Los arqueros

por Miguel González "Mandos"

Primer Puesto, Premios Gandalf 2000

- Hum. Sí. Eso sucedió hace mucho tiempo. ¿De verdad os interesa saber que aconteció a aquellos valientes? Hum. Yo podría contaros de eso, pero tenéis que estar muy atentos entonces. Ya soy viejo para soportar tanto movimiento y excitación y vosotros, los jóvenes, andáis todo el tiempo armando alboroto y estorbando mi sueño.

El anciano espero unos momentos, intentando con su mirada lechosa captar el efecto de sus palabras en los cuatro hobbits reunidos frente a él. Cuando se sintió satisfecho continuó.

- Bien. Sí. ¿Qué decía? Ah, ya recuerdo: ¡Los arqueros! Aquello debió suceder hace más de cuarenta años. Hum. Treinta y siete o treinta y ocho, diría. Un mensajero llegó a la Comarca por el camino del este, después de haber hecho un largo viaje a caballo, desde el castillo del norte. Había pasado por Bree, por el pueblecito pequeño y casi sin ladrillo que era Bree en aquel entonces. Muchas cosas han cambiado desde aquellos tiempos. Me gustaba más aquel Bree, aunque siempre he preferido la Comarca, claro. Hum. Estoy divagando.

El caso es que aquel viajero encontró el camino cerrado. Un grupo de centinelas bloqueó su paso. No eran buenos tiempos para andar cabalgando o paseando sin rumbo, y no se extrañó demasiado. Lo sorprendente era que estos improvisados fronteros fueran medianos. Había conocido a los de vuestra especie antes, en Bree y otros lugares más al este, y nunca se los pudo imaginar haciendo labor más belicosa que criticar a un vecino porque su vaca hubiera traspasado un cercado propio. Frente a él, sin embargo, rompiendo con todas las ideas preconcebidas que albergaba con respecto a los medianos, había varios centinelas en clara actitud hostil.

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- ¡Alto, forastero! Ningún hombre u orco es bien recibido en estas tierras, por lo que te aconsejo que vuelvas por donde has venido.- Gritó desde la empalizada un hobbit.

El jinete observó el obstáculo sonriendo, intentando localizar el lugar desde el que había nacido la voz. Finalmente habló mientras reía.

- Saludos. Supongo que estáis bromeando, ¿no? ¿Dónde se ha visto una cuadrilla de hobbits guerreros entorpecer su paso a un mensajero del Rey?

Una flecha salió disparada desde la empalizada y se clavó firmemente a escasos metros de donde se encontraba el jinete. Detrás se escuchó como uno de los hobbits reprendía a otro.

- ¿Quién ha disparado esa flecha? –dijo la primera voz.

- Disculpé, jefe. He sido yo.- se oyó una segunda voz - Se me escapó. Son los nervios. Pero fíjese, se desvió mucho y no he causado ningún daño, ¿no es así?

- Más tarde hablaremos tú y yo muy seriamente, Centeno Ciñatiesa, y ahora guarda ese arco antes de que lastimes a alguien. ¡Tú! ¡El forastero! Si eso que dices es cierto, supongo que tendrás algún medio de demostrarlo, ¿no?

El jinete ya había perdido la sonrisa y, aturdido, tardó unos segundos en responder.

- Sí, aquí tengo mis credenciales y una carta con el sello del Rey Arvedui.

- Está bien, forastero. Voy a salir para ver esos papeles. Todos mis hobbits te están apuntando.- el señor Ciñatiesa dijo algo que no se oyó pero que parecía una queja - Es decir, casi todos. Si se te ocurre intentar algo no dudaré en decirles que disparen.

- Pero jefe, ¿no pensará salir?...- dijo una tercera voz.

- Abre, Ernaldo.

Tras la empalizada se oyó el sonido de cerrojos al descorrerse. Finalmente se abrió una amplia puerta y por ella salió un hobbit. Un hobbit muy común, por cierto. Sus vestimentas no hacían predecir cual era su rango u oficio. El jinete recordó al instante que los medianos no utilizaban uniforme, ni nada parecido.

- Feliz encuentro, amigo. Soy Erion, enviado del Rey. Necesito pasar para entrevistarme con el gobernante de la Comarca.

- Buenos días. Soy Mungo Gamoviejo, el encargado de este puesto. Si en verdad es quien dice ser, espero sepa disculparnos.- El hobbit cogió los papeles que se le ofrecían, y apenas les echó un vistazo.- Últimamente ha desaparecido un frontero en el norte y dos aquí y tememos que sea obra de los orcos, o de humanos. Este camino se ha vuelto inseguro y por eso hemos tomado estas medidas inusuales. Comprenda que la flecha que disparó el señor Ciñatiesa no fue malintencionada.- Terminó la frase en tono más bajo.- Es un tipo bastante nervioso, si usted me comprende.

- ¡Le he oído jefe! –se quejó desde el otro lado de la empalizada Centeno.

Mungo dirigió una mirada de resignación al mensajero para después desviar la vista a los papeles y concentrar en ellos su atención. A los pocos minutos levantó la cabeza.

- Parece importante lo que aquí pone, aunque algunas cosas no las entiendo. Será mejor que me acompañe inmediatamente a ver al viejo Finabras, que es lo más parecido que tenemos a un gobernante. Venga por aquí.- Y según lo acompañaba a la puerta, ahora entornada, pero en la que se veían las cabezas de dos hobbits, se volvió al jinete y, señalando uno de los documentos, preguntó.- ¿Me podría decir que significa esta palabra?

- En oestron vendría a significar...reclutar.- dijo el mensajero.

- Exactamente lo que temía.- dijo Mungo volviendo la cabeza y haciendo gestos a Ernaldo y Centeno para que abrieran la puerta.

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Resultó que el viejo Finabras vivía bastante al oeste del lugar en que se encontraba la empalizada e hizo falta superar un afluente del Baranduin y cabalgar más de medio día para llegar a su agujero hobbit, pasado Ranales. El lugar no difería en nada de cualquier otro smial de los muchos que flanqueaban el camino por el que venían, si acaso la puerta parecía un tanto más recia y desgastada y el jardín que lo circundaba algo olvidado. Erion hizo una observación al respecto y Mungo le advirtió, mientras bajaba de su montura, que Finabras era un hobbit muy mayor, y soltero, y que el tiempo no había podido quitarle ni un ápice de su buen juicio, pero le había vuelto algo descuidado.

- No me entienda usted mal, Señor Erion, Finabras es un hobbit al que, como decimos aquí, le pasó el tiempo de cuidar el jardín y le llegó el de recostarse junto a la chimenea.

Mungo fue quien llamó a la casa. Pasó un largo rato, y ya comenzaban a preocuparse los visitantes, cuando se abrió la puerta mostrando a un anciano hobbit, sostenido sobre un corto bastón que hacía las veces de muleta. Los acompañantes de Erion lo saludaron con grandes reverencias, cosa que parecía turbar al viejo.

- Vamos, vamos. Sois unos tontorrones que quieren avergonzar a un viejo hobbit.- decía sonriendo - Dejad de hacer eso y pasad ¿Y quién es ese humano que os acompaña?

- Es el mensajero del Rey del Norte nada menos. Y Centeno casi lo ensarta con una flecha.- indicó Ernaldo.

- ¡Eh! –se quejó Centeno– Fue una flechita de nada. Pero claro, el Señor Ernaldo “Seguro” Redondo nunca le ha tirado una flecha a un mensajero del rey.

- Pues la verdad es que nunca lo he hecho...

- ¡Basta! - intervino Mungo – hay cosas más importantes que hacer que oiros discutir. Este que nos acompaña pertenece a la Gente Grande ciertamente. Dice llamarse Erion y porta cartas y otros papeles que muestran el sello del Rey. Desea hablar con usted.

En ese momento intervino Erion, que hasta entonces había examinado atentamente al anciano hobbit, cavilando cual sería la reacción de éste ante la propuesta que traía de Fornost.

- Saludos estimado señor. Soy Erion, mensajero de Su Majestad Arvedui, Rey de Arthedain, y una embajada urgente me ha traído hasta estas tierras. Es necesario que me entreviste pronto con la persona que ostente la más alta autoridad en esta región, y estos amables hobbits me indicaron que esa persona es usted.

Finabras miró atentamente al mensajero antes de hablar.

- Saludos también a ti, Erion el mensajero. Hablas de un modo extraño, que hace mucho no se oye por estas tierras. Pasa, y vosotros también. Acompañadme adentro pues me fatiga estar de pie.- El anciano echó a andar y los hobbits y el humano le siguieron.- Venid por aquí, venid.

Lentamente el anciano les guió por la casa. El pasillo principal dio paso a una gran habitación en penumbra. Apenas atravesaban los rayos del sol la espesa cortina que cubría la única, y no muy grande, ventana con que contaba lo que, evidentemente, era la sala principal. Al fondo se encontraba una chimenea en la que unos rescoldos mantenían la temperatura algo más alta que la del exterior. También había un sillón grande y desgastado, y una mesa sobre la que se amontonaban pequeños objetos irreconocibles, gastados pergaminos, cartas viejas, incluso un libro que parecía completo. Alrededor estaban dispuestas algunas sillas, que ofreció a sus acompañantes Finabras, nada más tomar posición en el viejo sillón.

Erion, antes de sentarse, cedió sus documentos al mediano, y este comenzó a leerlos para sí, moviendo los labios mientras recorría el texto. Cuando terminó dejó los papeles sobre la mesa y volvió a prestar atención a sus visitantes.

- En verdad debe ser la situación muy desesperada para el Rey si coloca sus esperanzas de victoria en nuestro pueblo. Nosotros no somos guerreros como bien debe saber el hijo de Araphant. ¿Qué es exactamente lo que espera Arvedui de los hobbits?

- Arvedui, como todos los Reyes de Arthedain antes que él, ha cuidado de vuestro pueblo asegurando sus fronteras, otorgándoos esta tierra cuando el peligro os acechaba en el Ángulo, y luchando contra otros reinos en defensa de vuestra libertad. No son tan lejanos los tiempos en que se os defendió del extinto reino de Cardolan, de cuyas batallas aun hay recuerdos en los túmulos del sudoeste de Bree. Ahora el Rey necesita toda la ayuda posible. El Brujo de Angmar nos acosa con sus tropas de orcos, que parecen multiplicarse con el tiempo, y cada vez son menos los soldados que pueden defender el reino. La situación es desesperada, y si no llega toda la ayuda posible a Fornost antes de que decida atacar nuestro enemigo, lo más probable es que nadie quede para defender en el futuro la Comarca.

Erion había ido subiendo un tanto el tono de su voz. Pese a su naturaleza calmada, en los últimos tiempos se había acrecentado su temor ante el futuro. Cada día menguaban los efectivos de la fortaleza del Norte y menores eran las
esperanzas de sobrevivir al próximo golpe del Señor de Angmar. El capitán del Rey que le encomendó aquella misión no había podido ocultar su angustia. Ante la sorpresa por la orden dada a Erion, “¿hobbits?”, la respuesta del Capitán fue contundente, “trae todos los que puedas. Viejos o jóvenes. En este momento aquí no sobra nadie”.

- Calma, Erion. Entiendo la preocupación que atenaza a los tuyos, y no niego lo cierto de tus afirmaciones. Pero debes comprender que no va con nuestro carácter partir a un lugar desconocido para combatir con orcos y lobos. Carecemos de ejército ni nada que se le parezca, y tan solo unos pocos hobbits saben manejar con soltura el arco o la daga, y son los que normalmente se encargan ahora de vigilar las fronteras como Mungo, Centeno y Ernaldo. Y aun de estos hay pocos y, como te habrán contado, algunos han desaparecido últimamente.

- Por pocos que sean serán bienvenidos, y a aquel que no alcance a manejar el arco con soltura se le dará entrenamiento.- dijo Erion, alternando su mirada entre los fronteros y el anciano - En Fornost somos conscientes de todo lo que me indica, Señor Finabras. Nos consta que carecéis de ejércitos. Pero os repito que la situación aconseja no desaprovechar ninguna ayuda, provenga de donde provenga, y en esta hora de necesidad os rogamos, incluso por vuestro propio bien, que nos apoyéis. No me entendáis mal, pero si Fornost cae, vuestra forma de vida cambiará rápidamente y de una manera que no os agradará. El Poder de Angmar no creo que se detenga en el Norte. Se fijará primero en Bree y más tarde en la Comarca.

Después de estas últimas palabras se hizo el silencio en la habitación. El mensajero temía haberse excedido al presionar el apoyo del hobbit. Finalmente quebró el silencio Mungo.

- Con su permiso, Señor Finabras, quisiera hablar.- El viejo asintió con la cabeza.- Es cierto que no tenemos ejércitos, y que a la mayoría de los nuestros no les atraerá la idea de viajar a la guerra. No obstante las noticias que trae el Señor Erion son alarmantes. No quiero seguir patrullando detrás de una empalizada, esperando que un día aparezca una multitud de orcos y, antes de que el Señor Ciñatiesa tenga la oportunidad de dispararles una flecha desviada, pasen por encima de nosotros. Y como yo han de pensar otros, seguro.

- Creo que yo – dijo Ernaldo.

- ¡Y yo! –dijo Centeno, saltando desde el asiento.

- No obstante, amigos, no seréis muchos más, aunque yo hable a favor del acantonamiento.- aseguró el viejo hobbit.

- Los que sean, si tienen la misma actitud que estos valientes, me bastarán.- añadió Erion, sin disimular una sonrisa. Por primera vez desde que entrara en aquel túnel hobbit sentía que su misión podía tener algún éxito y se había relajado. La afortunada intervención de Mungo parecía haber decidido a Finabras.

- Esta bien, esta bien. Cuenta con mi apoyo, aunque no sé si te será de gran ayuda. Mungo, será necesario que convoques a todos los hobbits que puedas, mejor si son jefes de su clan, para dentro de dos o tres días, en la misma puerta de mi casa. Avisa que se trata de un asunto muy importante y urgente y que nadie debe faltar. En cuanto a ti, Erion, me gustaría que entre tanto disfrutes de las pocas comodidades que pueda ofrecerte este anciano hobbit y, como única recompensa, espero que me cuentes noticias del norte y del este y me hables del Rey Arvedui.

Mungo hizo un gesto a Ernaldo y Centeno para que le acompañaran y se disponían a abandonar la habitación cuando les llamó Erion.

- Esperad. Que sea la reunión dentro de dos días y no tres. No hay tiempo que perder.

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A aquella reunión acudieron cientos de hobbits de las cuatro cuadernas. La parte delantera de la casa de Finabras se encontraba atestada por muchos medianos. Todos querían conocer el motivo de aquel llamamiento tan apresurado, y muchos esperaban que, al menos, sería para realizar alguna fiesta o, en todo caso, habría comida para calmar los nervios de los congregados. De repente apareció el viejo Finabras, acompañado por aquel humano desconocido que vestía extrañas ropas en las que predominaban los aburridos colores del blanco y el negro, y se puso a hablar de guerra en Norburgo, y de necesidad de realizar una leva de voluntarios para viajar al norte. Hubo bufidos indignados y muchos marcharon al punto de escuchar aquellas extrañas nuevas, pues no querían ni oír hablar de un asunto tan enojoso. Algún despistado preguntó que “cuando empezaría la comida propiamente dicha”, y probablemente no era el único que no se había enterado de nada.

El mensajero se desesperaba intentando convencer a los que estaban cerca, pero pocos le escuchaban. Para la mayoría era evidente que aquello debía ser un error. El Rey era, en el fondo, un concepto casi abstracto para aquellos hobbits, un ente que tenía como obligación primordial defender la Comarca y a sus súbditos sin andar mandando mensajeros que llamaran a las armas. Además, ellos no eran guerreros, insistían una y otra vez. Un tal Amadoc Corneta tomó la palabra por fin, resumiendo el sentir general.

- Mire usted, Señor Mensajero del Norte, casi todos los que estamos aquí, si nos las viéramos con un orco, lo más dañino que podríamos hacerle, seguramente, sería darle de comer gachas hechas con harina del señor Tejonera.- Un torrente de carcajadas, le impidió continuar durante unos momentos.- Nosotros no sabemos nada de la guerra, ni falta que nos hace. Eso es para la Gente Grande ¿verdad?

Casi todos los hobbits hablaron a la vez y, en general, asentían a las palabras de Amadoc. La guerra es para los humanos y los orcos. ¿Cuándo se había visto un hobbit en la guerra? Aquello era una costumbre, y las costumbres no es bueno romperlas, insistían. Mungo le habló al mensajero en medio del tumulto.

- Ese Amadoc Corneta es un zoquete y un cobarde. Cuando se habló de sustituir a uno de los fronteros desaparecidos por alguien de su casa, se moría de miedo.

- El problema, Mungo, es que no se trata del único que piensa así. Presiento que tendré que regresar en solitario a Fornost.

- Ah no, no. No estará sólo, Erion. Nosotros le acompañaremos, ¿verdad muchachos?

Centeno dijo que sí inmediatamente, pero Ernaldo, absorto en sus pensamientos y en el griterío circundante, tardó más en dar una respuesta.

- Eh...sí, supongo que sí. Si ustedes van yo también iré, claro.

Pasó la tarde y, comprobado ya que no había más razón que aquella de la guerra para haberlos convocado, se fueron marchando todos los medianos a sus respectivos smiales. Finabras previamente había citado a los voluntarios para partir al amanecer del día siguiente desde ese mismo lugar, y en eso quedó todo. Al mensajero no se le escapó que lo más probable sería encontrar desierta la explanada frente al agujero hobbit de su anfitrión cuando saliera el sol, salvo por esos curiosos medianos que lo acompañaron desde la empalizada. Tal vez fuera mejor, pensó.

Erion, Finabras y los tres fronteros se adentraron de nuevo en la caverna de entrada al hogar del anciano hobbit, y mantuvieron una larga conversación respecto al resultado de la asamblea, los preparativos necesarios antes de marchar y el itinerario del viaje a la capital del reino. Mungo, Ernaldo y Centeno se despidieron hasta el día siguiente y el anciano anfitrión y su huésped fueron a dormir acto seguido, a la espera de lo que pudiera traer la mañana.

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- Buenos días, Erion.- dijo el anciano hobbit al encontrar al mensajero despierto junto a la entrada del smial. El jardín delantero y la explanada cercana estaban desiertos en aquel momento, y el sol comenzaba a despuntar en el este. Continuó, mientras se acercaba lentamente a Erion.- Creo que no has tomado bocado esta mañana y no me gustaría que se corriera por ahí la voz de que, además de viejo y descuidado, no sé tratar a mis huéspedes. Pasa adentro y déjame preparar un buen desayuno para ti. Te hará falta. Os espera una larga jornada si pretendes llegar tan rápido a Norburgo como dijiste anoche.


El mensajero seguía allí, pensativo, mirando a uno y otro lado. Masculló por lo bajo un “lo suponía” y regreso al smial.

- Vamos, vamos. No nos juzgues duramente. Acompáñame y daremos buena cuenta de los pastelitos de semillas que me quedan. No creas que acabaron ayer con todos, esos tragones que te trajeron hasta aquí.

- ¡Todavía quedan deliciosos pastelillos de semillas en la despensa del viejo Finabras! –casi gritó Mungo que se acercaba con rapidez y parecía haberles escuchado.- Eres un viejo tacaño. Anoche casi muero de hambre. Buenos días Erion. ¿Dónde están los otros?

- ¿Qué otros? –respondió el mensajero.

- ¿No han llegado aun Ernaldo ni Centeno?- En el semblante del hobbit se formó una mueca de duda y contrariedad, pero rápidamente se esfumó.- Hum. Habrá que esperarles un poco. ¿Por qué no atacamos en primer lugar la despensa de este anciano? ¡Me ofrezco para cocinar y fregar los platos!

- No seré yo quien diga que no a tu ofrecimiento, ya que vais a desvalijar mi pobre despensa.- contestó Finabras teatralmente y haciendo gestos para que le siguieran.

El sol continuó su camino por el cielo mientras desayunaban. Luego Mungo fregó, tal y como había prometido, y así llegó el mediodía sin que Ernaldo, Centeno o algún otro se aproximaran al smial.

- Bueno.- comenzó Erion.- Es hora de partir. Agradezco mucho, amigo Finabras, vuestra hospitalidad. Me he sentido realmente bien en esta casa y espero regresar con más tiempo, en horas menos sombrías, para poder disfrutar de vuestra compañía. ¿Estas preparado Mungo?

- Desde luego.- le contestó el hobbit.

- Al fin no parecen haberse animado tus compañeros. Tal vez lo pensaron mejor. Incluso tú estás a tiempo aún.

- En cuanto a Ernaldo Redondo y Centeno Ciñatiesa no puedo negar que estoy un tanto sorprendido, y los extrañaré, pero mi elección ya está hecha. Viajaré con usted. No puedo quedarme aquí después de lo que he oído estos días. Y no puedo negar que ya hace tiempo soñaba con partir de la Comarca y ver otras tierras y otras gentes. No me importaría ver algún elfo incluso.

- Tal vez lo que veas no te agrade.- indicó el mensajero.

- Eso solo lo sabré tras haberlo visto.

- Esta bien. Partamos.

Montaron en sus cabalgaduras y se despidieron de Finabras. Dejaron atrás algunos huertos y granjas solitarios y llegaron en pocos minutos al Camino del Este. Desde allí marcharían hasta el Puente de los Arbotantes, cerca del cual se ubicaba la empalizada que viera al llegar Erion, y más adelante hasta el Bosque de Archet para cambiar de dirección por el Camino del Norte. Al menos pasarían cuatro días antes de llegar a Fornost y eso yendo a buen ritmo sin desviarse del camino y sin hacer más descansos de los necesarios para comer o dormir. Erion miró hacia arriba. El cielo claro de la mañana se veía alterado ahora, de cuando en cuando, por nubes oscuras que invariablemente venían del norte. El mensajero hizo un gesto a su montura y continuaron cabalgando.

A media tarde traspasaron el Puente Grande, sobre el río que los hobbits llaman Branda-nîn, y vislumbraron a lo lejos el obstáculo del primer día. Parecía que nadie había sustituido a los fronteros y la puerta de la empalizada se mantenía abierta, dejando pasar a todo el que llegara por aquel camino. Erion y Mungo se acercaron sin disminuir la velocidad. Nada más atravesarla oyeron un ruido a sus espaldas, como un silbido lejano. El hobbit frenó la carrera de inmediato.

- Espera, Erion. Alguien nos intenta alcanzar. Tal vez sean...- Una gran sonrisa se formó en la cara del hobbit.- Mire.

Erion forzaba la vista pero apenas veía una pequeña mancha en la lejanía del camino por el que venían.

- Ja, ja. Sabía que vendrían.- continuó Mungo.- Son Ernaldo y Centeno, y les acompañan más hobbits. ¡Bien por la Comarca!

Los dos jinetes hicieron descansar a sus monturas mientras esperaban la llegada del nuevo contingente. Pronto el propio Erion pudo identificar la lejana mancha negra. Debían ser alrededor de una docena de hobbits, todos montados sobre fuertes poneys. Al acercarse más también apreció como iban pertrechados para un largo viaje, e incluso algunos arcos y dagas largas asomaban por aquí y allá en los costados de los jinetes. Finalmente llegaron a su altura. Venían cantando.

- ¡Eh, muchachos, callad un momento!- dijo Centeno, y se dirigió a Mungo y Erion - ¿Creíais que nos dejaríais atrás, eh? Pero tenéis ante vosotros a los jinetes hobbits más valientes y rápidos de las cuatro cuadernas ¿verdad chicos?

- Y a los cantores más desafinados, añadiría.- replicó Mungo.- ¿Dónde demonios os habíais metido? ¿Acaso no habíamos acordado reencontrarnos en la explanada junto al smial de Finabras?

- Vamos Mungo, no te enfades. Fíjate que no venimos solos y ha habido buenas razones para llegar tarde, como ya os contaremos.- esta vez el que hablaba era Ernaldo, que se había puesto unas extrañas ropas y se había despojado de su habitual chaleco azul claro. Incluso llevaba al cinto una bella vaina de la que sobresalía la empuñadura dorada de una daga.- Y por cierto que antes nos hubiéramos encontrado si no es por esa prisa tan tremenda con que estáis matando a vuestras monturas. Menos mal que venía con nosotros mi primo Fildergard Bolger, el de potentes pulmones.- dijo señalando a un hobbit especialmente regordete y sonriente incluso para ser un mediano.

La voz de uno de los hobbits se alzó por encima de la charla: “En verdad hay sitio para unos buenos pulmones en la barriga de Fildry”, y todos rieron mientras el tal Fildry se sonrojaba.

- Pues me temo que ese será el ritmo con el que marchemos de ahora en adelante, si os aventuráis a continuar en esta empresa.- habló Erion.- Me alegra mucho descubrir que, al fin, nos acompañareis al norte pero, no queriendo ser descortés, la prisa ordena que posterguemos presentaciones y explicaciones y continuemos un rato más para intentar llegar, cuando menos, hasta el Bosque de Archet.

- En tal caso, marchemos hacia el Bosque.- dijo Ernaldo Redondo, y todos apresuraron a sus monturas.

Pronto se fue oscureciendo el cielo, en parte por la marcha del sol hacia el oeste, en parte por las nubes de tormenta que desde el norte comenzaban a cubrir la región. Por el sendero no se toparon con nadie, lo que agradecía Erion pues no veía fácil explicar convincentemente, a un eventual curioso, como era posible que un grupo de trece medianos de la Comarca se encontrara cabalgando en la oscuridad camino de Bree. Los hobbits habían dejado de cantar hacía rato. No parecían demasiado cansados pero era evidente su incomodidad, después de tanto tiempo sobre los poneys, y las menciones a la comida eran constantes. Llegaron bastante más tarde de lo que había previsto el mensajero a las estribaciones del Bosque de Archet y no tardaron en avistar luces cercanas procedentes de Bree. Para desconsuelo de muchos de los medianos, continuó la marcha, esta vez hacia el norte. Una hora después Erion les hizo parar. Apenas se podía ver nada pues la luna se encontraba en cuarto creciente, y quedaba oculta por las ramas del bosque una y otra vez.

- Vamos a salir del camino. Seguidme con cuidado. Conozco un lugar cercano en el que podremos guarecernos para pasar la noche.- dijo Erion, y todos le siguieron cuando torció hacia el oeste.

No transcurrió demasiado tiempo, aunque no les pareciera así a los medianos, cuando llegaron al lugar que Erion buscaba. Todos estaban bastante cansados a esa hora. Alguien se encargó de las monturas, y se pusieron a descansar. Un tal Tilo Tejonera se ofreció a encender un buen fuego y preparar una deliciosa cena.

- En verdad os voy a demostrar, mi estimado señor Erion, que los Tejonera somos excelentes cocineros, y que la harina con la que trabaja mi padre es de gran calidad, pese a lo que diga ese palurdo de Amadoc Corneta.- y señalando a otro de los hobbits.- Maese Odo, ¿encontró algo de leña apropiada para un buen fuego?

- Desde luego, mi buen Tilo. Mirad.

Erion, cansado y de bastante buen humor finalmente, no quiso estorbar los trabajos de estos hobbits, y dejó que encendieran el fuego. Los tres medianos del primer día se acercaron a él.

- ¿Vio a los hermanos Tejonera? –preguntó Mungo al mensajero.- Son muy divertidos a su manera. Se hablan de modo extraño, como si no fueran hermanos. Pero hay pocos cocineros como ellos en toda la cuaderna del este. ¿Cómo conseguisteis que vinieran, Ernaldo? y, por cierto, aun nos debéis una explicación, creo.

- Así es Mungo. Resultó que cuando nos despedimos del señor Erion y luego de ti, se nos ocurrió que tal vez no había sido buena idea ir en busca de los jefes de los clanes, como pidió Finabras. Son gente acomodada, que no entienden de guerras o defensas, como vimos.- comentaba Ernaldo.

- Cierto, muy cierto.- continuó el señor Ciñatiesa.- Pero nosotros no nos íbamos a cruzar de brazos, ¿verdad?, y sabíamos que algunos de nuestros amigos y vecinos tampoco. Visitamos a varios y descubrimos que los cabezas de familia que asistieron a la reunión apenas si comentaron nada sobre esta, y decían que un extranjero había hablado de batallas y otras locuras a las que no debe prestar atención un hobbit íntegro. Así que, ya bastante tarde, celebramos una reunión secreta, con muchos de nuestros amigos, y les explicamos lo que sucedía.

- Algunos se mostraron tan reticentes como sus mayores, pero estos que nos han seguido comprendieron la necesidad – continuó Ernaldo – y decidieron acompañarnos. En cuanto a los Tejonera... cuando oyeron lo que dijo Amadoc se pusieron muy furiosos y querían acompañarnos hasta los más viejos de la familia. Tuvimos que disuadirles, y al final se nos unieron Odo y Tilo, los más jóvenes de entre los adultos.- Ernaldo miró a su alrededor y viendo que los Tejonera no estaban cerca, continuó.- ¿Cree usted, Erion, que les permitirán hacer unas gachas de harina para el Señor Arvedui? Les haría mucha ilusión.

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Después de cenar y de las oportunas presentaciones se prepararon para descansar. El día siguiente sería muy duro si mantenían aquel ritmo. Erion organizó las guardias, ayudó a apagar el fuego y poco después se echó a dormir, como la mayoría de los hobbits. Parecía que apenas se había tendido cuando le despertó Mungo. Ya había salido el sol, aunque no lo parecía. Amaneció un día nublado y amenazador.

- Buenos días, Erion. Hoy parece que nos va a llover encima, pero es la hora de levantarse y desayunar.

- Buenos días Mungo.- La mayoría de los hobbits empezaron a desperezarse, y solo estaban perfectamente despiertos los últimos en hacer la guardia, entre los cuales se encontraba Mungo Gamoviejo.- ¿Alguna novedad?

Mungo examinó alrededor y casi en un susurro pronunció una sola palabra. Lobos.

- ¿Cómo?

- Lobos, Erion. Sus aullidos son inconfundibles cuando los conoces. Yo los oí hace tiempo, en la Cuaderna del Norte, y no los he olvidado desde entonces. Mis compañeros de guardia me preguntaron que eran aquellos sonidos y no quise alarmarlos, así que no les conté nada. Dejaron de escucharse hará una hora, y provienen del nordeste o yo no soy un Gamoviejo.

- Tendremos que apresurarnos aun más, si ello es posible. ¡Y encima este tiempo que amenaza tormenta! Despierta a los que queden dormidos. Desayunaremos y partiremos sin demora.

Levantaron el improvisado campamento en poco tiempo y volvieron al Camino del Norte, para continuar hacia Norburgo. El tiempo, como preveían, fue empeorando por momentos, y poco después de salir del Bosque de Archet comenzó a llover con fuerza. Dejaron atrás el paisaje dominado por el verde y se adentraron en una región gris, poblada por colinas en las que apenas crecía la vegetación. La jornada fue bastante triste, sin apenas descansos, mojados por el agua que no cesaba de caer. Esta vez, al llegar la noche, el cansancio y el frío pudo con el deseo de continuar la marcha, y se pusieron a buscar afanosamente un lugar que les sirviera de cobijo de la lluvia, en aquel erial que les rodeaba, aprovechando las últimas luces del día.

Erion, que conocía bastante la región, encontró un refugio, una pequeña cueva. Metieron dentro a sus exhaustas monturas y se prepararon para pasar una noche más tumbados sobre el duro suelo. Casi nadie hablaba. Estaban agotados por la marcha y ateridos por el frío y la humedad. Los hermanos Tejonera intentaron, como la noche anterior, hacer una fogata, pero les fue muy difícil, aun aprovechando un haz de leña que habían preservado del agua a costa de cargar con él durante todo el día. Al fin lo consiguieron, y pudieron calentarse todos junto a la pequeña lumbre. Erion les pidió que no apagaran el fuego del todo, ordenó de nuevo las guardias y se echó a dormir con rapidez oyendo el cálido murmullo de algunos medianos charlando en voz baja.

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- Erion, Señor Erion, despierte, por favor.- una voz cuchicheó en su oreja.

- Voy, voy. ¿Es ya mi turno? –preguntó Erion desperezándose.

- No, aun no.- Era Ernaldo el que le hablaba.- Pero estamos asustados, y no sabemos que hacer. Unos extraños alaridos irreconocibles se acercan a este lugar poco a poco...

El aullido de un lobo, claro y nítido, procedente de las cercanías, se elevó por encima de las palabras de Ernaldo, dejando al hobbit sin aliento.

- ¿Escuchó eso?

- Desde luego. Despierta a todos y que preparen los arcos. ¡Maldita sea!- Miró a su alrededor. Por suerte quedaban algunos rescoldos del fuego encendido al anochecer, y había sobrado algo de leña que previsoramente había apartado antes de acostarse. Tilo Tejonera, el otro hobbit de guardia, estaba en la boca de la cueva, escudriñando la oscuridad mientras sostenía inseguro un arco.- Tilo, ven, ayúdame.- Le costó levantarse pues el frío había provocado que se entumecieran sus huesos.- Coge las varas de leña más manejables y sepáralas del resto. Y después aviva ese fuego.

- Por supuesto, señor.

- Mungo, ¿estás despierto ya?

- Aquí estoy.- una figura al fondo, junto a los caballos, alzó la mano.

- Tu conoces mejor que yo a estos hobbits. Toma a los cinco mejores con el arco y dispónlos junto a la entrada. Los demás que enciendan sus varas en el fuego. A esos animales les disgusta mucho su calor. Ernaldo, ¿sigue lloviendo?

- A cántaros, señor, como decimos en mi casa.

- Esperaremos a esos lobos, si se acercan, en la boca de la cueva. Los arqueros detrás de nosotros.- Tras dar estas órdenes el mensajero se apostó junto a la entrada. No se veía nada.

Los hobbits se acercaron y tomaron posiciones, la mayoría de ellos bastante intranquilos. Otro aullido, esta vez más cercano, puso frenéticos a los hobbits y le costó a Erion imponer la calma. Pasaron algunos minutos cuando se pudo apreciar una sombra acercándose a su refugio. Un par de pequeñas luces amarillas les miraban sin pestañear desde aquella sombra. Se detuvo a cien metros más o menos de donde estaban los arqueros y Erion.

No tardaron en aparecer más ojos espectrales que, invariablemente detenían su paso a prudente distancia de los hobbits. Por último, cuando debían haberse reunido en total silencio alrededor de diez lobos, según los cálculos de Erion, uno de ellos se adelantó. Ya fuera por haber quedado desvelada en ese momento la pequeña luna de aquella noche, ya por arte de algún extraño encantamiento, el lobo se hizo visible para los defensores. Era de un blanco refulgente y sus ojos, rojos, brillaban y observaban con inteligencia. La lluvia constante caía sobre su lomo, aunque por su actitud pareciera que no lo notaba. Daba la sensación de un capitán midiendo las fuerzas de sus contendientes y calculando las posibilidades de victoria. Examinaba, una por una, la cara de todos los hobbits. De repente una flecha salió volando de la cueva y estuvo a punto de alcanzar los cuartos traseros del animal. El lobo rugió de furia y se alejó con rapidez.

No había podido Erion descubrir quien era el autor del disparo, aunque lo imaginaba, cuando varias de las sombras se abalanzaron hacia la entrada de la cueva. Al menos cinco grandes lobos negros de piel espesa se acercaron a gran velocidad. Mungo hizo una señal y cinco flechas surcaron el aire hacia los nuevos atacantes. Uno de los lobos cayó con sendas saetas en el lomo y cuello, y otro huyó quejándose y cojeando. Los tres restantes llegaron a la entrada y comenzó el combate. Dos de ellos pararon en seco su carrera al encontrarse con las antorchas de los hobbits, y mientras dudaban, una nueva y mortal andanada de flechas cayó sobre ellos. El tercero, como si siguiera un objetivo previamente marcado, paso por encima de un hobbit, arroyándolo, y saltó sobre Erion, haciéndole caer. Aplastado por el peso del inmenso animal intentó deshacerse de la presa, y aunque el lobo dejó de moverse casi al instante le asfixiaba el pesado cuerpo de tal modo que perdió la consciencia, mientras Centeno tiraba de su mano y pedía ayuda a los hobbits cercanos.

Cuando Erion se recuperó era ya de día. Había amanecido hacía al menos tres o cuatro horas según sus cálculos, aunque era difícil estar seguro con el mal tiempo reinante. Ya no llovía pero las nubes negras amenazantes seguían en el cielo. Estaba junto a la boca de la cueva. A su lado charlaban dos hobbits, y un tercero estaba tumbado en el suelo, cerca de donde se encontraba. Uno de los dos hobbits en pie se acercó hasta Erion examinando su rostro y llamó a los demás.

- ¿Qué ha sucedido? –inquiría el mensajero.

- Ha dormido un buen rato. Cayó desmayado cuando aquel lobazo se le echó encima. Se ve que le asfixiaba, y cuando se lo quitamos, temimos que hubiera sufrido una herida grave. Parece que no fue así, aunque sí tenía algunas rasgaduras a la altura del pecho. –los demás hobbits se fueron acercando. El mediano con el que estaba hablando debía de ser aquel Fildergard del silbido en el puente.- Odo Tejonera le aplicó un emplasto que dijo le haría descansar bien, y recuperar fuerzas.

- Pero... ¡no teníais que haberme dejado dormir tanto! Nuestra suerte depende ahora de lo rápido que lleguemos a Fornost. ¿Qué pasó con los lobos?

Odo Tejonera se acercó e intervino.

- Los lobos, por fortuna, no eran muchos, y tras el primer ataque se amilanaron. Nadie resultó herido salvo el señor Falco Ganapie. –y señaló al hobbit que parecía dormir junto a él.- Aunque tampoco fue grave. Y permita que se lo diga, antes de que continúe regañando a estos buenos hobbits, pero hicieron lo que les ordené, que le dejaran descansar. Necesitaba un buen descanso, pues si quedó inconsciente tras aquella embestida no fue solo por culpa del golpe o la asfixia.

- ¿Cómo se encuentra esta mañana, Erion? –esta vez era Mungo el que se había acercado.- Llegó a preocuparme cuando vi a Ernaldo gritando como loco que le ayudáramos a sacarlo de debajo de aquella bestia. ¿Conocía usted esta clase de lobos?

- Creo que eran huargos. Pero el que conducía la manada, ese que se nos quedó observando hasta que le disparasteis, era sin duda un huargo muy especial. ¿Qué sucedió con él?

- Debió de huir con el resto.

- Bien. Disculpadme por el mal humor con que desperté. Ese ataque podría repetirse de nuevo esta noche si no llegamos antes a Fornost y si conozco algo de estas criaturas. Debemos partir inmediatamente. Despertad a Falco y preparar las monturas. Nos vamos.

- ¡Pero señor! –se quejó Centeno Ciñatiesa.- ¡Si apenas habíamos comenzado el segundo almuerzo!

********************

De nuevo en marcha, bajo el tétrico cielo de las Quebradas del Norte, el grupo avanzaba a gran velocidad por el camino hacia la capital del reino. El paisaje se deslizaba a su alrededor mientras continuaban la cabalgata. Seguía siendo desolado, como el que apareció al salir del Bosque cercano a Bree. A pesar del cansancio que se iba acumulando en jinetes y monturas nadie se quejaba y mantenían el ritmo impuesto por Erion.

Así pasó el día. Apenas hicieron alto para comer un bocado frío y volvió la lluvia del día anterior, más fina pero más insistente. El camino continuaba y desaparecía más adelante entre sinuosas colinas. Hasta el mensajero se sentía un tanto desanimado, y dudaba acerca de cuanto tiempo les faltaba para acercarse a su meta. Sin apenas descansar se reanudó la marcha.

Durante la tarde la lluvia cayó intermitentemente y, como el día anterior, al caer la noche estaban empapados. Erion buscaba con la mirada luces que indicaran la cercanía del castillo o, tal vez, un puesto avanzado de Fornost. Pero nada se divisaba por delante y un temor irracional se acrecentaba en él cuando, en ocasiones, volvía la cabeza y dudaba haber visto dos ojos en la oscuridad. Finalmente oyó aquel sonido que tanto temía. Un aullido procedente del sur, no demasiado lejano.

Como impulsados por un resorte todos frenaron sus cabalgaduras y se miraron nerviosos. En los ojos de la mayoría de los hobbits la misma pregunta. ¿Qué hacemos? Un momento después la noche se inundaba de aullidos que, como un eco, se repetían con similar cadencia desde diversas direcciones.

- Son muchos.- casi temblaba Ernaldo Redondo.

- ¿Combatiremos, Erion? - preguntaba Mungo.

- No. Somos muy pocos y en el cuerpo a cuerpo no tendremos ninguna oportunidad. Hay que seguir cabalgando esperando encontrar pronto las luces de la fortaleza. Vamos, no hay tiempo que perder.

Aunque espolearon a sus monturas con dureza por el miedo, eran difíciles competidores para la manada que se les acercaba y pronto los aullidos sonaron a sus espaldas. Erion frenó su caballo. Los hobbits le iban a imitar cuando en su rostro se encendió una mueca de furia y les hizo un gesto para que continuaran.

- Adelante, adelante. ¡Qué nadie pare!

- Pero, Señor, no podrá...- la frase de Mungo quedó cortada por la intervención colérica del mensajero.

- ¡He dicho adelante Soldado! No es tiempo de discutir. Seguid el camino.

Y Mungo continuó su carrera con una extraña mezcla de duda, tristeza y enfado ante la orden categórica que le habían dado. Nunca antes alguien habló a Mungo de esa manera, y esperaba que nunca más otro se atreviera.

Entretanto Erion quedó al fin solo, esperando la llegada de sus enemigos. No había querido usar aquel tono con su amigo Mungo, ni con los otros hobbits, pero no tuvo más remedio. Era cuestión de minutos que aparecieran los huargos en el lugar donde los esperaba. No hubiera dado tiempo a otras explicaciones. Era necesario su sacrificio allí y ahora, y los medianos tal vez no hubieran comprendido, o le hubiesen hecho dudar.

Apareció uno de los lobos a la carrera e intentó abalanzarse contra caballo y jinete, pero Erion alcanzó a clavarle la espada en pleno salto, y desvió el empuje del cuerpo con una hábil maniobra de su arma. Llegaron entonces otros tres lobos, pero estos frenaron la carrera y observaron al mensajero y al lobo caído. Pasaron los segundos, y más y más corpulentos huargos se unieron a los primeros adoptando aquella actitud expectante que tomaron la noche anterior. Entre todos uno volvía a distinguirse por su pelambre clara. Era el mismo cabecilla de la manada que huyera en el anterior encuentro. Miró al jinete y comenzó a hacer sonar su garganta de modo extraño, casi como si hablara una jerga incomprensible, pero lógica. Para gran alarma de Erion los lobos empezaron a moverse de nuevo, y de alguna manera se preparaban, conforme a las órdenes de su jefe, para atacar todos a una. Erion echó su montura atrás, lentamente, esperando el primer ataque. El lobo blanco se mantenía parado, con la mirada vigilante que no apartaba un momento de él. El final iba a llegar de un momento a otro.

Entonces, para sorpresa de los lobos y del propio humano, reaparecieron los hobbits. Varias flechas surcaron el aire, y la mayoría de los lobos se amilanaron, pero no se alejaron demasiado, y el lobo blanco se mantenía en la misma posición.

- ¿Qué hacéis aquí? ¡Dioses! Ahora todos vamos a morir.- clamó Erion a la vez alegre y enfurecido. Pero Mungo replicó rápido, sin apartar la vista de los lobos, y manteniendo una flecha en su arco.

- Se oyen ruidos también al norte del camino. Tal vez más enemigos llamados por estas fieras. Si hay que morir, mejor contigo que perdidos en la oscuridad.

- No te vas a librar de nosotros tan fácilmente mensajero.- decía sonriendo, pese al cansancio, Centeno.

- Que así sea. ¡Rápido, en círculo!, y reservad las flechas solo para cuando estéis seguros de acertar. ¿Oíste Ciñatiesa?

- ¡Brrr! ¿No te dije, Mungo Gamoviejo, que no hacía falta regresar, que Erion se las apañaría solo? –decía Centeno sonriendo.

- ¡Cuidado! –chilló Fildergard.

Los lobos atacaron de nuevo, y de nuevo fueron rechazados como pasara el primer día. Y así sucedió otras dos veces. La tercera vez dos hobbits fueron sorprendidos por la embestida de un par de lobos, desde un flanco que no tenían cubierto, y uno de ellos cayó del poney. Erion mató inmediatamente al que intentaba cebarse con el caído, el pobre señor Tilo Tejonera, y Ernaldo y Mungo se enfrentaron al otro. Erion levantó la cabeza. Del norte llegaban ciertamente ruidos. Un grupo de jinetes venía por el camino. Los lobos también lo oyeron, y quedaron pendientes del cabecilla. El huargo blanco echó a correr hacia el sur pero una flecha le ensartó el costado, y a ella le siguieron dos más. El resto de lobos huyó en la noche mientras Centeno alzaba los brazos cantando y diciendo que era el campeón matalobos.

Al momento irrumpieron los jinetes por el camino, más de cincuenta según calcularon, que al ver a los catorce compañeros, hicieron frenar a sus caballos. Vestían con ropas oscuras y era difícil vislumbrar sus caras. Los hobbits prepararon sus arcos y se removieron inquietos, esperando una señal de Erion. Pero Erion no hizo ninguna señal perceptible. Se acercó a los recién llegados e intercambió algunas palabras con ellos, en un lenguaje que los hobbits desconocían. Entonces levantó la mano, e igual hizo su interlocutor, y estrecharon los brazos. Después giró hacia los expectantes medianos.

- Estamos a diez minutos de Fornost, muchachos. Se acabaron las carreras de momento.

El clamor súbito de los hobbits se concretó en un entusiasta y largo ¡bien!

********************

- No has llegado, en verdad, demasiado pronto.- le decía uno de los jinetes a Erion, mientras se dirigían hacia la fortaleza.- Las hordas del Señor de Angmar se acercan a gran velocidad por el este, y no llegaran más tarde de seis o siete días. La situación en Fornost es muy tensa, y nadie sabe que va a acordar el Rey, que lleva varios días encerrado en sus aposentos, recibiendo a todos los que tienen alguna ascendencia sobre él.

- ¿Hay noticias del Reino del Sur? ¿Ha mandado tropas Earnil?

- No se sabe nada. El mensajero no ha regresado, pero tampoco han llegado más refuerzos a Fornost, desde que marchaste, que estos que te acompañan. Y aunque demostraron con su actitud igual prudencia que valentía, me temo que son insuficientes para hacer frente al ataque próximo.

- ¿Has visto actuar a mis amigos?

- Oh, sí claro. Sus poneys les delataron un poco más adelante. Hablo de prudencia, o quizás suerte, que no es poco, pues escucharon aullidos de lobos, lobos a los que veníamos persiguiendo desde hacía una hora y decidieron volver, o así imaginé desde mi escondite, cuando les vi parar, hablar entre ellos y retornar por donde venían. En aquel momento no intervenimos pues preferíamos mantener nuestra celada sobre los huargos, y no tardaron en pasar por allí, como siguiendo el rastro de los medianos. Les dimos muerte con facilidad. Luego partimos en busca de ellos, y llegamos hasta el lugar donde peleasteis con los lobos restantes. Y hablo de valentía porque era evidente que allí había habido un peligroso combate y que tú solo, amigo, no hubieras podido hacer frente a tantos enemigos. Me alegro de que se dieran la vuelta, y que de alguna manera, tal vez, te hayan salvado de morir.

Erion miró a los hobbits, que escuchaban atentamente, y les sonrió. Junto a él, cansados, algunos heridos y muy hambrientos se encontraban los hobbits más valientes de la Comarca, no había duda. Se sentía orgulloso de que le hubieran acompañado.

Llegaron por fin a su destino cuando la noche estaba avanzada, y no fue poco el revuelo que se levantó cuando corrió la noticia de que Erion había retornado y traía refuerzos de la Comarca. No eran muchos los que conocían a la raza de los medianos y esperaban la llegada de, al menos, doscientos o trescientos hábiles guerreros y arqueros que ayudaran en la defensa de la fortaleza. Pronto, por tanto, fue la desilusión la que igualmente se expandió. Habían llegado con Erion no más de una docena de arqueros y, como decía escandalizado uno de los centinelas que les vio entrar, “aquellos no eran medianos. Aquellos eran bien pequeños”.

Durante los tres días siguientes el pueblo de Arthedain olvidó rápidamente a los arqueros y volvió a depositar la esperanza en la aparición de tropas venidas de Gondor. Pero transcurrieron las jornadas sin novedades, en una tensa espera, que solo rompió, al atardecer del tercer día desde el retorno de Erion, la llegada de un extraño a las puertas de la fortaleza. Un emisario del Señor de Angmar, un humano enjuto y de piel cetrina, solicitaba entrar para entrevistarse con el Rey Arvedui. La noticia fue rápidamente trasladada al Señor de Fornost que accedió a entrevistarse con aquel mensajero. Convocó al Consejo Real y a los principales Capitanes, y a otros muchos como al propio Erion, y ordenó a uno de sus hombres que trajeran al visitante.

El enviado de Angmar entró en la Sala del Trono escoltado por dos fornidos guardias. No podía ocultar un gesto, primero de asombro y luego de codicia, ante la magnificencia y esplendor de lo que le rodeaba. Cuadros, tapices representando batallas de la antigüedad, joyas, esculturas y otros trabajos hechos por hábiles artesanos muertos hacía eones, junto con los secretos de su arte. Igualmente deslumbrantes eran las galas con que se ataviaban los Capitanes y los Consejeros, y los demás invitados o familiares de la Casa del Rey. Junto a Arvedui, se sentaba su esposa venida del sur, la hija de Ostoher, la bella Fíriel. Cerca de él, el viejo y sabio Malbeth, todo negro y plata.

Pasaban los segundos y el mensajero del Negro Señor de Carn Dûm no daba muestras de comenzar el parlamento. Miraba ahora despectivamente a los reunidos, sonriendo sin disimulo.

- ¡Ahora habla! – Ordenó firmemente uno de los Capitanes, dando un fuerte golpe en el brazo de su asiento.- ¿Cuál es la propuesta que ofrece tu Señor?

- ¡Disculpadme, disculpadme!. No asustéis a este simple emisario que solo desea parlamentar.- la voz del enviado era baja y ronca y hablaba sin ninguna convicción, riéndose de la reprimenda.- La propuesta queréis conocer. Bien. Es esta: mi Señor Rey Brujo de Angmar os tiene por adversarios nobles, pues no es cierto que nosotros, vuestros enemigos, no sepamos admirar y recompensar la valentía y el coraje en los que se nos oponen. Os exige dejéis la defensa de esta, última de vuestras fortalezas. Entregaréis las armas y todos los soldados de vuestro reino dejarán el combate y volverán a sus tierras, que en adelante serán tributarias de la de mi Señor. El Rey Arvedui será llevado como rehén hasta Carn Dûm, y todos sus parientes cercanos, a fin de evitar futuras sublevaciones o traiciones de los que hoy son vuestros vasallos, mas serán tratados con piedad. Las piedras traídas del oeste, las Palantíri, pasarán a formar parte del tesoro de mi Señor. El Rey Brujo, a cambio, dejará con vida a todos los que hoy defienden este lugar, y les permitirá partir en paz.

- Vuestro Señor está loco, si cree que aceptaremos esta propuesta.- Hablaba ahora Aranarth, primogénito del Rey.- Queréis que os entreguemos valiosas posesiones y hombres que os costarían mucho tomar por vuestra propia mano. Yo digo, ¡no a la propuesta!- Muchas otras voces se alzaron para coincidir con Aranarth.

- ¿Qué seguridad tenemos de que ese al que llamáis Brujo de Angmar cumpla con lo pactado?- era el Rey Arvedui el que intervino, por primera vez.

- No tenéis más remedio que confiar... - el enviado cambió ahora el tono para imitar el de Arvedui en la anterior pregunta -...en ese al que vuestro bisoño hijo llama loco, en su ignorancia. En todo caso vuestras horas están contadas y solo la generosidad de mi Señor os facilita esta alternativa. Podéis tomarlo, o dejarlo. Vosotros sabréis en cuanto estimáis a vuestros hombres. Si no aceptáis las condiciones caeréis de todos modos bajo nuestras fuerzas. ¿Qué respuesta he de llevar a mi Señor? Pensadlo bien pues una respuesta egoísta la pagarán con su vida los soldados que os siguen.

- Majestad.- el que hablaba era uno de los Capitanes más mayores.- En vuestra generosidad en verdad confía este absurdo rufián, y a ella encomienda vuestra elección pues es claro que pretende una salida atractiva que no cumplirá. Ningún soldado bajo mi mando rendirá las armas, si no es tras haber vencido la amenaza que se avecina, pues no confían, como yo, en la palabra del Señor de Angmar. Escuchad, entonces, mi consejo. ¡No a la rendición! Si ese Brujo desea Fornost, ¡que venga a buscarla!

- Encuentro acertadas las palabras de Geleb.- ahora intervenía un anciano, Consejero del Rey.- No propugnaría yo la guerra, y la defensa desesperada, si no viera otra solución a este ataque. Pero en verdad, no la hay. La propuesta del enviado de Angmar es irrisoria y, evidentemente, no será cumplida, pues sería hecho nuevo nunca visto que el Bandido que reina en Carn Dûm perdonara la vida a un solo dunedain. Que el Señor de este mensajero intente tomar lo que ahora exige, y será la hora de saber si es tan fuerte, y sus hordas tan numerosas, como se pretende.

Murmullos de asentimiento recorrían la Sala, mientras el Rey cavilaba, y escuchaba a su esposa que le hablaba en voz baja. El enviado no parecía tan alegre a la vista del cariz que iban tomando los acontecimientos.


- Entonces, ¿debo considerar la palabra de estos señores sustituta de la del Rey de Arthedain?

- Estos que han hablado también lo hacen por mí, ciertamente. No, no aceptamos el trato que propones pues no es justo ni tenemos garantías de que vayáis a cumplirlo. Vete, mensajero del mal, y no vuelvas la vista atrás no sea que deseemos ser menos benevolentes con tu persona. Huye con tu señor, y asegúrate de que nunca más volvamos a vernos las caras. Dile a ese que se proclama Rey Brujo de Angmar que el Rey Arvedui, descendiente de Elendil de Numenorë, legítimo señor de estas tierras, no acepta consejos ni amenazas del caudillo de un puñado de orcos.- e hizo un gesto a los guardias que lo escoltaban para que sacaran de allí inmediatamente al mandatario.- Dejadle partir sin daño, mas si intenta algún mal dadle muerte de inmediato.

- Os arrepentiréis, necios. Habéis perdido vuestra única oportunidad.

- Apártate de mi vista no sea que pierdas tú también la tuya.

Cuando el enviado salió la Sala, de nuevo, quedó en silencio. Era costumbre que el propio Rey acabara toda reunión con una fórmula ritual que aun no había sido pronunciada. Por fin habló, y en su cara aparecieron surcos de preocupación y tristeza.

- Este enviado no deja de tener razón en algunos aspectos. Los exploradores más rápidos informan de la llegada inminente de un ejército muy numeroso. Tan numeroso que no hay lugar a la más mínima esperanza: barrerá Fornost con nosotros dentro o fuera de la fortaleza. De Gondor no nos llegan noticias aunque enviamos un mensajero este verano, ni los Puertos Grises están en disposición de hacer algo más que darnos refugio por un tiempo. He cavilado mucho la decisión que ahora se toma, y no he dejado de consultar a los Consejeros antes de tomarla. Es momento de hacerla pública. Vamos a preparar el desalojo de Fornost.

El silencio que se hizo ahora en la Sala estaba lleno de furia y puños blancos. Conscientes de la previsible derrota, era realmente duro aceptar sus consecuencias, la marcha, el exilio, el final del reino, tal vez la muerte en una huida para todos deshonrosa.

- No obstante esta no es la única decisión terrible que hay que tomar en esta hora aciaga. La marcha del castillo, para que tenga algún éxito, debe ser inmediata y supone- por unos momentos el Rey se quedó sin habla, quebrada la voz -...que algunos guerreros mantengan la posición para dar suficiente tiempo de alejarse de las garras del enemigo a los que huyen. En fin, hoy pido un sacrificio que a nadie se puede exigir. Disponga todo para la marcha, Geleb, y que el Oeste se apiade de nosotros.

El Rey se levantó, olvidados los formulismos ante la congoja, y le siguió su mujer. Geleb se levantó entonces y llamó a los más altos Capitanes para que le siguieran. Poco a poco, el resto de consejeros e invitados salieron de la Sala, y así terminó la última recepción y consejo celebrados en la Sala del Trono de Fornost.

Los hobbits se levantaron temprano la mañana siguiente. Les había despertado un guardia bajo la perentoria orden de prepararse para partir. Quedaron extrañados, pero aquel tipo marchó tan rápido que no hubo oportunidad de hacer más preguntas. Se perdió en busca de otros puestos de soldados alrededor de la muralla, lugar en el que ellos estaban alojados, no lejos de un campo de tiro con arco y, como habían suplicado los Tejonera, de las cocinas del castillo. Prepararon sus pertrechos y esperaron la llegada de Erion, que cada mañana se pasaba a visitarles.

Cuando llegó el mensajero los hobbits le saludaron e inmediatamente se dieron cuenta de que algo andaba mal.

- ¿Estáis preparados para la partida?

- Sí. Vinieron esta mañana a avisarnos. ¿Adónde vamos? –era Mungo el que le preguntó.

- Me temo que la palabra “vamos” no es la más correcta. Los Capitanes han decidido hacer tres grupos de gente. Por un lado estarán los que van a quedar en Fornost para realizar una última defensa desesperada, y entorpecer el avance de las tropas de nuestros enemigos. Por fortuna, ninguno de nosotros tendrá esta obligación. Otro acompañará al heredero, y al mayor contingente de hombres hacia el oeste, en busca de refugio en las estancias de Cirdan el Barquero elfo. A mí se me ha ordenado acompañar a este grupo. El tercero, partirá con el rey a la cabeza, hacia el noroeste, intentando atraer hacia sí al enemigo, para desviarle del segundo grupo, y después ocultarse en las viejas minas de los enanos en las que será muy difícil para los orcos el combate, aun contra un ejército mucho menos numeroso que el suyo.

Alguien oyó hablar de vosotros entre los Capitanes, y se habló de vuestras cualidades, vuestra resistencia demostrada en el rápido avance desde la Comarca hasta Norburgo, como le decís. También que erais de poco tamaño y no estorbaríais a caballo o jinete si montarais con un humano. En fin, por muchos motivos han decidido que iréis con el Rey.

La sombra de la tristeza por la separación imprevista cubrió el rostro de los hobbits. La desolación de algunos era palpable.

- Vamos, vamos. No os pongáis así. Nadie habló de que yo fuera vuestro Capitán. Solo vuestro guía por un tiempo. Por otro lado os ha tocado el mejor grupo. Los compañeros del Rey son los que tienen más posibilidades de evitar el combate y, por tanto, de sobrevivir. Es una triste desgracia que no pueda acompañaros porque...- la entereza que venía mostrando Erion se vino abajo-...hubiera querido estar con vosotros hasta el final.- Una lágrima recorrió su mejilla.- Preparadlo todo para partir. Saldréis los primeros, en menos de una hora.

- Espera Erion. ¿No se puede hacer nada para cambiar esas órdenes? – Mungo desesperado como los otros, cogía del brazo al mensajero.- Nos da igual ir en otro grupo, no tememos el combate pues hemos venido a combatir, pero no será fácil soportar que te vayas.

- No Mungo, no es posible. Somos soldados y debemos obediencia al Rey y a sus Capitanes. Lo he intentado, pero se me ha denegado el permiso para ir con vosotros. Por favor, no me hagáis más amargo este momento. Aceptad las órdenes y confiad en que nos volvamos a encontrar dentro de poco.

- ¿Vendrás a despedirnos? –preguntó Mungo, apenas recuperado del mazazo.

- Si puedo soportarlo, sí.

Como había indicado Erion, la partida del Rey estaba preparada cuando pasó una hora. Los hobbits llegaron a las puertas cabizbajos, sin ninguna gana de marchar, y no eran los únicos. Las despedidas se sucedían, y el propio Rey sintió dolor al despedirse de sus hijos y mujer. Erion llegó hasta donde estaban los hobbits esperando que se les asignaran los jinetes con los que iban a cabalgar. Sus poneys quedaban en Fornost.

- Bueno, amigos. Ahora debemos despedirnos por un tiempo.- Erion parecía haberse recuperado un poco.

- Amigo.- Mungo se abrazó al mensajero que hubo de agacharse, y lo mismo hicieron los demás hobbits, atrayendo la mirada de los presentes. Cuando separaron el abrazo Mungo, emocionado, quiso decir algo más pero no pudo, y fue Centeno el que habló.

- Te rogamos que tomes estas prendas de amistad, apenas más que un mathom, como decimos en la Comarca.- Acercó a Erion una flecha pintada de variados y vivos colores y una daga enjoyada.- La flecha es mi flecha de la suerte, ahora tuya. La recuperé del cuerpo del lobo blanco antes de que retornáramos al camino. La daga es de Ernaldo. Ten estos objetos como regalo de todos nosotros.

- Muchas gracias, pero es inaceptable.- antes de que pudieran quejarse los hobbits continuó.- Os propongo una cosa.- Tomó algo de su cuello y se lo colgó a Mungo Ciñatiesa. Un bello colgante del que pendía una piedra de matices verde oscuro y negro.- Mis padres me regalaron esta joya hace mucho tiempo, y fue realizada por un orfebre de esta zona cuando yo aun no había nacido. Quiero que la llevéis de momento, como yo llevaré vuestros regalos, con la promesa de que sean devueltos a sus dueños, o tal vez vueltos a regalar, cuando nos reencontremos. ¿Qué os parece?

- Aceptamos, ¿verdad, muchachos?

- Sí.- respondieron todos al unísono.

Un soldado se acercó, saludó a Erion y a los hobbits, y les indicó con quienes debían montar. Cuando ya todo estuvo preparado sonó una trompeta, y comenzaron a marchar rodeando la fortaleza, hacia el oeste.

- ¡Cuidaos, y cuidad del Rey!

- Adiós.- le contestaron los medianos, alzando la mano, o eso parecía, pues las lágrimas le velaban la vista en aquel momento.- Nos veremos pronto.

********************

Apareció la madre de los cuatro hobbits por la puerta e interrumpió el relato.

- ¿Qué tal, niños? Espero que no hayáis molestado a este buen señor.

- Puede estar tranquila. Son unos jóvenes estupendos. Ha sido un placer quedarse a cuidarlos.- respondió el anciano.- Ahora tengo que marchar, muchachitos. El señor Manzano me ha recomendado que me acueste pronto, y vosotros deberíais hacer lo mismo.

- ¿Cómo termina la historia?- suplicaba uno de los hobbits.

El anciano sonrió.

- ¿De verdad os interesa? Bueno, aquellos hobbits se encontraron de nuevo con Erion, pero esa es otra historia que debe ser contada en otro momento, ¿no os parece? Ahora debo irme. ¡Hasta luego, Prímula!

- Hasta luego, y vuelva pronto. Vamos niños, despediros del señor y darle las gracias.

- Hasta pronto.- recitaron los cuatro hobbits.

Ya afuera el viejo caminó hasta su cercano hogar: un agujero hobbit, un auténtico smial, aunque adaptado a sus dimensiones. Era el único de la Gente Grande que vivía en la Comarca y mucho tiempo pasaría después hasta que otro viviera en ella. Abrió la puerta, que carecía de cerrojos pues no había motivos para desconfiar de nadie en aquel lugar, y entró. Se preparó una frugal cena y cuando terminó dejó la mesa sin recoger, se acercó a un pequeño armario y examinó su interior. Allí había una flecha, perdidos muchos de sus colores por el tiempo, pero bien conservada por lo demás, y una daga que nunca había usado. Y más objetos que le recordaban momentos pasados. Cogió uno en concreto y se acercó a su sillón predilecto. Se sentó y comenzó a soñar y recordar. Tantos años buscando a aquellos hobbits. Primero en las cuevas de los enanos, luego en el norte, donde habitan los Hombres de la Nieves de Forochel. Jamás dio con ellos, pero todavía le daba un vuelco el corazón cuando recordaba el día que encontró a un pescador de los Lossoth de cuyo cuello colgaba la joya que ahora sostenía fuerte en la mano. Soñó con que se encontraba con Mungo, con Centeno, con Ernaldo y con todos los demás en otro lugar, uno en el que los reyes brujos de Angmar no tenían ninguna cabida, un mundo menos horrible y cruel. Y ya no despertó.

“El pueblo de la Comarca sobrevivió, aunque la guerra pasó como un viento sobre ellos, y la mayoría huyó a esconderse. Enviaron en ayuda del rey a algunos arqueros que nunca más retornaron.”

Apéndices de El Señor de los Anillos.

Apéndice A (iii). Pág. 23