Las ciénagas

por J. Santiago Álvarez Muñoz "Narnaron"

Tercer Puesto, Premios Gandalf 2007

 

 

“A ambos lados y al frente de los viajeros se extendían grandes ciénagas y marismas, internándose al este y al sur en la penumbra gélida del alba. Unas brumas y vahos brotaban en volutas de los pantanos oscuros y fétidos. Un hedor sofocante colgaba en el aire inmóvil”.

 J.R.R. Tolkien, EL Señor de los Anillos

1

Es muy posible que aquellos que estén al tanto de las noticias sobre el regreso de la Sombra al desolado Dol Guldur no hayan reparado en Alknar. Los grandes acontecimientos de nuestro pasado reciente permanecen en la memoria de las gentes, mientras que los sucesos más furtivos y vulgares resbalan fuera de su atención. Así, todos habrán oído hablar de los recientes movimientos de orcos en las llanuras de Rohan, o de la muerte de Dáin I, Rey de los Enanos, por uno de los Dragones; seguramente también conocerán las incursiones en el Norte de los pueblos Orientales al servicio del antiguo Enemigo, y las renovadas alianzas entre nuestro pueblo y los rohirrim; pero del triste y viejo Alknar nada sabrán. Y esperemos que continúe así, al menos por un tiempo.

Ahora, tras haber guardado un prudente silencio, vuelvo a reflexionar sobre lo sucedido en mi viaje a aquella olvidada población. La distancia no ha borrado las terribles impresiones que marcaron mi memoria, pero mi tiempo se acaba y me resta un único viaje, y antes de hacerlo deseo relatar lo que viví en el año 2643, en aquellos días de oscuridad, de gris y ceniza.

Por aquel entonces ejercía la no siempre respetable profesión de mercader, intentando recuperar cierto desahogo económico que echaba en falta. No siempre respetable, decía, puesto que a eso obliga el exigente y distinguido público de Minas Tirith, que necesita constantemente una novedad en el mercado que le sorprenda o que les haga destacar sobre sus vecinos y rivales, sin importar el precio que pueda suponer. Se trata de una clientela decadente y pomposa, disminuidos herederos de sus hermanos en la Isla de la Estrella, a los que han tratado de emular en grandeza, sin advertir que esta no se encuentra en los perfumes ni en las ropas bordadas de oro, sino en el espíritu que los alentaba. Aun así, muchos hombres intrépidos como yo hemos viajado por el mundo en busca de las más inverosímiles materias para saciar esa sed de grandeza. El fin más alto para un mercader gondoriano es conseguir algún artículo que imponga una nueva moda entre las clases más altas de la Ciudad Blanca y, por tanto, el enriquecimiento definitivo de su bolsa. Como dichas modas se repiten de manera circular varias veces al año son muchas las oportunidades de hacerse rico, y un hombre ávido de ello no repara en medios para tal fin.

En mis viajes he conocido los más dispares destinos, donde uno puede hallar cosas sorprendentes si sabe buscar. Estos lugares llenos de novedades son a menudo peligrosos, y siempre lejanos. Por este motivo he encaminado mis pasos desde Harad hasta Rhûn, e incluso he pisado la legendaria ciudad de Barghtash, en los confines del lejano Khand, intentando conseguir artículos fantásticos, aunque la suerte con mis compatriotas ha sido dispar, por utilizar un eufemismo.

Ensayé numerosas innovaciones en mi mercancía, y éstas obtuvieron de normal nulo o poco éxito: mi marfil de olifante nunca llegó a hacerse con el prometedor hueco del mercado que yo intuía, los perfumes de vino de Dorwinion no terminaron de imponerse y, desde luego, mi masiva y desesperada importación de piel de huargo resultó ser, no sólo el disparate propio de una mente desequilibrada, sino un rotundo fracaso comercial.

Por eso, no debe extrañar que el día que sobrevino el éxito de ventas de la Eldarael, conocida popularmente como “lágrima de elfo”, yo fuera el primer sorprendido. Parecía una apuesta perdida desde el principio, pero resultó ser mi mayor acierto. Se trataba de un pigmento mineral que se conseguía al moler un extraño mineral protuberante que en bruto mostraba un aspecto mate poco atractivo, pero que al mezclarlo con aceites esenciales y aplicarlo sobre el tejido lo transformaba de manera dramática. Aportaba a la tela una apariencia aterciopelada y brillante que impresionaba, y transmitía la sensación de un movimiento ondulante del propio material, como si éste tuviera vida propia. Después de un par de ventas apresuradas, el rumor sobre “el mágico pigmento élfico”, llamado así por algunos botarates, brotó como maná de los siete niveles de Minas Tirith. Todos querían vestir aquellas ropas de brillo cambiante e hipnótico que parecían sacadas de los cuentos sobre Lórien, con los que se deleitaban los siempre impresionables señores y señoras de la Ciudad Blanca.

Aumenté la importación del producto, aunque pronto topé con el mayor problema: su escasa disponibilidad, que no satisfacía toda la demanda. Al menos esto me permitía elevar insensatamente el precio, y siempre dispuse de una numerosa lista de clientes dispuestos a adquirir un poco de lágrima de elfo por sustanciosas sumas de oro. Pronto pude diversificar el producto, puesto que el mineral presentaba distintos colores, e incluso la aplicación del pigmento sobre un tejido nunca repetía el mismo efecto dos veces. Todos lo querían, e incluso una noche me visitó un enviado de nuestro Senescal Belecthor I, pidiéndome cortésmente si su señoría podría disponer de Eldarael, concretamente de “Verde Galadon” si pudiera ser, sin tener que pasar por el tedioso trámite de una lista de espera.

 Al final la codicia me pudo y ése fue el principio del fin, aunque entonces no lo sabía. Invertí todo mi dinero en otras grandes importaciones de valor seguro, cuyas deudas pagaría con las próximas entregas de mi preciado descubrimiento. Establecería mi propia casa comercial, y ya planeaba dedicar el resto de mis días a languidecer entre almohadones bordados cuando, sin previo aviso, mi estrella se apagó.

Cada luna llena recibía de Cair Andros la Eldarael, pero aquel mes no llegó ni un solo gramo. No me puse nervioso inmediatamente; en nuestra profesión era habitual este tipo de retrasos a pesar de que, desde hacía seis meses, el reparto siempre había llegado tan puntual como el relevo de la Guardia del Árbol Banco. Mantuve mis inversiones, pues no era el momento de flaquear, y crucé los dedos mientras pasaban los días. Así esperé otro mes, y tras la segunda luna desde el último envío, empecé a sentirme incómodo de verdad. Pronto me vi atrapado entre los acreedores que llamaban a mi puerta y los impacientes clientes que ofrecían mayores cantidades de oro por un poco de lágrima de elfo. La tercera luna me encontró realmente desesperado, casi sin recursos, y con la férrea decisión de hacer algo.

Los siguientes días preparé mi partida. Siempre había ocultado la fuente de la Eldarael por precaución, igual que un padre trata de proteger a su hija más bella de los jóvenes que la rondan. Sabía que la codicia y la envidia me rodeaban, así que mis envíos llegaban a través de la única persona en quien confiaba, Hallas de Ethring, quien regentaba un establecimiento para soldados en Cair Andros, y recibía mi mercancía sin intermediarios. Esto era para mí una ventaja, pero también un alivio, ya que me ahorraba el trato personal con quien nos suministraba el mineral; pues mi preciado tinte procedía de la pequeña colonia minera de Alknar, cerca de las Ciénagas de los Muertos.

Los de las Ciénagas eran gente huraña. Procedían de unas pocas casas diseminadas en la lengua de tierra situada entre el Nildalf, las Emyl Muil y las Ciénagas de los Muertos. Se ha dicho mucho sobre ellos, y mucho falso. Algunos afirman que son dunlendinos que bajaron de Rhovanion en busca de terrenos más cálidos. Otros dicen que son fugitivos, malhechores que escaparon de la civilización para vivir donde jamás les alcanzara la justicia. Los más osados relatan en las tabernas, al calor del fuego, que son espectros; que ningún ser vivo puede vivir en aquella zona, que nada crece en esas tierras salvo el mal. Por eso, cuando alguno de ellos alcanza Cair Andros o la verde Ithilien, los niños aprietan fuerte la mano de sus madres, y los hombres se apoyan sobre el pomo de sus espadas mientras el ángulo de sus cejas se hace más agudo. Ahora, tras lo que he visto y oído, me río de esas habladurías y de esos temores. Pero no es una risa alegre, sino amarga.

 

Llegué a Cair Andros tres días antes de la luna llena. Tuve tiempo de hablar con Hallas y recordar viejos tiempos en los que dormíamos en nuestro carromato fuera de las ciudades y soñábamos con las mujeres que habíamos visto el día anterior. Me indicó que el transporte de Alknar seguía llegando puntualmente, pero que entre su carga no se encontraba ya la Eldarael, y que al preguntarle al conductor su único gesto fue encogerse de hombros. Le expliqué rápidamente a Hallas mi plan, y desde el principio trató de disuadirme.

—Nadie va a Alknar —empezó—. Siempre son ellos los que vienen, así que no veo prudente que quieras ir. No es por las historias que se cuentan, es que realmente ese sitio es extraño, incluso para nosotros, que tanto hemos visto.

<<Dicen que hace seis años un grupo de soldados fue a las Ciénagas para censar la población de la zona, y que volvieron contando historias extravagantes sobre ruidos nocturnos y luces que aparecían entre las brumas. No acabaron su trabajo, y después de ellos nadie volvió para terminarlo. ¿Te lo puedes creer? Según el censo de Gondor nadie vive en Alknar, y todo por que no se atrevieron a regresar tras lo que habían visto>>.

<<No vayas a pensar que me creo todo lo que se cuenta por ahí. También he oído que hay gusanos como dragones que perforan el subsuelo de Ithilien, o que Cair Andros no es más que el lomo de un monstruo gigantesco que se quedó varado remontando el Anduin. Pero hay algo en Alknar que es insano, si me permites la palabra. Dicen que el aire es irrespirable, que el frío corta como un cuchillo, que el fango lo llena todo. Quizás la gente de allí sea presa de alguna enfermedad, y eso les haga sufrir “ciertos cambios”. Hablan de su aspecto desagradable, peor incluso que el del individuo que llega cada mes. Ja, los soldados dicen que tiene “pinta de las Ciénagas” y hacen bromas al respecto, pero yo no me río cuando veo a ese hombre. Tiene la cabeza extrañamente alargada, la frente agrietada como un roble muerto, los ojos caídos, y un color de piel entre grisáceo y ceniciento que no parece humano. He visto enfermos de peste, y te aseguro que tenían mejor aspecto que él. Y si están enfermos, te digo que se queden donde están, y que nadie vaya a visitarles>>.

<<De acuerdo, acabaré de contarte lo que sé, pero sólo para asegurarme de que olvidas tus ideas de viajar allí. Parece que Alknar se fundó en el periodo entre la Gran Plaga y las invasiones de los Aurigas, allá por el 1800. Un grupo de exploración que patrullaba la zona descubrió por casualidad una veta de hierro de una pureza desconocida hasta entonces. Así que en poco tiempo se estableció una colonia minera que rivalizaba con las explotaciones de las Montañas Blancas, no por la cantidad de las extracciones, sino por la calidad del producto. Nunca fue una población numerosa, estaba lejos de cualquier sitio y no era un viaje agradable, pero en los buenos tiempos llegó a alcanzar el medio millar de habitantes, suelen decirme. En los libros de esta guarnición se encuentra mucha información de esa época>>.

 

<<Al parecer la explotación pasó a la familia Marsh, terratenientes de todo el paraje hasta el Anduin. Se hicieron ricos, pero se quedaron allí, vete a saber por qué. El caso es que la propiedad fue pasando de padre a hijo desde entonces, y por lo visto aún es así, aunque se cuenta que están muy mezclados con los orientales que luego vivieron en la zona. Mala gente. Tal vez por eso hablaban los soldados del aspecto enfermizo e inhumano que tenían los Marsh. O quizás son sólo exageraciones>>.

 

<<De alguna manera sobrevivieron a los Aurigas, y fueron liberados allá por 1944. Durante un tiempo fue un sitio tranquilo hasta la llegada de los Balchoth, en el 2510. Esos bárbaros orientales tenían cultos oscuros, pura religiosidad mal entendida, ya me entiendes. Hacían hogueras nocturnas, degollaban carneros y cosas así, de manera que los pocos habitantes respetables de Alknar se fueron marchando poco a poco. Las vetas de hierro y cobre fueron abandonadas, y el polvo se fue acumulando sobre ellas. Lo que nos envían ahora es poca cosa, ya lo sabes. Hasta que apareció esa Eldarael tuya>>.

 

<<Sí, te lo he contado muchas veces. El que viene de Alknar, ese Jo Bothran, llevaba la piedra en su carro, en un rincón, y yo se la compré con un saco de maíz por pura curiosidad. Luego tú descubriste sus propiedades, y a partir de ahí el envío periódico, y tú y yo a partes iguales haciéndonos ricos hasta que ha dejado de llover oro. Así que déjalo, espero haberte asustado lo suficiente. Mejor sería que esperases a Jo, y si no trae lo tuyo tendrás que aceptar que tu gallina de los huevos de oro ya no existe, y cuando antes lo entiendas mejor será para los dos>>.

 

Quedé desolado tras las palabras de Hallas, y pensé que en vista de mi precaria posición quizás no fuera inteligente complicarla aún más. Tal vez mi impulso de querer visitar Alknar y descubrir la causa de la ausencia de Eldarael había sido una imprudencia.

Al segundo día de mi estancia en Cair Andros llegó un mensaje de mi ayudante en Minas Tirith, avisándome de que habían entrado en mi taller y requisado gran parte de mis bienes. También me transcribió la pintada sobre la pared del dormitorio, que me instaba a devolver de inmediato el dinero que debía, bajo pena de sufrir medidas más drásticas y definitivas. Aquello me amilanó bastante, y pasé la noche en vela tratando de buscar una solución. No acudí a Hallas, puesto que no quería involucrarlo en mis problemas, así que digerí ese trago amargo solo, y al amanecer del tercer día esperé en la puerta de la guarnición la entrada de Jo Bothran.

Era un día luminoso de diciembre, y la temperatura más benigna que de costumbre. Cuando las puertas de la guarnición se abrieron, apareció un destartalado carro tirado por un par de mulos que conducía una figura oscura y encorvada. Advertí entonces que en la explanada sólo quedaban los guardias de la puerta, mientras que los demás habían desaparecido en el resto de dependencias, como si el recién llegado no fuera bienvenido. La tartana se paró junto al abrevadero y el conductor comenzó a descargar parsimoniosamente su cargamento. Había algo peculiar en la forma de moverse de aquel individuo; parecía una marioneta conducida a través de hilos invisibles sobre nuestras cabezas. Aun así le vi mover sacos que, por su aspecto, algunos hombres no hubieran podido descargar solos. Hallas salió por una de las puertas para tratar con el tipo, pero frenó en seco al verme allí. Negué con la cabeza, rogándole en silencio que me dejara hacer, y fui a entrevistarme con Jo Bothran.

Fue una conversación realmente frustrante. Jo hablaba con monosílabos, o con frases de cinco o seis palabras, como si desconociera nuestro idioma. Parecía un hombre apacible, imperturbable y casi anormal; a ratos dormido, aunque no vi que se cerraran sus ojos en ningún momento. No conocía a nadie con aquella pinta de las Ciénagas, pero desde luego el aspecto del individuo encajaba perfectamente con la descripción que hiciera Hallas. Le pregunté por la piedra que me traía anteriormente, y tras varias repeticiones y con un poco de paciencia, conseguí sacarle que la Eldarael se la proporcionaba la familia Gilman, que vivían en los límites de Alknar. No, no sabía si les había pasado algo, y sólo podía esperar a que aparecieran, puesto que él no tenía medios ni tiempo para ir a buscarlos, por mucho dinero que yo le ofreciese.

Dejé a Jo y volví con mi amigo. Me encontraba realmente enfadado, pues aquel retrasado no comprendía la importancia de su información. Le dije a Hallas que no podía esperar más, mi desesperada situación requería una acción imprudente. Tenía que ir a Alknar.

Una hora después cruzaba el puente que nos llevaba a la orilla este del Anduin, montado sobre el carro junto a Jo Bothran, seguidos por un caballo atado que me había proporcionado Hallas. No le había quedado más remedio que ayudarme, puesto que vio en mis ojos la determinación de desentrañar lo que sucedía. He compartido litera con tipos más peligrosos que éste, llevo mis dagas preparadas como siempre, le dije. Llegaría a las ciénagas, encontraría a los Gilman, y quizás trajera un cargamento extra de lágrima de elfo, por lo que le insté a que preparara el dinero para pagarles a mi regreso.

Me dijo dos cosas que podían ayudarme: cuando regresaron los soldados de su infructuoso censo hablaron de un viejo loco dunlendino que respondía al nombre de Zadok y que no tenía esa “pinta de las Ciénagas”. Contaba más de ochenta años y era posible que ya hubiera muerto, pero si lo encontraba quizás pudiera proporcionarme información sobre la zona. Eso sí, los que le conocieron recordaron su mirada vidriosa por el alcohol y sus historias incoherentes acerca de demonios de otros mundos. La otra cosa que debía recordar era muy simple: no debía dormir en Alknar, en ninguna de sus casas, ya fueran habitadas o no, ni en su proximidad. Si tenía que pernoctar, lo mejor sería que cabalgara hacia el sur y montara mi campamento tan lejos como me fuera posible, y eso sólo en caso de necesidad. Con tales prudentes instrucciones y el destino de mi vida pendiente de un hilo, el carro de Jo Bothran pisó la otra orilla y enfilamos nuestra marcha hacia las Ciénagas.

 

2

El viaje fue lento y tedioso. Aquella pareja de mulos viejos no podía ir más rápido, así que me resigné a alcanzar nuestro destino en un plazo no inferior a cinco días. Había previsto un agradable inicio del viaje a través de la floresta de Ithilien; después tomaríamos el camino del norte que procedía de Minas Tirith y bordeaba las Ephel Duáth, hasta cortar en dirección a las Ciénagas para evitar Morannon, que aun desprovista de su poder nunca era un paso necesario. Sin embargo, Jo cogió un sendero lateral que conducía al norte y que parecía muy poco transitado. Quise protestar, pero él no se inmutó: —es el camino, —dijo—, y con eso parecía explicarlo todo. Lo cierto era que nuestra nueva ruta podría ahorrarnos un día de viaje. Eso sí, a costa de perder de vista la verde Ithilien y transitar por caminos desiertos, donde no coincidiríamos con otros viajeros. Caminos, en definitiva, donde estaríamos completamente solos.

Jo Bothran no era un compañero agradable de viaje. Debido a mi carácter y a mi profesión, traté de establecer con él diversas conversaciones sobre temas de actualidad, sobre las noticias del Norte, sobre el tiempo, sobre su vida o la mía. Todo en vano. Jo solamente contestaba sí, no, o se encogía de hombros. O peor aún, no decía nada. Le pregunté por Zadok y por los Gilman, pero no conseguí nada satisfactorio. Al poco acabé por capitular y me sumí en un tenso silencio, reflexionando sobre mi viaje a tierras desconocidas con aquel retrasado y extraño individuo. La fortuna, mi caprichosa amante, me había hecho un regalo con la Eldarael pero yo había querido más y ella, despechada, me había atizado una bofetada en la cara, tan fuerte como las que propinaban las muchachas de Umbar.

Al principio de mi historia indiqué que había dispuesto de cierto desahogo económico en el pasado. Soy huérfano, y de mis legítimos padres nunca he tenido el menor conocimiento. Lo cierto es que había sido adoptado por el Señor de Haudh in Gwanûr, poblado de media importancia al sur de Pelargir. Mi padrastro no tenía descendencia y había perdido a su mujer hacía largos años, así que fui educado para ser el heredero de sus bienes. Sobre mis orígenes nada me dijeron, pero lo cierto es que sólo podían ser humildes, y fui para el viejo un consuelo en el otoño de su vida. Aquel destino afortunado se esfumó al contar yo quince años, cuando un grupo de haradrim asesinó al pobre anciano, saqueó el poblado y me capturó con el fin de venderme como esclavo. Cuando escapé era ya tarde para recuperar mi posición, así que me eduqué en la dureza de las calles, y fui ayudante de un mercader primero, y después encontré a Hallas y fundamos nuestro propio negocio. Pero yo iba a ser noble y rico, y lo perdí todo. Y ahora con la Eldarael parecía repetirse la misma historia. Esta vez el final sería distinto.

Por las noches Jo permanecía dentro del carro, aunque yo prefería dormir a una prudente distancia y con una buena vista de los alrededores, puesto que no me fiaba. Tal vez nos habíamos desviado para que sus compadres pudieran asaltarnos. Que me roben, decía yo entre dientes mascullando una sonrisa, no queda nada que me puedan quitar. Pero al poco mis ojos volvían a la figura oscura de Jo Bothran, sentado en el pescante, despierto y aparentemente absorto en algo que se me escapaba. Entonces mi sonrisa desaparecía, y volvía a tantearme la bota y el cinto donde guardaba mis dagas. La mañana me despertaba siempre desorientado, y al levantarme veía invariablemente a Jo montado sobre el carro con el cuerpo echado hacia delante, esperándome. Nunca le vi comer, así que adiviné que aprovechaba mis largos periodos de sueño para hacerlo. No quise imaginarme que dieta llevaría semejante individuo.

Los días eran cortos y los mulos se negaban a marchar de noche, por lo que no podíamos hacer más de treinta millas diarias. Tras la tercera jornada volvió a mí la idea que me había rondado desde el principio; desenganchar el caballo del carro y volver grupas a Minas Tirith. La situación era cada vez más insoportable: los campos de cultivo abandonados dieron paso a una serie de páramos escarpados por los que el carro conseguía transitar a duras penas; notaba un frío glacial que me subía desde los pies, y que no podía sacudirme de ningún modo. También adiviné un cambio sutil en Jo; aunque era inofensivo, distaba mucho de poder confiar en él. Y creí notar un par de veces como me miraba de reojo, asomando una mirada de inteligencia hasta entonces desconocida.

Tras cinco días de camino llegamos a Alknar. Pensaba que aún nos restaría alguna jornada más, por lo que cuando aquella mañana el carro giró al este tras un repecho pronunciado, la visión de mi destino me sorprendió. A mi izquierda se divisaba el Nildalf, humedal que se extendía hasta el Anduin durante unas decenas de millas más. Al este se adivinaba la zona brumosa y gris que eran las Ciénagas, y directamente frente a mí se alzaban los cortados de Emyl Muil. En medio de aquella desolación había un puñado de casas desperdigadas sin ningún orden aparente. No tuve que preguntar a Jo; mientras mirada boquiabierto el panorama que se abría ante nosotros se giró hacia mí y habló por primera vez en varios días. —Esto es Alknar, —dijo.

 Al aproximarnos al pueblo pasamos cerca de antiguas excavaciones de hierro y cobre de las cuales se había apoderado la herrumbre y las montañas de tierra, haciéndolas impracticables. Que yo recordara, aquella zona aún producía rocas volcánicas como la obsidiana y la piedra pómez; junto con el arroz que se cultivaba en el Nildalf, Alknar hacía un humilde intercambio con el mundo exterior, pero eso parecía bastarles. Me sentí aliviado de bajar de la tartana, no tanto para empezar mis indagaciones en aquel pueblo inquietante, sino más bien para separarme de Jo Bothran. Al preguntarle por última vez la dirección en la que vivían los Gilman señaló vagamente hacia el este. Asentí pensativo mientras desataba mi caballo y recogía el resto de cosas. Me volví para despedirme, pero ya se había ido y caminaba hacia una de las destartaladas casas que me rodeaban. No me molesté en llamarle.

Miré a mí alrededor. El pueblo, si es que realmente merecía ser llamado así, se encontraba en estado ruinoso. Se trataba de viviendas de dos plantas, con pequeños cercados que delimitaban la tierra gris de su contorno. La mitad de las casas del centro se encontraban derruidas. A algunas de ellas se les había venido el techo abajo hacía ya mucho tiempo, mientras otras sólo conservaban en pie un par de paredes, que dejaban a la vista el interior desnudo lleno de escombros. Muchas presentaban huecos entre los ladrillos de adobe, y los jardines de todas estaban resecos y comidos por el polvo. Todo el conjunto se hallaba envuelto por el mismo gris reseco que le hacía parecer abandonado, lo que se incrementaba por un ligero viento del este que levantaba pequeñas nubes de tierra y agitaba mis ropas. Agradecí internamente que hubiéramos llegado temprano y dispusiera de todo el día para realizar mis indagaciones, puesto que seguiría el consejo de Hallas y no me quedaría a pernoctar. Nada crecía en aquella tierra salvo la maleza y las malas hierbas. Y sin embargo, vi como algunas de esas puertas chirriantes se abrían para vomitar de su oscuridad a la gente de las Ciénagas. Fuera de las casas advertí la presencia de al menos diez o quince personas, que transitaban por las calles en grupos de dos o tres. Todos eran hombres o mujeres con aquella pinta de las Ciénagas, que en algunos casos era incluso peor que la de mi anterior guía.

Traté de establecer contacto con ellos, pero resultó tan frustrante como con Jo Bothran; la primera persona que abordé era una mujer de mediana edad, que había elegido por parecer más accesible. Cuando alcé la mano para saludarla percibí una súbita ondulación de sus arrugas sobre la frente cenicienta, y los ojos a medio abrir me miraron como desde otro mundo; bajé la vista mientras la dejaba pasar, y tardé en recuperar el aliento antes de un segundo intento. La mayoría no se paraba cuando yo les llamaba, y continuaba con su andar bamboleante y absorto por la calle, ajenos al frío de la mañana y al viento que los zarandeaba como ramas secas. Sólo en las ocasiones en que me interpuse en su camino dejaban de caminar y me miraban con sus ojos caídos sin pestañear, como esperando que me apartara. Todos aparentaban más de cincuenta años, y las pocas palabras que me dirigieron resultaban mascadas con un acento fangoso y turbio que me costaba entender por encima del aullido del viento. Después de varios intentos más, lo único que saqué en claro fue que Alknar no era únicamente un grupo de casas, y que por lo visto había al menos una docena de familias que vivían en las inmediaciones de la zona. Y también que cuando preguntaba por los Gilman, todos perdían las ganas de seguir hablando y señalaban invariablemente hacia el este. Hacia las Ciénagas.

Pasaba ya el mediodía cuando decidí que no encontraría más colaboración por parte de los lugareños, y que se me agotaba el tiempo para descubrir lo que me había llevado hasta allí. Mientras salía del pueblo, me percaté de que todas las ventanas de los pisos superiores estaban cerradas con tablones de madera apresuradamente claveteados, de tal manera que no dejaban pasar ninguna luz al interior. Todo esto me alteró un poco, aunque seguía decidido a llegar hasta el fin.

Ya fuera de Alknar, decidí marchar hacia el este para disponer de suficiente tiempo para encontrar la casa de los Gilman. Tuve que dar un rodeo que me llevó a escoger un viejo sendero bajo las Emyn Muil, pues el camino directo se encontraba plagado de charcas y barro que me hubieran dificultado la marcha. Al cabo de una hora perdí el sendero. De alguna forma terminaba allí o se bifurcaba de manera invisible, y no pude distinguir entre las rocas huellas que me ayudaran a seguir un camino. En cualquier caso y para no perderme, seguí las estribaciones montañosas lo mejor que pude, sabiendo que más pronto o más tarde me llevarían a las cercanías de las Ciénagas.

El sol pronto empezaría a caer, y yo comenzaba a plantearme la posibilidad de acampar allí y continuar al día siguiente, cuando llegué a una meseta de matorral alto, donde se elevaba un bosquecillo de encinas achaparradas y famélicas. Casi de inmediato apareció la figura pequeña y tambaleante de un anciano andrajoso. Era el primero que veía desde Cair Andros sin aquella pinta de las Ciénagas. Tenía una botella en una mano, y con la otra hacía aspavientos a un interlocutor invisible; estaba muy claro que aquel pobre hombre se encontraba completamente borracho. Naturalmente, no podría ser otro que Zadok, el chiflado bebedor cuyos relatos sobre Alknar tenían fama de espantosos e increíbles.

 

3

Por qué la suerte me llevó hasta Zadok de Alknar nunca lo sabré. Pero sí reconozco que aquel encuentro selló mi horrendo y funesto destino. Podría haberme dirigido directamente a las Ciénagas para estar de vuelta en Alknar a última hora de la tarde, listo para largarme de allí; desanimado por no haber encontrado nada sobre la Eldarael, pero al menos con mi cordura intacta. De no habérmelo encontrado no sabría lo que ahora sé, ni hubiera visto lo que vi. Imagino que fue mi infatigable curiosidad la que me hizo parar junto a aquel viejo murmurador de cara colorada, barba hirsuta y ojos aguanosos, en lugar de seguir mi camino en busca de refugio donde pasar la noche.

Porque parecía muy claro que Zadok no estaba en condiciones de darme información valiosa. Después de haberle preguntado tres veces, miró a uno de los lados como si estuviera buscando el origen de mis palabras, y la tercera vez me llamó “señora.” Resignándome a mi suerte, al menos me sentaría al lado del viejo Zadok en el destartalado porche de su casa entre las encinas. Incluso le daría un trago a su licor fermentado de patata, que destilaba él mismo con el excedente de su huerto. Una vez me hubo identificado sin error, comenzó a parlotear sobre sus primeros años, en una de esas pláticas tan habituales que hace la gente mayor, recordando con maravilla una juventud que no valoran más que con el declinar de su cuerpo. Al parecer era descendiente de los primeros mineros dunlendinos que habían ocupado esa zona. Hablaba de sus habituales rencillas con los gondorianos, olvidadas como se olvidan todas las cosas en un lugar duro, hecho para supervivientes y lejos de los prejuicios que arrastran las poblaciones más civilizadas. Me relató sus amores, sus peleas con los vecinos, la escasa y decreciente caza de aquellos lugares.

Llevaba ya casi una hora de plática animada y viril cuando empecé a sentirme cansado. Me encontraba a punto de levantarme para seguir mi camino cuando la mirada de Zadok, que acababa de quedarse silencioso, se paseó por la estrecha línea de oscuridad que avanzaba desde el este, anunciando el inicio de las Ciénagas. Su semblante cambió de golpe, y comenzó a mascullar una serie de imprecaciones que acabaron convirtiéndose en un susurro confidencial y una mirada de soslayo. Se agachó hacia mí mientras me tiraba de la manga y empezaba a hablar en voz muy baja.

—Allí empezó todo… en ese maldito lugar. Todo el mal viene de esas aguas y de lo que ocultan. La culpa fue de Odeb Marsh, quiso llegar demasiado lejos, y aprovechó sus tratos con aquellos Orientales desalmados.

<<El pueblo nunca había acabado de ir bien, me decía mi abuelo, y tras la invasión de los Aurigas la población fue diezmada. Por la época en la que algunos restos del ejército Balchoth acamparon entre nosotros no sobraba la mano de obra, y esta gente extraña y brutal fue acogida en Alknar. Las minas habían sufrido numerosos derrumbes que disminuyeron las extracciones, hasta suponer el fin del comercio a gran escala con Minas Tirith. Era un lugar demasiado apartado y peligroso, así que la gran urbe no hizo nada para recuperarla, y Alknar quedó abandonada a su suerte. La escasa ciudadanía se convirtió en una fuerte mezcla racial de todo tipo: dunlendinos, gondorianos, gentes de Rhovanion, y aquellos malditos Orientales en los que nadie acabó de confiar, salvo Odeb Marsh, antiguo propietario del negocio del hierro, entonces arruinado>>.

<<En torno a él se congregaba la población, era el único lo suficientemente fuerte para mantener vivos a los demás. Desarrolló entonces una actividad portentosa; potenció la minería de superficie, hallando obsidiana y cuarzo que consiguió vender a precios competitivos; trató de buscar nuevas tierras para cultivos poco exigentes, aunque poco a poco se fueran secando sin remedio; aumentó la superficie de cultivo de arroz en el Nildalf, y abrió de nuevo la ruta comercial con Minas Tirith. Básicamente, trató de sacar oro pateando piedras, como solía decir mi abuelo>>.

<<Finalmente, el pobre Marsh tuvo que darse por vencido. Los enormes esfuerzos realizados por la comunidad fueron en vano, y los recursos escaseaban cada vez más. Algunos se fueron, los más trataron de sobrevivir aquí, puesto que las gentes de las Ciénagas no eran bienvenidas en Gondor. Las Ciénagas crecieron hacia el oeste, y empezaron a cercar algunas casas, tragando con avidez bocados de tierra gris y ocre. Entonces Odeb llegó al límite de la desesperación, y acudió a los Orientales que formaban su camarilla, a quienes él siempre había tratado bien, gente extraña de ojos rasgados, mineros incansables en la oscuridad de la tierra, envueltos en misterios innombrables. Estas gentes, los temidos Balchoth, vivían originariamente al este del Bosque Negro y adoraban a Zigûr, el antiguo Señor de la Torre Oscura. Se reunían aparte de los demás para celebrar sus ritos secretos y prohibidos, a los que pronto fue invitado a tomar parte Odeb Marsh. Éste vio en ellos la oportunidad que brindaba un poder que brotaba de la tierra tumefacta y, aunque asqueado en un principio, asió con firmeza esa ayuda demoníaca>>.

<<Al poco Odeb convenció a algunos para que le siguieran y obligó al resto a guardar silencio. Yo los he visto danzar por las noches, entonando terribles cánticos cuando los demás atrancaban sus puertas. Mi abuelo fue uno de ellos, y me lo contó todo tal y como lo vivió. ¿No se lo imagina, verdad? Esos individuos comenzaron a celebrar regularmente cultos al Señor de la Torre Oscura, primero con gran secreto y sigilo, y cada vez más abiertamente, aunque el lugar de las celebraciones siempre era el mismo: las Ciénagas. Ante los ojos atónitos de la gente decente, los cultistas encontraron metales preciosos entre el fango turbio, metales que brillaban con destellos dorados y de plata. Hallaron rubíes y esmeraldas, algunas del tamaño de un puño. Estas valiosas mercancías se vendían muy discretamente en los mercados más orientales, donde se mantenía el trato con los Balchoth>>.

<<Hubo un soplo de prosperidad en Alknar. El culto de Zigûr fue ganando adeptos entre la población, que veía este renacer como una última oportunidad de recuperarse. Al principio eran un par de docenas, después medio centenar, y poco a poco se fueron apropiando de todo el poblado. Pero era el anzuelo que mordimos todos. Cuando yo era niño, más de la mitad del pueblo estaba ya perdido, y durante estos últimos años el terror se ha adueñado del último rincón de esta tierra y ya nadie puede escapar. Veo que empieza a inquietarse, sí, vi esa misma mirada el día que Odeb Marsh se dio cuenta de que aquel gran engaño le había superado>>.

<<Al principio los sacrificios eran sencillos, los cultistas se hacían un corte en el pulgar y derramaban simbólicamente una gota de su sangre sobre el cieno verdoso, pero a medida que fueron llegando los regalos, aquello que dormía en las ciénagas comenzó a pedir más a cambio. Pronto fue una cabra, otro día un mulo, todo eran retrasos para lo que realmente requería ese poder. Estaban atados a él, y ya no podían escapar. Hicieron los tres juramentos, ¿sabe? Yo hice los dos primeros, por eso continúo aquí, y por eso no me harán daño, pues me saben inofensivo. Pero aquellos que hicieron el tercer juramento ya no pueden regresar. Pagaron sangre con sangre, y a estas alturas están tan dormidos que ni siquiera recuerdan quienes eran, ni los horribles crímenes que perpetraron>>.

<<Lo que había en las ciénagas quería vida, y ofrecía vida a cambio también. Cuando sacrificaron al primer niño, el recién nacido de los pobres Brand, nadie imaginaba lo que habían desatado. Los regalos reaparecieron y empezaron a tomar formas más diversas. Los recién nacidos no se consideraban una gran pérdida, podrían tener más, y la vida en la ciénaga era tan dura que muchos morirían en cualquier caso. Por eso el regalo más apetecible era la prolongación de la propia existencia. Estoy borracho, es cierto, pero usted no deja de escucharme, así que parece que le interesa, ¿eh? Aquello les prolongaba la vida a cambio de que entregaran a sus hijos>>.

<<Durante un tiempo debió parecerles un intercambio justo, pero al crecer la demanda de sacrificios quisieron dar vuelta atrás, renegar de ese culto abominable y dejar que lo que había despertado volviera a dormirse. Pero no calcularon su verdadera fuerza. Una noche del invierno de 2534, una bruma fétida y pegajosa ascendió desde las Ciénagas hasta el pueblo, lamiendo con su inmundo aliento todo lo que encontraba a su paso. A la mañana siguiente descubrimos que habían muerto quince personas durante la noche: jóvenes, viejos, adultos, consumidos por una llama interior de maldad que dejó sus cuerpos supurantes y consumidos, quebradizos como cortezas resecas. Los que intentaron escapar al día siguiente fueron hallados en las inmediaciones bajo ese mismo estado, y así Alknar acabó convertida en el lugar que es ahora>>.

<<No ladee la cabeza ni trate de sonreír, esto no es divertido ¿Sabe usted lo que es vivir en un pueblo como este, donde todo se pudre y se corrompe, donde hay cosas escondidas que se arrastran y aúllan y ladran y brincan en sus celdas tenebrosas y en las buhardillas de cada esquina?  Entregaron a todos sus hijos, y fueron obligados a tener más. Todos los menores de treinta años desaparecieron paulatinamente hasta que Alknar quedó convertida en un puñado de adultos y viejos que se caminaban por la calle arrastrando los pies, absortos en sí mismos. Hace treinta años, con el último destello de inteligencia, el propio Odeb trató una noche de enviar a uno de sus hijos a un pariente lejano en el sur, por medio de unos mercenarios leales al poco oro que le quedaba. No sabemos si tuvo éxito, pero aunque aquel niño consiguiera hacerse un hombre sus días están contados, pues nació bajo el signo de las ciénagas, y a ellas deberá volver. A muchos les ha pasado antes; un día marchaban hacia el este y cuando regresaban al caer el sol ya no eran las mismas personas. Se les aflojaban los hombros y andaban con los brazos caídos, sus ojos se les hundían en la cabeza, se teñían de ese color ceniza y parecían ausentes. Hoy algunos viven encerrados en los pisos superiores de sus casas, y han cambiado tanto que no se muestran a los demás. También parece que guardan allí a los niños. Ha pasado todo este tiempo y el viejo Marsh, y Jo Bothran, y los Brand y los Gilman siguen igual mientras que yo envejecí de este modo tan lastimoso. ¿Es que no lo entiende? Los habitantes de Alknar están muertos desde hace más de cien años>>.

               <<Pero eso no es todo, no, lo peor todavía no ha sucedido. Lo que acecha en las ciénagas se ha hecho cada vez más fuerte, y el Señor de la Torre Oscura reclamará ese poder llegado el momento. Entonces se levantarán las huestes espectrales, los gritos de pavor romperán el cielo, y la jauría negra barrerá toda la tierra. ¡Zigûr búbhosh thrakulûk! ¡Ya hoi! ¡Zigûr búbhosh thrakulûk! ¡Ya hoi! ¡Ya hoi!>>.
               
               Zadok brincó extasiado un momento, con los brazos extendidos al cielo cuando se interrumpió de pronto como alcanzado por algún dardo invisible. Miró presuroso hacia el este, y al poco se dirigió a mí temblando, mientras me escupía entre balbuceos:
               —¡Váyase de aquí! ¡Váyase, nos han visto! Por lo que más quiera, lo saben ya... Corra, de prisa... márchese de este pueblo. 

Sin darme tiempo a contestar, el anciano comenzó a correr ladera abajo a una velocidad prodigiosa, mientras su loco alarido se convertía en un ulular inhumano: “¡Ya hoiiii! ¡Ya hoiiiii!”, hasta que su figura desapareció tras una roca, dejando el eco de su demencial aullido.

 

4

Es difícil describir el estado de ánimo que me embargó después de este grotesco episodio. Hallas me había avisado de los desvaríos del anciano borracho pero, a pesar de lo pueril de su relato, la absurda seriedad en los ojos de Zadok había aumentado la aversión que sentía por aquel lugar. No estaba dispuesto a creerme la fantástica historia del pobre loco, pero prefería marcharme enseguida, pasar la noche lo más al sur posible, y tomar una decisión a la mañana siguiente: continuar con mi investigación o regresar.

Monté y dirigí mi caballo directamente hacia el sur. Eso me llevaría cerca de las Ciénagas, pero las alternativas no eran más halagüeñas: retroceder por donde había venido haría que llegara de noche cerrada a Alknar, y era algo que prefería evitar. Hubiera podido acampar en las inmediaciones, pero la presencia cercana de Zadok tampoco me tranquilizaba, dado el carácter inestable y demente de aquel individuo.

Comencé a descender con cierto descuido, hasta que el camino empezó a hacerse más difícil, y media milla más adelante debí continuar a pie. Discurría por uno de los barrancos que arrancaban en las Emyl Muil, y aunque en su inicio se cubría por un manto de hierba rala, enseguida se convirtió en un río de piedras de diverso tamaño. Me estaba desviando sensiblemente hacia el este, conducido por las altas paredes parcheadas de maleza a ambos lados de mi ruta. Desde arriba el camino no me había parecido tan malo, pero lo cierto era que la marcha se hacía exasperadamente lenta, y pronto el sol se puso tras una de las rocas más altas. La penumbra gris dificultaba aún más la marcha; mi visibilidad se redujo y comencé a alarmarme, puesto que estaba atrapado. Volver a casa de Zadok, aunque repentinamente deseable, era imposible por la dificultad del terreno que dejaba a mis espaldas.

Sólo podía continuar adelante, y estimé que aún debía quedarme luz para recorrer al menos una milla sobre aquel terreno. Era lo que tenía para llegar al final del barranco, pues una vez en el páramo, galoparía campo a través aún cuando ya fuera de noche. Continué descendiendo por el camino quebrado y pedregoso, y comenzó a levantarse un viento frío que traía algo de niebla, mezclada con un olor acre semejante al del agua estancada. La niebla se hacía más densa mientras la luz decrecía, pero de repente el espacio a mis lados se abrió y alcancé el páramo ansiado.

Suspiré aliviado y monté de nuevo; creía recordar dónde estaba el sur. Abandonando la prudencia lancé mi caballo al galope, deseando llegar en poco tiempo a un lugar lo suficientemente alejado de allí. Confié en el instinto del animal, pues con la velocidad la niebla me pegaba latigazos de humedad en la cara y no podía ver delante de mí; el viento y el chapoteo de los cascos del caballo sobre la tierra mojada me acompañaron durante un rato. Íbamos a conseguirlo, pero entonces sobrevino el desastre.

Todo fue tan rápido que me resulta imposible ordenar lo que sucedió en el tiempo de una respiración. Por el rabillo del ojo vislumbré una luz imprevista que viajaba hacia nosotros a gran velocidad. El caballo realizó un movimiento lateral, como si tratara de esquivar algo. La luz se acercó más, el caballo relinchó nervioso y dio un pequeño salto. En su caída se apoyó mal en el terreno desigual, escuché un crack, y fui proyectado hacia adelante. Entonces perdí el conocimiento, por primera vez en esa noche.

Creo que recuperé la consciencia al poco tiempo, pero ya estaba completamente oscuro. Yacía de lado, con una de las piernas prisionera del cuerpo del caballo, mientras éste profería unos relinchos desesperados que helaban la sangre. Con gran trabajo conseguí sacar mi pierna, y comprobé que podía caminar, aunque con dolor. El animal no había tenido la misma suerte. Una de sus patas delanteras tenía mal aspecto, con una herida que bajaba a todo lo largo sin dejar de sangrar, pero de uno de sus corvejones traseros salía proyectado un palmo de hueso astillado que había rasgado la piel. Me quedé helado, dejando que los pulmones del caballo desgarraran mis tímpanos mientras calibraba el asunto. El viento, el ruido y la niebla me aturdían y la pierna mordía con fuerza, hasta que comprendí que solo podía terminar con su sufrimiento. Recuerdo que, mientras sacaba la daga de mi bota, pensaba en lo terrible que era tener que matar a tu medio de transporte en una noche cerrada, lejos de casa, en medio de la nada, en un ambiente hostil y sin saber a donde ir.

Cuando al fin lo hice callar, el súbito silencio, acompañado del rumor del viento y de la niebla se hizo más presente que nunca; el miedo se apoderó de mí. Debía alejarme de allí, pues alguien habría oído al caballo, y delataría mi posición. Pero, ¿quién? ¿Qué debía temer? Empecé a andar maquinalmente en una dirección, sin comprender que ignoraba a donde dirigirme. Cojeaba, y tiritaba por la violencia con que el viento martilleaba mis ropas mojadas en la caída. Tras veinte pasos vacilantes entre los charcos oí claramente un ruido tras de mí, como un chapoteo. Aunque ya no veía el caballo, intuí su silueta volcada en la oscuridad, y mientras la miraba creí vislumbrar dos o tres siluetas más pequeñas que se movían a saltos descoordinados en su dirección, hasta abalanzarse sobre el gran bulto. Me quedé pegado al fango conteniendo la respiración, mientras unos gruñidos húmedos y un rasgar de carne llegaban hasta mí. Temblando, me di la vuelta para continuar, volviendo la cabeza cada dos o tres pasos por si algo se acercaba entre la niebla.

Avanzaba despacio, pues trataba de no hacer ningún ruido, así que tardé en llegar hasta la casa. Cuando apareció su mole negra entre la bruma sentí un alivio que se disipó al instante. Incluso con aquella oscuridad y sin la luz que me hubiera proporcionado la luna, ahora cubierta de nubes, era evidente que aquella vieja casa estaba abandonada, como sugería su puerta desvencijada y los tablones de madera caídos. Al acercarme un poco más contemplé atónito la leyenda de un letrero sostenido a duras penas sobre el umbral: “Gilman”. Entré en una gran sala central y me recibió un olor nauseabundo a podrido que me hizo reprimir una arcada. Las sombras informes del mobiliario aparecían desparramadas por el suelo, inservibles, y al tocarlas estaban pegajosas y cubiertas de inmundicias. Trataba de pensar, cuando un crujido de madera en el piso superior aceleró mi pulso y casi me hizo gritar. De inmediato se oyó el peso de algo arrastrándose, que se acercaba a la parte superior de la escalera. Había una puerta en la sala que llevaba a la parte trasera de la casa, y la atravesé rápidamente. Salí al exterior y me encontré en una orilla pantanosa donde el olor fétido se hizo más presente. Allí mismo, diez metros tras la casa de los Gilman, comenzaban las Ciénagas.

En el interior parecían multiplicarse los ruidos, y me apresuré a esconderme tras una gran roca, con el agua congelada y pútrida hasta la altura de las rodillas. Desde mi posición no podía ver nada sin arriesgarme a ser descubierto, por lo que permanecí quieto. Algo salió de la casa, y no estaba solo. Oí el chapoteo de varios cuerpos introduciéndose en la ciénaga, no lejos de mi posición, y antes de que pudiera hacer ningún intento de moverme aparecieron las luces. La primera centelleó un momento a mi izquierda y desapareció; pero pronto asomaron otras: algunas con un brillo apagado, otras como llamas brumosas sobre cirios invisibles. En poco tiempo me vi rodeado por un número inconcebible de ellas.

               Aguanté la respiración un poco más, mientras me apretaba contra la roca y mordía mi puño con desesperación; tras ella escuchaba gruñidos y palabras farfulladas en un lenguaje desconocido. Después hubo una serie de sonidos sordos y apagados de chapoteos y algo más salió de la casa, trayendo consigo lo que, a juzgar por los jadeos y sollozos era un niño, el primero del que hubiera tenido noticia desde mi llegada. Asomé la cabeza un instante pero no pude verle, puesto que en primer plano, muy cerca de mí, una gran figura tapaba al resto. La figura, chorreante de agua fétida y vaporosa, permanecía agachada sacando del fondo de la ciénaga algo pesado. Inmediatamente extrajo de las aguas una piedra mediana de contorno irregular, y con ella regresó hasta la orilla. Volví a esconderme, pues el terror a que me descubrieran era innombrable. Permanecí unos cuantos minutos más allí, sin atreverme a mover un músculo, mientras los lamentos del niño fueron en aumento y los gruñidos se transformaban en cantos entonados por gargantas ásperas y resecas. —¡Zigûr búbhosh thrakulûk! ¡Ya hoi! —Una fosforescencia verdosa iba creciendo en el agua, y un rumor del interior de las Ciénagas se aproximó a la casa, mientras el ulular de los cantos subió varias octavas frenéticamente y alcanzaba el paroxismo más esperpéntico. —¡Zigûr búbhosh thrakulûk! Turlugbûrz, durb snaga-hai! ¡Ya hoi! ¡Ya hoi!  ¡Ya hoi!  

Entonces se escuchó un golpe seco y el crujir de un hueso, casi con delicadeza, y los cánticos cesaron de repente. El silencio se hizo con la noche como en un sueño mientras los latidos se agolpaban alocadamente en mi cabeza. Incapaz de contenerme más, me asomé con cautela desde un lado de la roca, mientras trataba de asimilar lo que veía. En la orilla, introducidos en las aguas pútridas y fosforescentes, había un grupo informe y numeroso de bultos grises que misericordiosamente resultaban indistinguibles con luz tan escasa. El primero de ellos era el mayor, y sostenía la piedra que le había visto sacar del cienoso fondo, goteante ahora de un fluido viscoso y oscuro. A sus pies, depositado sobre un montón de piedras similares a modo de altar yacía una figura pequeña e inmóvil, envuelta en la misma fosforescencia verdosa que se había  adueñado de las Ciénagas.

Sin previo aviso, el halo brumoso que envolvía el bulto sobre el altar tiró de él y, como un fardo, golpeándose contra las diversas rocas de los alrededores, fue conducido hasta las aguas por la fantasmal atadura. Una vez en las Ciénagas, aquello se movió con mayor rapidez hacia el interior de las marismas brumosas. En unos segundos se extinguieron también esos sonidos, la fosforescencia se desvaneció y las luces que me rodeaban se apagaron. Las figuras de la orilla se marcharon al interior de la casa y volví a quedar solo en la noche.

Ignoro cuanto tiempo permanecí allí, con aquella agua pútrida y corrupta lamiéndome las piernas, temblando de frío y espanto, mientras por mi cabeza pasaba una y otra vez lo que había sucedido. Ya no oía el viento ni los sonidos de la casa, sino sólo el frenético golpear de mi corazón. Tenía que marcharme de allí, ahora, correr lejos de ese lugar, pero una atracción irresistible me contuvo. La luna apareció entre las nubes y, con su ayuda, pude acercarme sigilosamente hasta llegar al altar en la orilla, a sólo unos pasos tras la casa de los Gilman. Se levantaba hasta un metro de altura, y tenía una planta más o menos circular de dos metros de diámetro. Estaba construida sin ningún criterio, amontonando aquellas piedras rugosas. A su alrededor había un número incontable de ellas, que sin duda habían rodado por su peso cuando se añadieran nuevos elementos al altar.

Pasé mi mano temblorosa por aquellas rocas informes, descubriendo que algunas estaban manchadas de sangre reciente. Eran piedras vulgares y sin brillo, pero en aquellos lugares en los que las había tocado el fluido vital, mostraban una transformación sorprendente: aparecía un color rojo intenso de apariencia aterciopelada y brillante, que transmitía la sensación de un movimiento ondulante del propio mineral, como si éste tuviera vida propia. Esa pulsión repulsiva era muy similar a la fosforescencia verdosa que acababa de surcar las Ciénagas, pero ya la había visto antes. Se encontraba en las capas de decenas de capitanes influyentes en los niveles superiores de la Ciudad Blanca; también en los vestidos de un centenar de mujeres nobles que lucían sus galas en las mejores fiestas de la Ciudadela; incluso en la túnica del mismísimo Senescal de Minas Tirith, concretamente en su variedad de Verde Galadon, recordé amargamente. El origen de la Eldarael se me había revelado con todo su horror, y quedé perplejo ante las consecuencias de este secreto.

Me costó mucho recuperar el control de mis miembros, y cada paso era un verdadero esfuerzo; me apoyé a recuperar el resuello en un tosco muro que rodeaba la casa. Miré por un momento el lugar donde posaba mi mano, y descubrí con asco que aquellas piedras eran también Eldareal, y que aquel muro espantoso continuaba durante decenas de metros hasta perderse en la niebla. Temblé de nuevo ante la idea de lo que representaba cada una de aquellas rocas malditas.

La luna volvió a ocultarse, y perder la visión de aquel paisaje fúnebre me dio confianza. Rodeé la casa por el exterior del muro, y caminé cojeando en dirección contraria a las Ciénagas. El viento se había detenido, y la niebla se encontrada inmóvil en el aire, haciendo de cada respiración un esfuerzo insufrible. Al poco encontré un camino que gateaba entre el terreno desigual y parcheado de charcos del páramo y, cuando ya pensaba que había dejado atrás aquella pesadilla, escuché a mis espaldas un ruido de chapoteos y muchos pasos irregulares mezclados con gruñidos, aullidos y murmuraciones oscuras. Me salí de inmediato del camino, y no tuve tiempo más que para tirarme tras una pequeña elevación del terreno, sobre un charco de agua turbia. Los sonidos se hicieron más próximos, mientras yo contenía la respiración y un latigazo de miedo me recorría la espalda.

La luna fue cruel conmigo esa noche, pues en el momento en que el demencial cortejo salió de la niebla, derramó su reflejo espectral sobre aquella horda infecta de seres grotescos que recorría el camino entre las Ciénagas y Alknar. Aquello fue el fin de mi cordura, y desde aquel momento no he recuperado el control de mis nervios, y temo a las sombras de la noche.

Caminaban a saltos, empujándose y chocando entre ellos; algunos tenían la cabeza alargada exageradamente, y portaban sobre ella fantásticas coronas enjoyadas, los brazos les colgaban inertes, pero en ciertos casos se les habían alargado hasta arrastrarlos por el suelo; unos cuantos habían perdido el uso normal de sus rodillas, y ahora éstas se doblaban hacia atrás, como poderosas ancas; otros simplemente no utilizaban esas extremidades, y arrastraban su cuerpo bulboso sobre el suelo, con el lomo cubierto de protuberancias y excrecencias que movían a sacudidas ondulantes. Y tras ellos caminaban los muertos; seres envueltos en una luz verdosa y tétrica: Elfos, Hombres y Orcos. Rostros altivos pálidos y hermosos, y también caras horrendas, inmundas y malignas. Llevaban algas en sus cabellos de plata, y las mismas armaduras que el día en que partieron, con semblante grave y triste, pero putrefacto y tenebroso. Era un ejército innumerable, y codo con codo ocupaban todo el camino hasta donde alcanzaba la vista. Entonces no lo pude soportar más, y un segundo y milagroso desvanecimiento borró de mi retina aquella visión de locura.

 

5

Me despertaron los suaves rayos de la mañana. Me levanté entumecido y con una pulsación lacerante en mi rodilla. Tiritando de frío, y con el confuso recuerdo de la noche anterior, caminé campo a través hacia el sur, tratando de poner el mayor terreno con aquel lugar. Tras dos días de caminata por tierras desoladas, y ya al límite de mis fuerzas, me encontró una pareja de exploradores provenientes de Ithilien, que me atendieron amablemente y trasladaron mi maltrecho cuerpo hasta Cair Andros.

Ya han pasado tres años desde aquella noche infernal. Las pesadillas me han seguido todo este tiempo, y aunque hubo ocasiones en las que estuve cerca de olvidar aquel episodio, nunca conseguí apartar de mi memoria los acontecimientos que viví la noche del 8 de diciembre de 2643. Al salir de Cair Andros sabía que no podía regresar a Minas Tirith. Debía empezar mi vida de nuevo, otra vez, así que me pareció lo más lógico volver a Haudh in Gwanûr, donde me había criado, y averiguar algo más de lo que había dejado allí. Pocos me recordaban, pero conseguí encontrar a una pareja de ancianos que habían servido treinta años antes en mi hogar adoptivo, y se mostraron amables y deseosos de ayudarme y acogerme en su casa. Guardaban en su vivienda restos de la biblioteca de mi padrastro y, entre otros tesoros, un volumen forrado de cuero donde éste hacía sus anotaciones personales.

A su lectura me dediqué con fruición, aunque al poco mi interés se transformó en terror al llegar al capítulo dedicado a mi llegada. Unos mercenarios me habían traído del Norte, enviado por un pariente lejano que no debía nombrarse. Recordé que en la primera página del volumen, mi padrastro firmaba con su nombre completo, desconocido para mí hasta entonces: Odreth Pelendur Marsh. La revelación de aquello me postró en cama con fiebre durante varios días. Cuando me recuperé no podía soportar mi visión en un espejo, pues me parecía ver que mi tez estaba perdiendo algo de color y brillo, tornándose más bien mortecina, y que mis ojos se hallaban algo más hundidos que de costumbre. Pasó el tiempo y mis sueños siguieron acosándome, como lobos hambrientos.

               Esta misma mañana comprobé ante el odiado espejo que mi rostro tenía, de manera inconfundible, la pinta de las Ciénagas. Recordaba la mirada de Odeb que el viejo Zadok había visto en mí, y acepté resignado la horrible realidad. Durante un tiempo no he podido soportar esta situación, y he jugado con la idea de conseguir una cuerda resistente y colgarme de la viga central en la casa de mis antiguos sirvientes, aunque poco a poco me he ido relajando. Ya no temo la llamada. Un futuro prodigioso me aguarda en Alknar y no tardará. ¡Turlugbûrz, durb snaga-hai! ¡Ya hoi! ¡Señor de la Torre Oscura, gobierna a tus esclavos!

Escaparé de Haudh in Gwanûr y caminaré hacia el Norte, hasta encontrar a mis hermanos, y con ellos recorreremos juntos las ruinas de tiempos remotos en la espera de Aquel Más Grande que volverá para conducirnos a una nueva era. Y allí, en su compañía, viviremos por siempre en un mundo de maravilla y de gloria.

Jesús Santiago Álvarez Muñoz "Narnaron"

“¿Le gustaría vivir en un pueblo como éste, donde todo se pudre y se corrompe, donde hay monstruos escondidos que se arrastran y aúllan y ladran y brincan en sus celdas tenebrosas y en las buhardillas de cada esquina?” 

H. P. Lovecraft, La Sombra sobre Innsmouth