- Cronica de la NumenorQuest, por Hinuden:

Cartel



Las sombras de la noche aún poblaban el cielo, pero yo ya estaba despierto. Desde hacía semanas llevaba esperando este día y no quería perderme ni un minuto del evento que se aproximaba. Eran las 5:15 de la mañana y, tras una sofocante e insufrible noche de calor, comencé a prepararme para el viaje. Un afeitado, una duchita, una elección de ropa, un recogimiento de bártulos, un frugal desayuno… Increíble, pero cierto. Miré el reloj y se había adelantado hasta las 6:30. Mi hermano estaría al caer. Con puntualidad española (es decir, media hora tarde), salíamos hacia Númenor. En el coche la radio emitía sonidos sin querer hacerse notar mucho. Pesaba un silencio somnoliento, casi renegón. Como si los temas de conversación aún no se hubieran despertado del todo. El viaje transcurría sin incidentes. Poco a poco (segundo desayuno mediante) comenzábamos a hablar de cosas más o menos intrascendentes. Yo miraba todo el rato el reloj, calculando el ritmo que estábamos llevando para ver si estábamos en tiempo. Durante el viaje descubrimos y enunciamos una ley absoluta del universo: “Estés donde estés y vayas a donde vayas, cuando la emisora local o regional que estuvieres oyendo dejare de oírse, al activar la búsqueda automática, siempre encontrarás RNE1 o RNE3 o RNE-Clásica”. Con su respectivo corolario de estas fechas: “Y hay un 90% de posibilidades de que estén hablando de Michael Jackson”. Este tipo de tonterías y chuminadas amenizaban nuestro viaje, hasta que llegamos a la entrada de la Radial Númenoreana. Gracias a San GoogleMaps Quetodolové, encontramos el lugar designado para tan magno evento. ¡Milagro de la naturaleza! Un lugar para aparcar el barco justo en frente de la puerta.

Eran las 11:15 cuando dimos el “¡Ha del castillo!”. Hayamos a los nobles Númenóreanos casi en estado de desperezamiento. En una sala grande estaban dispuestas mesas y sillas con diferentes retos de estrategia, habilidad, inteligencia y destreza. Con nombres extraños se nos presentaron estos divertimentos: Warhammer, Ajedrez, HeroQuest, Munchkin, Señor Oscuro. Por el momento la gran mayoría de los presentes eran númenóreanos, aunque nobles y notables excepciones debería hacer. Como por ejemplo la señora Derrilyn, belleza y orgullo de los montaraces. O el caballero Meneldil, natural de Minas Tirith (aunque en estos tiempos estaba de agregado cultural en la corte de Númenor). Hacía mucho tiempo que no veía a mis añorados amigos. Así que me resistía a enfrascarme en una lucha de ingenio con las pruebas presentadas ante nosotros. Antes bien, me dediqué a hablar animadamente con algunos de los asistentes mientras, otros muchos, se arremolinaban alrededor del carismático Arthedain que, a la sazón, enseñaba los entresijos del Ajedrez a una bella dama de nombre Jezabel, si mi mala memoria no me falla.

HeroQuest



El tiempo pasaba mientras Derrilyn, Mórendil y yo hablábamos animadamente dándonos noticias sobre los sucesos ocurridos desde la última vez que nos vimos. Mientras tanto el Señor enano Tharkas y el Caballero Meneldil, corrían de un lado a otro ultimando preparativos y detalles. Una magnifica sala de refrigerio con bebidas frías y calientes infusiones se nos presentaba apetecible. Sobre todo por el buen olor de esa extraña sustancia psicotrópica y altamente adictiva que, allá en la isla, llamaban “café”. La masa de gente te había trasladado del Ajedrez al Señor Oscuro (juego de improvisación e interpretación que se basa en inventarse al vuelo una excusa y cargarle el mochuelo a otro). Para ese entonces más huéspedes se habían unido al festejo como Frodo Gamyi y Eithiel de Acebeda, Thrain II de Cuernavilla y Elessar de Ithilien. Durante el transcurso del divertido juego, hayamos la prueba irrefutable de la existencia de las Serpientes Marinas Solubles en Agua. Es este un espécimen extremadamente raro de ver pues, en la mayoría de los casos nacen en el mar y, claro, se disuelven (aunque aún tenemos que dar respuesta al misterio de la supervivencia de esta raza a través de los siglos).

Señor Oscuro



Alrededor de la 1 de la tarde, las trompetas resonaron y una gran expectación se desató entre los asistentes. El Gran Vala Mandos llegaba a la isla de la estrella. Venía de Minas Tirith donde había tenido que vérselas con cierto senescal pirómano, del cual traía saludos. Fue el momento perfecto para levantarnos de las sillas e ir a practicar un poco de ejercicio. El torneo de esgrima daba comienzo. Los combates se sucedían: los vencedores eran aclamados y los vencidos aceptaban con deportividad su derrota. El campeón de la edición anterior, el noble Arthedain de Númenor, cayó eliminado en la semifinal frente al caballero Meneldil de Minas Tirith. Éste mismo fue protagonista de la final junto al señor Thrain II de Cuernavilla. Duelo titánico éste, en el que cada punto era defendido a muerte o arrebatado con sangre. Tras un esfuerzo sobre humano por parte de ambos contendientes que el mismo Tulkas aplaudiría, el gondoriano se hizo con la victoria en justa batalla. Y, aunque el rohirrim se lo puso difícil, ambos se dieron la mano como buenos compañeros y aliados en la lucha contra el Enemigo.

Esgrima



Tras el torneo de esgrima, que había atraído la atención de todos los asistentes, llegó el momento de dar comienzo a otros torneos menos transpirados. Mientras algunos atendían a las explicaciones sobre el funcionamiento del torneo y del juego Munchkin, otros se arremolinaban para preparar una partida de “Britania”, juego ambientado en una tierra fantástica y mitológica que jamás existió.

A las 2:15 de la tarde nuestros estómagos rugían. Fue entonces cuando su Majestad Tar-Míriel nos dio permiso para partir en busca de la pitanza. Tras una opípara comida en la cual, diferentes grupos nos disgregamos por diferentes mesones, la buena compañía y la mejor conversación hizo que se nos pasara el tiempo volando. Las 4:50 llegaron demasiado pronto, aunque no demasiado tarde. Ante el calor del inclemente sol, la frescura y sombra de los salones de palacio fueron una bendición. Una vez reunidos todos, Carcasone y Ajedrez son los siguientes torneos en dar comienzo. Sobre las 5:20 tengo conocimiento de que los maestros de ceremonias están al borde del colapso por pánico: ¡faltan intérpretes del Rol en Vivo! (Nota del Cronista: Con tanta contemporización ya no sé si “el Enemigo” era Morgoth, Sauron o Bill Gates. Llamémosle X) El terrible X, Enemigo Oscuro del mundo, había mandado partidas de orcos muy poco simpáticos y nada dialogantes. De manera que algunos de los participantes en el ReV habían quedado aislados tras las líneas enemigas. Las Palantiri comenzaron a echar humo y los nervios estaban nerviosos. Pero gracias al buen hacer adunaico, la crisis fue atajada a tiempo y se encontraron sustitutos muy nobles y muy capaces.

Tras una tarde amena y distendida, llena de juegos, risas, chanzas y chascarrillos; al fin llegó la hora, las 7 de la tarde. No fue difícil trasladarnos a la corte de Armenelos (al fin y al cabo, estábamos allí), a los tiempos en los que Tar-Aldarion debía decidir sobre quién le sucedería. ¿Sería su bellísima hija Ancalime? ¿O tal vez fructificara la justa reclamación del apuesto Soronto, su sobrino? La tela de araña estaba servida. Y en ella se desplegó todo el ingenio de los participantes. Se tramaron alianzas, traiciones, hechizos de amor y “promesas electorales” a porrillo. Todos los asistentes a tan trascendental evento jugaron magníficamente sus cartas y, hasta el mismísimo final, la tensión y la incertidumbre eran patentes. A la postre el Rey convocó el consejo real. Grandes e importantes fueron las palabras dichas allí. Las más finas artes de la oratoria hicieron su aparición. Pero no fue hasta el mismísimo final (gracias a una puñalada trapera, con nocturnidad, alevosía y mala uva) que se resolvió el asunto de la sucesión: por cinco votos a favor, dos en contra, una abstención y un expulsado, Ancalime, hija de Tar-Aldarion y de Erendis, fue proclamada Heredera al trono de Númenor.

Rol



Todos estábamos contentos. El ReV había sido magnífico y nos prodigábamos ahora en contarnos y re-contarnos los mejores momentos. Desvelábamos los secretos y reíamos bien a gusto de las pequeñas maldades que nos habíamos causado unos a otros.

Eran ya las 10:30 de la noche. A mi navío le quedaban aún no menos de tres horas y media de viaje por delante. Así que, con gran pesar en nuestros corazones, nos despedimos de los buenos amigos que se quedarían en Númenor un día más. Y pusimos rumbo al este. En el viaje de vuelta nos ratificamos sobre la ley universal enunciada en el viaje de ida… y sobre su corolario.

Al llegar a Edhellond, sobre las 2:30 de la madrugada (¡y sin haber dormido siesta!), a penas podía disimular una sonrisa en mi cara. El viaje había sido agotador, pero las ganancias suplían con creces los gastos. Ganancias de amistad, de recuerdos y de alegrías. El dolor de pies no era, en absoluto, rival a la esperanza. La esperanza de que muy pronto volviera a ver a las buenas gentes de la Tierra Media. Esperanza de que, en el futuro, de seguro que volveré a casa…