, con el señor Frodo... Bueno, costaba creerlo pero, he ahí por dónde, había un orco en la hondonada.

 

            Además, era un orco viejo. Aquella cabeza casi calva, grisácea y pedregosa, debió de tener hace años un brillo negro y amenazador. Un mechón de crines pardas se desparramaba, lacio y grasiento, sobre la cicatriz de una oreja mutilada. La otra... Una sensación de profunda repugnancia invadió a Pino. ¿Y aquel cuerpo cubierto de harapos, bajo los que asomaba lo que parecía una armadura oscura y coriácea? “Es como un escarabajo gigantesco y gris —pensó—, sólo le faltan unas cuantas patas”. Entonces el escarabajo abrió los ojos y Pino pegó un respingo de terror. Dos globos amarillentos y venosos, con un iris de color naranja, casi rojo, le observaron con malicia. El muchacho hobbit retrocedió y emprendió una carrera enloquecida a través de los campos, hasta el pajar de su casa.

 

            Por el camino tropezó con Gavilla, su prima, dos años menor que él.

—¿Dónde vas, loco, más que loco…? ¡Pero mira qué me has hecho, desgraciado...!

            El cántaro de leche había caído sobre la hierba y derramaba su contenido. Pino no miró atrás hasta que fue capaz de controlar su respiración jadeante, oculto en un rincón del establo. De allí lo sacó su padre y le obligó a disculparse ante su tía Corona. No ocurrió nada más aquella tarde. Pino no se movió de la cocina, estaba castigado y todos atribuyeron su desazón al malestar que siente cualquier muchacho forzado a permanecer en casa, cuando sus amigos se divierten en la charca bañándose y atrapando ranas. Se fue a la cama sin cenar y pasó la noche atormentándose por no haber advertido a nadie de la presencia del monstruo.

            A la mañana siguiente volvió a la hondonada. Fue despacio, atento a cualquier emboscada, temiendo lo peor. Pero el orco seguía allí, quieto, varado como una barcaza vencida y sucia en dique seco, preparada para un desguace al que a nadie interesa, porque es una pura ruina. Tenía los ojos cerrados pero los abrió súbitamente. ¿Maldad? ¿Ferocidad? Pino no podía sustraerse a aquella mirada. La primera sensación fue de pánico pero algo le retuvo allí. Quizá intuyó que su posición era privilegiada con respecto a la del orco. Estaba en su territorio y no había nada que temer si podía mantenerse a una distancia prudencial. El contacto visual se mantuvo y el temor dejó paso a la curiosidad. Se alejó dispuesto a mantener en secreto la presencia del que ya empezaba a considerar como su prisionero.

 

            Cuando regresó, a la caída de la tarde, el orco se había debilitado. Se observaron largo rato y, al cabo, Pino le habló en oestron, la lengua común. Las aletas de la aplastada nariz porcina del monstruo se agitaron cuando escupió una sola palabra:

            —Carrrne...

            El muchacho hobbit retrocedió de un salto. ¿A qué carne se refería? ¿A la suya? No, por ahora no debía descender a la hondonada pero, si el orco tenía hambre, él se encargaría de alimentarlo. Aquella noche robó una hogaza, una gruesa col y un pescado salado. Al amanecer, salió furtivamente de la casa y arrojó su botín a la hondonada sin detenerse a mirar al orco, y acudió luego a sus tareas, como si nada hubiera pasado.

 

            A la hora de la siesta, el monstruo estaba muy agitado. Había conseguido incorporarse y se había arrastrado unos metros. Al verle, emitió un rugido de furor y la hogaza pasó volando junto a la oreja del chico, mientras de la boca de la bestia surgía una retahíla de gruñidos amenazadores. Pino retrocedió y corrió a campo través hacia su casa. Por la noche consideró la situación. Estaba a punto de meterse en un lío muy peligroso. Se planteó distintas soluciones y cuando le venció el sueño seguía sintiéndose confuso y agotado. Al día siguiente se vio incapaz de volver a la hondonada pero por la noche tomó una decisión: haría un segundo intento con el orco, le convencería para que aceptase los alimentos qué él podía robar y procuraría mantenerle con vida.

            El orco seguía allí, más flaco, más pálido. Estaba absolutamente inmóvil y Pino pensó que parecía una piedra deforme y gris. Desde lo alto comenzó a hablar.

            —Escarabajo... ¡Eh, escarabajo!

            El monstruo abrió los ojos y poco después dejó caer la mandíbula inferior en un gesto de desamparo que conmovió a Pino. Corrió a un campo cercano, regresó con algunas verduras y se las lanzó al orco. Cuando este acabó de roer un troncho de col, lo único que quedaba del desesperado destrozo al que sometió a las hortalizas, miró al muchacho. Aquellos ojos habían parecido rasgados y feroces, eran como dos esferas redondas y sorprendidas. El chico, que en un principio le se sentó al borde de la hondonada y comenzó a hablar suavemente. El tiempo fluyó despacio, como el largo monólogo del hobbit. Cuando regresó a su casa se sentía extrañamente aliviado y no sólo porque el orco hubiera comido. Descubrió que llevaba mucho, mucho tiempo, sin hablar tanto, tal vez porque nadie había tenido el interés suficiente como para escucharle.

 

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            Pino fue el primer hijo de Arador y Estela. Cuando vino al mundo, su padre se volvió loco de emoción y alegría. ¡Un varón, era un varón! Arador se construyó un castillo de sueños mientras acunaba a aquella bolita de carne rosada y de piececitos suaves, cubiertos de una fina pelusilla dorada. ¡Un chico! El buen hobbit proyectó todos sus anhelos no cumplidos en aquella criatura. Sería alto y esbelto como un pino, fuerte, valiente, decidido, un líder entre los hobbits de su edad... Guapo, también guapo. Ninguna mozuela le negaría un baile o una cita... Y es que Arador era un hobbit recio y cuadrado, de cuello corto, mediana estatura, tímido y algo torpe, un poco encorvado por el trabajo en el campo y segundón por naturaleza. Eligió celosamente el nombre de su primogénito: Pino, como un pino iba a ser el chico. Pero se equivoco: la criatura se pareció a su padre en casi todo.

 

            La familia salía adelante con esfuerzo. Al año siguiente, Estela tuvo una hija, Flora, y murió poco después de dar a luz a Tom, diez años más tarde. Para sorpresa de todos, la niña asumió el cuidado de la casa y del recién nacido. Ahora Tom había cumplido ya los tres años y era un niño hobbit revoltoso y feliz, Pero Arador seguía como perdido. En la casa se mostraba silencioso, casi huraño, y sólo recobraba la alegría en la taberna, con sus amigos, frente a una jarra de cerveza, y cuando acariciaba a su hijo menor.

 

            A Pino, lo mismo que a su hermana, se le murió la niñez cuando perdió a su madre. Pasaba más tiempo trabajando en el corral, cortando leña y ayudando a su padre, que jugando en la charca con los hobbits de su edad. Además iba a la escuela, porque su padre quería cumplir escrupulosamente la promesa que le hizo a su madre en sus últimos días. Pero pronto iba a concluir sus estudios, con gran impaciencia de Arador, al que todo aquello le parecía una pérdida de tiempo. Pino no sabía si alegrarse o entristecerse.

 

            Los dos hermanos eran serios y silenciosos, responsables, trabajadores y de una considerable fuerza de voluntad. Hablaban poco entre sí y nunca discutían; era como si siempre supieran lo que el otro pensaba o deseaba, o lo que convenía hacer en cada momento. Todos los días, Arador salía de casa muy temprano, como si huyera, y todo quedaba a cargo de Pino y Flora. Tía Corona controlaba al bebé y ayudaba a resolver los problemas diarios. El muchacho aprendió a guisar y participaba en las tareas más pesadas. Cargaba baldes de agua, se empinaba para limpiar el techo de telarañas y ayudaba a su hermana a lavar y retorcer las gruesas sábanas los días de colada. Todo esto le llenaba de una vaga inquietud. Pensaba que sus compañeros encontrarían ridículas estas tareas, más propias de mujeres, por lo que procuraba ocultar estas actividades. Flora lo comprendía y todo se desarrollaba con la mayor discreción. No estaban tristes porque apenas les quedaba tiempo para pensar en sí mismos. Vivían volcados en el pequeño Tom. Los pocos amigos que tenían eran incondicionales y el grupo de compañeros de estudios y diversiones les aceptaba. No eran líderes, no destacaban pero, pese a su inseguridad y a la profunda falta de afecto,  eran sociables  y gozaban en las frecuentes fiestas y celebraciones y en los correspondientes intercambios de regalos.

 

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            Los robos en la despensa y en los huertos de las inmediaciones menudearon. Flora se quejó, por lo que el muchacho hobbit comenzó a guardar parte de su desayuno y todas las piezas de fruta que caían en sus manos. Habían transcurrido ya tres semanas y a Pino le resultaba indispensable acudir cada día a la hondonada a pasar un rato con su orco. Ya no le temía y se sentaba a corta distancia del monstruo. Este había adelgazado visiblemente y parecían haberle abandonado su fiereza y su maldad. Era como un enorme enfermo callado e inmóvil. Una tarde de tormenta, se arrastró hasta una de las paredes de la hondonada, bajo una roca que parecía un alero de piedra. Allí se guareció de la lluvia y quedó menos expuesto a la vista de quienes pudieran acercarse al lugar. Pino descendía por la cuesta lateral, colocaba a su lado las vituallas que había conseguido y lo observaba mientras comía. Luego hablaba y hablaba, como animado por el silencio y la mirada del orco.

 

            ¿Cómo es posible que un muchacho tan reservado tuviera tanto que decir? Allí salió todo. Las largas noches de la enfermedad de la madre, el abatimiento tras su pérdida, el dolor sordo y lleno de ira por lo que creía un doble abandono. Y, a la vez, la compasión por el pobre borracho al que algunas noches conducía a la cama, entre quejas y lágrimas. Por primera vez en su vida se interrogó sobre Flora, sobre sus jornadas de trabajo, sobre su feminidad cada vez más patente. Algo la alejaba de ella, una mezcla de respeto y confusión. Pero la quería, vaya si la quería, aunque apenas cruzaran dos palabras. Ella no era demasiado guapa pero era buena y se merecía la suerte de  su prima Gavilla o de sus amigas. Pino se sorprendió riéndose al hablar de Tom, de pañales y biberones, de sus primeras palabras y de sus primeros pasos. Se acaloró al describir al orco los juegos que a veces compartía con sus amigos y le habló largamente de cada uno de ellos. Pino había heredado de su padre la valoración de la amistad, el anhelo de una vida mejor y la tendencia a un cierto desencanto cada vez que se miraba al espejo.

 

            Una tarde, cuando regresaba de la hondonada, al pasar junto a un frondoso nogal, algo muy pesado cayó sobre su espalda y le derribó. La boca se le pegó a la tierra y creyó que el polvo iba a dejarle ciego.

 

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            El orco no había sido creado para pensar. Allí tendido, el tiempo se le fundía poco a poco sin alcanzar la conciencia de su situación. Dos claves habían dado sentido a su vida: la obediencia ciega y la fuerza de los instintos. Ahora no había a quién obedecer. O quizá sí. Pero aquel ser menudo, de pies peludos y pelo ensortijado, no se parecía en nada a quienes habían determinado sus acciones y movimientos hasta hacía bien poco. Hubo un desastre, un caos, eso lo recordaba bien, aunque no sabía decir cuándo porque el factor temporal le era casi ajeno. Antes todo era fuerza, violencia, gozo perverso, alimentado por los gritos y el látigo de Quienes Sabían Más. Y mucha acción, y mucha sangre. Luego vino una huida a la desesperada, un errar sin término en un grupo que se hacía cada vez menos numeroso.

 

            El orco no había sido creado para albergar sentimientos. Sensaciones sí, y mucha rabia, mucha crueldad, exaltación, furia... ¿O tal vez eran sentimientos? Cuando enfermó y comenzó a rezagarse y a no participar en cacerías y atropellos para conseguir alimento, el grupo lo dejó atrás. Si antes experimentó confusamente algo que podría llamarse inseguridad y miedo, al quedarse solo perdió todos sus puntos de referencia.

 

            Vagó días y días por los campos, arrastrándose, incapaz de comer, al límite de la supervivencia. El terreno que pisaba le resultaba inhóspito. Demasiado verdor, demasiados árboles frutales, tan distintos de los del Bosque Negro y de los que había en los alrededores de Minas Morgue. Demasiados sembrados. Incluso había flores... No, al orco no le gustaba aquel terreno. Y una noche, después de una jornada agotadora, pisó en falso, cayó por un terraplén y fue a parar a una pequeña hondonada rocosa. Entonces le invadió una sensación de indiferencia y de vacío total. Sabía qué era la muerte porque había visto morir a muchas criaturas, en batalla, en el tormento, e incluso había devorado, en una ocasión, a otro orco que fue azotado hasta morir. Pero no sabía si la situación en la que ahora se encontraba tenía algo que ver con la muerte. Luego apareció el pequeño ser de pies peludos.

 

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            Pino fue consciente de su situación cuando dos pares de brazos le pusieron boca arriba y alguien cabalgó sobre sus costillas.

            —Vamos, chico, qué sorpresa ¿verdad?

     La voz sonaba desde arriba y Brando, el bravucón, parecía doblemente alto y fuerte. Tres muchachos hobbits sujetaban a Pino y su jefe se sentó junto al caído.

            —Vaya, vaya, qué manera de correr ¿Huyes de algo? Llevas corriendo muchos días y, mira, nos gustaría correr contigo, a ver quién llega antes. Pero ¿hacia dónde, si puede saberse?

            Aquello no lo esperaba Pino. Es verdad que Brando, de familia influyente y acomodada, era el prepotente aficionado a las bromas pesadas y a molestar a quienes le parecían más débiles, pero a él siempre le había dejado en paz. Se revolvió repentinamente derribando al que oprimía su pecho. Necesitaba desviar la atención de sus atacantes, era preciso que volvieran al pueblo, que dejaran atrás la hondonada, pero no hubo suerte.

            —A ver, a ver... ¿qué lugar hay por aquí al que este pinito frondoso se haya aficionado últimamente?

     Volvía a estar boca abajo pero esta vez una mano firme lo tenía agarrado por los cabellos y tiraba de la cabeza hacia atrás. Hubo forcejeos, insultos y una lluvia de patadas. Cuando la polvareda se disipó, el tono de Brando había cambiado.

            —Mira, sabemos que todos los días te esfumas dos o tres veces y creemos que tienes algún asunto en la hondonada. Da igual que no quieras hablar, vamos ahora mismo a verlo y tú te vienes con nosotros.

 

     Emprendieron la marcha mientras Pino se incorporaba trabajosamente. Todo estaba perdido, ahora lo sabrían en el pueblo, acudirían a matar al orco y él tendría problemas graves. Pero el orco era suyo. No iba a consentir que nadie le hiciese daño, estaba enfermo, era inofensivo, No, no, no, ¿quiénes eran ellos para hacer y deshacer a su antojo? Comenzó a andar cojeando, sin prisa, luchando por contener las lágrimas de rabia. A los pocos minutos oyó los gritos de terror y cayó en la cuenta de que el miedo había cambiado de bando.

 

     Unos pasos más y chocó con dos de sus atacantes, que corrían enloquecidos. El impacto derribó a uno de ellos y Pino sujetó al otro. Empezó a hablarles en tono tranquilizador, les tomo firmemente del brazo y les obligó a sentarse bajo el árbol más cercano. Brando no tardó en llegar. Iba pálido y sin aliento y había perdido el habla. Pino le abrazó y le habló como un adulto tranquiliza a un niño con graves motivos para estar asustado. Les dio la razón: era un orco horrible. Un orco, sí, un orco, seguro. Pero no iba a hacerles daño, estaba enfermo y muy débil, seguro que les gustaría verlo otra vez para cerciorarse de que no corrían peligro.

 

            Desorientados, lentamente, como si hubieran perdido la capacidad de decisión, siguieron a Pino. A pocos metros de la hondonada estaba el muchacho hobbit que faltaba. Permanecía quieto, enroscado, oculto el rostro entre las manos. El orco se había recostado en la pared de piedra y observaba con gesto de fiereza.

            —Escarabajo, estos son mis amigos. Míralos bien porque vendrán por aquí de vez en cuando.

            —El monstruo suavizó su mirada al oír la voz de Pino. Luego se volvió de costado e intentó dormir. El muchacho hobbit estaba muy lejos de sentir la calma que aparentaba. En su interior bullían ideas alarmantes. Esos estúpidos correrían al pueblo a contarlo todo, matarían al orco y a él le darían una paliza, les conocía y sabía que eran tardos en comprender, que sólo les movían las ganas de divertirse y de fastidiar. Todo se venía abajo. Había que atajar el desastre cuanto antes.

 

            Pino nunca supo cómo fue capaz de enhebrar tantas palabras seguidas y con tanta convicción. Obligó a sus cuatro acompañantes a descender a la hondonada y a sentarse cerca del orco. Él lo hizo a un metro escaso de distancia y desde allí habló al resto, prudentemente alejado. El orco, al oír la voz de Pino, se incorporó un poco y se mantuvo atento. El miedo de Brando y sus amigos sólo era comparable a su sentimiento de incredulidad. Cuando regresaron al pueblo ya atardecía. Iban en silencio. Le habían prometido a Pino no hablar del orco con nadie y reunirse en la hondonada al día siguiente, a la hora de la siesta.

 

            Cinco hobbits no conciliaron el sueño aquella noche. La angustia de Pino no se disipó en toda la mañana y subió de tono al acercarse a la hondonada a la hora convenida. Oyó voces, voces demasiado altas y no precisamente de terror o de petición de auxilio. Llegó justo cuando un grupo de unos quince chicos hobbit comenzaba a apedrear al orco desde lo alto del terraplén. El indeseable de Brando era incapaz de mantener su palabra, de no ser el centro de todas las cosas, ¿cómo pudo Pino confiar en él? No confió, claro, pero hizo lo único que era posible en aquel momento para conjurar el desastre. Gritó para que se detuvieran, derribó a los que tuvo más cerca y le escupió a Brando todo lo que opinaba sobre él. Bajó hasta donde el orco se defendía cubriéndose la cabeza con las garras, se plantó frente a todos y comenzó a hablar. Al principio gritó para ser oído pero luego fue bajando la voz cuando se hizo el silencio.

 

            Les habló del orco, de la importancia de haber encontrado un orco en su pueblo. Él había estado en Mordor había visto a Sauron, conocía toda la historia de la destrucción del Anillo, era un monstruo, sí, pero un monstruo que había vivido la Gran Gesta que cantaban los bardos por toda la Tierra Media. Es verdad que estaba en el bando equivocado pero él no lo eligió. Era un orco porque lo habían hecho así. Y ahora llegaba al pueblo como un ser vencido y enfermo, tranquilo, incapaz de hacer daño. ¿Para qué apedrearle? ¿Qué razones había para matarlo? El orco podía hablar con ellos, él lo sabía, y esta experiencia no se la podían perder por nada del mundo.

 

            Al cabo de unas horas, el grupo se había cerrado en torno a Pino. Iban a crear un club secreto para proteger al orco. Se plantearon muchas cuestiones: ¿Quiénes más podían pertenecer al grupo? ¿Cómo se organizarían para alimentar a su invitado? ¿Cómo ocultar el asunto a los adultos?

            Las respuestas fueron viniendo gradualmente, de forma fluida. Los chicos hobbits iban llegando a la hondonada acompañados y protegidos por quienes ya conocían al orco y no hubo escenas de terror. Sí, hubo discusiones desagradables en algunos domicilios cuando empezaron a faltar alimentos con demasiada frecuencia. Flora atrapó a Pino con el pedazo de asado de cerdo que ella guardaba en la alacena. Él lo confesó todo y a ella se le cayeron al suelo el asado, la salsa y la bandeja. Pero le creyó y se puso de su parte. De modo que unas cuantas hobbits pasaron a formar parte del grupo secreto, ya que de ellas dependía, en buena medida, el avituallamiento del orco.

 

            Cuando Gavilla manifestó su interés en ser conducida a la hondonada, Pino la acompañó. Era una adolescente de trece años, delgada, bajita, de largos cabellos castaños. Cuando hablaba con Pino tendía a ponerse de puntillas para estar a su altura y plantarle cara, si lo creía preciso. Demasiadas cosas sabía Gavilla sobre la familia de Arador y sobre las aventuras y desventuras de su hijo. No en balde tía Corona entraba y salía de la casa a cualquier hora y ejercía allí una notable influencia. Mientras caminaban, Pino le fue dando todo tipo de explicaciones para prepararla y le repitió una y otra vez:

            —No tendrás miedo, eso no, pero te quedarás sin palabras. Ya verás como te quedas sin palabras.

            Cuando Gavilla se acercó al terraplén guardó silencio. Sus ojos, redondos por el temor y la sorpresa en un principio, se fueron entrecerrando poco a poco hasta convertirse en dos rayitas. Luego habló, vaya si hablo. Dijo tres palabras:

            —Hay que lavarlo.

 

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            El orco no recordaba su nombre. Si es que había tenido alguno, porque le enseñaron a responder cuando le llamaban, pero tal vez aquello no era un nombre. Pino sí le llamaba utilizando un nombre. A lo mejor aquel nombre era exclusivamente suyo y nadie más, en todo Mordor, en toda Arda, se llamaba así. Escarabajo. Al orco, de vez en cuando, se le iba la cabeza. Pensar era doloroso y agotador, y él no había sido creado para pensar. Dormir, comer y escuchar la voz de Pino. Arrastrase por la hondonada huyendo del sol. Dormir otra vez. Y un montón de caras nuevas, de pequeños pies peludos a su alrededor. Lejos quedaba el aluvión de piedras del día en que Pino gritó tanto. Piedras... A la rudimentaria memoria del orco acudieron imágenes deliciosas: Guerra, asedio, destrucción.... Pero Pino no lo permitió, no le gustaban las piedras. Luego sucedió algo inesperado y espantoso.

 

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            La mayoría de los componentes del club secreto del Escarabajo recibió con prevención la propuesta de Gavilla.

            — ¿Estáis seguros de que los orcos se bañan?

—    Tanto trabajo y a ver si ahora vamos a matarlo.

—    Bueno, conmigo no contéis, a mí no me gusta que me bañen, así que me opongo.

     Pero las chicas hobbit eran realistas y decididas. El hedor no era bueno para nadie, y mucho menos para los hobbits más pequeños, que se iban uniendo al club porque sus hermanos no podían dejarlos solos. La discusión fue larga y acalorada y cuando se decidió darle un baño al orco, comenzaron las dificultades. La estrategia fue confiada a las chicas. Hacían falta baldes, jabón, cepillos, toallas... No, sábanas mejor que toallas. Y agua, enormes cantidades de agua.

 

            Hubo una tarde, a principios de agosto, a la hora de la siesta, en que todos los baldes, pozales, jarras y recipientes similares desaparecieron sigilosamente de las casas. Costó mucho acarrear el agua y, llegado el momento, nadie se atrevía a empezar. La voz de Pino tenía un tono especial que alertó al orco, pero fue reducido, atadas las extremidades con cuerdas sostenidas por los muchachos más fuertes. Todos se emplearon a fondo, también las chicas, que se dedicaron en especial a la cabeza y las garras del monstruo. El espectáculo fue indescriptible.

 

            Al acabar se sentaron, agotados y chorreando, como supervivientes de un naufragio o una batalla naval. Decidieron enterrar los andrajos que cubrían al orco en lugar de quemarlos, no fuera el fuego a alertar a los adultos. Poco a poco fueron recogiendo sus pertenencias para depositarlas en su lugar sin llamar la atención. Regresaron lenta y  pesadamente a sus casas. Algunos se detuvieron para darse un chapuzón en la charca y desprenderse del mal olor. Pino se quedó junto al orco, acariciando su cabeza. La fiera permanecía quieta, envuelta en una sábana limpia, con los ojos cerrados. El tono de su piel parecía de un gris más pálido, como si fuera a morir de un momento a otro. Pero el orco, que había salido indemne de la batalla de los campos de Pelennor, sobrevivió a su primer baño.

 

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            Pino seguía sintiéndose levemente culpable por no haber informado personalmente a Ham de la existencia del orco. Ham era su mejor amigo y, desde el primer momento, quiso confiarse a él. Algo, sin embargo, le frenaba y es que Ham era el hijo del alcalde, Maese Sam Sagaz, un hobbit sabio y comprensivo, pero especialmente pendiente de los acontecimientos de La Comarca y con un claro sentido de la justicia. ¿Sería capaz su amigo de mantener el secreto ante un padre que parecía leer en los ojos de quienes le rodeaban? Maese Sam había formado parte de la Comunidad del Anillo y había colaborado muy directamente en su destrucción. Ahora vivía en Bolsón Cerrado, la antigua residencia del señor Frodo Bolsón, el héroe hobbit que había introducido a los de su raza en la leyenda de los héroes. Aquel verano el alcalde estaba ausente y esto había tranquilizado a Pino, pero no pudo soportar la mirada de reproche y desengaño que le dirigió Ham cuando, por medio de Brando, conoció el secreto.

 

            La amistad estaba muy arraigada y las disculpas de Pino disiparon la tensión. Ham era un muchacho razonable y tranquilo, y su padre le había hablado tanto de estas y otras extrañas criaturas, tan ajenas a La Comarca, que pudo aceptar la presencia del monstruo sin miedo ni inquietud. Sin embargo, planteó con todo realismo a su amigo las consecuencias del pacto de silencio y el dudoso desenlace de todo aquel asunto. Pino sabía que tenía razón y su preocupación se hizo más honda. Aparentaba calma y serenidad, daba respuestas a todos los que acudían a él, organizaba, daba a conocer sus decisiones y procuraba que los acuerdos que tomaban en común se cumplieran. En realidad, eran pocos:

            1º El orco era un ser importante, testigo de las grandes gestas de la Tierra Media.

            2º Era un honor para la Comarca contar con su presencia. Nadie le dañaría y todos procurarían su bienestar.

            3º Nadie hablaría del orco a los adultos.

            4º Cualquier niño hobbit capaz de guardar el secreto y colaborar en el cuidado del orco podía ser admitido en el club. Dos de sus componentes tenían la obligación de presentarlo, enseñarle sus obligaciones y acompañarle a conocer al orco.

 

            Ham pronto se convirtió en la mano derecha de Pino pero hubo un problema cuando Prímula, de cinco años, se enteró de la existencia del orco. A diferencia de su hermano Ham, la pequeña era locuaz, voluntariosa y poco inclinada a aceptar órdenes de nadie. Era menuda y delgada, algo parecida a su hermana Elanor, la hobbit pelirroja de belleza élfica, que vivía ahora en Los Gamos con su marido. Intentaron convencerla de que no valía la pena ir a ver al orco, pero Prímula se mostró irreductible y no hubo más remedio que cargar con ella. Ham se lamentaba, aunque había hobbits más pequeños en el club, Cebadilla, por ejemplo. Cada vez que Gavilla acudía a la hondonada, dejaba que su hermanita Lobelia, de tres años, jugara cerca del orco. Cuando vio al monstruo, Prímula apretó los labios y no lloró. También supo guardar el secreto. Además, fue la primera en averiguar que el orco era sensible a la música.

 

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            Entretanto, el comportamiento del monstruo parecía complacer a todos. Se había rendido a lo incomprensible, había perdido las fuerzas y se dejaba llevar a la deriva. Parecía tranquilo y casi receptivo, admitía los cuidados de los hobbits y no había en él ningún rastro de agresividad. No hubo forma de hacerle hablar pero emitía suspiros y sonidos guturales que podían interpretarse según la conveniencia del interlocutor de turno. Lo que estaba claro es que al orco le gustaba escuchar y que la música de flauta y las canciones acrecentaban su interés. Brando mostraba su decepción porque el orco no respondía a sus expectativas. La indiferencia con que acostumbraba a contemplarle cuando el muchacho hobbit se empeñaba en obligarle a hablar era motivo de algunas risas disimuladas. Pero Brando no se daba por vencido, el hecho de haber sido él quien desveló el secreto de la existencia del orco le hacía sentirse muy satisfecho de sí mismo. Todos colaboraban, los turnos funcionaban bien y Pino respiraba aliviado cada vez que acudía a la hondonada y encontraba al orco alimentado y tranquilo. Le gustaba quedarse a solas con él  y hablarle, como en los primeros días de su encuentro.

 

            Gavilla había dejado de burlarse de Pino. Ahora iba a casa de Arador con más frecuencia y fue la que organizó la recolección de colchas para proteger del frío al orco. Como no era prudente sustraer ropa de uso habitual,  ya que enseguida se hubiera echado en falta, comenzaron a salir sigilosamente del fondo de los baúles hermosas piezas, unas bordadas, otras cubiertas de encaje, que algunas novias hobbit habían aportado al matrimonio. El avituallamiento era más fácil: los muchachos se movían con facilidad en las frecuentes celebraciones y banquetes al aire libre, por lo que el orco pudo contar con una serie variada y deliciosa de sobras de carne, empanadas, verduras, frutas cocidas y pasteles.

 

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            Con semejante caos dietético se acentuó la confusión del monstruo, casi aplastado por tantas sensaciones, texturas y sabores nuevos y extraños. Lejos quedaban el regusto de la sangraza, de la carne cruda o putrefacta y la acidez de las raíces recogidas al paso, húmedas y crujientes de tierra y piedrecillas. Cuando probó por primera vez  un pedazo de tarta de miel, sintió que algo se derretía en su interior y notó su sangre como un reguero de suave calorcillo que le invadía el cuerpo, aquel cuerpo enfermo, flaco y lavado, que le era cada vez más ajeno.

 

            El orco no había sido creado para conocer la alegría. Sin embargo, aquella tarde notó una extraña humedad en los ojos y una sensación nueva, una mezcla de  expectación confiada y de dulce laxitud.  El orco no había sido creado para ser feliz, pero nunca una criatura de Mordor estuvo más cerca de serlo. Algo debió traslucirse al exterior, porque los hobbits que le rodeaban en aquel primer contacto con la miel guardaron un silencio respetuoso, como si hubieran presenciado algo muy íntimo y especial.

 

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            Aquella noche Pino no podía conciliar el sueño. Todo parecía ir bien, pero Ham ya le había comentado que el frío dificultaría mucho las actividades del Club del Escarabajo. Faltaban pocos días para que finalizara el mes de Agosto y durante la noche bajaba la temperatura. ¿Cómo soportaría el orco el frío y la intemperie? Además, era bien visible que estaba cada vez más débil y enfermo. Se revolvió una vez más en la cama y al fin decidió ir a la hondonada. Flora, que le oyó salir de la habitación, le ayudó a envolverse en la capa de su padre, le acompañó a la puerta de la casa y la cerró sin hacer ruido. La noche era tan clara que Pino consiguió su propósito sin tropiezos.

 

            El orco se agitaba y gruñía, parecía presa de una fiebre muy alta, había apartado las colchas que lo cubrían e intentaba arrastrase hacia el terraplén por el que se accedía al lugar. El muchacho hobbit intentó tranquilizarle, acarició su rostro pedregoso y le habló suavemente. Cuando el monstruo se dejó arropar y se abandonó a los cuidados de Pino, este se quedó unas horas acompañando a la extraña criatura. Calló cuando le pareció que el orco se había dormido y permaneció quieto, observando el cielo, presa de un sentimiento que no sabía cómo describir. Todo estaba en calma y él se sintió lleno de una serenidad desconocida, como si se hubiera reconciliado consigo mismo, con su inseguridad, con su padre, con Brando y con el mundo. Miraba al orco y adivinaba que había vivido, casi sin saberlo, una aventura apasionante y profunda. Durante unos minutos experimentó una sensación de plenitud que no olvidó en toda su vida.

 

            El orco despertó antes de amanecer. Arrojó las colchas a un lado y reptó intentando salir de la hondonada. Se revolvió y se agitó con violencia hasta que, agotado, quedó tendido boca arriba y entró en una especie de sopor del que le arrancó, horas más tarde, un ruido inesperado. Abrió los terribles ojos de color naranja y los fijó en una figura redondeada en lo alto del terraplén. Ya era de día. Intentó incorporarse, afiló la mirada y lanzó un profundo rugido, como en sus mejores tiempos. El intruso se tambaleó y desapareció de su vista.

 

 

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            Forbio, el herrero de Los Gamos, llevaba tres días enemistado con su mujer. Todo había comenzado cuando su sobrino se presentó en su casa, sin avisar, anunciando que iba a quedarse a vivir con ellos. Las andanzas del joven eran bien conocidas por toda la familia y, al parecer, el hermano de Forbio le había planteado un ultimátum, de modo que el sujeto de tantos conflictos optó por alejarse del escenario habitual de sus correrías y buscar parajes nuevos. La esposa del herrero protestó; no estaba dispuesta a compartir la casa con el sobrino de su marido, de quien había probado ya algunas burlas.

 

            Forbio se encontró entre dos fuegos, él, que rehuía todos los problemas y se encerraba una semana en la fragua hasta que las tempestuosas broncas con su esposa amainaban. Pero esta vez no pudo acudir a su refugio habitual porque el sobrino, amenazado por su tía, había tomado el lugar y ocupado la única cama. Así pues, cariacontecido y enojado, Forbio decidió viajar, alejarse de su casa y castigar a su mujer demostrándole que a él nadie le armaba ningún escándalo. El recorrido que se había planteado era el habitual y concluía en la taberna de Bree.

 

            Partió de buena mañana y pasó la tarde bebiendo. En un determinado momento, perdió la noción de lo que ya había trasegado y acabó ahogándose en la cerveza y en sus propias penas. Maese Mantecona, al atardecer, ofreció al herrero un lugar donde dormir la borrachera pero el herrero se encontraba en plena efervescencia verbal y no se avino a razones. Caminó en plena noche, sin rumbo fijo, rumiando agravios y entonando canciones tristes. Estaba cercano el plenilunio y los senderos podían recorrerse sin peligro, de modo que el infeliz se internó en los campos y bosquecillos, ahora cayendo, luego levantándose, hasta quedar tendido junto a unos matorrales. Cuando despertó sintió un frío intenso, por lo que decidió ponerse a cubierto en algún lugar cercano. El terreno le era familiar, recordó una hondonada donde podía refugiarse y no tardó en encontrarla. Cuando se asomó, distinguió claramente una forma extraña, gris y de apariencia pétrea. Pensó que era una roca. No supo exactamente qué era hasta que aquello se movió e intentó enderezarse.

 

            Forbio tenía entonces sesenta años y sabía bastante de la vida y de las peligrosas criaturas que habitaban la Tierra Media. —No es posible, no, debo de estar muy enfermo, esto es una alucinación...—. El monstruo gruñó y el borracho corrió dando tumbos hacia un nogal cercano. Allí, acostado y hecho un ovillo, derramo tiernas lágrimas de compasión por su desgracia, por tener una mujer tan exigente y poco comprensiva, siempre dispuesta a pelear, y porque su sobrino era una amenaza y no sabía cómo escapar de ella. —Y encima, un orco—. No cabía duda, estaba enfermo, entre todos lo llevarían a la tumba. Ahora veía orcos y esto debía ser muy grave. Gimió con cierta autocomplacencia y decidió dormir un rato. ¿El orco? A saber si había un orco. En cualquier caso, prefería un orco a la bruja de su mujer y al  sinvergüenza de su sobrino.

 

            Cuando despertó, el sol ya estaba alto. Se acercó cautelosamente a la hondonada y los cabellos se le erizaron de terror. Un orco, era un orco, y él ya no estaba borracho. El orco le miró y soltó un tremendo rugido. De un salto se refugió tras unos arbustos y antes de decidir qué podía hacer, oyó unas voces infantiles cada vez más próximas. Oculto entre las ramas, con los ojos desencajados por el miedo y el estupor, contempló el paso de unos muchachos y tres niños. Paralizado por el desconcierto, permaneció unos minutos sin moverse y luego echó a correr hacia el pueblo, jadeando, ahogándose.

 

 

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            Verín tampoco durmió aquella noche. Él y un amigo debían transportar a la mañana siguiente la comida del orco a la hondonada. No le costó demasiado hallar un escondrijo para el fardo que, disimuladamente, le entregó antes de la cena un hobbit algo mayor que él. Lo malo es que se durmió de madrugada y cuando despertó, su amigo ya se había vuelto a su casa, extrañado y harto de esperarle. Verín no supo si avisar a Pino o llevar él solo la comida y al fin optó por esta última solución, arriesgada porque a aquellas horas cualquiera podía sorprenderle, pero la más conveniente para el orco. A medio camino tropezó con su padre y con su hermano que regresaban a casa a recoger unos aperos de labranza. Verín creyó que el suelo se hundía, no sabía hacia dónde mirar y se quedó sin habla cuando su padre insistió una y otra vez en conocer las razones de su presencia en aquel lugar y el contenido del saco que llevaba al hombro.

 

            Si el hermano de Verín no hubiese tenido ya dieciocho años y hubiera podido pertenecer también al Club del Escarabajo, el incidente se habría solventado sin consecuencias, pero Verín sólo tenía diez años y era el objeto continuo de las bromas y burlas del hermano mayor. Cuando el padre vio la comida reconoció enseguida su procedencia: una fiesta de cumpleaños del día anterior. Llamó ladrón a Verín, le exigió la devolución de lo robado y una explicación sobre la finalidad del robo. El hermano mayor se partía de risa. El acusado no sabía mentir y habló de forma entrecortada y confusa, acrecentando la indignación de su padre. Al fin, el hermano mayor, entre lágrimas, insinuó que la comida debía ser para el animal extraño que, según rumores, los niños hobbits custodiaban  en las afueras del pueblo. Verín estaba anonadado, el secreto había trascendido y se avecinaba un gran desastre.

 

            —¿De qué animal está hablando tu hermano? ¿De quién es? ¿Es verdad que tenéis escondido un animal?

            —No te imaginas de qué se trata, padre, no te lo puedes ni imaginar...

            El hermano mayor se reía tanto que parecía incapaz de acabar la frase.

            —Bueno, dicen que es un orco...

            —¿Un qué? ¡Déjate de bromas, desgraciado! ¿Has dicho un orco?

            Verín se encogió bajo la manaza de su padre. Si se hubiera unido al regocijo de su hermano mayor, fingiendo que seguía la broma, todo hubiera acabado en un castigo y una disculpa pública, pero no pudo articular palabra. Aquello era demasiado para él. Lloró. Tenía sólo diez años, un padre exigente, un hermano burlón y un orco en la hondonada esperando el desayuno.

 

            La sorpresa del padre duró sólo unos instantes, justo hasta que un hobbit forastero, algo, grueso, y con los ojos desorbitados, entró en el pueblo gritando:

            —¡¡¡Un orco!!! ¡¡¡Un orco!!!

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            Aquella mañana, Ham y Gavilla se dirigieron a la hondonada con Cebadilla, Prímula y Lobelia, esta última en brazos de su hermana. Por el camino recogieron algunas flores y ramos de hiedra y cuando llegaron hasta el orco se sorprendieron al verle tendido en medio de la pequeña explanada, enfermo y sin indicios de haber recibido el alimento del que diariamente se encargaban los muchachos. Le encontraron tranquilo y muy débil, cubierto de un sudor frío que les preocupó. Tras abrigarle con las colchas, Ham se hizo cargo de los pequeños mientras Gavilla regresaba al pueblo a buscar a Pino. Al poco rato, el muchacho hobbit trepó por el terraplén y se acercó a un campo vecino con la intención de arrancar algunas verduras para el orco. Prímula, que había traído de su casa una manzana caramelizada, pareció entristecerse a la vista del monstruo. Delicadamente, la introdujo en la enorme boca entreabierta y se sentó a jugar con sus amigos. Trenzó una corona de flores para Lobelia y se la puso, y luego amontonó piedrecitas con Cebadilla. El tiempo transcurrió plácidamente mientras esperaban a Gavilla y a Ham.

 

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            En el pueblo corrió la voz y la gente fue reuniéndose en torno al espantado herrero de Los Gamos. Confirmada la noticia, los niños hobbits fueron urgidos a explicar todo lo que sabían. Las madres gritaban y lloraban buscando a sus hijos, temiendo que pudieran encontrarse en aquellos momentos en poder del orco. Todo fue válido para hacerles hablar,  todo.  La tradición no recoge quién nombró a Pino como principal responsable, pero eso no importa. Tampoco Pino quiso saberlo. Sí supo, sin embargo, que Brando se había mantenido firme en su silencio. Pero el temor debilita la voluntad, y algunos de los que habían guardado fielmente las normas del Club y se sentían seguros, se vinieron abajo en la batalla final.

 

            La gente se arremolinó en torno a la casa de Arador, a quien alguien fue a buscar, cómo no, a la taberna. El hobbit no acababa de creer lo que le contaban  acerca de su hijo y un orco. Era urgente, eso sí lo comprendía, que Pino lo contara todo y los condujera donde el orco retenía a los pequeños que en este momento no estaban en el pueblo. Arador entró bruscamente en su casa y salió arrastrando a su hijo, que sostenía un cubo entre las manos. Inmediatamente fueron rodeados por quienes gritaban y exigían respuestas. El muchacho hobbit, cuando comprendió que todo había sido descubierto, declaró una y otra vez que el orco no era peligroso, que estaba muy débil y que ellos lo habían cuidado. Pero no reveló el lugar donde lo tenían escondido, pese a la furia de su padre, que lo  zarandeó violentamente.

 

            Pino protestó hasta que Arador le asestó una tremenda bofetada. Una mirada al rostro congestionado de su padre y sus ojos enrojecidos le cercioró de que aquel pobre hombre no era más, en aquel momento, que la llamarada violenta del alcohol. Entonces calló, manteniendo firmemente su silencio. Flora estaba en la puerta de la casa, paralizada, abrazada a una tía Corona que preguntaba por su hija menor. Acudieron más vecinos y crecían los gritos y los llantos, mientras los hombres se proveían de horcas, lanzas, garrotes y espadas oxidadas. Algunos sujetaron a Arador, temiendo por la integridad física del muchacho hobbit, que quedó tendido en tierra, sangrando por la nariz y sujetándose la mandíbula. Magullado, temblando de miedo y de vergüenza, sospechó, de pronto, que todo aquello sucedía porque él había hecho algo importante. Ante sus ojos pasaron imágenes muy vivas: el primer encuentro con el orco, los largos monólogos en su compañía, el discurso encendido con el que impidió que lo apedrearan, la primera reunión del club, el primer baño... En medio de la conmoción y el temor, experimentó un sentimiento de conformidad consigo mismo. Él había encontrado al orco, lo había mantenido con vida y había conseguido comunicarse con él. Sus amigos habían guardado el secreto, le habían escuchado y habían hecho todo lo posible para custodiar al monstruo. Y si ahora todo se venía abajo ¿qué más podía hacer él? ¿Qué más podría haber hecho cualquiera?

 

            Cuando consiguió incorporarse, alguien le abrazó por la espalda y apoyó el rostro contra su hombro. Gavilla le besó apresuradamente detrás de la oreja y murmuró unas palabras. Pino no las oyó pero comenzó a comprender. Algo había borrado la angustiosa sensación de que su mundo se había hundido. Experimentó un intenso sentimiento en el que se mezclaban el dolor y la ira. En realidad, todo se estaba afirmando.

 

            Arador regresó del cobertizo empuñando un gigantesco rastrillo, agarró violentamente a Pino por un brazo y comenzó a arrastrarlo hacia el grupo de hobbits que ya se había puesto en marcha. Alguien le había dado el soplo e iban a la hondonada, ahora ya no había remedio. A lo largo del camino se fueron apagando gradualmente las voces y los gemidos. Convenía sorprender al orco, cogerle desprevenido para que no opusiera resistencia y, sobre todo, para que no hiciese ningún daño a los niños hobbits que estaban con él.

 

            A considerable distancia, los hobbits del Club del Escarabajo avanzaban en silencio, con el rostro demudado y algunas lágrimas en los ojos de los más pequeños. Iban a ver a su orco, al que tanto habían cuidado y querido. Estaban todos, también los pobrecitos cobardes. Les costó mucho unirse al grupo. La soledad del que se siente culpable es un refugio en los primeros momentos, pero suele elevar un peligroso muro de aislamiento. Su esfuerzo les ayudo, al poco tiempo, a perdonarse a sí mismos y a recuperar la alegría.

 

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            También el orco había pasado una mala noche. Despertó una y otra vez, abrasado de fiebre, presa de una angustia y un sentimiento de desamparo muy parecidos a los que sintió cuando fue abandonado por el grupo de orcos que huían de la destrucción de Mordor. Su rudimentaria memoria le situó en las puertas de Minas Morgul, cerca de la Boca de Sauron, cuando este arrojó la cota de mithril del joven Frodo al rostro de Gandalf el Blanco. Luego recordó la furia de la batalla en los campos de Pelennor, las cabezas cortadas de los gondorianos, lanzadas por las catapultas a la ciudad, los rugidos de los olifantes, el espanto del asedio. El orco se agitaba inútilmente y se arrastraba por el suelo. Sus fuerzas no respondían a lo que su mente estaba reviviendo.

 

            Luego, durante unas horas, una voz lo sacó de aquel mundo tan lejano. Descansó porque el muchacho hobbit que ahora era su dueño así lo quería. Se dejó llevar por el sonido fluido y denso de una lengua cuyas palabras no comprendía bien pero que tenían el don de aquietar su ánimo e inducirle al sueño. Cuando despertó estaba solo. Notó que alguien lo observaba desde lo alto de la hondonada y de nuevo su mente se pobló de imágenes de horror y destrucción. Observó la pequeña figura con un gozo maligno y lanzó su mejor grito de guerra.

 

            Nadie acudió aquella mañana a traerle su alimento acostumbrado pero el orco no hubiera podido probarlo. Sentía un frío intenso y se sintió aliviado cuando alguien lo arropó con las colchas. Oía voces suaves y unos pies peluditos andaban sobre las colchas y tropezaban con su cuerpo. Regurgitó algo que tenía un intenso sabor a sangre, el antiguo sabor a sangre de las batallas de otros tiempos. Pero la sensación duró poco. Unas manos pequeñas introdujeron en su boca una diminuta manzana dulce y, como otras veces, algo suave y cálido recorrió su cuerpo y lo llenó de calma. Luego recordó la voz de Pino y se abandonó.

 

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            El grupo armado se movía en silencio. El último era Arador llevando a rastras a Pino, que se debatía furiosamente e intentaba gritar para advertir a sus amigos. Cuando llegaron al borde de la hondonada, se  quedaron sin aliento.

 

            El monstruo yacía envuelto en un revoltijo de colchas multicolores. Un ramo de margaritas blancas y amarillas adornaba su única oreja, puntiaguda y carcomida, que se inclinaba sobre uno de sus ojos desnivelados, cubiertos ahora por gruesos párpados que parecían las costras de una herida. Los espantosos pies, de uñas como cuernos, asomaban bajo un volante de encaje. De su boca entreabierta asomaba a medias una manzana caramelizada. El rostro aparecía tranquilo y distendido, casi sonriente y, a muy corta distancia, Prímula y Cebadilla se entretenían amontonando piedrecitas. La pequeña Lobelia, coronada de flores, dormía apoyado el rostro en una de las protuberancias de las colchas que cubrían al orco. Los dos se habían dormido a la vez, invadidos por una paz profunda. El sueño del orco era dulce y definitivo.

 

            Los dos pequeños hobbits levantaron la cabeza, sorprendidos, al ver a tantos adultos armados a su alrededor. Todos miraban al orco, presos del estupor más profundo. Arador, lentamente, soltó a su hijo, que ya había dejado de forcejear. Pino se escurrió de entre sus brazos, jadeante, se acercó al grupo y comenzó a comprender lentamente lo que estaba viendo.

 

            Dos sensaciones contradictorias le atenazaron. Un dolor intenso, como una compasión desgarradora, como la aguda impotencia que se revuelve contra uno mismo. Y un alivio fluido y suave, como una voz que dijera: —Ya basta, ya basta, ya no más... Descansa ya, todo está bien.... —Notó en el hombro la mano de su padre. Pino comenzó a sollozar, rompiendo el tenso silencio, y la pequeña Lobelia se movió en sueños, suspiró y se hizo un ovillo. Luego, despacio, volvió la cabeza, la reclinó sobre la mano del orco muerto y la llenó de flores azules.