Y las llamas se avivaron

por Sergio Mars "Baldor"

Tercer Puesto, Premios Gandalf 2001
 
El agua estaba completamente en calma. La primavera había apaciguado exitosamente al susceptible viento del norte, que había decidido un año más volver a su hogar en las Ered Mithrin para reponer fuerzas hasta el siguiente invierno. Aunque Dáin empezaba a temer que, para cuando volviera, quizás no encontrara ninguna cara conocida que le diera la bienvenida.
El sol apenas si había comenzado a calentar la superficie del lago, y una espesa bruma reducía el universo a un minúsculo estanque redondo, con el bote en su centro. Sólo la estela, abriéndose a su popa, proporcionaba algún indicio de movimiento, pero un movimiento fútil, ya que en ningún momento estaba ni una pulgada más cerca de alcanzar el horizonte.
Súbitamente algo cambió. Sombras enhiestas se perfilaron entre la niebla y fueron concretándose hasta formar pilotes quebrados y ennegrecidos por la podredumbre y algún lejano fuego. Pronto, la ligera embarcación se deslizó por entre un dédalo de plataformas arruinadas y edificios flotantes vencidos por el peso de los años. Hasta que, al doblar un recodo, alcanzó un amplio espacio despejado de donde parecía emanar la atmósfera de desolación que lo impregnaba todo.
Dáin comenzó a temblar, y no sólo por el frío ambiente matinal. Hasta donde le alcanzaba la memoria aquel había sido un lugar de terror, donde se enraizaban todas su pesadillas. Con un gran esfuerzo volvió a empuñar los remos y prosiguió su marcha, dirigiéndose hacia el mismo centro de la devastación.
Dejó de impulsarse cuando se encontraba a medio camino y permitió que la inercia le condujera inconscientemente a su destino. El sol bajo incidía sobre el agua convirtiéndola en un espejo refulgente, ocultando lo que se escondía en sus profundidades. Dáin se acurrucó en el centro de la ligera embarcación y se abrazó las piernas, tratando de obtener el valor necesario para llevar a cabo aquello que se había propuesto. Recordó a su abuelo Brand y a su tío, de quien había recibido el nombre, que nunca más volverían a sentarlo en sus rodillas y a narrarle historias de tiempos más antiguos y heroicos. Pensar en ellos no le confirió el frío coraje que andaba buscando pero al menos le devolvió la resolución para seguir adelante.
Se incorporó con suma precaución. Pesaba poco y el bote apenas se movió, pero el reflejo estaba allí, introducido en su mente por sus padres, listo para ser utilizado cuando el inevitable crecimiento lo hiciera necesario. Se asomó por la borda y miró hacia el fondo. Y lo vio, blanco y espectral, inmenso, sin haber perdido un ápice de majestad, el esqueleto de Smaug el Magnífico.
Sus compañeros de juego mayores le habían revelado que antiguamente el lago era menos profundo en aquella zona y los viejos huesos sobresalían de la superficie del agua, pero actualmente el nivel había subido, o el fondo se había hundido, y las puntiagudas vértebras apenas si llegaban a rozar la quilla del bote. Siguió con la vista, fascinado, la poderosa columna vertebral, hasta alcanzar los omoplatos y la doble articulación de las patas y las alas. Prosiguió su inspección subiendo por el retorcido cuello, hasta el terrible cráneo del dragón.
Durante unos breves instantes fue incapaz de respirar. Incluso descarnado irradiaba poder, un poder oscuro y maligno que ni tan solo la muerte había podido vencer. Del resto del cuerpo no quedaba sino el armazón, el esbozo de lo que fue, sin
embargo, su cabeza parecía intacta, presta a elevarse rugiendo y vomitando llamas como antaño. Dáin cerró con fuerza los ojos mientras se agarraba desesperadamente a la borda.
“Está muerto, está muerto” —se repitió insistentemente hasta que casi se lo creyó.
Ya más calmado, procedió a desnudarse sin prisas. Recibió sobre la piel los rayos del sol y agradeció en silencio el que hubiera salido un día tan cálido, pese a lo temprano de la estación. Por desgracia, era plenamente consciente de que el agua seguiría mortalmente fría, siendo como era receptora de las corrientes de deshielo del Río Rápido y del sombrío caudal del Río del Bosque. Dejó su ropa pulcramente doblada cerca de la proa.
Hundió las manos en el agua y se humedeció el cuerpo, especialmente la nuca, para evitar en lo posible la impresión que le produciría el lago gélido. Había llegado el momento decisivo. Cerró su mente a cualquier pensamiento que pudiera hacerle desistir a última hora y se zambulló de cabeza.
Todo su cuerpo pareció contraerse al mismo tiempo. Notó como su estómago se convertía en una bola dura e inquieta y sintió la tentación de aspirar una profunda bocanada. Se contuvo. En las capas más profundas de su conciencia sabía que se encontraba bajo el agua y que debía resistir si quería completar su tarea. Abrió los ojos.
Allí estaba Smaug, más impreciso y, al mismo tiempo, mucho más real que antes. Arriba había estado en un plano de existencia diferente, con la superficie del lago actuando como frontera, pero ahora se había aventurado en los dominios del dragón, se había atrevido a desafiarle en su propio terreno. No permitió que estas reflexiones se interpusieran en su cometido. Sus brazos y piernas le impulsaban mecánicamente cada vez más hacia abajo, cada vez más cerca de la bestia.
Eligió un hueco entre las costillas y se dirigió hacia él. Pasó sin problemas, sin siquiera esconder los brazos, tal era la diferencia de tamaño, y se encontró en el interior del dragón. Había sido devorado, como una última víctima voluntaria, como un sacrificio postrero a quien fuera el Señor del Valle y la Montaña. Dáin buceó desesperadamente hacia la izquierda, hacia el nacimiento de la pata delantera y más hondo, cada vez más hondo.
Desde esa distancia el fondo se había transformado en un cielo estrellado. Aquí y allá destellaban las joyas de la coraza de Smaug entre el limo negro, fruto de la descomposición del poderoso cuerpo. Dáin no les prestó atención. Nunca se le hubiera ocurrido enfrentarse al dragón por unas piedras relucientes, que para él no tenían más valor que las canicas que recibió como regalo en su octavo cumpleaños.
Llegó a su destino. Buscó con la vista pero no detectó ningún indicio de aquello por lo que había arriesgado tanto. Le quedaba poco tiempo. Comenzaba a notar como su cuerpo reclamaba aire puro y tuvo que luchar conscientemente con el reflejo de inspirar en busca de oxígeno. Dejó escapar unas cuantas burbujas para aliviar la presión en sus pulmones.
Estaba demasiado oscuro y el suelo estaba demasiado sucio pero se negó a sentirse derrotado. Echó el brazo derecho hacia atrás y lo hundió con todas sus fuerzas en el légamo del fondo, hasta casi el hombro. Sus dedos se cerraron y apresaron entre ellos una fina varilla. Se permitió sonreír y al hacerlo se le escapó un poco más del aire que mantenía prisionero. No debería haberse congratulado tan pronto. Cuando intentó extraer su trofeo comprobó que no había forma de moverlo. El dragón se negaba a compartirlo.
Buscó unos puntos de apoyo fijos para sus pies y estiró. Unas motas oscuras se interpusieron frente a sus ojos y la presión en sus pulmones se vio consumida por un
fuego interior que se avivaba por momentos. La visión le fallaba. El mundo comenzó a temblar. Veía el inmenso costillar expandiéndose y contrayéndose, como si Smaug tomara aliento para combatirle. Agitó desesperadamente el brazo. En ningún momento se le ocurrió que podía soltar su presa.
Sin previo aviso el agua se enturbió y la mano quedó libre. Con los últimos vestigios de voluntad Dáin se impulsó hacia la superficie. Rozó con el hombro una costilla y estuvo cerca de quedar atrapado para siempre en el interior de Smaug pero, finalmente, quedó libre, y completó medio inconsciente la ascensión hacia el mundo real, más allá de la tumba del dragón.
Recuperó el conocimiento aferrado al bote, aspirando ruidosamente sin sentirse nunca satisfecho. Por unos instantes se preguntó si alguna vez volvería a poder respirar con normalidad. No obstante, esa cuestión pronto le resultó completamente irrelevante. Acudió a su memoria la última imagen que había contemplado de Smaug. Por unos breves instantes, antes de que el lodo impidiera su visión, alcanzó a contemplar al dragón cara a cara. Las fauces entreabiertas, las protuberancias óseas extendidas, las negras órbitas fijas en sus pupilas.
Si alguna vez había albergado la menor duda ésta ya no tenía lugar en su corazón. Smaug seguía vivo, la flecha sólo le había sumido en un profundo sueño y él había roto el hechizo. Ahora se levantaría del lago y volvería a reinar indiscutido como una plaga terrible sobre toda la región. Mil veces preferible era el enemigo oriental pues ellos, al menos, eran humanos.
Dáin trató de encaramarse al bote pero las extremidades no le respondieron. No podía traspasar con la vista la superficie del agua pero sentía como si algo enorme agitará las profundidades. El pánico se adueñó de él y golpeó alocadamente en torno suyo tratando de escapar. Por pura fortuna logró pasar una mano por encima del borde de la embarcación y pronto la siguió el resto del cuerpo. Se quedó tiritando en el fondo del bote, sintiéndose completamente a salvo, como en un santuario, y llorando.
Mientras tanto, la nueva ciudad de Esgaroth era escenario de graves deliberaciones. El gran salón de la casa del gobernador acogía una asamblea extraordinaria. Bardo, el heredero del señor del Valle y, si había que hacer caso de los rumores, el actual rey, el segundo de dicho nombre, trataba de sacar de su pasivo estupor a los hombres del lago.
—¡No podéis manteneros aparte en este conflicto! —clamaba—. Los bárbaros del este no se contentarán con destruir el poder del Valle y de Erebor. Cuando hayan aniquilado a mi pueblo, a vuestros hermanos, volverán sus ojos hacia Esgaroth.
—Estamos a salvo de sus ejércitos. No pueden caminar sobre las aguas —le contestó un burgués, sin llegar a expresar toda la convicción que hubiera deseado.
—¿Y durante cuánto tiempo podréis subsistir aislados? Sin vuestra ayuda estamos perdidos y el rey Thranduil combate a su propio enemigo en las entrañas mismas del bosque. Rumores de guerra provienen de Gondor y de Rohan y los enanos de la Colinas de Hierro llevan semanas bajo asedio. ¿De dónde obtendréis alimentos si a vuestro alrededor sólo medran enemigos?
—La sombra pasará —aseguró un mercader—. En nuestro lago estamos a salvo de los ataques.
—Existen destinos peores que la muerte en la batalla. Todos habéis oído relatos sobre como tratan a las ciudades conquistadas los orientales. Negándoos a participar en la defensa de nuestra tierra sólo postergáis el inevitable desenlace. Llegará un día, no hoy, ni dentro de una semana, pero llegará, en que deberéis entregar el gobierno a los
conquistadores. ¿Esperáis clemencia? ¿Qué suponéis que refrenará su pillaje? ¿El temor a represalias? ¿Por parte de quién?
—Las disensiones surgirán en su seno —auguró alguien desde un extremo de la sala—. Su alianza será efímera. Pronto estallarán las trifulcas entre sus cabecillas y mientras tanto Esgaroth pervivirá.
—¿Acaso no os habéis dado cuenta de que esta campaña no la ha orquestado ningún caudillo bárbaro ambicioso? Este ataque responde a una estrategia mucho más amplia. La ofensiva no se detendrá hasta que el último hombre, enano o elfo libre haya sido aplastado. Quizás seáis los últimos en perecer pero, en tal caso, os compadezco. Pues todo el poder del enemigo se abatirá sobre vosotros como una tempestad de sangre y acero.
El silencio se hizo en la atestada sala. Las últimas palabras de Bardo habían sacudido las tímidas defensas de los acomodados habitantes de Esgaroth. Todos sabían que de su boca brotaba la verdad pero aún no estaban dispuestos a reconocerlo. Tenían miedo.
Bardo, por su parte, se desesperaba. Hubiera acudido en ayuda de su pueblo mucho antes si no supiera que la reducida guardia que le había acompañado en su estancia diplomática en Esgaroth nada podría contra las tropas invasoras. Necesitaba a los hombres del lago, y éstos necesitaban que alguien les sacara de su letargo. Su corazón se encontraba desgarrado, torturado por la pena por la muerte de su padre y preocupado por el destino de su pueblo. Aislado tras los muros de la ciudad mientras el grueso de su ejército se encontraba encerrado a la defensiva en Erebor.
Se alzó un clamor unánime.
—¡Si te seguimos nuestra ciudad quedará indefensa! No podemos abandonar a nuestras familias.
—¡Apenas somos suficientes para contener un ataque decidido!
—Lo siento mucho Bardo, pero lo que nos pides es imposible.
Bardo ocultó el rostro tras sus manos.
Repentinamente se hizo el silencio. Bardo alzó la vista y la dirigió hacia la entrada principal de la sala. Sus ojos se abrieron asombrados cuando reconoció a su hijo, escoltado por dos soldados de la milicia de la ciudad.
Sin pronunciar una palabra Dáin echó a andar hacia la mesa donde se sentaban Bardo, el gobernador de Esgaroth y el resto de los notables. Su pelo aún estaba mojado e iba dejando unas huellas húmedas a su paso. Su tez, de común pálida, relucía en la semipenumbra y sus labios destacaban con un leve tono amoratado.
Bardo rodeó la mesa y, con gesto preocupado, salió al encuentro de su hijo. Dáin se detuvo a dos pasos de él e hincó la rodilla derecha en tierra. El silencio se había adueñado de la estancia. La sensación de estar asistiendo al cumplimiento de una profecía jamás enunciada se apoderó de toda la concurrencia, que mantuvo la respiración mientras el drama seguía su curso.
Con un gesto lento y solemne el niño alargó su mano derecha y le tendió la flecha negra a su padre. Poseído por el mismo espíritu histórico Bardo recogió la ofrenda y la alzó por encima de su cabeza. Comenzó a hablar, sin dirigirse a nadie en particular, pero con voz clara y potente:
—Esta es la flecha una vez salvó a Esgaroth. Esta es la flecha negra producto de la fragua de Erebor con que mi bisabuelo derribó a Smaug. Tal y como cayó el dragón caerán los enemigos de Esgaroth y del Valle. La oscuridad se cierne sobre nuestras cabezas de nuevo, pero nada podrá contra nosotros pues de nuestro lado luchan la flecha negra y el corazón que una vez la impulsó certera hacia su destino y volverá a
conducirla a la victoria. ¡Despertad hombres del lago! ¡Contemplad la flecha negra! ¡Nos vamos a la guerra!
Un susurro recorrió los bancos:
—La flecha negra ha vuelto a las manos de un Bardo, el destino está con él.
Y un grito se sobrepuso a él, aunque sin extinguirlo por completo:
—¡A la guerra! ¡Por Esgaroth y por el Valle! ¡A la guerra!
El rugido creció y creció en intensidad, y se propagó por toda la ciudad alcanzando cada rincón y a cada habitante:
—¡La flecha negra ha regresado! ¡Nos vamos a la guerra!
Bardo posó la mano derecha sobre el hombro de su hijo y salió del salón, seguido por una muchedumbre vociferante y ansiosa por entrar en combate. Poco a poco el silencio volvió a reinar en la mansión.
Aturdido, Dáin sintió como alguien dejaba caer un manto sobre sus espaldas. Alzó la vista y se encontró mirando los serenos ojos del anciano gobernador, que le ayudó a incorporarse. Con delicadeza, le condujo hacia el piso superior y le acostó en su propia cama. Le arropó y le dedicó una respetuosa reverencia. Después, salió en silencio del dormitorio y fue a ocuparse de los problemas de evacuación de la ciudad en caso de derrota.
Tal eventualidad nunca llegó a concretarse. El ejército de hombres del lago, liderados por Bardo, avanzó como una ola de venganza por el territorio que mediaba entre Esgaroth y la Montaña Solitaria, aniquilando a su paso a los destacamentos enemigos y pisándoles los talones a los mensajeros que llevaban noticias de la derrota de Sauron a los orientales. Finalmente, el veintisiete de marzo del 3019, entró en contacto con el ejército agresor y causó un gran estrago entre sus filas.
Simultáneamente, una salida desesperada de los sitiados, comandados por Thorin, hijo de Dáin Pie de Hierro, pilló a los hombres del este entre dos frentes y se sumó a la desorientación provocada por los recientes acontecimientos. En lo más reñido de la batalla los futuros Bardo II y Thorin III se encontraron y, unidos por la pérdida común y la sangre derramada en defensa de sus súbditos, sentaron las bases para la más estrecha unión entre pueblos que la Tierra Media hubiera conocido.