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Tolkien: Su legado artístico I – Bilbo comes to the huts of the Raft-elves

Inauguramos esta nueva serie de artículos en los que María Jesús Lanzuela «Selerkála» analiza una faceta no muy conocida de Tolkien, sus obras como ilustrador. Estos artículos se publicaron originalmente en la revista Estel y ahora os los presentamos aquí.

 

Lo primero que hay que destacar de sus obras es que, según cuenta el propio Tolkien en su correspondencia [1], no imaginaba que sus dibujos merecieran ser publicados, debido a que no los consideraba de calidad, al contrario de sus mapas, que sí que gozaban de su aprobación y satisfacción. Todo surgió a raíz de una serie de dibujos que Tolkien realizó para la publicación del pequeño libro ilustrado llamado El Señor Bliss entre 1932 y 1937, y que entregó a Allen & Unwin a la vez que El Hobbit. Al respecto de este libro sobre El Señor Bliss, que en la editorial recibieron con entusiasmo, leemos en la carta enviada por el Profesor a C.A. Furth de Allen&Unwin:

“No imaginé que mereciera semejante consideración. Las figuras me parecen sobre todo válidas para demostrar que el autor no es capaz de dibujar”.

La única pega que los editores le pusieron fue que redujese el número de colores, puesto que la impresión de ilustraciones ya era de por sí cara, y cuantos más colores, más subía el presupuesto. Ese fue el principal motivo de que, más adelante, las ilustraciones y dibujos sobre El Hobbit fuesen como son, con gamas de color reducidas, o incluso sin colorear. Dice en la misma misiva:

“Agradezco también y me sorprende agradablemente que los dibujos para El Hobbit puedan utilizarse.”

En sucesivas pruebas de imprenta, Tolkien señaló varios fallos, algunos por su mano, y otros por errores o complicaciones en la propia imprenta, lo que, pese a su convencimiento de no ser un ilustrador con talento (algo que le podríamos discutir), no impide que su lado más perfeccionista (que lo tenía y bien desarrollado) se fijase hasta en los más mínimos detalles. El 11 de mayo de 1937 Allen&Unwin le comunicó que una importante editorial americana estaba interesada en publicar El Hobbit y con un mayor número de ilustraciones a color. Al mismo tiempo, le sugirieron la contratación de artistas de talento americanos, pese a que los editores británicos creían más adecuado que fuese el propio Tolkien el autor de las mismas. A esto, el escritor respondió:

“Estoy dividido entre el conocimiento de mi propia incapacidad y el temor de lo que los artistas americanos, indudablemente de notable habilidad, pudieran hacer. En todo caso, estoy de acuerdo en que todos lo dibujos deberían ser obra de una única mano: cuatro dibujos profesionales harían que mi propia producción de aficionado luciera ridícula.”

Más adelante en la misma carta (número 13), se excusó por no poder tener nuevas ilustraciones listas debido a sus obligaciones escolares, y añadió algo muy ilustrativo a la hora de entender por qué sus acuarelas son como son:

“Tal vez sería aconsejable, antes que perder el interés de los americanos, permitir que hagan lo que les parezca conveniente, en tanto fuera posible (me gustaría añadir) vetar todo lo proveniente de los estudios Disney o influido por ellos (por cuya obra siento el más profundo aborrecimiento).”

J.R.R. Tokien – «Bilbo comes to the huts of the Raft-elves»

 

Con toda esta información, ya podemos sumergirnos en el análisis concreto de esta obra. Esta  imagen, titulada “Bilbo comes to the huts of the Raft-elves”, pertenece a la serie de acuarelas y dibujos que realizó Tolkien sobre El Hobbit. Se recoge en un libro cuyo título original con el cual fue publicado es J.R.R. Tolkien, Artist & Illustrator, y fue editado por Harper Collins en 1995. Actualmente, también podemos disfrutar de sus ilustraciones en calendarios o en ediciones de El Hobbit anotado, o la edición del 75 aniversario…

Es una acuarela, que destaca sobre todo por su reducida gama cromática. Son tonos fríos, derivados del azul, llegando al verde y con toques de amarillo en el sol, rompiendo levemente ese reinado de los tonos fríos con un tímido naranja en las ventanas de las casas junto al río.

El color destaca sobre el dibujo y se concentra sobre todo a los lados de la ilustración, siendo el blanco un complemento a esos tonos fríos de los que hablábamos. Esta es una imagen sencilla, pese a que Tolkien, gran amante del detallismo en sus narraciones, “peca” de eso mismo en muchas de sus ilustraciones. Aun así, la sensación general es de sencillez, inmediatez del momento que quiere contar, sin florituras realmente innecesarias, y con un discurso lógico de la ubicación de los elementos, dejando de lado los puntos de vista complicados.

En esta escena de Bilbo cabalgando el barril, el punto de vista lo sitúa alto, quedando la línea de horizonte en el medio dividiendo la imagen, y generando una especie de atmósfera entre el espectador y la escena. Las líneas verticales de los árboles de derecha e izquierda equilibran la composición, así como las ondulantes líneas del río, y ayudan a enfatizar esa sensación de atmósfera, de profundidad, de un paisaje más allá de lo que nos alcanza la vista.

Tolkien demuestra, además, ser un gran observador de la naturaleza, ya que en el grueso del bosque que representa al fondo, utiliza muy bien el degradado de color y la reducción de tamaño conforme los árboles van alejándose del espectador, lo que también ayuda a dar más profundidad.

Otro detalle curioso es que nos presenta a Bilbo de espaldas al espectador (y no nos perdamos el detalle de su calzado), siendo su figura algo secundario en la imagen general, ya que los auténticos protagonistas son los árboles y el río. Hay que señalar el detalle de la firma del Profesor, con su famosa “runa”, en la izquierda inferior de la acuarela, pasando casi desapercibida como si de otro elemento orgánico se tratase.

Él se consideraba un ilustrador sin talento. Y pese a que sus dibujos y acuarelas eran totalmente fruto del entretenimiento, tienen una personalidad y un aire fresco que nos transportan directamente a esos rincones de la Tierra Media que tan bien nos describe en sus escritos. Conocemos de sobra sus minuciosos y maravillosos mapas, su magnífica caligrafía, pero estos dibujos, nos gusten más o menos, los tenemos que ver como lo que son: las “fotografías” de los pensamientos de Tolkien, de cómo se imaginaba él esas escenas que nos narraba. Y solo por eso ya nos tienen que encandilar.

 

Hay quien dice que tienen un aire “naïf”, esto es, similar a la corriente pictórica caracterizada por esa ingenuidad y espontaneidad de los autores autodidactas. Sin embargo, no creo que nada de lo que Tolkien hiciese fuese fruto de la espontaneidad, al menos no en su versión final, evidentemente. Era un perfeccionista hasta la médula. Sí se podría decir que tienen “ese aire espontáneo”, pero en mi opinión, no son fruto del primer ensayo de la acuarela sobre el papel. Sí es cierta su similitud al arte naïf en cuanto a ese aire infantil e ingenuo, pero no por ello ridículo o torpe, ni mucho menos.

En sucesivas imágenes iremos profundizando en estos aspectos. Espero que os haya interesado esa visión más analítica de las pinturas de Tolkien, pero no olvidéis nunca que, digamos lo que digamos los Historiadores del Arte a la hora de analizar las obras, el Arte es, sobre todo, para disfrutarlo.

 

[1] The Letters of J. R. R. Tolkien, Humphrey Carpenter (ed.), Christopher Tolkien (col.) 1981 Traducción de Rubén Masera, Editorial Minotauro 1993. ISBN 84-4