La verdad en cada mentira

por José Camós Guijosa

Segundo Puesto, Premios Gandalf 2006

 

- ¿Cuándo te olvidarás de esas absurdas leyendas? ¡No hacen más que distraer tu atención de lo verdaderamente importante!

El joven así increpado dejó escapar un bufido y cerró bruscamente el libro que sostenía en su regazo. Respiró hondo un par de veces antes de contestar con voz calmada:

- No me estás ayudando, Irweth... Necesito que me tranquilices, no que me eches la bronca. ¿Podríamos hablar de esto en otro momento?

- Disculpa, amor mío, pero es que no te entiendo – repuso Irweth, malhumorada – En cualquier momento llegará el viejo Thirion para llevarte ante el tribunal, ¿y qué haces tú mientras tanto? Podrías estar repasando la lista de los Reyes desde Elessar hasta Esteldur, o los afluentes del Anduin... ¡Y malgastas tu tiempo recreándote en los grabados de ese libro de fábulas!

- No son fábulas, Irweth. Sabes muy bien lo que creo sobre el papel de los...

La mujer le interrumpió tapándole los labios con un dedo.

- Shht. No lo digas, ni lo pienses siquiera. Si pretendes que el tribunal te tome en serio, aparca tus teorías hasta después de la evaluación. No, no pongas esa cara. Sabes tan bien como yo lo tradicionales que son esos catedráticos...

- También son sabios y eruditos – contestó el joven, molesto – ¡Reconocerán que mis descubrimientos son más que conjeturas! Tengo pruebas documentales totalmente fiables...

Irweth frunció el ceño, lo que dio un aire enfurruñado a su normalmente alegre rostro.

- Haraldir, cariño, nos jugamos demasiado como para arriesgarnos con esto. Júrame que no hablarás de tus tonterías ante el tribunal. Por favor...

Pillado por sorpresa, Haraldir ahogó las protestas que pugnaban por salir de su garganta. Los dos amantes cruzaron sus miradas durante unos tensos momentos en un duelo de voluntades. El joven pensó, no por primera vez, que lo que más molestaba a Irweth no era tanto que arriesgase su respetabilidad académica como el hecho de que las elfas que aparecían en sus grabados fuesen tan sobrenaturalmente hermosas... Por un momento, el joven estudioso se sintió extrañamente culpable.

- Si te vas a quedar más tranquila... – dijo finalmente – Acepto. Juro que no explicaré ante el tribunal mis teor...

Tres golpes secos en la puerta interrumpieron su juramento, y la cascada voz de Thirion resonó por la habitación.

- ¡Haraldir! Llegó el momento, chico. Espero que estés listo...

El joven se incorporó con tanto ímpetu que chocó contra una mesa atestada de libros y papeles, tumbando una pila de pergaminos. Irweth ahogó una carcajada y ayudó al desesperado Haraldir a recogerlos.

- ¡Estoy preparado, Maestro! Enseguida salgo... Tengo que arreglar esto...

En su nerviosismo, Haraldir aumentó el estropicio volcando un tintero sobre uno de los pergaminos. Por suerte, los buenos reflejos de Irweth, que cogió el recipiente casi al vuelo, salvaron la mayor parte del documento... Aunque eso no consoló al aspirante a erudito.

- ¿Pero cómo puede ser que minutos antes del examen de bibliotecario estropee un libro de poemas de más de cien años de antigüedad? ¿Qué clase de mal presagio es éste?

Tratando de controlar la risa, Irweth apoyó las manos, cariñosamente, en las mejillas de su amado. El suave toque de la joven tuvo la virtud de calmar los nervios de Haraldir, que sintió el calor de las manos de Irweth extendiéndose desde su cara hasta la punta de sus pies. Cerró los ojos y escuchó las palabras de su amada, apenas susurradas al oído:

- Lo harás bien, amor. Búscame entre el público si te pones nervioso: me verás en primera fila, dándote ánimos.

Sus labios se encontraron en la oscuridad de la habitación, mientras el impaciente Thirion golpeaba de nuevo la puerta.

 

 

- ¿Qué diablos estabas haciendo ahí dentro, muchacho? – preguntó más tarde el viejo Maestro, sonriente, mientras caminaba a su lado a grandes zancadas – Te has tomado tu tiempo para arreglar... Lo que fuera que estuvieses arreglando...

“Mi futuro matrimonio”, pensó Haraldir, cuidándose mucho de decirlo en voz alta. Ambos, maestro y discípulo, atravesaron a paso vivo las atestadas calles de Minas Tirith abriéndose paso hacia el anfiteatro de la Gran Biblioteca. Su breve beso con Irweth había hecho ganar confianza al joven Haraldir, que se sentía ahora más que dispuesto a afrontar veinte tribunales. Sin embargo, al llegar ante las enormes puertas de mármol blanco sintió un breve mareo, como si las fuerzas fueran a abandonarle en el momento decisivo. Se sobrepuso como pudo, y trató de escuchar los últimos consejos de Thirion, que mientras esperaban la apertura de la puerta le proporcionaba detalles y más detalles sobre cada uno de los miembros del tribunal: gustos, preferencias, manías... Información que sin duda le hubiera sido muy útil a Haraldir si hubiese estado en condiciones de asimilarla.

- Bueno, muchacho, creo que esto es todo lo que necesitas saber. Recuerda mirarles a los ojos al contestar y, sobre todo, sé humilde... Sé que tienes ideas y te divierte exponerlas, ¡pero hoy guárdatelas para ti!

“¿Pero es que va a ser Thiron tan timorato como Irweth?”, pensó Haraldir, sorprendido y vagamente disgustado. “¿A qué viene tanta insistencia en que me calle?”.

Tal vez por suerte, no hubo tiempo de nada más.

Las puertas de mármol se abrieron lentamente, empujadas desde dentro por cuatro estoicos chambelanes, y alumno y maestro entraron en el Anfiteatro. Las gradas semicirculares de asientos de piedra blanca tenían capacidad para unas ciento cincuenta personas, aunque en ese momento tan sólo las ocupaban diez o doce espectadores. Haraldir buscó y encontró enseguida a la hermosa Irweth, a la que dedicó un rápido guiño. La mirada de Haraldir se paseó sobre amigos y compañeros de estudios, y acabó deteniéndose sobre la única persona del público que no supo identificar. No podía distinguirle la cara, ya que estaba cubierta por la capucha de una ajada capa verde. Estaba sentado en un lateral, recostado y tan inmóvil que Haraldir se preguntó si se habría dormido en alguna sesión anterior, quedándose allí por casualidad.

- No te quedes ahí parado, muchacho... ¡Ve hacia el tribunal! – susurró Thirion.

Haraldir tragó saliva y avanzó hasta el centro de la sala, donde los nueve miembros del comité evaluador le esperaban tras una mesa de obsidiana. El mueble había sido majestuosamente tallado en una sola pieza, y estaba desprovisto de cualquier adorno superfluo.

El joven se detuvo a cuatro pasos de la mesa, tal como le había aconsejado Thirion, y adoptó una posición firme pero no tensa. Con la barbilla levantada y las manos cruzadas a la espalda, aguardó a que el Decano Ectheror abriera la sesión con las preguntas rituales.

- ¡Haraldir hijo de Harundil! Comparece hoy ante nosotros porque Thirion el Cuidador le ha considerado digno de formar parte de los bibliotecarios de Minas Tirith. ¿Es consciente de la responsabilididad que entraña el puesto?

La voz de Ectheror resonó por el anfiteatro con una potencia sorprendente en un cuerpo tan anciano como el suyo. La respuesta de Haraldir sonó tímida y débil en comparación.

- Sí, lo soy.

- ¿Es consciente de que los bibliotecarios y eruditos somos todo lo que se interpone entre la civilización y la barbarie, entre el recuerdo de las tradiciones gloriosas de nuestro pueblo y la nada del olvido y la ignorancia?

- Sí, lo soy.

- Si es así, puede empezar la Prueba.

Tomó la palabra Farthail, el enjuto Maestro Geógrafo. Haraldir le temía por su fama de conocer los nombres de todos los montes y colinas, arroyos y caminos, y aun de cada piedra, árbol y arbusto de los terrenos del Reino. Fue directo al grano:

- Enumera las cimas de la parte central de las Montañas Nubladas.

Haraldir respiró aliviado, y quizás algo decepcionado por la sencillez de la pregunta.

- La más meridional es el Zirak-Zigil, llamada Celebdil en los mapas antiguos. El Fanuidhol está más al este, y la montaña central recibe el nombre de Caradhras.

Farthail asintió, complacido, y a Haraldir le pareció ver la sombra de una sonrisa aparecer en sus ojos. Sin embargo, pudo ser sólo una impresión, ya que sus labios continuaron apretados en una fina línea.

Haraldir fue contestando sin demasiados problemas las preguntas de los ancianos. Bergel, el rechoncho Maestro de la Guerra, le interrogó largamente sobre las batallas de Varthung contra los Rebeldes de Umbar; Hronin el Botánico preguntó en qué tipo de campos podía hallarse las exóticas flores Dandelon; con Thergal el Historiador tuvo un apasionante debate relativo a los lejanos incidentes protagonizados por Borlas hijo de Beregond al descubrir la conspiración  de Saelon, en tiempos del reinado de Eldarion.

Con cada respuesta satisfactoria, Haraldir ganaba confianza en sí mismo y en sus posibilidades. Las miradas que dirigía a Irweth y a sus padres pasaron de ser tímidas búsquedas de apoyo a brillar con alegría y seguridad.

Pero entonces tomó la palabra Hingelor, Maestro en Mitología.

- Es admirable que recuerdes tantos detalles históricos de épocas lejanas... Pero veamos si tu memoria es tan buena con los cuentos y leyendas que nos entretienen y alegran el corazón. Háblanos del mito de Lothlórien.

Haraldir se sobresaltó visiblemente, y no pudo evitar dirigir una rápida mirada a Irweth. Vio cómo la sonrisa del rostro de su amada desaparecía, oscurecida por una mueca de nerviosismo. Le pareció oír también un carraspeo procedente de la puerta, donde esperaba su Maestro Thirion. Supo que ambos, a su manera, le recomendaban prudencia, y al darse cuenta de ello la irritación que había ido acumulado durante la mañana llegó finalmente a un punto crítico. Animado por el éxito que había tenido hasta el momento, Haraldir decidió no acallar sus propias ideas, seguro de que los ancianos apreciarían su firmeza de convicciones.

- Así lo haré, Maestro Hingelor, aunque permítame señalar que la historia de los elfos de Lothlórien no es ningún mito, sino una verdad histórica que desgraciadamente hemos olvidado excepto en forma de cuentos y canciones.

Hingelor rió por lo bajo, divertido.

- Por supuesto, muchacho, todos los mitos tienen una parte de veracidad, ya que se inician a partir de un hecho histórico progresivamente embellecido. Es misión del erudito hallar las verdades y separarlas del adorno imaginario del que se han dotado con los años.

- Hay más verdad en las leyendas de la que estamos dispuestos a reconocer, Maestro Hingelor. En Lothlórien vivieron durante siglos altos elfos que reinaron sobre el bosque hasta que partieron rumbo a las Tierras Imperecederas.

- Bien, eso dice la leyenda, por supuesto, y eso es lo que me compete a mí como narrador de cuentos y ficción.

- No sólo le compete a usted, Maestro Hingelor – dijo Haraldir dirigiendo la mirada hacia Thergal el Historiador.

Éste enarcó las cejas, sorprendido, y se sintió obligado a decir algo.

- Bien, es cierto que existe un bosque que recibió el nombre de Lothlórien, “la tierra donde sueñan las flores”. En él se han encontrado restos de plataformas elevadas sobre los árboles, lo que ha hecho pensar que en el bosque habitó hace siglos un pueblo arborícola. Tenemos algún testimonio escrito que llama a esta tribu Galadhrim, y menciona a Celeborn y Galadriel como dos de sus regentes más famosos.

- Los Galadhrim eran elfos, y Galadriel, la Dama de la Luz, su Reina – afirmó Haraldir.

- Eso es directamente estúpido, joven.

- ¡La estupidez es negar la evidencia de la existencia de los elfos!

Un murmullo se extendió por la sala, y algunos profesores sacudieron la cabeza, sorprendidos por la insolencia del joven. Ajeno a todo, Haraldir continuó su exposición:

- ¡Las pruebas se encuentran entre nosotros, en los restos del idioma Quenya que aún usamos en algunas palabras, y en el mismo nombre de los Reyes fundadores! Elendil significa literalmente “amigo de los elfos”. ¡El mismo Rey Aragorn fue Elessar, o “piedra de elfo”! ¿Cómo pueden explicarse seriamente esos nombres sin recurrir a los elfos?

- Fácilmente – dijo Rinduil el Lingüista – Elen significa en una de las lenguas muertas estrella, no elfo, con lo que la traducción de “Elendil” sería más bien “amigo de las estrellas”, o devoto de la sabiduría astronómica. Es bien sabido que los pueblos de la antigüedad ya observaban y catalogaban las estrellas. “Elessar” significaría “piedra estelar”, de origen más oscuro aunque tal vez relacionado con el colgante que llevaba siempre el Rey, que podría tener un componente meteorítico.

- Por otra parte – añadió Thergal el Historiador – los nombres no tienen por qué indicar propiedades reales de quien los lleva. ¿O acaso crees que el Rey Hilmar el Gigante medía más de cinco metros, o que por las venas de Laurelin el Dorado corría oro líquido en lugar de sangre?

- Con todos los respetos, Maestro Thergal, no hablamos de sobrenombres populares. Y Maestro Rinduil, no ignoro que Elen significa estrella, pero pasó a significar “uno de la gente de las estrellas”, un elda, un alto elfo como los que vieron el cielo oscuro y estrellado antes de la creación del Sol y la Luna.

- En el nombre de Eru – blasfemó Hingelor el Maestro en Mitología -, no me dirás ahora que crees en la literalidad de la creación del sol a partir de los restos de la luz de los árboles de Aman...

- La luz que sobrevivió al ataque de Melkor y la araña Ungoliant, sí, elevada a los cielos por obra de los Valar.

- ¡Pero esa historia es un mito, una fábula moral que debe ser interpretada! ¡No existe la tierra de Valinor, ni hubo árboles de luz, ni ninguna joya Silmaril forjada por un elfo! El pecado original de soberbia del artesano Fëanor no es más que una imagen, una metáfora del orgullo humano que propició las primeras grandes guerras del mundo...

Haraldir no contestó, mordiéndose la lengua para no empeorar una situación que a todas luces se le estaba yendo de las manos. Todos sus sentidos le decían que era el momento de recular, pedir disculpas a los académicos y reencarrilar la evaluación, pero una molesta vocecita en algún lugar de su espíritu le exigía que no lo hiciera. No. No permitiré que la miopía de los Maestros reduzca la belleza, la magia y la maravilla de los pueblos libres de la Tierra Media a una sucesión de guerras entre humanos.

Sabiendo muy bien que debería callar, Haraldir dijo tras un largo silencio:

- Tengo pruebas de que la reina Arwen fue una elfa.

Un murmullo de incredulidad se extendió de nuevo por la sala, interrumpido por una potente carcajada de Thergal el Historiador.

- Empiezo a pensar que evaluamos a un bufón más que a un estudioso, Haraldir. Si de veras crees en tus delirios, deberías intentar al menos que sean coherentes entre sí. La Reina Arwen murió un año después que su esposo Elessar, en la colina de Cerin Amroth. ¿Acaso no dicen tus fábulas que los elfos son inmortales? Aunque claro, también se supone que tenían orejas puntiagudas...

- Mis pruebas afirman que es posible que un elfo renuncie a su inmortalidad uniendo su destino al de los humanos. Así lo hizo Arwen, para desconsuelo de su padre Elrond, que se vio separado así de su hija por toda la eternidad al partir hacia los Puertos Grises... Y no es el único caso. Hay abundantes antecedentes históricos de elfas que se unen carnalmente con humanos, y viceversa...

Un bufido resonó en el anfiteatro, pero no vino de la mesa de obsidiana sino del público. Haraldir pensó que probablemente había sido Irweth, exasperada, pero no pudo girarse a comprobarlo porque ya Thergal le estaba replicando con la voz preñada de hiriente sarcasmo:

- Vaya, vaya, qué oportuno para tus tesis. Así que la inmortalidad es un don al que se puede renunciar a voluntad. Muy conveniente. Aún así, sigue habiendo algo que me preocupa. Si la reina Arwen era una elfa, esto implica que sus hijos fueron... Veamos... ¿Semielfos? ¿Acaso nuestro Rey Esteldur desciende de los elfos?

- Eso parecen indicar mis pruebas, Maestro Thergal.

- ¿Y cuáles son esas pruebas que demuestran lo imposible? ¿Dónde están?

- En un lugar seguro de mis habitaciones, Maestro. Hace dos años encontré un viejo manuscrito conservado en las ruinas de la antigua Biblioteca, destruida en el Gran Incendio de Lethir. Tuve suerte al encontrarlo: había pasado desapercibido a los restauradores porque quedó enterrado bajo capas de ceniza sólo recientemente removidas por la lluvia. Llevé el pergamino a casa y he trabajado en él cuidadosamente desde entonces, manteniéndolo en secreto incluso a mi Maestro.

Haraldir se giró para mirar al anciano Thirion, tratando de disculparse con la mirada. Su Maestro le observaba con una mueca entre sorprendida e irritada que su pupilo no supo interpretar. En ese mismo instante, Haraldir vio cómo el extraño desconocido envuelto en una capa verde se ponía en pie bruscamente y se dirigía hacia la salida a grandes zancadas. El joven aspirante se volvió de nuevo hacia la mesa y continuó hablando:

- No estoy seguro de por qué lo oculté. Los descubrimientos que ese documento contiene son tan revolucionarios e increíbles que no quise presentarlos en público hasta estar seguro de su significado. Tras mucho estudio privado, estoy en condiciones de afirmar que ese pergamino fue escrito por el propio Aragorn hijo de Arathorn, también llamado Elessar piedra de elfo, el Rey que trajo la Paz a nuestras tierras.

Hithrion el Archivero, que había permanecido callado y bastante distraído hasta aquel momento, dejó escapar una exclamación:

- ¡Imposible! No se conservan textos manuscritos del Rey Elessar. ¿Cómo puedes saber que ese documento lo escribió él?

- Por la firma y el lacre, sellado con el emblema Real del Árbol Blanco.

- Una falsificación como tantas otras. ¡Un truco barato!

Haraldir se encogió de hombros y continuó:

- El documento es un diario privado en el que Elessar registra sus pensamientos más íntimos. Muchos van dirigidos a su esposa, Arwen Undómiel, de la que menciona en muchas ocasiones su belleza élfica y sobrenatural.

- Claro que lo hace – repuso Thergal el Historiador – De todos es sabido que Arwen era la mujer más hermosa que había pisado la tierra en siglos. No es extraño que una belleza así recordase la mítica hermosura élfica, lo que explica los cariñosos apodos de su esposo.

- No son sobrenombres, Thergal...

- ¡Maestro Thergal, aspirante! – corrigió con un brillo furioso en la mirada.

- No son sobrenombres, Maestro Thergal, – continuó Haraldir sin inmutarse, sacando valor o inconsciencia de algún lugar de su espíritu – son referencias cotidianas. Elessar no considera extraordinario que su esposa fuera una elfa, lo que indica que tenía frecuentes contactos con su raza. Pero no sólo habla de Arwen en el documento, sino que consigna algunos de los hechos ocurridos durante la Guerra del Anillo previa a la caída de la Torre Negra. Y en todos ellos intervienen de forma más o menos indirecta elfos y otros pueblos libres... ¡No solamente humanos! En la misma batalla del Abismo de Helm participaron al menos un elfo y un enano llamados Legolas “Hoja verde” y Gimli hijo de Glóin. Y en el pergamino se hace referencia a una compañía de elfos arqueros, aunque el texto está deteriorado en este punto, hay versiones contradictorias...

 Bergel el Maestro de la Guerra bufó, sarcástico.

- Elfos luchando en el Abismo de Helm... ¿Quién podría pensar una aberración así? ¿Y qué significa esa referencia a un enano? ¿Un soldado bajito?

- No, Maestro Bergel. Uno de los hijos de Aulë, los cavadores de cavernas y subterráneos, los reyes bajo la montaña. Pero eso no es todo. La historiografía oficial afirma que en esa batalla Elessar y sus aliados lucharon contra un ejército de lobos y salvajes de las montañas.

- Así es. Liderados por Saruman, el Rey renegado de Isengard.

- Pero en el documento de Elessar se menciona que el grueso de las tropas enemigas no estaba formado por humanos, ¡sino por orcos! ¡Orcos! Tanto en su variedad primigenia como en una forma evolucionada llamada uruk-hai, creada por el mismísimo Saruman... Que no fue ningún Rey humano, sino un Istari renegado, uno de los cinco magos enviados por los espíritus creadores Valar a la Tierra Media para protegerla. Su contrapartida fue Gandalf, también llamado Mithrandir, que puso fin a la batalla de Helm llegando en la hora decisiva con un ejército de hombres y Ucornos, árboles vivientes que eliminaron a...

- Orcos, magos, elfos, árboles que caminan... – le interrumpió Bergel – Veo que no tiene usted idea del arte de la guerra, pero sí una imaginación envidiable. Dígame, por curiosidad, ¿también había orcos y monstruitos en la batalla de los campos del Pelennor?

- Por supuesto. Orcos, trolls, huargos, y los nueve Nazgûl, los Espectros del Anillo, acechando desde monturas voladoras.

- Espectros. Lo que nos faltaba. En los campos del Pelennor combatimos contra un ejército de Haradrim del sur con sus olifantes de guerra, corsarios de Umbar, tribus salvajes del este... Feos, sin duda, pero humanos y no orcos deformes. Todos ellos bajo las órdenes de Sauron, un caudillo tribal de las tierras áridas de Mordor que les prometió tierras y riqueza a modo de recompensa.

- ¡Sauron no fue ningún jefe tribal, sino un Maia, el Señor de los Anillos, el sirviente de Morgoth, el Azote de la Tierra Media! ¡Un poder que sólo fue vencido gracias a la destrucción  del Anillo Único a manos de un mediano, Frodo Nuevededos, al que el mismo Rey Elessar rindió pleitesía!

- ¿Mediano? – intervino Thergal el Historiador - ¿Ahora introduces una nueva raza mítica para burlarte de nosotros? Frodo fue un asesino humano que penetró en Mordor con un único sirviente y mató a Sauron mientras dormía, otorgando a Elessar una ventaja significativa en la Batalla de la Puerta Negra. Eso del Anillo que vuelve invisible a quien lo porta no es más que una exageración mítica de la habilidad del asesino Frodo para esconderse en cualquier entorno, de modo que pasaba inadvertido hasta llegar a su objetivo.

- Con todos mis respetos, eso es absurdo. El Rey Elessar habla largo y tendido en mi pergamino sobre la hazaña de la destrucción del Anillo, que provocó el fin de Sauron y la caída de la Torre Negra...

- ¿Cómo? ¿Destruir una baratija derribó una Torre de piedra y acero?

- Lo que quedó destruido fue el poder del Señor Oscuro. Libres de su influencia, los orcos y trolls se desbandaron, perecieron o se refugiaron en tierras lejanas, donde...

En ese momento el imponente Decano Ectheror se puso en pie violentamente, claramente furioso, y gritó con su voz penetrante:

- ¡Basta! ¡No voy a soportar más tanta insolencia y estulticia! Tan sólo hay Hombres y animales en el mundo, joven Haraldir, y los primeros somos los favoritos de Eru Illúvatar,  los amos de la creación. ¿Le parece poca la diversidad existente entre razas humanas, o entre hombres y mujeres, como para añadir una retahíla de seres absurdos? Elfos, enanos, medianos, orcos... ¿Qué será lo siguiente que intentaría usted incluir en los libros de texto? ¿Los trolls de los cuentos infantiles que se convierten en piedra al salir el sol? ¡Bah! Está tratando de introducir magia y superstición en el templo de la sabiduría, muchacho, más allá de la sección a la que en justicia pertenece: la de folclore. No sé si considerarle un ingenuo, un loco o un fanático, pero lo que sí tengo claro es que no está cualificado para unirse a los bibliotecarios en la sagrada tarea de mantener la llama de la ciencia. Voy a rechazar su ingreso en la biblioteca, joven Haraldir, y me encargaré personalmente de que no pueda acceder a una reevaluación hasta que se haya disculpado ante el tribunal, aprendido algo de humildad... Y, sobre todo, a distinguir entre realidad y fantasía. 

Irweth dejó escapar un “¡no!” claramente audible en toda la sala. Haraldir notó una horrible opresión en su alma, y se sintió terriblemente pesado y falto de energías. Sin embargo, la emoción que acabó embargándole, surgiendo en oleadas de algún rincón ignoto de su interior, fue la ira. Una ira cálida, burbujeante, que le empujaba a rebelarse contra la cerrazón de sus superiores y a vengarse de ellos con una última pulla. Pero no podía hacerle eso a Irweth... Tratando de tragarse su orgullo, Haraldir empezó una disculpa o al menos algo vagamente parecido.

- Siento profundamente que mis palabras hayan podido parecer faltas de respeto, Decano Ectheror, ya que no es eso lo que pretendía. Entiendo que mis ideas sean difíciles de aceptar para aquellos sin una mente inquisitiva. Y si se demostrase que mi pergamino es una falsificación, yo mismo me retractaré de mis afirmaciones y concederé a este tribunal que nunca existieron elfos, magos y orcos. Pero sin embargo...

Calla, calla, calla, calla...

- Y sin embargo, los elfos existieron. Fue Gil-Galad, un elfo, quien acompañó a Elendil en la batalla de la Última Alianza. Fue Círdan, un elfo, el artesano que creó los restos que vemos en los Puertos Grises. ¡Las huellas de los elfos están entre nosotros! Y, desgraciadamente, no sólo las suyas... ¡No todos los orcos murieron con Sauron! Aún quedan acantonamientos cerca de nuestras fronteras, más cerca de lo que creéis... ¡Pronto sus zarpas volverán a profanar nuestras tierras, pasando por la espada a nuestros hijos, mancillando las cosechas, quemando nuestros pueblos! Entonces lamentaréis haberlos olvidado, pero será ya demasiado tarde para el Reino y para todos nosotros.

Haraldir nunca supo qué le impulsó a soltar esa vacía amenaza. Tal vez las ganas de ser tomado en serio, de despedirse de la asamblea con un golpe de efecto... En cualquier caso, la reacción fue inmediata. Los nueve sabios se pusieron en pie de golpe, algunos de ellos haciendo gestos a los chambelanes de la guardia para que interviniesen. Varios de ellos gritaron improperios dirigidos al estudiante, y el griterío pronto se extendió al público. Haraldir avanzó corriendo hacia la salida, al borde del llanto, sin atreverse a mirar a Irweth ni a su Maestro Thirion. Antes de que nadie le retuviese, atravesó las puertas de mármol sintiendo que se ahogaba y corrió hacia las calles de Minas Tirith, ansiando sentir aire fresco en la cara.

 

La noche era particularmente oscura, ya que una espesa capa de nubes cubría la luna y las estrellas. Horas después de la malhadada evaluación, el anciano Thirion corría por los callejones cercanos a la residencia de Haraldir llevando una antorcha en la mano. Cada pocos segundos gritaba el nombre de su pupilo, con tono cada vez más alarmado. Finalmente, localizó a Haraldir sentado en un sucio callejón, inconsciente y sosteniendo una bota de vino en una mano. Thirion se arrodilló a su lado y le despertó con un par de bofetadas, tal vez un poco más contundentes de lo estrictamente necesario. Haraldir abrió los ojos, sobresaltado pero moderadamente despierto, así que Thirion le dio gracias a Eru por no permitir que se emborrachase demasiado.

- ¡Déjeme en paz, Maestro! – pidió Haraldir con voz pastosa. – Sólo quiero un poco de calma y tranquilidad...

- No te va a ser fácil, muchacho. Escucha, no sé cómo decirte esto de una manera suave, así que voy a ser directo: Irweth ha desaparecido, y creo que ha sido secuestrada.

El miedo espabiló a Haraldir de forma mucho más eficiente que las bofetadas. Se incorporó, enérgico pero aún algo tambaleante, apoyándose en su Maestro mientras pedía más información con la mirada.

- Alguien ha asaltado tu casa. Ven, te lo enseñaré – dijo Thirion, y le ayudó a caminar a paso vivo hacia su residencia. La mente obnubilada de Haraldir aún trataba de asimilar lo que estaba ocurriendo: demasiados sucesos para un cerebro bañado en vino.

Haraldir vivía solo en una casita, no muy grande pero sí bien cuidada, aislada en uno de los círculos exteriores de Minas Tirith. Cuando alumno y maestro llegaron allí, vieron la puerta de madera de la entrada reventada, aparentemente a hachazos. Haraldir se abalanzó sobre los restos de la puerta y entró en su casa, sintiendo una angustia creciente en su interior. Casi todos los muebles habían sido destrozados, y las puertas de armarios y habitaciones colgaban desencajadas de sus goznes. Todos sus pergaminos y libros estaban esparcidos por el suelo de cualquier manera, algunos de ellos pisoteados, rasgados y dañados. Años de paciente clasificación y conservación habían quedado destruidos.

- ¿Cómo puede ser que ni guardas ni vecinos oyeran nada? – se lamentó Thirion, entrando en la casa tras él.

- Esta es una zona muy tranquila, casi nunca hay nadie... – respondió Haraldir en tono fúnebre - Por eso la elegí, no quería ruidos que me distrajeran de mis estudios. ¿Cómo sabes que Irweth ha desaparecido?

Thirion hizo un gesto con la mano señalando al dormitorio.

- Vine a buscarte para hablar contigo, y me encontré con este desastre. Sobre tu cama vi un fragmento de la capa que Irweth llevaba esta tarde...

Al oír esto Haraldir corrió hacia su cuarto, abriéndose paso entre los escombros. Cogió delicadamente el jirón de tela al verlo sobre el lecho, dándose cuenta, horrorizado, de que estaba manchado de sangre. No pudo articular palabra durante un buen rato, ni apartar su mirada de la tela.

- Si te sirve de algo – trató de consolarlo Thirion – el hecho de que se la hayan llevado en lugar de matarla aquí mismo es una buena señal. Además, tan sólo hay sangre en la tela, no en la cama ni en el suelo o las paredes... Eso parece indicar que la herida que haya podido recibir Irweth no es demasiado grande.

- ¿Quién...? ¿Quién podría querer...?

- Razonemos juntos, Haraldir. Para saber el quién, antes tendríamos que aclarar el qué. Han revuelto tus cosas buscando algo. ¿Notas que te falte alguna cosa?

Haraldir se encogió de hombros, y esbozando una torcida sonrisa señaló con las manos al caos de papeles y libros en que se había convertido su ordenado mundo.

- Hay una explicación bastante obvia, pupilo. Esta tarde has hablado de un documento escrito de puño y letra del Rey Elessar. Tal vez alguien lo oyó y haya decidido apoderarse de él. Dijiste que lo tenías escondido en tus habitaciones, ¿no?

Antes de contestar, Haraldir plegó cuidadosamente el trozo de ropa de Irweth y lo guardó en el zurrón que colgaba a su costado. Se sentía culpable por muchos motivos: por haberla decepcionado en la evaluación de la tarde, por huir del anfiteatro sin tan siquiera mirarla, por emborracharse mientras ella se enfrentaba sola a los desconocidos asaltantes. Con estos negros pensamientos bailándole en la cabeza, no le fue fácil centrarse en las palabras de su Maestro.

- Deberías comprobar si el pergamino está en su sitio, muchacho. ¿Dónde lo escondiste?

Con movimientos torpes y mecánicos, Haraldir se dirigió a la pequeña cocina de la casa, que estaba tan revuelta como el resto de habitaciones. Una vez allí, metió la mano tras la chimenea y apretó un ladrillo aparentemente igual al resto. Se oyó un suave clic, seguido de un ruido rasposo a medida que cuatro piedras se abrían revelando un pequeño hueco.

- Fue Irweth quien descubrió este escondrijo – explicó Haraldir mientras hurgaba en el interior del agujero – Seguramente fue usado durante alguna guerra para esconder pequeñas cantidades de oro o joyas y salvarlas así del pillaje. Me pareció suficientemente seguro como para guardar el pergamino... Y sí, todavía sigue aquí. O bien no lo han encontrado o  no era eso lo que andaban buscando.

Haraldir sacó un apretado pliego de pergaminos del interior del hueco, protegidos con una cubierta de cuero. Al verlo, una sonrisa apareció en el rostro de Thirion, y tal vez por un juego de luces provocado por la llama de la antorcha, a Haraldir le pareció falsa y fría.

- No me extraña que no lo encontrásemos... Lo escondiste realmente bien, muchacho, para ser tan rematadamente estúpido.

- ¿Qué has dicho? – preguntó Haraldir, horrorizado.

- Que no tienes muchas luces, aprendiz. Deja que te ilumine un poco... – Apenas hubo acabado de hablar, Thirion golpeó la cara de Haraldir con la antorcha de su mano. A pesar de tener buenos reflejos, el joven no pudo esquivar del todo el golpe, y notó cómo el tizón ardiente impactaba en su frente, con un crujido y un siseo. El dolor del golpe y la quemadura fue atroz, apenas soportable, y le hizo caer de espaldas al suelo. Ni siquiera se dio cuenta de que había soltado el libro de Elessar, que Thirion apartó de una patada mientras su pupilo se retorcía en el suelo, temiendo que se le hubiera prendido fuego al cabello. Sin darle tiempo a reaccionar, Thirion plantó una bota sobre el pecho de su alumno para inmovilizarlo. Al mismo tiempo, sacó un afilado estilete de algún lugar de sus ropajes y lo acercó peligrosamente al cuello de Haraldir.

- No te muevas, muchacho – oyó el joven entre la niebla del dolor y el miedo – No te mataré si respondes rápidamente a mis preguntas. ¡Asiente con la cabeza si me entiendes!

Totalmente aterrorizado y aún intentando hacerse a la idea de que su mentor durante los últimos cinco años le estuviese tratando de esa manera, Haraldir movió la cabeza afirmativamente.

- Esta tarde has hablado de un acantonamiento de orcos. ¿Era una simple bravata o tienes conocimiento de que se vaya a producir un ataque a la ciudad?

- ¿C... Cómo? No sé nada de n...ningún ataque orco, Maestro.

Thirion rió suavamente. Haraldir había oído esa risa a menudo, pero nunca antes le había parecido tan siniestra como en ese momento.

- Perfecto. Muere tranquilo, entonces... Lamento que alguien tan inquisitivo como tú tenga que morir sin haberse enterado de nada.

Thirion levantó el estilete, preparado para asestar un golpe mortal, y Haraldir apenas pudo revolverse débilmente, abrumado por el dolor en la cara y aplastado bajo el peso del vigoroso anciano. Pero en ese mismo instante, una daga arrojadiza surgió de las sombras de la habitación contigua y se clavó en la espalda de Thirion. Con un grito de dolor y sorpresa, el anciano dejó caer la antorcha y el estilete y se desplomó de rodillas al lado de Haraldir. Inmediatamente la antorcha prendió fuego a varios de los papeles esparcidos por la habitación, y algunas áreas del entarimado de madera empezaron a arder. Mientras manoteaba tratando de sacarse la daga de su espalda, Thirion movió los labios como si intentase decir algo, pero lo único que salió de ellos fue una burbuja de sangre. Haraldir se apartó a cuatro patas del anciano herido y del conato de fuego, tratando torpemente de levantarse... Y en ese momento entró en la habitación el salvador del joven. Haraldir esperaba encontrarse a su padre o a un guardia de la ciudad, pero se quedó de una pieza al ver aparecer al extraño embozado en una capa verde que había asistido a la primera parte de su desastrosa presentación. Thirion pareció reconocerlo, ya que su cara ya afectada por el dolor se desfiguró en una mueca de odio. El anciano recogió del suelo la antorcha, y aún de rodillas no la utilizó para atacar al extraño o a Haraldir, sino que la lanzó sobre el libro de Elessar. Haraldir gritó como si le estuvieran torturando: por nada del mundo podía permitir que el libro sufriera daño. Así que mientras veía por el rabillo del ojo cómo el extraño recién llegado y Thirion se enzarzaban en un forcejeo, y haciendo caso omiso al fuego y al sofocante humo que empezaba a inundar la habitación, el aspirante a bibliotecario se arrojó sobre el libro en llamas con todo su peso, pensando que así lo apagaría. Desgraciadamente, su ímpetu fue tal que golpeó una estantería de madera que ya había empezado a arder, y que se desplomó encima suyo ruidosamente.

La última imagen que vio Haraldir antes de perder el conocimiento fue a Thirion abalanzándose sobre el hombre encapuchado, con un aullido que no podía provenir de una garganta humana.

 

Le despertó un olor intenso y vivificante, como de menta fresca. Al abrir los ojos, se encontró tumbado en un blando diván de una habitación pequeña pero lujosamente amueblada. Ante él, el extraño de la capa majaba hierbas en un cuenco de madera y las mezclaba con aceite. Ya no llevaba puesta la capucha, pero al estar de espaldas no pudo verle la cara. Haraldir trató de incorporarse, notando al instante un pinchazo en las costillas que le hizo gemir de dolor. Sintió también que la frente le ardía, de fiebre o a consecuencia de las quemaduras.

- No te muevas demasiado, Haraldir – le aconsejó el extraño, sin dejar sus hierbas ni volverse – Aún no estás repuesto del todo.

La voz le resultó al joven extrañamente familiar.

- ¿Quién…? ¿Quién eres?

- Si te dijese que tengo sangre élfica en mis venas me creerías, ¿verdad?

- ¿Qué…?

Y en ese momento el extraño se dio la vuelta, y Haraldir reconoció de inmediato la cara joven y sonriente de Esteldur, Rey de Gondor y Arnor, heredero de Elessar. Al fin y al cabo, le había visto bastantes veces antes: no sólo en la ceremonia de coronación y en alguno de sus discursos, sino grabado en las mismísimas monedas de plata.

- Mi señor…

Totalmente anonadado, Haraldir pensó que debería saludarle con una genuflexión y volvió a tratar de levantarse, pero Esteldur se le acercó rápidamente y le detuvo con un gesto.

- No es momento de formalidades. Soy tu Rey, sí, pero ya que estoy de incógnito, mejor será que te comportes como si no lo fuera. Por ejemplo, te agradecería que no me llamaras por mi nombre...

- ¿Cómo he de llamaros, pues?

- Elige el nombre que prefieras, no me importa. Cuando trato de pasar desapercibido me suelen llamar Castar, que significa “moneda” en una lengua occidental. Es una especie de broma de quienes saben mi secreto…

Mientras decía estas palabras, Esteldur empapó una tela en el líquido del cuenco y la aplicó sobre la frente de Haraldir. Al instante, el joven herido sintió el frescor extendiéndose por su cuerpo y mitigando el escozor de las quemaduras. La cara de alivio de Haraldir debió de ser bastante evidente, ya que Esteldur sonrió y susurró unas palabras en un idioma incomprensible.

- Dicen que las manos de un rey son manos que curan – susurró Haraldir, cerrando los ojos y disfrutando del frescor – Me alegra comprobar que hay verdad tras los refranes.

- Algo hay, en efecto. Y por lo que pude oír esta tarde, sabes mucho de encontrar la verdad tras las leyendas, amigo Haraldir.

Esteldur se levantó y señaló a un libro depositado a los pies del diván. Haraldir reconoció el pergamino de Elessar, algo chamuscado pero bastante intacto.

- He estado leyendo el diario de mi antepasado mientras dormías. Mucho de lo que en él se dice ya lo conocía, pero me ha reconfortado leer la historia de Elessar explicada por él mismo. Siempre le he admirado, por su valor al actuar… Y por su paciencia al esperar.

- Decís que… ¿Ya conocíais los detalles de la vida de Elessar? ¿Y sabíais ya que Arwen…?

- ¿Era una elfa? Por supuesto, Haraldir. Hay historias que han pasado de generación en generación, de padres a hijos, durante siglos. No te dejes engañar por la actitud de los eruditos: no todo el mundo ha olvidado a elfos, enanos… Y orcos.

- Pero… ¡No lo entiendo! Si sabéis que lo que expliqué esta tarde en el anfiteatro es cierto… ¿Por qué no lo proclamasteis? ¡La palabra del Rey dándome apoyo hubiera sido…!

- Hubiera sido un error completamente fuera de lugar, Haraldir. Como Rey, dirijo a mi pueblo, le gobierno y protejo de agresiones externas, pero no les dicto lo que deben pensar ni lo que deben creer. Yo sé de la existencia de los elfos pero no he visto ninguno jamás: tal vez todos hayan partido a las Tierras Imperecederas, o prefieren permanecer en secreto y no ven mal ser olvidados por la historia humana.

Se encogió de hombros y continuó:

- El Gran Incendio de Lethir hizo desaparecer la mayor parte de documentos de antes de la Caída de la Torre Negra. A partir de aquí, el olvido y la confusión hicieron su trabajo, simplemente con el paso de las décadas y los siglos. Visto en retrospectiva, quién sabe si el mismo incendio fue urdido con ese propósito…

Las preguntas y las urgencias se apelotonaron en la cabeza de Haraldir, pisoteándose unas a otras. Enseguida se abrió paso la más importante de ellas:

- ¿Qué sabéis de Irweth?

Esteldur no contestó, sino que clavó la vista en el suelo, apesadumbrado. Una sombra descendió sobre el corazón de Haraldir, que empezó a temer lo peor.

- Antes de contestar a esa pregunta, será mejor que te explique qué creo que está ocurriendo y en qué os habéis involucrado. – Esteldur hizo una breve pausa, como si estuviera ordenando sus ideas, y continuó. – Hace bastantes años que sospecho de la existencia de una conspiración para derrocarme y poner fin a la dinastía de Elendil. No estoy seguro de quién está involucrado en ella, pero creo que entre los conspiradores hay descendientes de los antiguos senescales, al menos tres Maestros de la Biblioteca y un pequeño número de nobles descontentos. No sé exactamente cómo planean sublevarse, pero he descubierto algo bastante siniestro en sus propósitos: pretenden emplear un ejército de orcos en su revuelta.

- Thirion… ¡Thirion dijo algo de un ataque orco a la ciudad! – balbuceó Haraldir.

- Al parecer creyó que sabías algo de eso. Me han llegado noticias de tu bravata final ante el tribunal: debiste decir algo más acertado de lo que imaginabas… Me hubiera gustado ver la cara de los conspiradores en ese momento. Es irónico: te inventaste una amenaza y acabó resultando cierta de todas maneras.

Esteldur sonrió torcidamente, lo que le dio un aire ligeramente siniestro. Haraldir le contempló fascinado, ya que nunca le había visto tan de cerca. Sus rasgos eran juveniles y blandos, pero su mirada reflejaba una inteligencia y dureza insospechadas. Haraldir pensó que probablemente los conspiradores le subestimaban tomándole por un joven inexperto, pero supo que se equivocaban completamente. En su espíritu ardía el fuego propio de los Montaraces, una chispa de independencia, valor y discreta astucia.

- ¡Estúpidos! – exclamó Esteldur, cerrando los puños – En sus ansias de derrocarme están recurriendo a fuerzas que no sabrán controlar. Ninguno de los conspiradores tiene el poder de Sauron o Saruman, y no podrán atenazar el corazón de los orcos para usarlos en sus propósitos sin pagar un precio mayor del que imaginan. El propio Thirion fue devorado por una fuerza más que humana, un poder al que no estoy seguro de saber nombrar aún. Poco quedaba ya en él del maestro que conociste…

Haraldir se estremeció al recordar la mueca inhumana de Thirion mientras le quemaba, y se palpó la cara en busca de ampollas o cicatrices. Al verlo, Esteldur apartó la tela de su frente y dijo:

- Seguramente quede alguna marca en tu rostro, aunque he podido sanar lo peor de tus quemaduras. No te preocupes: aparte de alguna cicatriz no has quedado desfigurado.

- ¿Dónde está Irweth? – volvió a preguntar Haraldir.

Esteldur suspiró profundamente.

- Al atardecer fui a tu casa para hablar contigo de los sucesos del día. Me sentía en la obligación de confirmarte en tus creencias, y tenía ganas de ver el libro de Elessar. Pero cuando llegué, me encontré con la casa destrozada, y un rastro más o menos fresco que se perdía entre los callejones de la ciudad. Seguí el rastro como buenamente pude, aunque no resulta fácil en un entorno urbano, y llegué a una portilla enrejada en el muro exterior de la ciudad. Las rejas habían sido cortadas, y por ellas habían entrado los asaltantes. Salí al exterior, y encontré sobre el prado un buen montón de huellas, algunas pertenecientes a un carromato pesado. Desgraciadamente, el rastro se perdió enseguida, ya que las huellas se confunden pronto con las del resto de carretas que entran cada día en Minas Tirith. Así que volví a tu casa, vi las llamas asomando… Y te encontré justo a tiempo.

- Mi casa…

- Ha ardido hasta los cimientos, me temo, junto al cuerpo de Thirion.

Haraldir meneó la cabeza, aturdido. Esteldur trató de reconfortarle apoyando una mano en su hombro y susurrando:

- Sé que Irweth sigue viva. Mis ojos ven más lejos que los de mucha gente, y tengo acceso a una fuente de información increíblemente valiosa. – Pareció reflexionar unos momentos, intentando tomar una decisión – Lo mejor será que te la enseñe. Deberías aún guardar reposo, pero te quedarás más tranquilo si ves antes lo que yo he visto.

Esteldur ayudó a Haraldir a incorporarse y a caminar apoyándose en su hombro. De esta guisa, le guió por empinados tramos de escaleras y largos pasillos de lo que Haraldir imaginó sería el Palacio Real. No hablaron durante el trayecto: Esteldur parecía estar concentrándose y Haraldir estaba demasiado preocupado por Irweth como para tener ganas de charlar. Finalmente, ambos llegaron a una habitación diminuta, sin ventanas y sin ningún tipo de mueble excepto por un pequeño pilar de piedra blanca. Sobre un soporte situado en el pilar descansaba una esfera negra, de un material reluciente que recordaba a la obsidiana. Esteldur soltó a Haraldir, que se mantuvo en pie como pudo, y se acercó lentamente a la esfera.

- Esto te encantará, amigo Haraldir. Lo que ves aquí es un palantir, una de las piedras videntes fabricadas en la antigüedad por los elfos de Valinor. Permaneció durante años en Orthanc, la torre de Saruman, y allí sirvió a propósitos oscuros hasta que fue recuperada, domada y traída aquí por Aragorn Elessar. Si se tiene la determinación y el poder suficientes, mirando en su interior pueden verse tierras y sucesos lejanos, aunque no siempre es fácil interpretarlos. Hay una fuerza antigua e incontrolable en esta piedra…

Esteldur cerró los ojos y apoyó las manos sobre el palantir, susurrando unas palabras que Haraldir no comprendió. No se apreció ningún cambio particular en la piedra, pero los músculos de Esteldur se tensaron y en su frente no tardaron en aparecer gotas de sudor, como si estuviera realizando un gran esfuerzo.

- Cuando… Cuando la piedra se ilumine… - dijo Esteldur entre sus labios apretados – Apoya tus manos sobre las mías y cierra los ojos. Entonces verás lo que estoy viendo.

Haraldir se aproximó al rey, preparándose para actuar. Fascinado, contempló cómo aparecían vetas rojas en la piedra, que se movían por la negra superficie como olas sobre el mar. Al cabo de un rato, toda la piedra relució con un brillo carmesí, que aumentaba y disminuía en silenciosos latidos. Más asustado de lo que quería admitirse a sí mismo, Haraldir cerró los ojos y tocó las manos de Esteldur.

Al instante le asaltaron centenares de imágenes contradictorias, destellos de información y luz que no supo interpretar. Un horrible mareo le invadió, y estuvo a punto de desplomarse. Con un enorme esfuerzo, trató de permanecer firme y centró su atención en una de las imágenes, intentando ignorar las demás. Al cabo de un rato que se le hizo eterno, Haraldir logró enfocar esa escena y el resto desapareció.

Vio desde una gran altura una carreta cubierta de lonas entrando en un valle entre montañas, en un paraje árido y seco que no supo reconocer. La imagen se fue agrandando a medida que el punto de vista de Haraldir se acercaba más y más, hasta que pudo distinguir todos los detalles del carromato con una claridad increíble. De pronto, la tela que cubría la carreta se apartó, y de ella salió corriendo, de un salto, una figura femenina con las manos atadas a la espalda. Era Irweth, y al verla Haraldir intentó gritar su nombre sin conseguirlo, como si estuviera dentro de una pesadilla. Aún llevaba la capa rasgada y ensangrentada, y ahora Haraldir pudo distinguir la herida, aliviado al ver que no era grave: una cicatriz en la frente, torpemente vendada. Irweth iba descalza, y Haraldir se estremeció al verla correr por aquel pedregal, con la cara contraída en una mueca más de furia que de dolor o espanto. Inmediatamente, una figura chaparra y encorvada salió de la carreta en persecución de la fugitiva, lanzando horribles gritos guturales en un idioma desconocido. Haraldir quedó aterrorizado al reconocer los rasgos de los que había oído hablar tantas veces: la nariz vagamente porcina, la cara surcada por cicatrices y remiendos, la piel coriácea y verdosa, las orejas puntiagudas en horrible parodia de las élficas. Al correr, la criatura arrastraba sus larguísimos brazos al lado del cuerpo, pero no se movía con torpeza sino a una gran velocidad y con cierta gracia macabra. ¡Corre, Irweth, corre!, pensó Haraldir, dándose cuenta de que su amada no tenía muchas posibilidades de escapar. Sin embargo, no pudo ver nada más, ya que el palantir pasó a mostrarle otra imagen tras un fugaz destello rojo.

Ahora Haraldir sobrevolaba un tosco campamento levantado en el margen de un río no demasiado caudaloso. Era de noche, con lo que sólo pudo distinguir lo poco que dejaban ver las hogueras encendidas. Las tiendas eran pequeñas y negras, y de ellas entraban y salían centenares de orcos contrahechos similares al que acababa de ver. Otras criaturas, sombras gigantescas apenas iluminadas por las hogueras, se paseaban a paso lento y pesado por la orilla del río. Todos los orcos estaban armados con espadas largas y relucientes, y llevaban armaduras extrañamente nuevas. Horrorizado, Haraldir reconoció el emblema de Gondor en alguno de los petos, y la forma de las armas le resultó horriblemente familiar. ¡Esos orcos habían sido pertrechados por humanos!

La entrada de una de las tiendas cercanas se abrió bruscamente, y de ella surgieron dos figuras. Una de ellas era el rollizo Maestro de la Guerra, Bergel, que sostenía con admiración y curiosidad un extraño cilindro corto de metal que Haraldir reconoció intuitivamente como un arma. La otra figura era un humano muy alto, anciano, de larga barba y que se apoyaba en un bastón de madera. Llevaba una túnica parda, y tenía una expresión oscura y apagada en el rostro. Haraldir sintió un enorme poder procedente del desconocido, una magia antigua y descomunal que le oprimió el espíritu y le hizo sentirse insignificante. De repente, el anciano se detuvo y levantó la cabeza como si hubiera oído algún ruido repentino.

- Alguien nos está observando – dijo con una voz que sonó como un crujido.

El Maestro Bergel se sobresaltó y miró a su alrededor, blandiendo el cilindro de metal. El anciano de barba blanca, en cambio, observó larga y fijamente a Haraldir, o eso le pareció al joven. Finalmente, el desconocido dejó escapar una ronca carcajada.

- Parece que el mismísimo Rey Esteldur ha venido a vernos, Bergel, junto a ese idiota presuntuoso del que me has hablado… No hay esperanza para el servidor de la esperanza, Esteldur. Tu reinado pronto tocará a su fin, y degustaré tu sufrimiento hasta que compense el que he experimentado yo a causa de tu pútrida dinastía.

El anciano levantó su cayado y lo apuntó hacia Haraldir, y en ese instante el joven sintió un calor abrasador extendiéndose por su alma. La imagen desapareció, y Haraldir se vio rodeado de nuevo por flashes inconexos que le mostraban durante brevísimos segundos extraños personajes y situaciones, pasados o por llegar. Se vio a sí mismo de niño, corriendo tras las infantiles faldas de una Irweth que ya le tomaba el pelo entonces. Vio al rey Esteldur luchando contra un enorme contingente de orcos, acompañado sólo por dos enanos que blandían hachas de doble filo. Se vio a sí mismo ataviado con la armadura de los soldados de Gondor, solo en la cima de una colina con la espada desenvainada, contemplando a un ser gigantesco que trepaba por la ladera para matarle. Vio a Irweth y a Esteldur corriendo cogidos de la mano, huyendo de un peligro innombrable que les seguía muy de cerca. Vio el cilindro de metal del Maestro Bergel escupiendo fuego, y sintió un terrible dolor en el pecho. Vio el círculo exterior de Minas Tirith en llamas…

Y de repente, como si se hubiera cerrado una puerta de golpe, volvió a encontrarse en la habitación del palantir, con las manos apoyadas en las del rey Esteldur. Con un gemido, Haraldir cayó desmayado al suelo, dedicando su último pensamiento, antes de refugiarse en la inconsciencia, a la enormidad de la tarea que le esperaba hasta poder volver a abrazar a su perdida Irweth.

 

Así fue como el estudioso Haraldir, que nunca había sospechado que pasaría a formar parte de una de sus historias, desencadenó la serie de acontecimientos que llegarían a ser conocidos como la Guerra de la Esperanza, y que no van a ser detallados aquí. Pero antes de terminar esta narración, tal vez sería importante detenerse un instante en la reacción del rey Esteldur instantes después de su segundo escrutinio de la piedra vidente.

Esteldur apartó las manos del palantir, respirando agitadamente y con la cara lívida por el esfuerzo. Lentamente, una sonrisa empezó a aparecer en su rostro. Había visto un destello de su futuro, y la preocupación que sentía se veía compensada por dos alegres pensamientos. El primero, que por fin sabía con quién se enfrentaba: había visto su cara, y pronto podría poner un nombre al poder oscuro detrás de la conspiración.

El segundo pensamiento que le confortaba tenía que ver con la última visión mostrada por el palantir, que Haraldir, para su desgracia, no había llegado a contemplar. Esteldur vio cómo, entre las llamas que asolaban las casas de Minas Tirith, aparecía un fulgor blanco, un relámpago de luz brillante y furioso. Vio una columna de seres etéreos caminando por las calles de la ciudad, con largos arcos en sus espaldas y relucientes espadas desenvainadas.

 

Aún había elfos en la Tierra Media, y esperanza en el corazón de los humanos.