El daño de Náin

por Óscar Tejero "Smaug"

Primer Puesto, Premios Gandalf 1995
 
Y sucedió que en medio de la Tercera Edad Durin era rey en Khazad-dûm por sexta vez, o era el sexto de este nombre, y su pueblo no había conocido ni concebía otro rey que Durin. Pero los enanos, impulsados por su codicia de mithril, escarbaron en las entrañas de la tierra y removieron pasados remotos, liberando a una criatura maligna y tremenda surgida de otra edad, un Balrog de Morgoth. Lo llamaron el Daño de Durin, pues Durin fue muerto por él. Todos los que se le enfrentaron sucumbieron bajo el poder del demonio de fuego y los enanos se vieron obligados a retroceder refugiándose en el interior de la ciudad. Náin, hijo de Durin, los guiaba. O al menos eso creía él.

- Empezó a batir sus alas y el viento nos arrastró y nos golpeamos contra las paredes. Algunos resistimos aferrándonos a las columnas y avanzamos hacia él. Entonces su sombra cayó sobre nosotros y oimos su risa que parecía surgir del fondo de todos los abismos. Algunos gritaron y arrojaron sus hachas y huyeron, pero el fuego los abrasó. Otros atacamos con los escudos en alto y él restalló el látigo contra el techo y la roca se quebró y se derrumbó sobre nosotros y la mayoría murió. Entonces le oimos burlarse de nuestra debilidad y el odio inflamó nuestros corazones pero ahora las rocas nos separaban y nos arrastramos entre el polvo y lloramos.

Quien pronunciaba estas palabras era un enano gris por la tierra y el polvo que yacía recostado sobre una enorme puerta. Su visera de hierro estaba abollada, como el resto de él, y estaba desarmado y su mirada erraba perdida. Junto a él había muchos otros enanos, algunos vestidos para la guerra con cotas de malla que les llegaban hasta las rodillas, barbas recogidas en trenzas y pesados escudos, otros con capas y capuchas que les cubrían la cabeza hasta la altura de las barbas. Todos se las mesaban y sollozaban mientras andaban en círculos tropezando unos con otros o se dejaban caer frotándose los ojos. El clamor era unánime.

- ¡Se ha ido el Inmortal, el imperecedero! ¡Durin, Durin, Durin! -los enanos gemían y se arrancaban mechones de sus barbas, y los niños enanos, que aún no las tenían, se negaban a comer, pues allí se había reunido la totalidad del pueblo de Durin.

Una figura subida sobre un estrado de piedra se enfrentó a la multitud agitando los brazos.

- ¡Despertad de una vez! ¡Durin se ha ido, pero el hijo de Durin no os abandonará!

La marea de barbas se estremeció. El viejo Fundur el Sordo surgió de entre la multitud y gritó con voz cascada y ronca: -¡Tú no eres Durin! ¡Tú eres el hijo de Durin! ¡Devuélvenos a Durin! ¿Dónde está la corona?

- Yo no soy Durin -contestó lentamente Náin- pero puedo partirte la cabeza con mi hacha si no te callas. ¡Ya que tanto llorais la muerte de mi padre, deberíais pensar en vengarle y no en quedaros aquí lamentándoos como elfos! ¡Debemos organizar la defensa de la ciudad!

- No hay nada que hacer- se lamentó el viejo Fundur agitando la cabeza y volviendo a su taburete- Grita y grita y no dice nada. ¡Durin! ¡Durin!

- ¡Olvidad a Durin!- rugió Náin -¡Durin ha partido hacia los salones de espera y yo soy su heredero! ¡Debeis seguirme a mí!

Fundur lanzó un grito desgarrado al que se sumó la multitud. Hubo más llantos y lamentos y juramentos de eterno recuerdo para Durin. A continuación, los enanos comenzaron a entonar un triste cántico fúnebre.

Náin, enfurecido, bajó del estrado para reunirse con sus hermanos Nor y Boi, que habían permanecido silenciosos y cabizbajos.

- ¡El dolor les nubla el entendimiento! -les dijo- Ved a aquellos ¡Si hasta se cortan las barbas!

- ¿Y qué otra cosa pueden hacer? -dijo Nor- Tú no eres Durin.

- ¿Cómo esperas que te sigan si tú no eres Durin? -añadió Boi- ¿Cómo vas a ser Durin si tan sólo eres el hijo de Durin?

- ¡Aun así me seguirán! -bramó Náin- ¡Pronto verán que necesitan mucho más un rey vivo que un rey muerto!- y se alejó rojo de ira.

- Ay -se lamentó Nor- Si al menos nuestro padre hubiera dado a uno de sus hijos el nombre de Durin...

Boi se sentó pesadamente sobre una escalinata: -Ya sabes cómo era Durin, el Duro de Entrañas. -dijo- Nunca dió el nombre de Durin sino a Durin.

Náin ignoró el saludo del guardia y salió al dia gris de Azanulbizar, el Valle Sombrío. Desde lo alto de las Montañas Nubladas le contemplaban los picos de Zirak-Zigil, Bundus-Hathur y Barazinbar, en cuyas raices había estado preso el Balrog. Hacia el este se extendía un camino pavimentado flanqueado por abedules y abetos. A poca distancia aguardaba Kheled-zâram, el Lago Espejo.

Náin caminó hacia la Piedra de Durin, la columna que indicaba el lugar donde el Padre de los

Enanos contempló por primera vez el lago y vió la corona de estrellas sobre su propio reflejo. Se asomó expectante. En las tranquilas aguas se repetían las montañas y el cielo, y en el fondo brillaban las estrellas de la corona, pero Náin no vió su cara.

Furioso, arrojó una piedra que destruyó momentaneamente la hermosa recreación.

- ¡Qué importa el nombre! -gritó, desesperado- ¡Yo soy el heredero de Durin, del mismo modo que Durin III fue el sucesor de Durin II y que todos los demás! Cada vez que ha muerto un Durin los enanos hemos tenido otro para reemplazarlo. ¿Por qué los Valar han permitido que yo recibiera un nombre diferente?

De hecho, Náin sabía perfectamente por qué él tenía un nombre distinto. Se daba la circunstancia de que su abuelo materno se llamaba Náin y su madre, la reina Dungor, había decidido que sería un bonito homenaje.

Náin siempre había guardado en secreto su sospecha de que la más firme creencia de los enanos, la inmortalidad y eterno retorno de Durin, era una lamentable confusión de identidades, sobre todo porque él lo había visto más de cerca que la mayoría. Según la tradición, Durin el Inmortal era un enano admirable y de gran dignidad que había sido creado por el mismo Aulë, mientras que su padre tenía costumbres ridículas, tales como dormir en una cama de mithril que le destrozaba los riñones, pasearse descalzo por las minas de los niveles más profundos a altas horas de la noche cuando no le veía nadie o regalar a súbditos, en recompensa por un buen servicio, pequeños mechones de su barba que en realidad no eran suyos porque tenía horror a que su barba pareciera descuidada.

Náin permaneció sentado en el borde de la laguna sumido en pensamientos tan profundos como las mismas aguas.

- Les demostraré que puedo ser tan buen rey como Durin. ¡Mejor aún! Es facil ser un buen rey

cuando se vive plácidamente y el reino nada en la abundancia. ¡Yo seré el rey que los dirija con mano firme en la lucha contra el Demonio de Fuego!

En esto oyó un roce de unas pisadas sobre la hierba y se volvió alertado. Desde lo alto del sendero, un enano cubierto por una capucha le estaba mirando.

- ¿Quién eres? -dijo Náin irritado- ¿Cómo te atreves a importunar a tu rey en su soledad?

El otro enano no respondió. Sus ojos quedaban ocultos bajo la sombra de la capucha pero a Náin su rostro le pareció extrañamente familiar. Un escalofrío le recorrió la espalda.

- ¡Espera! -gritó, y echó a correr hacia él, pero el extraño ya no estaba allí. Náin subió por la colina a grandes zancadas mirando a ambos lados del sendero y no vió rastro alguno del enano. Cuando llegó ante las enormes puertas de Khazad-dûm se detuvo para recuperar el aliento. El guardia, apoyado sobre su hacha, le contempló sorprendido.

- ¿Has visto a alguien subir por este camino?

- No, mi señor. No he visto ni a un pájaro moverse por aquí en toda la mañana. ¿A quién debería haber visto?

- A nadie, a nadie -murmuró Náin mientras recorría el valle con una mirada inquieta. Al atravesar las puertas le salió al paso su hijo Thráin, que era el capitán de la guardia.

- ¿Por qué has abandonado la ciudad, padre? -le dijo- Es peligroso exponerse así.

- Más peligroso es permanecer dentro -respondió Náin.

Náin discutía con su hijo y con sus hermanos sobre cómo luchar contra el Enemigo. Boi insistía en la necesidad de recuperar cuanto antes las minas para reanudar la producción de mithril, aunque no se mostraba tan ocurrente en cuanto a la manera de librarse del Balrog. Nor, muy al contrario, no cesaba de proponer ideas que podían resumirse en tres palabras, "atacarlo y matarlo". Náin y Thráin se limitaban a ignorarlos. Y en esto el viejo Fundur apareció desmoronándose por las escaleras.

- ¡Viene la reina, viene la reina!- gritó, y se desplomó sin sentido.

Se escuchó el bramor de mil bueyes en estampida. Llegó el sonido de gritos y pisadas sobre las losas y el viejo Fundur se vió aplastado por una multitud de enanos cargados con cofres. Tras ellos bajaron las damas de compañía, cubiertas de preciosas joyas engarzadas en sus barbas y envueltas con ropas de viaje. Los aguerridos enanos de la Guardia Real se abrieron por fín paso protegiendo a la figura grisácea y pétrea que era la Reina Dungor, esposa de Durin y madre de Náin. Un gran gentío se había reunido para ver pasar la comitiva, pues, aunque todos habían oido hablar de ella, pocos habían podido contemplar su hermoso rostro con anterioridad.

Se dice que los enanos eran escasos en número a causa de la fealdad de sus mujeres. Quienes afirman esto sin duda no conocían a Dungor.

Ella los miró con desprecio y su rostro se desvaneció en medio de un mar de arrugas. Su famosa barba multicolor se agitaba mezclando los tonos, lo cuál la hacía parecer blanca. Náin la contempló consternado.

- ¡Madre! ¿Qué significan estos baules? ¿Acaso pretendes dejarnos?

Dungor respondió, y su voz fue como el entrechocar de las rocas en un desprendimiento:

- ¡Yo voy a donde me place, y todos éstos se vienen conmigo! ¡Abandonamos Khazad-dûm, y tú deberías hacer lo mismo!

- Pero... pero... -balbuceó Náin- ¿Por qué? ¿A dónde vais?

- ¡Hijo desnaturalizado!-clamó Dungor, y todos los enanos se echaron a temblar- ¿Acaso no es evidente que la Casa de Durin no puede perdurar sin Durin? ¡Ahora que los Valar lo han acogido definitivamente, intuyo que el fin de nuestra raza está próximo! ¡En cualquier caso, este lugar ya está maldito!

Y sin más el tropel se puso de nuevo en marcha. Entonces Thráin se interpuso y trató de detenerlos, pero Dungor le golpeó sin piedad con su poderoso brazo y lo tumbó.

- ¡Espera, madre! -exclamó Náin indignado abriéndose paso- Puedes partir si así lo deseas, pero no puedes llevarte el tesoro de mi padre, y menos el Anillo de Durin.

La Reina Viuda volvió a fruncir el ceño y todo su cuerpo se pobló de afiladas arrugas. Alzó el brazo y mostró a la multitud el anillo.

- ¡Cuando naciste, qué gran dolor le produjo ver que no eras como él! ¡A tí no te pertenece y jamás tuvo intención de dejártelo!

Un murmullo se extendió entre los enanos allí reunidos.

- ¡Se llevan a las mujeres! -señaló desde el suelo lo que quedaba de Fundur.

- Bah, que se vayan -dijo un enano de barba naranja, con desprecio- No las necesitamos.

- ¡Eh, esperadme!- gritó Fundur corriendo tras ellas.

En medio de un silencio sepulcral y bajo la mirada incrédula de los enanos, la comitiva atravesó las puertas.

- ¡Fíjate en sus caras! -exclamó Boi- ¡Ellos también están pensando en irse!

Y así era. Los rostros mostraban un gran dolor y pesadumbre, y los ojos parecían sin vida. El Pueblo de Durin no era ya feliz en Khazad-dûm y no quería luchar por defenderla. Algunos decían que el Daño de Durin era un castigo a la codicia de su gente, y que estaban condenados al exilio, o si no, a algo peor.

Una oleada de enanos, silenciosos y cabizbajos, confluyó hacia los corredores, sabiendo con pesar que abandonarían la morada de sus padres.

Decenas de enanos gimoteantes seguían al apresurado cortejo de la Reina a través del laberíntico entramado que era Moria. A cada paso aumentaban los lamentos.

- ¡Oh, perdición! -sollozaban- ¡Primero Durin y ahora Khazad-dûm!

- Y luego dicen que los enanos son un pueblo duro y resistente. ¡Si los vieran ahora no lo dirían! ¡Arcilla es lo que son!

A su lado, Gor, jefe de su guardia, trataba de seguir su paso, ya que, aunque iba renqueando, era la más veloz.

- Ejem, ¿tenéis pensado algún lugar al que dirigirnos, mi señora? -le preguntó servilmente- ¿o pensais acaso confiar en la fortuna que nos deparen los Valar?

- ¡Cualquier lugar donde haya rocas y montañas! -respondió agriamente Dungor- Me han hablado muy bien de un lugar no muy lejos del Bosque Negro. Iremos allí.

- Ah... -aportó Gor.

De pronto Dungor se detuvo en seco, con lo que provocó un lamentable entrechocar de cabezas de enanos que no pudieron frenar a tiempo. Se oyeron murmullos admirados ante los reflejos de la Reina.

El causante de todo esto era un extraño que aguardaba inmóvil en mitad del camino. Una capucha lo cubría y sus ropas eran sencillas, aunque su barba, sujeta en un cinturón de cuero, era bastante impresionante.

- ¿Quién es este ridículo personajillo? -señaló amenazadoramente Dungor, avanzando hacia él.

El extraño se descubrió y dijo:

- Soy Durin.

A más de tres millas de distancia hacia el interior de la ciudad, Thráin, Nor y Boi trataban de infundir un poco de ánimo al legítimo heredero del trono de Durin.

- Lo único que me queda ya -habló Náin- es buscar una muerte honrosa luchando contra el Balrog.

- Vamos, vamos, quítate eso de la cabeza -le aconsejó Boi dándole palmaditas en el hombro- ¡Se quedarán! Nadie es capaz de abandonar las riquezas atesoradas a lo largo de tantas generaciones y la suntuosidad de nuestras mansiones para seguir a nuestra madre.

- No te preocupes. Seguro que a mitad de camino se arrepiente y vuelve -afirmó Nor- ¡Si ella jamás ha salido de Khazad-dûm!

Thráin se rascó la barba, pensativo, y como no se le ocurría nada confortante, permaneció callado. Durante largo rato nadie habló. Y entonces Thráin rompió el silencio.

- ¿No habeis oido algo?

- Algo ¿como qué? -dijo Nor.

- ¡Como eso! -exclamó Thráin. Y en efecto, llegó hasta ellos un sonido de alegres cantos y bullicioso movimiento que provenía de una de las muchas galerías que desembocaban en la plaza y que parecía acercarse.

- ¡Vuelven! ¡Vuelven! -gritó Náin poniéndose en pie de un salto.

- Ah, ya te lo decía yo -le dijo Nor jubiloso- ¡Ni siquiera han llegado a las Puertas!

Por la boca de la galería se asomaron la barba y los ojos horríblemente dilatados del viejo Fundur.

- ¡Mirad a quién hemos encontrado! -manifestó con ronca alegría, y se desmayó exhausto de la emoción.

Lo miraron extrañados y entonces hizo su aparición la irreconocible comitiva, convertida en un carnaval de enanos bailando, cantando y vaciando los barriles de la bebida secreta de los Naugrim que se habían llevado. Y en medio de ellos, sobre un escudo que soportaban la mismísima Dungor y otros cuatro sudorosos enanos apelotonados, estaba el personaje alrededor del que giraban todos los canciones.

- ¡Durin! -chillaron Boi y Thráin.

- Sí, sí, me parece que es Durin- dijo Nor mirándolo fijamente.

- ¡No puede ser! -gritó Náin aferrado a sus barbas.

Los principales de entre los enanos, y todos los demás que habían encontrado sitio, llenaban a rebosar la Sala del Trono, vestidos con sus mejores galas. Guardaban un respetuoso silencio.

Durin contempló el Trono, que era como cualquier otro Trono, pero con figuritas esculpidas y runas Argerthas talladas en relieve en el asiento que sólo los más encallecidos podrían soportar mucho tiempo.

Lentamente se volvió hacia los espectadores. Tenía la mirada dramáticamente ausente. Entonces, con gran solemnidad, se sentó.

El pueblo se alborozó al ver lo bien que encajaba. Se lanzaron gritos de alabanza hacia Durin y se tiraron de las barbas unos a otros.

Twalin, consejero de Durin y el enano más cabezón por votación popular (y por ello encargado de la Cámara de Mazarbul o de los Registros) hizo una profunda reverencia y se dirigió al rey con estas palabras:

- ¡Oh, luz en las tinieblas de las cavernas, Durin el Único, creíamos que te habíamos perdido para siempre! Ahora que has vuelto, ¿Cómo piensas derrotar a nuestro enemigo? Algunos de nosotros hemos discutido sobre la conveniencia de desviar el cauce del Sirannon de forma que anegara los niveles más profundos y así ahogar a la criatura de fuego.

- Sí, eso había pensado yo -respondió Durin- Puesto que hay acuerdo, ordeno que las obras comiencen inmediatamente.

Al oír esto, la alegría encendió los corazones de los enanos y los más diestros en esas tareas partieron de la Sala del Trono dispuestos a poner manos a la obra.

- Dime, oh, padre -dijo Nain- ¿Cuánto tiempo hace que has vuelto de la muerte? Creí verte el otro dia cerca del Kheled-zâram...

- En éso te equivocas, no era yo -contestó Durin gravemente- Hay muchas cosas sobre éste extraordinario regreso mío que me está prohibido revelar. Sólo puedo decir que está en mi destino gobernar a mi pueblo en este momento de tan gran peligro.

El Rey se removió inquieto en su trono y dijo a uno de los mayordomos:

- Estoy hambriento... Comeré en mis aposentos.

Los presentes fueron saliendo entre animados murmullos. Náin, Thráin, Nor y Boi se escurrieron por un oscuro corredor lateral.

- ¡Es un impostor! -habló Náin.

Unos cuantos días pasaron. El enorme trabajo de desviar el curso del Sirannon avanzaba rápidamente y el Balrog parecía no darse cuenta de ello, o al menos no daba señales de vida. Sin embargo, no todo estaba tranquilo.

En una cámara secreta cerrada a vuelta de llave, la familia de Náin discutía.

- ¡Cómo va a ser un impostor! -gritó Nor demasiado alto. Todos hicieron un gesto con las manos para que bajara la voz- Cómo va a ser un impostor. Es Durin, claro que es Durin, sólo hay que mirarle. Su cara, su barba, su cinturón. ¡Es él!

- Es cierto que se parece mucho a él -admitió Náin- pero ¿y su comportamiento? Todas sus locas manías han desaparecido. No reconoce a sus antiguos amigos. ¡Oh, y las cosas que le dijo a mi madre!

- No lo entiendes, Náin -habló su hermano Boi- la muerte cambia a la gente. Durin ha estado donde ningún enano ha estado anteriormente ¡y además seis veces!

Thráin intervino - Ayer estuve hablando con Fundur, que es el único que recuerda los tiempos de Durin el Quinto, y me contó que tenía un carácter muy diferente al del abuelo. A menudo se disgustaba con sus súbditos y ordenaba que les hicieran colgar por la barba. También se dice que le tenía mucho miedo a las truchas. Con esto quiero decir que Durin puede tener un carácter diferente en cada regreso sin dejar de ser el mismo.

- ¡El viejo Fundur no sabría encontrar el camino a Khazad-dûm ni aunque le pintaras una raya en el suelo! -gruñó Náin- ¿Y por qué se negó a ir cuando le invité a acompañarme al Kheled-zâram? ¡Porque sabía que eso era una prueba definitiva! ¡Sólo el auténtico Durin se refleja en sus aguas!

Boi sacudió la cabeza y dijo: - Sí es así, nunca sabremos sí es el verdadero Durin. De todas formas, ¡qué más da! El pueblo está encantado de que haya vuelto. Ni aunque llevara una barba falsa y confesara de rodillas que era un impostor le creerían.

- Puede que haya una manera de convenceros- dijo Náin siniestramente, y blandió el hacha.

La familia de Náin entró discretamente en la Sala del Trono. Durin estaba conversando con el Jefe de las Obras.

- Necesitaremos otros veinte enanos para talar los árboles, majestad.

- De acuerdo, de acuerdo, coge todos los que necesites...- dijo el Rey.

- Fijaos bien, cómo se remueve en el asiento -indicó Náin a los otros- Ha intentado hacerse con el Trono y el Trono se está haciendo con él.

Se acercaron con una reverencia.

- Oh, padre -empezó Náin- no hemos podido evitar advertir que llevas un hacha al cinto impropia de tu persona.

- Es cierto, es cierto... -contestó Durin sin poder ocultar su sorpresa.

- Por ello -continuó Náin- te traemos la única hacha digna de tí.

Y se la tendió. La hoja era de sólido acero pero cubierta de adornos e inscripciones del más puro mithril, y el mango estaba hecho de oro macizo. Durin la cogió y le dio vueltas entre las manos.

- Os lo agradezco. -dijo mirándola complacido- Ésta es mucho mejor que la otra. ¡Cuántos adornos! ¿Y qué pone aquí? -vaciló un momento- "Durin". Ah, es el hacha de Durin, claro, es mi hacha. La echaba de menos. -dijo sonriendo, y la dejó a un lado.

Náin, Nor, Boi y Thráin se miraron horrorizados. Era imposible que el Rey no reconociera su propia hacha. En ese momento se convencieron de que era un impostor.

Durin se levantó con rigidez y dijo: -Ahora podeís marcharos, tengo mucho que hacer en otros lugares. -llamó a uno de sus criados- Haced quitar eso de ahí, no es lugar para unas runas labradas.

Y cuando les dió la espalda al salir, todos pudieron ver con claridad, marcadas sobre su ropa, unas runas, las mismas que en el trono aparecían invertidas e ilegibles.

- ¿Qué vamos a hacer ahora?- preguntó Nor. Sus espesas cejas azules le caian con tristeza sobre los ojos.

- Habrá que matarlo -dijo friamente Náin- No hay otra solución.

- ¡Pero si es el rey!- gritó Thráin espantado.

- ¡No, estúpido, si lo matamos será porque no es el rey! -masculló Boi- ¿Es que no ves que es un farsante que ha venido a robar nuestras riquezas, aprovechándose de la buena fe del pueblo de Durin? El problema está en cómo hacerlo con astucia y disimulo, porque tiene ganado el favor de la gente y, si se descubre, seríamos nosotros los que acabaríamos muertos.

- No hace falta pensar nada -dijo Náin, sacando un papel de los plieges de sus ropas- Está todo aquí.

El plan pasó de mano en mano.

- ¿Cuánto tiempo llevas pensando en ésto, Náin? -inquirió Boi con admiración. Náin se encogió de hombros.

- No entiendo nada -se quejó Nor mirando aquel conjunto de garabatos y flechas y representaciones de enanos corriendo de un lado para otro- ¿Qué es ese borrón rojo del final?

- Eso representa el éxito del plan -explicó el conspirador jefe.

- ¿Y qué tengo que hacer yo? -preguntó Thráin temblorosamente. Náin dejó escapar un suspiro y se echó hacía atrás en su silla de piedra.

- Prestad atención... -dijo.

Las comidas de los enanos generalmente consistían en grandes trozos de pan duros como piedras y unas cuantas verduras escuchimizadas y algún trozo de carne de caza y unas jarras de cerveza que eran dos veces más grandes que los platos. Tan sólo comían dos veces al día, pero es que el pan de los enanos alimentaba mucho más que el de los Elfos. Únicamente ellos eran capaces de digerirlo, y tampoco se lo ofrecían a nadie.

El Rey golpeó con el mazo la hogaza y el pan crujió y se partió en decenas de trozos. Esto significaba que la cena había empezado. Los criados sirvieron a cada enano su pedazo de pan pero la mayoría prefirió empezar por la cerveza.

Durin se sirvió un buen trago de la cerveza real que sólo él probaba. Entonces se percató de que había dos huecos en la mesa.

- ¿Dónde están mi hijo y el hijo de mi hijo? -preguntó.

- Se sentían indispuestos, oh, padre. -se apresuró a responder Boi- Te ruegan que excuses su presencia.

Satisfecha su curiosidad, el rey se dedicó a satisfacer su estomago. Cada vez que bebía de la jarra, Boi y Nor cruzaban miradas de complicidad.

Al cabo de un rato, una nube de somnolencia apareció en los ojos del Rey. Se puso en pie y dijo:

- Estoy cansado, así que me retiro ya.

Todos los enanos se pusieron en pie al instante. Cuando el rey acababa de cenar la cena se daba por terminada. Lanzaron una triste mirada a las cervezas que dejaban sobre la mesa y salieron detrás de Durin. Estar invitado a su mesa tenía sus privilegios y sus inconvenientes.

Ya en los aposentos reales, Durin se despojó de su capa y se dejó caer dolorosamente sobre el lecho de mithril.

- Maldita cama -gruñó- Todo en esta maldita ciudad lo hacen incómodo.

Se quitó las botas y las soltó justo delante de la nariz de Thráin, que, junto con Náin, le espiaba bajo la cama.

- ¿Cuánto tarda en surtir efecto esa droga? -susurró Thráin. Y apenas lo hubo dicho, se escuchó un gruñido que acabó por ser un sonoro ronquido.

- Ya es nuestro -dijo Náin muy bajo- Sólo tenemos que llevarlo hasta el abismo sin que nos vea nadie y deshacernos de él.

Se arrastraron torpemente fuera de la cama y contemplaron a su víctima, que dormía profundamente.

- Vamos, ponle la capa y la capucha bien apretada, que no se le vea la cara -ordenó Náin- Ahora agárralo por los pies. Muy bien, sujétalo mientras abro la puerta.

Pero la puerta no se abrió.

- ¿Qué pasa, qué pasa? -dijo Thráin, que se estaba poniendo muy nervioso.

- ¡Ha cerrado la puerta con llave! -gritó Náin más alto de lo que hubiera sido prudente- ¡Hay que buscar esa llave!

Al otro lado de la puerta, Nor y Boi ya se las habían arreglado para enviar al centinela a otro sitio con un pretexto. Ahora se estaban impacientando y trataban inútilmente de oir algo a través de la insondable puerta de piedra.

- ¿Qué pasa? ¿Por qué no salen? -preguntó Nor mirando en todas direcciones, muerto de miedo.

- ¡Y yo que sé! -respondió Boi- Algo debe ir mal.

- Llama a la puerta a ver si contestan -sugirió Nor.

- ¡No seas idiota! -dijo Boi- ¿Y si nos abre Durin?

Y se enzarzaron en una larga discusión.

Muy avanzada ya la mañana (aunque en la mayor parte de Khazad-dûm el día no se distinguía de la noche) Durin despertó y bostezó perezosamente.

- ¡Esta es la primera noche que duermo bien! -dijo en voz alta. Se puso sus botas, se abrochó la capa y se acicaló un poco la barba en la valiosa tinaja. Después inclinó hacia atrás la cabeza y se quitó la cadena de donde colgaba la llave. Silbando una alegre melodía, abrió la puerta y se encontró allí dormidos a Nor y a Boi.

- ¡Pero hijos! ¿Qué hacéis aquí durmiendo? -les interrogó, despertándolos.

- Estábamos... estábamos velando por tu seguridad, oh Durin -explicó Boi levantándose de un salto.

- ¡Pero si os habeis dormido!- exclamó el Rey.

- Por eso suplicamos que nos perdones, oh padre -dijo Nor en un súbito arranque de inspiración.

Durin les perdonó y se marchó en dirección a la Sala del Trono. Entonces los dos hermanos escucharon una voz procedente de la cámara.

- ¡Ayudadnos a salir! ¡No podemos movernos!

Náin y Thráin habían pasado una mala noche, la mayor parte de ella poniendo patas arriba los aposentos de Durin buscando infructuosamente la llave. Al fin se rindieron y tuvieron que ordenarlo todo de nuevo, esconderse bajo la cama y esperar a que Durin se despertara. Los suelos de piedra de Khazad-dûm estaban helados y el frio había atacado sus extremidades dejándolas insensibilizadas.

Nor y Boi los metieron en barreños con agua caliente y al cabo de un rato se sintieron mejor.

- ¿Cómo íbamos a saber que había escondido la llave debajo de la barba? -dijo Thráin quejumbrosamente desde su barreño- ¡Ah, cómo odio a ese impostor! ¡Lo habría estrangulado allí mismo!

- ¡Lo habeis estropeado todo! -chilló Nor- ¡Seguro que ahora sospecha algo!

Náin se removió dentro del agua.

- No sospecha nada porque está convencido de que nos ha engañado a todos. Nuestro primer intento ha fracasado porque era demasiado complicado. Tenemos que pensar en algo más sencillo y efectivo.

Todos se pusieron a pensar.

- Esta tarde -dijo Boi- el impostor va a inspeccionar los trabajos de desvío del Sirannon. Esa puede ser una buena ocasión para simular un accidente. Si le tiramos algo lo suficientemente grande...

- Sí, eso no puede fallar -dijo Náin.

- Podemos arrojarle una piedra, o troncos -sugirió Nor.

- ¡Eso es verdad! -exclamó Thráin- Junto al rio hay almacenados dos docenas de troncos apilados que se van a usar para contener el cauce. Si alguien quitara los topes...

Hijos y nieto de Durin esbozaron una malévola sonrisa.

Móin había nacido en las Montañas Azules y su familia provenía de Belegost, la ciudad enana que había resultado destruida al término de la Primera Edad. Uno de sus antepasados había visto una vez, de lejos, un Silmaril, y desde entonces se obsesionó por recrear su mágica luz en otra joya igual de admirable. Lamentablemente, como él era minero, sus dotes para la orfebrería eran escasas y acabó sus dias amargado fabricando feas baratijas. Sus descendientes continuaron el negocio fabricando joyas igual de malas que trataban de vender a los hombres salvajes.

Viendo poco futuro en aquella vida, Móin escapó un dia con todas las joyas y algo de dinero y se instaló en Bree, donde los hombres civilizados despreciaron sus mercancías. Por ello se dedicó a vender mapas que conducían a fabulosos tesoros de enanos, con mayor fortuna.

Ya desde muy joven los otros enanos se habían admirado de su parecido con el legendario Durin. Él lo había aprovechado para comer gratis en algunos campamentos de enanos lo bastante ignorantes como para poder creer que Durin podía pasearse solo por allí.

Un buen dia encontró a un grupo de enanos que se dirigían a Ered Luin por el camino del Oeste.

Uno de ellos se sorprendió al reconocerlo, pues habían llegado a sus oidos extraños rumores sobre la trágica muerte de Durin. Enterado de todo por estos viajeros, Móin creyó ver allí la oportunidad de su vida. Con gran audacia se dirigió a Khazad-dûm y se presentó como el mismísimo Durin que había retornado. Y el pueblo de Durin estaba tan deseoso de que Durin volviera que lo había aceptado sin albergar ninguna duda.

Móin se frotó el estómago, complacido. Todo había salido bien, nada turbaba ahora su porvenir. Bueno, sí, estaba aquel asunto del Balrog. Y la cama, que no había manera de dormir en ella. Pero aparte de esto, la verdad es que estaba disfrutando de ser rey. Un enano no podía llegar más alto en su carrera. Si me viera ahora mi padre, pensó, sentado en este Trono de mithril...

Fue entonces cuando entró Nor, con mirada furibunda. Se quedó allí de pie inmóvil con los brazos cruzados, observándole.

- ¿Qué deseas, hijo mío? -habló Móin, intrigado por el aspecto que tenía el otro enano.

- Nada, quería saber si seguías cómodo en el Trono, oh, Durin -y dijo Durin con retintín. Y empezó a merodear alrededor del trono.

- ¡Pues disfrútalo mientras puedas!- soltó Nor clavándole la mirada.

Móin se puso en pie diciendo: - Bueno, hijo, gracias por esta conversación tan instructiva pero me esperan en la Puerta del Oeste.

- ¡Corre, corre mientras puedas!- oyó Móin a su espalda mientras bajaba a toda prisa las escaleras.

En la Puerta Oeste la actividad estaba detenida. Todos los enanos que allí trabajaban se habían puesto ropas de fiesta y apenas se molestaban en fingir que hacían algo mientras esperaban la llegada de Durin. En medio del rio habían construido una presa aún rudimentaria y de allí partía un canal todavía seco, de cinco pies de profundidad reforzado con rocas y troncos a los lados. En la cima de una pequeña pendiente había almacenado un montón de troncos, y detrás de ellos estaban escondidos Boi y Thráin, que aguardaban en tensión. Más abajo, en medio de la explanada, el jefe de la obra se impacientaba al lado de Náin.

- Si no llega pronto hoy no avanzaremos nada -murmuró el jefe de las obras.

- Ahí viene alguien -señaló Náin.

Era Nor.

- ¿Dónde te habías metido?- susurró Náin entre dientes cuando lo tuvo a su lado.

Nor sonrió siniestramente.

- He ido a hacerle sufrir un poco. Quería que fuera consciente de que su final estaba cerca.

Náin tiró brutalmente de la barba de Nor poniendo su rostro a la altura del de él. Abrió la boca y justo entonces tronaron las campanas de alarma.

El Balrog había permanecido dormido en la oscuridad durante mucho tiempo, hasta que un poder que llamaba de lejos lo despertó y le dió esperanzas de que pronto sería liberado. Allí aguardó, rodeado del mithril que codiciaban los enanos, hasta que ellos, para su desgracia, abrieron las puertas de su prisión.

Había matado a muchos, pero la voz le dijo que debería matar a muchos más antes de apoderarse de aquel reino. Por mucho que tardara, los encontraría. Ascendió a través de los niveles abandonados de las minas, atravesando laberintos y trampas, hasta las puertas de la ciudad.

Los suelos temblaron hasta lo más profundo de la montaña. Las murallas se quebraron y se derrumbaron destrozándose columnas y bóvedas. Las armerías fueron vaciadas y el ejército se dirigió hacia el peligro. Las puertas estaban abrasadas y los enanos sintieron que el miedo los sobrecogía y quedaban a merced del enemigo. Sólo el Viejo Fundur se movió. Gritando el nombre de Durin alzó su hacha y se arrojó contra el Balrog con la fuerza que sólo la rabia da. El Balrog recibió sorprendido la fuerte acometida sin poder ver de quien le venía. Y cuando para el viejo enano todo estaba perdido, el ejército al mando de Náin reaccionó por fin. Una avalancha de furia cayó sobre el demonio y muchas hachas se mellaron y muchos enanos murieron pero la batalla no se perdió.

Náin, de pie entre los muertos, recordaba sombríamente la lucha. Entonces creyó ver el cuerpo inerte de Fundur. Se arrodilló junto a él y lo contempló con tristeza.

- ¡Qué precio hemos pagado por esta victoria! -se lamentó.

Fundur abrió los ojos de golpe y dijo:- ¿Hemos ganado?

Al lado de Náin había un grupo de enanos apoyados en sus hachas ennegrecidas. Estaban cansados, y algunos malheridos.

- ¿Dónde estaba Durin? -preguntó uno- ¿Por qué no nos condujo en el combate?

Nadie contestó a esto. Y una negra duda oscureció sus rostros.

De pronto Boi, todavía cargado con la cota de malla y la visera de hierro, bajó las escaleras atropelladamente gritando sin aliento:

- ¡Ha saqueado la Cámara del Tesoro! ¡El impostor se ha ido!

Abrumados por la evidencia, los barbiluengos se convencieron de que Durin VII había sido un suplantador que nunca había existido. Borraron toda huella de su presencia en Khazad-dûm y en ninguno de sus registros se recoge esta historia. Náin, por fin, y por un año, fue rey de los enanos. Cuando murió en la última batalla contra el Balrog, las mansiones de los enanos fueron abandonadas y se poblaron de criaturas malignas.

Muchos siglos después, hubo un nuevo rey allí. Entre otras cosas halló los planos originales para anegar los niveles más profundos y ahogar a la criatura y trató de repetir la obra. Tampoco Balin tuvo tiempo de concluirla, aunque los trabajos formaron un lago que cubrió el valle.

Unos elfos de Lórien que viajaban en dirección al Bosque Negro se sorprendieron al encontrar a un enano cargado con pesados sacos que seguía a trompicones el curso del Celebrant. Los elfos y los enanos no son pueblos amigos, pero aquellos, ante aquel espectáculo tan poco habitual, abordaron al enano y le preguntaron hacia dónde iba. El enano respondió con evasivas.

- Dinos -insistieron- ¿es cierto eso que cuentan de que Durin ha muerto y ahora está otra vez con los suyos?

- ¿Qué sé yo, que me paso todo el día dentro de una oscura mina? -contestó el enano, y se alejó hacia el sur, en busca de algún camino que le llevara hacia el oeste.