Máscara

por Jesús Santiago Álvarez Muñoz "Narnaron"

Tercer Puesto, Premios Gandalf 2005

 

 

La tierra sabía mal en la boca. Los granos de arena rechinaban entre los dientes y luego descendían por la garganta, seca, guijarrosa, con aspiraciones apresuradas que amenazaban asfixia. Una, dos, tres veces, una tos ronca los expulsaba, pero no era suficiente. Las lágrimas escocían en las mejillas arañadas, el pelo estaba crespo y sucio, al igual que las ropas tras haber rodado por el suelo. Lo peor no era el dolor de la rodilla izquierda, que aún sangraba a través del roto del pantalón; lo peor era la humillación sufrida, y la certeza de que aquello se volvería a repetir dentro de no mucho tiempo.

Y mientras, aún podía oír a sus infantiles enemigos, que cantaban y reían mientras sus voces se perdían por el camino, trotando sin volver la vista atrás. Enroscando su delgado cuerpo sobre sí mismo, con las manos abrazadas a sus hombros en un intento de ahogar los sollozos, el pequeño Gríma lloraba en silencio, una vez más.

 

No había sido una gran pelea. Había estado jugando con Bràlah, Helmlong y los demás chicos de la aldea, montados a horcajadas unos sobre otros y blandiendo pequeñas espadas de madera. Gríma era demasiado débil para portar a otro muchacho sobre sus hombros y poco hábil empuñando cualquier arma, así que le había tocado ser la presa. Dispuso de un breve plazo para esconderse en el bosque, y antes de consumirse el tiempo pactado, oyó los vítores y voces de desafío. Había comenzado a correr sin esforzarse en ser cauteloso, pisando raíces que le hacían trastabillar, resbalando sobre las rocas húmedas, recibiendo en la cara los latigazos de las ramas que no tenía tiempo de apartar. Jadeaba, exhausto. Las voces cada vez estaban más cerca; llegaban de todas partes, como si sus perseguidores se hubieran multiplicado o encontraran aliados fantasmales. Oyó un cuerno justo delante, y varió su rumbo hacia la izquierda, mientras el sudor le caía por la cara. Aquellos niños brutales deseaban tener una excusa para pegarle y él, sin demasiado tino, sólo por agradar, se la había proporcionado: era la presa. En este juego, los jinetes tenían que darle caza, y así vencían. Pero, ¿cómo podía ganar la presa? Gríma no lo sabía; el juego terminaba cuando los jinetes habían abatido a la presa, y no antes. Las piernas empezaron a flaquearle, la cabeza le daba vueltas, y a cada inspiración le dolía el pecho. Cada vez se movía más despacio, y los árboles se movían en torno a él como enemigos furibundos que agitaban sus ramas y encorvaban sus troncos, ¿o era el viento? El sendero se había perdido bajo sus pies, el sol desaparecía oculto por el follaje, y el suelo desnivelado le hacía tropezar otra vez.

De improviso, como en un sueño, entró en un claro del bosque. Tenía la forma de un círculo aplastado y en su lado más corto distaba treinta metros hasta los árboles. Animado por esta diferencia en el terreno, Gríma se aprestó a cruzarlo. La urgencia le obligaba a mover los pies deprisa y sus rodillas chocaron entre sí, haciéndole caer al suelo con un bufido apagado. Se quedó allí, como un muerto, oyendo los ruidos del bosque: pájaros, el arroyo cercano, una ardilla que trepaba hacia las copas. No tenía fuerzas para levantarse, pero aquello era hermoso. Allí podría quedarse tumbado todo el día, sin el menor deseo de irse, si tal cosa fuese posible.

Pero no sería tal día. Como sombras más oscuras que el bosque, aparecieron desde distintos puntos del claro los jinetes perseguidores, en silencio y moviéndose con deliberada lentitud. El más grande de ellos, montado a horcajadas sobre un niño obeso y sudoroso, hacía señas a los demás con su arma de madera. Los otros asentían con la cabeza e intercambiaban miradas inteligentes mientras trazaban un círculo en torno a su presa, que continuaba inmóvil. Gríma no pudo ver las maniobras de sus cazadores, tan sólo sabía que lo habían alcanzado, y que estaba perdido.

Una voz áspera rompió el silencio.

-¿Qué te ocurre, animal? ¿Por qué no continúas huyendo para que podamos perseguirte?

Gríma se encogió sobre sí mismo un poco más, atreviéndose sólo a levantar la cabeza lo suficiente para comprobar que los otros continuaban allí.

-¿Es que no me oyes? ¡Maldito tarado!

Bràlah acompañó sus palabras con un estirón del pelo de Gríma, que soltó un breve grito y giró sobre sí mismo con una mueca de dolor, bizqueando por el sol que le daba en la cara. Tenía las ropas llenas de hojas secas y raspaduras, y en las mejillas heridas por las ramas quemaban sus lágrimas.

-¡Has estropeado el juego! -le gritó Bràlah, ante el asentimiento de los demás- ¿qué sentido tiene que te persigamos, si te quedas en el suelo muerto de miedo hasta que demos contigo? No sirves para ser caballo, ni caballero, ni siquiera para ser presa... no eres más que un pequeño tarado.

- Yo,... no he querido estropear nada -gimió Gríma-, me caí...

- Es un cobarde -le cortó Helmlong-, un cobarde miedica como su padre.

-Gríma, hijo de Galmod -se burló Bràlah-. Eres una criatura siniestra y extraña. ¡Máscara!

Gríma trato de incorporarse, extendiendo ambas manos delante de él, pues casi no podía abrir los ojos. La traducción a la lengua común de su nombre le hería más que los golpes que pudieran propinarle. Máscara. Entre él y los otros chicos siempre se había levantado una barrera, y ésta estaba impresa en su propio nombre. Su nombre. Avanzó unos pasos a ciegas, mientras sus compañeros de juego le seguían de cerca, increpándole:

-¡Máscara, Máscara!-repetían parte de los cazadores.

-¡Gríma, Gríma!-coreaba el resto.

Tropezó al llegar al camino de la aldea, cayendo entre las huellas profundas de carros, al tiempo que algunas piedras le rasgaban las rodillas. Pero nada de esto detenía a sus instigadores.

-¡Máscara, Máscara!

-¡Gríma, Gríma!-cantaban, y mientras se movían en torno a él pisoteaban el suelo con fuerza, levantando una polvareda que le enrojecía los ojos, haciéndole llorar de nuevo.

-¡Máscara!

-¡Grima!

Un ruido de ruedas y cascos se aproximaba desde más allá de la última curva. Los agresores cesaron sus cánticos y se miraron interrogativamente.

-¡Marchémonos de aquí! -dijo al fin Bràlah- No merece la pena mancharse las manos con este llorica. ¡Que lo recoja alguien que ya las tenga sucias!

Los otros corearon un par de hurras, y marcharon a la carrera camino abajo, entre chanzas y empellones, con un eco que golpeaba los tímpanos del vencido, que yacía boca abajo en el suelo.

 

Gríma estaba solo otra vez. El sonido que había puesto en fuga a los otros le llegó con claridad, y se fue acercando hasta detenerse. Unas palabras incomprensibles fueron siseadas rápidamente por varias voces, y varios pares de pies se dirigieron hacia él. De pronto escuchó una voz, que se precipitó desde lo alto para estallar contra su cráneo con fuerza; era dura, demoledora en su cabeza, así que los restos de su consciencia huyeron lejos, llevándose consigo todo lo demás. A ese pozo cayó y ya no vio ni oyó nada más.

 

 

Cuando Bràlah regresó a su casa era ya pasada la hora de comer. Se paró frente a la puerta y miró su alrededor, satisfecho: la construcción era la más grande de la aldea y estaba situada en mitad de ésta, como reconocimiento a la autoridad de sus moradores. Una voz apremiante llamó desde el interior:

-¡Bràlah, es tarde! ¿Dónde te habías metido?

-Estaba jugando con los otros chicos cerca del cruce de Vado Arenoso -rezongó el interpelado mientras ocupaba su puesto en la mesa-. Siento mucho que te enfades, padre.

-Lo que yo siento es que no valores la disciplina que trato de inculcarte. La comida ya está fría.

Fréaróf, el jefe de la aldea, se levantó de su asiento mientras se pasaba una mano por la larga barba negra, con expresión severa. Mantuvo su enorme cuerpo firmemente frente a Bràlah, observando al niño hasta que su ceño se suavizó un poco. Volvió a hablar.

-Un día quizás seas tú quien dirija a estas gentes, y debes estar preparado. Pero no eres capaz de seguir las más sencillas normas…

-Pero padre -protestó Bràlah-, hago todo cuanto me pides, bien lo sabes, y soy el más fuerte y el más rápido, y los otros confían en mí.

-Y un día te seguirán, como ahora me siguen a mí aquellos con los que jugaba antaño. Y lo harán divididos entre el amor y la obligación. De ti dependerá cuál de las dos pese más en su corazón.

Siguió un incómodo silencio, sólo roto por los ligeros pasos de la madre desde la cocina.

-¿Has terminado tus ejercicios de escritura? -continuó Fréaróf.

-Bueno, no tengo que volver a la escuela de Dimholt hasta dentro de dos días, y pensé...

-Pensaste que estas estúpidas tareas de escritura no eran importantes -interrumpió Fréaróf, y se volvió hacia la salida, deteniéndose en la puerta un instante para volver la cabeza-. Y te equivocaste, otra vez.

La puerta se cerró tras Fréaróf y, como una señal, Hàmwyn acudió hasta la mesa, posando una mano amorosa sobre la cabeza de su hijo, mientras con su otro brazo le rodeaba los hombros. Bràlah la miró entre la rabia y la frustración, enrojeciendo mientras trataba de ocultar las lágrimas que surcaban sus mejillas.

-Madre, nunca soy lo suficiente bueno para él.

-No, no es cierto, mi pequeño. Pero tienes que entenderlo, tu padre no quiere que sólo seas un guerrero.

-¿Y qué otra cosa puedo ser? Él mismo ha matado a muchos enemigos defendiendo estas tierras, y es el más fuerte de nosotros.

-Claro que sí, pero no terminan ahí sus obligaciones. Es él quien dirime nuestras diferencias y administra justicia cuando es necesario. También escribe en el libro de la aldea, como antes que él hicieron muchos. Ese mismo libro que está sobre la mesa del cuarto, y que cada luna llena leemos a los demás junto al fuego, recordando quiénes fuimos y qué somos.

-Historias de viejos, que no paran las flechas ni derrotan al invasor.

-Pero que evitan repetir errores, y permiten reflexionar sobre la forma de evitarlos. Y, de todas formas, mi pequeño, no olvides que son los vencedores quienes escriben la historia de lo sucedido. Y que tú debes ser uno de ellos.

Bràlah agachó la cabeza, pensando en el significado de esas palabras, y sus hombros se relajaron entre las manos de Hámwyn, que continuó hablando.

-Fíjate en Gríma. Aprovecha mucho sus lecciones, y ya sabe leer y escribir sin dificultad...

-¡No nombres a ese estúpido! -respondió el muchacho con violencia- ¡Es un débil, y no aporta nada de utilidad para la aldea!

-No toleraré que sigas hablando de ese modo -replicó Hámwyn alzando la voz-, no hables así de quien lleva tu propia sangre.

-Precisamente por eso no puedo soportar su presencia -se levantó dejando su plato lleno en la mesa, y salió corriendo de la casa. Le ardía la cabeza y su vista se nublaba, mientras seguía hablando consigo mismo- Por su maldita sangre.

 

 

 

Lo despertó el áspero contacto de una sábana sobre la mejilla. Gríma trató de moverse, pero la posición enroscada de su cuerpo sobre la silla de mimbre evitó que pudiera hacerlo. Una penumbra ambarina se esparcía por la pequeña estancia, tiñéndolo todo de sombras inquietantes. El habitáculo al fondo del cual se encontraba era estrecho y alargado, y todo lo que se encontraba en él estaba colocado con el mayor sentido de aprovechamiento del espacio. Un catre de madera y plumas ocupaba la parte derecha, y sobre él asomaba una estantería cargada con libros y fardos de hojas manuscritas. En la pared opuesta se alineaban un par de cofres de madera tachonada, sobre los que descansaban anaqueles de pesados volúmenes de cuero y bandejas con distintos recipientes de vidrio, cuyos contenidos no alcanzaba a distinguir. En el otro extremo de la apretada sala, una figura vestida con anchos ropajes blancos le daba la espalda, volcada sobre un escritorio de ébano donde descansaba una vela, oculta por su cuerpo inmóvil.

Gríma contempló todo con asombro creciente mientras trataba de recordar cómo había ido a parar a aquel lugar. De repente, la figura sentada comenzó a hablar, y sus palabras sonaron como aldabonazos en la cabeza de Gríma, pues era la misma voz que había oído antes de desmayarse. Tenía firmeza, y también comprensión; amabilidad, acompañada por un matiz imperativo al que no cabía sino abandonarse; y, por encima de todo, inducía una inviolable sensación de maravilla y admiración hacia la persona que emitía aquellas palabras.

-Veo que ya te encuentras mejor -dijo la voz con un suave acento de preocupación-. A tu izquierda encontrarás algo de agua y un par de pastelillos, si es que tienes ánimo para comer.

Gríma bebió el agua, pero no tocó la comida. Trató de aguzar su vista entre las sombras, pero la figura sentada a contraluz continuaba dándole la espalda, revelando tan sólo vislumbrar que también eran blancos aquellos largos cabellos que se derramaban sobre la espalda del cuerpo alto de anchos hombros.

-Muchas gracias por atenderme -balbuceó el niño- pero ¿dónde estoy? Lo último que recuerdo es el camino, con los chicos de la aldea... -se calló de pronto, avergonzado al recordar el incidente.

-Estas ruedas son mi transporte y mi aposento cuando me encuentro fuera de mi morada -dijo la figura mientras pasaba una página del libro que estaba leyendo-. Yo y mis dos servidores te recogimos en ese camino. Estabas herido y cubierto de polvo. Espero que no tengas muchos enemigos como ésos.

Gríma bajó los ojos y trató de responder, pero le faltó la voz. De pronto, surgió en su cabeza una idea más apremiante.

-Perdonadme, señor, ¿quién sois? -dijo atropelladamente, pero pronto se arrepintió de haber realizado una pregunta tan directa.

-Quién soy -la figura levantó la cabeza del estudio y pareció contemplar por unos instantes la luz de su escritorio-. Eres audaz, muchacho, o estúpido, en cualquier caso. Soy tu anfitrión, o soy quien te está interrogando, o soy el que está a punto de sacarle las entrañas a un invitado tan inesperado como descortés -la voz se hizo áspera y tenebrosa, y Gríma se encogió sobre sí mismo, pero pronto volvió a su tono cordial y amable-. Las cosas, y aun los seres vivos, dependen de quién las mire o de quién hable de ellas, más que de lo que esencialmente son en sí mismas. Eso, muchacho, debería bastarte.

Se levantó de su asiento, llevando en la mano derecha la palmatoria que iluminaba la sala, y al ponerse en pie su cabeza casi rozaba el techo a dos aguas. Tenía una larga barba del mismo color que su cabellera y sus ropajes. Sólo sus cejas eran negras, sobre unos ojos ardientes que escrutaban con intensidad.

-Muchos son los nombres que me han otorgado, y algunos más han de sucederse en el futuro -continuó la voz-. Pero entre los habitantes de estas aldeas dispersas del norte de Rohan, los hombres iletrados y salvajes me llaman el Mago Blanco. Si tú eres distinto a ellos, me llamarás Saruman.

 

 

 

Temblaba como una hoja cuando al fin entró en la aldea. El sol ya se había puesto, y el cielo se teñía de un púrpura que alargaba las sombras y confundía los objetos, mientras el viento azotaba las llanuras con desdén. Gríma se dirigió a la fuente que manaba a los pies del gran olmo, muy cerca de su casa. Al llegar se detuvo, pues una sombra se movía bajo las sombras del árbol.

Apoyada en el pretil de la fuente había una niña de poco más de diez años, corta de estatura, cuyos rubios cabellos reflejaban furtivamente la luna mientras su perfil se adelantaba hacia el agua.

-¿Goldmynë?

La figura inclinada se giró, sobresaltada al oírle.

-Ah, Gríma, eres tú -sonrió limpiamente y sus dientes se asomaron en la oscuridad-. Qué susto me has dado. No esperaba ver a nadie aquí a estas horas.

Gríma tardó en responder, los ojos fijos en aquel bulto en la noche que le hablaba.

-Bueno, yo... Me he retrasado.

-Ya.

Gríma tragó saliva, y se rascó la nariz un par de veces. Un relincho cercano fue seguido por el sonido del viento que agitaba las enormes ramas del olmo. Los dos continuaron en silencio.

-Goldmynë...

-¿Sí?

-¿Qué harías si supieras algo que nadie más sabe?

-Hmm -ella arrugó la pequeña nariz con interés-. No te entiendo.

Gríma levantó su mano de nuevo hasta tocarse la nariz, y después se rascó rápidamente detrás de la oreja antes de continuar.

-Quiero decir... Qué harías si tuvieses un secreto, uno de ésos que no puedes contar a los mayores sin que se rían o te castiguen.

Goldmynë permaneció un instante inmóvil, y luego dio un paso hacia el frente, o eso le pareció a Gríma, pues su rostro se hizo más grande y sus rasgos más definidos en la oscuridad. Había dejado los cubos de agua en el suelo, y miraba fijamente al muchacho. Las trenzas rubias enmarcaban el delicado rostro y el azul de sus ojos brillaba ahora con intensidad, rasgando el espacio que les separaba. Gríma notaba que su corazón latía más aprisa ahora, resonando en su cabeza, y aquel sonido llenaba la escena. Su corazón acelerado y el rostro de Goldmynë, nada más. La voz de ella le hizo cerrar los ojos, y se dejó mecer por su sonido.

-Todos necesitamos compartir nuestras cargas -dijo Goldmynë-. Yo le contaría mi secreto a alguien en quien pudiera confiar, alguien que apreciara mucho. Alguien como... Bueno, ya sabes, un secreto compartido es un peso más liviano.

Gríma abrió los ojos, y Goldmynë estaba en el mismo lugar en el que la había encontrado, con uno de los cubos sobre el pretil, y moviendo el otro con evidente esfuerzo. El muchacho se dio cuenta de que había imaginado el acercamiento, y se maldijo en silencio por ello. Ella era inalcanzable, y la distancia que les separaba ahora no era menor que la que mediaba entre la aldea y Edoras.

-Gracias -dijo él con voz ronca-, tengo que irme.

-Yo también. En casa se preguntarán por qué me retraso tanto. Nos veremos mañana -dijo mientras se volvía.

-Goldmynë -pronunciar su nombre era como contener arena entre los dedos-, tú eres mi amiga, ¿verdad? No eres como los otros, tú no te ríes de quién soy...

-Claro. Ya lo sabes. ¿Sucede algo?

-No, es sólo... sólo necesito dormir. Gracias, buenas noches.

Se dio la vuelta, alejándose del lugar, mientras las nubes cubrían parcialmente el satélite nocturno y el camino al hogar se volvía de repente oscuro. Una vez en casa lo recibieron los ronquidos del cuarto principal y el olor a rancio y sudor. Agachándose, apartó una vasija volcada sobre el suelo, y puso sobre la única y desvencijada mesa un trozo de pan duro que había sido mordisqueado por las ratas. Evitando otros objetos desparramados por la sala se tumbó sobre el jergón situado en la esquina, con una manta deshilachada cubriéndole apenas el cuerpo. Los ojos se negaban a cerrarse; había sido una jornada intensa.

Ya casi no recordaba la pelea y las burlas de aquella mañana. Dolía, pero se había convertido en una presencia que aceptaba con irónica resignación. Sin embargo, su estancia en el carro del mago había sido como la irrupción en una sala fuera del tiempo, el sitio más extraño y fascinante que jamás había conocido. Por primera vez se había sentido un ignorante; él, que había leído tantos libros de los que casi nadie conocía su existencia. En cierto modo, Saruman también era un apartado, un ermitaño rodeado de rústicos hombres de guerra, que ni siquiera toleraban su presencia, y que inventaban confusas historias sobre él para asustar a los crédulos y rehuir todo contacto con el personaje. Saruman era un hombre sabio, y le había invitado a él, Gríma, hijo de Gálmod -miró tristemente hacia el centro de la sala, donde los sonidos del durmiente mantenían su irritante volumen- a que acudiera a su carromato al día siguiente, para seguir hojeando algunos volúmenes que habían despertado su interés. El mago había insistido en que los libros no podían salir de aquel lugar, y a Gríma no se le había ocurrido llevarle la contraria. Y al fin Goldmynë. Sabía que no se trataba más que de un sueño, que años más tarde la muchacha más hermosa de la aldea se uniría a Bràlah, por entonces preparado a suceder a su padre. Nada cambiaría eso, pues era la forma en que las cosas se sucedían. Sin embargo, Gríma quiso soñar esa noche.

Al fin, los ronquidos de su padre arreciaron, interrumpiendo sus pensamientos de nuevo. Gríma suspiró, cansado, y se arrebujó en su manta, sintiendo las tablas de madera a través de aquel jergón demasiado fino, mas al cabo de unos minutos terminó deslizándose en un sueño tranquilo.

 

 

Los días siguientes pasaron rápidos para Gríma. Fue una época feliz aunque tristemente corta, debido al abrupto desenlace después del cual nada volvería a ser lo mismo. Recordaría aquellas furtivas escapadas por el camino a Vado Arenoso, donde tras dejar atrás un bosquecillo de tilos, se adentraba por un camino lateral que, después de un leve descenso, conducía al claro donde se encontraba el carromato de Saruman.

En aquellos momentos nunca se preguntó qué haría tan extraordinario personaje a las afueras de una aldea sin importancia, pues su entusiasmo juvenil se imponía a cualquier otro pensamiento. Más tarde, sin embargo, cuando todo hubo pasado y visitaba con frecuencia la morada de Isengard, en vano trató de comprender si había sido azar, desgracia o un propósito perfectamente planeado lo que le había acercado a aquellos lugares.

Una vez franqueados los dos individuos que custodiaban el transporte Saruman lo recibía siempre de espaldas, inclinado sobre su trabajo, sin mayor saludo que un gesto vago de su mano izquierda. Aquello bastaba; era una seña entre los dos, un símbolo de aquiescencia que estaba muy cerca de lo que Gríma entendía por camaradería. Al llegar, ocupaba su sitio junto a la puerta y ponía sobre sus rodillas el volumen que el mago había preparado anteriormente para él. Después el silencio se hacía dueño de la estancia, y sólo era roto por el raspado de una pluma sobre pergamino, o por el pasar de las páginas. En aquel pequeño recinto, en medio de las llanuras de Rohan, el tiempo se detenía y algo flotaba en el aire. Aquellas dos mentes concentradas cada una en su tarea compartían aquel espacio, y aquel silencio. Cuando se hacía la hora de la cena, Gríma comentaba lo mucho que le había gustado el libro y que era hora de que regresara. Seguía la despedida del mago, acompañada con el comentario de que al día siguiente continuaría en aquel mismo lugar, por si deseaba acercarse. Gríma siempre volvía.

Sin embargo, todo cambió el quinto día. Cuando llegó el momento de marcharse y el chico ya se levantaba de su asiento, la mano del mago volvió a alzarse como una advertencia, y el muchacho se sentó de nuevo, expectante. La voz de Saruman volvió a sonar, profunda y reverente.

-Muchacho, ha llegado el momento de que sea yo el que se marche, pues otros asuntos me reclaman en mis tierras.

-Por supuesto, señor. Estoy seguro de que tiene ocupaciones más importantes que disfrutar de la tranquilidad de estas tierras.

-Te equivocas, muchacho -continuó Saruman, y el simple hecho de que la voz lo contradijera hizo que Gríma sintiera un escalofrío-. El descanso aquí es más que satisfactorio para mí, pero también alguien que anhela conocimiento puede hallar en esta zona asuntos de gran interés.

-¿Cómo? ¿Aquí, en estas tierras? No alcanzo a imaginar cómo...

-En ese caso no dispones de la suficiente imaginación para llegar a ser sabio, pues lo insospechado se agazapa casi siempre tras las cosas más cotidianas, si uno sabe mirar -hizo una pausa-. Tu aldea es uno de los pocos lugares en todo Rohan donde se ponen por escrito los acontecimientos más relevantes para la comunidad. Esa memoria llega hasta los antiguos tiempos de Déor y Gram, al final del Primer Linaje, unos días que ni siquiera los padres de los padres de aquellos que son ahora ancianos llegaron a ver.

-Es cierto, yo conozco ese libro, y muchas veces he leído sus páginas -hizo un gesto de ingenua satisfacción-. De hecho, creo que soy el habitante de la aldea que lo ha leído en más ocasiones.

El torso del mago se giró y los ojos felinos emergieron de la penumbra, permitiendo a Gríma contemplarse en ellos junto con la heterogénea mezcla de impaciencia y codicia que destilaban. Sin embargo, la voz calma contradijo el brillo de su mirada.

-¿Recuerdas un fragmento, probablemente escrito durante los días de Fengel? Una comitiva del tercer hijo del rey, el actual monarca Thengel, se dirigió a Gondor. Una escapada tan discreta como previsible, pues el entonces príncipe huía de una corte ampulosa y egoísta en busca de un futuro mejor junto al Senescal Turgon.

-Sí,... Thengel ganó allí grandes honores, y se casó y permaneció en Gondor hasta la muerte de su padre.

-Ésa es la segunda parte de la historia. Había huido en la noche como un ladrón, pero regresó reclamado por el pueblo como Rey, con un séquito que maravilló a los que salieron a su paso.

-Sí y volvió junto a sus dos hijos, la hija mayor...

-Y un Théoden que por aquel entonces no contaría más de cinco años, y que pronto será el nuevo monarca, puesto que el fin del viejo Thengel ya está cerca. Veo que conoces la historia -miró al muchacho de arriba abajo - ¿Existe algún pasaje en ese libro que describa el paso de esa última comitiva por la aldea?

-Bueno, tal vez sea aquél… -meneó la cabeza mientras posaba su mentón sobre la palma de la mano-, sí, de hecho se registran los vítores al rey, se encuentran anotadas algunas canciones y parte de la conversación que mantuvo con el entonces jefe de nuestra aldea.

-¿Recuerdas haber leído alguna descripción de los objetos que portaba el rey consigo? -La mirada de Saruman era ahora más intensa, y Gríma tragó saliva antes de contestar.

-Bueno, así es, pero... lo cierto es que es un fragmento largo y no recuerdo los detalles. Se dice algo de un gran baúl, no sé, también un gran bulto esférico envuelto en terciopelo negro...

Saruman reclinó su espalda sobre el respaldo de su asiento. El brillo peligroso había desaparecido y Gríma suspiró, aliviado.

-¿Habría alguna posibilidad de que pudiera echar un vistazo a ese pasaje?

La voz del mago sonaba más amable que nunca, y resultaba imposible ofrecer una negativa. Sin embargo, Gríma dudó un poco.

-Bueno, señor, si se lo pidierais a Fréaróf, el caudillo de la aldea, estoy seguro de que accedería sin...

El mago rió, interrumpiendo a Gríma con la repetición cavernosa de un sonido sin alegría. Sonaba desoladoramente sincero, una mezcla de condescendencia y decepción.

-¿A quién van a prestar ese tesoro? -dijo burlonamente- ¿A Saruman, el mago malvado? No, no me parece una buena idea.

-Bueno, lo cierto es que...-Calló, al darse cuenta de la mirada del mago.

-Gríma, como ves, no puedo pedirlo yo directamente. Así que quizás...

-Quizás yo podría...

-Sí.

-Traérselo, para que pudiera leer la parte correspondiente, y devolverlo después -Gríma balbuceaba-. Pero quizás no me dieran permiso, pues yo sólo soy...

-No es necesario pedir permiso.

-¿No? Entonces...

-Sabrás qué hacer.

-Sí, puedo hacerlo, pero…

-¿Qué mal puede haber en leer un pasaje?

-Ninguno...

-Entonces tus remilgos no deben cegarte, tan sólo se trata de hacer un favor a un amigo.

-Un pequeño favor, pero también un engaño…

-¿Crees que tus otros amigos se ofenderán? ¿Crees que a ellos les importa tu pellejo? ¿Que no te dejarían a un lado si tuvieran que elegir?

-No todos son así... hay alguien que me aprecia.

Saruman lo estudió en silencio, y su mirada creció en intensidad.

-Ya veo, esa estúpida debilidad típicamente humana. No acabo de entender vuestra atracción por el otro sexo, que tantos males depara y en la que sigue cayendo el corazón de los Hombres -la voz se hizo más profunda, las negras cejas del mago ocuparon toda la habitación y su presencia se hizo insoportable-. Llegado el momento, cuando deba elegir, te traicionará. Todos lo hacen. Y ahora, Gríma, hijo de Gálmod, debes elegir tú. Puedes marcharte.

Gríma se estremeció involuntariamente, murmuró una excusa precipitada mientras caminaba a trompicones hacia el exterior del carromato, donde alzó la mano para cubrirse del sol del atardecer. Encontró la senda de regreso, y caminó por ella de vuelta a casa, con una creciente opresión en el pecho.

 

 

 

-No debes ser tan duro con el muchacho.

-No lo soy.

-Sí que lo eres, y él sólo trata de complacerte. Aunque es justo lo que no pretendes, crece como un bravucón. Bràlah es el líder de sus compañeros, sí, pero lo es porque le temen. O porque es más divertido para ellos burlarse de los que no son tan fuertes. Como Gríma.

-Mujer...

-No, Fréaróf, escúchame, en esta casa se está alimentando un odio que no logro comprender. No defiendo a Gríma porque sea el hijo de mi hermana, sino porque es parte de esta comunidad, un niño como lo son otros.

-Sabes que en esta aldea no todos son tan tolerantes como yo. La gente siempre está hablando desde que el chico nació; ya conoces la reputación de su padre. Gálmod es un hombre egoísta y ruin, que jamás ha contribuido al bienestar de otros. Te juro que no entiendo cómo Gléodern se casó con él.

-Fréaróf, te estás excediendo. Gléodern era una muchacha cariñosa y sensible. El porqué le agradó la compañía de Gálmod no es asunto nuestro.

-¡Por favor, era tu hermana! Gléodern sentía lástima de todas las criaturas desvalidas, y esa misma inclinación fue la que le hizo unirse a ese hombre.

-Y es algo que debes respetar.

-Lo respeto, pero te lo repito otra vez; cuando Gléodern murió durante el parto, y ese niño nació de la pobre muchacha muerta, la gente empezó a murmurar, y aún no han terminado. Nada bueno podía salir de la estirpe de Gálmod.

-Fréaróf, ya es suficiente...

-No bastó que esa criatura inocente fuese sacrificada, desde entonces Gálmod se volvió huraño, y su comportamiento aún más estrafalario. Han sido muchas veces las que hemos tenido que llevarlo a su casa, deshecho entre los vapores del alcohol y presa de las convulsiones de su oscuro corazón. Siempre que aparece su nombre o el de ese muchacho es motivo de conflicto. Ha habido robos que no han podido resolverse, nuestros hijos siempre riñen por su causa, y todavía hay más cosas que no me atrevo a contar, pero que los hombres juran haber visto y oído, y que yo me cayo para no inquietarte más.

-No, basta, ya está bien...

-No, no está bien. Mira, me da pena ese chico y me gustaría ayudarle, pero también soy el jefe de esta aldea, y tengo que mantener el orden entre mis gentes. Un día alguien perderá la paciencia, e ignoro si seré lo suficiente rápido para detenerle. Lo mejor para todos sería que Gríma y su padre abandonaran este lugar, y que no volvieran a aparecer. Aquí no hay sitio para ellos.

 

 

Siguió un largo silencio; unos pasos se alejaron de la casa. Gríma continuaba escondido tras la pila de leña cerca de la puerta, tratando en vano de ordenar sus emociones. Como cada tres días, había acudido a casa de su tía Hámwyn a recoger la parte de comida que ella les preparaba, y tras oír su nombre en una conversación no pudo evitar permanecer oculto mientras escuchaba. Deseó regresar a su casa, pero la triste necesidad de su manutención era apremiante, por lo que entró llamando a su tía en voz alta, para advertir de su presencia.

-Gríma, vaya... -Hámwyn se giró, enjugando unas lágrimas recientes-. Vienes por la comida, ¿verdad? -el muchacho asintió-. Mira, lo tengo todo aquí preparado: algo de asado, pan recién hecho y un poco de tocino. Todo un manjar -su voz denotaba una fingida alegría-. Quieres fruta, ¿sí? Puedes recogerla tú mismo de aquel cesto, yo debo ir al río mientras quede algo de luz. No te preocupes, cierra la puerta al salir -añadió mientras se giraba para que no viera las lágrimas que volvían a surcar sus mejillas.

Gríma se quedó de pié, solo, en aquella casa que discutía por él, en la que se le cuidaba, se le temía y hasta se le odiaba. Se obligó a buscar el cesto de la fruta, y al hacerlo pasó junto a la única estancia separada de la gran sala central. Una habitación era un lujo sólo reservado a los poderosos, y allí se conservaban las armas del jefe, los trofeos, la silla de montar y una mesa, a modo de escritorio, que ocupaba un tercio de aquel espacio.

Sobre la mesa había un gran libro forrado en cuero, con algunos refuerzos de madera en el lomo y las esquinas. Gríma conocía muy bien aquel volumen, pues lo había tenido entre sus manos en numerosas ocasiones. Mas nunca escribiría en él, pues ése era el privilegio reservado al caudillo de aquellas tierras. La vida era un libro en el que escribían los fuertes, mientras a los de su clase sólo les era dado leer lo que otros hubieran impreso antes.

Pero no quería tomar aquello que no era suyo, ni tan siquiera como un préstamo. Si lo cogía ahora y se lo llevaba al mago, el hilo que lo mantenía unido a la comunidad se rompería; tras aquella traición vendrían otras. Recordó las palabras de Saruman: "Te traicionarán. Todos lo hacen". Todavía le dolía la rodilla maltrecha, pero el orgullo roto quemaba, y tardaría mucho más en cicatrizar, si es que lo hacía. Había oído la conversación anterior y no podía olvidar las palabras de Fréaróf: "Aquí no hay sitio para ellos".

Antes de ser consciente de lo que hacía agarró el libro con ambas manos y lo ocultó bajo el manto. Buscó la salida, temeroso del regreso de su tía o, lo que era peor, de los otros habitantes de la casa. Fuera no había nadie, y la luz era cada vez más escasa. Se escabulló por la parte de atrás, corriendo agachado a intervalos hasta que alcanzó los primeros árboles. Allí se tendió un momento tras unos arbustos, respirando salvajemente por la boca. No debía pensar más en aquello, no había vuelta atrás. Aquel hilo que lo sostenía se había roto desde el momento de su nacimiento, no merecía la pena compadecerse más. La mirada de Goldmynë interrumpió sus pensamientos, y por un instante la bondad de la imagen le impulsó a regresar y devolver lo que había tomado. De pronto resonaron más allá las risas de Bràlah y los otros, que volvían del bosque con sus espadas de madera, y aquel incipiente arrepentimiento se hizo añicos. Gríma se levantó, siguió una pequeña senda detrás de la colina cercana, y dando un rodeo encaminó sus pasos hacia el bosque de tilos, cerca de Vado Arenoso.

 

 

 

Al día siguiente, un suave viento trajo de las montañas olor a nieve e hizo que el día fuera más fresco. Los cazadores se habían marchado ya, y casi todas las mujeres se encontraban en el río. Tan sólo los niños, o los más ancianos, quedaban en la aldea cuando Gríma salió de su casa. Lo hizo antes de que su padre despertara, pues no quería enfrentarse con su posible mal humor ni con la visión de su cuerpo maloliente y cargado de miserias, que despertaba en el muchacho una intensa aprensión sobre sí mismo.

Se adentró en el bosque en dirección este, en sentido opuesto a Vado Arenoso. Estaba avergonzado por su acción del día anterior, e iba golpeando con rabia aquellas piedras que encontraba a su paso. Recordó haberse deslizado a hurtadillas hasta el improvisado aposento de Saruman, el educado y distante agradecimiento de éste y, más que otra cosa, el brillo de victoria en sus fríos ojos. Gríma comprendió entonces que el cumplimiento de su encargo no había supuesto ninguna sorpresa para el mago, pues de alguna manera todo había formado parte de un plan concebido astutamente. Se encontraba en medio de lo que él mismo había provocado, y no pudo consolarle el canto de los pájaros, ni el frescor del arroyo cercano, ni la pequeña cueva bajo una falla que constituía su escondite desde hacía algunos años.

Con el sol de mediodía se encaminó de vuelta hacia la aldea. Caminaba con la cabeza agachada, contemplando sus propios pasos sobre la hierba, por lo que no vio a los otros chicos hasta que tropezó con ellos.

-¡Maldito tarado! ¡Mira por dónde vas! -dijo Bràlah, al tiempo que empujaba a Gríma hacia un lado, haciendo que cayera al suelo.

-Lo siento, no os he visto, yo...

-¡Cállate tarado! -gritó Bràlah, golpeando con su pie las costillas del caído, haciendo que éste emitiera un lastimoso quejido.

-Bràlah, espera un momento -dijo Helmlong, posando una mano sobre el hombro de su compañero- ¿No deberíamos interrogar  a este..., eh, a Gríma?

-¿A Gríma? -Bràlah rió con desprecio, y fue una risa sucia-. Este mequetrefe no nos quitaría ni el sueño, aunque se atreviera. No perdamos más tiempo aquí, continuemos.

Los dos muchachos se marcharon y Gríma se levantó del suelo, palpándose el pecho con dolor. Oyó una risita ahogada, y al girarse contempló asombrado a Goldmynë, que sentada en una roca lo miraba con interés mientras no dejaba de sonreír.

-¿Qué es lo que encuentras tan gracioso? -preguntó Gríma.

-Tú. Él. Estás tirado en el suelo, sin tan siquiera saber por qué. Y Bràlah -suspiró mientras se le iluminaban los ojos-, qué conmovedor es verlo buscar lo que ha perdido, cuánta desesperación y furia hay en él.

-¿De qué hablas? ¿Qué es lo que le pasa a Bràlah?

-Ya te habrás dado cuenta de que hoy está más irritable que de costumbre -hizo una pausa, y miró al muchacho a los ojos-. A pesar de que tú no me cuentes tus secretos, yo te contaré uno: alguien ha robado el libro de la aldea, y Bràlah está buscando al culpable. No puede avisar a su padre ni a los otros, puesto que ese libro estaba bajo su custodia, y reconocer su descuido hará que no vuelvan a confiar en él. Para alguien que está aguardando el momento de ser el caudillo de estas tierras, ya puedes imaginarte lo que significa.

-Ya... pero, ¿qué haces tú aquí?

-Observar. Es encantador ver cómo se esfuerza en mantener el control de una situación que le sobrepasa. Lleva toda la mañana interrogando a los otros chicos, y haciéndoles jurar silencio. Estoy segura que conseguirá recuperar ese libro.

La ira cruzaba como un río de fuego la mente de Gríma. Sus sueños se esfumaban, todos ellos, como no podía ser de otra forma. Decidió no ser prudente.

-Yo sé dónde está el libro.

-¿Qué? Bromeas.

-Te digo que sé dónde está el libro. Yo lo robé.

Los ojos de Goldmynë se abrieron más aún, y conforme Gríma le refería los sucesos que había callado, también asomó a ellos un incipiente interés, y un apunte de admiración. El muchacho le narró su fortuito encuentro con el mago, cómo le había atendido, las numerosas visitas que realizó después a aquel claro no muy lejos de Vado Arenoso. También relató la necesidad de Saruman por leer ciertos pasajes del libro de la aldea, y cómo él le había proporcionado lo que necesitaba. Cuando finalizó su historia hubo un breve silencio, y el rostro de Goldmynë fingió una calculada indiferencia.

-Estás mintiendo, Gríma, tienes demasiada imaginación.

-¡No, es verdad! Ha sido como te he contado.

-No tienes por qué inventar esas historias para impresionarme, no necesito eso -sus ojos se entornaron, y en sus rizos el sol pareció refulgir más fuerte que nunca, enmarcando una sonrisa amistosa-. Gríma, eres un muchacho extraño.

-¿Me creerías si te llevara allí? Mañana debo recoger el libro para devolverlo a su lugar antes de que todo esto llegue a oídos de Fréaróf. ¿Me acompañarás?

-Lo haré -dijo ella riendo quedamente-, y veremos en qué acaba esta historia.

-Muy bien. Mañana, cuando despunte el alba, te estaré esperando entre los primeros árboles del camino del este.

Dicho esto, se marchó rápidamente, con el corazón latiendo tres veces en cada zancada y la mente nublada de pensamientos inconexos. Goldmynë permaneció sentada entre las rocas, ensortijando entre los dedos su dorada cabellera, rodeada por los plácidos sonidos del campo.

 

 

A la mañana siguiente, Gríma y Goldmynë marchaban juntos hacia Vado Arenoso. Ella había sido muy puntual y, en silencio para evitar inconvenientes miradas, habían partido en la dirección apropiada mientras la oscuridad iba retirándose del cielo poco a poco, descubriendo las verdes llanuras de Rohan.

Caminaban muy cerca el uno del otro, imbuidos en el tácito silencio que habían alargado desde su partida. Gríma andaba rígidamente, torturado por sus propios pensamientos: la mano de Goldmynë meciéndose tan cerca de la suya, y que en ocasiones rozaba. Qué debería decir a Saruman ¿Acaso ella podría entrar en el carromato con él, o debía esperar fuera? ¿Cómo podía Gríma exigir la devolución del libro a tan insigne personaje? Habían acordado la devolución, eso era cierto, pero quizás fuera un poco apresurado para el mago. En su mente todo conducía a una elección entre dos fuerzas irresistibles; aquella que caminaba a su lado, y la que aguardaba en el claro.

Si no hubiera estado tan sumido en estos pensamientos quizás habría oído las ramas que se iban moviendo en el lado izquierdo del camino, sonidos que los habían acompañado desde su salida de la aldea. Si hubiera estado más alerta, tal vez habría detectado estos movimientos, y al tomar el camino a través del bosque de tilos hubiera podido ver a aquellos que los seguían. Pero la cabeza de Gríma no atendía a lo que sucedía a su alrededor, y así siguió hasta que, después de un ligero descenso, llegaron al claro, al borde del cual Gríma se detuvo con la boca abierta y los brazos caídos.

El carro del mago no estaba. Ignorando las llamadas de su compañera, Gríma corrió hacia el centro, donde se tiró al suelo en busca de huellas. Recorrió toda la zona a cuatro patas, husmeó y arrancó montones de hierba con las manos, presa de un incipiente frenesí.

-¡Gríma! ¿Qué sucede?-preguntó la muchacha.

-¡Era aquí! ¡Aquí estaba! -La miró un momento, con la voz enronquecida y cercana al llanto-. No es posible, ha estado en este mismo lugar toda una semana, y no hay rastro de huellas, nada, nada, nada.

-¿No puede ser que te hayas confundido? Hay decenas de parajes similares en esta zona...

-No, no, estaba aquí. Ya ha obtenido lo que quería y se ha marchado -dijo poniéndose en pie, mientras recuperaba la serenidad-. Regresemos.

Cuando alcanzaba el extremo del claro se oyó un ruido entre los árboles y Gríma sintió de pronto como si le introdujeran una cucharada de plomo fundido por la garganta: Bràlah y otro muchacho le cortaban el camino que llevaba al cruce. Antes de que pudiera reaccionar, oyó otras pisadas a su espalda, y supo sin girarse que Helmlong y otro chico le habían cortado la retirada. Por instinto, Gríma sujetó protectoramente a Goldmynë por el brazo, atrayéndola hacia sí, mientras pensaba el próximo movimiento. No era tiempo de cobardes, y aunque no sabía de dónde sacar la fuerza, éste era un momento donde debía dar la medida de sí mismo. Saruman no estaba, ella seguía a su lado, y trataría de encontrar una manera de arreglarlo todo.

-¡Estáis en nuestro camino!- la voz de Gríma tembló un poco, pero contenía una nota de desafío que era imposible ignorar-. Dejadnos pasar y no nos obliguéis a apartaros.

Bràlah rió, sorprendido y divertido por la bravata. Gríma podía leer en su cara el desprecio y algo parecido a lástima, y esa condescendencia hizo que enrojeciera de furia y odio. Tomó impulso para abalanzarse sobre su oponente, decidido a romperle el cuello con sus manos, cuando éste volvió a hablar.

-¿Vas a pelearte por la que nos ha avisado de dónde podríamos encontrarte?

Gríma bajó los brazos, con el pecho traspasado por un latigazo, y miró a su acompañante. Goldmynë no pestañeó, aunque alzó la mano en un gesto de advertencia, ligeramente molesta por el escrutinio.

-¿Por qué? -Preguntó Gríma.

-¿Cómo que por qué? -ella arrugó la nariz con fastidio-. Entenderás que debía hablar con Bràlah, él tenía la custodia del libro. Mira, Gríma, eres un muchacho extraño. Y todas esas patrañas sobre Saruman y tus otras fantasías... yo prefiero un camino conocido, más real y más provechoso -y su mirada, como por descuido, se posó sobre Bràlah, el cual se puso algo más derecho y alzó su voz.

-O sea, que todo era mentira -dijo Bràlah, mascando las palabras-. Todo esto se lo había inventado para dárselas de interesante.

-Yo no...-empezó Gríma.

-Eres un imbécil -le cortó Bràlah-, aunque no tan tonto como pensaba. No eres capaz de robar nada o de pelearte con nadie, lo tuyo son las mentiras y los engaños, buscando la espalda en lugar del cara a cara.

-No, no es verdad, esto no tiene que ver con ella -se defendió Gríma- todo lo que yo le he contado era cierto.

Helmlong, que había abandonado a los chicos unos instantes antes, regresó corriendo hacia el grupo.

-No hay rastro de ningún carro en los alrededores -informó entre jadeos por el esfuerzo-. Ni carro, ni gente, ni huellas. Nada de nada.

-Gríma, debiste haberme dicho la verdad -dijo Goldmynë mirándole con tristeza.

-¡Lo hice! Nunca quise engañarte para hacerte pensar que yo...

-Entonces no te intereso en absoluto, ¿no es verdad?

-¡Claro que sí! -Gríma trató de controlar su incipiente rubor -Quiero decir, no en ese sentido..., o sea, no como crees, pero...

-Ya basta, es suficiente -intervino Bràlah, con actitud furibunda-. Si quieres impresionarla, ahora es tu oportunidad. Pelearé yo solo contra ti, sin trampas.

-Yo no quiero pelear... -empezó a decir Gríma.

El puñetazo le alcanzó en la boca del estómago y le hizo callar de golpe. No había sido muy fuerte, pero le hizo doblarse sobre sí mismo presa del dolor y la frustración. Aquello no era justo, Bràlah lo haría pedazos en un momento, y él no tenía ninguna oportunidad con sus mismas armas. Sólo restaba la astucia, por lo que, ante el regocijo de los otros chicos que vitoreaban a su líder, Gríma se desplomó teatralmente, rodando por el suelo, llegando a una zona donde no crecía la hierba.

Bràlah se le acercó con la guardia baja y una mirada de desdén, al tiempo que buscaba con su cabeza la aquiescencia de Goldmynë. Terminaría la pelea rápidamente, sin mayores daños ni contratiempos. Pero no pudo ver la mano de Gríma que había recogido un puñado de tierra, hasta que el certero lanzamiento le cegó momentáneamente.

Era su oportunidad. Gríma se levantó con rapidez y, esquivando los manoteos a ciegas de su rival, dirigió un puño cerrado bajo sus costillas, haciendo que Bràlah soltara el aire con un sonido ronco. Continuó el movimiento al trabar una de sus piernas sobre las del aturdido muchacho y lo empujó, haciéndole caer al suelo. Era una jugada sucia, pero había dado resultado.

Sí, había vencido, pero sólo duró un momento. Gríma supo reconocer su derrota justo en el momento más favorable, con su enemigo tendido en el suelo, sus compañeros en silencio y la hermosa Goldmynë con una expresión de duda en su pecoso rostro. Un instante después, cuando Bràlah se levantó en medio de una nube de polvo, todos supieron lo que iba a ocurrir después. En la caída, Bràlah había rozado con su mejilla la grava acumulada, y sangraba con un corte superficial que le cruzaba la parte izquierda de la cara. Se tocó la herida, y miró la sangre casi con placer, transformando su expresión airada de un modo terrible. Entonces se giró hacia Gríma, y éste no trató de evitar lo que se le venía encima.

 

 

 

Ya sólo recordaba la última mirada de Goldmynë, que se giró con un asomo de lástima cuando todos marcharon hacia la aldea, dejando a Gríma al extremo del claro, con los dientes ensangrentados y el dolor latiéndole en las sienes con estrépito. Agradeció perder el conocimiento para no tener que soportar su estado, y cuando despertó, era ya mediodía. La sangre se había secado y el dolor era menos intenso. Se tapó el cuerpo tembloroso con el manto, y descubrió que cojeaba al caminar, por lo cual tardó un buen rato en llegar a su casa. No pensó mucho en lo que había pasado, puesto que nada podía ayudarle. Habría tiempo para pensar, y cosas que hacer. No le quedaba nada en aquella aldea, ni en su casa, y no estaba dispuesto a soportar ninguna humillación más. Al anochecer se marcharía hacia cualquier dirección y encontraría otro lugar donde poder vivir. Sumido en estos pensamientos, poco a poco el cansancio hizo presa de él y le invadió el sueño, hasta que lo despertaron unos golpes en la puerta.

Resultó ser un hombre de la aldea vecina, que cada cuatro días traía telas, comida o armas para cambiar por otras cosas útiles. El hombre, un tipo grande y obeso que respondía al nombre de Aldwine, le relató que el día anterior unos viajeros que marchaban en carro hacia el norte le habían pedido que llevara algo a un chico de aquella aldea, el joven Gríma. Éste quedó un tanto trastornado, pero la boba cháchara de Aldwine le convenció de que aquel individuo era demasiado simple para inventar tal relato, por lo que le rogó la entrega de aquel presente. Una vez solo, Gríma abrió la caja con cuidado, para observar con decepción que contenía una gran cantidad de manzanas verdes, todas maduras y apetecibles. Cogió una y la mordió con avidez, a pesar del dolor de su mandíbula, mientras retiraba el resto de fruta de la caja.

Finalmente dejó al descubierto un bulto grande y cuadrado, envuelto en tela azul, y atado con pericia. Cuando lo hubo desatado no le sorprendió encontrar el libro perdido, que hacía dos días había entregado a Saruman. Lo abrió para comprobar si había sufrido algún daño, descubriendo entre las páginas un trozo de papel doblado en dos y escrito con una estilizada caligrafía que estaba dirigido a él:

"Como puedes ver, yo cumplo mis promesas. No encontré lo que buscaba en el libro, aunque sin embargo hallé otras anotaciones interesantes para mis estudios, por lo que te estoy agradecido. Eres un muchacho poco corriente y muy útil, de manera que no lamentaré encontrarme otra vez contigo. Si alguna vez vienes en busca de sabiduría y conocimiento, podrás encontrarme en Isengard y te recibiré, siempre que el momento sea propicio.

Lamento haberme marchado sin despedirme, pero comprenderás que no era seguro para ninguno de los dos. Espero que esto no te haya proporcionado muchos problemas, y si así ha sido, no dudes que ha evitado otros mayores. En cuanto al libro, confío en que serás capaz de restituirlo a su lugar original sin que su pérdida sea advertida. Si has aprendido algo en estos días, no lo olvides nunca.

Espero que te gusten las manzanas.

S."

Gríma suspiró y miró por la ventana hacia el horizonte que moría en las llanuras del norte.

 

 

***

 

El sol de la mañana saluda a la ciudad de Edoras, y sus primeros rayos refulgen sobre el palacio del Rey Théoden. Esa mañana, un joven ha llegado a la corte, procedente de lejanas tierras, y porta gran cantidad de libros, pergaminos y legajos. El principal consejero real, que sirvió con lealtad durante todo el reinado del anterior Rey Thengel, ha muerto recientemente, dejando un vacío que el actual monarca quiere llenar con alguien dotado de la sabiduría necesaria para llevar a Rohan hacia un futuro menos incierto, pues en estos tiempos todos los frentes se tambalean, y los enemigos redoblan el acoso sobre el reino.

El joven tiene que esperar durante horas hasta que puede hablar con el Rey, pero no muestra ningún signo de impaciencia. Pasa la mayor parte del día enfrentado a pruebas de inteligencia, decisión y saber, que él resuelve sin fallo alguno durante todo el proceso. Los examinadores están sorprendidos e intrigados, ¿quién es este joven al que nadie conoce y que ha pasado todas sus pruebas de una manera tan holgada? ¿En qué lugar ha obtenido tal bagaje de conocimientos, algunos de los cuales forman parte de la más secreta tradición del país? Hay quien cree que se trata de un ser malévolo, y surgen muchas dudas sobre la conveniencia de tal sirviente, pero al final el carácter práctico del Rey se impone a las supersticiones, y el joven es aceptado. Come con el monarca, y éste queda complacido con su nuevo consejero. Tendrá que regresar a su hogar, recoger todas sus pertenencias y regresar a la corte, pues éste será ahora su hogar.

Ya cerca del atardecer, el joven sale de los aposentos reales y se recuesta sobre la balaustrada de palacio, satisfecho. Sopla una ligera brisa del norte, que limpia su cara de cabellos y preocupaciones. Su mirada se dirige hacia abajo, al patio de palacio donde juegan algunos hijos de las personas más nobles de la ciudad. Entre ellos hay un chico rubio de buen porte, que cuenta con catorce años y responde al nombre de Eomer. Cerca de él, entre los otros niños, se encuentra su hermana Eowyn, una hermosa niña de unos diez años, que juega y pelea con otros muchachos mayores que ella. Ambos son sobrinos del Rey, los hijos de su hermana, como bien sabe Gríma, que sigue desde su atalaya las evoluciones de los juegos, contemplando cómo Eomer dirige a los otros con su espada de madera, en una carga que acompaña la propia Eowyn. Entonces Gríma sonríe, y es una suerte que nadie contemple su expresión en ese momento, pues sus rasgos se comban en una mueca atroz difícil de soportar. Pero, en realidad, es una desgracia que nadie advierta lo que se oculta tras su máscara, pues muchos sucesos que devendrán y que comprometen el futuro del reino están contenidos en este preciso momento, en lo alto de la balaustrada, en su salida triunfal de la corte.

El sol se pone sobre Meduseld.