Esta mañana

por Israel Gómez "Dûriner"

Tercer Puesto, Premios Gandalf 2000
 
Esta mañana, como todas las que recuerdo con cierta claridad, no pude ver la luz del sol. Tuve que fiarme de mi instinto para saber que había llegado un nuevo día detrás de esas oscuras nubes que rodean y envuelven este maldito lugar.
Esta mañana, como todas las que recuerdo con claridad, me desperté con lágrimas en los ojos, lágrimas cada vez más escasas, pues no me quedan fuerzas para llorar en esta maldita tumba en vida. No me quedan fuerzas para llorar porque cada vez se me hace más difícil recordar qué es eso que anhelo tanto cuya ausencia me sobrecoge el corazón. El tormento de cada día de mi existencia en este lugar maldito no sería suficiente para hacerme llorar. Gritos sí me arrancarán, quizás súplicas, pero no mis lágrimas. Al menos eso se lo debo a los míos, a mi sangre y a mi casta, a todos aquellos valientes junto a los que luché... y junto a los que perdí.
Triste y marga existencia me inunda cada instante que respiro bajo este clima viciado, dentro de este lugar de aura tan negra que la ceguera sería luz en comparación.
Ojalá fuera ciego, oh Grandes Señores de Occidente. Ojalá no tuviera vista, para evitar presenciar estos horrores. Ojalá no tuviera oídos para escuchar los interminables gemidos y lamentos que me rodean durante el día y me persiguen por la noche, poblando mis pesadillas.
Pesadillas. Sueños dulces comparados con esta horrible realidad. Agradezco cada instante entre esas oníricas torturas, porque sé que, al despertar, las dejaré atrás pero, ¿quién me despertará de ésta? Nadie lo hará, porque no estoy soñando, y esa es la peor pesadilla.
Hace ya dos años. Eso dicen los que aún se molestan en contar el tiempo. Dos años desde que llegamos a este horrible lugar...
No puedo evitar estremecerme al recordar nuestra llegada, un recuerdo arrebatado a las nebulosas de mi memoria.
Estábamos heridos, sí, estábamos aterrados, estábamos vencidos... pero todo aquello era un sueño de paz y gloria al contemplar ahora a mis amigos, a mis compañeros de batalla y a tantos otros que en aquella otra vida no llegué a conocer. Ahora no hay nada aquí, salvo miseria, dolor, desesperanza, y oscuridad, sobre todo oscuridad: en nuestro alma derrotada, en nuestra mirada, en nuestros cuerpos...
Mi cuerpo está enfermo ahora, demasiado maltrecho para trabajar como esclavo y, por tanto, demasiado inútil para ser alimentado. Mis brazos y mis piernas, después de tantos terribles trabajos y peores torturas, se rindieron. Y ahora me postro en un rincón sin poder moverme.
Me habían dejado en un rincón para morir, para convertirme en el festín de alguna de aquellas criaturas abominables que nacen a cada instante en los abismos de este reino maldito... o quizás fueran ciertas las chanzas de nuestros carceleros, y el escaso alimento de cada día proviene de orígenes poco halagüeños.
Nadie aquí conocía cuánto había de verdad en aquello, nadie quería preguntárselo o meditar sobre el asunto. Tampoco me importaba ya.
De vez en cuando, uno de mis compañeros de cautiverio, el más joven, me alimentaba con parte de su ya de por sí escasa ración de comida. No tenía voz para agradecerle su esfuerzo, aunque alababa su nobleza en circunstancias tan adversas dentro de mi corazón.
De todas formas, no tenía sentido que desperdiciara su comida conmigo. Mi final estaba ya próximo, tenía que estarlo si el destino sabía de misericordia.
Pero qué iba a saber el destino de tales cosas. En la fortaleza de Angband sólo reinaba la más oscura de las noches, y bajo su cobijo anidaban la crueldad y la perfidia de sus criaturas, de los títeres del Enemigo Oscuro. No había sitio para la misericordia.
Dura había sido aquella última batalla, terrible nuestra derrota, provocada por traición oí decir tiempo atrás. Vagamente puedo recordar la confrontación, cuando marchábamos orgullosos en defensa de... ¿de quién? ¿de qué?
Oh, hacía tanto tiempo... Mi mente se nublaba cada vez que intentaba retornar al comienzo de mis pesares, como si de una puerta se tratase, una puerta de acceso vedado a mi propia memoria. Uno podía sentir que estaba ahí, pero no lograba traspasarla nunca, porque no acertaría a encontrar pomo o cerradura algunos.
Un dolor punzante me sacudió, sacándome de mis cávilas. Una rata, apoyada en mi muslo, saciaba su hambre con mi carne.
No podía apartarla. Mis brazos y piernas estaban inútiles después de... mejor no recordar, no ciertas cosas.
Pasaron unos segundos de dolor lacerante que parecían eternos, como un látigo que te golpea tan rápido que no notas la diferencia entre un golpe y otro, sólo el dolor.
Tiempo después, es dolor se había mezclado con el resto que poblaba mi maltrecho cuerpo e, incapaz ahora de diferenciar un tormento de otro, no pude salvo observar a la pequeña alimaña devorando mi pierna con eterna eficacia, poco a poco pero sin detenerse.
Resultaba escalofriante mirar a los ojos de aquel animal: como cualquier cosa en Angband, no era un animal normal, le cegaba el odio, y tenía una cierta inteligencia macabra dedicada a causar cuantos más tormentos mejor.
Llegaron otras dos alimañas que se dispusieron a alimentarse de mi carne y sangre. No se lo impedí, pues tampoco podía, y no tenía ni fuerzas ni ganas de gritar.
Tan sólo las observé, allí, mordisqueando mi piel, hundiendo su hocico más y más, como una flecha que viaja despacio hacia el interior de su objetivo.
De vez en cuando una de las ratas asomaba su hocico, ensangrentado, y me invadían escalofríos y ganas de vomitar. Pero no lo haría, porque ya todo daba igual.
Uno de los presos, que siempre parecía estar cerca de mí, se acercó corriendo para espantar a las ratas, que le enseñaron los dientes ensangrentados en señal de desafío antes de desaparecer por un recoveco. En sus ojos había leído un sólo mensaje, “ya volveremos a por tí”
Le di las gracias con la mirada por intentar ayudarme, mas no emití sonido alguno, ¿para qué? ¿por qué no podía acabar todo de una maldita vez?
Aquel preso que me guardaba, lleno de harapos pero de ojos llenos de vida, me curó como pudo las heridas y se sentó junto a mí. Luego de susurrar palabras amables, posó su mano sobre mis ojos, y me invadió un cálido sopor.
Y en el sopor, tuve un sueño.
Vi a un hombre, alto, orgulloso, que caminaba con la mirada altiva y clamaba con voz fuerte y clara. Era apuesto y, a juzgar por las ropas, parecía un noble.
Aquel hombre se encontraba en un bosque o, mejor dicho, en un claro en un bosque. La luz azulada de la luna llena entraba a raudales por el hueco que dejaban los árboles sobre el claro. Casi podía sentir la brisa fresca, la humedad de una lluvia que había quedado atrás... casi podía sentir el olor dulzón de hierba y tierra mojadas.
“Casi” era la palabra importante de todo aquello. Sabía que era un sueño, y también intuía que despertar sería más duro que cuando despertaba tras una pesadilla, pero decidió que, por unos instantes, podía aliviar su dolor ocultándose en aquel sueño.
Algo se añadió a la escena. Una nueva figura semioculta por las sombras de los árboles se intuyó en un lado del claro.
No obstante la penumbra, aquella silueta era de una doncella.
El hombre se volvió al oirla llegar, y quedó petrificado unos instantes, contemplando un rostro que él, mero espectador, tan sólo adivinaba en la penumbra.
Cuando la joven dio unos pasos, penetrando en el claro, la luz de la luna iluminó su rostro... o quizás hubiera sido al revés, y la luna fuera un simple reflejo de la luz que había en ella... no se sentía capaz de decir cuál era la verdadera respuesta.
El hombre de aquel sueño permaneció embelesado unos instantes más y, luego, los dos se fundieron en un abrazo, mas en sus rostros no había alegría. Ella lloraba, y derramaba lágrimas que a él, simple espectador, le resultaron de pronto amargamente familiares.
Una idea comenzó a desarrollarse en su cabeza, algo impreciso que no acababa de enfocar.
El hombre del sueño secó aquellas lágrimas con su mano en una suave caricia. Por unos instantes creyó que sentía el tacto de la suave piel nacarada de la muchacha.
Se hablaron. Se dijeron cosas que no llegaron a sus oídos de espectador; se vertieron lágrimas que se clavaban en su alma... y, de pronto, todo aquello desapareció, y aquel hombre de su sueño quedó rodeado de un vacío infinito.
Justo cuando la imágen cambió, comenzó a comprender.
Ahora se encontraba de nuevo en medio de un bosque, uno muy distinto. Había ríos por todas partes, y árboles... pero los ríos eran de sangre, y los árboles eran los cuerpos de sus amigos y compañeros ensartados por lanzas enemigas y propias.
La espada del hombre estaba quebrada, como su espíritu. Justo antes de que las tropas de Morgoth, el Enemigo Oscuro, se echaran sobre él, lanzó un grito al cielo, no de dolor, no de clemencia, ni de rabia. Tan sólo un nombre, el de alguien a quien no volvería a ver, y ese día su corazón murió. Fue instantes después que llegaron los gritos de dolor, pero eso ya se desvanecía de su mente.
El hombre caído, hecho prisionero, era él, el silencioso espectados o, al menos, lo había sido dos años atrás, y ahora por fin hallaba qué había buscado con tanto anhelo en sus propios recuerdos.
-Te he perdido Estrella del Bosque. Mi corazón no te olvidaba, pero mi memoria no lograba hallarte, hasta ahora.-dijo al recuerdo de la doncella en balbuceos.- Mira qué maltrecho me encuentro ahora. Desfigurado, derrotado, sin honor... te echo tanto de menos amor mío... algún día nos reuniremos, ya lo verás, más allá del mundo, allí donde vamos los Segundos Nacidos, y por fin podremos reirnos de lo que hemos dejado atrás, y ser más sabios de lo que fuimos nunca pero, sobre todo, podremos estar juntos. Te aguardaré, mi dulce doncella, si es que no me estás aguardando tú primero...
Siguió hablando, pero sus labios no pronunciaron tales palabras, pues la voluntad ya no guiaba aquel cuerpo. Su espíritu había partido, su vida se había apagado, y ahora aquel pobre luchador derrotado emprendía un largo viaje.
El hombre que había vigilado su sueño se acercó entonces al cuerpo sin vida y cogió su mano, fría como el hielo.
-Adiós, amigo. Volveremos a vernos allí donde están destinados los hijos de los Hombres tras la muerte. Los que están aquí perdieron la esperanza, mas tú la recuperaste antes de partir, y tal cosa me recomforta. Descansa ahora, y recuerda las palabras que dijo Hurin antes de ser apresado como nosotros porque, tarde o temprano, “Ya se hará de nuevo el día”
Lentamente besó la frente del pobre infeliz que yacía en un rincón y se apartó al suyo propio con la vista fija en el suelo, intentando conciliar el sueño.
Prefería no ver cómo se llevaban el cuerpo, prefería evitar averiguar si se lo llevaban siquiera o soltaban directamente a las alimañas dentro de la celda para alimentarse. Prefería evitar contemplar otra carnicería. Fuera lo que fuese, en aquel lugar había muchas cosas que prefería no ver.
-.-
“Esta mañana, como todas las que recuerdo con claridad, ha muerto otro de nuestros compañeros. Malditos sean Morgoth y todas sus sanguijuelas. Ruego todos los días para que sea cierta la premonición de Hurin y que, tarde o temprano, la Nirnaeth Arnoediad sean Lágrimas Innumerables para Morgoth y los suyos, y no para los hijos de los Pueblos Libres. Ojalá que la Ira de los Señores de Occidente caiga algún día sobre nuestro enemigo, que ha acabado con todos nosotros.
La oscuridad nos ha convertido en títeres sin voluntad, sólo ese muchacho continúa vivo de espíritu, bendita sea su fuerza porque, todavía, consigue darme ánimos para afrontar un nuevo día.
Si pudiera pedir algo a este destino ingrato, ya no le pediría nada salvo una cosa: que librara a este joven de nuestro oscuro sortilegio.
Los sueños no cuestan nada, por supuesto, y por ello no espero obtener nada en respuesta, pero soñar hace soportable un día más, como mirar a los ojos a ese joven.
Así ha de ser entonces, pues cae la noche sobre el mundo. Ansío que ese día que dicen que está por venir no esté tan lejano como mi corazón lo siente.
Más sueños, y con ello más dolor. Hágase la noche sobre todos nosotros, y que cese de una vez nuestro tormento.
Dedicado al “Lamento”
Dûriner an i Olë Nirnaeth