Relatos de caza

 

por Mariela González "Gilraen"
 
Primer Puesto, Premios Gandalf 2001
 
No sabemos nada, preciosso mío. No sabemos. ¡No nos hagas más daño! Nos duele, oh sí, nos duele, pobres manos y pobres
pies, ¡gollum!
 
Nossotros no lo tenemos. Era nuestro, sí, pero nos dejó. Se lo llevó él, ¿verdad, tessoro? Se llevó nuestro regalo de cumpleaños, y
por eso lo odiamos, al pequeño ladrón Bolssón. Pero lo encontraremos y le retorceremos el asquerosso pescuezo con nuestras
manos. Nos lo devolverá...
 
¡Oh, no, no más! De veras que no sabemos dónde está el tessoro, dónde está el maldito ladrón de la Comarca. ¡Duele, duele!
¡Gollum! ¡Dejadnos!
 
Sméagol ayudará, oh sí. El preciosso será para Vos, y nossotros mataremos a Bolsón. Algún día, sí...
 
Encontraremos el tessoro...
 
Aragorn tensó lentamente el arco y apuntó a la nuca del desprevenido venado inclinado sobre el pasto. Se tomó unos segundos para
asegurar el blanco antes de soltar la cuerda...mas de pronto una bandada de pájaros remontó el vuelo inesperadamente a apenas
un metro de distancia. El asustadizo cuadrúpedo desapareció de un salto, y el montaraz sólo pudo resoplar y maldecir mientras se
adelantaba a recuperar la flecha, disparada tardíamente.
 
El cielo comenzaba a encapotarse y un viento cortante se levantó, lo cual contribuyó a agriar aún más su pésimo humor mientras
regresaba al campamento. Allí, arrojando al aire volutas de humo por la pipa y con la mirada absorta en un viejo pergamino, se
hallaba Gandalf el Gris.
 
-Ni siquiera he conseguido atrapar una condenada rata-gruñó Aragorn, sentándose pesadamente en el suelo junto a su
compañero.-Estoy harto de cram. Daría lo que fuera por un maldito trozo de carne.
 
-No te exasperes y fuma un rato-replicó lacónicamente el mago, sin separar la vista del documento que examinaba con atención.
 
-Es la zona-continuó diciendo el montaraz, hablando más para sí que para Gandalf. –Las raíces de la tierra están consumidas y
mueren lentamente. Puedo sentirlo. Estamos demasiado cerca de... –bajó la mirada y no pronunció el funesto nombre- y los animales
huyen.
 
Gandalf enrolló el pergamino. Se frotó los ojos y miró a su amigo como si acabase de advertir su presencia. Sacando de su mochila
un trozo de cram envuelto en hojas comenzó a mordisquearlo reflexivamente.
 
-¿Sabes?-dijo en un tono casual.-He estado pensando.
 
-Quién lo diría-refunfuñó con sorna Aragorn.
 
-¿Cuánto tiempo llevamos detrás de Gollum?
 
-Llevamos tres meses seguidos rastreándolo por las Tierras Pardas-respondió el dúnadan, mesándose la barbilla. –Eso si no
contamos las veces que nos hemos ocupado del asunto intermitentemente durante los últimos ocho años...
 
-Creo que ya es demasiado tiempo perdido-dijo Gandalf, en tanto se frotaba las nudosas manos. Vació la cazuela de su pipa y volvió
a llenarla de hierba (lo último que le quedaba de la Comarca). Le ofreció un poco a su compañero, pero éste rehusó.-Los días
pasan rápidamente y la Sombra se extiende de forma inexorable. Hay mucho más que hacer. Y últimamente una duda ha
estado creciendo en mis pensamientos.
 
Gandalf calló, y Aragorn, acostumbrado a sus parlamentos, aguardó a que continuara. Las nubes se agolpaban en el cielo, ahora
gris y pesado como un yunque que fuera a caer sobre ellos.
 
-¿Y si...el anillo del mediano no es el Único?
 
Un trueno retumbó a lo lejos.
 
Aragorn enarcó las cejas en un gesto de sorpresa. El viento agitó su raída capa. Con la mirada perdida, alargó la mano y tomó un
pedazo de cram.
 
-Es una posibilidad que no habíamos considerado hasta ahora...-murmuró consternado.
 
-Ciertamente-Gandalf suspiró y dejó escapar una hebra de humo entre los agrietados labios.-Hemos sido bastante pueriles en ese
aspecto. En otro tiempo existieron numerosos artefactos mágicos de semejante poder. Saruman me dijo una vez que el Único
posee unas marcas en su interior que lo hacen inconfundible, mas no me aclaró cuáles eran. Sólo tenemos una forma de
averiguarlo, y es consultando a la última persona que lo tuvo en su poder.
 
Aragorn miró socarronamente a su compañero.
 
-¿Piensas resucitar a Isildur?
 
-No por cierto-replicó el mago, torciendo el gesto ante la chanza. –Pero se me ha ocurrido que tal vez dejó algo escrito, un diario
quizás. Isildur era consciente de la magnitud del poder de ese anillo, y es posible que lo atestiguara de alguna forma. Así pues,
voy a ir a Minas Tirith y solicitaré a Denethor que me deje consultar los antiguos archivos.
 
-No te pediré que le saludes de mi parte-dijo irónicamente el montaraz, mientras se ponía en pie y se sacudía los pantalones.
–Probablemente ya le disgustará bastante verte a ti como para recordarle el nombre de Thorongil. Pero te deseo suerte. Nuestros
caminos se separan aquí.
 
>>Yo también he estado pensando. Sea o no el anillo de Frodo el Soberano, Gollum es el nexo de unión. Sospecho que no somos
los únicos que buscamos a esa criatura. Y si realmente el anillo es el que pensamos, debe haber marcado a Gollum de tal
manera que se vea irremediablemente atraído por una fuerza de naturaleza semejante...por la fuente de la que emana su poderacabó
en un susurro.
 
Gandalf se incorporó rápidamente. Con expresión alarmada en el rostro, aferró el brazo de Aragorn.
 
-¿Qué diablos estás insinuando?
 
La oscuridad se cernió súbitamente sobre ambos. El dúnadan no respondió y clavó la mirada en el suelo. Un brillo extraño asomó a
sus ojos; su rostro pareció petrificarse.
 
-Aragorn-la voz del mago se volvió severa, y había un leve deje de temor en ella-si no quieres escuchar el consejo de Gandalf el
Mago, escucha al menos el de un amigo: ¡no te acerques a Mordor!
 
-¡No pronuncies ese nombre!-siseó el montaraz, y de repente un relámpago estalló en el cielo, negro como la pez, encima de sus
cabezas, iluminándolos un instante con un fulgor azul. –No aquí. No tan cerca.
 
-Él sabe que puedo hacerlo-replicó el istar. Durante un momento pareció crecer, y su figura, recortada contra la penumbra, resultó de
veras amenazadora. Su compañero soltó suavemente el brazo que le agarraba.
 
-Tengo un presentimiento-fue la breve respuesta.
 
Con parsimonia, el dúnadan comenzó a recoger su escaso equipaje. Gandalf frunció el ceño, observándole en silencio. Sabía que
no podría detenerle. Aquel hombre poseía la terquedad y el temple de los héroes de antaño. No, no podría detenerle...y quizás no
debía intentarlo.
 
-Bueno -Aragorn se cargó al hombro la mochila y alargó el brazo hacia el mago-hasta que volvamos a vernos, que te vaya lo mejor
posible.
 
-Cuídate, por favor-dijo Gandalf, estrechando la mano que le ofrecía.
 
El montaraz le sonrió. Volvió la espalda y comenzó a caminar a grandes zancadas hacia el este.
 
-Que las estrellas de Númenor te guíen, amigo mío-murmuró el hechicero.
 
La espigada figura se alejó rápidamente entre las sombras.
 
Como una serpiente de hielo, aquello comenzó a enroscarse en torno a sus tobillos. Con espanto trató de zafarse, pero cada
centímetro de su ser se paralizaba ante el contacto de aquella cosa con un dolor indescriptible. Multitud de agujas ascendían por
sus piernas atravesándole los huesos. Intentó gritar, pedir ayuda...mas en el instante en que abrió la boca unas manos frías,
demasiado frías para estar vivas, le rodearon el rostro. Y las voces...de nuevo las voces...Cada palabra era como un mordisco en
el cerebro.
 
Ven con nosotros.
 
Cada vez que trataba de aspirar una bocanada de aire sentía que la garganta le abrasaba, cual si alguien hubiera derramado lava
en ella, y los pulmones se le llenaban hasta hincharse de un ardiente y asfixiante vapor. Pronto todo lo que puedo ver frente a sus
ojos fue una espesa niebla roja...dolorosamente roja...Y en medio de ella, brillando burlonamente, dos ojos rasgados y amarillos.
 
Sabes que tienes que estar aquí. Lo sabes. Eres como nosotros...
 
Horrorizado bajó la mirada...y contempló cómo la carne de sus piernas se secaba y pudría lentamente. Los blanquecinos huesos
quedaban al descubierto sólo un instante; de inmediato se agrietaban y descomponían igualmente, convirtiéndose en polvo que el
viento se aprestaba en arrastrar...
 
Ahogando un grito, Aragorn despertó súbitamente.
 
Tuvieron que pasar unos minutos antes de que su aterrorizada mente volviera a la realidad y el corazón dejara de amenazar con
atravesarle el pecho. Un pegajoso sudor frío le bañaba por completo. Al respirar hondamente tuvo un acceso de tos; tanteando el
suelo a su alrededor logró encontrar su cantimplora y calmarlo con un trago de agua que en aquel momento su paladar, reseco como un trozo de cuero, degustó igual que si se tratara del más añejo miruvor de Imladris.
 
Suspirando, levantó la vista al cielo. Una vez más sintió que se hubiera quedado ciego. La oscuridad era algo sobrenatural en aquel
lugar. Aunque ya lo sabía de antemano, ello no dejaba de sorprenderle...y de inquietarle. Las sombras parecían sin duda entes
conscientes en el Valle de Morgul.
 
Pasar la noche en vela allí suponía una dura prueba psicológica. La maldad, el odio, inundaban el ambiente, campaban a sus
anchas en esencia pura, y se divertían torturando al desprevenido mortal adoptando la forma de sus más subconscientes y
primordiales temores. No habían sido pocos los que se habían arruinado la mente y enajenado por completo, o simplemente muerto
de terror. No obstante, abandonarse en los brazos de Irmo no significaba una experiencia mucho más reconfortante. Era en aquel
estado donde los espectros adquirían un poder mayor y conseguían más fácilmente encadenar el espíritu del desdichado para que
no regresara de aquella dimensión.
 
Entre ambas cosas, Aragorn prefería el enfrentamiento consciente con ellos. Su fuerza de voluntad se había templado lo suficiente
durante sus ya largos años de vida como para no sucumbir a la locura, pero el sueño encerraba para él un riesgo mucho mayor.
Pues en aquel valle las flores, grises y retorcidas como las falanges de un esqueleto, habían crecido regadas con la sangre de sus
antepasados. Incontables vidas de valientes dúnedain habían sido absorbidas por aquella tierra marchita, y no quedaba piedra
que no hubiese sido maldita por el último aliento de un guerrero moribundo. Y la sangre llamaba a la sangre...Los fantasmas
errantes reclamaban la vida de Aragorn, renegaban de su lugar en el plano físico.
 
Durante las ocho jornadas que el montaraz llevaba rastreando el Valle de Morgul y las Montañas de la Ceniza había llegado a
pasar tres días seguidos sin pegar ojo. Su fuerte constitución y la determinación con que concentraba todos sus sentidos en examinar
cada palmo del terreno se lo permitían, mas llegaba un momento en que las fuerzas lo abandonaban. Y era entonces, en aquellos
breves lapsos de sueño, en los que las terribles pesadillas se cebaban con él. Por otro lado, los días no eran mucho mejores. El
sol brillaba pálida y enfermizamente tras densas costras de nubes, como si ni siquiera el astro rey tuviera valor suficiente para
desafiar a las sombras, legítimas dueñas de aquella región.
 
Aragorn había contado tres atardeceres desde que dejara atrás la Puerta Negra. No había llegado a acercarse demasiado, pero
sólo había resistido unos pocos minutos, detrás de una gran roca y con todos sus músculos en tensión, antes de darle la espalda y
alejarse de ella con la respiración agitada y un leve pero humillante temblor en las manos. Diablos, no era la primera vez que la veía
tan próxima...sin embargo, esta vez había algo distinto en ella, un poder mucho más manifiesto y abrumador. Casi había podido
sentir durante un momento una mirada flamígera clavada en él. Mientras se alejaba con paso apresurado, maldiciéndose a sí
mismo y su estúpida cobardía, las palabras de Gandalf le golpeaban incesantemente en las sienes: ¡No te acerques a Mordor!
 
Quizás tenía razón. Quizás en los tiempos que corrían, tan cerca de la hora señalada, acometer aquella empresa era una
pretensión demasiado arriesgada para un hombre solo...
 
Pero en definitiva, ni cerca ni lejos del Morannon, ni a lo largo y ancho del Valle, había conseguido dar con la pista de Gollum.
Podía escribir un diario con todos los movimientos y migraciones de las patrullas de orcos en la zona durante las últimas seis
semanas (algo no poco meritorio en aquella tierra baldía) mas no halló ni una huella de la criatura. Y, no obstante, una voz le seguía
diciendo que había estado allí. Todavía sentía que algo se le escapaba...
 
Saliendo de aquellas cavilaciones, se incorporó y avanzó unos pasos hasta encontrar un hueco de cielo entre la aglomeración de
nubarrones oscuros. Contempló las estrellas, y conforme a su disposición calculó la zona en que se hallaba. Siguiendo las
constelaciones, ascendió por una pequeña loma...y de repente todos sus nervios se paralizaron.
 
Allí, en medio de la oscuridad, una sombra se destacaba, brillando con un fulgor helado. El viento comenzó a arremolinarse en torno
a ella. Aragorn escuchó el tintineo de unos arneses y el quedo movimiento de unos cascos, y sintió como aquella inconfundible forma
se giraba en su dirección. La respiración se le cortó de improviso, y unos dardos fríos le atravesaron de arriba abajo.
 
El Jinete Negro le estaba mirando. Aunque seguía inmóvil en el mismo sitio, el dúnadan creyó sentirlo cerca...mucho más cerca,
como si lo tuviera frente a él y tratara de envolverlo ondeando su manto de terror. A su alrededor unas presencias invisibles
empezaron a agitarse desordenadamente, cada vez más rápido, y riéndose...Las risas eran desquiciadas; los espectros
reconocían a su señor, y disfrutaban imaginando el horrible final de aquel desgraciado.
 
“¡Basta!” gritó Aragorn en su interior, apretando los dientes que le castañeteaban, mas no de pavor, sino de frío. Todos sus
músculos parecían haberse congelado, y el montaraz casi no se atrevía a moverse, temiendo que estallaran en pedazos.
 
“¡Basta ya! ¡Dejadme en paz!”. Como si un inmenso matamoscas los hubiese golpeado, los espectros enmudecieron y se alejaron
bruscamente, dejando tras de sí un eco ululante. Pero el Jinete seguía quieto, observándolo. Aragorn enfrentó su presencia con
idéntica impasibilidad. El frío empezó a atenazarle el cerebro y le impedía respirar...
 
Súbitamente, el espectro espoleó a su montura y se alejó al galope. El sonido de los cascos desapareció demasiado pronto, como si
en verdad caballo y jinete se hubieran fundido con la oscuridad. El montaraz, sintiendo que la sangre volvía a correr por sus venas,
tomó aire desesperadamente. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, haciendo un esfuerzo por permanecer en pie.
Nunca el Soplo Negro había estado tan cerca de destruirle...
 
“Estoy agotado. No puedo seguir así, menos aún después de que me haya visto claramente. He sido un estúpido. Se acabó. Si
Gollum estuvo aquí, se fue hace demasiado tiempo”
 
Con paso cansino y un fuerte dolor de cabeza, Aragorn regresó a su refugio. Se tumbó sobre el suelo ceniciento, envolviéndose en
la capa, y por primera vez en mucho tiempo paseó en sueños entre las hermosas flores de Rivendel.
 
Apenas apareció un retazo de luz en el horizonte, Aragorn se puso en marcha. Avanzó un buen trecho hasta el anochecer, y con
alivio comprobó que a medida que bajaba al noroeste el terreno se volvía menos reseco; algunas porciones de pasto amarillento a
medio brotar se insinuaban aquí y allá. Poco a poco fueron surgiendo árboles dispersos, de largas ramas y tronco nudoso, y
grupos de matorrales espinosos a los que el viento arrancaba un quejido al serpentear entre ellos. Las noches eran menos frías y
siniestras; no obstante, aún permanecía una sensación malsana en el ambiente. Aunque el sombrío Valle de Morgul quedaba
atrás, los dominios de los espíritus no se acababan en él. Aragorn era plenamente consciente de ello, y también sabía que sus
pasos se dirigían a las Ciénagas de los Muertos.
 
Al menos el montaraz podía permitirse descansar algo más por la noche, y tuvo la ocasión de cazar un par de pequeñas
mangostas para su sustento, pues las provisiones de cram se habían extinguido casi por completo. La carne le duraría una semana
y media, supuso, aunque albergaba la esperanza de toparse con algún asentamiento humano o una caravana nómada antes de
ese plazo. En poco menos de una semana habría rodeado las ciénagas y alcanzaría las extensas llanuras de las Tierras Pardas.
 
Al término del segundo día desde que abandonara las proximidades del País de la Sombra era ya evidente la cercanía de los
pantanos. El suelo comenzaba a hundirse ligeramente bajo sus botas. Una vaporosa humedad inundaba el ambiente, y el
horizonte quedaba velado por la neblina. Aragorn se detuvo en lo alto de una colina y oteó éste durante un rato, con la mano a
modo de visera. Pocas veces se había acercado a las temidas ciénagas, y menos aún se había aventurado en ellas.
Afortunadamente nunca se le había perdido nada allí, pensó con una sonrisa torcida. Durante sus largos viajes había tenido la
oportunidad de conocer a mucha gente y oír gran número de historias. Si bien no daba crédito a todas ellas, sí creía conocer lo
suficiente como para mantenerse apartado de aquella zona, siempre y cuando fuera posible. En todo caso, ya había tenido
bastantes fantasmas por una temporada.
 
En el oeste, la marmita del sol derramaba su dorado contenido sobre los campos desnudos. El dúnadan se estiró. Alejarse de
Morgul había hecho que su humor mejorase progresivamente. Decidió que aquella noche se concedería un descanso un tanto mayor
de lo habitual, por lo que descendió animadamente de su puesto de observación y se dispuso a buscar un lugar donde instalarse.
 
No muy lejos de allí, dentro de una hondonada, encontró un nicho lo suficientemente amplio para darle cobijo. Antes de encender un
pequeño fuego, no obstante, algo llamó su atención: pisadas de orcos. Inspeccionando con detenimiento el desnivel, halló algunos
jirones de tela gris prendidos en las rocas y un par de puntas de flecha del tipo que solían emplear aquellas criaturas. Las marcas
no eran demasiado recientes; los orcos debían de haberse marchado una semana atrás. Una lástima, se dijo Aragorn
siniestramente. No le hubiera importado toparse con ellos y ejercitarse un poco. Habrían quedado algo más que trozos de capa
como vestigio de su paso. Quizás aún podría encontrarlos más adelante, si apresuraba la marcha...
 
Una calma absoluta, como hacía tiempo no conocía, reinaba en la zona, y no tardó en rendirse al sueño. El viento no soplaba sino
mansamente, barriendo el suelo como si lo acariciara. A pesar de todo, una leve brisa más fría se levantaba de tanto en tanto, a
medida que la noche avanzaba. El montaraz lo sentía en sueños en forma de breves escalofríos, e inconscientemente se removía y
arrebujaba en la capa, refunfuñando como un gato haragán al que le apartaran del calor de la chimenea.
 
Uno de aquellos intervalos duró más tiempo. A medias despierto, a medias hundido en las espirales de la inconsciencia, se frotó el
brazo izquierdo. Una corriente helada se filtraba por él y ascendía sinuosamente. Se estremeció, pero su mente era reacia a
regresar a la realidad. No por aquello...Aunque algo en su interior, una vocecilla irritante que sonaba amortiguada como si
estuviera en el fondo de un saco, le incordiaba diciéndole que despertase. Aragorn consiguió ahogarla, y con placer volvió a dejarse
caer en las redes del sueño. Pero de repente la voz resurgió, esta vez con un tono ronco y siseante. Asustado, abrió los ojos de
golpe...y se encontró de frente dos pupilas brillantes y avariciosas en una cabeza que se inclinaba sobre él.
 
Con un chillido, la criatura trató de arañarle el rostro. Los reflejos del montaraz saltaron antes que ella, y de un manotazo la apartó y
la hizo rodar lejos de sí. Rápidamente se incorporó y enarboló la daga con la que dormía. Buscó frenéticamente a su agresor, con
todos sus sentidos en guardia...mas lo único que estos le devolvieron fue el lejano graznido de un ave y el casi imperceptible
rumor de la brisa entre los árboles. Esperó varios minutos, tenso e inmóvil, vigilando el movimiento de cada sombra. Finalmente,
frunciendo el ceño, enfundó la daga en su bota y regresó cautelosamente a su refugio. Fuese lo que fuere aquello que le había
atacado, se había escabullido de allí con una velocidad pasmosa.
 
Aragorn pasó el resto de la noche en vela, montando guardia. Aunque hubiera querido, los interrogantes que le acuciaban no le
habrían permitido volver a dormirse. Evidentemente, lo que le había agredido no podía ser un orco; uno de aquellos brutos
estúpidos tendría las mismas oportunidades de sorprenderle que un castillo con patas. ¿Un trasgo, tal vez? Nunca había tenido
noticia de que se encontrasen tan al este. A primera vista era, sin embargo, la única posibilidad. Pero, de todas formas, su
manera de acercarse y desaparecer había sido demasiado sigilosa...
 
El montaraz esperó con ansia a que se encendiesen las primeras luces del alba. La sangre le bullía en las venas, toda suerte de
elucubraciones surcaban a gran velocidad su excitada mente. Por primera vez desde que iniciara su desesperanzado viaje sintió
que su corazón no estaba, quizás, equivocado por completo.
 
Tal como esperaba, la misteriosa criatura no se había desvanecido en el aire.
 
No resultó fácil hallar las huellas, lo cual hizo que Aragorn felicitase mentalmente a su adversario. Pero ahí estaban: unos pies
planos y de dedos delgados que subían por la cuesta a toda prisa, sin apenas tocar la tierra. Con una sonrisa de satisfacción,
pegado al suelo y casi olfateando como un sabueso, las siguió, primero a lo alto del socavón y luego a lo largo de un amplio espacio.
Si bien al principio se hacía complicado perseguir el rastro, pues se colaba entre las rocas y a través de recovecos con
sorprendente habilidad, progresivamente el camino que seguían las huellas se volvió más recto y el terreno más blando, lo que les
otorgaba mayor nitidez.
 
Concentrado como estaba en reconocer y rastrear las señales, no se percató de que se adentraba en las ciénagas hasta que, al
dar un paso, su pie se hundió en el barro. Sorprendido, retrocedió y levantó la vista por primera vez. Soltó un silbido entre dientes y torció el gesto con desagrado.
 
“Bueno. Qué le vamos a hacer...”
 
La rala llanura se había esfumado. En su lugar, una maraña de lianas y fláccido ramaje le rodeaban por doquier, cual si fueran
los ensortijados cabellos de un gigante. La atmósfera era opresiva; el manto de niebla que cubría el lugar apenas dejaba entrever el
paisaje a unos pocos metros de distancia, y la humedad se adhería a la piel rápidamente, filtrándose por entre las ropas. Al
montaraz, a quien le asaltaron enseguida molestos picores por todo el cuerpo, no le hizo ninguna gracia aquel súbito cambio de
temperatura, y se sorprendió añorando el frío, atenazante pero reseco, que había dejado atrás en el Valle de Morgul. Tampoco le
agradó especialmente el hecho de tener que avanzar atravesando las desiguales porciones de tierra firme que flotaban como islas
en medio del agua estancada, de la cual emanaban fétidos efluvios. Si bien en ocasiones no entrañaba dificultad alguna transitar
por ellas, otras veces no le quedaba más remedio que avanzar a través del lodo, en el que se hundía hasta los tobillos. En aquel
terreno las huellas que seguía se marcaban claramente. No obstante, como si la criatura hubiera previsto tal circunstancia, había
decidido continuar su itinerario a través del agua en numerosos tramos. Cualquier otro rastreador se habría perdido en poco
tiempo, o simplemente desalentado y desistido de su empresa. Mas no así Aragorn hijo de Arathorn. Pocos seres vivientes podían
afirmar haber escapado de su acoso, y menos aún indemnes. Como si en verdad el espíritu de Oromë el Cazador lo poseyera, sus
cinco sentidos se hiperdesarrollaban, por no hablar de su innata intuición, cuando elegía una presa.
 
No pudo precisar la hora que era; quizás mediodía, aunque la neblina entelaba los rayos del sol y tan sólo leves variaciones de
intensidad en la luz grisácea hacían ostensible el paso del tiempo. En cualquier caso, a Aragorn no le importó. Sus músculos no se
hallaban entumecidos ni su mente embotada; tan sólo sentía júbilo, un júbilo salvaje y desbocado que casi le equiparaba en
verdad con un depredador. Allí, por fin, a escasos metros de sí, se encontraba su objetivo. Oculto como estaba tras un árbol de
grueso tronco, su primer impulso fue atravesarlo con una flecha. Sin embargo, su consciencia le permitió sobreponerse a sus
deseos primarios, y detuvo su mano cuando ya entresacaba un proyectil del carcaj. Lo necesitaba con vida...No fue sólo esta
certeza lo que lo mantuvo inmóvil, sopesando sus posibilidades, sino también el intenso escrutinio al que sometió a aquel ser, el
más extraño con el que se enfrentaba en mucho tiempo.
 
Pese a que sus rasgos recordaban en cierta medida a los de un homínido, antes parecía la grotesca parodia de un trasgo que un
ejemplar de dicha especie. La criatura, encogida sobre sí misma y de tamaño no mayor que el de un niño humano, presentaba un
aspecto macilento y endeble. Aragorn se preguntó, maravillado, cómo aquellas extremidades famélicas, que daban la impresión de
poder quebrarse en cualquier momento, habían sido capaces de transportarle de manera tan veloz y ágil a lo largo de
complicados parajes. El color de su piel resultaba indescifrable, pues un barro verde le cubría el cuerpo casi por completo. Volvióse
la abultada cabeza en su dirección un segundo, y en medio del rostro achatado el montaraz distinguió claramente dos ojos
azabache, los mismos que la noche anterior interrumpieran su descanso.
 
Saboreando la ventaja de que disponía con maligno placer, el cazador concedió unos segundos a su desprevenida presa para
observar sus movimientos. Ésta se hallaba inclinada sobre el agua y parecía absorta en la contemplación de algún objeto en el fondo
del pantano, sin intención aparente de moverse. Se trataba sin duda de una situación inmejorable, que el dúnadan no desaprovechó.
Se deshizo de sus pertrechos, y con el sigilo de una serpiente se arrastró sobre el vientre despacio, entre los matorrales, hasta
refugiarse tras otro árbol, mucho más cerca de su objetivo. Desde su nueva posición pudo escuchar la respiración siseante y
entrecortada de la criatura. Su propio resuello se ralentizó y volvió quedo, cual si fuera la calma que precede a la tormenta. Tensó los
músculos y entrecerró los párpados...
 
De súbito, el mismo cielo se desplomó sobre la extraña criatura. O al menos así le pareció a ésta. Confundida, rodeada por una
forma oscura que le impedía la respiración, chilló y se debatió con toda la fuerza de su enteco cuerpo, lanzando zarpazos y mordiscos
a ciegas. Pero una presión más fuerte lo inmovilizaba contra su voluntad y hacía vanos todos sus esfuerzos; Aragorn sujetaba sus
extremidades y le aplastaba el rostro contra el barro. Una de las dentelladas furiosas atinó en el antebrazo del dúnadan, quien al
sentir los afilados colmillos hundirse profundamente en su carne ahogó un grito y aflojó involuntariamente su presa. El grotesco
personaje no perdió la oportunidad y se impulsó en un salto desesperado, tratando de salir del radio de alcance de su agresor. Más
raudo, sin embargo, fue éste; con agilidad felina alargó el brazo y aferró el tobillo de la criatura. Lanzóse ésta hacia su cara, febriles
las pupilas de ira, en un intento de sacarle los ojos. Tras un forcejeo el montaraz consiguió eludir los feroces zarpazos y golpearlo
contra una roca. Aprovechó entonces su momentáneo aturdimiento para inmovilizarlo de nuevo y colocarle la daga en el cuello.
 
Jadeando, ambos contendientes se miraron fijamente, furioso uno y triunfal el otro, con una intensidad tal que casi saltaron
chispas del encuentro entre sus ojos. Aragorn, presionando aún más el hombro por el que sujetaba al malhadado ser contra el
suelo, soltó una carcajada sin alegría.
 
-Encantado de conocerte, Gollum.
 
El sonido del entrechocar de los aceros llegó a sus oídos, amortiguado por la distancia, acompañado de los correspondientes gritos
de ánimo y esfuerzo procedentes de las gargantas juveniles. Gandalf, sentado al lado de la ventana, tomó el vaso de la recia mesa
de madera en que se apoyaba y se lo llevó a los labios lentamente, paladeando con gesto pensativo el suave vino de Dorwinion, del
cual las bodegas de Minas Tirith estaban repletas. Al tiempo que degustaba el exquisito líquido, el mago lamentó una vez más en
su fuero interno su carestía de hoja de tabaco, concretamente de su adorada Valle Largo. La mustia e insulsa planta que fumaban
los hombres de Gondor no le satisfacía en absoluto; estaba persuadido de que tarde o temprano la mitad de la población acabaría
por envenenarse con sus agrios vapores. En efecto, si contara con su habitual provisión de la Comarca la espera se haría mucho
más placentera...Echó una ojeada a la jarra de vino, a unos palmos de él; constató, sopesándola, que aún le restaba la mitad de
su contenido. “Espero que Denethor no pretenda tenerme aquí encerrado mucho tiempo más. No creo que favorezca mi ya exigua
reputación en la ciudad el hecho de que me embriague en sus aposentos”.
 
Arrellanándose en la silla de madera y exhalando un suspiro, se dedicó a rememorar una vez más el desabrido conciliábulo que
había mantenido aquella mañana con él nada más arribar a la ciudad, en las primeras horas del día. Al parecer su llegada no fue precisamente oportuna. Las defensas se hallaban alborotadas debido a ciertas escaramuzas inesperadas por parte de los
haradrim, y algunos mensajeros de Ithilien habían aparecido comunicando nuevas de incursiones orcas en el sur. El polvorín que
era Denethor no tardó en estallar, y sus rápidas y vehementes órdenes corrieron de un extremo a otro de Minas Tirith,
comunicándose de boca en boca entre los capitanes con idéntica celeridad. Por todo ello, a Gandalf le sorprendió que atendiera
su demanda de inmediato y le recibiera con plausible cortesía. Sin duda lo que quería era librarse de su presencia cuanto antes, se
dijo, pues su fingida amabilidad le recordó al hechicero la paciencia con que se atienden los caprichos de un niño obstinado. Tal
era el talante que demostraba el senescal hacia él, y en general hacia todos los de su profesión; pocas cosas había sido capaz de
inculcarle su sabio padre Ecthelion, y desde luego una de ellas no era el amor hacia los Magos. Pero la máscara de dulzura se
quebró en un rictus de desagrado al escuchar el motivo de la llegada de Gandalf.
 
“Muchos años han pasado ya desde la última vez que alguien penetró en esa cámara” había dicho bruscamente, mirando al mago
con los ojos convertidos en dos finas rendijas, como si quisiera penetrar hasta su alma. “Ni siquiera los eruditos y estetas de todo
Gondor meten las narices en los registros antiguos ahora. No sé que esperas encontrar tú en ellos que no debieras saber ya,
Gandalf. Sinceramente creo que hay otros asuntos mucho más acuciantes que merecerían antes tu atención en estos momentos”.
 
El istar había previsto una reacción similar, por lo cual no se perturbó, sino que puso en marcha su mentalmente ensayada defensa.
Naturalmente, no le reveló sus verdaderas pesquisas. Lo único que deseaba, afirmó, era consultar ciertos volúmenes de botánica
que según había oído se hallaban confinados en la ciudad, donde habría de encontrar información sobre diversos componentes que
precisaba para sus hechizos. Al escuchar aquello, Denethor enarcó las cejas y miró de soslayo, burlonamente, a dos de sus
soldados que se apostaban impertérritos en la gran sala; definitivamente, aquel viejo brujo había perdido el juicio. Encogiéndose
de hombros y con un brillo divertido en la mirada accedió a su petición, no sin antes advertirle que no se demorase demasiado y que
ningún libro, pergamino o semejante abandonaría la estancia en que se guardaban. Gandalf le agradeció su condescendencia con
una inclinación respetuosa. Para sus adentros, sin embargo, reía victorioso.
 
El senescal le había indicado que aguardara en una de las habitaciones de la torre hasta que mandase a alguien que le guiara a la
cámara de los registros. De eso hacía, empero, varias horas. Con la única compañía de la jarra de vino que le habían obsequiado
y observando como distracción el adiestramiento de los imberbes cadetes por la ventana, el mago dejó correr el tiempo. El mediodía
se aproximaba, y el enviado aún no había aparecido. Aunque la paciencia era una virtud que inevitablemente había arraigado en
su persona durante su incontable existencia, no era inmune al aburrimiento. Y cuanto más tiempo pasaba en aquella diminuta
alcoba, entre libación y libación, más crecían sus preocupaciones y más intrincadas se hacían sus cábalas...
 
Una llamada en la puerta interrumpió sus pensamientos como inesperada respuestas a estos. Dando un leve respingo, se incorporó
y se acercó a abrirla. Esperaba encontrar a algún taciturno sirviente que le conduciría a la biblioteca con expresión de fastidio y
lanzándole desconfiadas miradas. Sin embargo, no pudo reprimir una exclamación de sorpresa al toparse con aquel familiar rostro
en el umbral. Hacía ya bastantes años que no lo veía, mas no le resultó difícil reconocer a aquel joven de cabellos morenos, que
llevaba recogidos en una coleta, rostro pálido y gentil, bien rasurado, en el cual brillaban dos inteligentes ojos grises y bailaba
ahora una sonrisa.
 
-¡Feliz encuentro, Faramir!-saludó alegremente al recién llegado. –Ha pasado mucho tiempo. ¿Te envía Denethor a buscarme?
 
Faramir se rascó la barbilla, azorado, al tiempo que su sonrisa se ensanchaba.
 
-Lo cierto es que se lo pedí yo-confesó.-Acabo de regresar del sur con una patrulla y me enteré casualmente de vuestra presencia.
Como habéis dicho hacía...hacía tiempo que no nos veíamos, y deseaba saludaros.
 
Gandalf asintió, complacido, observando al sujeto de los pies a la cabeza. El adolescente impetuoso y nervudo que guardara en su
memoria se había convertido en un hombre vigoroso y de noble porte, que destilaba experiencia y sabiduría a despecho de su
evidente juventud. Algo no había cambiado, no obstante, y al advertirlo Gandalf esbozó una sonrisa bajo la barba: el respeto y
admiración que le imponía la anciana figura del mago.
 
Desde que era un niño, el hijo menor del senescal se había interesado por él, por las cosas que hacía y sabía, y convertido en su
sombra durante las temporadas que pasaba en el castillo. Bien es cierto que al principio la inagotable curiosidad del chiquillo
incomodaba al mago, pero con el correr de los años, conforme sus preguntas se volvieron más inteligentes y maduras y sus
observaciones más perspicaces, Gandalf comenzó a percibir la admirable naturaleza del dúnadan, sorprendiéndose en
ocasiones de sus capacidades. El hechicero sabía leer en el alma de los hombres como en un libro abierto, y pronto tuvo la certeza
de que su “discípulo” no era hombre corriente. Y estaba convencido de que el destino se encargaría de atestiguarlo...
 
-Bueno...-Gandalf apoyó una mano en el hombro del joven amistosamente –el tiempo apremia, y dadas las circunstancias no
quisiera importunar a tu padre más de lo necesario. Acompáñame, pues, a la sala de los archivos.
 
El trayecto hacia la cámara, a través de los enrevesados corredores y las intrincadas escaleras de caracol de la torre, no se hizo
tedioso. Faramir, quien evidentemente estaba encantado de contar con la audiencia del mago, pronto desató su lengua; así, Gandalf
pudo obtener completa información sobre los últimos movimientos de los variags y los haradrim y la reorganización de las defensas
que había propuesto Denethor. Se mostró satisfecho al saber que su joven acompañante ostentaba ahora el mando de los
montaraces del sur, posición desde la que hostigaba a los orcos a lo largo del territorio de Harondor. Para desilusión de Faramir, la
conversación murió al encontrar por fin, tras descender por una sinuosa galería, una gruesa puerta de roble tachonada de hierro. Tres
cerraduras vetaban el acceso, y en la parte superior podía distinguirse, aunque ya difuminado por el embate del tiempo, el dibujo
de un árbol coronado por siete estrellas. Alumbrado por el resplandor de un par de antorchas en las paredes, el hijo del senescal
procedió a introducir las correspondientes llaves. La hoja se abrió protestando con voz ronca.
 
Gandalf penetró ansiosamente en la habitación, seguido por el cauto Faramir. El aroma a papel viejo y cerrazón los embriagó a ambos.
Allá donde alcanzara la vista tan sólo podían distinguirse estanterías repletas de libros o meras pilas de estos que subían hasta el techo. Asimismo, pergaminos y polvorientas cajas de oculto contenido se arracimaban por todas partes en completo desorden. En
el centro, camuflados bajo un ingente amasijo de papeles y volúmenes, se veían un tosco escritorio y un taburete ennegrecido. El
hechicero columbró en su mente la razón por la que ya nadie visitara aquel aposento; tal demostración de caos sería capaz de
enajenar hasta al más avinagrado estudioso.
 
Con una mueca de pesar, Faramir se acercó a la mesa, apartando cuidadosamente a su paso los libros que se esparcían por el
suelo.
 
-En otros tiempos no muy lejanos muchos se hubiesen disputado el privilegio de sentarse en este taburete –suspiró, retirando los
documentos que se situaban sobre ambos muebles. Nubes de polvo se levantaron durante la operación, provocando que Gandalf
tosiera.
 
-Es cierto –corroboró éste, carraspeando. –En los años de tu abuelo, por no hablar de los antiguos reyes, semejante descuido
hubiera sido impensable.
 
Se mordió la lengua instintivamente al advertir la torva mirada que durante un segundo le lanzaba el joven capitán. Por un
momento había olvidado en presencia de quién se encontraba. Regañándose por su impertinencia, se conminó a sí mismo a no
nombrar la barca en casa del ahogado (como solían sentenciar los hobbits).
 
-Y hablando de antiguos reyes...-se aprestó a comentar Faramir, rompiendo así el incomodo silencio –si no me equivoco, es en este
estante donde se hallan las crónicas del final de la Segunda Edad; ya sabéis, el desastre de los Campos Gladios y todo aquello...
 
Gandalf emitió un murmullo de asentimiento, sin reparar realmente en lo que su acompañante le decía, ocupado como estaba en
terminar de desalojar la mesa al tiempo que estudiaba los títulos de los tomos. Tuvieron que pasar unos minutos antes de que se
percatara del verdadero sentido de las palabras que aquél acababa de proferir. Al hacerlo volvió la mirada, y se topó con los ojos de
su compañero. Había en ellos algo inusitado, no sólo el brillo entre divertido y triunfal que destellaban; era una fuerza mayor, una
energía primordial y escondida, capaz de sondear los entresijos de la mente como un águila que planeara entre las fisuras de las
montañas. Una energía que, involuntariamente, le retaba.
 
“Es natural” se dijo el mago, mientras se frotaba el puente de la larga nariz con gesto cansado. “Al fin y al cabo es un numenórean. Y
de los más valiosos”.
 
-Sabes perfectamente que la información que pretendo recabar no tiene nada que ver con botánica, ¿verdad?
 
-Cuando mi padre me lo dijo, faltó poco para que me riera en su cara. De todas formas creo que él también sospecha de la
veracidad de vuestra historia. Pero, en el caso de que así sea, no va a molestarse en cavilar sobre ello. Tiene muchas
preocupaciones últimamente, y ya sabéis lo que opina...bueno, de vos y...-Faramir se detuvo, teñidas sus mejillas de un leve
rubor.
 
Gandalf sonrió y dio unas palmadas en el hombro del joven. Sus tiros al azar se habían acercado peligrosamente al blanco, debido
sin duda a las dotes de videncia que los de su raza poseían en mayor o menor medida, aunque él no era consciente. Y por el
momento sería mejor no dar pie a elucubraciones más elaboradas.
 
-Tienes razón. Comprenderás que mi estratagema fue una manera de mitigar los recelos de tu padre, aun cuando estos no posean
fundamento, a mi entender. Como “recompensa” por desenmascararme me ayudarás a sacar todos estos volúmenes. Necesito
encontrar ciertos datos sobre las tácticas militares de Gil-Galad –aventuró.
 
La expresión de felicidad que se extendió por el rostro de Faramir dejó claro que cualquier tarea que consistiera en ayudar al mago
supondría para él un orgullo, así éste le ordenara enfrentarse a una horda de trasgos pertrechado con un tenedor. Pronto se
acumuló al lado del escritorio una nueva columna de libros, algunos más gruesos, otros menos voluminosos, todos ellos de hojas
amarillentas y ostentando las cicatrices del tiempo. Una vez reunido tal material, Gandalf pareció olvidarse por completo de su
compañero, y en verdad de toda la realidad circundante. Inclinado sobre la mesa, concentróse en examinar los añejos tomos
como si se sumergiera en ellos; la frente arrugada, los ojos hundidos bajo las pobladas cejas nevadas, el rostro contraído, grave.
Faramir, quien no se atrevía a molestarle pero que a la vez consideraba una descortesía por su parte marcharse sin que se
percatara, paseaba de aquí para allá ocioso, hojeando de vez en cuando algún archivo.
 
Con el paso de las horas, el istar comenzó a impacientarse. Poco o nada relevante hallaba en toda aquella documentación, y
ninguna mención al Anillo. El celo con que Isildur se empeñó en ocultar su existencia había sido extremo. Los ojos le escocían al
tener que descifrar aquellas líneas que el tiempo había oscurecido con la mortecina luz que se filtraba desde el pasillo, e incluso
tuvo que recurrir a su vasto conocimiento de las lenguas para traducir algunos textos. De pie en un sombrío rincón, el hijo del
senescal escrutaba sus esfuerzos sumido en sus propias cavilaciones.
 
Había repasado ya al menos quince volúmenes cuando, finalmente, el mago se desesperó. Fastidiado, cansado y con punzante
dolor en las sienes resopló, creando un halo de polvo a su alrededor, y cerró de golpe el libro que tenía frente a sí. Al hacerlo algo llamó
poderosamente su atención.
 
Había sonado a hueco. Aunque casi imperceptible, el fino oído de Gandalf captó aquel leve matiz. ¿Cómo era posible que un libro
emitiese tal resonancia? Evidentemente, no se trataba de un objeto vacío. Probablemente sus agotados sentidos le habían gastado
una jugarreta, una suerte de chantaje con la que exigían un reposo. Aun así, volvió a abrirlo, repasó rápidamente las páginas y tanteó
la cubierta...encontrando con ello la solución al enigma.
 
Tamborileó con los dedos sobre la contraportada, descubriendo así que era ésta la que parecía guardar aire en su interior. En efecto, su grosor duplicaba el de la parte delantera; más aun, el forro parecía estar ligeramente despegado. Sintiendo cómo la
energía corría por sus huesudas manos, tiró de éste, dejando al descubierto un doble fondo, dentro del cual descansaba un ajado
papel doblado en varias partes. Lo sacó y desplegó precipitadamente, y tras leerlo con avidez sus pupilas se dilataron y se iluminó su
lívida faz.
 
-¿Qué sucede? ¿Habéis encontrado algo? –saliendo de las sombras, Faramir se aproximó al anciano. Antes de que llegara a su
altura, éste musitó unas palabras y
 
recorrió con un veloz pase de su mano la superficie del pergamino. Su compañero no pareció apercibirse de ello.
 
-Oh, no, no es nada –dijo Gandalf, tratando de contener un deje de emoción en su voz que, no obstante, revelaron sus gestos, pues
se puso en pie enérgicamente y se acarició la barba.-Tan sólo he recordado algo que puede serme de utilidad, mas por desgracia no
se halla aquí. Debo marcharme de inmediato. ¿Tendrías la amabilidad de volver a colocar todos estos libros en su lugar? Lamento
abusar de tu cordialidad, pero...
 
-No os preocupéis –le interrumpió el capitán, y sin dilación levantó una pila de volúmenes y se dirigió a la estantería. Apenas le hubo
dado la espalda, Gandalf tomó un pergamino del suelo y le dio la vuelta. Pronunció quedamente una breve fórmula, y al instante el liso
envés se cubrió de trazos de pluma. Acto seguido desapareció en el interior de la túnica del mago.
 
Horas más tarde, a lomos de un joven alazán, Gandalf el Gris traspasaba las puertas de Minas Tirith. El día agonizaba en el
horizonte frente a él y las nubes se arremolinaban en una mancha carmesí. Delante de sí tan sólo veía la llana planicie pardusca de
los campos de Pelennor, tan despejada como se hallaban en verdad sus propios pensamientos. Avanzó en un suave trote unos
cuantos metros, mas se detuvo unos momentos antes de proseguir para, con un gesto mecánico, sacar de su bolsillo el
consumido pergamino y releer de nuevo el contenido que había inscrito en él. No era algo realmente necesario, pues bien sabía
que aquellas palabras nunca se borrarían de su memoria. Había encontrado el testimonio de Isildur, y en él mucho más de lo que
esperaba...Por fin veía claramente abierta la senda por la que debía discurrir.
 
Clavando los talones en el flanco de su corcel, instó a éste al galope y se perdió con una estela de polvo por la vasta llanura.
 
Únicamente una figura, solitaria y erguida, enmarcada por la aureola dorada del crepúsculo, observó desde las murallas de la
ciudadela la partida del Peregrino Gris. Entornando los ojos para protegerse de los rayos del sol, lo siguió con la mirada hasta que
se fundió con las brumas del horizonte. Tan graves sus divagaciones como su rostro, Faramir permaneció inmóvil, apoyado en las
almenas, mientras el cielo se oscurecía progresivamente y las constelaciones de los Valar iniciaban su viaje. El rápido
ensombrecimiento del firmamento se le antojó un macabro presagio de los tiempos que estaban por venir...Absorta su mente, no
advirtió la presencia del recién llegado hasta que una mano enguantada se posó en su hombro. Dio un respingo, que se trocó de
inmediato en una sonrisa al descubrir a aquél que lo había sorprendido.
 
-Te has puesto blanco, hermano –dijo el hombre, guiñando un ojo con expresión divertida.
 
-No esperaba que regresaras tan pronto, Boromir –saludó a su vez el joven capitán. –Me alegro de verte.
 
Boromir le palmeó la espalda y se acodó a su lado sobre la piedra.
 
-He oído que las cosas no van demasiado bien por Ithilien...-comentó.
 
-Nada va demasiado bien en ninguna parte –musitó Faramir, meneando la cabeza.
 
-Ya lo creo –suspiró su hermano, fija la vista en un grupo de aves que se deslizaban en círculos sobre ellos. Su voz adquirió un tono
apagado, sombrío. -¿Sabes? Anoche volvió a suceder.
 
He vuelto a tener...aquel sueño.
 
El discordante grito rasgó el velo de la noche y se elevó por encima de los árboles. Una pareja de cuervos que dormitaba en una
rama emprendió el vuelo sobresaltada.
 
-¡Por los ojos de Mandos, deja ya de gimotear! ¡Me estás volviendo loco!
 
Como respuesta, Gollum emitió un largo y quejumbroso aullido que puso a Aragorn los pelos de punta.
 
-El hombre alto es malo, mi preciosso. Nos pega, nos ata y nos insulta. Todo el mundo maltrata al buen Gollum. Todos, todos, y
Gollum no sabe nada. Oh, no, queremos irnos. Pesscado, pesscado...
 
La cantinela volvió a empezar; frases incoherentes acompañadas de gorgoteos y silbidos semejantes a los de una tetera en el
fuego. Aragorn resopló y reclinó la cabeza en el tronco contra el que se apoyaba, rendido. Al parecer no había forma de que se
callara, excepto amordazándolo. Y había desistido de ello tras un par de intentos en los que las feroces dentelladas habían estado
a punto de alcanzarle por segunda vez. No, le bastaba con tener las marcas de sus dientes en el brazo izquierdo como recuerdo
de su primer encuentro. Se palpó con gesto ausente el precario vendaje; la herida aún le escocía como consecuencia del ungüento
que se había aplicado.
 
Por otro lado, ya le había costado un considerable esfuerzo atarlo de manos y pies. Mirando de reojo a la patética criatura, que se
debatía penosamente en el fangoso suelo lamiéndose los dedos, sintió una punzada de remordimiento. Algo le decía que no hacía
mucho había tenido que soportar un tormento semejante, aunque más espantoso a juzgar por el resplandor de terror que de
cuando en cuando advertía en sus ojillos negros. Hubiera preferido no verse obligado a inmovilizarlo, mas era la única manera de detener su frenesí y contener su agresividad. De súbito, después de un rato tratando de deshacerse de las ligaduras
violentamente, Gollum se había quedado quieto, casi como si hubiera perdido el sentido, y al momento había comenzado a
lloriquear como un cachorrillo. Tan repentino cambio de actitud había maravillado a Aragorn; no obstante, tras varias horas
soportándolo, casi prefería tener que volver a lidiar con él antes de que le estallara la cabeza.
 
-Bueno, vamos a ver –volvió a hablar el montaraz, armándose de paciencia. Su interlocutor cesó un instante sus gemidos y clavó en
él una mirada de cordero degollado. –No tengo intención de aguantarte mucho más, de modo que si me dices lo que quiero oír
podrás largarte a comer pescado, o donde desees. Sé que te gustan las adivinanzas, así que vamos a jugar un rato, pero a mi
manera, ¿de acuerdo?
 
Gollum inclinó la cabeza y soltó un extraño sonido que Aragorn interpretó como asentimiento.
 
-Perfecto –el dúnadan esbozó una torva sonrisa. –Primera pregunta: ¿qué te sugiere el nombre de Bolsón?
 
-¡Bolssón! –Aragorn se sobresaltó al observar cómo, nada más oírlo, todo el huesudo cuerpo del cautivo se estremecía de arriba abajo,
cual si un rayo hubiera impactado en él. Apretó los dientes con una horrible mueca de odio, y la baba le goteó por las comisuras de
los labios. -¡Bolsón! –repitió. -¿Has oído, tesoro mío? ¡Es amigo de Bolsón! ¡Lo sabíamos, ssí! El hombre alto también es un ladrón, pero
ya no tenemos nada para él, claro que no. Ni para nadie. ¡Odiamos al pequeño Bolssón, lo odiamos para siempre!
 
-Quizás Bolsón sepa menos que tú sobre el arte del latrocinio –continuó el dúnadan. Su contrincante posó en él unos ojos poco
amables. –Eres perfectamente consciente de lo que hablo, ¿verdad? ¿Quién te lo dio, Gollum? O tal vez debería preguntar a quién
se lo quitaste.
 
>>¡Vamos, vamos! No me mires así. Espero que no hayas olvidado que estás en inferioridad de condiciones...por tu propio bien.
Llevo mucho tiempo siguiéndote, y he pasado por incontables peligros; creo que me debes una compensación por tantas
molestias. Sólo te pido respuestas, o que al menos corrobores mis asertos. No es la primera vez que has estado más allá de las
Montañas de la Ceniza, ¿me equivoco? ¿Volviste a entrar esperando encontrar otro “tesoro”?
 
-¡No es verdad! –chilló Gollum. –Nunca hemos estado en ese horrible lugar oscuro, pobres de nosotros.
 
-No desperdicies tus energías tratando de confundirme –replicó el montaraz fríamente. –Ya te dije que he ido detrás de ti durante
muchas jornadas. Mi instinto no suele fallarme. Creo que te has acostumbrado a la carne de orco, y por eso me atacaste la noche
anterior. Tuviste que probar mucha allá de donde vienes...
 
La boca del grotesco ser se torció en una mueca maliciosa, y una suerte de risa gorgoteante brotó de su garganta.
 
-Penssamos que era un trasgo, ¿verdad, mi preciosso? Un jugoso y tierno bocado de trassgo, mucho mejor que el orco, sí. Pero
Gollum ha aprendido mucho más...Gollum sube a los nidos si quiere y sorbe pequeños huevoss, y roba deliciosas crías de los
hombres malvados. Tan crujientes, tan dulces...-se relamió –gollum, gollum...
 
-¡Cállate! –rugió Aragorn, espantado al oír aquello. –No me des motivos para segarte el cuello, miserable. ¡Responde de una vez!
¿Cómo encontraste el anillo? Te dejaron salir de Mordor con una misión, ¿no es cierto? ¡Dime cuál es!
 
Perdiendo la calma, el montaraz se puso en pie y se irguió amenazadoramente sobre su prisionero.
 
-¡No, no! –gimió la criatura con voz ronca. -¡Nada de misiones para el pobre Gollum! Huimos, sí, y nos costó mucho. Hierros y patadas,
sí, pero conseguimos salir. ¡Y queremos irnos muy lejos, preciosso mío, muy lejos!
 
Gollum se cubrió la cabeza con los brazos y hundió el rostro en el barro. Todo su ser se convulsionaba espasmódicamente. Aragorn
contuvo su ira al verlo y sintió un escalofrío. La simple mención del nombre de Mordor había bastado para convertirlo en la viva
imagen del sufrimiento físico y mental.
 
“Está claro que así no vamos a llegar a ninguna parte” se dijo al fin, frotándose los doloridos ojos. “Estoy cansado, y me pregunto
qué habrá tenido que pasar este desgraciado para enfermar de terror de esta manera”.
 
-No acabo de creerme lo que dices –habló, en un tono más sosegado –pero vamos a dejarlo por hoy. Acabarás por revelar la
verdad; si no a mí, a otros. Ahora nos conviene descansar a ambos –alzó la vista y escrutó el oscuro firmamento. –Es noche cerrada, o
al menos eso parece. En este lugar es difícil aseverarlo.
 
Se aproximó a Gollum, quien reculó asustado al velo; tomando el cabo de la cuerda con que lo había atado lo sujetó a la rama de un
arbusto. Una vez se aseguró que ésta no se rompería de un tirón, se acostó apoyando la cabeza sobre su mochila. El inestable
terreno estaba plagado de guijarros que se le incrustaban en la espalda, y extraños insectos le correteaban entre las piernas. Su
prisionero había reanudado los lloriqueos. Definitivamente, iba a ser una noche muy larga...
 
Antes de conciliar el sueño, Aragorn dio vueltas mentalmente una y otra vez a las palabras de la criatura. Soltó un gruñido para sí.
 
“Nadie escapa así como así de Mordor...”
 
-¿Dónde piensa el hombre alto llevarnos? Nos duelen los pies, gollum.
 
Aragorn, que oteaba el horizonte subido en la rama de un árbol, casi perdió el equilibrio al escuchar aquel interrogante.
 
“Es cierto. ¿Dónde demonios voy a llevarle?”
 
El día acababa de despuntar, mas el panorama seguía resultándole igual de desalentador. Era incapaz de distinguir un sendero
practicable en aquella enorme extensión pantanosa, lo cual no sólo hería su orgullo de montaraz, sino también, más importante
aún, le creaba serias dudas sobre las posibilidades de abandonar la zona antes de que se terminasen sus reservas de agua. No
había reparado, sin embargo, en la cuestión primordial.
 
Bajó al suelo de un salto y fijó la vista en Gollum, quien a su vez le sostuvo la mirada. No tenía intención, evidentemente, de dejarlo en
libertad; no después de todo lo que sospechaba de él y de su remisión a hablar. Tampoco podía demorarse mucho, pues otros
asuntos reclamaban su atención. Se frotó el mentón, cubierto por la barba de un par de semanas, como era habitual en él mientras
deliberaba.
 
“Veamos...Rivendel está demasiado lejos, y sé de alguien que me mataría si lo llevo allí. Si quiero ir a Lórien tendría que conseguir
una barca, y los hombres del río están muy quisquillosos últimamente”.
 
-Vamos a ir a un lugar muy alegre –dijo con una sonrisa burlona. –Seguro que te sientes como en casa. Lo llaman el Bosque Negro.
 
-¿Y por dónde iremos? Seguramente el hombre alto ya sabe cómo encontrar la salida, ¿verdad, preciosso?- Gollum le devolvió el
golpe maliciosamente.
 
-No soy “el hombre alto”. Me llamo Aragorn, si es que realmente necesitas darme un nombre –replicó éste malhumorado. –Y por
supuesto que sé cuál es el camino –dando un tirón de la cuerda que enlazaba a Gollum por el cuello, comenzó a andar. Había
resuelto avanzar hacia el norte, desistiendo de encontrar una senda que evidentemente no existía; en aquella dirección, tarde o
temprano acabarían por salir a campo abierto. Pero, bruscamente, algo le detuvo: el rehén había plantado los talones en el suelo y
se negaba a moverse.
 
-Ya lo dijimos, nos duelen los piess. El hombre alto malvado nos tuvo toda lo noche atados, y eso no es bueno para caminar,
no...¡agh!
 
Aragorn, ignorando sus protestas, volvió a tirar de él. La criatura forcejeó e inesperadamente saltó como una víbora y mordió el tobillo
del montaraz. Éste,
 
instintivamente, le propinó un puntapié en el hocico. El agredido no se inmutó. Un repentino cambio se había obrado en él; su
semblante quejumbroso había desaparecido para dar lugar a una máscara de malignidad. Parecía aún más macilento, y las
venas se habían hinchado en su cuello. Se enfrentó a su captor unos instantes, respirando entrecortadamente y silbando a través
de los dientes. El dúnadan, con la mano libre en el pomo de la espada, no salía de su asombro ante el resurgimiento de la
segunda personalidad de su prisionero. Aquello no hizo sino aumentar sus recelos y su convencimiento de que el pequeño ser
que tenía delante podía resultar mucho más peligroso y dañino de lo que en un principio se había figurado. Había en él algo oculto,
una veta de perversidad que no debía ser menospreciada.
 
-¡Vamos! –haciendo acopio de fuerzas, tironeó de la cuerda violentamente y lo arrastró frente a sí. –Caminarás a buen paso delante de
mí y me obedecerás, si no quieres que esta noche te ate de nuevo.
 
La jornada resultó extenuante. Al llegar al corazón de las ciénagas les invadió un calor sofocante, y la orilla de los pantanos se
estrechaba. En más de una ocasión tuvieron que vadear alguno de ellos, una experiencia francamente desagradable: el hedor que
despedía el agua casi llegó a asfixiarlos, y al salir debían dedicar varios minutos a desprenderse de las sanguijuelas que se les
adherían al cuerpo. Gollum no cesaba de demostrar su dualidad: tan pronto se mostraba sumiso como se lanzaba contra su
opresor. Aragorn tuvo que recurrir a llevar desenvainada la daga y le amenazaba con ella durante sus accesos de furia. Pese a
tantos contratiempos, al caer la noche habían recorrido ya un buen trecho, siempre hacia el norte.
 
-Tú ya habías estado aquí, ¿verdad? –afirmó, más que preguntó, el montaraz, una vez se detuvieron a descansar. Los ojos de
Gollum centellearon al oírlo.
 
-Oh, claro, mi preciosso. Gollum ha estado en todas partes, es una asquerosso mapa de la Tierra Media con patas...
 
“Ha estado aquí” confirmó su acompañante, dejando de prestar atención a los improperios que el esperpento seguía profiriendo. “Pero
no voy a pedirle que me diga si seguimos el itinerario correcto. No me fío de él, y en todo caso no me contestaría”.
 
Se hundió en oscuras cavilaciones, al tiempo que comenzaba a devorar una tira de carne seca de mangosta. Transcurrido un rato,
se percató de que la criatura, atada a unos metros de él, le miraba fijamente con avidez.
 
El dúnadan frunció el ceño. No le agradaba la perspectiva de compartir sus ya escasas viandas con aquel desgraciado, aunque
por otra parte no podía dejarlo morir de inanición. Adivinando sus pensamientos, Gollum rezongó:
 
-Queremos pesscado.
 
-Pues “vais” a tener que desechar la idea –masculló Aragorn –porque carezco de él. Todo lo que tengo es esto –de mala gana, arrancó
un trozo de carne y se lo arrojó. Como un perro que aguardase bajo la mesa los restos, Gollum se abalanzó sobre él, para
enseguida escupirlo entre maldiciones.
 
-¡Arg! ¡Ratas y salamandras! Tratas de que comamos un trozo de cuero, eso haces. No queremos carne reseca y amarga.
Queremos pescado, sí, un hermoso y dulce pesscado...
 
Al decir esto miró significativamente al agua, pasándose la lengua por los labios. El montaraz soltó una carcajada.
 
-¡No pensarás que voy a dejar que te sumerjas ahí para que escapes! No me apetece desperdiciar la poca comida de que
dispongo, de modo que la elección es tuya. Si no quieres comer lo que tengo, tendrás que escarbar en busca de raíces. Además,
¿crees realmente que ahí vas a encontrar peces? –se estremeció recordando el contacto de las formas viscosas que había notado en
aquellas aguas.
 
Sorprendentemente, el extraño personaje no volvió a mencionar el tema, ni tampoco a abrir la boca. Se acostó con la cabeza entre
los brazos, abatido. Al poco rato también su compañero se sintió soñoliento y cayó dormido. No habían pasado más que unas
pocas horas cuando un aterrorizado chillido hendió el aire despertándolo de sopetón.
 
El grito había escapado de la garganta de su prisionero. El mismo Aragorn ahogó una exclamación al mirar alrededor. En el suelo, en
las ramas de los árboles, en los arbustos o levitando sobre el agua...todo en torno a ellos estaba plagado de una suerte de
pálidos espectros danzantes semejantes a llamas.
 
Fuegos fatuos. Se trataba de la primera ocasión en que los veía. Había oído muchas leyendas, casi todas infantiles, y en honor a la
verdad jamás le habían impresionado, excepto cuando era niño. Pero una cosa era la imaginación de un muchacho y otra muy
distinta encontrarse de noche en un siniestro pantano a merced de una cohorte de fantasmas ondulantes. Soltando toda clase de
juramentos, incluso algunos que ignoraba conocer, se puso en pie tan rápido como pudo y se colocó al lado de Gollum, que no
paraba de dar alaridos con la faz desencajada.
 
-¡Cállate! –le espetó el dúnadan, e intentó pensar con celeridad. El círculo de espectros se estrechaba en torno a ellos...
 
Se le encogió el corazón al darse cuenta de que en el interior de aquellas frías llamas había rostros...rostros albos que le resultaban
espeluznantemente familiares. Acudieron a su mente como rápidos fogonazos: amigos, parientes...gente que él mismo había
matado...
 
-¡No pienso sucumbir a vosotros! –gritó de pronto, saliendo del trance. Con un veloz movimiento tomó su espada y la descargó contra
una piedra con fuerza. Las chispas alcanzaron un arbusto cercano, que se encendió con un chisporroteo.
 
Tal como había supuesto, el fuego amedrentó a los no muertos. Se agitaron convulsamente, y un sonido hueco penetró
dolorosamente en los oídos de los dos vivos. Entonces, tan súbitamente como habían aparecido, los fuegos fatuos volvieron a
esfumarse en la oscuridad.
 
Aragorn parpadeó, confuso. Podría haber jurado que todo había sido un sueño...de no ser por el arbusto que ardía y los gemidos de
Gollum, quien todavía parecía conmocionado. Extinguió el incipiente fuego y a continuación se arrodilló junto a la criatura.
 
-¡Vienen a buscarnos! –se quejaba ésta. -¡Él lo sabe, sabe dónde estamos! ¡No más fuego, no más látigos, dejadnos! ¡Gollum,
gollum! ¡Lo encontraremos, lo encontraremos de veras!
 
Aun cuando tales palabras lo inundaron de suspicacia, era evidente que, si no hacía algo, la locura acabaría por matar a aquel
miserable. Y en ese momento no se le ocurrió mejor solución para tranquilizarlo...Lo izó agarrándolo de los tobillos y lo sumergió hasta
el pecho en la ciénaga.
 
Gollum se revolvió y chapoteó, salpicando del pestilente agua a Aragorn, y la superficie se llenó de burbujas. Mas de súbito los
músculos del humanoide se relajaron, y su cuerpo quedó laxo. Alarmado, el dúnadan lo sacó del agua. Al verlo exhaló un suspiro de
alivio.
 
Triunfalmente, sostenía entre sus dientes un pequeño pez grisáceo.
 
Aragorn cerró los ojos, exhaló un suspiro y rogó mentalmente a todos los Valar que se le pasaron por la cabeza que aquella visión no
fuera sino un desagradable espejismo. Pero nada cambió al volverlos a abrir. Un sentimiento repentino de angustia se apoderó de
él; las fuerzas le abandonaron y se dejó caer en el cieno. Gollum, a su lado, lo observó con la cabeza ladeada como un perrillo que
no comprendiese la actitud de su amo.
 
-¿Cómo diablos vamos a atravesar eso? –jadeó el montaraz.
 
Su mirada desalentada recorrió la oscura superficie del pantano que se abría ante ellos una vez más, constatando que en verdad
sus sentidos no le engañaban. Se trataba, con mucho, del más extenso de todos con los que se había topado en aquel
desgraciado paraje. La orilla opuesta, oculta en la bruma, apenas podía distinguirse desde su posición. Agarró del suelo una piedra
de mediano tamaño y la lanzó con energía al interior de la laguna; atento, escuchó la resonancia que producía al sumergirse en las
aguas. 
 
-Evidentemente, es bastante más profundo que los anteriores –masculló, torciendo la boca como si tales palabras le dejaran un
regusto amargo en el paladar. Calculó que, en la zona más profunda, el nivel del líquido le cubriría por entero. Y cruzarlo nadando
supondría otorgar a su prisionero una magnífica oportunidad para escapar...
 
Abrumado ante la situación, intentó serenarse para dilucidar con mayor claridad. No podía dejarse vencer por aquel último escollo,
pues estaba persuadido casi con total certeza de que la salida se hallaba muy cerca. Pocas cosas había deseado tanto alguna vez
en su vida como alejarse de aquel lugar...Abstraído, dejó de prestar atención a Gollum, y no advirtió que éste tironeaba con ansiedad
de la soga que lo sujetaba.
 
De súbito, la cuerda se deslizó de los dedos de Aragorn, y aquél salió disparado. El dúnadan reaccionó presto, consiguiendo asir el
cabo. La brusca sacudida frenó a la criatura y a punto estuvo de estrangularla. Entre toses, dirigió a su captor una mirada furibunda.
 
-¡Nossotros también queremos irnos de aquí, gollum! –gruñó. –Mientras el hombre alto se lamentaba como un niño, intentábamos
ver qué es aquello.
 
Señaló con un huesudo dedo una forma angulosa que sobresalía del suelo a pocos metros de distancia, apenas distinguible de la
pesada niebla. Frunciendo el ceño y sin aflojar la traílla, el montaraz se aproximó. Su expresión se trocó rápidamente en una mueca
de asombro.
 
-No me lo puedo creer... –musitó. Con mano trémula palpó el objeto que tenía ante sí, respirando aliviado al comprobar que no se
trataba de una aparición espectral.
 
A pesar de encontrarse cubierta de moho y en bastante mala situación, no cabía duda de que aquello había sido una tosca
embarcación de madera. Las tablas estaban corroídas por el tiempo y la humedad, algunas de ellas rotas, mas una mirada a su
alrededor, deteniéndose en las elásticas y resistentes lianas y las ramas muertas que había por doquier, bastó para convencer al
dúnadan de que tan desvencijado estado podía tener arreglo. Una amplia sonrisa asomó a su circunspecto rostro; de nuevo renacía
en él la esperanza y se sentía rebosante de vitalidad. No así Gollum, quien se arrodillaba a un costado del bote gimiendo y
manoseando un objeto.
 
-No nos gusta esto, tessoro, no nos gusta nada –canturreaba de modo siniestro. –Oh, no, mi preciosso, no es nada bueno...
 
Algo en la cadencia de su voz provocó que un escalofrío recorriera la espalda de Aragorn. Se inclinó junto a él...y se percató de que
aquello con lo que jugueteaba era un hueso, inequívocamente humano. Enterrados en el barro había varios más, todos ellos
amarillentos y consumidos, así como una calavera que le sonreía macabramente con los escasos dientes que le restaban. Los
despojos estaban marcados con minúsculas hendiduras, que el montaraz identificó al momento como señales de mordiscos.
 
-Supongo que no te importará que tomemos prestada tu barca, amigo –murmuró.
 
No podía deducir qué había segado la vida de aquel infeliz, pero no le halagaba la perspectiva de averiguarlo. Reparar la
embarcación cuanto antes se había convertido en algo perentorio. Contempló a Gollum, y una vez más leyó en sus pupilas aquel
temor desconcertante; casi sentía que le estaba salvando la vida al llevarlo consigo. Por otra parte, sin duda era consciente del
destino al que lo conducía...Recordó las palabras anteriores del extraño ser y, a regañadientes, se conminó a darle un voto de
confianza.
 
-Parece que los dos tenemos prisa por largarnos de este lugar –dijo bruscamente, mirándole a los ojos. –Así pues, vamos a tener
que colaborar. No eres estúpido y te habrás dado cuenta de que nuestra única salida es arreglar esta barquichuela. Voy a
fiarme de ti por esta vez, y de que no intentarás escapar...porque si lo haces, juro por la memoria de mis ancestros que ni
siquiera te percatarás cuando te atraviese la garganta con una flecha.
 
En respuesta a aquel imperativo, la criatura inclinó la cabeza humildemente. Sin emitir sonido alguno se encaminó hacia uno de los
gruesos troncos revestidos de musgo y procedió a arrancar cuidadosamente una liana que se retorcía en torno a él, casi como si
hubiera adivinado los pensamientos del montaraz. Éste, dirigiéndole una torva mirada no exenta de sospecha, se dispuso a
emprender similar tarea. En poco más de un par de horas y sin apenas mediar palabra, los dos compañeros se las ingeniaron
para restaurar los maderos rotos y efectuar las reparaciones pertinentes que convirtieron aquel amasijo de tablas en una suerte de
vehículo capaz de sostenerse sobre las aguas. No ofrecía muy buen aspecto...pero al menos no parecía que fuera a hundirse
enseguida, pensó Aragorn con resignación.
 
Con suma cautela, lo impulsaron al interior de la laguna y se embarcaron en él. Tras zozobrar unos instantes soportó el peso y
adquirió estabilidad, algo que en verdad sorprendió a ambos. Empleando una rama casi tan larga como él mismo, Aragorn comenzó a
remar, con un ojo puesto en la nauseabunda superficie del pantano y el otro en su acompañante, quien daba impresión de
encontrarse más inquieto que de costumbre y se aferraba a la borda con el semblante pálido.
 
Pronto, al llegar al centro del marjal, la neblina les cercó por todos lados. Instintivamente, el dúnadan siguió avanzando hacia
delante, con la esperanza de no encallar en algún islote, y haciendo ímprobos esfuerzos por distinguir más allá del velo
grisáceo. De repente, algo sacudió la embarcación.
 
Fue apenas un leve temblor, como si una forma hubiera pasado velozmente por debajo de ellos rozando el casco. Pero bien había
aprendido el improvisado navegante durante su periplo que, en aquel lugar, los acontecimientos más nimios podían ser sinónimos
de perdición...Se detuvo, e intercambió una mirada con Gollum, el cual tenía contenía la respiración y abría los ojos como platos;
obviamente, también lo había percibido.
 
Transcurrieron algunos instantes en completo silencio; ni siquiera el viento barría las aguas cenagosas. Los habituales sonidos de
las aves también habían enmudecido, o al menos no se escuchaban desde su ubicación. Inmersos en la niebla, se dijo Aragorn, sin
poder valerse de sus sentidos, se encontraban tan indefensos como dos hojas secas atrapadas por un remolino otoñal. Sin
embargo, la barca permaneció inmóvil. Quizás había sido una casualidad. Quizás habían pasado por encima de una rama suelta, y
realmente no existía motivo para preocuparse...
 
Súbitamente, Gollum se arrojó al agua.
 
-¡Pesscado! –gritó, sumergiéndose antes de que su cazador fuera capaz de reaccionar.
 
-¡Maldito bastardo, te lo advertí! –el dúnadan lanzó a un lado la rama y enarboló el arco. Pero una nueva sacudida impidió que colocara
la flecha en la cuerda, y poco faltó para que volcara la embarcación. Las aguas se levantaron frente a él...y un torso negro y escamoso, inundado de pústulas, ocupó su campo de visión.
 
La criatura medía algo más de dos metros; su cuerpo se asemejaba al de un cadáver en estado de descomposición, pues en
algunos lugares la carne le colgaba fláccida o hecha jirones. La cabeza, desproporcionadamente mayor de lo normal, exhibía dos
cuencas oculares vacías y una enorme boca en la que brillaba una hilera de blanquecinos incisivos. Era un necrófago, un heraldo de
la muerte cuyo nombre no se pronunciaba ni siquiera en las canciones sin un intenso escalofrío y cruzar los dedos. En aquel
momento, no obstante, la mente del montaraz, habituada a mantenerse fría cuando era preciso luchar por la vida, contuvo el
pánico que pugnaba por dominarla y se obligó a actuar. Esquivó desesperadamente el zarpazo del monstruo, retrocediendo y
cayendo sentado en el fondo del bote. Un hilo de sangre le corrió por la mejilla; una de las oscuras uñas, largas como cuchillos,
había llegado a alcanzarle. El necrófago asió el extremo de la barca y lo empujó hacia abajo, intentando atraer a tan jugosa presa
hacia sí. Aragorn plantó los pies con toda su energía en el suelo de ésta, ya casi en posición vertical, contemplando aterrorizado
aquellos colmillos que lo despedazarían sin miramientos apenas se aproximara a ellos. En un furioso movimiento, sacó una flecha
de su carcaj y disparó sin apuntar.
 
La embarcación volvió a caer pesadamente en el agua, y su ocupante con ella. El golpe le dejó sin aliento. Al mismo tiempo un
horrísono chillido le rasgó los tímpanos. Incorporándose a medias, alcanzó a distinguir a la criatura convulsionándose agónicamente,
con el astil de la flecha sobresaliendo del cuello, hasta desplomarse y desaparecer de nuevo en la ciénaga.
 
Sin embargo, la pesadilla no había terminado. Un nuevo grito lo puso en alerta; esta vez la voz le resultó claramente familiar. Se
puso en pie, haciendo caso omiso del lacerante dolor de su sien derecha y la inequívoca calidez de la sangre que fluía por ésta. A
unos metros de distancia se erguía la siniestra figura de otro necrófago, tal vez mayor que el anterior, y cerca de él, en una ridícula
confrontación, flotaba el famélico Gollum. Los dos bizarros seres se lanzaron el uno contra el otro; Gollum se aferró con uñas y
dientes al antebrazo de su enemigo, mas éste se desembarazó de él de una sacudida, lanzándolo al agua. Aragorn vio emerger
el enjuto cuerpo, inconsciente, y cómo el necrófago avanzaba a cobrarse su pieza...
 
-¡No puedo creer lo que voy a hacer! –maculló, rechinando los dientes. Desenvainó la espada, y comenzó a imprecar al monstruo con
toda la energía de sus cuerdas vocales, al tiempo que pateaba el bote y lanzaba estocadas al aire en un intento de atraer su
atención.
 
La estratagema dio resultado. Consciente de su supremacía, el muerto viviente se giró hacia aquel frenético personaje que lo
provocaba; su boca descarnada se abrió en una especie de sonrisa que heló la sangre del montaraz. Durante un momento el tiempo
pareció congelarse: el monstruo y el humano se enfrentaron en silencio, preparados para un lance del que sólo uno escaparía con
vida...El necrófago, soltando un triunfal aullido, se abalanzó hacia delante con las garras extendidas. Aragorn saltó de costado hacia
él y lanzó un tajo a ciegas.
 
El dúnadan se hundió en el agua. Sintió el peso muerto de su adversario sumergirse a su lado a la vez, y la sangre oscura que
brotaba a borbotones de su vientre extenderse en torno a ellos. La alegría de la victoria le embargó por momentos, pero el pestilente
líquido que le penetró por las fosas nasales le obligó a sobreponerse: aún no estaba del todo salvado. Soltando el carcaj, braceó con
desesperación hasta salir a la superficie, y una vez allí alcanzó el inerte cuerpo de Gollum. Seguía vivo, constató, y se sorprendió a sí
mismo sintiéndose aliviado por ello. Se lo cargó a la espalda y echó a nadar.
 
La cortina de niebla acabó por descorrerse, y el pantano los vomitó en la orilla. Aragorn no fue capaz de discernir cuánto tiempo
había transcurrido, ni tan siquiera si aquello era real. Pero lo fuera o no, el instinto de supervivencia actúa de igual modo ya sea en
la vigilia o en los sueños. Extenuado, sintiendo cómo el agua cenagosa le abrasaba la piel, continuó avanzando a gatas, insensible
ante los pinchazos de los arbustos que atravesaba, deseando tan sólo alejarse de la malhadada laguna. Al fin, en lo alto de una
loma, se detuvo. Se tumbó boca abajo, dejando que Gollum rodara de su espalda. Su respiración agitada se calmó, sus agarrotados
músculos se aflojaron. Y de improviso, al levantar la vista hacia el horizonte, se echó a reír.
 
Allí, finalmente, se extendían los polvorientos campos de las Tierras Pardas.
 
El joven elfo hizo girar la pesada llave en la cerradura, y ésta chirrió como un felino al que le pisaran la cola. Volvió a colgar el
oxidado objeto en el cinto, y escudriñó por entre las rejas con fascinación, una vez más, al misterioso cautivo que se alojaba en la
celda. Estaba seguro de poder oír el estremecimiento de sus huesos en la oscuridad.
 
-¿Seguro que estará bien aquí? –inquirió a su superior, un elfo de facciones rígidas que portaba un candil. –Parece muy enfermo...
 
El interpelado soltó un bufido.
 
-Ya has oído lo que dijo ese hombre, Aragorn –su voz retumbó en las cavernosas mazmorras, y por un momento fue como si las
mismas piedras se encogieran al sentir aquel severo eco rebotar contra ellas. –No hay que fiarse de su apariencia, puede simular
encontrarse en un estado inverso al real. Y recuerdo la cara que puso Thranduil cuando vio a esa pequeña criatura...Ignoro por
qué motivo, pero estoy convencido de que ese tal Gollum puede resultar muy peligroso.
 
-El humano que lo trajo también aparentaba estar agotado –comentó el otro, mientras echaban a andar por el angosto pasillo en
dirección a las escaleras. –Me sorprende que se marchara tan deprisa, rehusando quedarse a descansar. Se comportaba como si
tuviese una misión muy urgente que cumplir.
 
-¡Hum! Montaraces –dijo su compañero, encogiéndose de hombros como si aquella palabra explicase cualquier comportamiento
excéntrico –Gente de fiar, pero siempre apresurados. Olvidémonos de eso; todavía nos queda otro encargo que realizar.
 
-Es cierto, aquello de enviar aves mensajeras a Mithrandir...
 
Sus palabras se desvanecieron en la lejanía escaleras arriba, como fantasmas ahuyentados por el amanecer.
 
El crujir de articulaciones entumecidas se dejó oír en la celda que habían dejado atrás, acompañado por una cadena de gorgoteos
guturales. Una única palabra inteligible se elevó en la oscuridad, un sollozo semejante al de un alma en pena condenada a la
eterna esclavitud.
 
“Tessoro..”.