Artículo «La ideología tolkieniana en los cuentos infantiles (o de cómo Mr. Bliss fue una vez activista de Greenpeace)» de Fernando Cid Lucas, recogido en la revista Estel 67
Introducción
Estamos en la recoleta Oxford, en los últimos años de la década de 1930. Europa se recupera, poco a poco, de los estragos causados por la I Guerra Mundial e, inconsciente, se prepara para la brutal segunda Gran Guerra. En una bonita casa de la calle Northmoor, adornada con un cuidado jardín delantero, un ocupado profesor de anglosajón, devoto bebedor de té y eterno fumador en pipa, escribe para sus hijos un relato que habría de rebasar (en no muchos años) edades, países y aun géneros literarios. Me estoy refiriendo, claro está, a The Hobbit.1
Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre las aficiones de J.R.R. Tolkien, de su pasión por los idiomas (por los inventados por él o por los ya existentes), hacia los mitos nórdicos, por las runas, por las veladas literarias y, cómo no, por contar cuentos a sus hijos. Hay consenso a la hora de considerar que Tokien fue un gran «cuentista». Sabemos por sus propios hijos que, aun después de sus clases, tutorías, reuniones de departamento y otras obligaciones académicas y sociales, frecuentemente sacaba tiempo para leer, refundir o inventar emocionantes historias para sus hijos.
Esta práctica no fue exclusividad de nuestro autor, sino que fue relativamente habitual ya durante la época victoriana y en periodos posteriores entre caballeros de clase social media y alta. Incluso estaba bien visto o resultaba de buena nota que el padre de familia se implicase en la educación de sus hijos, materializada en este caso en despertar el gusto por la lectura o la escritura en los más pequeños; aunque como veremos más adelante, el caso de Tolkien escondía algunas particularidades.
Tolkien (pero también otros) y sus cuentos infantiles
No estará de más recordar ahora nombres como los de A.A. Milne, K. Grahame o L.F. Baum,2 todos ellos padres/ escritores o escritores/padres que antes de enviar sus trabajos a la imprenta los leyeron ante un público privilegiado y con idéntico apellido a los suyos. Todos fueron autores de obras deliciosas, ideadas con el único ánimo de entretener y divertir a un auditorio para el que guardaban el mayor de los afectos.
El caso es que Tolkien —manteniéndonos de momento al margen de las grandes sagas relativas a la Tierra Media— fue un autor de primorosos cuentos, los cuales incluso llegó a ilustrar él mismo. Sabemos también que ideó más de los que luego puso por escrito, y que solía esbozar historias que nunca concluía. Sí terminó, sin embargo, dos hermosos relatos que sólo póstumamente fueron dados a la imprenta: Mr. Bliss (1982) y Roverandom (1998). Ambos son prosas relativamente breves, dirigidas hacia un público eminentemente infantil, pero que cualquier adulto puede leer con otros ojos (puede intentar hacerlo con los de un niño, si la experiencia, que es la vida, no se los ha robado ya) para constatar la pericia del Tolkien creador de cuentos infantiles.
Sin embargo, entre ambas narraciones hay una diferencia sustancial. Mientras que en Roverandom la figura del mago y de la magia tienen una gran importancia, Mr. Bliss quiere ser un sincero canto a la vida natural y sencilla por la que tanto pugnó el autor de The Lord of the Rings. Esta postura está clara y se mantiene de principio a fin del relato, máxime cuando el elemento discordante o «extraño», causa de todos los males del bueno de Mr. Bliss —y, por extensión, de algunos amigos de Bliss— es un automóvil, o, en otras palabras, la representación de la modernidad, del tecnicismo y de la violación del orden natural que tanto detestaba Tolkien.3 Si analizamos en profundidad sus obras (ahora su totalidad), magia y tecnicismo son cosas muy distintas. Mientras que la magia puede ser buena o mala (según sea la idiosincrasia de sus hacedores), útil o inoperante, la tecnología, la metalurgia, la naturaleza tecnificada, etc. siempre muestran un cariz peligroso o, cuando menos, se oponen diametralmente a las leyes establecidas por el orden divino.
Así, en Roverandom, el perrito Rover es el blanco de un hechizo, pero el hombre (y el resto de los seres vivos en los cuentos infantiles) puede revelarse o no conformarse con su nueva condición, mientras que con la tecnología todo se reviste de un halo más peligroso; con ella debemos ir con pies de plomo (recuérdense las alteraciones genéticas tipo uruk-hai, armas terribles que hacen volar centenarios muros de piedra o coches que se estampan contra árboles en bosques tranquilos). Así, Tolkien parece dejarnos el mensaje de que el hombre está condenado a «sufrir» la tecnología, que es algo siempre susceptible a escapar de las manos de sus artífices. Esto es lo que sucede con el flamante coche amarillo de Mr. Bliss, un objeto que, en el marco que nos presenta su autor y entre los personajes allí recogidos, resulta completamente discordante. Y en efecto, como tal cosa se manifiesta a lo largo de la narración, sin que su autor mire para otro lado o nos oculte que quien va al volante es un ser inocente, plenamente humano, pero, eso sí, embriagado por las ansias de «gobernar» algo nuevo, insólito…
Si leemos entre líneas, en las moralejas de ambos cuentos (Roverandom y Mr. Bliss) comprobamos que nuestro escritor no dispara con balas de fogueo, y que tras historias inocentes, para niños, subyace la ideología pura del de Bloemfontein. La magia, por sí misma, fuera del papel o de los cuentos de hadas, no es peligrosa,4 pero hay que cuidarse (y mucho) de los ingenios humanos, de los artefactos que desafían a la Creación, de los mecanismos y de los engranajes artificiales, que no son, a la postre, más que parodias y mediocridad. Por otra parte, también nos advierte Tolkien de que sus valedores están condenados al más estrepitoso de los fracasos.
Yendo más atrás en la literatura inglesa, en una pirueta comparativista, veremos que algo semejante ocurre en el Frankenstein de Mary Shelley (1797-1851). E idéntico fin hay para un engendro artificial como es el coche de Mr. Bliss, la herrumbre de Saruman o el homúnculo salido de la pluma de la escritora inglesa: el choque tremendo y definitivo contra productos nobles, emanados de la voluntad divina (léase árbol, agua u hombre).
Para terminar, déjeme el lector fantasear y elucubrar con los cuentos que nunca terminó Tolkien. ¿Contenían acaso en su poética idéntica y tan personal moraleja? ¿Querrían ser más que pura distracción para sus hijos? Lo que sí vuelve a quedar de manifiesto es que pocas veces los cuentos infantiles tienen como único valor esa «inocencia» que exteriormente los adorna; y es ése, amigo lector, un interesante y peligroso camino por el que adentrarse, más que mil Mordors ardientes o mil Hades oscuros, ya que quienes nos llevan de la mano por esta senda no son otros que niños dulces de mirada inocente.
Notas
1. Recordemos su primera edición: TOLKIEN, J.R.R., The Hobbit, London, George Allen & Unwin, 1937.
2. Aunque no tuvieron hijos, me atrevo a incluir en esta pequeña nómina de autores a Lewis Carroll y a J.M. Barrie, ya que ambos escribieron para unos niños en concreto, hacia los que prodigaron un amor y un cariño similares a los que un padre puede sentir hacia su progenie.
3. Léase para tales efectos el artículo de SANTOS UNAMUNO, Enrique, «Tolkien y la rebelión de las masas: paradojas de la utopía antitecnológica», Quince caminos para seguir a Tolkien, Cáceres, Diputación de Cáceres, 2007, pp.221-235.
4. Dudo mucho que Tolkien creyese, más allá de las exigencias estrictamente literarias, en influencias mágicas, nigrománticas o adivinadoras; quizá su sentimiento profundamente cristiano, donde Dios Todopoderoso gobierna todas las cosas y protege de las ciencias oscuras, le llevase a pensar que en la vida real magos y adivinadores no son más que ganapanes y charlatanes.









