Cuando me invitaron en 2014 a una mesa redonda llamada «Creación, hombre y naturaleza en J. R. R. Tolkien» y medité sobre qué podía aportar en ella, se me ocurrió que, de los tres términos mencionados en el título, el de «hombre» (entendido, obviamente, como sinónimo de «ser humano», no como «individuo de sexo masculino») había sido quizás el menos tratado en la literatura sobre Tolkien, y no dejaba de tener sus aristas y sus complicaciones.
En nuestro mundo el concepto «hombre» («ser humano») tiene una definición sencilla (aunque no exenta de problemas, que se escapan del alcance de este artículo). La Real Academia Española lo define en la versión de su diccionario de 2024 como «ser animado racional, varón o mujer». En anteriores ediciones se usaba la expresión «animal racional», que viene de Aristóteles. Es una definición que, siendo simple, parece bastante evidente: el humano es un ser animal, dotado de raciocinio (y aquí podría abrirse también la discusión sobre la capacidad de raciocinio de otros seres animales, cuestión en la que no existe un consenso en la actualidad, y en la que por ello tampoco entraré). Estas dos características nos bastan para distinguirlo de todo el resto de seres creados. No existe ningún otro ser que sea animado y que disponga de capacidad de raciocinio.
No, aquí no. Pero en la Tierra Media las cosas son distintas.
Buscando en los libros

Ilustración de Aredhel Rohíril
Como conocen bien los lectores de la Estel, la Tierra Media (la versión mítica de nuestro mundo en la que Tolkien ambientó la mayoría de sus historias, incluyendo El Señor de los Anillos, el Silmarillion y, aunque con matices, El hobbit) habitan un buen número de… ¿Cómo las llamamos? Tolkien usó predominantemente «razas» (races en inglés) o «pueblos» (peoples), aunque también empleó ambos términos para diferenciar entre divisiones de los seres humanos. Digamos, pues, que en ese mundo habitan varios tipos de seres que, siendo también animados, son también racionales. Hay hombres, obviamente; pero también hay elfos; y enanos; y hobbits, y orcos, y un buen número de otros seres que Tolkien, consciente y expresamente, evita confundir con los «hombres». Así, la definición de «hombre» en la Tierra Media no es en absoluto tan sencilla como aquí.
¿Y cómo podemos definirla? Las fuentes principales por las que podemos conocer la Tierra Media son los libros El hobbit y El Señor de los Anillos, ambos publicados en vida de Tolkien, y El Silmarillion, que Tolkien nunca llegó a terminar, y que fue finalmente editada y publicada por su hijo Christopher. Estos libros comparten una característica: en todos ellos el hombre es un invitado, un personaje secundario.
El hobbit y El Señor de los Anillos son, como reconoció el propio Tolkien en una carta a un lector, «hobbitocéntricos». El hobbit menciona a los humanos solo de pasada al principio: «(los hobbits) necesitan hoy que se los describa de algún modo, ya que se volvieron bastante raros y tímidos con la Gente Grande, como nos llaman» (H, 10). Ni el enfoque ni el tono del libro permiten ahondar mucho más en el concepto. El prólogo de El Señor de los Anillos da algo de información sobre la relación de los hobbits con los humanos, sobre la que volveremos más adelante, pero no clarifica nada sobre la definición del «ser humano» como tal.
El Silmarillion, sin embargo, es un relato que cuenta la historia de los Días Antiguos desde la propia creación del mundo. Allí se cuenta cómo Eru, el Creador de Todo (personaje equiparable, aunque no completamente similar, al Dios cristiano), reserva desde el primer momento (o más específicamente, desde el Tercer Tema de la Canción) un lugar en su creación a lo que llama los Eruhíni o «Hijos de Eru» (las razas de elfos y hombres), de entre los cuales los elfos son los Primeros Nacidos y los hombres los Segundos.
Así como El Señor de los Anillos es «hobbitocéntrico», el Silmarillion es claramente «elfocéntrico» (C #175). Como vemos claramente al leerlo, los hombres tienen en él un papel secundario. Esta «secundariedad» se ve reflejada muy claramente en las lenguas élficas, que describen de forma muy específica cómo los elfos veían a esta raza. El nombre que se utiliza en élfico más comúnmente para identificar a los hombres es Atani, en quenya, o Edain, en sindarin (quenya y sindarin son lenguas que provienen de un tronco común, como las lenguas romances provienen del latín); estos dos términos significan literalmente «los Segundos».
Esta denominación nos da una primera información interesante sobre la posición de los humanos en la Tierra Media en relación a sus «hermanos mayores», los elfos. Son llamados «los Segundos» (y nombres similares) porque las leyendas élficas reflejan que ese fue el orden en el que ambas razas despertaron en la Tierra. Los elfos despertaron en la laguna de Cuiviénen (que significa literalmente «agua del despertar») antes del nacimiento del Sol y la Luna, mientras que los hombres aparecieron un tiempo después (Tolkien varió enormemente la cronología de su despertar; 4.500 años después de los elfos, 14.400 años, 7.200 años…):
Cuando por primera vez se elevó el Sol, los Hijos Menores de Ilúvatar despertaron en la tierra de Hildórien, en las regiones orientales de la Tierra Media; pero el primer Sol se elevó en el oeste, y los ojos de los hombres se abrieron vueltos hacia allí, y al caminar por la Tierra, hacia allí dirigieron sus pasos casi siempre. Los Eldar llamaron a los Atani el Segundo Pueblo, pero también Hildor, los Seguidores, y muchos otros nombres: Apanónar, los Nacidos Después, Engwar, los Enfermizos, y Fírimar, los Mortales; y además los llamaron los Usurpadores, los Forasteros y los Inescrutables, los Malditos, los de Mano Torpe, los Temerosos de la Noche y los Hijos del Sol. (S, QS, XII:3) (Sí, no eran precisamente epitetos cariñosos)
Detengámonos en otra de estas denominaciones: «los Mortales». ¿Quiere esto decir que los elfos eran inmortales? Aquí nos encontramos la que quizás sea la diferencia más importante entre elfos y hombres. Dejemos nuevamente explicarlo a Tolkien, en palabras del propio Eru, el Creador:
—¡He aquí que amo a la Tierra, que será la mansión de los Quendi y los Atani! Pero los Quendi serán los más hermosos de todas las criaturas terrenas, y tendrán y concebirán y producirán más belleza que todos mis Hijos; y de ellos será la mayor bienaventuranza en este mundo. Pero a los Atani les daré un nuevo don.
Por tanto quiso que los corazones de los hombres buscaran siempre más allá del mundo y no encontraran reposo en él; pero tendrían en cambio el poder de modelar su propia vida, entre las fuerzas y los azares mundanos, más allá de la Música de los Ainur, que es como el destino para toda otra criatura; y por obra de los hombres todo habría de completarse, en forma y acto, hasta en lo último y lo más pequeño del mundo. (S, QS, I: 22)
Y sigue el redactor (ficticio) del Silmarillion ahondando en el concepto de libertad, que estas leyendas relacionan directamente con el de mortalidad:
Uno y el mismo es este don de la libertad concedido a los hijos de los hombres: que sólo estén vivos en el mundo un breve lapso, y que no estén atados a él, y que partan pronto a un lugar desconocido por los elfos. Los elfos, en cambio, permanecerán en el mundo hasta el fin de los días, y su amor por la Tierra y por todo es así más singular y profundo, y más desconsolado a medida que los años se alargan. Porque los elfos no mueren hasta que no muere el mundo, a no ser que los maten o los consuma la pena (y a estas dos muertes aparentes están sometidos); tampoco la edad les quita fuerzas, a no ser que uno se canse de diez mil centurias; y al morir se reúnen en las estancias de Mandos, en Valinor, de donde pueden retornar llegado el momento. Pero los hijos de los hombres mueren en verdad, y abandonan el mundo; por lo que se los llama los Huéspedes o los Forasteros. La Muerte es su destino, el don de Ilúvatar, que hasta los mismos Poderes envidiarán con el paso del Tiempo. Pero Melkor ha arrojado su sombra sobre ella, y la ha confundido con las tinieblas, y ha hecho brotar el mal del bien, y el miedo de la esperanza. (S, QS, I: 24)

Ilustración de Isildë
Hacia una definición
Tenemos ya, pues, mencionados varios de los aspectos principales que diferencian a los elfos y los hombres. Ambos son «animales racionales»; se diferencian ligeramente en el físico (muy poco; de hecho, se mencionan varios casos de hombres que son confundidos con elfos, como Túrin en S, 132); tuvieron orígenes diferentes; pero, sobre todo, unos de ellos no mueren de muerte natural y su espíritu persiste, mientras que los otros tienen una «vida breve» y luego desaparecen de la faz de la Tierra, siendo su destino no conocido (nótese aquí que, aunque Tolkien era profundamente católico, quiso escribir su mitología en un mundo en el que la Revelación aún no había tenido lugar, por lo que no incluyó en su obra conceptos como «cielo» o «infierno»).
Tolkien dio una explicación algo más técnica a esta cuestión en varios escritos que fueron publicados por su hijo Christopher mucho después, dentro de la colección Historia de la Tierra Media, donde recuperó bastantes de los escritos sueltos de su padre que tuvieran una cierta relevancia. El género de ser que reúne a elfos y hombres se denomina Encarnados (mirröanwi), seres compuestos por un un hröa (cuerpo) y un fëa (espíritu). En los elfos, al morir el hröa, el espíritu lo abandonaba y podía vagar por la Tierra Media, aunque acababa siendo convocado por los Valar para cruzar el Mar y llegar así a las Moradas de los Dioses, donde tras un tiempo podía obtener un nuevo cuerpo y volver de este modo a la vida. El fëa de los hombres, por su parte, no era convocado a ningún sitio, y se desconocía su destino final, aunque se cree que por hechicería u otras razones podía verse atado a la Tierra un tiempo (esta es la explicación que se da a fenómenos como los Senderos de los Muertos, o la Ciénaga de los Muertos, en los que parecen pervivir de cierta forma espíritus de seres perecidos).
La cuestión de la mortalidad del hombre frente a la de los elfos es fundamental; Tolkien declaró que el tema principal de El Señor de los Anillos no era otro que la Mortalidad. Y sobre este tema existe uno de los textos más bellos del autor, recuperado por su hijo en la Historia de la Tierra Media, en el tomo El Anillo de Morgoth: la Athrabeth Finrod ah Andreth, o «Conversación entre Finrod y Andreth» (elfo y humana) sobre el carácter de la mortalidad y su finalidad trascendental. Según la creencia de Finrod, los elfos comparten la vida de la Tierra (Arda), pero los hombres tienen un papel que cumplir en la esfera de la trascendentalidad, más allá de la vida de Arda, y eso hace que, pese a que otros elfos miren a los hombres con desprecio, él los contemple con admiración. Andreth, sin embargo, le responde que de esos designios ellos no tienen conocimiento ni prueba alguna, pero sí de la Sombra, del dolor y de la muerte. Este breve texto es, a mi gusto, uno de los escritos más bellos de toda la obra de Tolkien.
Y para dejar claro esto, Tolkien evitaba usar el término «hombres» («men») en referencia a los elfos, aunque se le escapó de vez en cuando, más asiduamente en los textos más antiguos, como La Caída de Gondolin (por ejemplo «algunos hombres de los Gondothlim», CG, 62), si bien en tales casos men era usado siempre en minúscula, diferenciándolo de cuando hacía referencia a la raza humana, a la que Tolkien siempre aludía con Men, en mayúscula.

Ilustración de Kyriakos Mauridis, IG: @kyrmauridis
Enanos, orcos y hobbits
Pero no quiero centrar estas notas solo en elfos y hombres, porque, aparte de ellos, existen otras razas que comparten estos dos rasgos de «animado» y «racional» en la Tierra Media. Los enanos son una de ellas. Su origen es desconocido: como hemos dicho, no se cuentan habitualmente entre los «Hijos de Eru», pero una leyenda enana defiende que uno de los Valar, Aulë, los creó de la tierra, y que luego Eru al descubrirlos los bendijo otorgándoles un fëa propio (coloquialmente se ha dicho de ellos que, si no «hijos de Eru», podrían ser llamados «sobrinos de Eru»). Aunque de vida más larga que los hombres, los enanos sufren también la muerte natural, y no renacen tras fallecer (que se sepa), por lo que parecen compartir con los hombres esta característica. Y sin embargo, jamás se les ha confundido con hombres, sea por sus características físicas o por su diferente origen. Y el mismo caso ocurre con otro de los llamados «Pueblos Libres», los ents, de origen incierto pero claramente humanoides y racionales. Otro problema para nuestra definición de «hombre».
Otra de las razas más conocidas es la de los orcos. El origen de esta raza supuso un problema para el propio Tolkien. En sus primeros escritos los orcos habían sido creados del cieno por el Señor Oscuro, Morgoth. Pero tuvo que rechazar esa explicación, que habría puesto a Morgoth al mismo nivel que el propio Eru, permitiéndole crear vida. Posteriormente Tolkien sugirió que los orcos eran elfos capturados y corrompidos; esto es lo más cercano que tenemos a una explicación «oficial». Pero tampoco convenció al propio Tolkien, pues otorgaba a los orcos una dignidad y poder mayores de los que parecían tener en las historias, y además los convertiría en inmortales, dado que Morgoth no tenía poder para cambiar esa característica de los elfos. Posteriormente ofreció varias explicaciones adicionales: que eran más bien animales que seres racionales, que eran espíritus encarnados, y la más interesante, que provenían de la raza de los hombres. Y si esta (que según Christopher Tolkien pareció ser la última idea que su padre barajó) es la teoría correcta, entonces los orcos deberían contar como un subgrupo de los hombres… cosa que, obviamente, nunca ha sido planteada. Así, tanto por los enanos como por los orcos, parece necesario enriquecer nuestra definición: o bien con un criterio genético (en el sentido de «relacionado con el origen»), por el que los «hombres» serían «una raza de animales racionales mortales descendientes de las tribus que nacieron en la región de Hildórien en la Primera Edad»; o bien con un criterio espiritual: «una raza de animales racionales con una especial relación filial con Eru pero con el don de la mortalidad». Un tanto más complejo que en nuestra realidad.
Pero el caso es que ni siquiera esto nos soluciona todos los problemas. ¿Recuerdan a los hobbits? En el Prólogo a El Señor de los Anillos Tolkien nos explica lo siguiente:
Es en verdad evidente que a pesar de un alejamiento posterior los hobbits son parientes nuestros: están más cerca de nosotros que los elfos y aun que los enanos. Antiguamente hablaban las lenguas de los hombres, adaptadas a su propia modalidad, y tenían casi las mismas preferencias y aversiones que los hombres. Mas ahora es imposible descubrir en qué consiste nuestra relación con ellos. El origen de los hobbits viene de muy atrás, de los Días Antiguos, ya perdidos y olvidados. Sólo los elfos conservan algún registro de esa época desaparecida y sus tradiciones se refieren casi únicamente a la historia élfica, en la que los hombres aparecen muy de cuando en cuando, y a los hobbits ni siquiera se los menciona. (SA, Prólogo: 6)
Bien: según Tolkien, los hobbits provienen de los humanos. No son una raza aparte, como la de los enanos, ni corrompida, como la de los orcos; es una evolución peculiar de los humanos (y no la única; más adelante en El Señor de los Anillos se nos presenta a los drúedain, otra raza de características singulares pero emparentada con los humanos).
Algunas conclusiones
Y sin embargo, Tolkien evitó por todos los medios el uso del término «hombre» para definir a los hobbits, marcando siempre una diferencia entre ellos. En The Lord of the Rings: A Reader’s Companion, de Hammond y Scull, se mencionan varias modificaciones que Tolkien realizó para evitar aplicar el término «hombre» a los hobbits. Sabemos que Tolkien, por ejemplo, utilizó constantemente el término «gentilhobbit» en vez de «gentilhombre»; y cuando le advirtieron de que en una de las primeras ediciones de El hobbit había hecho decir a Gandalf, tratándose de un hobbit, excitable little man, lo cambió en ediciones posteriores a excitable little fellow (que fue traducido por «excitable el compañerito»). Este uso fue comentado explícitamente por él en una carta, donde comenta «Hombres con mayúscula se utiliza en el texto, según creo, cuando significa específicamente ‘especie humana’; y hombre, hombres con minúscula, se utilizan ocasionalmente como ‘adulto’ y ‘gente’» (C #20). Por último, incluso el hobbit Pippin responde exaltado cuando Gandalf en Gondor se refiere a él como «hombre»:
Ilustración de Kyriakos Mauridis, IG: @kyrmauridis
Se llama Peregrin y es un hombre muy valiente.
—¿Hombre? —dijo Ingold con aire dubitativo, y los otros se echaron a reír.
—¡Hombre! —gritó Pippin, ahora bien despierto—. ¡Un hombre! ¡No, por cierto! Soy un hobbit, y de valiente tengo tan poco como de hombre, excepto quizá de tanto en tanto y solo por necesidad. ¡No os dejéis engañar por Gandalf! (SA, 5, I:14-16)
Y sin embargo, Tolkien tenía claro que, al diferenciar a «hombres», «elfos» y «hobbits», no estaba hablando en un sentido biológico. Unas cuantas citas de cartas suyas lo dejan claro: «Los hobbits, por supuesto, representan realmente una rama de la raza específicamente humana (ni elfos ni enanos); de ahí que las dos especies puedan vivir juntas (como en Bree), y se llaman simplemente la Gente Grande y la Gente Pequeña» (C #131); «Los elfos y los hombres, evidentemente, constituyen una única raza desde el punto de vista biológico; de lo contrario, no podrían aparearse y producir vástagos fértiles, aun cuando resulte ese un acontecimiento extraño» (C #153); o, en el análisis a la Athrabeth ya citada, «la existencia de los elfos: es decir, de una raza de seres que son parientes cercanos de los hombres, tanto que física (o biológicamente) deben ser considerados como simples ramas de la misma raza». Una sola raza «biológicamente», ¿pero varias razas «culturalmente»? ¿O solo «espiritualmente»?
Y es que estamos hablando de literatura. A veces los «tolkienistas», en nuestro juego de analizar estas historias como si se trataran de elementos de nuestro mundo, caemos en cierta trampa. Porque si bien estas razas de la Tierra Media tienen cada una sus características y peculiaridades (físicas, espirituales y ontológicas), todas estas figuras surgen para hablar, en nuestro mundo real, de nosotros, los seres humanos reales que vivimos aquí y que leemos y disfrutamos estas obras. Como Tolkien reconoció en otra Carta, «mis ‘elfos’ son una representación o aprehensión de la naturaleza humana». Y más adelante:
Y como no he construido la lucha de manera por entero inequívoca: pereza y estupidez entre los hobbits, orgullo y [palabra ilegible] entre los elfos, rencor y codicia en el corazón de los enanos y locura y maldad entre los «Reyes de los hombres», y traición y sed de poder aun entre los «Magos», supongo que en mi historia hay aplicabilidad a los tiempos actuales. Pero si se me pregunta, diría que el cuento no trata realmente del Poder y el Dominio: eso es solo lo que pone las ruedas en marcha; trata de la Muerte y el deseo de inmortalidad. ¡Lo que apenas es más que decir que se trata de un cuento escrito por un Hombre!
Un cuento escrito por un Hombre para otros hombres, en el que habla de los hombres; y para hablar de ellos, crea distintas razas. Pretender diferenciar con exactitud el elemento específicamente humano entre ellas es entretenido, divertido y puede ser literariamente interesante, pero no es necesario: todas somos nosotros. Y de todas debemos aprender.
Josu Gómez «Eleder»
Publicado por primera vez en la revista Estel nº 103, Invierno 2025





