Artículo «Kili está bueno»: la adaptación del aspecto físico de los enanos en la trilogía El Hobbit dirigida por Peter Jackson 1 por Amaya Fernández Menicucci, publicado originalmente en 2020 en la revista Estel 93
En diciembre de 2012, Abby Stone escribía en su reseña «The Hobbit: Making Sense of Kili, the Hot Dwarf» para el popular sitio web Hollywood.com que, «aunque Bilbo es valiente y Thorin fuerte, es Kili (¡oh, Kili!) quien hace de golosina visual. Como ya ocurriera con el Legolas de Orlando Bloom, es Kili el que empuja a adolescentes a preguntarse: «¿Es normal que esté, o sea, como obsesionada con un ser mitológico?» A lo que todos contestamos que sí, que es normal. Porque ¡joder, qué bueno está Kili!»2 El concepto de «golosina visual»,3 acuñado para explicar el fenómeno de adicción visual asociada al consumo rápido e incesante de imágenes en redes sociales como Instagram o Tumblr, lleva ya tiempo asociado a las adaptaciones cinematográficas del universo tolkieniano. Un rápido paseo por Internet es suficiente para cerciorarse de que son numerosos los foros de fans que han debatido y debaten las virtudes físicas de Orlando Bloom o de Viggo Mortensen en la adaptación de Peter Jackson de El Señor de los Anillos (en adelante, ESDLA). Ahora es el turno de Aidan Turner, actor que da vida a Kili en la versión cinematográfica de El Hobbit, que Jackson dividió en tres partes y estrenó, respectivamente, en 2012, 2013 y 2014. En concreto, sitios web especializados en fanfiction y fanart, como Wattpad.com y Deviantart.com, rebosan de imágenes y relatos protagonizados por las versiones en carne y hueso de Legolas y Kili, de carácter velada o abiertamente erótico.
No puedo decir cómo reaccionaría J. R. R. Tolkien ante este hecho, pero sospecho que muchos verán este fenómeno como la consecuencia de una vulgarización de los estándares morales y las aspiraciones sublimadas del género de fantasía épica, del que Tolkien es padre fundador. Sin embargo, también es cierto que, según las propias convenciones del género, tanto el personaje de Legolas como el de Aragorn no podían ser encarnados más que por actores de facciones simétricas, armoniosas, en una palabra: atractivas. Naturalmente, siendo el primero un elfo silvano, hijo del rey del Bosque Negro, su rol correspondía a alguien que pudiera encarnar esa belleza sin edad, luminosa y etérea, típica de la raza élfica en la obra de Tolkien. Aragorn, en cambio, un humano curtido por la vida nómada de los montaraces, último descendiente del linaje de los reyes de Gondor, Arnor y Númenor, y líder de los hombres de la Tierra Media frente al Señor Oscuro, tenía que ser llevado a la gran pantalla por alguien capaz de aunar hermosura y madurez, nobleza y resiliencia. Un Viggo Mortensen de poco más de cuarenta años y con una piel tostada por el sol y surcada por arrugas, que no hacen más que añadir virilidad a un rostro de pómulos marcados y penetrantes ojos azules, parece la elección perfecta. Por el antiguo principio griego de la kalokagathía, mantenido tanto en los romances medievales como en la literatura fantástica inspirada en estos, hay que ser kalós, es decir, guapo, para poder ser agathós, o sea, bueno. La nobleza de carácter, así como la de estirpe, debe corresponder a un cuerpo rebosante de fuerza y belleza.
Hasta aquí, todo 0bien. El cast de Jackson para ESDLA parece trasladar todas las expectativas del género al medio cinematográfico, y si a consecuencia de ello pósters de Legolas brotan como setas en los cuartos de adolescentes, la coherencia estética y conceptual de la relación entre obra literaria y adaptación no parece verse afectada en lo más mínimo. El problema surge cuando la decisión de emplear el binomio kalós-agathós va no solo en contra del discurso ideológico de la fuente literaria, El Hobbit de Tolkien, que gira precisamente en torno a la idea de que cuerpos de características nada heroicas pueden albergar el valor propio de un héroe, sino que también va en contra de los planteamientos estéticos de la anterior trilogía del propio Jackson, donde el actor John Rhys-Davies daba vida a un Gimli de abundantes e indómitas cejas, barba y cabellera que solo dejan ver una descomunal nariz y unos ojos de expresividad decididamente cómica.
Si por un lado, la versión de Kili encarnada por Turner parece haber levantado pasiones, el resto de los enanos, a excepción, como veremos, de Thorin y Fili, son versiones aún más caricaturizada del Gimli de Rhys-Davies: el uso de prótesis faciales y complejas pelucas, barbas y cejas postizas, ha convertido en grotescas máscaras de clara intención cómica incluso a actores como Jed Brophy, considerados como muy atractivos según los cánones de belleza Hollywoodienses. El personaje de Dwalin, encarnado por un Graham McTavish de gigantescos músculos que parece haber salido de una película de acción de los ochenta, rebaja su potencial de resultar atractivo al ostentar el tipo de prótesis y postizos ya mencionados, y sobre todo, parafraseando a Terry Pratchett, por una calva que más que ser consecuencia de simple alopecia, parece deberse a que su cráneo haya crecido desmesuradamente para alzarse como una cúpula por encima de la línea de crecimiento del pelo.4 Dwalin, en parte versión enana de Conan el Bárbaro, en parte secundario cómico, se colocaría en medio de un continuum a un extremo del cual tenemos a Kili y su deseabilidad, y al otro a un hiperbólico Bombur, epítome del cliché retórico que asocia obesidad y comicidad. De hecho, podría decirse que más que valerse de la convención de la kalokagathía, Jackson reivindica otro binomio clásico: el de la fealdad llevada a lo grotesco y la capacidad de generar hilaridad.
Si ordenáramos, pues, a la compañía de enanos de más a menos atractivo, o lo que es lo mismo en este caso, de más guapo a más ridículo, justo al lado de Kili tendríamos a Thorin, quien, a pesar de llevar una nariz protésica, resulta noblemente varonil e indudablemente regio. De hecho, podría decirse que por un lado el aspecto de Kili y Bardo está basado en la imagen de Mortensen en su interpretación de Trancos en la primera entrega de ESDLA, con su descuidada y viril barba de tres días, y su melena larga, oscura y suelta; y a su vez Thorin, en su faceta de rey bajo la montaña, se parece al Aragorn coronado en la última entrega de ESDLA. Después de Thorin vendría Fili, un personaje que no carece de atractivo físico (a fin de cuentas, es hermano de Kili, y con este, el más joven de la compañía), pero a pesar de ello denota ya un ligero toque cómico al presentar, además de una nariz algo más gruesa que la verdadera, un tupido bigote acabado en dos hermosas trenzas. Seguimos con Bofur, cuya barba sigue bajo control como las de Thorin y Fili, pero cuyo bigote ya se eleva hacia cotas más claramente humorísticas. De hecho, tanto su bigote como su pelo y su gorra parecen estar a punto de alzar el vuelo. A partir de ahí, todo es un sucederse de peinados cada vez más extravagantes, narices cada vez más bulbosas y gestos faciales cada vez más exagerados. En concreto, la longitud de las barbas y lo rocambolesco de los peinados parecen ser directamente proporcionales al grado de comicidad intrínseca en un personaje.
No debemos tampoco olvidar al primo de Thorin, Dáin, quien acude en su ayuda y participa valerosamente en la Batalla de los Cinco Ejércitos. Si al menos diez de los trece enanos que se reunieran en salón de Bolsón Cerrado más bien parecen cartoons, Dáin resulta convertirse literalmente en un dibujo animado de última generación en algunas escenas. Nada nuevo, si se tiene en cuenta que los dos principales antagonistas de los enanos, Smaug y Azog, son ellos mismos personajes digitales, así como lo son todos los orcos, trasgos y huargos. Se trata, no obstante, de una elección llamativa por parte del director que cuenta con un actor en carne y hueso, pero decide pasar, sin motivo aparente, a usar un muñeco digital en algunas escenas. El resultado final de decisiones estéticas como esta y las anteriormente mencionadas, es que el continuum sobre el que se desarrolla la representación de la especie enana no solo va de más a menos guapo y de menos a más ridículo, sino fundamentalmente, de más a menos semejante a un humano.
No soy la única que parece haberse dado cuenta de que existe tal continuum. En otro de los sitios más socorridos para tomarle el pulso a la respuesta popular a producciones para la pequeña y gran pantalla, Buzzfeed.com, el reportero Louis Peitzman lanzaba un ranking de los enanos en función del factor «golosina visual»: «hay muchas razones para estar entusiasmados con la nueva trilogía sobre [la obra de] Tolkien. Ignoremos todo eso y centrémonos en las golosinas visuales de los enanos».5 A continuación, Peitzman procede a enumerar uno a uno actores y personajes, dejando a Bofur y Balin en último lugar, y colocando, como era de esperar, a Kili, Fili y Thorin en los primeros puestos. Dejando a un lado la cosificación que produce semejante ranking de los actores, reducidos a meras «golosinas», desde un punto de vista puramente académico, y en particular desde la perspectiva de los Estudios Culturales y los Estudios de la Adaptación, resulta muy interesante observar las diferencias entre texto literario y texto fílmico para luego tratar de explicar a qué criterios responden: puramente artísticos, socio-culturales, políticos o comerciales. La pregunta que me planteo es, por tanto, de qué manera las desviaciones del texto de Tolkien sirven para crear un nuevo texto en la obra de Jackson.
Aquí termina la Parte I
- Tomaré como referencia únicamente la versión de la trilogía que se proyectó en las salas de cine, no la versión extendida disponible en DVD.
- He traducido al castellano el texto original en inglés.
- «Eye candy» en el original.
- Prachett, Terry (1993). Men At Arms. Harper- Collins, 2007, p. 149.
- Peitzman, Louis. «The 13 Dwarves in The Hobbit, Ranked by Hotness», publicado el 10 de diciembre de 2012 en www.buzzfeed.com.









