Artículos

La hospitalidad en El Hobbit

Artículo «La hospitalidad en El Hobbit» de Patricia Díaz Santos «Fëamariel» recogido en la Estel Nº 73
 

Recientemente asistí a una conferencia donde se hablaba sobre la hospitalidad desde un punto de vista filosófico, se afirmaba que la hospitalidad es esa cualidad de acoger a otro dentro de la propia vida, dentro de la propia casa, dentro de nuestro cuadro vital; con la amabilidad y generosidad propias del buen anfitrión, que pone a disposición del otro su hogar.
 

Según iba exponiendo el conferenciante sus ideas y conceptos, me iba acordando de distintos párrafos de El Hobbit. Veía con claridad cómo se ejemplificaba en muchos momentos de las aventuras de Bilbo y los demás personajes en el relato de J.R.R. Tolkien.
 

Ya en el famoso párrafo de apertura de El Hobbit se nos dice:
 

En un agujero en el suelo vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit. Y eso significa comodidad.
 

Con eso se nos informa de que los hobbits están profundamente enraizados en el humus de La Comarca y que el lugar en el que viven es un sitio agradable, acogedor y abierto, pues los hobbits «eran hospitalarios, aficionados a las fiestas, hacían regalos espontáneamente y los aceptaban con entusiasmo» (SA Prólogo:5)
 

En El Hobbit hay varios momentos que destacan especialmente en el tema de la hospitalidad; uno es en el capítulo «Una tertulia inesperada», otro en «Extraños aposentos», y por último «Una cálida bienvenida», aunque continuamente está salpicado de actos en los que se refleja la acogida por unos y otros, ya sean águilas, elfos, etc.
 

La hospitalidad de Bilbo o un estilo de vida

 

Nada más comenzar a pasear por las páginas de El Hobbit nos encontramos con «Una tertulia inesperada». Continuamente se deja constancia de las cualidades de Bilbo como buen anfitrión, ya que ante la visita abusiva de los Enanos estaba más que justificada cualquier otra reacción que no fuera la de ofrecer el té: «le gustaban las visitas, aunque prefería conocerlas antes de que llegasen, e invitarlas él mismo».
 

Pero Bilbo tenía la hospitalidad como un estilo de vida y se sentía incómodo porque «tenía el terrible presentimiento de que los pasteles no serían suficientes, y como conocía las obligaciones de un anfitrión y las cumplía con puntualidad aunque le parecieran penosas, quizás él se quedaría sin ninguno.»
 

Ya el día anterior le había salido de modo inconsciente su carácter hospitalario y le dijo a Gandalf:
—¡Disculpad! No quiero ninguna aventura, gracias. Hoy no. ¡Buenos días! Pero venid a tomar té ¡cuando gustéis! ¿Por qué no mañana?
¡Sí, venid mañana! ¡Adiós!
—Con esto el hobbit retrocedió escabulléndose por la redonda puerta verde, y la cerró lo más rápido que pudo sin llegar a parecer grosero. Al fin y al cabo un mago es un mago.
«¡Para qué diablos lo habré invitado al té!», se dijo Bilbo cuando iba hacia la despensa.
 

Pero lo mismo ocurrió según iban llegando los enanos a la alegre reunión en la casa de Bilbo: aunque refunfuñaba por dentro, iba agasajando y complaciendo las peticiones de los inesperados invitados.
 

Además tuvo que arreglárselas para facilitar el descanso de todos:
 

El hobbit tuvo que buscarles sitio, y preparó los cuartos vacíos, e hizo camas en sillas y sofás antes de instalarlos e irse a su propia camita muy cansado.
 

La generosidad de Bilbo y su espíritu Tuk le lleva a poner en práctica ese rasgo del carácter hobbit, en ocasiones no de muy buena gana, pero con sus hechos demuestra esa amable acogida que hace que nos sintamos confortados en un entorno a veces hostil.
 

Incluso al final de la historia, cuando Bilbo ya ha forjado fuertes lazos de amistad con los enanos vuelve a hacer gala de su hospitalidad y se despide diciendo: «El té es a las cuatro; ¡pero cualquiera de vosotros será bienvenido, a cualquier hora!».
 

La hospitalidad de Beorn, una cena por una historia

 
En el capítulo «Extraños aposentos», Beorn, al contrario que Bilbo, no tiene la hospitalidad como una costumbre:
 

Nunca invitaba a gente a su casa, si podía evitarlo. Tenía muy pocos amigos y vivían bastante lejos; y nunca invitaba a más de dos a la vez.
 

Así que tuvo que ingeniárselas Gandalf con toda su astucia para ir introduciendo a el grupo de enanos de manera gradual y que Beorn no les despachara con cajas destempladas, al llegar de repente quince transeúntes. Así el mago consiguió que Beorn se interesara por la historia que le iba contando:
 

Un relato muy bueno —dijo—. El mejor que he oído desde hace mucho tiempo. Si todos los pordioseros pudiesen contar uno tan bueno, llegaría a parecerles más amable. Es posible, claro, que lo hayas inventado todo, pero aun así merecéis una cena por la historia. ¡Vamos a comer algo!
—¡Sí, por favor! —exclamaron todos juntos—. ¡Muchas gracias!
 

Me parece genial la idea de «si me cuentas una buena historia te invito a comer». Parece ser que el cascarrabias de Beorn, pues se enfadaba con facilidad, tenía cierta sensibilidad para descubrir a un buen narrador y una buena aventura. Así que batió las manos y empezaron a entrar los animales sirvientes: cuatro hermosos poneys blancos, varios perros grandes de cuerpo largo y pelambre gris, ovejas blancas como la nieve y un carnero negro como el carbón, quienes iban disponiendo todo lo necesario para disfrutar de una suculenta cena.
 

No quiero dejar de señalar algunos detalles que para un beórnida me parece que son especialmente exquisitos; uno de ellos es que una de las ovejas para preparar la mesa «llevaba un paño bordado en los bordes con figuras de animales»; otro es un rasgo acogedor cuando:
 

Bilbo descubrió que habían puesto unas camas a un lado de la sala, sobre una especie de plataforma entre los pilares y la pared exterior. Para él había un pequeño edredón de paja y unas mantas de lana. Se metió entre las mantas muy complacido, como si fuese un día de verano.
 

Y por último la generosidad de Beorn cuando les abastece para el viaje de poneys, un caballo para Gandalf y «comida suficiente para varias semanas si la administraban con cuidado; y luego puso todo en paquetes fáciles de llevar: nueces, harina, frutos secos en tarros herméticamente cerrados y potes de barro rojo llenos de miel, y bizcochos horneados dos veces para que se conservasen bien por mucho tiempo; un poco de estos bizcochos bastaba para una larga jornada».

Estos gestos de protección de Beorn transmiten sensaciones de seguridad, alivio y acogida, que son tres efectos que producen las personas hospitalarias.
 

La hospitalidad de los hombres de la Ciudad del Lago, una cálida y musical bienvenida

 
Cuando llegaron los enanos con Bilbo a la Ciudad del Lago la noticia corrió con rapidez. La gente gritó y cantó entusiasmada después de que oyeran: «¡Soy Thorin hijo de Thrain hijo de Thror, Rey bajo la Montaña!
¡He regresado!» Y entonces…
 

empezaron a entonar trozos de viejas canciones que hablaban del regreso del Rey bajo la Montaña», y que además acompañaban «con gritos y música de arpas y violines. Y en verdad, ni el más viejo de los abuelos recordaba semejante algarabía en la Ciudad del Lago. 
 

Pero el gobernador dudaba de la identidad y las palabras de Thorin y ante el enardecimiento general no tuvo otro remedio «que sumarse ante ese clamor tumultuoso, al menos por el momento». Sin embargo el pueblo hospitalario y espléndido hizo que todos fueran
 

curados y alimentados, alojados y agasajados del modo más amable y satisfactorio. Una casa enorme fue cedida a Thorin y los suyos; y luego les proporcionaron barcos y remeros, y una multitud se sentó a las puertas de la casa y cantaba canciones durante todo el día, o daban hurras si cualquier enano asomaba la punta de la nariz.
 

Tanto entusiasmo acompañado de canciones a la bienvenida del grupo, me recuerda a la imagen del recibimiento por parte de cualquier afición de su equipo deportivo, después de haber conquistado su último trofeo. Todo son hurras, canciones y jolgorio para recibir a los héroes. Pero lo que diferencia a esta situación de la deportiva es que todavía no han logrado la hazaña. Pero como las antiguas canciones «hablaban de la repentina muerte del dragón» por parte de los enanos, esto ya era suficiente para provocar «escenas de asombroso entusiasmo».
 

El asunto es que a los hombres de la Ciudad del Lago a hospitalarios no les gana nadie, no sólo porque abren las puertas al forastero sino también los brazos y el corazón.
 

Exceptuando al gobernador «que no sintió pena alguna cuando los dejó partir», también es comprensible ya que
«la manutención de los enanos estaba arruinándolo». Pero por lo menos supo guardar las buenas maneras y despedirse diciendo:
¡Ciertamente, oh Thorin hijo de Thrain hijo de Thor! Tenéis que reclamar lo que es vuestro. Ha llegado la hora que se anunció tiempo atrás. Tendréis toda la ayuda que podamos daros, y confiamos en vuestra gratitud cuando reconquistéis el reino.
 

Ante estos puntos de excelencia humana que conlleva la hospitalidad, me viene a la memoria aquel consejo que me daba mi madre y que me puede servir ahora para no quedarme en teorías, y era aquello de «¡Aplícate el cuento!»