El padre de Wiglaf

 

por Mónica Sanz Rodríguez "Elanor Findûriel"

Segundo Puestro, Premios Gandalf 2005

Soltó el cubo de mimbre que llevaba a la espalda, librándose de los tirantes, y las piedras se esparcieron por la pendiente. Pero no le importó. Con la misma velocidad con que aquellas rocas bajaban rodando él echó a correr ladera arriba, con todas las fuerzas que pudo.

Remontó los caminos embarrados y saltó el badén de contención. Abrió la cerca lo más rápido que pudo y entró como un rayo en la nave de la fragua. Las mujeres que pisoteaban el fuelle le gritaron, pero él no les contestó. Sentía el corazón latiéndole en la garganta.

A través de las puertas de la fundición el calor le dio una bofetada. Aquellas que alimentaban los hornos trataron de cerrarle el paso. Pero alguien venía ya detrás de él dando voces, y todas arrojaron sus palas al suelo y salieron desordenadamente del edificio. Algunas de ellas lloraban, otras se abrazaban. Pero Wiglaf no se detuvo.

Al final de la galería, más allá de los yunques y los estanques de agua helada, a través de la última puerta al fin se paró, encogido sobre sí mismo y agarrándose el costado con las dos manos. Si no recobraba el aliento no sería capaz de hablar. Se encontraba en un atestado almacén, sin apenas luz y lleno de polvo y ceniza. En uno de los rincones, sola y sentada en un taburete bajo, había una mujer. Su triste rostro estaba sucio en tizne y su cabello, aun recogido en la nuca, se veía enmarañado. Trenzaba con una habilidad asombrosa la empuñadura de una espada con delgados cordones de esparto teñidos en rojo y azul. Con gran trabajo se levantó de su asiento al advertir la presencia del niño. Se acercó a él con el ceño fruncido.

― ¿Qué haces aquí, pequeño? ¿Qué te ocurre?

Wiglaf levantó el rostro sudoroso hacia ella, y esbozó una gran sonrisa bajo el cabello que le caía sobre la cara.

― ¡Los hombres vuelven a casa, mamá! ¡La guerra ha terminado!

 

Descendieron juntos el monte, tomados de la mano. Las manos de mamá hacía tiempo que no eran las mismas. Ahora estaban callosas y duras, y sus dedos se curvaban rígidos hacia la palma. Las suaves manos de mamá eran uno de los primeros recuerdos que tenía Wiglaf, cuando era tan pequeño como para no acordarse de nada más. Pero no le importaba que sus manos ya no fueran las mismas. Se aferró a la curtida mano de mamá, y ella le sonrió.

Al pasar junto a la cesta de mimbre abandonada en el suelo, ella la recogió con dulzura y se la puso en la espalda.

― Yo debería estar haciendo este trabajo, no tú ― se reprochó amargamente ―. Tú deberías estar jugando, buscando aventuras y aprendiendo a luchar con los otros niños, en vez de trabajar de sol a sol.

Wiglaf no tenía muchos años. Aún no sabía contar muy bien, porque nadie tuvo tiempo de enseñarle, pero era lo bastante listo para saber que era de los más pequeños escarbando en las gateras y acarreando las piedras a la refinería. Ya casi no se acordaba de las tardes ociosas, de cazar las ranas de la laguna o los saltamontes de la ciénaga. Trabajaba hacía mucho tiempo, desde que los hombres se fueron a la guerra.

Sí que era pequeño entonces...

 

No recordaba el rostro de su padre. La tarde en que marchó a la guerra con las tropas del Señor estaba borrosa en su corta memoria. Recordaba que le asustaron los caballos, los recios cantos de batalla, el destello de las armas...

Su madre vestía a su padre en una tarima sobre el hogar con las antiguas armas de la familia. Wiglaf estaba sentado en la cama y lo miraba asombrado. Cómo le brillaba la bordada vesta, allí subido en lo más alto, con los brazos apoyados en la viga del techo, mientras ella le apretaba minuciosamente los cordones del justillo en los costados. Su madre repasaba con cuidado los brazales, ajustando las tiranas. Estiraba con cuidado las calzas y abrochaba las correas de la pechera de cuero en la espalda. Ella se agachaba, se inclinaba sobre el arcón de armas e intentaba sacar algo muy pesado. Él bajaba de la tarima “Úrsula, déjame a mí... Pesa demasiado...” Se inclinaba levemente y recogía de manos de su esposa la brillante cota de malla. Él mismo la elevaba sobre sus hombros y pasaba la cabeza, y ella se la ordenaba con ternura. Había comenzado a llorar otra vez. Él la abrazaba largamente, cubría sus ojos de besos y acariciaba su henchido vientre de embarazada...

Su padre ajustaba la silla del caballo y su madre lo tomaba de la mano. Las manos de su madre eran suaves y gentiles, y olían a las sedas que bordaba en casa. Los caballeros galopaban alrededor de ellos alejándose, arengando a voces a sus compañeros. A Wiglaf le dio miedo tanto ruido porque era muy pequeño. Su padre se inclinó hacia él, con sus enormes manos abiertas, y lo tomó en sus fuertes brazos. “No debes tener miedo del sonido del galope, mi niño. Cuando seas grande cabalgarás por las praderas mientras te haces un hombre. Y yo cabalgaré a tu lado...” Lo elevó alto, alto... Su padre era un gigante, sus poderosos hombros eran el techo del mundo. Y su madre reía y lo abrazaba. Ella era una reina, la más hermosa de las mujeres. En los brazos de su madre vio partir a su padre, lo vio decirle adiós con aquellas manos enormes y aquella armadura brillante, y llevarse a los labios el cuerno recio y grave y tocar, tocar hacia el ocaso y el nacimiento de la guerra...

 

En el pueblo la gente se atropellaba nerviosa. Todo el mundo había abandonado sus puestos de trabajo y hablaban a gritos en las calles y las plazas. Ya nadie tenía miedo, no tapaban las luces ni acallaban las risas. La guerra había terminado, así que todo volvería a ser como antes. Las mujeres recogían a los hijos que bajaban de la mina, y les limpiaban el tizne y el barro con los ajados delantales. Los ancianos se abrazaban y murmuraban, mirando a su alrededor en medio de una excitada incredulidad. Los más pequeños observaban asustados la algarabía, pues estaban acostumbrados a un pueblo silencioso, doliente y temeroso. Junto a la ventana del lecho de Wiglaf se balanceaba la planta de lenteja que había germinado tiempo atrás. Tanto tiempo, tantas cosas. El anciano Gundabald les enseñó cómo crecían las plantas...

 

La lenteja de Wiglaf no crecía. Era una lenteja estúpida. El viejo Gundabald sonreía al verlo mirar con amargo odio su lenteja. Todos sus compañeros lucían con orgullo sus plantitas, y él se sentía tan tonto...

     ― No debes impacientarte, pequeño ― le animó el anciano mientras inclinaba su trabajado cuerpo. De cerca, observó el copo de lino donde descansaba la lenteja de Wiglaf. La voz de Gundabald era cálida y temblorosa ―. La Naturaleza tiene su ritmo y no debemos exigirle que se adapte a nuestros deseos. Podemos marcar el paso del mulo que hace girar el molino, pero no podemos ordenarle al agua que impulsa el martinete que vaya más despacio. Podemos abrir los surcos en las tierras del cereal arreando con premura a nuestros bueyes, pero no podemos ordenar a las plantas que crezcan con la misma rapidez. Eso sería de insensatos.

Wiglaf se sintió algo más reconfortado. Así al menos la pesada de Hilde dejaría de reírse de él. Tres días llevaba creciendo su lenteja, y no cesaba a todas horas de burlarse de Wiglaf. Era una niña realmente insoportable.

― El ritmo con que se mueve la Naturaleza es el ritmo que deberéis adoptar en vuestra vida adulta ― continuó diciendo Gundabald con el dedo en alto ―. Sabemos que hay que recoger los frutos cuando nos lo marca la Luna de la Cosecha. La posición de las brillantes estrellas en la noche nos indica cuándo es bueno sembrar. La aureola alrededor de la luna nos cuenta el tiempo que hará mañana, y la velocidad de las nubes nos avisa de una tormenta...

Todos los niños miraron hacia arriba, esperando que el cielo les revelase alguna de aquellas maravillas, pero el azul era impecable y no había una sola nube.

― Observar los animales también puede darnos muchas indicaciones útiles ― prosiguió Gundabald, sentándose despacio en su silla, casi tan vieja como él ―. El canto del petirrojo nos advertirá de las desgracias, y el ulular del Oto augurará una buena velada de caza. Cuando oigáis los lamentos del ciervo en los valles será el tiempo en que no se lo debe cazar, y el aullido nocturno del lobo en la primera luna nueva de otoño nos invita a fermentar la cerveza.

Los niños permanecían callados y quietos, pues la voz del anciano les sumía en una especie de cálido encantamiento. Gundabald era un árbol, nudoso y antiguo, que había visto pasar ante él todas las vidas de la aldea. Había vivido grandes catástrofes y generosas cosechas.

― Incluso vosotros mismos estaréis regidos por la naturaleza cuando crezcáis. Llegará vuestra primavera, y en la segunda luna de verano los muchachos iréis a cazar el venado altivo, y tomaréis posesión de vuestro propio caballo. Las mujeres en gestación precisan de treinta y seis fases lunares para traer un bebé al mundo, aunque algunas pocas se adelantan o se atrasan ― Volvió su mirada hacia Wiglaf, que cada vez se sentía más confiado ―. Parece que la lenteja de Wiglaf quiere hacerse de rogar. Esperemos que mañana haya quebrado su abrigo y se deje ver.

Así que cuando Wiglaf subió desde la pradera en dirección a su casa, le dedicó una mirada de superioridad a Hilde.

― Mi lenteja no es estúpida. Simplemente se hace de rogar. Quiere que todos estén pendientes de ella. Así será más sorprendente cuando asome el tallo.

― Es una lenteja idiota ― se reafirmó Hilde, burlona ―. Ni siquiera sabe qué tiene que hacer. Hay que ser tonto para elegir la única lenteja inútil del saco.

― Mejor que haber elegido una lenteja vulgar como la tuya...

 

Wiglaf tomó con ternura el tiestito del alféizar, y le dedicó a la planta unas pocas palabras de aliento. En cuanto volviese su padre la plantarían juntos en el exterior, y tomarían sus lentejas en la primavera con orgullo y agradecimiento.

Su madre había comenzado a reorganizar la pequeña estancia. Las cenizas del hogar, en el centro de la habitación, fueron retiradas con rapidez. Cuando Wiglaf la vio a través de la ventana arrojando las cenizas hacia un horizonte incierto, a merced del viento impetuoso, su madre le pareció grande y templada. Su madre era un junco de la ribera, flexible pero inquebrantable. Miró su plantita y se sintió feliz porque hubiese sobrevivido hasta el retorno de su padre.

 

La madre de Wiglaf había germinado en medio del temporal más frío. Fue una noche muy larga, en la que Wiglaf tuvo que quedarse fuera de la casa, en el cobertizo. El viejo Gundabald le hizo compañía en su pequeño exilio. A la luz de la luna la hierba de lenteja relumbraba con un resplandor extraño en sus manos. Al fin había logrado estallar su cubierta y asomarse con cuidadito a la vida.

― Esta es una de las primeras pruebas que debes afrontar, ahora que sólo tú puedes ayudar a tu madre ― le anunció con seriedad Gundabald, sentado a su lado, mientras apuraba un cuenco de licor para aguantar el frío ―. Tu padre no está aquí, y tu madre se sentirá cansada durante varios días. Traer un bebé al mundo es una tarea agotadora. Las demás mujeres tienen demasiado trabajo, ahora que por la guerra la fragua debe producir sin descanso. Eres tú quien tendrá que barrer la entrada de la casa, tú quien deberá avivar el rescoldo, y tú quien prenderá las luces de aceite cuando el sol se esconda.

― No sé si podré hacerlo ― contestó Wiglaf, abrumado ―. No llego a la escoba, que está colgada sobre los sacos. Me asusta tomar el atizador y hacer saltar las chispas de la lumbre. Y mi madre me prohibió acercarme al aceite de las lámparas.

― Hay en la puerta de atrás una escalera para alcanzar la escoba. El atizador soltará las chispas hacia arriba si mantienes el tiro abierto. Y nadie podrá encender las luces protectoras si no lo haces tú.

Wiglaf se adentró en la mirada serena del anciano y su pequeño cuerpo, de repente, encontró las fuerzas para hacer todo aquello.

La puerta de la cabaña se abrió de repente y la dorada luz del interior se derramó sobre la tierra compacta. Una mujer salió apresurada hacia el cobertizo, tomó una azada de mano y cavó con energía un profundo surco. Otra de las mujeres, que sacó en sus brazos a la recién nacida, la introdujo en la hendedura y esparció sobre ella un par de puñados de tierra mojada.

―Que la vida de esta nueva criatura fecunde los campos, y los haga ricos y fértiles para los buenos propósitos de los hombres ― recitó con ternura. Wiglaf vio así por primera vez a su hermana, aún confusa e impregnada del olor de la vida. La misma mujer la extrajo de la tierra y la puso en sus brazos. La piel de su hermana desprendía vaho, y estaba tintada en un encendido color rosado. Las manitas de Wiglaf apenas podían abarcarla, y le pesaba mucho. Pero la aferró con fuerza: su padre no había podido elevarla sobre su cabeza en el momento de nacer para recibirla en la familia, pero él la cuidaría hasta que su padre volviera y la consagrara hacia las estrellas. Ahora, mirando hacia los ojitos oscuros de su hermana, estaba seguro de que podría hacerlo.

 

Deprisa, y presa de una gran emoción, recogieron los enseres que estaban esparcidos por la casa. Las mantas de la cama grande fueron cambiadas y cubiertas por una hermosa colcha, la colcha de la familia. Todas las generaciones de aquella familia habían participado en la elaboración de aquella colcha, destinada a cubrir el lecho matrimonial. Su madre lloraba cuando tuvo que guardarla, aquel día en que se dio cuenta de que su marido tardaría mucho tiempo en volver.

Hrefna les miraba, demasiado aturdida como para ayudarles. Se había quedado de pie en la puerta del hogar, retorciendo la punta de su pequeño delantal. Wiglaf y su madre componían cacharros, estiraban pieles, ventilaban fuegos y encendían velas. Por último, tras barrer cuidadosamente el banco con un hermoso manojo de espigas, se pararon frente al espléndido tapiz sobre el tálamo.

En aquel tapiz estaba su padre. Wiglaf lo miraba con intensidad antes de acostarse, y cada vez que salía de casa le dedicaba una ojeada de despedida. Su madre trabajó durante tres años en él cuando se convirtió en una mujer casada, como adorno para su hogar matrimonial. En aquellos tiempos era la bordadora y tejedora más renombrada del reino. Su padre, vestido con la armadura familiar, sujetaba con una mano las riendas de un majestuoso caballo, mientras con la otra esgrimía un hermoso martillo labrado. Su madre le contaba sin cesar lo virtuoso que era su padre con el yunque y el martillo, trabajando de sol a sol en la fragua. Las montañas de la aldea contenían la mina de hierro más importante de todo el reino, y la inmensa mayoría de las armas salían de sus salones. Pero en tiempos de paz no se producían casi espadas, ni armaduras, ni lanzas.

En tiempos de paz las armas solían ser ceremoniales, o simples presentes de cortesía o madurez. Muchas otras cosas se elaboraban en la fragua: utensilios de cocina, herramientas de trabajo, herrajes para los caballos, piezas de vestido, puntas de flecha, rejas y armazones... incluso pequeñas obras de arte tales como broches para el cabello o cabeceras ornamentales para los carros. La imagen de su padre, aferrado con sus enormes manos al caballo y al martillo, había despedido del día a Wiglaf y lo había recibido al amanecer desde el día en que abrió los ojos por primera vez. Así que Wiglaf se remitía al tapiz cada vez que quería recordar cómo era aquel hombre de cuyo rostro no se acordaba.

Ahora Wiglaf y su madre, tomados de la mano, contemplaban juntos aquella tela. Era una especie de despedida: los dos sabían que pronto él estaría con ellos al fin y que no volverían a reverenciar su imagen. Era la culminación de todas sus esperanzas y el final de todos sus miedos. Pues cada tarde, cuando ambos terminaban su jornada de trabajo, habían descendido con angustia la montaña. Temían en secreto y en silencio encontrarse alguien a la puerta, un heraldo que les trajera la espada rota del padre. En tiempos tan azarosos ni siquiera podrían recobrar su cadáver. Todo lo que les restaría serían sus armas destrozadas.

 

Seis meses hacía que Wiglaf descendió la montaña peleándose con Hilde. Úrsula caminaba al lado de la madre de Hilde, Aldarida. Ambas trabajaban juntas cada día en la labor de la forja. Desde que los últimos hombres se fueron del poblado, ellas dos tuvieron que emplearse en la forja y el moldeado del acero. Más de un año y medio llevaban fabricando piezas de armadura y armas, aquellas que quizá blandirían sus maridos; o que seguramente blandirían maridos, hermanos e hijos de otras mujeres. Ese pensamiento les hacía trabajar sin descanso y lo más tenazmente posible. Aquellas armas estaban llenas de coraje, pero también de amor.

Los cuerpos, acostumbrados a las duras tareas del campo, resistieron el arduo trabajo de una fragua. Pero las manos de Úrsula se habían contraído y endurecido. Ya no era capaz de sostener una aguja, ni lo sería jamás. Su niña la rehuía porque el contacto de sus manos le era muy desagradable. Así que Wiglaf debía asearla, cambiarle los picos, acunarla en la noche, cepillarle el cabello y todas esas cosas.

Hilde y Wiglaf debían trabajar juntos aunque se llevasen a matar, acarreando los cestos de piedras sin refinar hasta las naves para su fundición. Todos los niños mayores de tres años tenían su tarea, y hasta el más anciano debió emplearse en aquellos tiempos aciagos. Los niños más pequeños quedaban al cuidado de dos ancianas hasta que tenían la edad suficiente para colarse por las gateras embarradas de la mina, allí donde los adultos no llegaban. Ni Hilde ni Wiglaf tenían tiempo ya de dedicarse a germinar lentejas. Además, el invierno pasado se había llevado al viejo Gundabald.

Cuando doblaron por la Vega de la Yeguada advirtieron que al pueblo había llegado una extraña comitiva. Aquí y allá se veían caballos atados a las entradas de las casas, banderas hechas jirones descansaban apoyadas contra las fachadas, altos se oían los tonos de voces masculinas que anunciaban y lamentaban...

Las mujeres y los dos niños echaron a correr. ¿Sería posible que los hombres hubieran regresado en su ausencia? Nadie les había avisado, allí en la montaña. Mientras descendían a la carrera, Hilde le gritaba a Wiglaf:

― ¡Ahora conocerás a mi padre! ¡Es el hombre más grande del mundo, y el más valiente! ¡Su espada es tan larga que tu cabeza sólo le llegará a la empuñadura!

― ¡Mi padre sí que es grande! ― le respondía Wiglaf ―. ¡Sus manos son tan amplias que sería capaz de recoger todas las mieses de un manotazo! ¡Su cuerno suena tan fuerte que podría derribar las galerías de la mina!

― ¡Mi padre es más fuerte que los seis bueyes del Señor de las tierras! ¡Sus pasos son tan largos que podría subir la montaña en dos zancadas!

― ¡El caballo de mi padre cabalga tan rápido que el vino de su odre se convierte en espuma! ¡Las barbas de mi padre son tan espesas que podrías tejer con ellas una red para cazar pulgas de agua!

Llegando a la puerta de la casa de Wiglaf vieron que ambas mujeres se habían detenido y hablaban con dos soldados. Estaban tan delgados que parecía un milagro que se sostuvieran en pie. Su piel estaba gris, seca y arrugada, y sus ojos amarillentos se veían severamente agotados.

La madre de Wiglaf parecía aturdida. Ninguno de los dos recordaba que su esposo hubiese venido de vuelta con ellos. La situación en el frente se había suavizado un tanto, y por eso ellos pocos habían regresado. Los que no estaban enfermos sufrían heridas graves, o les faltaba algún miembro. Volvían para recuperar la salud y retornar a sus antiguos trabajos. La vida debía recobrar poco a poco su rutina anterior.

― No te preocupes ― le dijo Aldarida a Úrsula, con una sonrisa amplia y alegre ―. Si no han regresado es que están bien. Además, no veo armas a la puerta de tu casa, ni mensajeros que te traigan nuevas de muerte. ¡Anímate, mujer! El fin de la guerra está cerca. Pronto todo habrá acabado y nuestros maridos regresarán al hogar.

― Tienes razón... ― le respondió ella, sonriendo al ver el rostro risueño y sonrosado de Aldarida ―. Ve adentro, Wiglaf. Hay que encender el fuego antes de que llegue el hielo de la noche.

― La luna nos dice que va a hacer mucho frío... ― corroboró Aldarida, alzando la vista hacia el cielo ―. Creo que nosotras también debemos retirarnos. Buenas noches, querida. Hasta mañana.

Nada más entrar en casa Wiglaf dedicó una larga mirada al tapiz. Estaba molesto. Había sentido tan cerca el momento y no lo había conseguido ver... Se sentía decepcionado, triste y rabioso a la vez.

Un alarido desgarró el aire de la noche. Cuando Wiglaf llegó allá, se aferró aterrorizado a la falda de su madre y se cubrió la boca con ella. En el suelo, arrancándose los cabellos yacía Aldarida, sobre un enorme escudo quebrado. Un hombre intentaba que se calmase y se levantase pero ella se aferraba gritando al escudo, con los ojos desbordados de terror y angustia. Otro de los soldados tenía las manos puestas en los hombros de Hilde. Ella no lloraba, pero estaba tan blanca y fría como el hielo.

 

― ¡Estate quieta! ― le ordenaba Wiglaf a Hrefna. La niña era tan nerviosa que cepillarle el cabello era una tarea agotadora ―. Como no te estés quieta, cuando llegue nuestro padre te verá tan fea que no te querrá.

― No le digas eso, Wiglaf ― le regañó su madre ―. Claro que papá te querrá, preciosa. Tienes sus ojitos, y su mismo cabello dorado... ― Úrsula acarició con ternura el rostro de su hija.

― ¡Quita! ¡Raspas! ― le contestó ella, frunciendo el ceño y apartando de un manotazo el brazo de su madre. Ésta se quedó muy sorprendida, pero no la regañó. Dando la espalda a los niños, puso las manos bajo la luz de un candil. Wiglaf la vio frotarse las palmas y doblar con lentitud los dedos.

― Ya está, Hrefna, se acabó ― la regañó Wiglaf ―. Vete a jugar por ahí, pero no te escondas ni te vayas muy lejos. Papá llegará muy pronto. Como desobedezcas llamaré a los lobos para que vengan a comerte.

La pequeña abrió mucho los ojos. No había nada que le diera más miedo que los lobos.

Wiglaf se acercó a su madre, que se había sentado junto al fuego, aún frotándose las manos. Volvió la dulce mirada hacia su hijo y le acarició el cabello, aunque apartó enseguida la mano, temiendo que él la rechazara.

― Mi hombre pequeño ― le dijo ella, llena de orgullo ―. No sé qué habría hecho yo sin ti todo este tiempo...

― No te preocupes, mamá. Seguro que Hrefna lo hace sin querer. Es muy pequeñaja todavía.

Tomó una de las manos de su madre y se la puso en el rostro. No sólo a su madre le dolían aquellas manos destruidas.

 

La mañana siguiente a la llegada de aquellos pocos hombres Wiglaf se había levantado con el alba, como siempre. Su madre ya estaba preparada, sumergiendo las manos en un cuenco de agua caliente. Los gestos de dolor que hacía al reblandecer las palmas encallecidas se repetían cada madrugada. Wiglaf tomó un trozo de pan de maíz, le untó mantequilla y se lo comió rápidamente. Cuando se hubo calzado se echó al hombro la cesta y ambos salieron solos de la casa, como todas las mañanas. Subieron la loma en silencio, sonriéndose de vez en cuando.

Al llegar al portón de la nave central se encontraron con Aldarida y con Hilde. La mujer estaba algo consumida y sus ojos se veían arrasados, pero les dedicó una sonrisa mustia. Declamó enérgicamente que aunque su marido hubiese muerto, la batalla seguía en curso. Tenían que seguir ayudando a la victoria de sus gentes. Úrsula sonrió y la abrazó con fuerza.

Atravesando la sala del Gran Fuelle y la de alimentación del fuego, que a esa hora estaban vacías, llegaron tras las calderas a la fragua. Al entrar se encontraron con dos de los hombres que habían regresado el día anterior. Ambos estaban atándose los delantales de herrero y tenían encendido el fuego de forja.

Las dos mujeres, en un principio, no reaccionaron. Después pidieron explicaciones, reivindicaron y protestaron. Los dos hombres acababan de relevarlas para siempre de su trabajo. Les dijeron que aquel no era un trabajo para mujeres, que ya había hombres en el pueblo para desempeñarlo. Úrsula replicó que llevaban cerca de un año y medio trabajando en ello y que habían producido más de tres mil espadas para la batalla, trabajando de sol a sol. Ahora que la guerra era menos exigente, la cantidad de espadas disminuiría. Habían podido con tres mil, podrían con muchas menos sin duda.

Los hombres dijeron que ya en tiempo de paz las mujeres no debían ocuparse en las labores masculinas. Replicaron que aquel trabajo lo habían desempeñado porque no había hombres disponibles, y las conminaron a “regresar pacíficamente a su lugar”. Aldarida recalcó que su marido acababa de fallecer en la batalla, y recordó que dos días después de dar a luz Úrsula había vuelto al trabajo, martilleando con su hija atada a la espalda, amamantándola junto a hierros candentes y durmiéndola entre el estruendo de los martillos y el rugido del fuego.

Ellos lamentaron aquellas circunstancias, pero se reafirmaron en sus puestos. De nada valió la protesta y la proclama de las dos mujeres. El recobrado capataz de la fragua (que había vuelto del frente con un pie de menos) apartó a Úrsula a aquella diminuta y mezquina habitación, relegada a tejer empuñaduras de espadas y a atar cuerdas de arco. Aldarida ni siquiera pertenecía al pueblo, así que se la exhortó a volver a su casa.

Hacía viento la noche en que Aldarida partió. De noche, como si de vagabundas se tratara, Hilde y Aldarida reunieron sus escasas posesiones en dos fardos y se fueron, pequeñas y en silencio, al hogar que la guerra había arrasado. Sabían que no les aguardaba nadie en su antiguo pueblo, y que su casa había ardido hasta los cimientos. Los campos de cultivo estarían cubiertos de malas hierbas, y toda su familia habría desaparecido. Aldarida llevaba a la espalda el pesado escudo quebrado de su marido. Aseguraba con energía que alguien habría en algún lugar para ayudarles a arrancar una nueva vida. Aún sonreía en la desgracia, y lo hacía para su hija. Hilde se había convertido en una niña taciturna y esquiva.

Mientras se hacían pequeñitas en la distancia, Wiglaf recordó con una punzada de dolor las últimas palabras que Hilde le confió en un aparte. “Es que... No estoy triste por la muerte de mi padre... No lo conocí. Pero me gustaría estarlo... Es lo correcto, ¿no crees?... Seguramente soy una niña mala, y por eso no he llorado. Eso debe de ser... Soy una mala persona”.

Alguien dormía a un niño con una melodía heroica cuando Wiglaf y su madre regresaron a su casa. Wiglaf notó un enorme agujero en el estómago. No habría canciones para Aldarida ni para Hilde, nadie alabaría la cántiga del martillo de su madre ni el poderoso rugido de su forja. Ojalá él supiese componerles una canción. Se sintió muy pequeño por primera vez en mucho tiempo.

 

Cada familia aguardaba ya en la entrada de su casa. Todos estaban nerviosos, excitados, agitados y alegres. Pero en sus caras se asomaba el temor. Nadie sabía si sus seres queridos habrían muerto. Temían recibir armas quebradas o escudos rotos. La vieja Hrosmund se apoyaba temblando en su bastón mientras miraba hacia el ocaso que se apagaba. Su marido y sus tres hijos habían partido a la guerra. Sus ojillos estaban secos de llorar. No se sentía capaz de retener por mucho tiempo tanta alegría y angustia...

Desde el otro lado de la calle Menegilda saludó a Úrsula, mientras tranquilizaba a sus cuatro hijos pequeños. El más mayor había sido llamado a filas con quince años, y se fue cabalgando con su padre. Mientras se alejaba del hogar deseó con todas sus fuerzas que en el frente hubiera algún caballo de más, pues la familia sólo tenía uno. Tenía un temor horrible a que lo alistaran en infantería. Todos los días desde que se fueron, mientras pisoteaba el gran fuelle, Menegilda recordaba en sus cantos a sus dos hombres, e imploraba en su melodía un caballo para su hijo.

Un silencio tenso se hizo en la aldea cuando por fin la luz se fue. De vez en cuando alguien tosía, un bebé lloraba, o algún niño preguntaba. Pero las madres acallaban los lloros, o chistaban a sus hijos. En el camino se habían encendido antorchas, y todos miraban hacia el nacimiento de la senda. Había luna nueva. Hasta que los hombres o sus monturas no alcanzasen la entrada del pueblo no podrían verlos: la noche estaba tan oscura que ni las estrellas se adivinaban en el inmenso cielo negro.

 

Y de súbito, como el murmullo de una tímida corriente que nace del deshielo, se oyeron las pisadas lentas de caballos y los susurros amortiguados de voces graves y ropajes pesados. Todos en el pueblo se quedaron sin aliento y retuvieron las inmensas ganas de salir corriendo hacia el camino. Cada hombre debía ser recibido en la puerta de su casa. Las familias habían tendido dulces lechos de paja ante las puertas para que detuvieran su montura en ellos y fueran bienvenidos con suavidad y amor.

 Wiglaf cerró con fuerza sus ojos, y trató de acordarse del aspecto de su padre, pero fue inútil. Era demasiado pequeño cuando él se fue... Los nervios no le dejaban concentrarse... los pasos de los caballos se acercaban cada vez más... Así que volvió su mirada hacia la puerta abierta, y fijó su mirada en el tapiz. Así de glorioso era su padre, así debía reconocerlo. Fijó aquella imagen en su memoria y volvió sus ojos hacia el nacimiento del camino.

El primero en aparecer venía vestido en brillantes reflejos dorados. Reconocieron de inmediato al Señor de las Tierras, aquel que respondía ante el Rey de La Marca. Parecía terriblemente cansado pero sus ojos se sonreían. Por fin podía devolver aquellos hombres tan fieles y bravos al calor de sus hogares. Cantos de gloria y promesas de lealtad se alzaron en la hermosa lengua de los Eorlingas en dirección al Señor, que desplegó sus melodías como hermosas bendiciones sobre las tierras y las familias.

Y muy quedo, casi en silencio, una silente caballería se deslizó por el camino del pueblo. Uno a uno fueron los hombres entrando en su pueblo. En sus rostros se posaba un inmenso agotamiento, pero la emoción les arrancaba unas lágrimas grandes y lentas, o vibrantes lamentos de guerra que restallaban en el aire helado de la noche. Wiglaf se inclinó hacia delante para ver mejor a los que llegaban, y allí estaba, de repente: un caballero inmenso y reluciente cabalgaba con lentitud hacia su casa. Los honores de capitán se destacaban dorados en sus hombros. Aquel hombre no tenía barba, pero Wiglaf estaba dispuesto a perdonárselo. Ya le volvería a crecer, seguro. Las piernas le temblaron de emoción, y las mejillas le ardieron de arrobo. Tanto tiempo esperando había merecido la pena: su aspecto era tan regio como el del Señor de las tierras, quizá más. La luz de las antorchas iluminó su vesta plateada mientras se acercaba cada vez más.

Al fin se detuvo y puso el pie en tierra. Pero no en la puerta de Wiglaf. Las manos de Menegilda rodearon los hombros de su hijo Isumbras, el más mayor, aquel que había llenado sus cantos cada día durante los últimos años. Era ahora tan alto que apenas llegó a besarle en el rostro. Y allí también venía su marido, caminando, guiando de las riendas a su caballo. Y cantos de esperanza y reencuentro brotaron entonces de aquellas poderosas gargantas, y ella les hizo entrar y sentarse en el banco, cubierto en paja limpia y flores de lavanda.

 

Wiglaf no se decepcionó. Al contrario: se inclinó aún más en dirección al camino. Ahora los caballeros venían en grupos más numerosos, y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para intentar distinguir todos los rostros. Uno de ellos lo miró y le sonrió a la entrada del camino. A Wiglaf se le encendió el rostro: aquel sería su padre. Traía colgado del cuello un hermoso cuerno, como aquel que tocara el día de su partida, pero estaba quebrado por la mitad. No importaba, seguro que en la fragua se podría arreglar, e incluso hacerlo aún más hermoso. Se decidió a pedirle uno, uno pequeño para él. Ahora su padre le enseñaría a montar a caballo y Wiglaf se convertiría en un gran caballero, un día vestiría las armas de la familia y su padre se sentiría orgulloso... Moviendo la cabeza de un lado a otro intentó seguir el rastro entre la multitud al portador de aquel hermoso cuerno quebrado. Pero el caballero se detuvo tres casas antes: era uno de los hijos de la vieja Hrosmund, que tuvo que inclinarse para que su encorvada madre lo pudiera abrazar. Traía una muesca en la empuñadura de su espada y se la mostró a su madre. El pequeño de los tres había muerto en sus brazos. La enjuta anciana rompió a llorar en el hombro de su hijo.

El pequeño empezaba a impacientarse de verdad. Sentía el corazón latir tan fuerte que apenas le dejaba respirar. Dio un paso hacia el camino, pisando levemente la paja, y se llegó a la esquina de la casa. Los nervios no le dejaban ver con claridad, escudriñaba entre la multitud de rostros que pasaban, a pie o cabalgando, por delante de su casa. ¿Dónde estaría su padre? ¿Por qué tardaba tanto?

Haciendo piafar a su caballo, una montura majestuosa, hizo acto de presencia ante él el caballero más robusto de cuantos iban en la compañía. Su poderoso hombro izquierdo estaba vendado y sangraba, y en la mano derecha sostenía la flecha que le había herido. Con la otra mano guiaba enérgicamente su montura. Caballo y caballero eran tan altos, tan imponentes, que parecían eclipsar a cuantos estaban a su alrededor. Sus hombros eran de veras el techo del mundo, y sus gloriosas manos eran recias y fuertes, grandes como palas. Estaba empapado en barro, y su cabello y su barba se veían enmarañados. Por fin estaba allí... ¡Por fin había regresado! Ahora le tomaría con aquellas enormes manos y le pondría en sus hombros. Wiglaf podría casi tocar las estrellas, y todo volvería a ser como antes.

Pero su montura giró en una de las calles laterales y no apareció más por el camino principal. Wiglaf estaba tan nervioso que no pudo más.

― ¡Mamá! ¿Dónde está papá? ¡¿Dónde está?! ― gritó, impaciente, volviéndose hacia su madre.

 

Se quedó muy quieto y silencioso. Su madre estaba llorando.

Abrazaba entre lamentos entrecortados a un hombre escuálido. La mano que abarcaba con fuerza la cintura de su madre se veía llena de rasguños, y a aquel hombre le temblaban las piernas. Su cabello estaba salpicado de gris, y su barba rala ocultaba en parte una enorme cicatriz que le surcaba el rostro desde la sien al mentón. Lloraba desconsolado, aferrándose a Úrsula al borde del colapso, mientras su voz se quebraba en un profundo lamento. Tenía la espalda encorvada, como si aguantase sobre ella todo el peso del mundo. Su piel se veía enferma, y la armadura que en parte le cubría el cuerpo estaba ajada, desgarrada y sucia.

Cuando se desprendió del estrecho abrazo de Úrsula y hubo besado su boca con un incontrolable deseo, se volvió temblando hacia Wiglaf. Éste no había dicho nada, estaba clavado al suelo. Aquel hombre dio algunos pasos inseguros y se postró de rodillas a una pequeña distancia, entre el niño y su madre. Abrió los brazos, con la mirada anhelante.

Wiglaf lo miraba a él, luego miraba al suelo. Vio sus ropas rasgadas, su rostro exangüe, sus ojos perdidos... aquel cabello entrecano, esos temblorosos ademanes, los hombros encorvados, su aspecto de hombre terriblemente enfermo... Vio que en sus brazos abiertos faltaba una mano... Wiglaf dio un paso atrás extrañado, lleno de miedo...

Entonces el hombre habló. Despegó sus cuarteados labios y pronunció una sola palabra.

― Wiglaf...

Y a Wiglaf le saltó el corazón en el pecho, y su alma comprendió antes que su mente. Corrió con los ojos cerrados hacia los brazos abiertos que aquel hombre consumido, herido y agotado le tendía.

― Padre... padre...
Unas palabras más

 

Las estrellas, en una profunda quietud, habían asomado sus pies plateados a la noche. Úrsula sacó una silla baja a la puerta de casa. La silla estuvo allí un momento a solas, arrojando una tímida sombra contra la fachada del pequeño hogar. Pacíficamente y en silencio salió el padre de Wiglaf, respirando con amplitud el aire helado. Se sentó en la sillita trabajosamente, alzando el rostro hacia el cielo y sintiendo la escarcha formarse en sus mejillas. Los grillos habían dejado de cantar, y el único sonido que ahora retumbaba en sus oídos era el latido de su propio corazón.

Wiglaf se deslizó muy quedo desde la puerta entreabierta y permaneció al lado de su padre, mirándolo con reverencia. La madre de Wiglaf salió tras él, con la pequeña en los brazos. Las estrellas, en su tímido resplandor plateado, bañaron en su tenue luz a la familia que se sumergía en el frío como un solo ser.

El padre de Wiglaf abrió los ojos y los dirigió hacia su hijo. El pequeño notó la sonrisa en aquella mirada cansada.

― Tienes que ayudarme, yo solo no puedo.

Tendió su brazo incompleto hacia el pequeño. Éste lo miró con aprensión, y una tremenda ternura le nació en el pecho. Se subió en las rodillas del hombre, poniéndose de pie entre ellas, sobre el centro de la sillita. Su padre lo abarcó con aquel brazo mutilado, fuerte y fibroso. Juntos, mano con mano, elevaron a la pequeña sobre la cabeza del padre. Y la pequeña reía, reía, y su risa se elevaba como su cuerpo. Más allá del techo del mundo, hacia la luna nueva.

 

Más tarde la familia entró con lentitud en el hogar, y el padre de Wiglaf prendió la luz de aceite del dintel antes de cerrar la puerta. La pequeña silla se quedó allí, sola, bajo la pálida luz argentina. En la ventana resplandeció el dorado reflejo de las llamas interiores. En el alféizar se balanceó con lentitud la planta de lentejas. Hacia la izquierda primero, luego hacia la derecha, y de vuelta a la izquierda. El calor desplegaba su danza, que les decía “hola” y “adiós” a las estrellas. Después el fuego se apagó y la danza se detuvo. La pequeña silla crujió levemente, y luego nada más.