El décimo nazgûl

por Facundo Santiago López (Trulopez@netverk.com.ar)

Tercer Puesto, Premios Gandalf 1999

I

UNA MAÑANA FATÍDICA

Sancho Ganapié se despertó sobresaltado aquella mañana de otoño, después de una noche intranquila. Había tenido terribles sueños que presagiaban un día muy complicado. Algo turbado aún, e intentando olvidar las pesadillas, tomó su pipa, recogió la hierba y salió al exterior. Se sentó en un pequeño banquillo junto a la puerta a esperar el correo. Estaba seguro que su tío, Filibert Bolger le respondería desde Cepeda, en la Cuaderna del Este. Le había escrito unos días antes y lo invitaba a pasar un tiempo en Hobbiton. Era una mañana espléndida, el sol brillaba como pocas veces en esa época. La hermosura y frescura de ese día hicieron que olvidara la mala noche. Las volutas de humo subían y se mezclaban con el aire aromatizado por las flores del cuidado jardín. Bajo la colina, no muy lejos, podía verse El Agua y las edificaciones de Hobbiton e inclusive, difusas en el horizonte, las primeras estribaciones de una colinas cuyo nombre el hobbit no conocía ni deseaba conocer.

Sancho era un hobbit de veintiocho años de edad, bastante delgado para ser un Peloso. Su bisabuela, Linda Bolsón, era la segunda hija de Mungo Bolsón y por descendencia era el único heredero de la fortuna que el viejo Bodo Ganapié, su bisabuelo, había recibido. La familia se había establecido en Hobbiton varias generaciones atrás, y Sancho ya consideraba su viejo agujero-hobbit como una símbolo de los Ganapié: Casa Linda era un lujoso smial construido en el año 1299 como regalo de bodas de Mungo Bolsón a su hija y su yerno, un año antes de su muerte, y había sido traspasado de generación en generación por los Ganapié. Debía su nombre a la bella Linda Bolsón, esposa de Bodo Ganapié. Estaba ubicado en un vistoso terreno, sobre el Camino de la Colina, y era el primer agujero de Bolsón de Tirada. Dejando atrás Casa Linda, el terreno comenzaba a subir lentamente y conducía a Sobremonte y a las más ricas zonas de Hobbiton. Los Ganapié eran parientes, lejanos por supuesto, de los Bolsón de Bolsón Cerrado, pero el trato era mínimo y muy hostil. Sancho había escuchado cientos de veces la misma historia que solía contarle su padre: cuando Bungo desposó a Belladona, gran parte de la fortuna del Viejo Tuk le fue otorgada. Sin embargo, Bodo Ganapié envidió al ahora rico hobbit, y cuando supo que Bungo deseaba comprar un terreno sobre la Colina de Hobbiton, no dudó en quitárselo primero. Pero llegó demasiado tarde, pues el terreno era ya propiedad de los Bolsón, quienes excavarían luego Bolsón Cerrado, uno de los agujeros-hobbit más cálidos y lujosos de toda la Cuaderna del Oeste, pues además de su tamaño, aquel terreno en disputa había sido uno de los más codiciados por las grandes familias por su excelente ubicación. Lleno de rabia, Bodo hizo un gran escándalo en aquella ocasión que fue recordado por muchos años en Hobbiton, y juró, rojo de envidia que algún día Bolsón Cerrado sería suyo. No muy distinta era la posición de los Sacovilla-Bolsón, que anhelaban poseer el smial desde hacía muchos años más, y lo habían conseguido: Frodo Bolsón, heredero de Bilbo, había vendido la residencia Bolsón hacía unos días a Lobelia Ciñatiesa, y a su hijo Lotho Sacovilla-Bolsón. Fue entonces cuando las esperanzas de Sancho de vivir algún día en Bolsón Cerrado comenzaron a flaquear, y ya resignado, aceptó la amistad hereditaria con los descendientes de Longo Bolsón y Camelia Sacovilla (abuelos de Lotho).

Pocos recuerdos tenía Sancho de su madre, Nera Tallabuena (descendiente del viejo Togo), pues había muerto cuando apenas tenía tres años.

Contemplando aún el paisaje en lontananza al tiempo que fumaba pipa, Sancho oyó la aguda voz de su padre que lo llamaba a gritos. El pobre Olo Ganapié tenía 72 años, pero una enfermedad muy inusual entre los hobbits lo había dejado postrado algunos años atrás. Desde entonces había sufrido mucho y había perdido parte de su sentido común. El joven hobbit entró en su smial en respuesta. Aprovechó el momento para tomar algo de hierba, planeando pasar toda la mañana bajo el sol junto a la puerta, y entró golpeando suavemente en la habitación principal de Casa Linda. El polvo diáfano y el olor a encierro hacían de esa habitación un antro antiguo y poco agradable. El silencio era tal que los pasos del hobbit sonaron como estruendosas explosiones. Sobre una cama de roble descolorido y sucio, yacía Olo con una expresión lejana y desenfadada. Sus enormes y velludos pies (que hacían honor a su apellido), se escapaban de la manta. Miraba con calma la ventana cerrada, y dijo con una voz apenas audible:

–Ábrela, por favor, hijo.– Sancho accedió, y al abrirla, una haz de luz viva iluminó la sala, mostrando el polvo que volaba. Se acercó a su padre y le besó la frente con cariño, como si estuviera despidiéndose. Sin decir ni una palabra más, el hobbit salió cerrando la puerta tras de sí.

Al atravesar el vestíbulo camino hacia afuera, se quedó atónito, duro como una roca y dejó caer la pipa y los pastelillos (que había tomado de paso por la despensa) al suelo enlosado con aquellas famosas lajas que habían sido adquiridas por una bicoca en la primavera de 1311.

Detrás de la puerta redonda, afuera, se dibujaban erguidas las piernas de un Hombre Grande, negras sobre el cielo azul. Sancho salió, y en el momento mismo de abrir su boca para soltar un seco "¡Largo de aquí!", la lengua se le paralizó. Cuando atravesó la arcada, Sancho pudo ver enteramente al hombre moviendo su cabeza de arriba abajo en un amplio ángulo. Vestía una enorme capa oscura y mostraba algo así como un cuchillo de tres puntas en su cintura. En una vaina tan negra como la noche, una empuñadura oscura descansaba siniestramente. Con una voz profunda y grave, dijo amenazante, antes que el hobbit pudiera salir del impacto que le había arruinado la mañana:

–¿Dónde está Bolsón?.– Y calló.

–¿Bo... Bol... Bolsón?, sí. –Balbuceó, aterrorizado por la intimidante voz– No... no, ¿el señor Frodo Bolsón? No, dicen que se ha ido. –Continuó, asustado, incorporándose– Ya no está en Hobbiton, señor. No... y no creo que, que pueda, señor, que pueda encontrarlo... él... él no es como la gente común, no. Anda por sitios extraños, si, extraños. Dicen que conserva esos botones mágicos, usted sabe, los del Viejo Tuk, y dicen que ha llegado a las Montañas Grandes, allá, lejos. –Dijo haciendo un ademán sin dirección fija y pretendiendo conocer las Montañas Nubladas– Igual que su tutor, el señor Bilbo. Se dice que ambos han visto elfos. –el hombre detuvo el entrecortado discurso del hobbit con un ronquido de asco.– Sí, elfos.– Concluyó Sancho.

–¿Puedes encontrarlo?

–No, señor, no, me temo que no. Frodo está tan loco como el mismo Bilbo. Supongo que sabrá lo de su fiesta de cumpleaños, hace ya muchos años. –El inmenso hombre lo miró con desprecio.– ¡Oh, deberá usted oír esto! –Continuó con soltura el hobbit, indiferente a la mirada del extraño– ¡¡El desagradecido Bilbo desapareció en medio de su discurso!!, así, como si fuera humo, desapareció, y no ha vuelto desde entonces, dejando a más de un centenar de hobbits sin poder dormir toda la noche, aunque no me extraña que un Bolsón de Bolsón Cerrado haga cosas como esas. –El hombre se incorporó rápidamente al oír esto y quiso saber más. Sancho le contó detalladamente el episodio ocurrido nueve años atrás, aquel desagradable momento que la comunidad de la Comarca debió vivir. –¡Oh, no!, desde entonces nunca volví a una fiesta de cumpleaños, no señor. Recuerdo hace tres años el cumpleaños del señor Trufa Tallabuena, en Delagua. Se decía que iba a superar la fiesta de Bilbo. El ajetreo en la Comarca, usted sabe, comenzó un mes antes de que recibiéramos las invitaciones. Todos los habitantes de Hobbiton y Delagua habían recibido sus tarjetas, y estaba a punto de ir a la primera fiesta en seis años, cuando la lluvia comenzó a aguar cualquier idea de festejar algo. Siempre tenemos lluvia en Junio, aquí en la Comarca. "La lluvia en verano, inunda la mano", como decimos en Hobbiton. Si lo que usted desea oír son viejos dichos, pues este es el lugar correcto, no hay duda de eso; aunque el Viejo Tuk nos ha superado en materia de adagios... –El hombre, un poco exhausto, volvió a preguntar interrumpiendo el discurso del hobbit:

–¿Puedes encontrarlo?

–Sí, pero... pero, señor, no sé si es lo correcto, señor.– dijo volviendo a su timidez.

El extraño se alejó unos pasos hacia su caballo negro, un poco más atrás, y tomó una pequeña bolsa de tela. Señalándola con sus dedos largos y huesudos, en un esfuerzo de pronunciación, dijo:

–Tengo oro, mucho. Si lo encuentras, más.

Sancho se vio entonces en una batalla interna, en la que su lado ambicioso y su resentimiento hacia los Bolsón de Bolsón Cerrado llevaba la delantera. Sus principios hobbits le decían, sin embargo, que no se mezclara en los asuntos extraños de la Gente Grande, pero no pudo evitar tener una lejana y casi imposible visión: Sancho Ganapié rodeado de oro, sentado en un salón de Bolsón Cerrado, siendo más rico e importante que cualquier otro Bolsón. "El viejo Bodo estaría orgulloso", pensó casi convencido. El extraño se movió inquieto ya sobre su caballo.

–Oh, si. ¿Mucho oro? Es... está bien, señor. Haré lo posible, sí, por encontrarlo, señor.

–Búscame en Bree. Soy Khamûl.– dijo complacido con un tono que dejó al hobbit en un mar de dudas y una sonrisa torcida.

–¡¿¿En Bree??! –preguntó aterrorizado al tiempo que el oscuro hombre le volvía a mostrar el oro.– Encantado, señor Khamûl– murmuró en una voz apenas audible y cuando el hombre se alistaba a partir, dijo en un repentino ataque de sentido hobbit: –Espere!, ¿qué es exactamente lo que usted le hará cuando lo encuentre?.

–Nada. Solo quiero una fruslería, un juguete de mi Señor que le fue entregada hace un tiempo. No se enojará, pues él no quiere en verdad tener ese Objeto. Será un alivio para Él si lo encuentras– dijo con un doble sentido que el hobbit no entendió.

–¿Y por qué a mí?– preguntó sin consuelo Sancho.

–Necesito uno de vosotros que pueda atravesar todas las fronteras. Tuve suerte en encontrarte: te gusta el oro.–dijo mientras se alejaba raudo hacia el Este. Sancho se quedó quieto siguiendo con la vista al extraño que se alejaba rápidamente, como víctima de un hechizo propio de uno de esos cuentos de viejas que de mala gana oía en El Dragón Verde. "¿Qué he hecho?", se dijo el hobbit a sí mismo. "Por una bolsa de oro me he metido hasta las narices en un asunto muy raro. No debí aceptar la oferta. ¡Sancho, cabeza hueca!, ¡en qué problema te has enrollado ahora!.

Cuando ya no pudo distinguir el negro caballo de los árboles, aturdido por el episodio, el hobbit se alejó hacia su hogar en busca de paz. Sin embargo, no pudo encontrarla hasta mucho tiempo después, incomodado siempre por el sinsabor de lo inesperado.

2

LA PARTIDA

Sancho gritó sobresaltado. Miró a su alrededor, aún sin despertar del todo. ¡Se había quedado dormido! Recordó difusamente el episodio lamentable ocurrido unas horas atrás. Intentó reconstruir los hechos en su mente, pero solo llegó a su cabeza el malestar que le había provocado la llegada de aquel hombre. Se sentía mal, apesadumbrado, y triste. "Bueno,–pensó–, el tal Khamûl no sabrá si no hago caso a su propuesta". Casi le había comenzado a agradar la idea de convertirse en un hobbit ricachón, famoso en todas las posadas de la Comarca. El hobbit fue a la despensa en busca de algún pastelillo, abrumado por la agitación. Tomó dos, y al pasar por la cocina colocó una marmita con agua a calentar sobre el fuego que ardía calentando todo el smial. Volvió a su habitación devorándose el primer bocado y se preparó para salir. De vuelta en la cocina, cogió un pequeño sobre de hierba y la pipa y salió hacia fuera a tomar un poco de aire. Miraba el paisaje, cuando se sobresaltó al ver un papel clavado al sostén de madera del buzón con un cuchillo ennegrecido. El mensaje, escrito con una letra y un lenguaje rápido y grotesco, decía:

"No olvidar a Bolsón. Compromiso aceptado. Caso de incumplimiento: muerte. Una semana. Afueras de Bree. Mucho oro. Él paga muy bien." El hobbit dejó caer el papel, y en un estado de pánico, comenzó a mirar hacia todos lados. Estaba mareado. Tomó asiento y respiró profundamente. ¡Vaya susto! Aún confundido, se levantó y comenzó a caminar fríamente dejando su pipa tirada sobre el umbral; como si una fuerza exterior tuviera control sobre su cuerpo. Mientras subía la colina, intentaba ordenar los sucesos ocurridos desde la fatídica mañana anterior, pero una y otra vez, los mismos planteos llegaban a su cabeza: "¡Qué horror! ¿Por qué a mí?, ¡¡que he sido un hobbit decente toda mi vida, toda!! Debe ser un castigo por haber peleado con Eufemio Lagunas en El Dragón Verde, el año pasado. ¡Ése extranjero de Bree! ¡¡Todos saben que yo no inicié la pelea!! ¿Qué culpa tengo si viene del Este a tildarnos de colonos y decir que en Bree nació el hábito de fumar pipa? Alguien debía enseñarle a ese bribón del Exterior cómo son las cosas en la Comarca... ¡Colonos nosotros!", y continuó tejiendo pensamientos en su cabeza.

Al llegar a Bolsón Cerrado, la casa que ahora pertenecía a los Sacovilla-Bolsón, se detuvo ante la puerta verde, perfectamente redonda y después de un suspiro interminable, golpeó, pero el agujero parecía vacío. Cansado de esperar, se alejó camino a casa, bajo la colina. Estaba por entrar en Casa Linda, cuando divisó, en el jardín de Bolsón de Tirada Número Tres, a Hamfast Gamyi, el Tío. Corrió hacia él saludándolo con su brazo. Agitado por el ejercicio matutino, Sancho tomó algo de aire y preguntó:

–¿Está Lobelia en casa?

–No, llega esta tarde. Se encuentra allí, en Delagua, haciendo los preparativos de la mudanza, en su casa.– dijo el Tío sin detener su labor: podaba hábilmente un pequeño árbol con una inmensa tijera de jardinero.– Aún tenemos unas horas de paz– rió. Sancho lo miró de soslayo amenazante.

–¡Oh!, disculpe si he ofendido a sus amigos, señor Ganapiés.

–¡¡Ganapié!! ¡Vaya! ¿Cuándo ha partido el señor Frodo?

–Ayer, a la noche. Se ha ido con mi Sam hacia Cricava, allá –dijo con un vago movimiento de brazo–. No ha querido escuchar mis consejos, ese joven asno, ¡se ha ido con su amo dejándome solo con la señora Sacovilla-Bolsón! ¿Pero qué es lo que sucede con el señor Bolsón?, ¡todo el mundo lo busca!

–¿Todo el mundo?– preguntó Sancho, intrigado.

–Si, después de su partida, un extraño de negro vino y preguntó por él. El señor Frodo se ha enrollado demasiado en esos asuntos extraños, justo igual que el señor Bilbo. Le dije a Sam que no se metiera en eso, pero no me hizo caso. ¡Cabeza dura!, y eso que he intentado criarlo de la mejor manera posible, para que fuera un hobbit decente, pero son esos pensamientos jóvenes que se irán con el tiempo.

–¿Quién dijo ser, el extraño ése?

–No lo sé. Hablaba con un acento muy raro, y una voz ronca. Me ofreció oro a cambio de encontrar al señor Bolsón y conducirlo a Bree. Pero prefiero no inmiscuirme en esos asuntos de la Gente Grande, y parece que las intenciones del extraño no son buenas.

–Bien– dijo Sancho, sintiéndose algo culpable– debo irme.

–Adiós, señor Ganapiés.

–¡¡Ganapié!!

El hobbit se alejó, más preocupado que antes. "Debo viajar a Cricava", se lamentó, y entró en la calidez de su hogar. "Debo viajar a Cricava", se dijo otra vez, y se acercó a una vitrina ubicada en el vestíbulo que enarbolaba un mapa de la Comarca. Lo analizó, midió las distancias, y asustado, dijo en voz alta y casi lloriqueando:

–Es lejos.– Y perturbado, pensó: "¿Qué se necesita para un viaje largo? ¡Comida! ¿Qué más? Hierba para pipa, enseres, ropas, un pañuelo, cubiertos, sal...", y uno a uno, colocó todo lo imprescindible en un bolso. En otra vitrina, descansaban debajo del polvo los mathoms: tomó un manto de gruesa tela, una cuerda, un pequeño mapa... de pronto, se detuvo. Estaba excitado, emocionado por la aventura, y se vio colocando un pequeño cuchillo desafilado entre otros elementos totalmente prescindibles. Agitado por la emoción, salió disparado de su casa, olvidando despedirse de su padre. El sol otoñal se acomodaba en su posición del mediodía cuando Sancho dio los primeros pasos de lo que sería su primera y última aventura, una experiencia que no querría volver a repetir jamás.

3

UNA ÚLTIMA DESPEDIDA

Después de cruzar El Agua por el viejo puente de tablones, Sancho Ganapié entró en La Mata de Hiedra, para despedirse de la Cuaderna del Oeste con un buen pichel de cerveza. Allí se mantuvo callado, alejado de la multitud que junto al fuego compartía la tarde contando historias extrañas y hablando de las últimas novedades de la zona que siempre algún parroquiano se esforzaba en contar una y mil veces. El posadero se acercó lentamente hacia Sancho.

–¿No habrás venido a pelear esta vez, verdad Sancho?– preguntó con su voz avejentada por cien años de vida.

–No, señor, no se preocupe, solo vine a tomar un trago antes de partir hacia el este.– comentó Sancho casi sin ganas de hablar.

De pronto, el posadero se irguió y gritó ante el grupo de hobbits que bebían:

–Oigan, ¡todos!, démosle una buena despedida a nuestro amigo Sancho Ganapié, se va hacia el este, –y agregando algo de su propia imaginación, concluyó– ¡va a pasar el Brandivino!

Sancho intentó esconderse bajo la mesa, pero era tarde, estaba sorprendentemente rodeado por la multitud que frecuentaba La Mata, que ya entretejían historias disparatadas en torno al viaje de Sancho:

–¿Y qué va a hacer, allá en Bree?– preguntó un joven de Alforzada, entusiasmado.

–¿Bree? ¡Ni siquiera voy a cruzar el Brandivino! Y por cierto, creo que ya es hora de irme– dijo intentando pararse.

–¿A dónde crees que vas? ¿Qué es eso de irte sin una simple despedida? –preguntó Mosco Madriguera, un joven amigo de la infancia de Sancho– ¡Vamos!, ¡Posadero, ey!, ¡invito una ronda de la mejor cerveza que tengas para este viajero solitario! –se volteó una vez más hacia Sancho– ¿Qué puede llevar a un hobbit holgazán como tú al Gran Río?

–¿Gran Río? ¡No! Voy a Cepeda... es mi tío, que requiere mi ayuda para construir su nuevo smial.

–¿No lo ves por muchos años y ahora quiere tu ayuda?, ¡vaya!. ¿Y para qué quiere el señor Bolger una nueva casa, si la que tiene es ya lo suficientemente grande como para meter a veinte Olifantes?– dijo Mosco lanzando una carcajada.

–Es... es que quiere vender su vieja casa. Teme que el techo se venga abajo.

–¡Claro! ¡Solo a él puede ocurrírsele construir su casa debajo de La Calzada!

Y así se quedaron hablando los dos viejos amigos, hasta que Sancho, repentinamente recordó su misión. Se incorporó rápidamente, mientras Mosco contaba con gracia los últimos disparates del alcalde de Cavada Grande, Will Pieblanco, y salió apuradísimo sin siquiera despedirse.

Caía la media tarde cuando llegó a Delagua. No obstante, prefirió no detenerse en El Dragón Verde, aún bajo la tentación de las risas y los cantos que atravesaban las ventanas y la amplia puerta. No quería retrasarse más y prefería pensar en soledad, razones por las que continuó con su pesado andar ya cerca de La Piedra de las Tres Cuadernas, que marcaba la frontera entre las Cuadernas del Oeste, del Este y del Sur, abriendo paso a las colinas de hierba verde, el centro de la Comarca.

Caminó lentamente, disfrutando del hermoso paisaje y sin preocupaciones, como solía hacer con su padre. Repentinamente, recordó: "¡Rayos! ¡He olvidado al pobre de mi padre en su catre!. Y ni siquiera me he despedido. No tendrá nada de comida... ¡Debo volver!. No sé qué quiere ese Hombre Grande, pero me asusta." Sin embargo, enseguida volvió a su mente la carta que había sido clavada al buzón, y la amenaza calló sus dudas y lo obligó a seguir adelante. Intentando conformarse, se dijo: "Ni lo notará, el pobre. Ya no distingue una nuez de una bellota. ¡Pobre viejo Olo!. Además, me agrada la idea de ver al tío Filibert, en Cepeda... hasta quizás podamos tomar un trago de cerveza juntos."

Al caer la tarde se detuvo junto a un árbol, a un lado del largo Camino del Este, sobre una loma redonda, y mirando en lontananza divisó la inmensidad de la Tierra Media, aunque, por supuesto, su corta vista hobbit no pasó siquiera el río Brandivino. Atisbó apenas unos puntos negros que conformaban el poblado de Los Ranales, a unas diez millas adelante. Vio, desdibujado en el horizonte, el Bosque Cerrado, las innumerables colinas, los ríos, las montañas, allá lejos, las nubes majestuosas y el cielo, inmenso. De pronto, algo extraño le ocurrió en su confundido corazón hobbit, y entendió que la Comarca era algo más que aquel País Verde que desde pequeño había amado y del que nunca había salido. Cayó en la cuenta entonces de los inmensos problemas que podrían ocurrir más allá de los límites, en otros países que no conocía, fuera de la protección aparente de los Fronteros. Y sin embargo, maravillado ante aquella vista única, sintió miedo y reflexionó sobre su viaje, sintiendo que traicionaba a un hobbit. Y si no hubiese sido por el miedo aún mayor que sentía por Khamûl, hubiese abandonado su misión y habría corrido hacia Hobbiton temerosamente a sentarse en la puerta de su agujero-hobbit, cómodo y feliz degustando un sabroso pan de frambuesas. Pero permaneció allí, parado en esa colina contra el viento por un buen rato, hasta que decidido, tomó su bolso y firme, se puso en camino hacia Los Gamos en busca del señor Frodo Bolsón.

No obstante, esa firmeza había desaparecido ya al caer la noche, cuando se detuvo, cansado por un día de caminata, a dormir sobre la hierba fresca, y en sueños, el remordimiento de su misión lo acechó impidiéndole descansar placenteramente.

4

APURADO POR LA LEY

Se despertó intranquilo y en una mañana pálida, muy diferente a la anterior. Los sueños de la noche le zumbaban en la cabeza, y una y otra vez, volvía el sentimiento de culpa. Pensaba mucho en su padre, en lo mal que la estaría pasando, sin comer ni sentir su calor de hijo. Se dirigió hacia un pequeño arroyo, probablemente afluente de El Agua, llenó una marmita con agua fresca y volvió al lugar donde había pasado la noche. Encendió un fuego junto a un gran roble no muy lejos del camino y colocó la marmita a calentarse. Preparó té, desayunó dos pastelillos, sin tener en cuenta cuántos necesitaría para todo el viaje, y partió sin más demoras.

Marchó a paso lento durante toda la mañana, hasta que al mediodía, se detuvo a comer. En el momento mismo en que se disponía a abrir su bolso, escuchó detrás de un codo del camino, risas y voces. Eran hobbits, sin duda, pero Sancho no dudó ni un segundo: se escondió detrás de un arbusto. No quería ser visto, estaba malhumorado e intentaba caminar lo más rápido posible. Respiró detrás del arbusto agitado por un momento hasta que las voces se escucharon claramente:

–¡Ja, ja, ja!– rió un hobbit de voz alegre y chillona.

–¡Pobre señora Arenas! Está más loca que una cabra, ¡decir que un Hombre Grande pasó por Los Ranales preguntando por el señor Bolsón y un tal Sancho Ganapié, de Hobbiton!, ¡justo frente a nuestras narices!, ¡qué desatino!.– comentó otro.

–¿Será ese tal Sancho uno de los Ganapié de Casa Linda? No conocía ese nombre, y he conocido a la gente de Hobbiton toda mi vida. Y además, los Ganapié son gente muy predecible, nunca se meterían en los asuntos de los Bolsón–dijo uno bastante decepcionado.

–No sé si es locura de la señora Arenas o no, pero el señor Pétalos, de Surcos Blancos, me comentó haber recibido en las puertas de su casa a un Hombre Grande a caballo, vestido de negro y con capucha preguntando por el señor Bolsón.

–Oh, ¡patrañas!– respondió otro. Repentinamente, un grito de lamento se escapó desde un pequeño árbol, a un lado del camino. El pobre Sancho había sido víctima de los pinchazos de un tipo de arbusto bastante inusual en la Comarca, al querer asomarse a ver a quiénes pertenecían las voces. La sangre salía lentamente por tres agujeros provocados por los pinchos de la planta.

–¡Alto ahí, en nombre de los Oficiales de la Comarca!– dijo quien parecía ser el jefe de la patrulla, un hobbit de aspecto cómico, gordo y de mejillas rojas que llevaba una pluma en su sombrero.– ¿Quién eres y por qué te escondes?

–Mi nombre es... es, Tony Brandigamo, de Casa Brandi. Creí que eran un par de amigos de Los Ranales, y quise jugarles una broma. –mintió sin disimulo el hobbit.

–¿Tony Brandigamo? ¡Vaya!, no conozco ningún Tony de Casa Brandi, y puede decirse que conozco a todos los Brandigamo. ¡Vivo en Casa Brandi, pues soy un Brandigamo!

–Oh, pues claro, yo soy de Hobbiton, pero hace poco tiempo he vuelto a Casa Brandi a vivir con mis padres.

–¿Quiénes son tus padres?

–Mi padre es Seredic Brandigamo– conocía a Seredic pues había sido un viejo amigo de su padre.

–¡Vaya! Esa si que es una mentira. Doderic, Celandine e Ilberic son los hijos de Seredic, si algo sé yo de genealogía de los Brandigamo. ¿Por qué no nos dices tu verdadero nombre y terminamos con esto?– preguntó serio el Oficial Brandigamo, y antes que contestara, concluyó con sorna –Deberá usted acompañarnos a Los Ranales, –y dirigiéndose a sus compañeros– ¿no creen, muchachos?. –Los demás asintieron.

–¡No!, mi nombre real es Sancho Ganapié y debo llegar cuanto antes a Los Gamos por razones de urgencia. –dijo el hobbit.

–¿Sancho Ganapié? –los Oficiales se miraron entre sí–, ¡Vaya!, ¿qué relación tiene, señor Ganapié, con la Gente Grande del Exterior?

–Ninguna, señor. ¿Por qué lo pregunta usted?

–Bueno, pues un tipo extraño, vestido en negro, estuvo preguntando por Sancho Ganapié y Frodo Bolsón...

–Bueno... pues... hace ya dos mañanas apareció en mi puerta un hombre a caballo, vestido con una manta negra preguntando por el señor Bolsón. No supe decirle nada, pero me pidió mi nombre y se fue.

–¿Y cuáles son las razones urgentes de su viaje?

–Pues, avisarle al señor Bolsón que lo buscan urgentemente.

–¿Y por qué nos mintió sobre su nombre, entonces?

–Temía, señores, que la decencia de mi familia se viera perjudicada.

–Está bien, señor... Ganapié, puede irse, pero tenga cuidado y no se meta en los asuntos de los Bolsón de Hobbiton, que son gente muy extraña.

–Sin duda– dijo Sancho y se despidió de la patrulla caminando hacia el Este.

Al mediodía llegó a la pequeña aldea de Los Ranales, y sin dudarlo, entró a la popular taberna El Leño Flotante, donde se vendía el mejor caldo de la Comarca. Adentro, el ambiente era alegre, y los hobbits trabajadores tomaban un descanso hablando de las últimas noticias. Pronto se vio tomando cerveza junto al hogar y hablando más de la cuenta con los hobbits de la zona.

–¡Ah!, por cierto que está loco, el señor Bolsón. Lo estoy... buscando, si, ¿alguien ha visto al señor Bolsón? Me van a pagar una bolsa de oro si lo encuentro, ¡si señor!. ¡Un gran hurra por el señor Bolsón, que me hará rico!–dijo descuidadamente ante el silencio total. Los hobbits se miraron entre ellos y luego a Sancho, con desconfianza. Al cabo de unos momentos, entró un Oficial de la Comarca:

–¡Vaya! Si es el mentiroso de Hobbiton otra vez. –dijo mientras el posadero le comentaba lo acontecido.– Bien, señor Ganapié, venga con nosotros al cuartel y cuéntenos todo.

Sancho, cabeza gacha, caminó, y escoltado por la patrulla de oficiales cruzó el poblado y entró en la Casa de los Oficiales de la Comarca.

–Sabe que no nos gusta entrometernos en los asuntos privados, señor Ganapié, pero dadas las circunstancias, debemos actuar por la seguridad de los hobbits de la Comarca. Ese o esos caballeros negros han sido denunciados por varios vecinos de la zona por agresión. Y como vemos que usted tiene relación con estos, le pedimos una explicación.

El hobbit comenzó:

–Como ya dije, el extraño se presentó ayer en mi casa de Hobbiton y preguntó por el señor Frodo Bolsón, de Bolsón Cerrado. No le dije nada de lo poco que sabía, y me pareció prudente avisarle al señor Frodo el peligro que seguramente corre. Pero no he podido encontrarlo.

–¿Y qué es eso del oro?

–El hombre me ofreció oro si lo encontraba. Pero, por supuesto, no acepté su propuesta. No dudé en contactarme con el señor Bolsón para comunicarle el episodio.

–Mmm... he oído que los Ganapié no han hecho buenas migas con los Bolsón de Bolsón Cerrado. He visto cosas extrañas últimamente, pero esto me desconcierta...

–Los Bolsón y los Ganapié hemos eliminado nuestras diferencias hace rato, Oficial.–mintió una vez más el joven hobbit.

–Bien, nos has mentido ya dos veces, pero te creo. Ve hacia Los Gamos, allí encontrarás al señor Bolsón, según he oído ha comprado un bonito smial en Cricava.

Sancho salió aliviado de la Casa de los Oficiales y siguió la marcha directamente, sin mirar atrás y con un paso apresurado.

A la mitad de la tarde, detuvo la marcha y se sentó en un bosque de abedules. Cuidadosamente desempacó los emparedados de carnero ahumado (muy abundantes en su despensa de Casa Linda). Colocó un pequeño mantel de tela sobre el lecho de hojas y se sentó a saborear su postergado y tardío almuerzo. Iba a dar el primer mordisco cuando se sobresaltó: un grito agudo, chirriante y terrorífico cruzó el viento paralizándole el cuerpo al pobre hobbit. Parecía algo así como palabras entrelazadas en un lenguaje y una pronunciación muy distintas a la Lengua Común, un idioma negro y atemorizante. Se sintió helado y aterrorizado. Enseguida, oyó un ruido de cascos y rápidamente se escondió detrás de un árbol fornido esperando ver a los Oficiales de la Comarca sobre sus poneys. "Vaya, al fin y al cabo, debí decirles la verdad, ahora están tras de mí como a un ladronzuelo", pensó, mientras observaba sigilosamente el camino. Finalmente, cuando ya le faltaba el aliento, pudo ver un alto caballo negro con un jinete aún más negro, quieto como si oyera atentamente el grito anterior, y, finalmente, tras unos segundos pesados, con un sonido aún más escalofriante y más claro respondió en el mismo idioma. Sancho no pudo reponerse hasta unos momentos después: "¡Khamûl!", pensó, pero antes de que pudiese levantarse para pedirle un adelanto en efectivo, el jinete ya se encontraba lejos, incapaz de oír sus gritos. Aquellas espantosas palabras ininteligibles le había quitado el apetito. Guardó cuidadosamente (aunque temblando aún) la comida en su morral y continuó la marcha, postergando una vez más el almuerzo.

Al atardecer llegó al pequeño poblado de Surcos Blancos, la última aldea sobre el Camino antes del puente del Brandivino. Entró en El Olifante Gris, una pequeña posada y después de comer un abundante almuerzo-cena, se acostó en una cama algo dura y pasó la noche intranquilamente.

5

AMPOLLAS

Al despertarse, adolorido, Sancho vio un desayuno hobbit perfectamente servido justo sobre una pequeña mesa cercana a la puerta de su habitación. Mantequilla, pan, mermelada de frambuesas y una taza de té yacían sobre una bandeja reluciente. Comenzó a devorar con apetito y en pocos minutos ya no quedaba en la bandeja sino algunas migas y los cubiertos. El alegre posadero golpeó la puerta de la sala al tiempo que Sancho se aprontaba a salir.

–Buenos días, señor Ganapié– dijo con una vocecita amable –¿durmió usted bien?– se preocupó el hombre.

–Si, señor Surcones. He tenido una placentera noche. Y ha sido muy sabroso el desayuno. Le agradezco.

–Un regalo de la casa –sonrió Surcones. –Y bien... ¿hacia dónde va?

–A... Cepeda.

–¡Ah, qué bien! Me he tomado el trabajo de prepararle algo de comida para que lleve con usted, y tenemos en el establo un hermoso poney, listo para partir.

–Le agradezco mucho, señor Surcones, pero prefiero caminar.

–Como quiera, señor Ganapié. Tenga cuidado, los Fronteros han estado algo preocupados por un jinete negro que anda molestando a los hobbits de toda la Comarca. Lo han visto en Hobbiton, en Los Ranales, en Cepeda, ¡en todas partes!. Y he escuchado que buscan al señor Bolsón, de Bolsón Cerrado.

–¿Si?– preguntó disimuladamente Sancho pretendiendo poco interés.– Son esos Bolsón que se entrometen en asuntos que no son propios de hobbits. Con esos hombres negros andando por todas partes, nadie está seguro. Son negros, como la noche misma y dan mucho miedo.

–¿Quiere decir que los ha visto?

–Bueno, eh..., no exactamente. Los Oficiales me comentaron sobre ellos, pero no los he visto. Dicen que son peligrosos.

–Si, eso dicen. Le tiraron el caballo encima al viejo Maggot, en Marjala, según me dijo esta mañana un parroquiano de Junquera. Y dicen que son más de dos.

–Si, bien. Son asuntos extraños, pero debo irme. Llevo prisa, señor Surcones.

–Si, claro, está bien.

–Debo agradecerle todo, señor, volveré y recomendaré El Olifante Gris a todo Hobbiton. –dijo saludándolo con la mano y alejándose por el Camino.

–Los Oficiales deberán saber esto– murmuró para sí mismo el posadero mientras entraba en El Olifante.

Sancho se puso en camino, como el primer día, lleno de vigor y con ganas de llegar cuanto antes a Los Gamos. Atravesó los Campos del Puente y ya por la tarde comenzó a sentir un gran dolor en sus pies. Sancho ya nunca salía a caminar, y el ejercicio repentino le había sacado ampollas en los pies. "¡Ampollas!", pensó Sancho. "¡Un hobbit con ampollas en los pies! ¡Debí haber aceptado ese poney!". Se lamentó una y otra vez. "Podría estar ahora tomando un baño en Casa Linda si no fuera por ese tal Khamûl. Creo que estoy en serios problemas. No debí haber aceptado ese oro, no sé qué querrá ese hombre negro del señor Bolsón, pero aún sabiendo que tenía buenos propósitos, no debí entrometerme en este asunto. Supe desde que llegó el extraño a casa que me traería problemas. ¡Pero no pude imaginar cuántos!".

Siguió pesadamente la marcha, pero sentía que a cada paso era más difícil dar el siguiente, hasta que llegó a la ruta a Cepeda. Alcanzó a ver, siguiendo por el Camino que ahora debía dejar, el Puente del Brandivino.

Avanzó alegre, pues ya faltaba poco para llegar a Cepeda, y eso le dio algo más de fuerza para dar unos pasos más. Faltaban apenas unas millas para llegar a la aldea cuando el hobbit cayó derrotado al suelo polvoriento. Era imposible dar un paso más. Los pies le dolían de una manera impresionante. Permaneció allí, tendido sobre el Camino por un momento hasta que comenzó a arrastrarse en un fatigante esfuerzo vano. Repentinamente, oyó una voz hobbit detrás suyo:

–¡Ey! Buen hombre, ¿necesita algo de ayuda?– era un extranjero, de Bree por el acento. Estaba sentado cómodamente en el pescante de un carro de madera tirado por dos poneys. –Venga, suba– dijo al tiempo que bajaba de su silla y ayudaba a Sancho a subirse.

–Gracias, señor– le dijo cuando subía. –Tengo ampollas en mis pies y no puedo continuar la marcha. ¿Hacia dónde va?

–¡Ampollas, vaya, raro en un hobbit normal! Voy a Balsadera. ¿A dónde va usted?

–A Cepeda.

–Debe haber hecho un largo camino para sacar esas ampollas en sus pies– comentó intentando sacarle algo de información.

–Oh, si. He recorrido un gran camino, pero al fin llego a la casa de mi tío.– respondió Sancho evasivamente.

–¿Viene de Hobbiton?– inquirió perspicaz una vez más el conductor.

–Si. Allí vive un primo lejano. He ido a visitarlo. ¿Y usted, a qué va a Balsadera?– tratando de cambiar el tema de conversación.

–Soy comerciante. Vengo de Los Ranales y llevo hierba para pipa hacia Balsadera. Es de la mejor, Viejo Toby. Viene de Valle Largo y creo que es la última cosecha del verano. Es muy parecida a la hierba de Bree que se cultiva en las laderas. Se dice que quienes ayudan a los Corneta en la Cuaderna del Sur con el cultivo son hobbits de Bree, Archet y Entibo. A propósito, he notado que la gente de la Comarca no sabe
reconocer la verdadera calidad de una buena cosecha Viejo Toby. Y claro que tampoco saben fumarla adecuadamente, eso se debe...

–Bien– dijo Sancho secamente, cortando el discurso del conductor– Se dice que la gente del Exterior es quizás algo tonta y cuando hablan de su propio país se vuelven pedantes. Ahora lo compruebo, señor...

–Señor Bajorío, de Bree. Y no tan tonto como usted cree, señor...

–Señor Ganapié, de Hobbiton.– dijo Sancho con sorna.

–Bien, he oído algo de ti en Surcos Blancos...

–¡Está bien! Aquí me bajo, señor Bajorío. Le agradezco su gesto, pero prefiero continuar a pie, aún con estas ampollas –dijo poco amable el hobbit, cojeando hacia un lado del camino. Se detuvo un momento y miró con desdeño el pasar tranquilo del carruaje. El señor Bajorío lo miró de soslayo con una sonrisa burlona, y se alejó tarareando una vieja canción hobbit de la Comarca.

–¡Colonos!– concluyó mofándose Bajorío, ya lejos, pero lo bastante fuerte como para que Sancho lo oyera.

El hobbit de la Comarca se quedó refunfuñando en el lugar, hecho un mar de dudas: "Creo que este es el fin, no puedo dar un paso más con estas ampollas malditas. No me importa tener que dejar esta aventura, sería incluso un gran alivio para mí. Al fin y al cabo, ¿qué es una bolsa de oro menos en la bodega de Casa Linda?. ¡Una bolsa de oro! ¿¡Pero qué rayos estoy diciendo!? No puedo renunciar al sueño de los Ganapié, no cuando estoy tan cerca de cumplirlo. Compraré Bolsón Cerrado, a los Sacovilla-Bolsón si es necesario. Y Lobelia se conformará con el oro y Casa Linda. No hay duda de ello." Pensó. Y aún si hubiese conseguido diez bolsas de oro, nunca hubiese podido comprar Bolsón Cerrado a la señora Lobelia Sacovilla-Bolsón, no después de todo lo que había esperado la pobre para vivir sobre la Colina.

–Bien... ¡Seguiré adelante, aunque deba poner en su lugar a mil Extranjeros más!– dijo decidido Sancho. Reanudó la marcha a paso firme, y olvidando cualquier dolor o miedo, se dirigió al poblado de Cepeda, algunas millas más adelante.

6

PROBLEMAS FINANCIEROS

Llegó al cabo de una hora de caminata. Se detuvo un momento ante un cartel enorme, en la entrada del poblado: "Bienvenidos a Cepeza, el pueblo de la cerveza". El nombre de la ciudad había sido alterado bruscamente por un par de borrachines en un intento poco lúcido de crear una frase con rima. Pero el cartel tenía razón: en La Perca Dorada se tiraba la mejor cerveza de toda la Cuaderna del Este. También era sede del antiguo festival de la cerveza, aunque había dejado de hacerse unos años atrás. Sancho pasó por alto la cerveza por un momento, y fue directo hacia la casa de su tío Filibert Bolger, bajo La Calzada. Cruzó la ciudad enteramente de Norte a Sur y bajó lentamente por una callejuela que conducía a una renombrada vía llena de lujosos smiales. Sin embargo, y según pudo descubrir el propio Sancho en ese momento, la casa de su tío era una excepción: una puerta bastante vieja y descolorida colgaba torcida de un gozne oxidado. Por una ventana, una luz pálida salía hacia la calle, como si quisiera huír. Una escultura precaria a la que costaba llamar "buzón" yacía prácticamente en el suelo, atada a una madera grotescamente cortada y en su interior no cabía una sola carta más. "Con razón no me ha respondido...", pensó Sancho, recogiendo las cartas una por una e intentando desesperadamente no desmoronar la obra. Al fin, golpeó suavemente a la puerta dejando caer el polvo y esperó:

–¿Quién anda ahí? ¡Ya les he dicho que no tengo nada con qué pagarles!

–Tío, soy yo. Sancho Ganapié. De Hobbiton.– dijo algo confundido mientras la puerta se abría con un ruido chirriante. La figura de un hobbit flaco, de rizos despeinados y ropa vieja y muy ajada apareció enseguida. Filibert Bolger había nacido en Bolgovado, cerca del Puente. Estaba casado con Amapola Redondo-Bolsón, hija única de Falco y nieta de Bingo Bolsón, el último hijo de Mungo. La relación de parentesco con Sancho era bastante lejana, pero su padre, Olo, había sido un gran amigo de los Bolger de Bolgovado, y en el deseo de darle algún tío a su único hijo, había adoptado, entre muchas cervezas, a Filibert como tal. Sin embargo, Sancho lo había visto en contadas oportunidades, debido a la gran distancia entre Cepeda (lugar al que se mudó tras su casamiento) y Hobbiton. Sancho había visto a su tío veintiún años atrás, cuando apenas era un niño. En aquel entonces, Filibert solía ir a Casa Linda todos los años, pero, por razones que Sancho desconocía, había dejado de visitarlos.

–Oh, ¡Sancho Ganapié!...– dijo dudando y rascándose la cabeza– Si, el hijo de Olo, de Casa Linda. ¡Has cambiado un poco! Creí que eras uno de esos bribones de La Perca. ¡Vaya, que susto!. Pasa, adelante. Oh, has recogido el correo. Te lo agradezco. Deja las cartas aquí, ¡perfecto!– dijo bastante agitado.– ¿Y bien, qué haces aquí, en Cepeda? Siéntate.

Sancho miró con desconfianza la silla, la sacudió con la mano y se sentó tímidamente. Recorrió el agujero-hobbit con la mirada: El piso no tenía alfombra, y el suelo enlosado se veía un tanto desagradable. Las paredes tenían rajaduras, y el techo parecía venirse abajo. Estaba sostenido por unas vigas de madera de roble en las esquinas. Hacia el fondo, la casa se perdía en una oscuridad atemorizante.

–¡Vaya!, tu casa parecía más bonita en la voz de mi padre...

–Ah, si. He tenido algunos problemas... nada por qué preocuparse –dijo en respuesta a la expresión en la cara de Sancho.– Solía tener un hermoso smial...– suspiró con tristeza. –¿Y bien, cómo está el primo Olo? Supe lo de su recaída, hace tiempo, y que no podía moverse de su cama.

Sancho se unió repentinamente a la tristeza de su tío:

–Así es. Sigue igual, quizás peor, aunque tiene a veces sus mañanas lúcidas en que es capaz de levantarse por un emparedado. Pero la mayor parte del tiempo se la pasa mirando al techo, diciendo cosas sin sentido.– y con esto, ambos hobbits se internaron en sus propios pensamientos.

Al fin, Filibert rompió el pesado silencio.

–¿A qué has venido, Sancho?

–Asuntos... privados. Tengo que ir a Cricava mañana a ver a una persona. Pensé que podría quedarme aquí, claro, si ni a ti ni a Amapola les molesta... y por cierto, ¿dónde está tu dulce esposa?.

–Oh, está de viaje. Ha ido a visitar a unos parientes de Alforzada, vuelve en unos días. Creo que es una forma de huir de esta pocilga.

Sancho intentó cambiar el tema, para alegrar un poco más a su tío, sin embargo, el tema elegido no fue menos triste:

–¿Y por qué la casa está tan descuidada?

–¿Recuerdas mis tierras, más al Sur? Son yermas ahora, nada crece allí, ni un miserable pastizal. Nada de nada. No sé qué fue lo que pasó, pero una vez fui, y todos los cultivos estaban secos, marchitos. Algunos vecinos me ayudaron al principio, pero mi mal genio los espantó a todos. Luego llegó la ayuda del padre de Amapola, Falco, pero cuando murió, todo se vino abajo otra vez. Las cosechas nos mantenían todo el año, y he tenido una suerte de perros desde entonces. Por un año me la pasé bebiendo y comiendo a crédito en La Perca Dorada y ahora el dueño quiere que le pague. Parece ser que desde que dejó de hacerse el Festival de la Cerveza, el negocio ha bajado. Dicen que si no pago, el mismo Thain vendrá a buscarme.

–¡Tonterías! ¿Por qué no lo dijiste antes? Te habríamos ayudado...

–¡No podía salir siquiera a la puerta! El cervecero está siempre acechándome.

–Vaya... pero ahora estoy aquí, y volverán a Hobbiton conmigo, tu y Amapola. ¿Qué te parece?

–Bien. Pero deben haber avisado a los Oficiales, y ante el mínimo intento de huida, me encerrarán. Lo sé. Debo quedarme en Cepeda. –No te preocupes, tío. Les pagaré yo mismo a esos bribones. Pero debes esperar a que vuelva de Cricava...

–Bien... ¿partirás mañana?

–Así es... ¿sabes dónde puedo conseguir un buen poney?

–¿Un poney?... hay un establo muy renombrado del otro lado del Río, en Los Gamos. Rentan y venden poneys de los mejores de la Comarca. Te acompañaré, si no te molesta.– y se quedó por unos segundos pensando– ¡El viejo Terralonga!, él tiene los mejores poneys de la zona.

–¡Estupendo!

–Entonces preparemos las camas, y a dormir. Mañana me levantaré temprano, no te preocupes por nada. Podrás dormir en la habitación de la izquierda. ¡Eso es!– dijo al tiempo que abría la puerta de una vieja sala, bastante empolvada y con olor a fango.

–¡Encantadora!– mintió Sancho con una sonrisa indecisa.

–Bien, perfecto. Que duermas bien.

–Gracias. Adiós.

Y el hobbit se recostó temerosamente en la vieja cama y durmió profundamente. A la mañana siguiente se levantó tarde. Miró a su alrededor, abrió la pequeña ventana y entró la luz de un día gris y lluvioso. "Vaya, parece que hoy no podré moverme de Cepeda con esta lluvia", pensó. Salió de la habitación y caminó por el pasillo hacia el fondo. Golpeó tímidamente en la habitación de su tío, y esperó.

–¿Tío? ¿Tío?– preguntó dos veces, pero no hubo respuesta. Al fin, entró haciendo un estruendo que despertó a Filibert Bolger.– ¡Tío! ¿Todavía duermes?– y corrió las cortinas de la ventana.– No creo que podamos ir más allá hoy.

–¿Oh? Si.– balbuceó sin entender aún la situación.–¿Los de La Perca?– concluyó al tiempo que sacudía su cabeza.– Vaya. Soñaba otra vez con los de la posada, venían y quemaban el smial, conmigo adentro. Me pregunto si esos tormentos desaparecerán algún día...

–¡Un primer viernes de caída de verano!– rió Sancho y ante la desazón de su tío, reparó– No creo que el asunto sea tan grave. Todo estará solucionado en unos días. Bien, ahora debemos hacer algo para pasar esta tarde...

–Puedo ir a hablar con el viejo Terralonga, en Los Gamos. Tal vez tenga uno de esos poneys tan buenos. Quédate aquí...

–¡No, señor! De ninguna manera dejaré que salgas en un día como hoy. Es mejor quedarnos aquí todo el día, y mañana por la mañana, iremos a Los Gamos y seguiré mi camino hacia Bree.

Y así fue, como Sancho y Filibert pasaron el día mirando por la ventana la fuerte llovizna y hablando sobre las novedades de la Comarca. En realidad, Filibert se había limitado a parar los oídos e intercalar, después de las noticias más sorprendentes un: "¡Ah!, increíble", o tal vez un "No es posible". El pobre viejo muy poco sabía de las noticias de la Comarca, pues pasaba la mayoría de sus horas encerrado en su vieja casa.

Al caer la noche, la lluvia había cesado, y unas estrellas se abrían paso tímidamente entre los nubarrones de la tormenta que se alejaba. Filibert, abrumado por la cantidad de noticias, sentenció con un bostezo:

–"Negro el techo, derecho al lecho", como decía tu padre... hora de dormir. Mañana iremos por los poneys a Los Gamos.

7

INFORMACIÓN SECRETA

La mañana era opaca y lóbrega. Sancho y Filibert apenas pudieron levantarse y al sentarse a la mesa, esperaron por un buen rato que algún súbito personaje apareciera y les sirviera un enorme desayuno. No obstante, eso no ocurrió, y de mala gana, pero sin olvidar sus modales de anfitrión, Filibert se levantó con un esfuerzo inmenso y preparó un menguado y "frugal" desayuno, al que Sancho calificó para sí mismo de "Miserable refrigerio". El joven hobbit había tenido una mala noche, y la cama dura le había dado dolores en la espalda. Casi no podía moverse. Sin mencionar una palabra, salieron del smial. Filibert, con algo de miedo miró hacia los dos lados del camino, y caminando de una manera graciosa y a la vez alarmante siguió los pasos de su sobrino hasta llegar a Balsadera. Era Sancho quien estaba aterrorizado ahora: a pesar de que su abuelo había sido el ganador del segundo premio de una Brandiboga (esos rústicos campeonatos de remo que solía organizar El Señor de los Gamos), su nieto nunca había osado subirse a un bote. La neblina no dejaba ver la margen opuesta del Brandivino. Un hobbit pequeño guardaba la entrada al embarcadero.

–¿Desean cruzar?– preguntó.

–Si, vamos a Cricava.

–¿Quién sois?–preguntó tratando de reconocer la cara familiar de Filibert Bolger.

–Mi nombre es Sancho Ganapié, de Hobbiton– dijo con orgullo el hobbit.

–No se ve mucha gente de la Cuaderna del Oeste por estos lugares...

–Tampoco se ven muchos de la Cuaderna del Este en Hobbiton, pero cada vez que vemos uno, lo tratamos con menos aspereza, señor.

–Bien, bien. Suba a este bote, por favor, señor Ganapiés.

–¡Ganapié!, por favor.

El balsero remó hasta la otra orilla y los dejó sobre un pequeño muelle de madera. Sancho aún temblaba y miraba con terror el agua que ya había quedado atrás. Se alejaron, adentrándose en la niebla de un camino encharcado. Al poco tiempo llegaron a Casa Brandi, pero estaba cubierta de niebla, y Sancho lamentó no haber podido apreciar enteramente el mejor smial de toda la Comarca. Continuaron la ciega marcha no sin pena y llegaron al poblado de Gamoburgo. Siguieron por El Camino de Los Gamos hasta que una vereda angosta se separó de la calle. Un cartel indicaba que se trataba de la Vereda de Cricava. La tomaron, y cuando la niebla comenzaba a disiparse, dieron con las residencias lujosas de la zona.

–¿A dónde vamos?, la cabaña de Terralonga es para el otro lado– preguntó intrigado Filibert.

–A la casa de mi amigo, tal como te dije en Cepeda.

No tardaron en encontrar la nueva casa de Frodo Bolsón, guiados por los vecinos de la zona. Sancho golpeó la puerta de un pequeño smial cavado sobre una colina no muy alta, y esperó. Al poco tiempo, un hobbit gordo se asomó detrás de la puerta y miró con desconfianza a Sancho, quien le dijo:

–¡Hola! Busco al señor Bolsón.

–No, lo siento.–exclamó con aspereza– El señor Bolsón no está en casa. Ha salido.

–¿Eres tú, Gordo?–preguntó extrañado Filibert.–¿Fredegar Bolger, de Bolgovado?

–Si, soy Fredegar Bolger... y no recuerdo haberte visto alguna vez.

–¡Vaya! ¡Ya ni te acuerdas de tu tío Filibert!

–¿¡Filibert!? ¡Filibert Bolger, claro!

–¿Cómo has estado, Gordo? ¿Y Odovacar? ¿Sigue Rosamunda tan bella como siempre? Conoces a Sancho Ganapié, de Hobbiton. Una pieza única entre los hobbits de la Cuaderna del Oeste.

–¿Ganapié? ¿No será usted ese Ganapié a quien tuvimos que echar de Bolsón Cerrado después del cumpleaños del señor Bilbo?.

–Pues... no, claro que no, señor Bolger, debe haber sido algún Ganapié de la rama de Cavada Grande. –dijo con disimulo Sancho, recordando aquel episodio en que había recorrido todo el agujero de los Bolsón en busca del tesoro.

–Filibert, ¿cómo está Amapola?. He oído muchas cosas de ti en estos últimos años...

–Oh, sí. He tenido algunos problemas, pero ese es un tema viejo y triste. –dijo dejando caer lentamente su cabeza hacia el piso, y levantándola súbitamente y con alegría: –¿Y bien? ¿Nos dejarás aquí parados para siempre, Gordo?

–Los invitaría a pasar, pero, bien vosotros sabéis, el señor Frodo no está en casa, y yo debo irme...

–¿No está? ¿A dónde ha ido ese bribón?

–Allá, lejos– dijo haciendo un ademán hacia el Este.

–Vamos, Gordo, ¿a dónde rayos ha ido ese Bolsón?. ¡Somos familia!

–Se supone que debiera guardar esta información, pero por ser un Bolger de confianza, te lo diré. Se ha ido a Bree.

–¿A Bree? ¡Vaya!, yo pensaba en algo más cercano, pero... ¿qué hay en Bree que atraiga la atención de un Bolsón de Bolsón Cerrado?

–No lo sé, Filibert. Yo solo me quedo cuidando su casa durante su ausencia, manteniendo el calor. ¿Has oído la última noticia de Casa Brandi? ¡Heula Cabezón sacó a bastonazos de su casa al señor Saradoc, creyendo que era una ratero! ¿Puedes creerlo? ¡Al señor de Los Gamos! La pobre anciana está corta de vista, ¡no puede siquiera distinguir a un Bolsón de un Tuk!

–¡Historias como esas deben repetirse día tras día en ese hormiguero! Pero bueno, debemos irnos ya. Tú no te preocupes, la información se quedará con nosotros.

–Está bien, suerte y espero que lo encuentren. Y no olvides ir a Bolgovado algún día.

–Gracias. Saluda a Odovacar de mi parte, Fred.

–Lo haré. Adiós.

Se alejaron de la residencia del señor Bolsón, hasta que vieron, en un enorme cartel tallado en madera, una escritura clara: "Establos Terralonga", y debajo, una puerta de madera abría el paso al lugar. Un hobbit muy gordo, de cabello negro y muy rizado les salió al encuentro con una sonrisa de oreja a oreja:

–¡Sed bienvenidos, forasteros, al establo de Terralonga de Cricava, mi nombre es Boco Terralonga, hijo de Bogo, nieto de Mogo, para serviros!

Algo aturdido, Filibert se adelantó:

–Deseo rentar un buen poney para mi amigo.

–¡Poneys! Hermosas bestias, si las hay. Pasad, adelante, amiguillos, por aquí. Tenéis frente a vosotros el mejor ejemplar de esta noble raza que podréis encontrar en muchas millas a la redonda. Mirad tan solo sus ojos para ver la calidad. Se llama Peny y desciende de Eny, el poney que fue traído hace muchos años por mi abuelo, Mogo Terralonga desde el Lejano Sur. "Del País de los Caballos, tan veloz como los rayos" decía Mogo.

–Bien, lo llevamos. Estará de vuelta en dos o tres días.–dijo Sancho al tiempo que acariciaba al poney. El señor Terralonga dio un salto de alegría, tomó a la bestia de las riendas y de una manera extrañamente apresurada, la sacó del establo y la ató a una madera en la puerta de calle. Se despidió de los clientes y entró rápidamente en su casa. Los hobbits se alejaron caminando lentamente.

–Bien, aquí me quedó–suspiró Filibert cuando regresaron al cruce del camino.

–Está bien, tío. Espero verte en Cepeda a mi regreso– y despidiéndose con la mano, se montó en el poney y se alejó por el amplio camino.

8

EL PEREGRINO GRIS

–¿Quién anda ahí?– preguntó con sequedad Enrique Madreselva, el guardia que día y noche permanecía atento a la llegada de nuevos caminantes. Estaba muy acostumbrado a ver gentes extrañas, especialmente enanos y vagabundos, pues Bree se hallaba en un enclave obligado para los caminantes de Eriador.

–Yo.

–¿Yo? ¿Quién es yo?–dijo al tiempo que salía de su casilla con una lámpara en la mano.– ¡Vaya! Un hobbit solo vagando por estas zonas a estas horas y en estos tiempos tan extraños...

–Vengo de la Comarca, y busco alojamiento por esta noche.

–Pues primero deberás decirme tu nombre y la razón de tu viaje.

–Soy Sancho Ganapié, y las razones por las que he venido no son de su incumbencia, señor.

–Bien, perdone. Solo lo dejo pasar porque es un hobbit. Por aquí. Le aconsejo que vaya a El Poney Pisador, Cebadilla sabrá encontrar una cómoda habitación para usted.

–Muchas gracias, señor.

Sancho había viajado dos días desde el Puente del Brandivino para llegar a Bree. Peny, el pequeño animal que por un principio había parecido amable y obediente, le había jugado una mala pasada: mientras atravesaba un denso bosque, ya fuera de la Comarca, se oyó un grito de horror y la pobre bestia dio un salto que dejó al hobbit tendido sobre la hierba, con una magulladura en su pierna. Desde entonces, había enfrentado el peligro del camino a pie y adolorido. "Maldito Terralonga –se repitió una y otra vez Sancho– Yo sabía que no era más que un timador".

Sancho atravesó una arcada y entró en la aldea por un camino con muy pocas casas a los lados. Bree estaba construida entorno a una inmensa colina. Sobre ella, y a sus alrededores, cientos de agujeros-hobbits y casas de hombres se disponían una al lado de la otra en espiral. Podía verse desde lejos un camino serpeante que subía por la ladera de la colina. Continuando por lo que parecía la calle principal, una casa grande daba lugar a la posada más renombrada de la zona. Un pasillo ancho y corto conducía a un patio amplio y más adelante, una puerta cerrada tapaba los cantos y risas que venían del interior. Con timidez, Sancho dio unos pasos y golpeó la puerta de madera. Al poco tiempo, un hobbit bastante apresurado abrió la puerta y le dio la bienvenida.

–¡Hola! Bienvenido a El Poney. Soy Nob. ¡Vaya! ¡Un hobbit! Bienvenido. Allí está Cebadilla, él le dirá... pase, adelante. Cebadilla es el dueño, le dirá dónde alojarse. ¿Va a quedarse esta noche, señor? Claro, si viene cargado con equipaje. Venga, siéntese en esa mesa. Le serviré una cerveza.

–Le agradezco, señor Nob. Solo busco una habitación para pasar la noche, y me gustaría hablar algo con el señor Cebadilla...

–Cebadilla Mantecona, sí. Enseguida lo llamo.

Sancho miró a su alrededor. Una mesa de enanos entonados por la cerveza cantaba canciones extrañas de viajes y aventuras y dragones. Un grupo de hobbits reía con bromas. Dos hombres de aspecto ajado, yacían sentados en una mesa apartada del bullicio, y discutían con seriedad. En poco tiempo llegó un hombre bajo, gordo, calvo y de cara redonda y enrojecida. Tenía en su mano derecha una libreta y una pluma. En su mano izquierda viajaban con habilidad tres vasos de cerveza.

–Aquí tienen– dijo dejando dos de los vasos en la mesa de los hombres. Se acercó a Sancho y le dijo con una voz fina y escurridiza:

–Bienvenido, señor. Aquí tiene su vaso de cerveza. De la mejor. Es de la Comarca, según me ha dicho Nob. ¡Genial!, poca gente viene desde la Comarca a visitarnos. Siéntese en esta mesa apartada. ¡Perfecto!. Me dijo que su nombre era...

–Sancho Ganapié, de Hobbiton.

–¡Oh!, si, claro. Ganapié, de Hobbiton. Bienvenido, señor, a El Poney. Tengo justo una excelente habitación para hobbits construida dentro de la Loma de Bree, ya mandé a Nob a arreglarla. Me temo, sin embargo, que tendrá usted que dormir sin almohada. Ayer han aparecido todas cortadas, despedazadas. Más cosas raras para estos tiempos raros. Ya vengo, señor Matapié.

–Ganapié.

–Ganapié, por supuesto. Aguarde aquí solo un momento, vuelvo enseguida.

Pasó un largo tiempo antes de que el posadero apareciera nuevamente. Sancho se entretuvo oyendo una conversación seria en la mesa de los hobbits:

–Creo que no he podido dormir en toda la noche –dijo uno con el acento característico de Bree– ¡Simplemente desapareció, en menos de lo que canta un gallo! Cayó al suelo y ya no estaba.

–¿El señor Sotomonte, de la Comarca?–preguntó un enano desde una mesa vecina, acercándose– He viajado por muchas tierras, pero nunca antes había visto una cosa así.

–Ni yo.– agregó uno de los hobbits.

–Sotomonte dijo que al caer se escabulló y gateó por toda la sala. Quizás eso sea más razonable, ¿no crees, Faldas?– dijo el hobbit que había hablado primero a uno de sus compañeros que permanecía en silencio.

–No lo sé. Ese asunto es demasiado extraño. ¡Ey, Cebadilla! Trae una ronda más de cerveza.

Enseguida apareció detrás de la barra el posadero. Traía en sus manos con un malabarismo profesional cuatro picheles de cerveza.

–Cuatro cervezas para cuatro hobbits charlatanes. Oigo que siguen hablando del señor Sotomonte... ya dejen ese tema. Es del pasado. Aquí tienen, de todos modos– dijo señalando a Sancho– a otro hobbit de la Comarca. Él quizás conozca a Sotomonte y sus hábitos. El señor Ranapié, si no me falla...

–Ganapié, de Hobbiton.

–Bienvenido a Bree, señor Ganapié. Mi nombre es Eldo Faldas, y quienes me acompañan son los señores Arenas, Valleverde y Picobajo.

–Un placer.

–Venga, señor Ganapié, acérquese a nuestra mesa y cuéntenos cómo van las cosas por la Comarca... y díganos sobre ese tal Sotomonte de Hobbiton. Debe usted conocerlo, sin duda alguna.

Al tiempo que de mala gana se acercaba a la mesa, Sancho dijo:

–No conozco ningún Sotomonte de Hobbiton. Melinda Sotomonte, de Sobremonte ha muerto hace tiempo, y sus hijos llevan el apellido Buenchico, eso elimina la última rama de los Sotomonte de Hobbiton, señor Faldas.

–Es muy extraño. Vino con un Tuk, Peregrin era su nombre. También con un tal Sam, y un Brandigamo.

–Bueno, sé que Samsagaz Gamyi es el sirviente del señor Frodo Bolsón, de Bolsón Cerrado, y el señor Peregrin Tuk es su amigo. Tal vez se trate del señor Bolsón, no Sotomonte.

–¡Palabrerías!– dijo Cebadilla acercándose– Ningún Bolsón ha estado aquí en mucho tiempo. A propósito, ¿ha oído usted, señor Ganapié, la historia de Elmero Cuevas, el hobbit que se ha vuelto casi loco?. Dicen que el pobre se levantó en el medio de la noche porque escuchaba ruidos en la calle. Salió a averiguar qué pasaba y se encontró con un extraño jinete negro. Parece que el hombre montado le pregunto algunas cosas horribles, y el pobre Elmero no lo soportó. Sucedió hace dos noches. La señora Cuevas ha quedado sola con su hijo Amero. Según dicen, el señor Cuevas huyó de Bree, aunque se lo ha visto en el bosque de Chet, errando. Son historias frecuentes en los tiempos que corren. Y si se queda algún tiempo más, oirá muchos de estos relatos.

–Bueno, eso haría si el sueño no estuviera cerrándome ya los ojos. Lament...– iba a continuar la frase cuando la puerta se abrió de pronto, con un estruendo. Los hobbits de Bree dieron un salto al instante y se refugiaron debajo de la mesa. Los enanos, algo más lejos, ni se inmutaron, pues las canciones de dragones y viejas leyendas los tenían inmersos en su propio mundo. Detrás de la entrada, un peregrino gris se sostenía sobre un bastón largo. Llevaba un sombrero alto de ala ancha. Una barba gris le caía luenga sobre el pecho, y sobre una nariz aguileña y unas cejas tupidas, las marcas de la preocupación se veían con claridad. Cebadilla lo recibió con una gran alegría, pero a la vez, con un temor reverente. Le dijo:

–¡Vaya!, señor Gandalf. Es un gusto tenerlo una vez más en El Poney. Me alegra que venga, después de tantos problemas. Espero que esté bien. Venga. Debo suponer que se quedará con nosotros esta noche. ¡Ey, Nob! ¡Camastrón, ven acá si no quieres que te de una tunda! Señor Gandalf, tenemos que hablar sobre... usted saber. El señor Sotomonte... –dijo en una voz apenas audible para el peregrino. Los hobbits ya habían vuelto a las historias extrañas y absurdas y a las clásicas charlas de posada. Sancho, por su parte, volvía a estar recluido en su mesa. El canto de los enanos se mezclaba ahora con una vieja canción de Bree que entonaban con entusiasmo los hobbits. Cebadilla, detrás de la barra, hablaba con el tal Gandalf. Sancho alcanzaba a oír algo de la voz estridente del posadero, pero las palabras del peregrino, aunque graves, eran inaudibles.

–Si, ha estado aquí. Protagonizó un episodio lamentable. No podrá usted creerlo... ¡simplemente desapareció!. Si, así como así. Cayó al suelo y ya no estaba. No lo he visto, pero Nob lo ha hecho, y el tema central de discusión de los hobbits de Bree es su desaparición misteriosa. ¡Oh!, señor Gandalf, por favor. Querrá usted convertirme en sapo: me temo que no se la he enviado, y recién ha podido leerla ayer. No se enoje, señor, ¡simplemente lo había olvidado!. Si, se fueron con alguien. Con un montaraz, sí. Trancos es su nombre. Viene a menudo a El Poney. Les dije que no confiaran en los montaraces, pero no quisieron oírme. Y para colmo, esos jinetes negros que andan sueltos por la zona. Han estado haciendo estragos por los campos, asustando a la gente. Así es. La cosecha de hierba del señor Abrojos, de Entibo se ha perdido por completo por las corridas de estos extraños.

Gandalf dijo en una voz más audible:

–Cebadilla, lo que has hecho pudo haber causado muchos problemas, pero creo que por el momento las cosas van bien. Podría convertirte en sapo, pero asuntos más importantes y peligrosos me llaman ahora. Trancos es amigo mío, y puedo decir que es gente confiable. Son tiempos difíciles los que corren, una sombra oscura ya se ha manifestado en el sur, y sus servidores han salido a merodear. Debo irme. La oscuridad se ha cernido sobre estas tranquilas tierras, y nadie está seguro en ningún lado. Cuídate mucho y no desconfíes de los montaraces, pues representan una antigua rama de un linaje olvidado. Adiós.– y raudo salió por la puerta y los pasos de su caballo ya no pudieron oírse. Cebadilla se mantuvo por unos momentos pensante, y finalmente chasqueó los dedos en su frente. Corrió hacia la cocina y tomó dos picheles de cerveza para la mesa de los enanos.

9

EL DÉCIMO NAZGÛL

Sancho se despertó adolorido: las cicatrices de los pinchazos de aquel arbusto de la Cuaderna del Este parecían haberse abierto otra vez. El dolor de las ampollas había vuelto, y las magulladuras negras en su pierna parecían haberse hinchado. Estaba cansado, y tenía la espalda encorvada, pues había tenido una mala noche. "Eso es todo, Khamûl, aquí es donde me vuelvo. Nada de oro, nada de Bolsón, nada de jinetes negros y nada de aventuras. Ya verás si llego a verte alguna otra vez. Nadie se mete con un Ganapié sin salir, al menos, con un brazo roto. Volveré a Casa Linda, a la vida tranquila de Hobbiton, ya comenzaba a extrañar a papá. Es hora de que vuelva. Visitaré a tío Filibert e iremos juntos al oeste." Y entusiasmado, se levantó de la cama. El primer paso le dio dar un grito de dolor. Estaba como petrificado, cada movimiento le provocaba un dolor nuevo. Llamó a campanillazos al posadero. Al cabo de un rato largo, se apareció sonriente y agitado, un hobbit.

–Hola, soy Bob. ¿Ha tenido usted una noche placentera? Me alegro mucho. ¿Se encuentra usted bien? Vamos al salón. Lo esperan unos deliciosos panecillos y en los establos, un poney listo para partir. ¿Piensa dejar la posada al mediodía o a la tarde?. Puede hacerlo cuando a usted le plazca. ¡Venga, levántese!, que ya es entrada la mañana. Lo esperamos en el salón, señor Buscapié.

–Ganapié, si no es molestia. Enseguida voy, señor Rob.

–"Bob es mi nombre, y no soy un hombre", como siempre digo. Apresúrese, señor, que el té se enfría.

Sancho se vistió, colocándose sobre el chaleco, su manto negro para contrarrestar el frío otoñal, que este año parecía azotar con más fuerza. Puso todas sus pertenencias en su bolso de viaje, y atándolo, salió al salón general. Estaba prácticamente vacío, silencioso y menos cálido que la noche anterior. Y aunque solo un par de hobbits desayunaban en una mesa apartada, Cebadilla corría de un lado a otro, siempre agitado, como si no conociera la tranquilidad. La mesa de Sancho estaba bien servida, en un rincón, junto a un fuego débil. Había té, panecillos, galletas, mermelada y leche; pero el hobbit no tenía casi apetito, y se conformó con mordisquear una galleta. Se levantó, le dijo adiós al señor Mantecona, tomó su poney por las riendas y se alejó de El Poney Pisador, la famosa posada que jamás volvería a ver.

Sancho se alegró de tener el poney, pues caminar habría sido una tortura. Atravesó la calle principal de Bree, mirando el ajetreo característico de la mañana, y salió caminando a paso forzado por el arco que daba entrada a la Encrucijada de Bree. Un guardia diferente vigilaba en la garita, lo miró con desconfianza y sin decir una sola palabra, le abrió la tranquera. Sancho se alejó por el camino bien marcado por el uso, hasta que se perdió detrás de una colina.

Apreciaba la tranquilidad matinal cuando, de pronto, escuchó el andar apresurado de un caballo. Miró alarmado hacia ambos extremos del camino, pero no vio nada excepto la densa arboleda que lo cercaba. "¡Bueno! –se dijo– Si es ese Khamûl, le pediré mi recompensa. Al fin y al cabo, hice lo que me pidió. Y si no me da lo que prometió, tendrá que vérselas con la furia de un Ganapié, y eso no es poca cosa." El tic-toc de los cascos del caballo se aproximaban con una rapidez atemorizante. Sancho se apeó del poney, y con un temor creciente, se paró en el centro de la calzada, mirando con atención hacia el camino. Alcanzó a divisar algo negro que aparecía sobre la colina, al tiempo que un nuevo sonido de cascos se agregaba prácticamente al unísono con el primero; venía del otro extremo. Asustado, se volteó hacia los nuevos ruidos y esperó con nerviosismo. "Creo que estoy en el medio de un problema, uno bien grande, ¡ay!, ¿por qué a mí?, malditos sean los Bolsón, ¡y maldito sea ese Khamûl! –se dijo– juro por mi padre que no volveré a entrometerme en estos asuntos de la gente grande. ¡Ni por una bolsa de oro!. Lo único que he conseguido es magulladuras y muchos aprietos." Antes de que pudiera ver algo, sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo con pinchazos agudos, y luego, un frío penetrante le heló el brazo. El miedo casi no lo dejaba respirar. Con el poco calor que le quedaba volvió a voltearse y vio, dando un respingo de terror, a un jinete ataviado totalmente con capas negras. No podía vérsele la cara, pues una capucha expandía unas sombras intimidantes. Se trataba de Khamûl, no había dudas. Con la misma voz fría y maléfica que Sancho había escuchado una semana atrás, preguntó secamente:

–¿Dónde está Bolsón?

Pero el hobbit estaba enmudecido. El jinete aún lo sostenía del brazo, y el frío le cortaba el habla. Su decisión de "darle su merecido" si no le daba el oro, había desaparecido prácticamente sin dejar rastros. Estaba acobardado, pero no tenía tiempo ni razón para preocuparse por ello.

–¿Dónde está Bolsón?– volvió a preguntar con una pronunciación aún más siniestra y amenazante.

Sancho no respondió tampoco esta vez. Se quedó duro como una roca, mirando perplejo hacia la oscuridad impenetrable del rostro del jinete. Una avalancha de sentimientos le caían a toda velocidad por la mente, y todos los sucesos ocurridos desde aquella hermosa mañana pasaban, uno detrás del otro, como desfilando por su cabeza de una manera terriblemente rápida. Tan repentinamente que hasta él mismo se sorprendió, Sancho gritó:

–¡Déjame ir, maldito!– Algo había saltado de adentro suyo, algo que a muy pocos hobbits les pasa, pero que sale a la luz después de largas aventuras; un ataque de osadía, tal vez. La sangré comenzó a correrle caliente por las venas, y el calor le volvió al cuerpo. Con un sacudón cargado de furia se liberó de Khamûl, y con más valentía aún, dio un manotazo hacia el caballo negro y tomó una pequeña bolsa de oro. Dio media vuelta en busca de su poney con una agilidad algo inusual, pero el otro jinete estaba lo suficientemente cerca como para agotar cualquier recurso aventurero que Sancho pudiera tener. No obstante, el hobbit, en una hazaña sorprendente que sería luego una leyenda poco creíble de los Ganapié, dio un salto hacia las largas piernas del hombre, derribándolo; y pasando por encima del jinete, montó en su poney echándose a galopar rápidamente. "¿Qué he hecho? –pensó años más tarde– ese jinete era dos veces más alto que yo, con el doble de experiencia. No lo creo." Khamûl venía detrás sobre su caballo negro. El hobbit se hizo a un lado del camino y se internó entre los árboles. El jinete negro yacía ahora sobre la tierra: la maniobra de Sancho lo había hecho chocar con un alto roble. No obstante, ambos jinetes se recuperaron pronto y continuaron la persecución por algunas millas más.

Existe una vieja canción entre la familia de granjeros Matabuena que narra cómo el viejo Tallo vio, desde su silla junto a su granja, una persecución muy peculiar:

Fruncido traía el ceño,
jinete raudo y pequeño,
con su poney transitaba,
viejas sendas: no paraba.
Tan de prisa ¿a dónde iría?.
¿Allá, donde acaba el día?.
Sus ropajes, ¡qué desastre!
¿Quién habrá sido su sastre?.
Cubierto de oscuro manto
era imagen del espanto.
Muy atrás, como un mal sueño,
tan alto cual un sureño,
con cólera cabalgaba,
otro jinete, y gritaba.
¡Ahora veo!, con porfía
al buen hobbit perseguía.
Si lo agarra, ¡qué desastre!
¡pobrecito del pillastre!
Corren ambos con denuedo,
que no lo atrape yo espero.
Un tercero, de mal genio,
Cruza el bosque con empeño,
Al pequeñín él cazaba,
Pero no, no lo encontraba.
Esta es la historia sombría,
del jinetín, ¡no se ría!
Que a dos espectros burló
y el pellejo así salvó.


10

EN CASA OTRA VEZ

–¡Vaya! ¡Qué bueno verte otra vez! ¡Ven aquí, bribón!– dijo Filibert Bolger a su sobrino en La Perca Dorada de Cepeda. –¡Posadero, un pichel para mi Sancho de Hobbiton, que viene de una larga travesía!. –El viejo hobbit estaba más gordo, y vestía más alegremente. Su cabello se recostaba sobre un lado ordenadamente.–¿Qué haces vestido de negro? Pareces uno de esos jinetes que merodeaban por la Comarca hace unos días, asustando a la gente. Ten cuidado, quizás te confundan con uno y te envíen con el Thain. ¿Has encontrado al señor Bolsón? ¡Vaya, solo pasaron unos días, y parecen años!

–No sabes la que he pasado, tío. Ahora solo quiero estar en Casa Linda bebiendo una buena taza de té, pero antes necesito algo de comer. He corrido toda la noche, huyendo, y solo he tenido unos segundos para probar algunas galletas de nuez en La Posada del Puente.

–¿Huyendo? ¿De quién? ¿Te has metido en problemas, Sancho?

–Pues sí. Me perseguían unos jinetes... es una larga historia que no querrás oír ahora. Ven, vamos a tu casa y descansemos un rato. Tengo que recuperar fuerzas para regresar a Hobbiton. Vendrás conmigo, supongo.

–Por supuesto, Sancho, pero no ahora. Déjame preparar las cosas aquí, y me tendrás en Casa Linda en menos de una semana. Además quiero despedirme de mis nuevos amigos. –Filibert había vuelto a la vida social de Cepeda, y había llegado a un acuerdo con el dueño de La Perca Dorada.– Ahora trabajo aquí. –y aprovechando que el dueño estaba cerca, remató– Me dan comida, y yo les doy mi esforzado y dedicado trabajo. Vamos a mi hogar, que Amapola nos espera con un rico caldo.

Una vez en la casa de Filibert, hablaron un largo rato. Sancho les contó sus aventuras a Amapola y a su marido y cuando cayó la noche, los tres hobbits se recostaron en sus camas. A la mañana siguiente, Sancho emprendió el camino de vuelta a Hobbiton, tomando la promesa de sus tíos de visitarlo la próxima semana y dejándole la bolsa de oro que le había robado a Khamûl para que pagara sus deudas.

Llegó a Casa Linda en la noche del 5 de Octubre de 1418, después de doce días de ausencia. Su padre dormía plácidamente en su habitación y todo estaba en orden y en calma. Sancho se recostó en su cama que tanto había extrañado, y aunque no pudo conciliar el sueño hasta entrada la madrugada, se despertó al día siguiente con una inmensa alegría. Después de muchas noches, había tenido sueños dulces y placenteros.

Abriendo la puerta de entrada descubrió una mañana hermosa. El cielo estaba despejado y el aire era cálido y fresco. Se sentó junto a la puerta fumando de su pipa, y reflexionó: "¡Al fin en casa! Ah... no me daba cuenta lo bello que es el tabaco. Entre tanta aventura, no me acordé de mi pipa. Pero al fin estoy aquí, en casa, con mi querido padre, y no volveré a saber nada de esa Gente Grande, nada de nada. Sé perfectamente el gran error que cometí. ¿Para qué quiero Bolsón Cerrado si no lo he comprado con la honestidad? Mi abuelo estaría avergonzado de mí, pero que sepa él que estoy profundamente arrepentido, y que no volveré a hacer nada similar." Prendió su pipa una vez más y mirando a lo lejos, se dijo chasqueando los dedos: "¡Ahora lo recuerdo! ¡Gandalf! Ese viejo de El Poney, era aquel hombre de los fuegos artificiales, quien le regaló al Viejo Tuk unos botones mágicos. Era amigo del señor Bolsón, ¡claro!, estuvo en su fiesta de cumpleaños. Es decir que buscaba al señor Frodo, ¿qué habrá en torno a ese bribón? Algo sucio, no hay duda. ¡Ahora entiendo! ¡El señor Sotomonte es el señor Frodo Bolsón, quien desapareció, igual que el señor Bilbo en su cumpleaños!, yo sabía que estaban en asuntos de magos. ¡Son hechiceros!. Y de tanto entrometerse en cosas extrañas, ahora son perseguidos por esos jinetes negros... hechiceros también, no hay duda. ¿Y cómo puede ser que me haya metido yo en este problema?. No creo que pueda responder eso... No más aventuras."

Interrumpió su pensamiento al divisar, en el Camino, a Lotho Sacovilla Bolsón, acompañado de Ted Arenas, el molinero. Más abajo, un grupo de cinco o seis hombres de aspecto extraño trabajaban demoliendo el Molino de El Agua. Lotho, saludando a su pariente lejano, dijo:

–¡Hola Sancho! ¿Dónde has estado? Te busco desde hace unos días. Tengo una propuesta para ti. Verás, he adquirido Bolsón de Tirada Nº3 al viejo Dospiés, y ya casi el Nº2: el Tío Gamyi está a punto de mudarse a una bonita cabaña sobre el río. Solo me falta el Nº1 para tener todo Bolsón de Tirada, tengo fabulosos planes para la Colina. Tengo oro. Y mucho.

–¿Vender mi querido smial? ¿Dejar toda la tradición de los Ganapié? ¿Despojar a mi padre del smial en el que nació?... Bueno... ¿de cuánto oro me hablas?.

Diciembre de 1998 / Mayo de 1999