El constructor de agujeros

por Víctor González "Elemmírë"

Tercer Puesto, Premios Gandalf 1998

I

Hobbitry es una extraña palabra. Según un raro catálogo de términos significa “constructor de agujeros”, aunque este grueso libro habría sido calificado de “mathom” por los pocos miembros de esta noble profesión que aún podían contarse entre los medianos.

Uno de estos escasos “constructores de agujeros” bajaba canturreando una vieja canción por las colinas de Bree. La sencilla melodía discurría entre las pisadas de sus descalzos y peludos pies:

Dale a la pala
que el pico acaba,
dale al cincel,
dale otra vez


Así comenzaba el tradicional “Himno Hobbitry”. Una letra algo simplona, pero nuestro hobbit no estaba hoy por la ardua labor de conducir sus pensamientos por los tortuosos caminos de la filosofía y la retórica. Es más, en este momento sus pasos le llevaban camino de la taberna.

Estaba muy contento.

Anteayer había terminado el duro trabajo del último año: la construcción de la que sería la mejor posada de Bree.

- Y puede que también de fuera. - pensaba el “constructor de agujeros” en su alegre paseo, - La familia Mantecona parece muy competente, seguro que prosperaran, a pesar de ese extraño nombre.

Cuando el hobbit supo la intención de llamar a la posada “El Poney Pisador” quedó estupefacto. No le parecía apropiado, aunque no comentó nada por respeto. Era un nombre demasiado extraño para una taberna (esta era una opinión muy particular, ya que… ¿qué nombre de posada no es extraño?).

Mientras el viento jugueteaba con las doradas hojas de los árboles, el “constructor de agujeros” recordó el primer día de trabajo.

- No sé porque estas extrañas gentes se empeñan en vivir en el aire.

“Vivir en el aire”, esta era la expresión que usaba el viejo señor Madriguera para todo aquello que no fuera un acogedor agujero hobbit.

- Puede que valga para la “Gente Grande”, pero no para un hobbit en su sano juicio – añadió.


El señor Madriguera era un colaborador imprescindible en el trabajo del hobbitry. Nadie como él conocía mejor las entrañas de la tierra. Él era el más indicado para saber donde excavar, si hacer un revestimiento de ladrillo, madera o piedra, en que lugar se encontrarían vías de agua, y como en este caso, si el suelo acogería bien unos cimientos duraderos.

- No se queje tanto, esta obra es una gran responsabilidad. Hemos de hacer un buen trabajo.

Refunfuñando, el viejo se alejó unos pasos, se agachó y tomando un poco de tierra, la probó, escupiéndola casi al instante.

- ¡Vivir en el aire! - gruñó.

Al hobbit no le extrañó este proceder. Era una de las maneras que tenía el viejo Madriguera de “conocer” el terreno. El hobbitry sintió pena de él. Secretamente conocía su temor de que sus conocimientos se perdieran si se continuaba construyendo casas.

- ¡Señor Madriguera!, venga.

- Diga usted - dijo acudiendo a su llamada.

- ¿Le he comentado ya que esta será una construcción poco convencional?

- ¿Qué quiere decir? - preguntó el anciano.

- Es intención de los Mantecona anexionar una especie de… ¿cómo explicarlo?, pequeño “smial” al edificio.

Un brillo de felicidad iluminó su mirada.

- ¡Claro que sí!, así los hobbits con la cabeza sobre los hombros podrán tener también los pies en la tierra; precisamente por allí he visto el lugar apropiado para lo que usted me indica, junto a aquella loma…

El señor Madriguera siguió hablando mientras enseñaba al “constructor de agujeros” un lugar no lejos de donde había saboreado las “costumbres” de la tierra.

Fácilmente se reclutó una cuadrilla entre los lugareños, e incluso vinieron una docena de hábiles albañiles desde “La Comarca”. Se cortó la piedra, se cocieron baldosas y tejas, se cortaron tablones y tendieron andamios, y se hicieron argamasa y ladrillo.

El resultado estaba ahora delante de él. Tras seguir el camino al borde de una de las colinas de Bree y girar a la derecha, su paseo desde Entibo encontró su meta: “El Poney Pisador”.

El hobbit, que venía desde la casa del pariente donde había pasado la última temporada, cruzó ahora el arco de entrada, pasando
por debajo de un tablero donde se había pintado un encabritado poney blanco.

- Extraño nombre - pensó. Pero no más extraño que lo que sucedía en el interior del patio:

Había mucha gente, tanto grande como pequeña, e incluso alguno de los forasteros “habituales” de Bree. Era el día de la inauguración, sin embargo, el ambiente que se respiraba no era en absoluto festivo, más bien de preocupación contenida.

En todo el patio se podían ver pequeños grupos de gente discutiendo y, junto a una abierta puerta en el ala derecha se agolpaba un pequeño tumulto intentando leer lo que parecía un pergamino fijado al muro. De entre ellos surgió un muchacho que se dirigió presto hacia el hobbitry.

- ¡Señor!, aquí, señor - dijo el chiquillo llamando la atención de nuestro protagonista.

A pesar de ser un miembro de la “Gente Grande” y de tener casi catorce años, sólo sobrepasaba por apenas dos pies la talla de un hobbit adulto. Sus castaños ojos reflejaban incertidumbre.

- Dime Tim, ¿qué lío es este?

- Un anuncio de Thain de “La Comarca” - y señaló hacia el grupo de la puerta.

La orfandad de Tim había despertado la piedad del “constructor de agujeros” y había sido acogido como aprendiz durante la edificación del “Poney”. Un hecho algo inusual, pero Tim supo ganarse en seguida la confianza del hobbit con su gran espíritu emprendedor. Su baja estatura le había hecho prodigar las burlas de la “Gente Grande”, por eso le agrada más la compañía de los medianos, hecho que aumentó aun más estas burlas.

A duras penas consiguieron leer lo que ponía aquel cartel, llegando a distinguir la rúbrica de Isumbras III.

Gentes de Bree y alrededores :

No escribo este comunicado para daros una buena nueva, como fuera mi gusto hacia vecinos tan respetados.

Fuentes dignas de confianza nos han comunicado un inminente ataque contra “La Comarca”. Es por esta terrible causa por la que me atrevo a pedir vuestra ayuda.


Aquella gente valiente que desee prestarnos su voluntad y fuerza que encamine sus pasos hacia la “Piedra de las Tres Cuadernas” lo antes que le sea posible.

Isumbras III,

Thain de la Comarca.

- ¡Por todos los cielos!, este asunto parece muy grave, el Thain ni siquiera ha usado las habituales fórmulas de cortesía. - El hobbitry se echó mano, instintivamente, hacia el bolsillo. Allí estaban su tabaco y su pipa, y se dispuso a acompañar sus azarosas cavilaciones con las lánguidas volutas del humo.

Tim, que miraba absorto al hobbit mientras fumaba, dijo:

- Señor, si los lobos, trolls… o lo que sean, vencen en “La Comarca” quizá lleguen incluso hasta aquí.

- Sí Tim, es muy posible; ¿sabes dónde está el señor Madriguera?

- Hace un momento estaba allí.

Y efectivamente, allí estaba. Conversaba con tres hobbits que habían formado parte de la cuadrilla del hobbitry.

- Tú y tus historias sobre el Rey de Norburgo, no he oído más que habladurías y leyendas sobre él, nadie sabe si de verdad hay rey en el Norte, puede que lo hubiera, pero ahora, lo dudo. Hemos de resolver esto nosotros mismos, sin poner falsas esperanzas en relatos de antaño: ¡hay que tener los pies en la tierra!

Parte de la conversación de Madriguera, que en ese momento imprecaba a un vecino de la Cuaderna del Norte, llegaba hasta ellos mientras se acercaban, aunque velada por el continuo murmullo de los allí reunidos.

- ¡Bah!, seguro que no es para tanto, dejemos a los “colonos” con sus propios asuntos; puede que sólo sean delirios de ese viejo Thain - , dijo un mediano de Bree. A los demás tertulianos, oriundos de “La Comarca”, no agradó nada este comentario. Uno de la Cuaderna del Oeste espetó:

- ¡Nada de delirios!, desde nuestra cuaderna se han visto extrañas luces en la Colina de las Torres, y esto nunca ha augurado nada bueno.

- Calma, mucha calma; en momentos como este hay que mantener la cabeza fría. - Nuestro amigo había llegado justo en el momento en que empezaban a caldearse los ánimos. Los hobbits son una comunidad pacífica, pero no gustan de nada que les saque de su cotidiana tranquilidad.


- Y usted, maese Ted, respete más a los que han sido compañeros suyos, sean “colonos” o no. - El “constructor de agujeros” rara vez tenía que hacer valer su autoridad, pero si se trataba de hacer brillar el compañerismo, no lo dudaba un instante.

Ted de Bree bajó la mirada mientras musitaba:

- Discúlpenme, pero he de irme -, y se alejó confundiéndose entre el gentío.

- ¡Mejor así!, para esta empresa no se necesita de ningún co…

- ¡Suficiente!, señor Madriguera, no se exalte. Al menos los aquí presentes parecen decididos a acudir en ayuda del Thain, ¿no es así? - Los otros dos asintieron junto con el señor Madriguera. - Pienso que Isumbras tiene la suficiente prudencia como para no convocar un acantonamiento por capricho. El tiempo apremia y habrá que hacer algunos preparativos. Tim, - dijo al muchacho, que había permanecido en silencio a su lado - haz correr la voz de que todo aquel que quiera partir hacia “La Piedra” se presente en la Puerta Oeste antes del alba.

-¡Así se habla! - dijo el de la Cuaderna del Norte. Tim se alejó raudo.

La luz del atardecer se hacía cada vez más débil. En este momento apareció una enmandilada panza por la puerta, tras ella, o mejor dicho, junto con ella, el señor Mantecona se dispuso a anunciar:

- Un poco de atención, por favor. Sé que no es el mejor momento, pero no olvidemos que esta es una fiesta de inauguración. Si vuesencias gustan de pasar al salón, esta humilde casa tendrá el honor de invitarles a lo que apetezcan.

Normalmente, esta última parte de la elocución del buen señor Mantecona hubiera desencadenado algunos disturbios, pero el apetito estaba remiso, incluso para un mediano.

Tras un frugal, en términos hobbits, aperitivo, y una cena en toda regla en términos normales, tanto la gente grande como la pequeña fueron dejando poco a poco a aquella flamante construcción en el plácido silencio nocturno, tan sólo roto por el melancólico ladrido de algún perro.

Esa noche, algunos hobbits, no muchos, prepararon comida y bebida, y buscaron aquella vieja mochila olvidada en el fondo de algún baúl. También se limpiaron azadas, guadañas y orcas, pero no para trabajar mejor el jardín; incluso se quitó la herrumbre a alguna espada que adornaba la chimenea o el pasillo.

Mañana se iniciaría el viaje.


II

La aurora aún no había despuntado en el horizonte y un centenar de hobbits se concentraba en la Puerta Oeste. Llevaban pesados fardos a sus espaldas y portaban las más variopintas herramientas que podían servir como arma: en algunos cintos se veían hoces y hachas, otros empuñaban pesados cayados, y la mayoría contundentes útiles de labranza.

Gran parte de la milicia provenía de Archet, los únicos que traían arcos, y de Entibo. El resto era de Combe y sólo unos pocos de Bree. Ningún miembro de la “Gente Grande”.

Algunos familiares habían acudido a despedirles; pocos pudieron contener las lágrimas. Aquello no iba a ser una excursión ni un día campestre, ¿quién podía asegurar que regresarían con vida?

Al primer rayo de sol, el guardián de la puerta quitó la tranca y, con gesto solemne, la abrió. Los hobbits terminaron su emotiva despedida y tomaron el Camino del Este en desordenada formación. El rocío comenzaba a desperezarse sobre la hierba cuando de pronto se oyó una voz.

- ¡Eh, esperen!, yo también voy.

- Mire señor, es Tim. - dijo Madriguera al “constructor de agujeros”.

El chiquillo blandió una mellada hacha de cortar leña por encima de su cabeza, a modo de saludo. La milicia se volvió extrañada, pero después de ver de quien se trataba, continuaron el camino con una sonrisa en los labios.

- ¿Pero qué haces aquí? - objetó el hobbit.

- Siento llegar tarde, me quedé dormido. Voy con ustedes.

- Tim, no sé si eres consciente de que este viaje tiene un peligroso destino.

- Está decidido.

- Bravo muchacho; - agregó el señor Madriguera solemnemente - ojalá hubiera más gente con tu valor.

- Sea como quieres, aprendiz. - El hobbitry gustaba de llamarle “aprendiz” en algunas ocasiones.

Tras este feliz encuentro tuvieron que apretar el paso para reunirse con la tropa. El camino sería largo y la urgencia requería que se hiciera en el menor tiempo posible. La primera jornada fue muy dura debido a la falta de costumbre en realizar largas marchas. Incluso las numerosas comidas a las que están habituados los hobbits se hicieron mientras caminaban. Se reducía el paso y el queso, las pasas, almendras y avellanes e incluso algún que otro bizcocho iban de mano en mano.


Cuando esto ocurría Tim estaba siempre muy callado. El anciano Madriguera, mientras mordisqueaba un trozo de carne ahumada le preguntó:

- Dime, ¿qué has traído para comer?

- Sólo me dio tiempo a coger esto. - y sacó un humilde trozo de fiambre de entre los pliegues del hatillo que había hecho con una manta, su único equipaje aparte del hacha leñera.

- Aprendiz, aprendiz, - dijo nuestro protagonista en tono de reprimenda - ¿cuándo aprenderás?

- No te preocupes, nadie puede decir que pasó hambre en compañía de hobbits, y tú tampoco lo dirás. - Y el señor Madriguera le lanzó una manzana guardada en su bolsillo, que Tim atrapó al vuelo a la vez que daba sus más sinceras gracias.

Ya entrada la tarde, se decidió dejar la marcha. Atrás, lejanos quedaron el cruce con el Camino Verde y el populoso Bree. Antes del ocaso, algunos de Archet se alejaron del camino para volver con alguna pieza de caza, otros reunieron leña, y entre todos organizaron las guardias.

Tras la cena, después de echar un trago a algún licor que espantara el relente nocturno, se dispusieron a dormir. Al menos, Tim había traído manta; esa noche la pasarían al raso.

A la mañana siguiente, los centinelas despertaron a la milicia. Después de desayunar comenzaría la etapa más tediosa del viaje. El camino continuaba monótonamente atravesando unas tierras baldías, donde los únicos seres vivos que se veían eran los pocos animales salvajes que se aventuraban a acercarse a la senda. El día transcurrió destemplado, y cuando el sol volvió a ocultarse en el horizonte, cayó una leve llovizna. Al sur se divisaba el comienzo del Bosque Viejo. Esa noche ni el licor más fuerte podría ahuyentar la humedad del suelo.

- ¿Queda mucho para la “Piedra de las Tres Cuadernas”? - preguntó Tim mirando hacia un horizonte lleno de nubarrones. Ni siquiera se podían contemplar las estrellas. - Mañana seguramente ya entraremos en “La Comarca”, a la Cuaderna del Este. Pero ahora duerme, - respondió el “constructor de agujeros”.

La “Cuaderna del Este”, oyó Madriguera; este nombre no le despertaba ninguna simpatía. Era allí, entre los habitantes de Marjala, donde se habían comenzado a construir casas por primera vez entre los medianos. Al principio fueron algunos graneros y talleres, casitas de combadas paredes y techos endebles, pero luego, debido a la influencia de las “locas artes extranjeras”, como decía el anciano, comenzaron a construirlas para vivir de modo más robusto. El oficio de excavar “smials”


se estaba perdiendo, sólo un par de ricas familias de “La Comarca” mantenían esta costumbre.

La profesión había ido evolucionando hacia la edificación propiamente dicha. Esta fue la razón de su viaje a Bree junto al hobbitry: seguir con el trabajo, aunque no con la tradición. Cuando se quedó dormido soñó que estando en su cómodo “agujero”, los túneles se derrumbaban, dejándolo sepultado en vida.

- ¡Despierten! - esta vez no era la somnolienta voz de un centinela, sino la del mismo señor Madriguera. Tim se frotó los ojos.

- Hoy hay desayuno especial; - y mostró un gran pañuelo lleno de setas - esta noche no he dormido muy bien, así que me levanté más temprano y fui al bosque a buscar hongos.

- Algo “pesados” como desayuno, ¿no? - objetó Tim.

- ¡¿Pesados?!, ¡los frutos de la tierra nunca han matado a nadie!

- Habrá que comerlos crudos, - dijo el “constructor de agujeros” conciliadoramente - no creo que haya leña seca para asarlos.

El hobbitry sabía que el acercarse a la Cuaderna del Este iba a traer oscuros pensamientos para Madriguera. Habría que tratarle con tacto en lo sucesivo, de manera que si tocaban setas crudas para desayunar habría que tragar, y nunca mejor dicho. Continuaron la marcha acompañados por el gorgoteo de sus estómagos.

Hacia el mediodía llegaron al fin al “Puente de los Arbotantes”. Con el correr de las pardas aguas del Brandivino se rompía también la monotonía: en adelante, el camino pasaba por varios pueblos… allí comenzaba “La Comarca”.

La duda carcomía el pensamiento de todos: hacia tres días que partieron y en ese tiempo “La Comarca” podía estar más que asolada. La ayuda de Bree era pequeña, ¿pero habrían logrado resistir aún sin este pequeño apoyo?, ¿habrían llegado tarde?

Los medianos de “La Comarca”, aquellos que se encontraban en Bree en el momento del llamamiento, eran los que estaban más inquietos.

El camino corría ahora paralelo a “El Agua”, un afluente del Brandivino, atravesando los pastizales llamados “Campos del Puente”; la primera aldea que encontrarían, Surcos Blancos, disiparía todas estas inquietudes.

Por cuarta vez, la menguante luna asomó en lontananza para ocultarse entre las nubes, pero para entonces los hobbits no estaban descansando sobre la hierba, sino que continuaban el camino.

El pueblo no quedaba lejos ahora, allí podrían encontrar noticias frescas. De repente, más adelante se divisó un extraño fulgor, impropio de aquellos parajes. Apresuraron el paso y la luz se perfiló, descubriendo su origen… ¡fuego!


Los hobbits emprendieron un rápido aunque cauteloso trote. Las armas se aprestaron al combate. En seguida llegaron al lugar donde una hoguera hacía bailar sus ígneas lenguas por encima de sus cabezas. ¿Qué significaba aquello?, puede que fuera una trampa.

- ¡Salud, buenas gentes! - Todos se sobresaltaron.

- Oh, disculpen, - continuó la voz, y un hobbit apareció. Había permanecido oculto entre las sombras que producía la hoguera sobre el arcén - no estaba muy seguro de quien podía tratarse. Permítanme presentarme: soy el granjero Trigales, y me ha sido encomendada la misión de atenderles. Ustedes son las gentes de Bree que esperamos, ¿no?

Algunos suspiros de alivio se dejaron oír. Al parecer todo estaba en orden. El granjero les contó que el día anterior habían partido las milicias de Surcos Blancos y de Ranales hacia “La Piedra”, y que él había sido designado para acoger la posible ayuda del Este. Ya se sabía a ciencia cierta que el ataque vendría del Norte, era por esto por lo que se había atrevido a hacer una gran hoguera para llamar la atención de los caminantes. El enemigo quedaba a varias jornadas todavía.

Alumbrado por un farol, guió a los hobbits por un estrecho sendero que partía del Camino del Este para desembocar en un gran granero de piedra. De entre las rendijas del portón que lo cerraba emergía un cálido resplandor. Se oyeron hostiles ladridos.

- No se preocupen, até a los perros antes de salir al camino. - dijo el granjero Trigales.

Cuando traspasaron las puertas, un delicado aroma a comida recién hecha les invadió. Sólo con esto se sintieron reconfortados, pero todavía hubo más. El granero estaba vacío en esta época del año, en espera de la cosecha, a excepción de una marmita que se calentaba al fuego. Junto al gran perol, una anciana vigilaba la cocción.

- Espero que hayan traído sus platos y cubiertos, la comida está lista. - dijo al verles.

¡Qué mejor bienvenida para los hobbits! Todos se descargaron las mochilas, sacando sus potes y cucharas.

- Disculpen ustedes si mi madre ha sido un poco brusca, - dijo Trigales mientras atrancaba la puerta y, casi en un susurro añadió - tiene algunas rarezas.

- ¡Te he oído! Puede que mi vista no sea buena, pero mi oído sigue siendo tan fino como antes de tener a un hijo tan irrespetuoso como tú. ¿Se dan ustedes cuenta?


El pobre granjero Trigales enrojeció como fruta madura. Todos rieron de buena gana. Lo de su gran oído resultó ser tan cierto como lo de su mala vista. La señora Amapola, que así se llamaba tan vetusta hobbit, comenzó a servir a la “tropa” y al llegar a Tim, comenzó a atiborrar el cazo que le habían prestado.

- Un hobbit tan apuesto y alto debe alimentarse bien. - anunció nada discretamente.

Esta vez fue Tim quien se ruborizó, pero todos, incluido el señor Trigales, rieron juntos como lo hubieran hecho unos camaradas de toda la vida.

El menú fue muy del agrado del señor Madriguera, sopa de rábanos, pero eso sí, con abundante carne, por lo que además fue del agrado de todos. La comida caliente les reconfortó algo más que el apetito.

El resentimiento hacia estas gentes y el hecho de dormir bajo un techo por encima del nivel del suelo presagiaban negras pesadillas para Madriguera, pero aunque nunca se atreviese a reconocerlo, durmió plácidamente.

El canto del gallo, que resonó en la amplia estancia del granero, marcó el inicio de una nueva etapa del viaje. La señora Amapola sirvió un buen desayuno, a pesar de que la pobre anciana no pudo conseguir suficientes bollos para todos, hecho que la inoportunó visiblemente.

El granjero Trigales apareció con un sombrero en su cabeza, una mochila en sus espaldas y una larga guadaña en sus manos.

- Si me lo permiten, estaría encantado de hacer el viaje junto a ustedes; mis antepasados vivieron mucho tiempo en Bree.

El nombre de Trigales fue vitoreado con entusiasmo. La buena señora Amapola se abrazó a su hijo con sus cansados ojos llenos de lágrimas.

El “constructor de agujeros” miró a su alrededor. ¿Cuántos de estos hobbits emprenderían el camino de regreso?, ¿volvería a ver la señora Amapola a su hijo?, ¿se segaría la joven vida de Tim, o sería la longeva existencia de Madriguera? Se imaginaba tales situaciones con profundo temor, sin embargo, estos pensamientos fueron disipándose entre las voces de la milicia, entre las palabras de ánimo que se intercambiaban, entre las bromas que hacía alguno de ellos, en definitiva, entre un cálido espíritu de camaradería: el enemigo debía ser vencido.

El camino seguía y seguía, como llegaron a decir unos versos, pero las largas jornadas de marcha encontrarían muy pronto su final. De repente, a ambos lados del camino comenzaron a verse unas pequeñas


casitas, en sus puertas, mujeres, niños y ancianos observaban curiosos a la comitiva. Al verles pasar algunos corearon: - ¡Bien por las Gentes de Bree! - otros, al reparar en su reducido número comentaban en voz descaradamente alta: - ¿Sólo estos?, ¿es esta la ayuda de nuestros vecinos? - al oír esto, el joven Tim agachó la cabeza avergonzado.

- ¡Coraje, Tim!, - le animó el hobbitry - seremos pocos, pero valemos el doble.

Entonces Tim, apretando el paso, agarró con más fuerza su mellada hacha. En cuanto Ranales se perdió de vista, Bolgovado, el último pueblo antes de “La Piedra de las Tres Cuadernas”, apareció. Aunque era la hora del almuerzo, el sol no se dejó ver. No se detuvieron.

Los bizcochos casi habían alcanzado la dureza de una piedra, y la carne del señor Madriguera obtuvo la consistencia de una suela de zapato. Entonces apareció al fin, como el pétreo índice de un gigante que señalaba un fatídico lugar: allí estaba “La Piedra”.


III

La escena que se observaba era sobrecogedora. Multitud de hobbits venidos de los cuatro puntos cardinales estaban reunidos en torno a “La Piedra de la Tres Cuadernas”.

Esta era el objetivo de todas las miradas, ya que junto a ella se distinguían a varios medianos de aire autoritario. Debido a la presencia de una hobbit con un bebé en los brazos, se intuía que pudieran ser parientes. De entre ellos destacaba en especial una figura casi tan alta como Tim.

- ¿Es ese el Thain de “La Comarca”? - preguntó Tim refiriéndose a tan alto hobbit.

- No, ese es uno de sus hijos, Bandobras. - contestó el “constructor de agujeros“. A lo que el viejo Madriguera añadió en tono aleccionador:

- El Thain es aquel anciano hobbit al lado de aquella mujer del niño; - dijo mientras señalaba discretamente con su nudosa y curtida mano - él es Isumbras III, hijo de Isengrim II, y el pequeño es su nieto Fontibras, hijo del que llegará a ser Thain… allí, - volvió a señalar- junto a su hermano Bandobras, ese es Ferumbras II.

Todo hobbit que se precie, decía el señor Madriguera, debe conocer las genealogías de las familias más importantes, como había demostrado.

Se hicieron paso entre la muchedumbre, pero el recibimiento fue más bien frío, todos tenían los ojos fijos en Isumbras. Unas voces comenzaron a reclamar silencio, el Thain, que al parecer se había subido a algo que no lograban ver, emergió por encima de un bosque de cabezas de rizados cabellos. Habían llegado justo a tiempo para escuchar un importante comunicado.

- Es difícil expresar con palabras el agradecimiento hacia la buena voluntad que todos habéis demostrado. - comenzó a decir Isumbras. - Las siguientes horas serán decisivas, una incursión orca llega camino del Norte… - fue interrumpido por un súbito y general murmullo, pero el Thain continuo - pasada la medianoche mis hijos Ferumbras y Bandobras os guiarán a los “Campos Verdes”, al encuentro de esas oscuras hordalías; - llegado a este punto, Isumbras bajó la mirada - poco consuelo os puedo ofrecer, pero os puedo asegurar que nuestro pueblo no estará sólo en esta batalla y, pase lo que pase, los aquí presentes siempre tendrán un lugar en nuestro recuerdo.

Su cabeza se perdió entre las demás.

Los medianos comenzaron a repasar sus armas, incluso algunas piedras de afilar recorrieron el metal. El señor Madriguera sacó un pesado martillo de mano. Nuestro protagonista desenvainó una espada


corta de su funda, blandiéndola en el aire para probarla. Tim, que no se había separado de su hacha, recorrió las muescas de su filo con el pulgar.

Ya no quedaba tiempo para las palabras, la hora que marcaría el destino de todos y cada uno de ellos había sonado: esa misma noche se decidiría el destino de “La Comarca”.

Si a los hobbits venidos de Bree los días de viaje les habían parecido largos, las horas que transcurrieron hasta la medianoche se les hicieron brevísimas. Desde un cielo sin luna, la luz de las estrellas iluminaba todo con espectral claridad. Una bruma empezó a levantarse, sus sedosos jirones se espesaron entre los lanudos pies de los medianos, convirtiéndose en tupida niebla.

Un frío terror comenzó a cuajar en sus corazones. Tim se echó la manta sobre los hombros. Extrañamente, hablaban susurrando, como si tuvieran miedo de que alguien les escuchara. Entonces empezó a oírse el rítmico golpeteo de unos cascos. Se trataba de Bandobras, que montado a lomos de un pequeño percherón, pasaba entre los milicianos. Llevaba un peto de malla, un casco astado y un gran hacha. Mientras cabalgaba, mantenía un enigmático silencio.

- En Cavada Grande habrán tenido que hacer… - pensó el hobbitry.

- Es hora de partir hacia el Norte. - dijo sonoramente Ferumbras.

Los reticentes medianos emprendieron la marcha. La niebla no dejaba ver donde ponían los pies, y así, con algunos tropiezos, caminaron calladamente durante mucho rato. A cada paso el miedo les atenazaba más y más. Estando ya en los “Campos Verdes”, Ferumbras, que estaba cerca de su hermano, alzó la mano y gritó:

- ¡Silencio!

El rumor de un entrechocar metálico se oyó en la lejanía como en la más horrible de las pesadillas. La niebla lo envolvía todo. Unas voces guturales y unos aullidos que dejaban la sangre helada se hicieron audibles. Un generalizado temblor recorrió las filas hobbits: no serían capaces de combatir, los medianos son pacíficos, no eran rival para esa salvaje hueste que se abalanzaba contra ellos.

Un rabioso grito, como salido de las profundidades de un alma acorralada, surcó la oscuridad de la noche. Aún resonaba en los tímpanos de los medianos cuando el caballo de Bandobras se desmarcó de entre sus filas. Nadie se movió.

Unas grotescas figuras achaparradas emergieron de las tinieblas, agitando furiosamente las cimitarras que sostenían en sus largos brazos. Bandobras trazó un arco con su hacha y descargó un certero golpe


contra el primer miembro de aquella avanzadilla, cercenándole la cabeza. El poderoso bramido había surgido del hobbit jinete.

La furia comenzó entonces a avivar el valor de la milicia.

- ¡La Comarca! - profirió a voz en grito Ferumbras.

Y como movidos por un resorte, todos emprendieron una loca carrera hacia el enemigo. El rugiente clamor sorprendió a los orcos. El hobbitry, el señor Madriguera y Tim corrieron hasta que sintieron que el pecho les ardía.

En medio de este frenesí, hallaron un cuerpo de piel olivácea asaeteado con flechas de blancos penachos. Tim tuvo tiempo de preguntarse qué extraño hobbit podía haberse molestado en trabajar tan primorosamente estas flechas, y, sobre todo, quién entre los medianos podía poseer una visión capaz de taladrar la oscuridad para hacer blanco.

De repente, una monstruosa aparición desalojó estas preguntas de sus pensamientos. Ante ellos, un furioso lobo que descubría una dentadura repleta de incisivos, se disponía a saltarles encima. Así lo hizo, cayendo sobre el hobbitry. Este cayó como un títere al que cortan los hilos, su espada tintineó sobre las piedras del suelo. El lobo le había apresado la parte del cuello que se une al hombro. Sus quijadas mantuvieron la presa mortalmente.

Madriguera y Tim, sorprendidos en el primer momento, descargaron frenéticamente sus armas sobre la bestia. Madriguera percutió su martillo contra el costado, astillando algunos huesos. Mientras tanto, Tim dio un letal golpe entre los erizados pelos de la nuca de aquella alimaña que, soltando un gemido, cayó al costado del “constructor de agujeros”.

El señor Madriguera se apresuró a poner un pañuelo, el que había usado para recoger setas días antes, sobre la herida. Al hacerlo, el hobbitry puso su mano sobre la del anciano. Tim miraba perplejo a su amigo.

- Mi buen compañero … - y un hilillo de sangre asomó por la comisura de sus labios. Tim se sentó en el suelo para recoger su cabeza en el regazo. Al sentirlo, el “constructor de agujeros” posó su mirada sobre él.

- Mi joven aprendiz … - y plácidamente, cerró los ojos. Había muerto.

Allí pasaron mucho tiempo, ateridos por el dolor, llorando amargamente mientras el rostro de su querido amigo se volvía cada vez más macilento. Poco los importaba ya su propia suerte.


La niebla empezó a disiparse y entonces, como salido de una leyenda, apareció el Peregrino Gris con su extraño sombrero azul, su bastón herrado de plata y su bufanda plateada. Les miró conmovido.

- Decidme buenas gentes, ¿cómo se llamaba vuestro amigo?

Las lágrimas dejaron de fluir por un instante, seguramente debido a la presencia de aquel extraño individuo.

- Es el señor Sotomonte. - dijó tímidamente Tim.

- Grandes hechos han ocurrido aquí hoy; vuestro compañero ha partido hacia el lugar donde todos nos reuniremos algún día. Serenáos.

El Peregrino Gris se alejó pensando:

- Sotomonte… quizá sea un nombre a recordar.

La batalla de los “Campos Verdes” fue la única que transcurrió dentro de las fronteras de “La Comarca”. Fue una gran victoria para los medianos donde Bandobras Tuk, “Toro Bramador”, obtuvo gran renombre.

Por la mañana, y ya de vuelta a casa, el viento trajo consigo el sonido de alguien entonando el antiguo “Himno Hobbitry”, alguien que quizá se dirigiera a una taberna de extraño nombre.

Las lágrimas resbalaron por sus mejillas.

FIN

Dedicado a la grata memoria de todos aquellos que ya no pueden seguir más el camino junto a nosotros. Siempre en nuestro recuerdo…